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Era una pena. Los seres humanos se rompían con facilidad. Durante su infancia, el príncipe Shaipath, fue educado por las mujeres más brillantes y los hombres más poderosos.
Tenía cuatro años cuando se ganó a la gran esposa real. Su padre lo eligió como heredero; y una decena de mujeres y funcionarios, le ofrecieron un favor, a cambio de no ser olvidados. A esa edad, el príncipe, dejó todo a su dama.
Maya cumplió trece años cuando fue elegida para él. La joven paso tres años al servicio de Isis, fue bendecida con ese poder divino, y llevada con los sacerdotes para servir en el reino de Henhenth. La doncella poseía heka y su deber era enseñar al príncipe el manejo de su don divino.
El príncipe próspero dentro de los muros del ipet nésut, todos rezaban por el día en que Thot eligiera Shaipath como heredero, el fue la opción que lograría la unión de los dos reinos.
Shaipath nunca deseo ser elegido por los dioses. De niño veía a sus hermanos morir en las manos de los dioses cuando luchaban en la guerra. Sus hermanas eran las únicas que se quedaban a salvo dentro del palacio. Ellas eran un tesoro que podían ser cambiados por el bien mayor. Shaipath sabía el valor de una princesa. En kemet era más costoso que un tesoro mundano y, su deber, era proteger a sus hermanas hasta que ellas partieron al reino de horus.
De pequeño, a los seis o siete años, solía creer que su destino sería morir en la guerra. Sería un general simple o una pieza más para el príncipe heredero, un juguete para el siguiente Horus en tierra y una decepción para su madre cuando supiera que era un simple.
Al cumplir once, el día que conoció a su prometida, comprendió que se equivocó.
Demostró que poseía heka al restaurar un pieza de jade roto con sus manos cubiertas en un brillo azul. Imagino que sería un sacerdote más para Thot. Se imaginó lejos del matrimonio, condenando a la princesa de Nubia a la sencillez, y pensó que podría vivir así, lejos del palacio sin tener que volver a tocar un arco o leer hasta que sus ojos picaban. Sus hermanos le recordaban a diario que él no era digno de convertirse en Kemet, su voz era un papiro entre la hoguera de sus voces. Solían decir que sólo una voz sería escuchada y él, como hijo de una reina, era nada a comparación de ellos. Shaipath creía esas palabras como la única verdad, debía ser así porque su padre lo decía.
Él no era el primer hijo varón de su padre, más si fue el primer varón de la unión entre la reina del kemet de Thot y el faraón del kemet de Horus. Era una cosa que no debía existir, su madre le repetía que los dioses lo habían traído por algo, que no podía rechazar una bendición ni cuestionar a los dioses. No podía negar una voluntad más grande que él.
Su vida ya estaba escrita en las estrellas y él no podía hacer nada por cambiarla. El príncipe observa la espada de ese bárbaro, había llegado su hora y, contra el miedo de sus padres, Shaipath deseaba no tener que despertar en ese mundo. Si podía ir al otro reino, a la protección de Anubis, él lo aceptaría. Era una tarea más: él ya no sería faraón. Nunca fue más feliz en su vida. Quizás su fracaso sea la mayor vergüenza en la historia de Kemet y sus padres lo olvidarán.
