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Snow Lilies

Summary:

Cuando las pesadillas de Lily vuelven a atormentar sus sueños y a arruinar su descanso, ella cae una vez más en la misma espiral de siempre. Por suerte, esta vez tiene a alguien a su lado que no la dejará caer, que permanecerá junto a ella pase lo que pase, velando su descanso y amándola con una devoción casi divina.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La luna brillaba en el cielo nocturno, iluminando aquella mansión maldita y velando los sueños de sus habitantes. En el fondo, era la única compañía que algunos tenían en noches como esa. Por suerte para Lily, aquella noche alguien más acompañaba sus sueños.

Se acurrucó instintivamente más cerca de la fuente de calor que tenía a su lado. Era una noche de enero y el frío se colaba incluso entre las paredes de la mansión. La figura junto a ella la rodeó suavemente con los brazos, acercándola más contra su cuerpo. Lily dejó escapar un pequeño sonido satisfecho al sentirse mucho más cómoda entre aquel calor.

Abrió lentamente los ojos y alzó la mirada hacia la persona que la sostenía. Unos ojos grises le devolvieron la mirada.

—Mi luna, duerme ya. Es tarde y mañana estarás cansada si no lo haces.

La voz de Eta sonó suave y tranquila mientras dejaba un pequeño beso sobre la cabellera rojiza de Lily. Ella cerró los ojos por instinto, disfrutando de aquella pequeña muestra de afecto. Un bostezo escapó de sus labios.

—Aún no tengo sueño, Eta. Quiero quedarme un poco más hablando contigo.

—Ese bostezo dice todo lo contrario —respondió él con una pequeña risa, acariciándole el cabello con delicadeza—. Duerme. Me quedaré a tu lado, lo prometo. Sabes que cuando despiertes seguiré aquí. Además, debes levantarte temprano para volver a tu parte de la mansión. Ya sabes que no podemos dejar que nos descubran, una superviviente saliendo de la habitación de un cazador después de pasar la noche, sería todo un escándalo.

—Puede que tengas razón… —dijo finalmente Lily, bajando lentamente la cabeza hasta esconderla en el pecho del cazador—. ¿Puedes cantarme la misma canción de siempre?

—No hace falta que preguntes, sabes que sí.

Respondió Eta mientras seguía acariciándole lentamente el cabello, comenzando a tararear una canción de cuna. La misma que su madre le cantaba cuando era pequeño. Era una de las pocas cosas que aún le quedaban de ella.

Su mirada descendió hacia el cabello rojizo de Lily y, por instinto, la acercó un poco más contra él. Sabía perfectamente que Lily no era su madre. No la veía de esa forma, ni sentía por ella lo mismo que había sentido por madre. Sí, las quería a ambas, pero eran afectos distintos.

El cabello rojizo de Lily era simplemente otro de los recuerdos que su madre había dejado atrás, una pequeña coincidencia que permitía no olvidarla. Una leve sonrisa apareció en su rostro. Estaba seguro de que a madre le habría encantado Lily. Las dos se habrían llevado muy bien.

Sus pensamientos continuaron divagando lentamente, hasta que las garras de Njorun terminaron arrastrándolo hacia el mundo de los sueños, donde también descansaba su amado lirio.

 

★・・・★・・・★・・・★・・・★・・・★

 

Manos la agarraban por todas partes, dejándole marcas sobre la piel. No había nada a su alrededor, solo oscuridad. Una oscuridad espesa que la ahogaba poco a poco mientras aquellas manos seguían tanteando lugares donde no deberían estar.
Intentó zafarse, patalear, morder, arañar, gritar, pero no podía hacer nada. Estaba completamente paralizada. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras el aire le faltaba cada vez más.
Y entonces, todo se detuvo, sintió que caía al vacío.

De súpeto notó un golpe en su mejilla. Jadeó, levantando la vista con miedo reflejado en sus ojos. Tenía una mano alzada que había levantado sin darse cuenta, intentando protegerse de algo.

Y entonces lo vio.
Ese monstruo.
Esa persona que siempre aparecía en sus pesadillas.
Su padre.

Una ira animal recorrió sus venas y se lanzó hacia delante con la intención de golpearlo, de matarlo otra vez si era necesario para que no volviera a aparecer nunca más.
Pero, de un momento a otro, la figura frente a ella cambió.
Ya no era su padre, ahora era su hermano, tumbado sobre una camilla, con los ojos cerrados y una mascarilla ayudándolo a respirar. Lily se detuvo de golpe. Extendió lentamente la mano hacia él, intentando tocarlo cuando un ruido sonó a su lado.

Cuando giró la cabeza, vio a su madre allí, de pie junto a ella, observando la cama donde descansaba su hermano. Intentó llamarla, pero al abrir la boca ningún sonido salió de sus labios. Trató de tocarla, pero su mano atravesó la de su madre como si fuera humo.
Al cabo de un rato vio cómo la expresión de su madre cambiaba. Sus ojos dejaron de mirar a su hermano y se llenaron de miedo al fijarse en algo frente a ella.

Lily siguió su mirada.
Y volvió a verlo.

Su padre se abalanzó violentamente contra su madre. Ella levantó los brazos para protegerse, intentando detener el golpe, pero no sirvió de nada. Lily quiso gritar. Quiso correr hacia él y arrancarlo de encima de ella. Pero no podía moverse. No podía hacer nada, solo podía observar.

Otro ruido resonó detrás de ella.

Al volver a mirar hacia la cama de su hermano, vio que ya no estaba solo. Otros dos monstruos la observaban. Tan parecidos a su padre que daban asco.
Uno de ellos señaló el reloj que descansaba sobre la cama de su hermano. Después agarró todas las pastillas que había sobre una mesa y las tiró al suelo sin ningún cuidado, las pastillas del tratamiento de su hermano.

La rabia dentro de Lily explotó.

Conocía perfectamente a esos monstruos. Los conocía demasiado bien porque había vivido junto a ellos toda su vida. Su padre, el monstruo principal y luego, su tío y su abuelo. Esos hombres que no la ayudaron cuando más lo necesitaba. Esos hombres que tenían el dinero suficiente para hacerlo y aun así miraron hacia otro lado.
Esos monstruos que dañaron tanto a su madre como a su hermano.

Todo era culpa de ellos.
Los mataría.
Lo juraba.
Esta vez sí lo haría.
Con un grito ahogado, volvió a abalanzarse hacia delante, pero su visión se oscureció de nuevo.

 

★・・・★・・・★・・・★・・・★・・・★

 

Cuando volvió a abrir los ojos, parte de su cuerpo colgaba fuera de la cama. Una de sus manos casi rozaba el suelo mientras la otra se aferraba con fuerza a la mesilla de noche. Sus uñas se clavaban profundamente en la madera. Esa ira seguía ahí, hirviendo bajo su piel.

Los odiaba tanto.

Quería vengar todo el sufrimiento por el que tuvieron que pasar su madre y su hermano. Un sufrimiento provocado por esos seres.
Levantó ligeramente el cuerpo y, con la vista aún borrosa, fijó la mirada en una fotografía sobre la mesilla. Una foto de su familia que la mansión le había proporcionado.

Y volvió a ver esa cara, la de su padre.

Su mano se movió rápidamente, agarrando el marco con fuerza. Su mirada permaneció fija en aquel rostro mientras sus uñas se hundían todavía más en la madera y el cristal del marco de la fotografía. La uña del dedo pulgar terminó clavándose justo sobre la cara de su padre.

Apretó con más fuerza.
Intentando borrar esa sonrisa.
Intentando eliminarlo.

No le importaba el dolor. Sus uñas habían comenzado a sangrar por la presión, manchando poco a poco el cristal de la fotografía. Una risa extraña empezó a escapar de su garganta. Baja. Temblorosa. Casi rota. Y cuanto más la sangre cubría el rostro de su padre, más amplia se volvía su sonrisa.
Como debía ser.
Solo ella, su madre y su hermano merecían existir en esa foto.
Nadie más.

Su madre y su hermano, al pensar en ellos, su mirada se desvió hacia la otra parte de la fotografía, donde ambos sonreían. Ella también estaba allí, colocada entre los dos. Su yo más joven, tan ignorante, sin saber el giro que daría su vida. En aquella foto también sonreía, pero no era la misma sonrisa que llevaba ahora. La de la fotografía era cálida, genuina, llena de felicidad real; la que tenía en ese momento era una sonrisa rota, una sonrisa de locura.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras seguía riendo, aunque aquella risa sonaba entrecortada, quebrándose poco a poco, como si intentara aparentar felicidad mientras la tristeza se abría paso a través de pequeñas grietas imposibles de ocultar. Acercó lentamente la frente a la fotografía mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre sobre el cristal. Lo sentía tanto, lo sentía tantísimo. Los echaba de menos. Y todo aquello también era culpa suya. Si no hubiera matado a su padre, su madre no habría desaparecido, y tampoco había sido lo suficientemente fuerte para cuidar de su hermano hasta el final.

—Lo siento tanto...Simon...madre...perdonadme…—las palabras salieron rotas, ahogadas entre sollozos y risas inestables.

También merecía un castigo, pensó mientras levantaba ligeramente la cabeza. Seguía riendo. Seguía llorando. Y apretó más fuerte. Las uñas se hundieron todavía más, provocando un dolor punzante que la hizo jadear, pero no se detuvo. Se lo merecía. Merecía sufrir. Cuando clavó aún más la uña sobre el rostro de su padre, el cristal finalmente cedió y se rompió con un fuerte crujido. Varios fragmentos se incrustaron en la piel abierta de sus uñas. El dolor la hizo soltar la fotografía de golpe, que cayó sobre su regazo manchando las sábanas de sangre.

Lily se quedó completamente quieta, mirando fijamente el marco roto, sin saber cómo reaccionar, hasta que unas manos sujetaron sus muñecas y la giraron rápidamente. Cuando levantó la vista, volvió a encontrarse con aquellos ojos grisáceos.

 

★・・・★・・・★・・・★・・・★・・・★

 

El calor de la chimenea iluminaba la cabaña, creando sombras sobre las paredes. El fuego ardía en todo su esplendor, firme y alto, como si protegiera aquella casa y a sus dos habitantes de los peligros del exterior. El resplandor anaranjado rodeaba a Eta con un cariño casi maternal. Era ese sueño otra vez. Lo conocía perfectamente; era uno de sus favoritos. Allí estaba de nuevo, en la pequeña cabaña donde había vivido junto a su madre. Ella se encontraba a su lado, tejiendo mientras tarareaba suavemente una melodía, la misma canción que él le había cantado a Lily hacía apenas unas horas. Su voz lo envolvía por completo. Allí se sentía seguro. En paz.

Giró ligeramente la cabeza para observar mejor a su madre. Su memoria empezaba a fallarle y apenas podía recordar su rostro. Lo único que nunca olvidaría era aquella larga cabellera rojiza que le cubría parcialmente la cara. Un cabello tan parecido al fuego de la chimenea que al igual que aquellas llamas, le transmitía calor y seguridad cada vez que lo contemplaba.

—Madre… —murmuró lentamente mientras estiraba la mano para apartarle el cabello del rostro y verla una última vez, aunque solo fuera dentro de un sueño.

Pero en el instante en que sus dedos tocaron el cabello rojizo, un fuerte golpe resonó en la puerta de la cabaña.

Al girarse, lo vio. Ese demonio estaba allí otra vez, parado frente a la entrada de la casa, con aquella sonrisa asquerosa y llena de superioridad que Ithaqua tanto odiaba. Odiaba verla en ese rostro. Odiaba verla en su propio rostro. Aquellos monstruos le habían arrebatado la humanidad a su madre y ahora habían vuelto. Otra vez para dañarla. Otra vez para volverla loca. Otra vez para destruirla y romperla en pedazos.

No iba a permitirlo.
Esta vez no.

Pero antes de que pudiera moverse, otro ruido resonó con fuerza. Este no pertenecía al sueño. Venía de mucho más lejos. El sonido lo arrancó violentamente del mundo onírico.

Abrió los ojos de golpe.

Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras sus manos se extendían por puro instinto, buscando algo. Protegiendo algo. Algo tan necesario para él como lo había sido su madre en el pasado. Lily.

Pero sus brazos no encontraron ningún cuerpo. No sintieron ese calor. Sus oídos no escucharon aquella respiración tranquila ni los pequeños sonidos que Lily hacía al dormir.

El pánico lo consumió de inmediato.

Sus ojos se movieron frenéticamente por la habitación buscando a su luna, su lirio, su amada, su todo. Cuando se incorporó rápidamente, su mirada se detuvo finalmente en unas manos llenas de sangre que temblaban ligeramente. Antes incluso de levantar la vista hacia la dueña de esas manos, su cuerpo reaccionó por sí solo. Se movió con una velocidad que ni él mismo sabía que podía alcanzar recién despertado.

Sujetó las muñecas de Lily con fuerza y la obligó a mirarlo directamente a los ojos.

—¡¿Lily?! ¿Qué pasó? ¿Qué sucedió? ¿Quién te hizo esto?!

Las preguntas salieron atropelladas, cargadas de miedo y estrés. Pero no pudo seguir hablando porque, de repente, unos brazos lo rodearon con fuerza. Un sollozo completamente destrozado escapó de la garganta de Lily, tan fuerte y roto que sintió cómo algo dentro de él se partía.

Eta le devolvió el abrazo de inmediato, apretándola contra su pecho como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento. Su mirada descendió lentamente hacia las sábanas y entonces lo vio todo: la fotografía rota, los trozos de cristal esparcidos y la sangre manchándolo todo.

Lo entendió al instante.

Su luna había vuelto a tener una pesadilla. Hacía tiempo que ya no eran tan frecuentes, pero aún había noches como aquella en las que seguían destrozando el descanso de Lily.

La rabia se apoderó de él. Sus dedos se aferraron a la tela del camisón de Lily mientras el miedo inicial era reemplazado poco a poco por un odio helado. Aquellos monstruos, aquellos demonios, también habían destrozado la vida de su amada. También la habían hecho sufrir. Igual que hicieron con su madre.

Ese tipo de personas merecían convertirse en muñecos de nieve.

Nadie tenía derecho a tocar lo que era suyo.
Nadie tenía derecho a borrar la sonrisa de rostros tan hermosos.

—Shhh… calma, mi luna… mi ángel, respira. Estoy aquí contigo. No van a hacerte daño. Solo fue un sueño. Estás bien. Estás segura. Estoy contigo…

Su voz sonó suave mientras acariciaba lentamente la espalda de Lily en movimientos constantes. Ella seguía sollozando, aferrándose a su camiseta con las uñas abiertas y sangrantes, incapaz de soltarlo. No quería sentir frío. Necesitaba anclarse a algo. Necesitaba a Eta.

La sangre empezó a manchar lentamente la ropa de Ithaqua, pero gracias a sus caricias los sollozos fueron perdiendo fuerza poco a poco.

—Es mi culpa… —murmuró Lily con la voz completamente rota.

—No. No, no digas eso, mi luna. Tú no tienes la culpa de nada. No escuches esos pensamientos. Tú hiciste lo correcto. Cuidaste de tu hermano. Fuiste fuerte cuando no te quedaba nadie que te apoyará. Vengaste a tu madre y a Simon. Estoy seguro de que él estaría orgulloso de ti.

Eta se separó apenas unos centímetros para poder observarla mejor. El rostro de Lily estaba cubierto de lágrimas y el rímel corrido manchaba sus mejillas. La tristeza no quedaba bien en el rostro de su amada.

Con una delicadeza casi reverencial, comenzó a dejar pequeños besos sobre su cara, limpiando las lágrimas entre palabras cariñosas susurradas con una devoción casi divina, como si Lily fuera su única religión, lo único verdaderamente necesario para seguir viviendo. Lily cerró los ojos al sentir aquel contacto cálido y dejó escapar un suspiro tembloroso, relajándose poco a poco y dejando que él continuara.

Después de un rato, Eta se apartó lentamente y Lily soltó un pequeño quejido, echando de menos aquel calor y aquella seguridad. Él tomó entonces sus manos entre las suyas, observando con atención las heridas abiertas. Recorrió con delicadeza las líneas de sus palmas antes de dejar un beso suave sobre ellas. El sabor metálico de la sangre llenó su boca, pero no le molestó. Volvió a besar sus manos, esta vez más lentamente, mientras alzaba la vista para observarla.

Lily lo miraba con las mejillas teñidas de rojo. Aún no lograba acostumbrarse a la forma en que Ithaqua la trataba, como si fuera algo frágil que pudiera romperse o desaparecer en cualquier momento.

—Tú no deberías ser quien salga herida, tú no mereces sangrar por algo que no fue tu culpa.

Se giró hacia la mesilla de noche y abrió uno de los cajones, sacando un pequeño botiquín. Comenzó a limpiar con cuidado los restos de sangre de sus manos, tratando con extrema suavidad la piel rota alrededor de sus uñas. Cuando terminó, colocó pequeñas vendas alrededor de las heridas para protegerlas hasta la mañana siguiente.

Al acabar, volvió a besar lentamente sus manos.

—Mañana recuerda ir con Emily para que cure mejor estas heridas, por favor, Lily.

Su mirada descendió entonces hacia la fotografía rota que seguía sobre las sábanas ensangrentadas. Con cuidado, recogió el marco intentando no esparcir más cristales. Una sonrisa llena de ternura apareció en su rostro mientras observaba detenidamente aquella imagen. Incluso en una fotografía, Lily seguía viéndose hermosa.

Fue sacado de sus pensamientos cuando una mano acarició suavemente su mejilla. Giró el rostro y se encontró nuevamente con esa sonrisa que tanto adoraba. Su sonrisa se amplió mientras rodeaba la cintura de Lily y ella le sujetaba el rostro con ambas manos, devolviéndole la sonrisa.

Eso era lo que debía existir siempre en la cara de Lily. Esa sonrisa. Nada más.

Una pequeña risa escapó de la garganta de Lily mientras pasaba el pulgar por la comisura de los labios de Eta.

—Que yo sepa, la que tiene colmillos soy yo pero el que bebe sangre eres tú. ¿Me dejas probar?

Preguntó sonriendo ampliamente mientras limpiaba con el dedo la sangre que había quedado en los labios de Ithaqua después de besar sus manos.

—Puedes tomar y probar todo lo que quieras, mi luna.

Lily acortó entonces la pequeña distancia entre ambos y unió sus labios con los de él. El beso fue lento, pausado, como si ninguno quisiera separarse, como si quisieran dejar el sabor del otro grabado para siempre. El gusto metálico de la sangre llenó la boca de Lily, pero no le importó. Era un detalle insignificante comparado con la seguridad que sentía entre los brazos de su amado. Allí era donde pertenecía. En ese pequeño mundo que habían construido entre los dos.

Nadie volvería a hacerles daño.
Se cuidarían.
Se amarían.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban entrecortadamente intentando recuperar el aire, aunque enormes sonrisas seguían iluminando sus rostros. Lily apoyó su frente contra la de Ithaqua, perdiéndose en aquellos ojos grisáceos que la observaban con el mismo amor con el que ella lo miraba a él.

—Te amo, Eta.

—Yo también te amo, Lily.

Ithaqua volvió a besarla y la acercó más contra su cuerpo. En ese momento nada más importaba. Ni la mansión. Ni las reglas. Ni los juegos. Ni la diferencia entre cazadores y supervivientes. Solo existían ellos dos, encerrados en su propio mundo, completamente ajenos al exterior.

Y, en el fondo, era lo único que necesitaban. Porque juntos podían enfrentarse a cualquier monstruo. Juntos, nadie volvería a destruirlos jamás.

Notes:

Muchas gracias por llegar hasta aquí. Es un placer compartir este ship tan bonito con mucha más gente. Desde el momento en que descubrí este ship, se convirtió en mi obsesión. Quiero muchísimo a los dos, y verlos juntos me parece algo muy lindo; creo que combinarían muy bien. Me encanta poder abrirle los ojos a la gente a un mundo nuevo.

Acepto cualquier tipo de comentario, por favor. No os dé vergüenza comentar ni dejar kudos; me anima muchísimo a seguir escribiendo. También acepto cualquier recomendación para mejorar mi escritura.