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Solo pudo soltar un suspiro pesado mientras fingía tomar un sorbo de su copa de champán. Había logrado apartarse unos minutos del grupo, pero sabía que no tardaría en verse rodeado nuevamente por más invitados, todos ansiosos por continuar hablando sobre el evento al que había sido invitado. Miró alrededor. El antiguo teatro estaba iluminado por enormes candelabros que colgaban del techo abovedado. Las paredes, cubiertas de molduras doradas y terciopelo rojo, eran vestigios de una época dorada que los actuales dueños del lugar parecían empeñados en conservar intacta.
Conversar, recopilar información, convencer a los presentes de convertirse en patrocinadores para futuros eventos benéficos. Sonreír, bromear, mostrarse encantador…
Su mirada se fijó en las copas de vino tinto, un color rojo intenso y su mente no pudo evitar recordar. Su agotamiento no era solo físico. Después de noches enteras persiguiendo pistas, interrogando criminales y recorriendo callejones que Gotham prefería olvidar, el cansancio mental pesaba mucho más.
El caso del secuestro había empezado como tantos otros: una desaparición, una familia desesperada, un reloj que corría demasiado rápido. Pero terminó peor de lo que Bruce había esperado.
Cuando finalmente encontró al responsable, la rabia contenida durante días estalló en una brutal pelea. El criminal había luchado como un animal acorralado, y Bruce no había salido ileso. Más de un golpe había atravesado la protección del traje, y cada movimiento ahora le recordaba lo cerca que había estado de cometer un error.
El asesino estaba detenido. El caso resuelto.
Y aun así, la sensación de vacío profundo en su ser.
Porque llegar demasiado tarde era algo a lo que Batman nunca terminaba de soportar.
Bruce dejó que el pensamiento se disipara lentamente mientras observaba el reflejo pálido del champán en su copa. El murmullo elegante del teatro continuaba a su alrededor, risas suaves, conversaciones triviales… un mundo completamente ajeno a los callejones donde Gotham realmente respiraba.
Por un instante fugaz, consideró desaparecer de allí antes de que alguien más intentara atraparlo en otra conversación sobre filantropía o inversiones.
Podría regresar a la mansión.
Descender a la cueva.
Y quizá, solo quizá, permitirse unas horas de descanso en aquel lugar del que nadie más hablaba.
Una habitación oculta más allá de los pasajes conocidos de la cueva, apartada incluso del corazón de la Baticueva.
Un refugio silencioso que solo dos personas conocen realmente.
Él…
y Alfred.
Alfred había insistido en que debería volver momentos de descanso en esa zona, ese lugar antes lo recordaba casi como un santuario y que después de ese incidente ahora solo es una zona de contención, y Alfred le sigue recordando más de una vez que incluso Batman necesitaba detenerse antes de romperse.
Bruce rara vez le hacía caso.
Pero aquella noche… la idea de unas pocas horas de silencio absoluto del resto del mundo, empezaba a resultar peligrosamente tentadora.
—Si sigue observando su copa con tanta intensidad, señor, temo que el champán terminará sintiéndose intimidado.
La voz tranquila a su lado lo sacó de sus pensamientos.
Bruce no necesitó girarse para saber quién era.
—Estoy considerando mis opciones —respondió finalmente, permitiéndose apenas un pequeño suspiro.
Alfred Pennyworth permanecía a su lado con la postura impecable de siempre, las manos entrelazadas detrás de la espalda. Aunque aquella noche figuraba oficialmente como parte del personal de apoyo del evento, su mirada analítica no había cambiado en lo más mínimo.
—Si entre esas opciones se encuentra desaparecer discretamente antes de que otro empresario intente convencerlo de financiar su próximo proyecto revolucionario, debo admitir que la idea tiene cierto mérito —comentó Alfred con calma.
Bruce dejó escapar una breve risa por lo bajo.
—¿Se nota tanto?
—Solo para alguien que lo ha visto intentar escapar de eventos similares durante los últimos veinte años.
Alfred inclinó ligeramente la cabeza, observando con atención.
—También se nota que aún está adolorido.
Bruce no respondió de inmediato.
Bajo el traje elegante, varias heridas recientes protestaban con cada movimiento.
—Nada grave.
Alfred levantó una ceja con discreta incredulidad.
—Su definición de “nada grave”, señor, suele incluir costillas fisuradas, conmociones y heridas que harían reconsiderar sus decisiones a cualquier ser humano sensato.
Bruce tomó finalmente un pequeño sorbo de su copa, más por costumbre que por deseo.
—Pensaba volver a la mansión pronto.
Alfred no respondió de inmediato, pero Bruce notó el leve cambio en su expresión.
—Quizá —trago un poco de saliva— podría darle otra oportunidad a ese lugar del que insistes en que debería de hacer uso más seguido.
El mayordomo guardó silencio unos segundos antes de responder con suavidad.
–La habitación sigue exactamente donde la dejamos, señor. Y, como siempre… lista para cuando finalmente decida escuchar mis consejos.
Soltanto un suspiro de cansancio, fijando la mirada de nuevo a su copa — Estoy seguro si, supongo que una visita ahí lo alegrará bastante. — desviando su mirada al suelo tanto lo último dicho.
—Me atrevería a decir que estaría más que complacido, señor —respondió con suavidad—. Y considerablemente menos preocupado si lo viera tomarse un descanso como corresponde.
Bruce dejó escapar un leve resoplido.
—No prometo nada.
Alfred inclinó apenas la cabeza, permitiéndose una sombra de sonrisa antes de notar la aproximación de una invitada.
—Entonces me conformaré con la intención.
Dio un paso atrás con discreción, cediendo el espacio mientras una dama elegantemente vestida se acercaba a Bruce.
—Señor Wayne, es un placer verlo esta noche —saludó con entusiasmo.
Bruce giró hacia ella, y en un instante, la expresión seria desapareció.
La sonrisa encantadora de Brucie Wayne ocupó su lugar.
—El placer es mío —respondió con calidez—. Este evento es realmente admirable.
Después de más conversaciones sobre los mismos temas, pasando de cumplidos superficiales a comentarios más ligeros… hasta que, como suele ocurrir en esos círculos, derivó inevitablemente en el terreno del chisme.
Pasando el tiempo terminó chismeando con la señora Eleanor Whitmore antes de despedirse e irse a casa.
— Oh, la otra noche escuché de Margaret —comentó la mujer — Al parecer, los señores Charles y Evelyn Blackwood al conseguir este teatro tuvieron muchos problemas imprevistos según dijo Margaret.
Bruce inclinó ligeramente la cabeza, manteniendo su expresión interesada.
—¿Ah, sí?
— Si. Por lo que me dio a entender hubo un contrato con el anterior propietario de este teatro en el que lo vendería a un empresario que quería decirlo y crear un centro comercial o un edificio para oficinas.
La mujer hizo una pausa dramática antes de continuar:
—Pero los señores Blackwood propusieron una mejor oferta que no se pudo rechazar y lograron quedarse con el teatro. Lo que, claro, no le sentó nada bien a ese otro empresario.
Bruce escuchaba con atención, sin perder la sonrisa.
—¿Y decidió insistir?
—Durante meses. Intentó todo tipo de métodos para que reventaran el lugar. Presión, acuerdos… incluso rumores bastante desagradables. Pero se negaron.
Ella suspiró, mirando alrededor con cierta admiración.
—Y supongo que, al final, valió la pena. Mire este lugar… lo han traído de vuelta de entre las sombras.
Bruce siguió su mirada, recorriendo el teatro con aparente fascinación.
—Diría que sí, querido —respondió con su característica sonrisa radiante—. Es un lugar espléndido. La restauración ha sido extraordinaria.
—Oh, absolutamente —asintió ella con entusiasmo—. Cuando era más joven, solía venir aquí con mi familia a ver las obras. Nunca pensé que volvería a verlo así.
—Bueno, debo decir que estoy de acuerdo con usted, señora Eleanor. Creí que este lugar terminaría en el olvido… o reducido a escombros.
Su mirada se elevó hacia el gran candelabro, cuyos cristales dispersaban la luz por todo el teatro con un brillo casi hipnótico.
—Tal vez —añadió con una leve sonrisa— debería traer a mi familia a ver alguna obra.
—Oh, sería encantador, querido —respondió Eleanor con una sonrisa satisfecha—. Este lugar merece volver a ser vivido, no sólo admirado.
Dio un pequeño sorbo a su bebida antes de inclinarse ligeramente hacia él, bajando la voz con complicidad.
—Aunque, entre nosotros… siempre he pensado que este teatro tiene algo… peculiar.
Bruce alzó apenas una ceja, manteniendo su sonrisa intacta.
—¿Peculiar?
—Oh, nada realmente preocupante —se apresuró a añadir, con un gesto despreocupado—. Solo… historias antiguas. Ya sabe cómo es la gente, siempre buscando darle un toque dramático a los lugares viejos.
Antes de que pudiera continuar, un sonido sutil interrumpió la conversación.
Un crujido.
Leve.
Casi imperceptible entre la música y las voces.
Bruce no reaccionó de inmediato, pero su atención cambió por completo.
Sus ojos se alzaron de nuevo hacia el candelabro.
Esta vez no por admiración.
Sino por instinto.
El leve balanceo de los cristales no coincidía con el movimiento del aire.
Era… irregular.
—¿Ocurre algo? —preguntó Eleanor, notando el cambio en su expresión.
—Probablemente nada —respondió Bruce con suavidad.
Pero su cuerpo ya estaba en alerta.
Otro crujido.
Más fuerte.
Proveniente de las alturas del teatro.
Algunos invitados comenzaron a mirar alrededor, confundidos, mientras la música titubeaba por un instante antes de continuar.
Y entonces…
Un destello breve.
Las luces del candelabro parpadearon.
Una vez.
Dos.
El murmullo en la sala cambió. Ya no era conversación. Era incertidumbre.
Bruce dejó la copa sobre una bandeja cercana sin apartar la vista del techo.
Algo no estaba bien.
Y lo supo… un segundo antes de que el sonido de algo cediendo atravesará el teatro.
