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Estas son las cosas que normalmente no pasan. ¿Cuándo me quedo dormida, me levanto 10 minutos tarde y llego justo antes de que empiecen a poner tardanzas? Sí, casi siempre. Pero hoy fue todavía peor.
Me levanté casi media hora tarde porque la alarma no sonó. Casi media hora tarde. Mala mía por gastarle toda la batería al celu anoche, me quedé hablando con mis amigos sobre unas cosas de Historia (por ejemplo, que el profesor es un gordo hipócrita, sin ofender... o bueno, un poquito) y se me pasó. Así que me vestí lo más rápido que pude, me agarré un pan con algo que elijo creer que era dulce de leche, y me mandé a la parada. Lógicamente, había perdido el bondi, así que tocaba esperar. Pero como, de nuevo, me levanté 28 minutos tarde en lugar de 10, obviamente no podía esperar. Así que con medio pan en la boca y la otra mitad en el piso (que sea el desayuno de algún perrito que pase por ahí, seguramente lo necesita más que yo), me largué a la corrida, a ver si llegaba a la otra parada o si tenía que ir a lo de Camila a pedirle a su papá que me lleve.
Ah, a todo esto, me llamo Martina. Tengo 15 años y, como ya saben, estoy llegando súper tarde al colegio. Me gusta mucho el jugo de naranja pero no el de manzana, mi comida favorita son las milanesas de carne y más si vienen con fideos, y amo mucho a mis amigos. Me gustan los arcoíris, los unicornios y los gatos. Básicamente la estética esa re flashera de la década del 2010, tipo Nyan Cat y cosas así. Juego mucho Minecraft y soy un asco en los juegos de cartas. A veces escucho Vocaloid, a veces rock nacional, más que nada con mis amigos. Ahora sí, seguimos.
Llegué corriendo a lo de Camila y toqué la puerta tres veces, generalmente sus papás sabían que era yo si hacía eso. Esperé no mucho tiempo hasta que el buen Willy me abrió la puerta. Nunca supe por qué le decían así si su nombre, en teoría, era Enrique. Me acerqué más al señor, bastante panzón, petiso y con muy pocas canas en la barba cortada hace menos de una hora, que todavía seguía en pijama. El buen Willy siendo el buen Willy.
—¿Qué hacés acá, Martusa? —Me preguntó, intentando sonar lo más serio posible, aunque una sonrisa cómplice se asomaba por la comisura de sus labios y un tono bromista se escuchaba en su voz. A él le gusta decirme así para boludearme mayormente. No diría que es descansero como tal, pero más o menos.
—Perdí el bondi, Willy, ¿no será que sos tan, pero tan bueno conmigo que me llevás hasta el colegio, porfa? —Le puse mis mejores ojos de perrito para que me diga que sí. Remarquemos que él no es mi amigo como tal, solo el papá de mi mejor amiga, pero en el grupo es casi uno más de nosotros, así que estamos todos bien con eso. Es un dato que coexiste entre nosotros y ya.
Willy suspiró, se llevó una mano al puente de la nariz y se pellizcó, fingiendo que estaba cansado de mí. Realmente no me sorprendería si lo estuviera, de por sí la hija me quiere tirar del bondi en movimiento. Después de unos pocos segundos que se sintieron tensísimos porque él no decía nada, me miró como si intentara contener la sonrisa cómplice.
—¿Y si te digo que no? —Levantó un poco la cabeza, atentando contra la poca paciencia que me quedaba.
—Voy a volver a llegar tarde y me van a amonestar de nuevo y posiblemente no me dejen entrar al colegio —le expliqué muy rápido, trastabillando en mis palabras mientras hablaba. Willy asintió y agarró las llaves del auto, que estaban en ese mueble al lado de la puerta, enfrente de la mesa que usamos nosotros para "estudiar" (mayormente jugamos al Uno y tomamos mate mientras miramos Caso Cerrado).
—Vamos, nena, que después me responsabilizan a mí —suspiró con afecto mientras destrababa el auto para que yo me subiera. Le agradecí mientras prácticamente me zambullía adentro del auto y cerraba la puerta atrás del asiento del pasajero.
—¿Dónde estabas, Martina? ¡Dale que Sandra te va a cagar a pedos! —Me gritó Emiliana, sin dejarme tiempo a responder, porque me agarró de la muñeca y empezó a correr hacia el aula. De todos los de mi grupo de amigos, ella es la más probable que te encaje una trompada por literalmente cualquier cosa. Y más de una vez lo ha hecho.
—¡Au, au! —Me quejé, tiene un agarre muy firme y yo tengo muchas pulseras en la muñeca y antebrazo en general— ¿Por qué estamos tan apuradas? ¿Ya fue Sandra al aula?
Emi solo suspiró y murmuró algo que no escuché, pero que sonó particularmente parecido a "nena insoportable". No me sorprendería, la verdad. Cuando llegamos al aula, Fausto y Mateo, nuestros amigos, se empezaron a cagar de risa. Emi me soltó con brusquedad en el asiento en el que yo comunmente me sentaba, entre ella y Cami, atrás de Mateo. Fausto se sentaba adelante de Cami y Emi quedaba al lado del pasillo. Y así nos organizábamos perfectamente. Eventualmente habían rotaciones, pero yo nunca me las aprendía o me quedaba en mi lugar nomás.
—¿Tan bueno estaba el sueño? —Me preguntó Mateo, dándose vuelta para reírse de mi apariencia desorganizada. Bueno, no tuve tiempo ni de "peinarme" ni de lavarme la cara, así que su reclamo tiene algo de sentido. Algo.
—¿Eh? —Pregunté, confundida. Emi rodó los ojos y Cami suspiró.
—Digo, porque llegaste mucho más tarde de lo usual —comentó Mateo, encogiéndose de hombros. Fausto no tardó en darse vuelta.
—Y obvio que se va a tardar si soñó con Joaquín —añadió, con una sonrisa burlona y ojos de malicia. Me puse colorada al instante.
—¡Cerrá el orto vos! Ya te dije que no me gusta Joaquín —argumenté, en vano. Todos mis amigos ya lo sabían. Desde el primer día que llegó, intenté ser discreta en la forma en la que lo miraba. A ver, lo intenté, de ahí a que haya podido es complicado.
Joaquín es el chico nuevo de 3ro D. Entró este año, dicen que lo pasaron de la católica por motivos que todavía no me quedan muy claros. Escuché que repitió 3ro y lo rajaron de la cato (Escuela Católica Particular Autorizada Nro ... "Santo Tomás de Aquino", o "la cato" para abreviar), que era un antisocial de miércoles que no se hablaba con nadie, que era problemático... Honestamente, ninguna de esas descripciones encajaba tanto con la otra, a mi parecer. Pero bueno, qué sé yo, los chicos y yo no nos animamos a hablarle porque estamos bien entre nosotros cinco. O eso creemos.
Mis amigos me joden con Joaquín porque dicen que en Educación Física "lo miro mucho". No es verdad. Tuvimos solo dos clases de Educación Física en lo que va del año, y solo lo miré... eh... Mientras pasaban lista, mientras Emi y Fau boludeaban con las pelotas de voley, mientras jugábamos a la mancha (tengo la teoría de que el profesor a veces se confunde 3er año con 3er grado), mientras guardábamos las cosas antes de irnos, mientras esperaba que llegaran mis amigos... Bueno, sí, capaz lo miré mucho en solo dos clases. Pobre pibe, debe pensar que lo estoy acosando.
En fin, sea cual sea el punto... No sé si me gusta. Digo, nunca hablé con él en mi vida. Capaz es divino por fuera pero un forro cuando le hablás. Asumiendo que toda la gente que conozco de la cato es forra. Menos los papás de Cami, eso es seguro. La mamá es profesora de Inglés de primaria y el papá es ex alumno. Dos tipazos, cómo la quiero a Moni. Pero todos los estudiantes de mi edad que conozco de la cato son unos forros. Lo sé porque Emi ya ha tenido el tino de invitarme a todas las jodas donde va ella (quinces, boliches, recepciones "del amigo del primo del amigo de mi amiga", y esas cosas) y no la pasé bien. Ya definí que eso no es lo que me gusta. Que ella sea feliz ahí, no yo.
Y, bueno, mis amigos no dejaron de joderme aunque les pedí. Le revoleé una lapicera a Fausto y una hoja a Mateo, después metí mi cabeza entre mis brazos y Camila me hizo pat pat en la espalda. Un poco más y Sandra, nuestra preceptora, me ve tirarle cosas a los chicos. Por suerte no. Es bastante divertida, pero es muy ortiva en eso de mandar notas a la casa. Y bajo ninguna circunstancia me gustaría llevarme una nota a mi casa. No es que mis papás me vayan a decir algo, pero de igual manera no querría tener una en mi historial. Sandra llegó, y como me vio con la cabeza en los hombros y la mano de Cami en mi espalda, sumando el hecho de que llegué anormalmente tarde, inmediatamente asumió que algo estaba mal.
—Marti, ¿estás bien? —Me preguntó mientras dejaba el libro de temas y un par de tizas en el escritorio de la profe y se agachó para quedar a mi altura. Me levanté abruptamente y empecé a gesticular con mis manos mientras le explicaba.
—Sandri, me levanté tarde porque no sonó la alarma, y casi me quedo dormida y no llego, Sandri —repetí, buscando acentuar el efecto súplica de mi voz.
Sandra se rió y me pasó una mano por el pelo, intentando arreglar lo que no me peiné, como todos los días, pero que hoy estaba más desastroso que de costumbre.
—¡Vamos a la bandera, chicos! —Sandri levantó la voz, llamando a todos para que vayamos a re cagarnos de frío al patio mientras cantábamos Aurora e izábamos la bandera.
Me levanté, notoriamente sin ganas, y caminé hacia la puerta, casi arrastrando los pies como si tuviera zapatillas de cemento y plomo combinado. Y justo cuando pensé que nada podía empeorar un poco más, Sandra se me acercó.
—Marti, te toca pasar a la bandera —me susurró. Listo. Es el fin de mi historia. Asentí.
—¿Con quienes? —Pregunté. Usualmente cuando un alumno pasa a la bandera, lo acompañan otros tres, de las otras divisiones. Alguien del A, yo del B, alguien del C y alguien del D.
—Laura Martínez del A, Carola del C y Joaquín del D —me explicó. Claro, hoy era el turno de los que tenían apellido con M como yo, y-
Pará.
Por un momento me desfallecí (?).
¿¡Joaquín!?
