Chapter Text
Juan se miró en el espejo y sonrió.
Bajó la mirada a su torso. Los pectorales, antes planos como una tabla, ahora tenían una curva definida. Los brazos, que solían parecer dos palitos, mostraban bíceps redondeados, antebrazos pronunciados y, ni hablar de sus tríceps. El abdomen no era un lavadero de ropa, pero los oblicuos empezaban a asomarse cuando flexionaba. Sus piernas también estaban tonificadas y sus glúteos —que antes parecían tablas para cortar verduras— se veían más pronunciados. Hasta le daban ganas de darles una mordida.
—¿Te vas a seguir viendo en el espejo o vas a bajar a comer?
Juan dio un salto como de gatito asustado al oír el grito de su padre llamándolo a desayunar.
—¡Papá!
—¿Qué? No es como si te vieras todos los días en el espejo, cabrón —respondió su padre de manera cariñosa.
Juan bajó rápidamente las escaleras, aún sin camisa, presumiendo sus músculos ante su padre. El hombre era un expolítico, lo suficientemente cansado como para lidiar con un joven energético como él.
—Toma, chico, ahí están los 7 huevos que pediste —le dijo mientras le servía en un plato—. Saldré a fumar un rato mientras comes, campeón. Provecho.
—Gracias, papá.
Juan se sentó en la mesa de la cocina, muy feliz de por fin desayunar, más si su papá cocinaba.
Comenzó a masticar los huevos felizmente mientras revisaba su teléfono, recibiendo varias notificaciones de mensajes.
Tina: "¿Ya te cambiaste de gym? ¿Cómo está?"
Juan respondió con una mano mientras con la otra agarraba una taza de café.
Juan: "Todavía no voy. Voy a la tarde. Tengo pierna hoy."
Tina: "Ay, pierna. Qué asco."
Juan: "Ya sé, de la verga pero ni modo."
Tina: "Problema tuyo, papi ."
Soltó una suave risa por la nueva frase que su amiga había aprendido en sus prácticas de box.
Terminó los huevos, bebió el café de un trago y se levantó para lavar el plato. Mientras el agua corría, su mente empezó a divagar.
Tuvo que cambiar de gym debido a las remodelaciones. El Norte, su hogar durante casi un año, estaba cerrado. El lugar donde comenzó su cambio físico, donde conoció a personas nuevas y mejoró su estado de ánimo, todo eso se había quedado atrás, al menos por dos meses.
Ingresar a uno nuevo lo hacía sentir algo nervioso. Cambiar de ambiente de manera tan rápida lo hacía sentir incómodo.
"¿Y si no me adapto? ¿Y si la gente es muy mamona? ¿Y si las máquinas son diferentes?"
Suspiró mientras terminaba de lavar el plato, intentando borrar los pensamientos negativos que llegaban a su mente.
"Todo estará bien" , se dijo. "¿Qué tanto podría cambiar un gym?"
Guardó el plato, se puso una camiseta, agarró su mochila y salió de casa.
Su papá estaba en el balcón, con un cigarro entre los dedos.
—¿Ya te vas, campeón?
—Sí, papá. Nos vemos más tarde.
—Cuídate. Y no levantes más de lo que puedas, ¿eh? —le contestó mientras revolvía su cabello.
—Sí, papá, te lo prometo.
Juan sonrió, le dio un beso en la mejilla a su padre, quien solo sonrió mientras se rascaba la barba, y se fue caminando hacia su destino.
The Regime (su nuevo gym) lo esperaba.
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Bueno, esto sí que era muy diferente a su antiguo gimnasio. Era imponente.
Ventanales de piso a techo. Máquinas nuevas, de marcas que jamás había escuchado.
El aire acondicionado lo golpeó con una mezcla de cloro, caucho y aromatizante de lavanda. Una chica pelirroja de coleta alta lo recibió detrás del mostrador.
—¡Hola! Bienvenido a The Regime —dijo, con una sonrisa ensayada—. ¿Primera vez?
—Sí. Vengo del norte . Cerraron por remodelaciones.
—Ah, sí, nos han llegado varios de allá. Yo soy Molly. ¿Necesitas un entrenador o ya tienes experiencia?
—Ya tengo experiencia.
—Perfecto. Los lockers están a la izquierda. Zona de pesas al fondo, cardio a la derecha, área de estiramientos atrás. Si necesitas algo, aquí andamos.
Juan asintió, algo confundido por la rapidez de la explicación. Al menos recordaba dónde estaban los lockers. Guardó su mochila en uno de estos y salió a la zona principal.
El ruido era diferente. Más intenso. La gente levantaba pesos impresionantes, gruñía como si estuviera pariendo, y se miraba en los espejos con una intensidad que rozaba lo narcisista.
Comenzó con su calentamiento de piernas, estirando sus músculos con posiciones raras y algo comprometedoras. Sintió una que otra mirada, cosa que decidió ignorar por su propia salud mental.
Después de unos minutos se encontraba listo para empezar su rutina con sentadilla en barra libre. Buscó con la vista los discos de 50 lb para cargar la barra, recorriendo el gym (lo que podía de este) con la vista.
Su búsqueda fue interrumpida por unos enormes pectorales atrapados en una camisa de compresión de la marca Gymshark que solo hacía que estos se vieran más grandes.
—¡Hi there! Sorry if I make you uncomfortable, but I was looking at you and you kind of look confused —le preguntó una voz amable—. Are you looking for something?
Juan se quedó quieto.
Levantó los ojos.
Y se le olvidó cómo respirar.
El chico que tenía delante era... algo. Pelo castaño oscuro, ligeramente ondulado, cayéndole sobre la frente de manera despreocupada. Los ojos verdes, brillantes como esmeraldas, miraban directo a los suyos con una mezcla de curiosidad y amabilidad.
Era un tipo grande. No grande de alto. Grande de "este hombre me come de desayuno". Sus hombros eran enormes, estéticos al igual que sus brazos. Juan juraría que una de sus piernas era del mismo tamaño que sus propios brazos completos. La camisa de compresión se pegaba a su torso como una segunda piel, marcando cada músculo, cada curva, cada centímetro de un cuerpo que parecía tallado por los dioses.
—Hi? —el chico inclinó la cabeza, su sonrisa volviéndose un poco divertida—. Are you ok?
Juan parpadeó. Sus mejillas se encendieron como un semáforo en rojo.
—Sí, sí —respondió, con la voz más aguda de lo normal—. Estoy… buscando discos. De 50 libras.
—Ah —el chico asintió, felizmente—. They are right there in that weird looking thing.
Le respondió el joven mientras señalaba algo que parecía un perchero para discos. Juan no le encontraba forma a lo que se suponía que era eso.
—¡Gracias! Soy nuevo por aquí y no sé dónde verga están las cosas —respondió nerviosamente—. Me llamo Juan.
No podía evitar dejar de ver los pectorales del más grande. Era imposible. Estaban ahí, enormes, redondos, firmes, atrapados en esa camisa de compresión que parecía pintada sobre su piel.
"Dios mío" , pensó Juan "eso ya es un nuevo tipo de copa"
—My name is Foolish. You don't look new, you're in really good shape —Foolish hizo una pausa. Sus ojos verdes recorrieron el cuerpo de Juan de arriba abajo, lentamente.
Juan sintió que su ego fue elevado. Sabía que tenía buen cuerpo, no le molestaba que se lo dijeran. Al contrario. Le encantaba.
—Llevo casi un año entrenando, solo me cambié de gym.
—I can see that —Foolish se mordió el labio inferior apenas, un gesto rápido que Juan casi no alcanzó a ver—. You have really good legs.
Sintió como los nervios que lo recorrían al inicio de la conversación se disipaban rápidamente. Una extraña confianza llenó su cuerpo de pies a cabeza.
—Gracias —dijo, orgullosamente—. Intento entrenarlas en frecuencia 2.
—Frequency 2? —Foolish levantó una ceja, impresionado—. That's a lot.
—Es lo que hay que hacer si quieres piernas decentes —Juan se encogió de hombros, con falsa modestia.
Foolish se rió. Una risa baja, sonora.
—You like to show off, huh?
—No es presumir —Juan cruzó los brazos sobre su pecho (que tal vez no estaba tan grande como el del otro)—. Es decir puras verdades
—Oh, so they're facts?
—Hechos comprobables. Mírame.
Le mostró las piernas al más alto, moviéndolas de lado a lado enfocando el cuádriceps, rotando sus caderas para mostrar la parte trasera de estas.
Foolish lo miró. De arriba abajo. Otra vez. Pero esta vez más despacio. Sus ojos se detuvieron en los hombros de Juan, en sus bíceps, en su cintura, en la curva de sus caderas.
—Mmm —dijo Foolish, y su sonrisa se volvió un poco pícara—. Not bad.
—¿No está mal? —Juan puso cara de indignación—. He estado un año entero para ponerme así. No está mal dice el verga.
—Okay, okay —Foolish levantó las manos en señal de paz, pero sus ojos seguían brillando con diversión—. You look really good. Happy?
—Sí.
Dijo el de ojos café mientras le daba un vistazo a los discos. Tal vez podría aprovechar y pedirle ayuda a su nuevo amigo para que le ayudara a cargar la barra. De paso, pasaba más tiempo con él. No le desagradaba su compañía para nada, le parecía cómoda. Sin mencionar que tenía otras dos grandes razones que no quería perder de vista.
—¿Quieres ayudarme a cargar esto? —preguntó Juan, viendo cómo los ojos del contrario brillaban de emoción—. Ayer hice brazo y me vendría bien algo de ayuda levantando esto.
"Pinche mentiroso" , se dijo a sí mismo.
—I would love to!
Cargaron la barra juntos. Foolish puso los discos como si nada, con esa fuerza bruta que parecía no costarle ningún esfuerzo. Juan lo observaba de reojo mientras fingía calentar, admirando la forma en que sus músculos se movían bajo la tela de su camisa de compresión.
Los brazos de Foolish, cuando giraba para ajustar los discos, se marcaban de una manera que debería ser ilegal. Los hombros, redondos y firmes, se movían bajo la tela negra de la camisa. La espalda, ancha como una tabla de surf, se tensaba con cada movimiento.
"Dios" , pensó Juan. "Pinche hombre hermoso."
—There you go, friend!
El llamado de Foolish lo sacó de sus pensamientos —para nada sanos—. Juan se acomodó, colocando la barra en sus escápulas, mientras medía la distancia de la que se separaría del soporte.
—¿Me puedes ayudar en la última repetición? —preguntó, volteando levemente hacia el castaño.
Foolish asintió feliz, moviendo la cabeza de arriba abajo como un perro grande al que le acaban de ofrecer un paseo.
—Of course.
Juan tomó aire mientras levantaba las rodillas, para luego bajar lentamente, hasta sentir el estirón en sus cuádriceps y glúteos. Empujó con los talones, soltando el aire.
—Good technique —dijo Foolish, con voz tranquila—. Go deeper now.
Y sus dedos rozaron lentamente la cintura de Juan.
Fue un contacto sutil. Casi inocente. La yema de sus dedos apenas presionando la tela húmeda de la camisa. Pero Juan sintió como si una corriente eléctrica le recorriera la columna.
Por un momento, sintió sus piernas flaquear ante el contacto. No sabía si era el calor que le generaba el ejercicio o los dedos del más alto.
"Concéntrate, Juan" , se dijo a sí mismo.
Bajó nuevamente. Esta vez fue más profundo. Sintió el estiramiento completo en sus glúteos, en sus isquiotibiales.
Y la mirada de Foolish era casi una motivación.
Juan lo vio en el espejo. Foolish no estaba mirando la barra. Estaba mirando su movimiento. Lo miraba a él. A sus ojos apretados por el esfuerzo. A sus labios entreabiertos respirando. A la forma en que el sudor le corría por la nuca y se perdía entre sus omóplatos.
Esa mirada lo impulsó a hacer otra repetición. Y otra. Y otra más.
—That's it —susurró Foolish—. Just like that.
Tres repeticiones perfectas. Profundas. Controladas. Juan sentía que la fuerza se le acababa en cada una de estas.
La cuarta fue diferente.
La barra aumentó de peso de repente. No porque hubiera añadido discos, sino por la fatiga acumulada en sus músculos. Sus cuádriceps ardían como fuego. Sus glúteos temblaban. Las rodillas le pedían clemencia.
Bajó. Llegó al fondo.
Y no pudo subir.
La barra se quedó atrapada en sus hombros. Sus piernas empujaban, pero no respondían.
"Mierda" , pensó.
Intentó inclinarse hacia adelante para colocar la barra en los seguros de seguridad. La sentadilla tenía esos soportes para exactamente estas situaciones.
—Easy —dijo una voz detrás de él.
Y entonces dos manos fuertes rodearon su cadera.
No fue un roce. No fue un toque casual. Foolish lo agarró con firmeza, con seguridad.
—I've got you —dijo Foolish, cerca de su oído—. One more. You can do this.
Juan sintió cómo las manos de Foolish jalaban su cadera hacia atrás, ayudándole a enderezar la postura. Al mismo tiempo, las rodillas de Juan empezaron a levantarse, empujadas por la fuerza del grandote.
La barra subió.
Pero en el proceso de levantarla, algo más pasó.
Juan sintió un roce. Un contacto. Algo pecaminoso que hizo que su cabeza se nublara por completo.
Foolish estaba muy cerca. Su cuerpo presionaba contra la espalda de Juan. El calor de su pecho se filtraba a través de la camisa. Y en el movimiento de ayudar a subir la barra, sus caderas se habían pegado a los glúteos de Juan.
Fue un segundo. Tal vez menos.
Pero Juan lo sintió todo.
La barra llegó arriba. Foolish la ayudó a encajar en el soporte. El peso dejó de existir.
Y Juan se quedó ahí, debajo de la barra vacía, con el corazón latiéndole en la garganta y las mejillas ardiendo.
Foolish lo miró. Sus ojos recorrieron el rostro de Juan: las mejillas sonrosadas, los labios hinchados por el esfuerzo, el pelo pegado a la frente.
—Maybe you should drink some water —dijo Foolish, finalmente—. You look… flushed.
—Tú también —respondió Juan.
Foolish soltó una risa nerviosa. Juan también.
Y ninguno de los dos mencionó el roce.
Continuaron con la rutina con normalidad, ignorando lo que había pasado, conversando y conociéndose mejor, bromeando en ocasiones sobre lo cansados que estaban.
Foolish le contó que llevaba tres años entrenando en The Regime, que estudiaba arquitectura, que su comida favorita era la lasaña y que le gustaban los gatos.
Juan, por su parte, le contó un resumen de su vida: lo de su papá expolítico, su amor por el Cuarteto de Nos, y que dibujaba como hobbie.
—Wait, you draw? —Foolish se detuvo en medio de una serie de extensión—. Like… actual drawings?
—Sí, actual drawings. Lápiz, papel y así.
—Can I see?
—Tal vez. Si te portas bien.
Foolish sonrió como un niño al que le acaban de prometer un helado.
Al terminar, ambos se dirigieron a los lockers sacando su respectiva mochila. Ahí intercambiaron números para seguir en contacto. A Juan le había crecido una genuina simpatía por el otro joven, además de otro sentimiento que no sabía cómo describir en su totalidad.
"No es solo atractivo" , pensó Juan mientras guardaba su teléfono. "Es… no sé."
—See you tomorrow? —dijo Foolish, cerrando su locker—. We can do chest.
—¡Sí! —respondió Juan, con más emoción de la que pretendía—. Me encantaría volver a entrenar juntos.
—Great. —Foolish sonrió, esa sonrisa amplia que ya empezaba a ser familiar—. Hey, do you need a ride? It's getting dark.
Juan miró por la ventana. El sol ya se había puesto. La calle se veía oscura y un poco solitaria.
"¿Cuánto tiempo pasó en el gym?"
Su papá le daría la verguiada de su vida.
—No quiero molestarte.
—You're not bothering me. I offered.
—Está bien. Gracias.
Salieron del gimnasio juntos. El coche de Foolish era una camioneta negra, enorme, con asientos de cuero no muy acorde a su personalidad alegre. Juan se subió y sintió que sus piernas apenas llegaban al piso.
—Your car is huge —dijo Juan.
—You're just small.
—No soy pequeño. Tú eres un gigante.
—Same thing.
Foolish arrancó el motor. La música sonaba bajito. El viaje fue tranquilo, con una conversación amena sobre nada en particular: planes del fin de semana, si Juan había visto tal película, si Foolish había probado tal café.
—Gira a la izquierda aquí —dijo Juan, señalando una calle arbolada—. Es la casa azul, al fondo.
Foolish aparcó frente a una casa modesta pero bonita, con un jardín pequeño y un cartel que decía "propiedad de jschlatt "
—Nice house —dijo Foolish.
—Gracias. Mi papá la pintó hace dos años. Cuando le dije que el gris era muy deprimente.
—Your dad sounds like a character.
—Eso es quedarse corto.
Juan desabrochó su cinturón. Pero no bajó del coche. Se quedó ahí, con la mano en la manija, sintiendo que no quería irse todavía.
—Hey, Juan —dijo Foolish.
—¿Qué?
—Text me when you get inside —dijo Foolish—. So I know you're safe.
—Eres muy intenso.
—I know.
—No me quejo, pendejo.
Juan abrió la puerta, bajó del coche, y caminó hacia la entrada de su casa. Sintió la mirada de Foolish en su espalda todo el camino. Cuando llegó a la puerta, se giró y levantó la mano en un saludo.
Foolish levantó la mano también. Y sonrió.
Juan entró.
—¿Y ese? —preguntó su papá desde el sofá, con un cigarro en una mano y el control de la tele en la otra.
Juan casi se tropezó con la puerta.
—¿Quién?
—El del monstruo negro estacionado frente a mi casa. ¿Tiene permiso de circular o se va a quedar ahí toda la noche?
—Papá, es mi amigo —dijo Juan, dejando la mochila en el suelo—. Me trajo del gym.
—¿Amigo? —el papá levantó una ceja. Sus ojos, todavía agudos a pesar de los años, miraron a Juan de arriba abajo—. ¿Desde cuándo tienes amigos con camioneta negra? Parece municipal
—Desde hoy.
—Ah, ¿desde hoy? —el papá apagó el cigarro en el cenicero y se incorporó un poco en el sofá—. ¿Y cómo se llama ese amigo de hoy?
—Foolish.
—¿Foolish? ¿Así se llama?
—Sí.
—¿Foolish como tonto en inglés?
—Sí, papá. Así se llama.
El papá lo miró fijamente. Luego miró por la ventana, hacia la camioneta que seguía ahí, con las luces encendidas.
Juan sintió que las mejillas le ardían.
—Dile a tu novio que se quite de enfrente, que los vecinos van a pensar que me llevan detenido otra vez.
Juan rodó los ojos, abrió la puerta y asomó la cabeza. La camioneta seguía ahí. Foolish lo estaba mirando desde el asiento del conductor, con una expresión nerviosa.
—¡Ya entré! —gritó Juan—. ¡Puedes irte!
Foolish levantó un pulgar. La camioneta arrancó lentamente y se perdió en la esquina.
Juan cerró la puerta. Su papá ya estaba de pie, con los brazos cruzados.
—Se ve buena honda —dijo el papá, como si estuviera procesando la información— y es muy grande
—Papá.
—Buena espalda,cuidado que te rompe
—¡Papá!
—¿Qué? Yo solo observo. No dije nada malo.
—Me incomodaste.
—Soy tu padre. Es mi trabajo.
Juan agarró su mochila y subió las escaleras corriendo, con el rostro ardiendo. Desde abajo, su papá gritó:
—¡Que lo pases a saludar un día de estos!
—¡BUENAS NOCHES, PAPÁ!
—¡PROVECHO!
Juan se encerró en su cuarto, se tiró en la cama y enterró la cara en la almohada.
