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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-05-27
Completed:
2026-05-31
Words:
14,313
Chapters:
5/5
Comments:
34
Kudos:
101
Bookmarks:
3
Hits:
1,110

Baires en Madrid

Summary:

Jude Bellingham sabe que no es un santo, pero puede asegurar ser mejor persona que el tipo que dirige una cuenta de odio dedicada a su compañero de equipo

Notes:

una idea que vino a mi en un turno de hospital

Chapter Text

El silencio en los hoteles de concentración siempre le había parecido a Jude un silencio artificial, casi de hospital. Las sábanas de hilo de aquel hotel en Leipzig eran demasiado blancas, las paredes demasiado gruesas y el aire acondicionado de la habitación siempre estaba dos grados más frío de lo estrictamente necesario.

Eran las once y media de la noche. Al día siguiente se jugaban el pase a los cuartos de final de la Champions League, y Jude, estirado cuán largo era en la cama king-size, no podía pegar el ojo.

Tenía el cuerpo molido por el último entrenamiento táctico, pero la cabeza le iba a mil revoluciones. La presión de la prensa española esa semana había sido asfixiante tras el último empate en la Liga, y Jude sabía perfectamente que todos los focos del mundo estarían apuntando hacia él en cuanto pisara el césped.

Unas habitaciones más allá, en el ala izquierda del mismo pasillo alfombrado, Franco tampoco dormía. Estaba hecho una bolita bajo el edredón, con los ojos inyectados en sangre fijos en la pantalla de su teléfono. Tenía el pecho apretado por una angustia sorda, una opresión constante que se había convertido en su sombra desde que había pisado el aeropuerto de Barajas seis meses atrás.

Al principio, cuando se anunció su fichaje por el Real Madrid, todo había sido un torbellino de luces de neón, felicitaciones familiares y promesas de gloria. Franco era el chico de oro de Buenos Aires, el joven de dieciocho años que gambeteaba en el Monumental como si flotara sobre la grama.

Pero la realidad de Europa lo había recibido con la mandíbula dura. El proceso de su depresión no había sido un estallido repentino, sino una gotera constante que terminó por inundarle el alma.

Empezó con el idioma; ese muro invisible que lo aislaba en cada desayuno. Mientras Valverde o Huijsen intentaban integrarlo a los grupos de risas, Franco se quedaba atrapado en el limbo de su timidez, asintiendo como un muñeco articulado sin entender la mitad de los chistes.

Luego llegó el invierno europeo, gris y hostil, tan diferente del sol de su hogar, y con el frío se asentó una soledad que la enorme y vacío apartamento que el club le había alquilado no hacía más que amplificar.

La comida le sabía distinta, los horarios eran rígidos y, sobre el césped de Valdebebas, el ritmo del balón ya no era un juego, sino una industria coreografiada a mil por hora donde un solo control largo se pagaba con la mirada de reproche de un cuerpo técnico multimillonario.

Se sentía un impostor. Un nene jugando a ser gigante en un coliseo romano que devoraba vivos a los débiles. Necesitaba escupir ese veneno en algún lado, así que abrió su cuenta anónima de Twitter, @BairesEnMadrid, el único rincón del universo donde no tenía que fingir que era una "promesa de sesenta millones", y empezó a teclear con los dedos temblando de pura rabia.

Mientras tanto, Jude seguía buscando un distractor en su propia cama. Había salido del grupo de WhatsApp del equipo porque Camavinga, Tchouaméni y Trent, bueno, sus propios compañeros, llevaban dos horas inundando el chat con memes estúpidos y stickers absurdos para calmar los nervios del partido, y Jude necesitaba silencio absoluto. Entró a Twitter para revisar las tendencias locales del club, y fue exactamente ahí donde el algoritmo hizo de las suyas.

Debido a la geolocalización, y a ambos teléfonos compartían la misma red wifi de alta velocidad del hotel, en el apartado 'Para ti' de Jude apareció un tuit que rompió la monotonía de su pantalla. La cuenta no tenía nombre real ni foto de perfil, pero ya acumulaba tres mil likes y la cifra subía a un ritmo vertiginoso. Se estaba haciendo viral en el entorno del madridismo.

Jude frunció el ceño. La aplicación tradujo automáticamente el texto del español al inglés, pero la tosquedad del traductor digital no logró restarle brutalidad al mensaje

@BairesEnMadrid · Hace 40 min
"Es insoportable ver el partido repetido y entender que el chico nuevo no da la talla. El 5 corre como un animal, se desmarca solo, te pide el balón con los ojos y Franco se la entrega al rival porque le tiemblan las piernas. No sé qué hace ese pibe acá. Es un estorbo para Bellingham. Qué asco de jugador, le queda enorme la camiseta."

Jude se incorporó en la cama, apoyando la espalda recta contra el respaldo de madera oscura. El corazón le dio un vuelco incómodo, una punzada de molestia pura en el estómago. El tuit atacaba a Franco con una saña feroz, analizando minuciosamente el partido contra el Valencia de hacía dos días.

Recordaba la jugada a la perfección, Franco había entrado en el minuto ochenta y dos, Jude se había desmarcado arrastrando a dos centrales y el argentino, abrumado por la presión, había mandado el balón directamente a los pies del centrocampista rival.

En ese instante, llevado por la adrenalina y la frustración del empate, Jude le había gritado un "¡Hey, focus!" bastante duro, acompañado de un manoteo exasperado. Un gesto del que se había arrepentido camino al vestuario, pero que la televisión ya había repetido hasta el cansancio.

Pensando que se trataba de un hincha de la grada de esos que se dedican a destruir la salud mental de los futbolistas jóvenes desde el anonimato de un teclado, Jude hizo clic en el perfil con la intención de bloquearlo o denunciarlo. No soportaba el acoso a los compañeros, y menos a un chico de dieciocho años que apenas se estaba adaptando. Sin embargo, a medida que su dedo comenzó a deslizar el feed hacia abajo, la molestia inicial se transformó en una confusión absoluta y escalofriante.

La cuenta estaba repleta de tuits escritos con la misma estructura: una tercera persona implacable, fría y destructiva, dirigida exclusivamente a destripar cada movimiento, cada error y cada debilidad de Franco. Lo perturbador no era el odio, sino el nivel de detalle con el que escribía cada tuit, es como si el estuviese con ellos ahí.

@BairesEnMadrid · Hace 3 días
"Ya vieron que Franco se volvió a tropezar hoy con los conos de plástico en el ejercicio de velocidad de la mañana. Valverde tuvo que ir a deprimirse con él y revolverle el pelo para que el nene no se pusiera a llorar en mitad de Valdebebas. Qué tipo más inútil, todos acá son de oro y él es de plástico barato."

@BairesEnMadrid · Hace 1 sem
"Miren cómo camina Franco hacia el autobús del club tras la sesión de fotos. Parece que pide perdón por existir. Si el autobús lo deja mañana, el equipo seguiría ganando igual y nadie notaría su ausencia. Es una mancha de agua en un traje de gala."

@BairesEnMadrid · Hace 2 sem
"Mbappé define con la tranquilidad de un cirujano en el área pequeña. En cambio, Franco no pega ni una al arco y parece que le tiene miedo a la pelota. No merece usar este escudo, es una vergüenza para la historia del club."

Jude pasó saliva con dificultad, con la pantalla del teléfono iluminando sus ojos abiertos de par en par en la penumbra. Se le erizó la piel. ¿Cómo podía saber ese usuario lo de los conos de plástico si ese entrenamiento había sido prácticamente a puerta cerrada? ¿Cómo conocía la forma exacta en la que Franco arrastraba los pies al caminar hacia el autobús desde el estacionamiento interno de los jugadores?

El inglés siguió bajando con el pulso acelerándose a un ritmo cardíaco de competición, buscando una explicación lógica a esa anomalía. Y entonces, escondidos entre la marea de autocrítica camuflada de odio futbolístico, Jude encontró tres tuits completamente diferentes. Eran posts crípticos, esta vez escritos en una primera persona dolorosamente transparente, que rompían con el personaje del hincha furioso y se sentían como un susurro desgarrador en mitad de la noche eterna:

@BairesEnMadrid · Hace 1 mes
"Hoy el frío de Madrid me estaba partiendo las manos en la banda. Él se dio cuenta, se sacó sus guantes de entrenamiento y me los tiró sin decirme una sola palabra. Me los puse y todavía tenían el calor de su piel. Caminé todo el trayecto a mi apartamento rezando para que no escuchara cómo me latía el pecho. No sabe que prefiero que me congele el invierno."

@BairesEnMadrid · Hace 2 meses
"Me habló en español después de la ducha. Un español roto, hermoso, que seguro practicó a solas en su casa para no pasar vergüenza. Me preguntó si extrañaba Buenos Aires. Le dije que no, mentira pura. Extraño mi casa, extraño a mi vieja, extraño todo lo que dejé atrás, pero prefiero morirme de nostalgia acá antes que pasar un solo día sin ver cómo sonríe cuando ganamos."

Jude soltó el teléfono sobre las sábanas de golpe, como si el aparato se hubiera calentado a mil grados. Se llevó las manos a la cabeza, entrelazando los dedos en sus rizos, mirando el techo blanco de la habitación de hotel con la respiración entrecortada.

Las piezas del rompecabezas encajaron con la violencia de un choque de trenes. No era un detractor externo. Era el propio Franco. Pero eso no puede ser, no tiene sentido, porque nadie hablaría así de sí mismo

Y la verdad es que Franco si se estaba destruyendo a sí mismo de manera pública y sistemática, utilizando el alter ego de un hincha despiadado para canalizar la depresión, el desprecio propio y el vacío existencial que lo estaban devorando desde que llegó a España. Se castigaba a sí mismo en tercera persona para adelantarse al dolor del rechazo real, camuflándose ante el mundo mientras dejaba pequeñas notas de amor y desesperación dirigidas al número 5 del equipo.

Al otro lado del pasillo, en la oscuridad de su cuarto, Franco vio horrorizado cómo las notificaciones de su cuenta secreta se multiplicaban por el tuit viral. El pánico le oprimió la garganta hasta dejarlo casi sin aire; la gente estaba prestando demasiada atención a sus palabras. Con el corazón latiéndole en la boca y los dedos temblando de forma incontrolable, activó el candado para poner la cuenta en privado, rezando para que ningún directivo o compañero hubiera llegado a leerlo.

Franco apagó el teléfono, se tapó la cara con las sábanas y se echó a llorar en silencio, creyendo que su secreto moría con la pantalla en negro, se preguntó a si mismo por qué lloraba y es que muy en el fondo el no quiere odiarse, siempre revisaba sus tuits de odio en busca de tan solo una persona que lo defendiera.