Chapter Text
A Manuel el frío de Nueva York se le había calado en los huesos desde que había bajado del avión. Para él, ese tipo de clima siempre había sido insoportable, pero creía nunca haber sentido uno similar a este. De todas formas, estaba en una ciudad que le encantaba, así que sentía que todo era soportable solo por la experiencia de estar ahí. El movimiento, la gente, las luces que no parecían apagarse nunca y el ruido de fondo tan de ciudad por sí solos ya hacían que todo tuviera una vibra distinta, a pesar del clima.
Hace media hora se encontraba haciendo trámites para entrar al país, leyendo carteles y señales que entendía rápidamente. Tenía suerte de saber manejarse con el inglés, porque si no fuese así, todavía todo sería más difícil. Después de casi una hora, pasó por migraciones sin demasiados problemas, agarró sus valijas y buscó en la salida del aeropuerto hacia el auto que había alquilado para pasar su estadía en la ciudad. El cansancio del viaje empezaba a notarse en su cuerpo, en la forma en la que caminaba más lento pero poco relajado y en cómo apretaba la mandíbula cada tanto, como si así pudiera mantenerse enfocado en lo que tenía que hacer.
El frío lo golpeó en la cara con fuerza apenas puso un pie en la salida. El aire era demasiado seco comparado al de Buenos Aires, y le hizo lagrimear los ojos al instante. Por inercia, se agachó para quedar a la altura de quien estaba con él, tomó los bordes de su campera y los abrochó con cuidado, acomodándola bien alrededor de su cuerpo.
-¿Tenés frío, mi amor? Te puedo abrigar más si querés.
La nena negó con la cabeza enseguida, aunque tenía la nariz apenas enrojecida y las manos escondidas dentro de las mangas.
—No —respondió, acercándose un poco más a él.
Manuel sonrió apenas, acomodándole mejor el abrigo, como si eso fuera suficiente para protegerla de todo lo demás. Le pasó una mano por la cabeza, bajando suavemente hasta la nuca.
—Bueno, pero si tenés frío me decís, ¿sí?
Ella asintió, distraída, mirando alrededor con curiosidad. Todo le llamaba la atención: la cantidad de gente, valijas, autos y ruidos. Los aeropuertos no eran algo ajeno a ella, de hecho viajaba bastante con Manuel, pero aún así todo le generaba un asombro nuevo.
—¿Ya estamos en Nueva York? —preguntó, levantando la vista hacia él.
—Sí, Gia, ya estamos —respondió él, agarrando una de las valijas con una mano y estirando la otra para que ella la tomara— Bienvenida.
Gianna le agarró la mano sin dudar, caminando pegada a él mientras avanzaban entre la gente. Manuel miró alrededor, buscando las indicaciones del estacionamiento hasta encontrar el cartel correcto. Siguió las flechas, esquivando autos y personas, hasta llegar al sector donde la empresa había dejado el que él había alquilado.
Lo reconoció rápido.
—Es ese —murmuró más para sí mismo que para ella.
Soltó las valijas al lado del baúl y lo abrió con el control. El sonido de la puerta destrabándose le resultó un alivio. Cargó primero la valija más grande, después las otras, acomodándolas como pudo para que entraran bien, dejando el campo de visión libre para poder manejar tranquilo.
—Esperame acá un segundo —le dijo, mirándola— No te muevas, ¿sí?
Ella asintió, obediente.
Manuel cerró el baúl y abrió la puerta de atrás. Se agachó otra vez, esta vez para ayudarla a subir. La levantó con facilidad y la sentó en la sillita para bebés que ya estaba colocada.
—A ver… —murmuró, acomodando las tiras del cinturón con cuidado— Esto va acá…
Se tomó unos segundos más de lo necesario, para asegurarse de que todo estuviera en orden, que no le molestara, que estuviera cómoda y por sobre todo segura.
—¿Te molesta?
—No —respondió ella, moviendo apenas la cabeza.
—Bueno. Cualquier cosa me avisás.
Manuel rodeó el auto y se subió del lado del conductor. Los viajes siempre lo volvían loco, y desde hace unos años ya no era él solo, si no que siempre eran dos. Después se inclinó hacia adelante, encendió el motor y apoyó las manos en el volante.
La pantalla del auto se encendió apenas giró la llave, marcando las 09:02 AM del 11 de noviembre de 2031. Manuel sostuvo la mirada en la fecha unos segundos más de lo necesario. No hacía falta pensar demasiado para saber qué significaba. Era una de esas fechas que no se olvidaban, por más que lo haya intentado durante los últimos años con todas sus fuerzas.
Seguramente las redes ya estaban llenas de recuerdos. Fotos, clips, momentos recortados que la gente volvía a compartir como si el tiempo no hubiese pasado. Comentarios que mezclaban la nostalgia con cosas que ya no existían, con versiones de lo que había sido y de lo que algunas personas de su comunidad todavía creían que podía volver a ser.
Manuel apoyó la espalda contra el asiento, dejando que el aire le llenara los pulmones antes de soltarlo despacio. Había elegido viajar justo ese día, y no era casualidad. Había algo en mantenerse ocupado, en tener la cabeza en otra cosa, que le resultaba más fácil que quedarse en Argentina viendo todo eso pasar frente a él, sin poder hacer nada más que mirar.
Tal vez a la noche subía algo. Un agradecimiento corto, lo justo para no desaparecer del todo en una fecha que sabía que la gente no iba a dejar pasar.
—A ver… —murmuró.
Buscó conectar el bluetooth con el celular, mirando la pantalla del auto mientras navegaba entre las opciones. Después de unos segundos lo logró. Revisó su playlist y eligió algo tranquilo, algo que su hija pudiera escuchar sin aburrirse. La música empezó a sonar bajo, llenando el silencio del auto de forma suave.
—¿Te gusta? —preguntó, mirando por el espejo.
Ella no respondió enseguida, pero asintió distraídamente para después de quedarse viendo el paisaje que tanto la estaba entreteniendo.
Manuel asintió para sí mismo y puso el auto en marcha.
No llegó a avanzar más de diez minutos cuando el celular vibró conectado al sistema del auto, interrumpiendo la música. Atendió con la pantalla táctil y la persona del otro lado ni esperó a que hablara para empezar el monólogo.
—Hola gordo. ¿Ya llegaste? ¿Cómo está Gia? Flor le dijo a Guada que estaba preocupada de que no la cuides del frío, ¿La abrigaste?
—Santiago, no podés tener esa energía a las diez de la mañana, de verdad te digo, frená un poco.
—Son las once acá, pelotudo, ni una cuenta podés sacar.
Manuel suspiró, dándole la razón en silencio a su amigo, mientras ajustaba el volante y miraba el camino atentamente.
—Estamos bien. Está muy abrigada y recién estamos yendo del aeropuerto al departamento que alquilamos. Con Flor todavía no hablé pero apenas lleguemos le mando un mensaje. Estábamos escuchando Violetta hasta que llamaste.
—Es increíble, boludo, desde que sos papá te volviste incluso más puto que antes —dijo, y Manuel escuchó automáticamente un quejido y una voz femenina de fondo— Guada me pegó, dice que no puedo hablar así en frente de Gianna.
Manuel sonrió apenas, levantando la vista hacia el espejo retrovisor. Estaba completamente dormida, con la cabeza recostada sobre la silla. Con razón no había saludado a Santiago, siendo que era su persona favorita en el mundo después de él.
—Y tiene razón. Esperá a que crezca y le empiece a poner One Direction.
—Te llamaba para ver cómo estabas. Sé que hoy tenés la reunión y vas a estar nervioso. Además de… bueno, lo otro.
—¿Qué otro? —dudó Manuel, aunque en el fondo ya sabía.
—Hoy hace cuatro años…
Manuel se tensó entero. Sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo, lo había pensado él mismo apenas unos minutos atrás, cuando vio la fecha en la pantalla. Lo que no entendía era por qué Santiago insistía con eso año tras año, cuando él hacía todo lo posible por dejarlo en el pasado.
No dudó en interrumpirlo antes de que terminara.
—Ya sé que hace cuatro años terminamos con Mernosketti y los streams, amigo. A la noche voy a subir algo de los tres, como siempre.
—Yo a la tarde digo algo en el canal entonces. No hace falta que subas nada si no querés, la gente ya sabe que estás de viaje, es una excusa perfecta para olvidarte.
—Es tradición —suspiró— La gente sabe que ya ni lo sigo en Instagram a él también y, aun así, sigo subiendo algo todos los años.
Manuel sintió cómo una angustia le cerraba el pecho por unos segundos, obligándolo a concentrarse en el camino para no quedarse con esa sensación. Recordar los momentos de los tres, fueran buenos o malos, nunca lo llevaba a un lugar cómodo o que le gustara habitar. Había pasado años intentando convencerse de que todo lo que había pasado, incluso lo que había salido mal, tenía algún tipo de sentido. Alguna explicación espiritual de que todo pasaba por algo, o de que las cosas tenían que ser así, y de que de esa manera estaba bien.
Se repetía que todos los errores también habían sido aciertos, que cada uno estaba donde tenía que estar, o al menos eso era lo que quería creer, porque con él no hablaba desde que todo se había terminado.
Se había imaginado a Lautaro muchas veces en esos años. En ciudades distintas, en trabajos nuevos, rodeado de gente que no conocía, viviendo cosas y aventuras que a él ya no le pertenecían. Se lo imaginaba tan él, feliz, encontrando en otros lados lo que en algún momento había sido de ellos. Y, por más que intentara sostener esa imagen como algo bueno, siempre algo le quedaba resonando en su propio cuerpo.
Porque, en el fondo, le gustaba pensar que una parte de todo eso había sido real, que no había sido solo un momento pasajero que se rompió cuando volvió de Dubai. Que, de alguna forma, algo de lo que habían sido seguía existiendo en algún lado, aunque ya no pudiera comprobarlo.
Aun así, y a pesar de todo lo que intentaba convencerse, en su cabeza persistía la pregunta del qué hubiese pasado si.
Había entendido con años de terapia y varias noches de insomnio que la vida era lo que era, que las suposiciones no eran más que una forma de apretar el gatillo de la ansiedad, de mantenerlo alerta sin poder pegar un ojo por algo que nunca iba a tener respuesta clara, más que la única que había, los hechos que sí pasaron. La situación no hubiese sido mejor, se repetía. Ni siquiera si hubiese intentado hablar en ese entonces.
—¿A qué hora vienen mañana, Santi? —preguntó, saliendo de su cabeza
—Al mediodía ya estamos allá para cuidar a Gia cuando lo necesites. Las grabaciones no empiezan hasta pasado mañana, ¿no?
—Sí, a partir del martes grabamos. Te dejo porque estoy a punto de llegar y Gia se durmió, amigo. Buen viaje y mandale un beso a Guada, los espero mañana.
Cuando llegaron a Midtown, Manuel se encargó de estacionar el auto perfectamente en la entrada del Airbnb que habían alquilado y se dispuso a bajar todas las cosas, pero tenía que hacer el doble esfuerzo para todo porque su hija estaba completamente dormida en su hombro ahora.
Ni bien logró cerrar la puerta con todas sus cosas adentro, acostó a Gianna en el sillón e investigó el lugar. Como todo en Nueva York, parecía bastante lujoso. Las paredes completamente blancas, detalles en negro y madera, dos habitaciones y un baño mucho más grande de lo que esperaba para el tamaño del departamento. El living y el comedor estaban integrados, separados de la cocina por una barra. Todo parecía diseñado como casa de alquiler, impersonal, sin detalles que le dieran una idea de cómo era el dueño. Pero a él le gustaba, porque le gustaba la sensación de no estar en casa por un tiempo. La habitación principal tenía una cama grande y la otra, más chica, una individual que probablemente iba a ser para su hija, aunque dudaba que la usara demasiado los primeros días.
Salió al balcón en silencio, cerrando la puerta corrediza con cuidado para no hacer ruido. El aire frío volvió a golpearle la cara, pero esta vez no le importó demasiado. Se dejó caer en uno de los sillones que había ahí, apoyando los brazos sobre las rodillas mientras sacaba el celular del bolsillo casi por inercia.
Abrió las redes sociales sin pensar demasiado y, tal como había imaginado, todo estaba lleno de lo mismo. Fotos y videos conmemorando todo lo que habían sido. Comentarios que hablaban de ellos como si siguieran existiendo en el presente, como si no hubieran pasado cuatro años desde que todo se había terminado. Seguidores que discutían detalles mínimos, analizaban miradas, palabras, silencios, como si en alguna parte hubiera quedado escondida una respuesta que él mismo no había sabido encontrar en su momento.
Sintió cómo algo se le apretaba en el pecho de repente.
Los recuerdos siempre parecían quemarlo vivo de una forma que no lograba controlar. No era una incomodidad pasajera, ni algo que pudiera esquivar simplemente dejando el celular. Era más imponente, más físico. Todo lo que veía lo dejaba peor, más inmóvil y más pensativo.
Su psicólogo le había repetido más de una vez que la memoria tenía esa capacidad de distorsionar, de hacerte creer que todo había sido mejor, más importante o más irremplazable de lo que realmente había sido. Él sabía que había un poco de verdad en sus dichos, pero también sabía que no solía romantizar su vida. Veía los recuerdos tal cual eran, con sus grises y negros, también respetando y anhelando cada momento feliz, entonces no creía del todo en las palabras de su terapeuta, porque, si era así, ¿por qué cada vez que volvía a esos momentos sentía que algo le fallaba en el cuerpo? ¿por qué no había forma de mirar el pasado sin la necesidad de que lo afecte y lo nuble por completo?
Bajó la vista al celular y abrió la galería, sin un objetivo claro, pasando fotos que apenas registraba, hasta que se detuvo en una particular: Los tres abrazados, sonriendo felices, un telón rojo de fondo, sentados sobre una plataforma. Se acordó de esa foto como si hubiese sido ayer.
El Gran Rex lleno, habían convocado a casi tres mil personas, la energía de su gente, que estaba más eufórica que nunca. Lautaro había llegado hacía relativamente poco de su huida a Dubai, y Santiago estaba más feliz que cualquier otro momento, como si todo finalmente estuviera en su lugar. Se acordó de la forma en la que se habían mirado antes de salir, de la adrenalina compartida, de esa sensación de estar viviendo algo que sabían que no se iba a volver a repetir. De los ensayos, la planificación, el deseo que venía de los meses anteriores, el querer que Lautaro esté ahí, con todas sus fuerzas.
Se acordó también de las risas y la emoción, de los invitados, de los nervios antes de salir al escenario. De la forma en la que todo había salido bien esa noche, casi haciéndolo creer que no había chances de que algo se rompiera de vuelta. Como si, de alguna manera, hubieran llegado a un punto en el que todo tenía sentido. Fue la primera vez que pensó que quizás él estaba feliz. Que la ida de él había valido la pena, que por fin le iba a gustar lo que estaban haciendo, el contenido que daban. Y, sobre todo, se acordó que esa misma noche se habían prometido estar siempre el uno para el otro.
Manuel tragó saliva. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Le recorrió los brazos y le tensó los hombros. No pudo cumplir nunca esa promesa porque no lo habían dejado hacerlo. Y había algo en eso que todavía no lograba discernir. Porque pasaba días enteros repitiéndose que no era su culpa, que no habían sido sus actos ni sus decisiones, pero sin embargo, no había noche donde no se replanteara un pasado donde las cosas hubieran sido distintas.
Se quedó mirando la imagen unos segundos más, demasiado tiempo para su gusto. Cerró la galería y volvió a Instagram. Escribió “gracias por sus mensajes, siempre” y le agregó un corazón, sin pensarlo demasiado. Lo subió sin revisar nada más, ni volver a leerlo.
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Manuel entró al edificio después de dar vueltas durante casi diez minutos para conseguir estacionamiento. Tenía a Gianna agarrada de la mano y caminaba lo más rápido que las piernas de su hija le permitían. Aún así, seguía estando temprano. Apenas unos minutos, pero lo suficiente como para sentirse tranquilo. Siempre había sido puntual con las cuestiones laborales, prefería esperar antes que quedar mal frente a una reunión importante.
Hacía casi un mes que la empresa se había contactado con él para proponerle una reunión. Al principio, creyó que se trataba de una agencia más queriéndolo representar, pero después entendió el peso que tenía la empresa dentro de la industria. Representaban influencers, streamers, modelos, actores y figuras internacionales dentro de Buenos Aires, Estados Unidos y España. Lograban acuerdos con marcas enormes y tenían la capacidad de abrir puertas en lugares donde él nunca había podido llegar solo. Manuel sabía que aceptar una propuesta así podía cambiar su carrera, no solo por lo económico, si no por todas las presencias a distintos eventos que podría hacer a través de esto.
Además, estaba tranquilo porque no era un lugar completamente ajeno. Santiago trabajaba con ellos desde hacía tiempo y Guada también. Había visto con sus propios ojos a sus amigos yendo a eventos o a campañas internacionales. Quería ser parte de eso, y le fascinaba la idea de compartirlo con sus amigos.
Llegó a la recepción casi a las apuradas y dio su nombre a la mujer que se encargaba del área. Le tomaron los datos y lo hicieron subir al noveno piso para dejar a Gia en la guardería. Manuel miró desconfiado, no le gustaba dejarla en lugares que no conocía, pero eligió dar su voto de confianza cuando notó que casi todo el piso estaba ambientado para los más chicos.
Había dibujos pegados en las paredes, alfombras de colores y un ventanal enorme desde donde podía verse parte de la ciudad. Había alrededor de tres personas cuidando de los más chicos. Todo le pareció demasiado para ser real. Se cuestionó si en su país las empresas tenían este tipo de espacios, pero estaba casi seguro de que no.
—Papá, mirá —dijo enseguida, soltándole la mano para acercarse a una caja llena de muñecas y peluches.
Manuel dejó escapar una sonrisa leve mientras la seguía con la mirada.
Una de las chicas que trabajaba ahí se acercó con una tranquilidad que logró relajarlo un poco. Se presentó en inglés y le dedicó una sonrisa amable que le transmitió la confianza suficiente.
—No te preocupes, va a estar bien. Si necesita o le pasa algo, podemos llamarte enseguida. Tenemos tu número anotado en la base de datos.
Manuel asintió despacio, todavía algo inseguro. Se agachó frente a su hija y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Le dio un beso en la frente antes de levantarse, le costó más de lo que quería admitir darse vuelta y caminar hacia el ascensor.
El reflejo de su cara en el espejo del ascensor le devolvió una imagen cansada. El viaje, el frío, las fotos que había revisado antes y la ansiedad de la reunión parecían estar pasándole factura. No era la impresión que quería dar en una primer reunión, así que intentó arreglarse lo más que pudo mientras seguía subiendo pisos.
Cuando las puertas se abrieron nuevamente, un hombre lo estaba esperando del otro lado.
—¿Manuel? —preguntó apenas lo vio acercarse.
—Sí, el mismo.
El hombre sonrió y le extendió la mano.
—Matías. Soy gerente del área de representación digital. Tranquilo, igual, antes de que empieces a sufrir con el inglés, soy argentino.
Manuel soltó una risa corta, casi automática.
—Gracias a dios.
—Te juro que te entiendo. Llevo cinco años viviendo acá y todavía hay reuniones donde salgo con dolor de cabeza —comentó mientras empezaban a caminar por el pasillo— ¿Cómo estuvo el viaje?
—Largo y un poco cansador, pero bien.
—Me imagino. Igual llegaste en una semana complicada, o depende como lo veas. Hay muchos descuentos por si querés comprar, pero hace frío y a veces nieva.
Manuel sonrió apenas, mirando alrededor mientras avanzaban. El lugar era enorme. Oficinas de vidrio, gente hablando en distintos idiomas por reuniones o entre ellos, pantallas prendidas en casi todas las paredes y movimiento constante de teclados y personas caminando. Todo se sentía demasiado incluso para él.
—La verdad es que estamos muy contentos de que hayas aceptado venir —siguió Matias— Hace rato venimos siguiendo lo que estás haciendo con el streaming y creemos que hay muchísimo potencial para expandirlo.
Manuel asintió despacio, intentando mantenerse concentrado en la conversación, aunque algo en el cuerpo empezaba a tensarse sin explicación clara. No solía ponerse tan nervioso en estas situaciones, pero creía que tampoco había tenido oportunidades a la altura como para que le causara tantos nervios.
Matías frenó frente a una puerta de vidrio oscurecido y apoyó una mano sobre el picaporte.
—Bueno —dijo, mirándolo apenas de costado— Acá es. Te van a terminar de explicar todo adentro. Yo vuelvo en un rato.
Manuel le agradeció y se adentró a la oficina siendo más nervios que persona. Cuando giró el picaporte y cerró la puerta, dos personas se levantaron de sus sillas amablemente para saludarlo.
—Manuel, al fin —dijo en inglés, levantándose para saludarlo—. Soy Julia, directora del área de marketing y expansión internacional.
Él respondió automáticamente, estrechándole la mano con cordialidad antes de mirar al resto.
Un hombre de camisa gris, probablemente algunos años mayor que ella, le dedicó un saludo corto desde el otro lado de la mesa.
—Benjamin. Partnerships.
Manuel asintió educadamente mientras intentaba registrar toda la información al mismo tiempo, mientras Julia, le hacía señas a alguien que estaba detrás de él para que pueda presentarse.
Fue entonces cuando se giró para saludar a la persona restante y lo vio. No podía estar pasándole esto, no a él ni en este momento.
Lautaro se había levantado de la silla y estaba frente a él, esperando estrecharle la mano con una tranquilidad que Manuel no entendía. ¿Qué hacía ahí y por qué nadie le había avisado?
Se veía igual, inclusive mejor si tenía que ser honesto. Más grande, adulto, serio. El pelo más corto de lo que lo recordaba, un peinado librito que por fin había logrado que le quede bien, la mandíbula más marcada y una expresión de tranquilidad que no recordaba haberle visto nunca en la vida, como si hubiese aprendido a esconder sus emociones. O peor, como si no le pasaran.
Manuel tardó un segundo demás en reaccionar, pero le rozó la mano antes de estrecharla formalmente, y ese simple acto terminó de destruirlo.
Las recordaba exactamente así. Chiquitas, mucho más que las de él, frías y con los dedos finos y delicados. Esas manos que tantas veces había podido agarrar, las mismas de las que se había burlado solo porque le daba ternura que a él lo enojara. El cuerpo parecía reconocerlas incluso ahora, Manuel creía que con los ojos cerrados hubiese podido adivinar cuál era la mano de él, incluso hubiese reconocido su olor sin pestañear. Sintió un vacío horrible en el pecho
Lautaro sostuvo su mirada apenas un segundo antes de hablar.
—Lautaro, de finanzas y expansión.
La formalidad de su voz casi termina de quebrarlo por completo, pero intentó seguir manteniéndose entero, aunque creía que la mano le temblaba un poco. No había absolutamente nada en su tono o expresión que indicara que alguna vez se habían conocido, que habían sido mejores amigos. Ningún tinte que hablara de los aeropuertos que compartieron, los continentes que cruzaron para juntarse, ser exitosos. Nada que deje entrever alguna señal clara de su historia, de su final. Había sido educado, por supuesto, pero no esperaba que se lo tomara como dos personas que recién se cruzaban por primera vez.
Manuel tardó unos segundos en soltarle la mano y asintió con la cabeza porque no le salían las palabras. Ni siquiera sabía cómo le seguía funcionando el cuerpo después de algo así. Sentía su propio corazón golpearle fuerte contra el pecho, tenía un calor insoportable y se sentía completamente mareado, pero aún así, logró sentarse y acomodarse cuando le señalaron una silla libre cerca del centro de la mesa.
La reunión había empezado casi de inmediato. Julia empezó a explicarle distintos proyectos que la empresa tenía pensados para él y su productora, colaboraciones, campañas, formatos para adaptar. Benjamín complementaba hablando de números y oportunidades.
Manuel intentaba concentrarse. Asentía cuando tenía que hacerlo, hacía preguntas coherentes y respondía lo más profesional que podía, pero su cabeza parecía ir más rapido que sus palabras. Cada vez que lograba enfocarse, Lautaro empezaba a hablar de números y volvía a sentirse mareado.
Solo pudo mirarlo una vez, y se arrepintió enseguida. Lautaro estaba al otro lado de la mesa, revisaba algo en su computadora y comentaba algo sobre presupuestos, como si no fuese la misma persona que hace unos años hablaba de ideas para el stream. Había algo profundamente extraño en verlo así de distinto, y al mismo tiempo, parecía que no hubiesen pasado cuatro años
Perdió la noción del tiempo y volvió a su eje cuando vio a Julia empezar a cerrar algunas carpetas y a Benjamín levantándose de su silla. La reunión había durado lo que él esperaba, aunque sentía que ya era suficiente como para estar agotado.
—La verdad es que estamos muy interesados en trabajar con vos —dijo Julia con una sonrisa amable—. Creemos que hay muchísimo potencial para expandir todo lo que vienen haciendo.
—Nos encantaría contar con ustedes —agregó Benjamin—. Así que esperamos tu respuesta cuando te sientas cómodo para decidir.
Manuel asintió enseguida.
—Sí, obvio. Muchas gracias por recibirme. En estos días les escribo con la decisión.
Se levantó apenas más rápido de lo necesario y acomodó el celular dentro del bolsillo de su campera.
—Perdón, tengo que ir a buscar a mi hija a la guardería antes de que piense que la abandoné acá.
Julia soltó una risa suave.
—No te retenemos más, andá tranquilo.
—Gracias por venir, de verdad —agregó Benjamin mientras se levantaba nuevamente para saludarlo.
Manuel respondió automáticamente, estrechando manos otra vez, intentando ignorar la sensación horrible que tenía instalada en el pecho desde que había entrado a esa sala. No volvió a mirar demasiado a Lautaro y se fue.
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Hacía dos horas intentaba conciliar el sueño y no podía. Si cerraba los ojos, lo veía a Lautaro en frente de él. Sentía sus manos, el mismo calor que había tenido él en el cuerpo, la incertidumbre y los nervios. Había algo extraño en sentirse así, como si tuviese quince años de vuelta y estuviese enamorado de una chica por primera vez. La diferencia era que no era una chica. Y que había estado enamorado de Lautaro desde el primer día que lo vio.
Manuel se sentía angustiado, tenía un dolor en el pecho que no podía explicar y no sabía cómo hacer para dormirse. Se tapaba, destapaba, agarraba y dejaba el celular, miraba el techo o cerraba los ojos. Nada parecía ayudar. El cuerpo le pesaba por el cansancio, pero la cabeza le seguía funcionando con una ansiedad indescriptible, todo lo que había estado intentando enterrar había vuelto como si nada. Todo lo que había avanzado estos años lo había perdido por verlo una sola vez.
Se convenció de que quizás, si revisaba las redes de Lautaro por primera vez en años, si se dignaba a saber qué era de su vida, en qué estaba y por qué caminaba por las mismas calles que él, iba a poder dormirse en paz. Creía que eso iba a aliviarlo, y se justificaba con que nunca había tenido el valor para hacerlo. Nunca se había atrevido y confiaba en que ahora podía ser el momento adecuado.
Abrió Instagram y descubrió que, para su mala suerte, tenía la cuenta privada. Suspiró con bronca.
—Pelotudo —murmuró para sí mismo, dejando caer la cabeza contra la almohada.
Por un momento pensó en dejar el celular y obligarse a dormir, sea como sea. Pero sabía perfectamente que no iba a pasar. Tenía el pecho demasiado inquieto y la cabeza demasiado llena como para dormirse.
Entonces se acordó. Santiago. Siempre dejaba la sesión abierta en el celular de Manuel desde algún viaje o stream y jamás se molestaba en cerrarla después. Manuel salió de Instagram, abrió el perfil de su amigo y entró automáticamente a la cuenta que tenía guardada.
Sintió culpa apenas un segundo, pero supo que eso no iba a frenarlo.
Escribió “Moski” y vio que solamente aparecían cuentas fan que estaban muertas hace años. Por supuesto que no iba a tener nada asociado a su apodo como streamer. Borró y volvió a teclear “Lautaro”
El perfil apareció enseguida. Y Manuel entró demasiado rápido para alguien que llevaba años fingiendo que no necesitaba saber nada de él. Entró sin dudar a las historias destacadas que conservaba con algún nombre común sobre lo que significaban. Comida saludable, café, paisajes. Una foto de un plato completamente armado sin nada de pinta y otra de un ventanal enorme mostrando una parte de Nueva York cubierta de nieve. Manuel frunció apenas el ceño mientras seguía avanzando.
Hasta el año pasado había estado en Madrid. Entonces sí era verdad. Vivía ahí con Giuliana. Entre medio aparecían fotos de Rusia, China y otros lugares que Manuel ni siquiera reconocía por sí solos, la ubicación en cada foto lo había ayudado. Trabajo, cenas y amigos que desconocía completamente. Y las últimas historias eran todas en Nueva York.
Algunas historias solo, otras con personas que claramente no parecían tener su misma nacionalidad por las etiquetas. Había pocas fotos de su cara, pero las pocas que había Manuel suspiraba y se las quedaba viendo un tiempo demás. Admirando cada facción nueva que antes no estaba, viendo si podía acordarse con precisión de esos ojos que alguna vez lo habían mirado con tanto amor.
Se veía tan distinto. Parecía igual de feliz y triste que hace años, ambas cosas por igual. Pero su rostro era más adulto, manteniendo siempre esos gestos que a él tanto le gustaban.
Lo último que apareció fue un golden retriever acostado sobre un sillón gris, mirándolo a cámara con una tranquilidad absurda. Manuel sintió como se le detenía el corazón casi de inmediato. Se acordó de las veces que habían hablado de tener uno juntos mientras vivían con Santiago, de videos que se mandaban a cualquier hora y de cómo Lautaro insistía con que los golden eran perfectos y tenían el mejor carácter de todos. Todo eso justo antes de que las cosas explotaran y se fueran completamente a la mierda. Y Lautaro se fuera del país.
Siguió mirando publicaciones más viejas. Y ahí aparecía Giuliana. No en todas, pero lo justo para lo que Manuel sabía que a él le gustaba cuidar su privacidad. Una felicitación de cumpleaños, algunas fotos de vacaciones en la playa y un par de imágenes donde Lautaro parecía cómodo. Inclusive feliz y risueño.
Manuel tragó saliva despacio. Quizás había valido la pena que el stream se terminara por ella. Por los celos que él tenía y lo posesivo que se volvía. Quizás todo realmente había tenido sentido porque, al final, ellos seguían juntos. Lautaro probablemente tuviera una familia armada a esta altura, aunque no encontraba fotos de chicos en ningún lado. Pero era normal si quería mantenerlo privado, como casi todo en su vida.
Aun así, había algo que no terminaba de cerrar. Porque, mientras más bajaba, menos aparecía Giuliana. Y después directamente desaparecía, siendo reemplazada por los viajes a Europa que había visto antes, y algún que otro amigo que desconocía completamente.
Manuel frunció apenas el ceño, repasando publicaciones otra vez. ¿Estaría divorciado? No. Imposible que Lautaro se separara.
Quizás simplemente estaban manteniendo una relación a distancia y lo habían transferido a Nueva York por trabajo. O quizás había dejado de subir cosas con ella, sin razón alguna. Intentó convencerse de eso, aunque ni él mismo sabía por qué le importaba tanto encontrar una explicación.
Justo cuando estaba a punto de bloquear el celular, vio una figura pequeña asomarse por la puerta de la habitación.
—Papá, ¿puedo dormir con vos? Me dio miedo el cuarto —dijo mientras se refregaba el ojo izquierdo, probablemente intentando enfocar la visión.
Manuel se rió bajito. Sabía perfectamente que no tendría que haber intentado acostarla sola porque iba a terminar ahí tarde o temprano.
—Sí, mi amor, ¿cómo no vas a poder?
Le dio unas palmaditas al colchón y levantó las sábanas para hacerle lugar. Gianna se abrazó a él apenas logró subir a la cama. Como si supiera que tenía que aliviarlo de alguna manera.
—¿Mañana podemos ir a ver a las ardillas? Me lo prometiste.
—Mhm, obvio que podemos ir. Vamos con Santi y Guada. Pero ahora tenés que dormir así mañana no tenés sueño antes de ir.
Le dio un beso en la cabeza y la dejó descansar, permitiéndose a él mismo ahora sí relajarse e intentar dormir. Mañana tendría tiempo para enojarse porque sus amigos no le dijeron que Lautaro estaba ahí.
