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Amor de Hermanos

Summary:

Maekar Amaba a Baelor, Quien Estaba Casado Con Jenna Dondarron, Aún Así Maekar Estaba Reacio a Negar esos Sentimientos

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El sol de la tarde se filtraba a través de las celosías de la estancia en la Torre del Dragón, tiñendo el aire de un tono dorado y cálido que recordaba las arenas de Dorne. Baelor Targaryen estaba frente al espejo de bronce pulido, pasando un peine de marfil por su cabello azabache que caía justo hasta la nuca. Sus movimientos eran precisos, casi rituales, como todo lo que hacía el heredero.

Maekar lo observaba desde el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho. A sus veintitrés años, el beta seguía teniendo esa apariencia casi etérea de los Targaryen puros: cabello blanco como la luna, ojos lilas profundos y piel clara que contrastaba brutalmente con la tez morena clara de su hermano mayor.

— ¿Tu me amas, Baelor? —preguntó de pronto, la voz más baja de lo que pretendía.

Baelor levantó la mirada y sus ojos heterocromáticos se encontraron con los de su hermano a través del reflejo. Uno azul como el cielo dorniense, el otro marrón como la tierra fértil de las montañas. Sonrió con esa calidez que siempre reservaba solo para él.

— Por supuesto que lo hago, Maekar. Eres mi hermano menor y mi mejor amigo.

El beta frunció el ceño, un gesto que endureció sus rasgos delicados. Asintió lentamente, pero el nudo en su garganta no desapareció. Maldito alfa. Maldita vida. Y maldita Jenna Dondarrion, pensó, aunque en realidad no podía odiar a la omega. Ella había sido amable, dulce incluso, cuando visitaba la corte.

Baelor dejó el peine sobre la mesa de madera oscura y se giró completamente hacia él. Su aroma llenó la habitación de inmediato: fuego de dragón, arena caliente y especias exóticas. Un olor que hablaba de soles implacables y pasiones desatadas. Maekar, en cambio, apenas desprendía un rastro tenue de fuego de dragón mezclado con miel suave y el frío toque del acero.

— Ven aquí —dijo Baelor extendiendo una mano.

Maekar dudó solo un segundo antes de acercarse. Cuando sus dedos se entrelazaron, el alfa tiró de él con suavidad hasta que sus cuerpos quedaron a escasos centímetros. El contraste era evidente: la piel morena contra la pálida, el cabello negro contra el plateado.

— Sé lo que estás pensando —murmuró Baelor, inclinando la cabeza para rozar su nariz contra la sien de su hermano—. Y no es justo para ti.

Maekar soltó una risa amarga.

— Nada de esto es justo, Baelor. Nací beta en una familia de dragones. Y me enamoré del único alfa que nunca podré tener como quiero.

El mayor lo abrazó entonces, envolviéndolo con esos brazos fuertes que habían entrenado con la espada desde niño. Maekar hundió el rostro en su cuello, inhalando ese aroma que lo volvía loco desde que tenía uso de razón.

Los recuerdos llegaron en oleadas. Las noches secretas en las que se escapaban a las criptas de la Fortaleza Roja, donde nadie podía olerlos. Los besos robados detrás de los tapices cuando eran más jóvenes. Las promesas susurradas que nunca podrían cumplir delante de la corte.

— Jenna es… adecuada —dijo Baelor con voz ronca—. Una omega de buena casa. Padre la aprueba.

— Lo sé —respondió Maekar contra su piel—. Y la odio por eso.

Baelor lo separó lo suficiente para mirarlo a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, el azul y el marrón más intensos que nunca.

— Pero a ti te amo de otra forma. Una forma que no debería existir entre hermanos.

Maekar sintió que el corazón se le aceleraba. Siempre era así. Cada vez que Baelor admitía la verdad en privado, el mundo parecía detenerse.

Se besaron entonces, despacio al principio, como si temieran romper algo sagrado. Los labios del alfa eran cálidos, exigentes, sabían a vino especiado. Maekar se entregó por completo, dejando que su hermano mayor lo guiara como siempre había hecho.

Las manos de Baelor bajaron por su espalda, apretándolo contra su cuerpo. El aroma del alfa se intensificó, envolviéndolos a ambos como una tormenta de arena.

— Eres mío —gruñó Baelor contra su boca—. Aunque las leyes y los dioses digan lo contrario.

Maekar tembló. Su olor a miel y acero se mezclaba débilmente con el fuego dominante de su hermano, creando algo único, prohibido.

Se separaron solo para recuperar el aliento. Baelor lo llevó hasta la cama grande con dosel, donde tantas veces habían compartido secretos y caricias.

— No podemos seguir así para siempre —susurró Maekar mientras el alfa le desataba las lazadas de la túnica.

— Lo sé. Pero hoy… hoy eres solo mío.

La ropa cayó al suelo en silencio. La piel morena de Baelor contrastaba con la blanca de Maekar bajo la luz dorada de la tarde. El alfa besó cada centímetro de ese cuerpo que conocía mejor que el suyo propio: el hueco de la clavícula, el vientre plano, la curva de la cadera.

Maekar arqueó la espalda cuando la boca de Baelor descendió más abajo. Gemidos suaves llenaron la habitación, mezclados con el sonido distante de las olas contra la bahía.

— Baelor… —suplicó, enredando los dedos en ese cabello negro.

El alfa lo miró desde abajo, con los ojos brillantes de deseo y algo más profundo, más peligroso.

— Dime qué quieres, hermanito.

— A ti. Siempre a ti.

Hicieron el amor con esa mezcla de ternura y desesperación que caracterizaba sus encuentros. Baelor era cuidadoso pero intenso, consciente de que su naturaleza alfa podía abrumar al beta. Maekar se entregaba por completo, aceptando cada embestida, cada susurro, cada mordisco en el cuello que no dejaba marca permanente pero sí una promesa.

Después, yacieron entrelazados entre las sábanas revueltas. Baelor acariciaba perezosamente el cabello blanco de su hermano, mientras Maekar trazaba patrones invisibles sobre el pecho moreno.

— ¿Crees que madre lo sospechaba? —preguntó Maekar de pronto.

— Myriah era dorniense. Entendía las pasiones que otros condenan —respondió Baelor con una sonrisa triste—. Pero padre… Daeron es otra historia.

El silencio se extendió entre ellos, cómodo pero cargado.

— A veces deseo ser omega —confesó Maekar en voz baja—. Para que pudieras marcarme. Para que todos supieran que soy tuyo.

Baelor lo apretó más fuerte contra sí.

— No necesitas ser omega. Eres Maekar Targaryen. Mi Maekar.

Fuera, el sol comenzaba a descender sobre Desembarco del Rey. Dentro, dos hermanos compartían un amor que podía quemar reinos enteros si alguna vez salía a la luz.

Maekar cerró los ojos, inhalando el aroma reconfortante de su alfa. Sabía que mañana tendrían que fingir. Baelor sonreiría a Jenna, cumpliría con sus deberes, y él se mantendría en las sombras como el hermano leal.

Pero por ahora, en esta habitación, solo existían ellos dos.

— Te amo —susurró Maekar.

— Y yo a ti —respondió Baelor, besando su frente—. Más de lo que debería. Más de lo que nadie entendería.

La noche cayó lentamente sobre la capital, pero en esa cama, el fuego de dragón seguía ardiendo, eterno e imposible, entre dos príncipes que se negaban a renunciar al único amor que verdaderamente les importaba.

Y así, en la quietud de la Torre del Dragón, el beta y el alfa encontraron refugio en brazos prohibidos, sabiendo que su historia estaba escrita en las estrellas de sangre valyria, tan antigua y peligrosa como los dragones que alguna vez surcaron los cielos.