Chapter Text
–¿eh? ¿ya regresó?
Sempai afirmó y Juan si decir nada más fue a visitar al general.
Desde que lo habían liberado no dejaba de pensar cuando regresaría Aldo. Estaba ansioso porque él sufrió en primera fila lo que los osos malvados podían hacerle y si a él, que no tenía nada que ver, lo torturaron no quería ni imaginar lo que le harían a príncipe mayor.
Estaba ansioso, verlo después de tanto tiempo implicaba una emoción de miedo y felicidad. Al fin había vuelto a casa, pero que pasaba si volvía peor que él o qué pasaba si lo olvidaba.
Lo miró desde lejos, caminando como si nada en su castillo, tarareando una canción que a él siempre le gustaba. Su corazón se calmó, estaba de vuelta y no parecía haber algo raro.
– ¿Aldo? – el mencionado lo regresó a ver y Juan sonrió de oreja a oreja cuando este lo hizo – ¡Aldo!
– Juan – Fue lo único que dijo.
– Estas de vuelta. No sabía por cuando tiempo te iba a tener encerrado, estaba muy asustado.
Aldo solo se limitaba a mirarlo, no sabía cómo abordar todo lo que sabía y más aún cuando eso significaba que la persona que amaba estaba en peligro.
– ¿Cuándo te liberaron?
– El lunes, hace dos días.
– De verdad ¿no te hicieron nada? A mí me torturaron-
– Lo sé. – Su voz se escuchaba quebrada y volteó a verlo, esta vez sin desviar la mirada. Juan seguía viéndose lindo como siempre sin importar que las heridas desaliñaban su aspecto.
– ¿Cómo?
– Lo sé. Me hicieron mirarlo, Juan, vi cómo te lastimaron.
Aldo dejó de mirarlo y se alejó dejando al segundo al mando procesarlo.
Eso significa que cuando estaba pidiendo piedad él miraba. Cuando se veía tan vulnerable llorando y exigiendo que pararan, él solo miró.
Aldo lamentaba no poder protegerlo, no poder cumplir con su promesa ni tampoco cuidar de Juan. No era digno de ser llamado general, no era digno de ser un príncipe ni mucho menos vivir con el Norte.
La Federación tenía razón.
– Bueno... ya no importa porque ahora contigo podemos planear destruirlos ¿verdad? Construyamos un nuevo plan – Siguió a Aldo poniéndose enfrente de él otra vez. Con la esperanza de tenerlo cerca de nuevo y que ahora serían más fuertes que antes.
– ¡No! Juan, olvídalos.
Al parecer ya no lo eran y la Federación si los había destruido.
– No, no podemos dejarlo así. Ellos te torturaron y a mí también.
– De hecho, a mí no me torturaron.
Juan tomó su tiempo antes de hablar. No creía lo que decía, era imposible que la Federación lo haya liberado así sin más. O solo que ellos estén planeando otra cosa con Aldo.
– Pero tu viste lo que me hicieron
– Sí, y por eso no quiero que vayamos en contra de la Federación. Juan, disfrutemos de la Isla.
– ¡No me jodas Aldo! ¡No vuelvas a decir eso!
Se le erizó la piel con solo escucharle decir esas palabras. Era lo mismo que le repetían cuando lo torturaban y lo mismo que decían cuando se quedaron varados en la Isla. Era imposible disfrutar de un lugar donde los estaban amenazando con su vida.
– Juan, ellos te torturaron y si volvemos a pelear contra ellos quién sabe qué harán después. Se pueden llevar a Alondra, a Roier o a ti otra vez
– Pero no podemos dejarlos, no podemos vivir en las sombras de la federación – Juan no escuchaba, no planeaba hacerlo – Aldo, eres el general debemos pelear.
– Ya no lo soy, Juan.
– Imposible.
– No pude protegerte, ni al norte. Estoy cansado de pelear así que solo voy a disfrutar de la Isla.
– No Aldo, este no eres tú.
– ¿No? ¡Que no soy yo! – Le molestó mucho lo que dijo cuando todo lo que hacía era para que ellos estuvieran bien – Trato de que todos podamos vivir en paz, olvídate de la federación y disfruta-
– ¡DEJA DE REPETIRLO!
– Juan, disfruta de la Isla. – Su voz se escuchaba más profunda y agotada
– No, este no eres tú, no sé qué te hicieron, pero no eres tú – Juan no veía una solución en ese momento lo mejor que podía hacer es darle su espacio y que lo pensara bien – Luego hablamos, Aldo. Sé que estas confundido o no sé qué, pero piénsalo.
Juan no esperó la respuesta de Aldo y se teletransportó hasta el castillo del Norte. Se sentía triste y un poco decepcionado. Había muchas cosas que procesar aun, pero no iba a dejar que Aldo se rindiera.
Aunque no le dejó mucho que pensar porque el general no iba a esperar otro minuto más haciéndole creer que había solución y entre más rápido entendía mejor iban a estar, así que se teletransportó al mismo tiempo que el omega.
– Juan, quiero que entiendas esto de una vez. Yo no voy a pelear contra la federación ni ninguno de ustedes ¡No sabes lo que vi ahí! Y no quiero que les pase nada, entiéndelo.
Aldo estaba paranoico y pensaba que con la tortura que había recibido Juan era suficiente para que él no quisiera ir contra de ellos, pero era todo lo contrario. Ahora la pelea era mucho más decidida que antes.
– No, Aldo, no podemos dejar que ellos nos manipulen.
Aldo estaba impaciente. Le frustraba escuchar esas palabras y más de alguien que esta tan lastimado por la federación.
– No ¡No! Quieres saber lo que nos harán, Juan
– ¡Además de torturarnos que más!
Aldo sacó la espada que siempre cargaba y la apunto contra Juan, este retrocedió por instinto, aunque no creía que lo atacaría. Un grave error. Aldo lo empujó con la espada provocando heridas nuevas y abriendo viejas, una y otra vez.
– Tú lo viste, lo viviste. Si tanto quieres pelear con ellos te mostraré lo que te van a hacer ¿Esto es lo que deseas? Morir una y otra vez.
Juan estaba en el piso, cubriendo su cabeza con sus manos, arrodillado apenas viendo a Aldo.
– Por favor.
Aldo no quería hacerlo y nunca había visto a Juan en el suelo por su culpa. Estaba dudando en dar otro golpe, pero sí de esta manera no lo hacía entrar en razon era muy probable que la guerra continuara.
– No, Juan. Tú quieres guerra ¿verdad? Pues esto traerá la guerra.
Aldo alzó su espada e impulsivamente lo mató.
Todo el mundo se enteró. Todos recibieron el mensaje de que Juan había muerto y no solo eso, sino que su pareja lo había hecho.
– ¿Juan? – Ash por instinto dijo su nombre y de inmediato le mandó un mensaje para saber cómo estaba. Espero un momento, en realidad no esperó nada. Al no recibir respuesta inmediata salió corriendo al castillo del Norte.
– ¡¿Juan?! ¡¿Dónde estás Juan?!
Gritaba su nombre hasta que el segundo al mando le dio señales de vida. Había revivido en su propia habitación donde todo sucedió, pero cuando abrió los ojos ya se encontraba solo.
– Juan ¿Qué pasó?
– No nada, no te preocupes Ash,
– ¿Que no me preocupe? Aldo te mató.
– Si, pero no es para tanto.
– Aldo te mato, te hizo daño.
– Fue un accidente, él no quería matarme realmente.
Ash sabía que mentía porque Juan estaba más triste de lo normal, lo conocía bien para el poco tiempo que convivieron.
– Juan, si pasa algo cuéntame a mi primero.
– Ash no te preocupes, en serio.
No le hacía caso, obviamente seguiría preocupado y más cuando su pareja le había causado daño, además, conociendo la naturaleza de los alfas Aldo podía hacerle más daño que lo que la federación lo había hecho. Eso era imperdonable y peor al ver como fingía una sonrisa como si todo estuviera bien.
Siguió discutiendo con Juan por lo que había pasado, pero seguía mintiendo, encubriendo a Aldo como si nada hubiera pasado.
Ash se cansó de las mentiras así que solo aceptó por esta vez, en la próxima estaría al tanto para que no le pasara nada, aunque si fuera por él lo sacaba de ahí, pero todos confiaban en Juan y el norte lo necesitaba. Aunque Aldo parecía que ya no.
Muy internamente estaba contento porque eso podría causar la separación de la pareja, sin embargo, eso significaba que Juan sufriría. Quería que Juan lo mirara no verlo llorar por alguien más.
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Aldo seguía trabajando en automático porque su cerebro no soltaba la escena de Juan cómo se cubrió y lo miraba con miedo. Lastimó a la persona que más amaba con la excusa de protegerlo, pero cómo podía hacerlo si él seguía aferrado a luchar contra la Federación. Temía que se lo llevaran y esta vez lo convirtieran en uno de sus experimentos, aunque no sabía cuánto tiempo faltaba para que eso se hiciera realidad.
Odiaba a la federación, sin embargo, no podía olvidar a su familia. Peleo por ella, pero eso solo le mostró la verdad y era muy débil para poder ganar.
En la noche volvió al castillo en busca de Juan, aunque no iba directamente donde él. Estaba avergonzado por lo que hizo.
– ¿Aldo?
– Oh, Juan – Si que era malo fingiendo.
– Hola, Aldo ¿Cómo estás?
– Bien ¿Y tú?
Juan se merecía una disculpa y Aldo no podía dársela.
– Un poco herido... pero no te preocupes estoy bien – Juan le sonrió como siempre y Aldo casi por instinto se acerca a abrazarlo. Lo quería cerca, besarlo y decirle que lo sentía, pero si flaqueaba en ese momento Cucurucho no solo se lo llevaría, sino que lo haría desaparecer para siempre. Así que prefirió seguir con el rol de malo.
– Bueno, me alegro.
Para Juan esa respuesta le dolió. Dónde estaba el chico alto y fuerte que le consentía y mimaba. Dónde estaba su amante que lo besaba y dejaba sus miedos atrás. Aldo no era Aldo y le dolía verlo así.
– Aldo, piénsalo.
El general frunció el ceño, pensaba que ya había dejado el tema atrás pero ahí seguía.
– No escuchaste lo que te dije Juan, te maté y eso es lo mínimo que la Federación haría si volvemos a pelear.
– Sí, pero tampoco podemos rendirnos.
– No juan, déjalo.
– No Aldo, tu déjalo, debemos pelear.
– ¡Basta Juan! Ya no quiero seguir hablando.
Aldo retrocedió, pero Juan no podía dejarlo ahí, se acercó y lo tomó del brazo. El mismo con el que alzó su espada y lo mató. El recuerdo de hacerlo hizo que Aldo alejara a Juan, lo empujó sin medir la fuerza y sin darse cuenta el omega ya estaba en el piso.
– Juan... – el general iba acercarse, tomarle de la mano y levantarlo, pero no podía flaquear. No ahora. Juan se sorprendió, era la primera vez que Aldo lo alejaba, pero también la primera vez que lo dejaba solo.
– Esta bien, no hablemos de eso hoy.
– Ni mañana.
– No Aldo, no lo haré y haré que cambies de opinión.
– No lo haré.
Juan ya no quería seguir peleando por lo mismo y esta vez decepcionado habló.
– Hoy dormiré en mi cuarto y sería bueno que tu hicieras lo mismo.
Juan había esperado que el general regresara para poder dormir juntos como lo hacían siempre y le dolió mucho decidir no hacerlo esa noche. Estaba muy lastimado y herido como para tenerlo cerca.
Aldo volteó y asintió con la cabeza.
– Esta bien. Hasta mañana Juan.
– Hasta mañana Aldo.
Cada uno se alejaron con muchas ganas de platicar. Tenían tantas cosas de contar, pero no era el momento. Los dos deseaban que ojalá fuera el momento. Porque así Juan podía desahogarse con su pareja y llorar en su pecho y Aldo podía abrazarlo y decirlo cuando lo amaba. Estaban rompiendo con la esperanza de que uno de los dos aceptara al otro.
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Ash tuvo oportunidad de hablar con Ewroon. Estaban poniéndose al día de todo lo que estaba pasando y las cosas que podían hacer para ayudar a Juan. Aunque el polaco lo veía más una pelea para destruir la federación y no para salvar al segundo al mando del Norte.
Hubo una reprimiendo por su parte haciéndolo entrar en razón a Ash, diciéndole las cosas que había hecho mal y como podían cambiar y su orgullo fue envuelto cuando cambiar significaba ser mejor persona para Juan.
Ya no podía ignorar y entrar en guerra con el Norte, debía olvidarlo y ahora proteger a su gente de la Federación, así como Juan siempre lo había querido. Si simplemente él hubiera escuchado tal vez nunca le hubieran quitado a Juan, nunca lo hubieran torturado y lastimado tanto.
Ash cada que tenía oportunidad se maldecía así mismo por perderlo, sentía culpa y no merecía perdón, pero, aun así, nadie lo odiaba y esperaban que les diera un mano. Al ser tan fuerte no podían perder a un guerrero competente.
Y si Ash quería ir en contra de la Federación y los del Norte siempre lo estuvieron significaba que al fin se lograría una alianza entre los dos reinos donde el odio mutuo – que jamás existió – se rompería por completo.
Sin olvidar la nueva personalidad de Aldo.
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En la mañana siguiente Aldo madrugó para salir del castillo, no quería ver a Juan tan temprano y conociéndolo aún herido o enfermo este se levantaría a preparar la comida para toda la familia.
Pasó todo el tiempo fuera, aún faltaba muchas cosas y quería terminar antes de que todo se vaya más a la mierda. Al menos eso le daba la esperanza de que Juan pudiera ver el lugar que planeaba hacerle para vivir solos y cumplirle el deseo de tener a sus cachorros. Pero no le diría eso, no hasta que se olvidara de la federación.
Un pequeño golpe se escuchó a lo lejos y Aldo se puso en guardia. Corrió hasta el lugar donde provenía el sonido y antes de que pudiera escapar logró capturar a quien estaba rondando en su castillo.
– Faris – El mencionado lo empujó para salir corriendo de ahí.
Aldo tenía información de que él trabajaba en contra de la federación, y ahora que lo estuviera vigilándolo lo ponía nervioso. No esperó otro segundo y sacó su espada empuñándola contra él.
– ¡¿Qué demonios haces aquí!?
Lastimó su cuerpo y sus piernas hasta que no pudiera moverse y tumbado en el suelo volvió a preguntar, esta vez sonaba mucho más furioso con una voz ronca y rasposa.
–¿Qué haces en mi maldito castillo? ¿Tratas de investigarme o que deseas?
– No te diré nada– dijo Faris sin mostrar inferioridad.
– Bien.
Aldo no dudó y lo mató. Juan lo vio. El mensaje de que el general había matado a un “inocente” se esparció por todo el lugar y no esperaron explicaciones, mitad de la familia se teletransportó hasta el castillo de Aldo para saber que había sucedido.
– ¿Aldo? – Molly se escuchó de fondo. La princesa que había desaparecido por toda una semana había vuelto, con la excusa de haber ido a buscar aliados, pero desgraciadamente estaban en una isla muy lejos de la civilización y si salían de la visión de la federación moriría.
– Molly, regresaste.
– Volviste, Aldo.
Juan y Roier aparecieron juntos detrás de Molly, los dos preocupados por lo que acababan de pasar.
– Volviste a matar a alguien – dijo Juan preocupado por la actitud que estaba tomando.
– Estaba espiándome ¿Qué quieres que haga? – habló Aldo con ironía.
– ¿Qué? ¿Por qué? – preguntó Roier.
– Yo que voy a saber.
– Entonces simplemente lo mataste por eso – habló Molly. Ella creía que era una excusa muy vaga para su acción.
– No voy a tener a un enemigo en mi castillo espiándome, Molly.
– Al menos preguntaste qué hacía ahí.
– Sí, y no respondió.
Todos se quedaron un momento en silencio esperando descifrar lo que había pasado. Aldo se acercó al cuerpo de Faris revisándolo y entre sus cosas encontrando un par de fotos de sí mismo construyendo su castillo
– Miren, por esto me defiendo.
Los hermanos y el segundo al mando se acercaron a ver y ahora estaban en duda de lo que hacía Faris, al menos su excusa no lo hacía ver un asesino descontrolado.
– Si Faris quiere ir en contra de la Federación por qué viene donde mí y me toma fotos.
– ¿Faris está en contra de la Federación? – pregunto Roier que era el que más perdido estaba con todo lo que pasaba.
– Sí – respondió Juan que sabía porque él mismo se lo había contado.
– ¿Creerá que Aldo trabaja para ellos? – preguntó Roier y el ambiente se tensó, porque desde que había regresado Aldo todos temían que esa fuera una de las razones por las que no quería pelear.
– No, no trabajo para la federación – afirmó Aldo.
Decirlo no hacía que los otros lo creyeran y tampoco quería que lo hagan. A él ya no le importaba y solo quería seguir viviendo en paz olvidando por todo lo que había peleado.
– Lo sé y por eso confío que nos guiaras para pelear, general – Juan habló cuidadosamente para que lo escuchara. Aldo se molestó mucho al no respetar su renuncia.
– Ya no soy general, te lo dije Juan.
– ¡¿Qué!? – Los dos hermanos hablaron al unísono. No iban a permitir que el príncipe y hermano mayor renunciara al puesto que toda la familia le había concedido.
– Ya no soy el general, porque ya no deseo pelear con la Federación, ni con el régimen. A menos que ellos me hiciera algo.
– ¿Y nosotros qué? – Molly le reclamó.
– Ya no me importa, ustedes puedes cuidarse ya que al parecer ni siquiera les importó que me secuestraron.
– De qué hablas Aldo – Dijo Roier.
– Que les dio igual si estábamos desaparecidos, que ni siquiera se dignaron en saber dónde estábamos. La princesa viajando, evadiendo sus responsabilidades y el otro yendo de paseo con su perro. Les dio igual, siempre. No les importó.
– A mí me importas, Aldo – respondió el omega dolido de ver cómo la persona que amaba se resentía por su familia.
– Y tú tampoco fuiste a buscarme, Juan.
Todos se quedaron en silencio. El ambiente se había vuelto pesado e incómodo. Los hermanos no sabían que responder ni tampoco como escusarse y a Juan le dolió mucho más lo que le dijo que el hecho de que ayer lo había golpeado.
– Aldo, por favor.
– No Juan, ellos te liberaron y no hiciste nada, te quedaste encerrado en el castillo y no dijiste nada.
– Lo hice, hablé con Ash.
Mala idea haberlo mencionado, Aldo venía sintiendo celos desde hace mucho con el chico de cabello morado. Sabía que no era normal que se acercara tanto a su pareja como si no tuviera suficiente con Foolish.
– ¿¡Y por qué con él!? ¿Qué tiene que ver él?
– Aldo, el vino a verme cuando me liberaron. – Claro, justo su rival y enemigo tenía que ser quien recibía a Juan mientras el seguía encerrado en la Federación. Entre todos tenía que ser Ash – Él sabía que desaparecimos y confesó que estuvo buscándonos, él también te estaba buscando.
Cómo reaccionaba a eso, no le gustaba nada la idea de que la persona que más aborrecía pelearía por él.
– O sea Ash me estaba buscando, pero mis propios hermanos NO.
Todos volvieron a quedarse callados, cada cosa ponía de peor humor a Aldo. Pero él tenía razón y ahora su familia parecía darle la espalda.
– Ahora estamos de vuelta y apoyaremos en la guerra – habló Molly que aún tenía la idea de pelear contra la federación.
– La guerra se terminó, Molly, disfruta de la Isla y olvídalo.
– ¿Aldo? ¿Por qué mierda repites lo mismo que ellos?
– Porque es verdad, ellos siempre tuvieron razón. Solo disfruten la Isla.
– Me niego a hacerlo, ni cagando voy a quedarme quieto – Juan seguía negándose y a Aldo parecía darle un tic en el ojo.
No creía que Juan estuviera preparado para pelear y quería demostrar su punto para que de verdad entendiera. De su inventario sacó un peluche de cucurucho y sin piedad se la mostró.
– Aldo quita eso.
– Ves, ni siquiera puede ver a cucurucho y quieres ir contra de ellos
– Aldo, quítalo.
– No, porque les tienes miedo y sin les temes no puedes iniciar una guerra.
– Aldo, por favor, quita eso.
Aldo se acercaba con el peluche hasta tenerlo arrinconado en una esquina del castillo demostrando su punto. Juan solo retrocedía y cubría su cuerpo con sus manos, a veces cerraba los ojos para no ver y en otras miraba a Aldo para que este parara.
– Entiéndelo Juan, no puedes iniciar una guerra – Suspiró y esta vez lo dijo muchas más frio de costumbre – Disfruta la Isla, Juan.
Al omega se le vino el mundo abajo. Lo que le había hecho su pareja solo empeoraba los recuerdos de la tortura, el miedo a ser vulnerable, de no poder respirar por la ansiedad o no poder dormir por el trauma, empeoraba su situación y no estaba ayudando en nada. Él solo necesitaba de un abrazo y palabras de aliento, no amenazas por querer vivir en paz.
– Aldo suficiente, guarda eso – dijo Molly viendo que la situación empeoraba. Se acercó a Juan alejándolo de su pareja – No puedes tratarlo así.
– No es tu asunto, Molly – aquellas palabras sonaron muy frías sin una pizca de remordimiento.
– Aldo, suficiente. Regresaremos al Norte, pero tienes que recordar que somos una familia.
– Lo sé, Roier y por eso quiero que dejen de pensar en ir contra la Federación.
– En contra o no la guerra ya inició.
La conversación terminó ahí, Aldo no sabía cómo responder y su familia había desaparecido de su castillo.
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Ash no dejaba de pensar en Juan, temía que Aldo le hiciera más cosas, que lo humillara o lo lastimara, no soportaría ver a Juan otra vez con moretones que demorarían en sanar. Su chico debía sanar y brillar otra vez.
Por suerte él no había visto la muerte de Faris y no estaba enfado por eso. Solo sentía ansiedad que le carcomía el alma y no podía dejar de pensar si estaba bien Juan, si comía o si se esforzaba demasiado en su trabajo. Qué pasaba si le ocurría un accidente y nadie estaba a su lado para ayudarlo. Esos pensamientos solo empeoraban y en poco tiempo salió a verlo hasta su casa.
– ¿Juan? – entró al Norte como si fuera miembro de ahí, ya no temía visitarlos porque la guerra entre ellos dos había terminado, al menos eso parecía.
– ¿Ash? Oh hola, Ash – Juan fue a verlo hasta el pasillo con una gran sonrisa como siempre. El omega demostraba estar bien, aunque su trauma psicológico había empeorado, pero eso no debía saber un miembro del régimen.
– ¿Cómo estás?
– Bien, trabajando como siempre
– ¿Te sientes mejor hoy?
– Si, mejor que ayer sin duda – mentía, si Ash se enteraba de lo que había pasado sabía que no se quedaría con las manos cruzadas.
– Me alegra escuchar eso
Juan asintió haciendo sonidos de afirmación mientras se reía.
– Oye, Ash, podemos hablar un rato.
– Claro.
Ash sintió un alivió, no sabía que más preguntar, pero tampoco quería irse así sin más.
– Sígueme, vamos a mi oficina.
Obedeció, siguiéndolo desde atrás observado las heridas que apenas podía ver y cada vez que lo hacía sentía un dolor en el pecho que solo lo curaba cuando Juan le sonreía y decía que todos estaba bien. Se preocupaba mucho por el omega.
Los dos tomaron asiento donde les correspondía y Juan inició la conversación.
– Sabes que tenías una guerra pendiente con nosotros.
– Oh no Juan, eso ya terminó.
– Me alegró mucho escuchar eso
Se sintió aliviado al ver que, o no sabía por Faris o no quería pelear por su muerte.
– Mi problema será con Aldo no con ustedes.
Tal vez si sabía.
– Ten paciencia con Aldo, por favor, sé que ahora no está bien de la cabeza, pero él se dará cuenta.
– Juan, tú sabes que no destruí al norte por ti.
El omega no sabía sin sonreír o no porque lo hacía sentir especial, pero se sentía culpable sintiéndose mejor con Ash que con su pareja.
– Gracias Ash, pero no puedo dejar a Aldo afuera.
– Aldo te lastimó.
– No, eso fue un accidente.
– Juan mírate, tus heridas volvieron a abrirse y ahora tienes nuevas.
– No es para tanto, Ash.
– Si lo es, te está lastimando.
Juan negó con la cabeza y cambió el tema de conversación.
– Sabes... – Antes de hablar se río para luego acercar todo su cuerpo al escritorio – Al régimen le falta amor
– ¿Qué?
– Si, así entenderías lo que yo digo.
– No, no hace falta.
– Sí, sí, les falta amor, necesitan amor – Juan lo decía con un tonto un tanto infantil y emocionado.
– No, Juan
– Sí, Tubbo necesita amor, Ewroon necesita amor, Faris necesita amor, Ash necesita amor.
Ash se levantó del asiento muy nervioso por todo lo que acaba de decir. Que repitiera tantas veces amor lo ponía muy nervioso y como no si él lo amaba; y ahora está siendo muy obvio.
– No, no tiene sentido lo que dices.
– El régimen necesita amor.
Juan lo dijo tan fuerte casi gritándolo, así Ash aceptaría lo que decía y como lo había planeado este se rindió. Los dos se sonrieron entre sí de lo lindo que se había formado el ambiente.
– No puedo pelear contigo, Juan.
– ¿No?
Juan lo sabía, pero se hacía el loco.
– Lo pensaré, pero Aldo debe mantenerse al margen y no hacerte daño.
– No lo hará yo confío en Aldo.
– Pero yo no – Ash lo miró serió acercándose a la puerta – Si me enteró que te hizo daño no me quedaré de brazos cruzados – Y sin decir más dejó la oficina regresando al Régimen, sin saber que un guardia le tomó una foto despidiéndose de Juan.
