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El remanente de la envidia: El advenimiento de los pecados

Summary:

Subaru murió y su alma fue reencarnada a Remnant, pero algo lo siguió. Algo que no debería existir fuera de su sello. Satella la Bruja de la Envidia, se desgarró a sí misma para alcanzarlo, quedando solo un remanente de lo que fue. Pandora responde enviando a los arzobispos del Pecado cuyo poder desata caos en los reinos. Mientras los directores luchan por contener la destrucción.

Notes:

Esta historia es una obra sin fines de lucro.
No reclamo derechos sobre los personajes, mundos ni elementos originales de dichas franquicias.
Todos los derechos pertenecen a sus respectivos propietarios.

Este es un crossover que originalmente comencé a escribir en otra plataforma y que ahora estoy adaptando para AO3.

Chapter 1: La Promesa que condenó dos mundos

Chapter Text

 

El aire de la noche era pesado, cargado con ese olor a asfalto húmedo que solo las ciudades japonesas tienen después del atardecer. Mis dedos apretaban la bolsa de plástico de la tienda de conveniencia, y el crujido del celofán de mis fideos instantáneos me resultaba extrañamente satisfactorio. Fue justo ahí, bajo el parpadeo de un neón azul, cuando el mundo decidió dar un vuelco.

Me detuve. Un mareo súbito me golpeó la nuca, una presión en las sienes tan fuerte que me obligó a cerrar los ojos.

—Debo estar pasando demasiado tiempo frente a la pantalla —murmure, atribuyendo el vértigo al cansancio.

Sacudí la cabeza y di un paso hacia la calle. El semáforo estaba a mi favor, la noche parecía tranquila, casi aburrida.

Entonces, el silencio fue devorado.

No hubo tiempo para reaccionar. No hubo pensamientos heroicos ni una última voluntad. Solo el rugido repentino de un motor que parecía venir de todas partes y el resplandor blanco de unos faros que quemaron mi visión.

Sentí el golpe. Fue seco, metálico, un estallido de dolor tan breve que mi cerebro apenas tuvo tiempo de registrarlo antes de que el mundo se apagara. Escuché el sonido de mi bolsa de plástico volando por el aire, el roce de los fideos y la bolsa de papas esparciéndose por el suelo… y después, nada.

O eso creí.

Mi conciencia se hundió. Caí en un abismo que no tenía fondo ni forma. No era la muerte que imaginaba; no había luz al final del túnel, solo una oscuridad sofocante.

De repente, el vacío se llenó de ruidos. Miles de susurros, como si un millón de personas hablaran directamente dentro de mi cráneo, una cacofonía de voces que me hacían querer gritar, aunque no tuviera voz.

—Te amo… te amo… te amo… te amo…

—No te vayas… ¡vuelve!

Era una voz de mujer, hermosa pero rota, cargada de una desesperación que me estrujaba el pecho.

—Te amo… te amo… te amo… te amo…

—Se supone que tienes que matarme…

—Te amo… te amo… te amo… te amo…

—¿Dónde estás? ¡No me dejes!

—Te amo… te amo…te amo…te amo…te amo…te amo…te amo…te amo…te amo…te amo…te amo…

Sentí que mi "yo", lo que quedaba de mí, era apenas una chispa blanca en medio de esa negrura. "Vi" cómo, desde las sombras, emergían unas manos largas y oscuras, dedos como garras de humo que se estiraban hacia mí con necesidad. Querían agarrarme, reclamarme, encerrarme en ese abrazo de pesadilla y amor.

Estaban a punto de tocarme. Podía sentir el frío de su amor distorsionado… un amor que asfixiaba en lugar de abrazar.

Pero junto al terror, me golpeó algo más, una gran tristeza. No era mía, pero la sentía como si me arrancaran el corazón. Los gritos de esa mujer... no eran solo gritos de locura. Eran el llanto de alguien que ha estado sola durante una eternidad. Cada "te amo" era un sollozo que me partía el alma en pedazos que ni siquiera sabía por qué.

¿Por qué...? —intenté decir, aunque no tuviera garganta.

Mi mente estaba nublada, mi vida en la Tierra se sentía como un recuerdo borroso de alguien que ya no era yo. Pero el dolor de ella... eso se sentía real. Se sentía pesado. Sin saber quién era ella, o por qué me buscaba, sentí un impulso estúpido y desesperado por detener su llanto. Por darle, aunque fuera por un instante, algo de paz antes de desaparecer.

Justo cuando el vórtice de luz plateada se abrió debajo de mí y comenzó a succionarme, cuando las sombras se agitaron con furia al verme escapar, forcé a mi ser a vibrar una última vez hacia esa oscuridad.

Yo... —susurré, mientras la luz plateada me envolvía, luchando contra la fuerza que me arrastraba— definitivamente... te...

Las manos de sombra se tensaron. Los susurros se detuvieron por un milisegundo de esperanza.

Te salvaré.

No sé por qué lo dije. No sé de dónde salió esa promesa. Pero fue lo último que dejé en ese mundo antes de que el tirón fuera total. El vacío se agrietó, las voces se apagaron en un estruendo de cristal roto y fui succionado hacia una luz que no conocía, lejos de la mujer, lejos de mi vida anterior, cargando con una promesa que acababa de sellar mi destino en un mundo nuevo.

—¡NO TE VAYAS, SUBARU!

En los confines del mundo, donde las dunas de arena de Augria devoran el tiempo, se alza la Atalaya de las Pléyades. Donde el sello que contenía a la Bruja de la Envidia, la misma que destruyó la mitad del mundo, se mantenía intacto.

Dentro del sello, el espacio no tiene dirección. Es un océano de sombras líquidas, una presión constante que se siente en los huesos antes que en la piel. Aquí, el silencio no existe, lo que hay es un zumbido de estática ensordecedor que parece querer deshilachar la cordura de cualquiera que respire este aire denso y estancado.

Entonces… el hilo se corta.

Un espasmo violento sacudió la negrura. El vacío se llenó de un alarido que no nació de gargantas, sino de la base misma de la existencia del ser encerrado en el sello. Eran dos voces, entrelazadas y sin embargo distintas, fundidas en un solo lamento que hizo que la realidad vibrara.

¡No puede terminar así! —gritó una voz, pura, bañada en una agonía de amor transparente. —¡No puede morir!… ¡No lo perderé! ¡No lo perderé! —rugió la otra, una obsesión ronca y viscosa que se retorcía como veneno.

La realización las golpeó con fuerza. Su estrella se había apagado. El calor que había justificado su encierro durante cuatrocientos años había desaparecido del mapa de las almas. El "hilo" estaba roto. El vacío que dejó era insoportable, un frío que ni siquiera la envidia podía llenar.

La desesperación se transformó en una decisión ciega.

El espacio comenzó a fallar. Alrededor de la figura encadenada por la magia antigua, el aire empezó a descascararse como pintura vieja en una pared podrida. Trozos de realidad caían al vacío, revelando una nada púrpura y volcánica que palpitaba debajo. El sello que debía durar una eternidad no se rompió por un ataque externo; se desmoronó porque el núcleo de su cautiverio dejó de aceptar las reglas.

Para alcanzarlo, la Bruja hizo lo impensable.

En un acto de voluntad antinatural, su ser comenzó a separarse. Fue un desgarro grotesco y antinatural... Una masa de sombras, compuesta por miles de manos que buscaban desesperadamente el aire, empezó a desprenderse del cuerpo principal. Se sentía como si el alma misma se estuviera pelando. El "yo" que permanecía encadenado se volvió una cáscara pálida, vacía, mientras el remanente de sombras —la esencia pura de su obsesión— se lanzaba hacia la grieta dimensional.

Estaba dejando de ser ella… para poder ser suya.

Al cruzar, atravesó el flujo sagrado que sostenía la vida y la magia del mundo. El paso de esa oscuridad corrupta no fue silencioso, fue una profanación. El flujo se hirió, dejando una cicatriz abierta en el tejido de la creación de Od laguna mientras ella seguía el rastro.

Allí, en la inmensidad del vacío entre mundos, vio la chispa. Una luz blanca, pequeña y frágil, que se alejaba hacia un lugar donde ella no tenía jurisdicción.

Te salvaré —había prometido él.

Esa promesa fue el ancla. Satella… y la Bruja dentro de ella no permitirían que él cumpliera su palabra solo. Si él iba a salvarla, ella tendría que arrastrarlo de vuelta desde el mismo fin de la existencia.

Aunque tenga que romperlo todo… aunque deje de ser yo… te encontraré.

La realidad se fragmentó en mil pedazos. El espacio se quebró como un espejo bajo un martillo, y un torbellino de sombras y luz plateada comenzó a girar, creando un puente imposible. La Atalaya de las Pléyades se estremeció mientras la estela de oscuridad se hundía en el abismo, conectando para siempre el mundo de los hombres con el reino de la desesperación.

El desgarro era total. Y el viaje… acababa de condenarlos a ambos.


El caos se detuvo en seco. El estruendo de la realidad desgarrándose y los gritos de la Bruja fueron reemplazados por un silencio que tenía peso propio. No había sombras, ni sangre, ni tiempo. Solo existía un blanco infinito, un vacío inmaculado que no conocía dirección ni límite, el plano de Od Laguna. En este santuario de orden puro, cientos de palomas blancas describían círculos lentos, un suave aleteo que era el único pulso de vida en la nada.

En el centro del vacío, una figura pequeña y casi etérea permanecía de pie. Su túnica, de un blanco níveo, se fundía con el entorno, haciendo que su cuerpo pareciera una extensión del mismo infinito.

Pandora sostenía una paloma entre sus manos con una delicadeza que rozaba lo irreal. A través de los ojos del ave, que brillaban con una luz gélida y analítica, ella no veía el blanco, sino la herida. Observaba la herida, la cicatriz purulenta en el tejido de la creación que Satella había dejado.

Sus ojos, vacíos de cualquier rastro de emoción humana, parpadearon con una calma aterradora.

—Qué caprichosa eres, Satella —su voz fue un susurro que se inscribió directamente en la estructura del mundo—. Has matado una parte de ti y dejado este mundo por una sola estrella… Qué desperdicio de amor, muy ineficiente. Has arruinado un plan de milenios por un simple impulso de soledad.

Pandora ladeó la cabeza, observando cómo la paloma en su mano comenzaba a desintegrarse. Se convirtió en un polvo blanco y fino que se perdió en la nada. El rastro se había enfriado. Satella ya no pertenecía a ese plano.

—Lamentablemente, tu muerte es un punto irreversible para mi autoridad —continuó, con absoluta indiferencia —. Tendré que corregirlo de otra forma.

Pandora extendió sus brazos. Su voluntad se manifestó como poder y como una verdad, ante la cual la existencia no podía sino arrodillarse.

—Los pecados no pueden existir sin su centro —declaró, y su voz resonó con el peso de una ley universal—. Arzobispos, vuestro camino ya no es este. Seguid el rastro de la Bruja, encontrad el alma de la estrella que ella ama y traedla de vuelta a este mundo. Así ha sido decidido.

En ese instante, el blanco se vio profanado. Detrás de ella, el espacio se retorció como una herida mal cerrada. Seis sombras fueron arrancadas de sus rincones en el mundo, desplazadas como piezas de ajedrez movidas por una mano invisible y cruel. No hubo heroísmo en su llegada, solo la violencia de la translocación, No fueron llamados.

Fueron reubicados.

Apareció una figura que sollozaba en una devoción retorcida en nombre del amor, mordiéndose los dedos en un éxtasis de locura. A su lado, una presencia arrogante que intentaba sacudirse un polvo inexistente de su ropa, con los ojos llenos de indignación. Surgieron entidades múltiples, siluetas de niños cuyas mandíbulas parecían desencajarse por un hambre que nunca se saciaba, y por último una mujer con una fuerza encadenada que irradiaba una violencia capaz de quemar el aire.

Pandora no los miró. Para ella, los arzobispos no eran más que herramientas, extensiones de su propia palabra.

—Vayan —ordenó.

Cerró la mano con un gesto suave. Un parpadeo de realidad fue suficiente para que las Seis figuras fueran expulsadas hacia el abismo, succionadas por la estela violeta que aún vibraba en el vacío dimensional. El portal se cerró sin dejar rastro, restaurando la pureza del blanco infinito.

Pandora se quedó sola una vez más. Una ligera sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios mientras una sola pluma blanca se desprendía de su ropa. La pluma cayó lentamente, bailando en el aire inmóvil. Pero, justo antes de tocar el suelo, la blancura se corrompió. Desde el raquis hasta la punta, la pluma se tiñó de negro, antes de desvanecerse en la nada.

El tablero había sido reiniciado y Pandora ya había decidido el final.


La noche en la Academia Beacon siempre había sido el refugio personal del guardián, un recordatorio silencioso de que, a pesar de las eras, el mundo seguía girando bajo su vigilancia. Pero esa noche, el silencio fue diferente.

Ozpin se incorporó bruscamente en el sofá de su oficina, con el pecho subiendo y bajando en una lucha desesperada por el aire. El sudor frío le recorría la sien, perdiéndose en el cuello. Sus manos, temblaban visiblemente mientras buscaban el tacto familiar de su bastón, The Long Memory.

¿Qué fue eso? ¿Salem? —pensó, apretando el puño sobre la empuñadura de su arma.

No era la presencia de Salem. Esto era algo diferente que no sentía desde el momento en que los Dioses Hermanos abandonaron Remnant, dejándolo atrás con una tarea imposible y el mundo hecho pedazos. Por un segundo, había sentido que el espacio mismo se doblaba.

Se puso de pie con esfuerzo y caminó hacia el gran ventanal que dominaba la vista de la ciudad. Sus ojos buscaron señales de fuego, el rastro de un ataque, el movimiento de hordas de Grimm. Pero Vale estaba en calma. Las luces de los edificios parpadeaban como luciérnagas urbanas, y los bullheads cruzaban el cielo nocturno con la cadencia monótona de siempre.

—Solo es el cansancio, Ozma… los siglos pesan —murmuró, y su voz sonó pequeña frente a la inmensidad del paisaje.

Tratando de ahogar la punzada de horror que aún le oprimía el pecho, se convenció de que eran solo fantasmas creados por su propia paranoia. Con un gesto cansado, se dio la vuelta, dejando que el ventanal quedara a sus espaldas. Tomó su taza de chocolate caliente, el vapor ascendente y el aroma dulce del cacao le ofrecieron una sensación de seguridad.

Sin embargo, detrás de él, el cielo no era el mismo.

La Luna fragmentada seguía allí, suspendida con una herida antigua en el firmamento, pero a su alrededor, el mapa de las estrellas se había reescrito. Invisibles para cualquier ojo humano, nuevas constelaciones se habían inscrito sobre la atmósfera de Remnant, reclamando el destino de los reinos.

Sobre Vale, la figura de Orión latía con un pulso verdoso y lento, una promesa de devoción que se volvería locura. Sobre el cielo helado de Atlas, Leo brillaba con una luz blanca, fría e inquebrantable, tan pura que resultaba cruel. Hacia el este, sobre Mistral, Cetus e Hydra se retorcían en el vacío, como fauces invisibles devorando la luz de las estrellas circundantes. Y sobre las arenas de Vacuo, Canis Major proyectaba una sombra cargada de una furia roja, un eco de ira que ya empezaba a calentar el aire del desierto.

En la alta atmósfera, una neblina violeta, casi imperceptible, comenzó a filtrarse como veneno en el aire de Remnant. En las tierras invadidas por los Grimm, el comportamiento de las bestias cambió en un instante. Los aullidos de hambre se transformaron en gemidos de alarma y agitación frenética; los monstruos de la destrucción se movían ahora con un nuevo propósito, sintiendo el aroma de algo que no pertenecía a este plano.

Perdiéndose en la negrura del espacio, mientras un eco del grito de miles de Grimm resonaba en la distancia, como depredadores y heraldos.

El hilo aguarda… su retorno.