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Fuego En Invierno

Summary:

Maekar Odia a Alguien Tan Altivo y Estoico como Un Norteño, Para Sorpresa de Nadie, Eres Un Norteño, Hijo Del Lord Actual de Winterfell, "Enemigo" Declarado de Maekar, Pero Cuando La Pasión y La Tensión Explotan, No Hay Red Que Contenga Lo Que Nace

Work Text:

La Fortaleza Roja nunca te había parecido más sofocante que esta noche.

Tú, el heredero de Winterfell, hijo mayor del Lord Stark actual, habías llegado hacía tres semanas con una comitiva norteña para tratar los asuntos de las fronteras y los impuestos sobre la madera. A tus veintiséis años, ya cargabas con la seriedad propia de los tuyos: pocas palabras, mirada dura y una desconfianza natural hacia los sureños y sus juegos de poder.

Y entre todos los dragones de la corte, ninguno te irritaba tanto como Maekar Targaryen.

El cuarto hijo del rey Daeron II y la princesa Myriah Nymeros Martell tenía treinta años y una arrogancia que parecía tallada en fuego valyrio. Cabello blanco plateado que le caía hasta los hombros, ojos lilas fríos y una sonrisa torcida que usaba como arma. Cada vez que os cruzabais en los pasillos, él hacía algún comentario mordaz sobre “los lobos que se creen reyes en sus montañas” y tú respondías con un silencio gélido o una frase cortante que dejaba el aire cargado.

Esa noche, sin embargo, todo cambió.

Estabas en una de las terrazas superiores de la Fortaleza, lejos del bullicio del banquete, apoyado contra la piedra fría con una copa de vino en la mano. El viento del mar traía algo de alivio al calor pegajoso de Desembarco. No esperabas compañía.

— ¿Huyendo de la música, Stark? —dijo una voz sedosa a tu espalda.

Te giraste lentamente. Maekar estaba allí, sin corona ni adornos excesivos, solo una túnica negra con el dragón de tres cabezas bordado en rojo. Sus ojos lilas te observaban con esa mezcla de burla y curiosidad que siempre te ponía a la defensiva.

— Huyendo de las serpientes que hablan demasiado —respondiste sin alzar la voz.

Él soltó una risa baja y se acercó, apoyando los codos en la barandilla a tu lado. Demasiado cerca. Podías oler su aroma: un leve toque de fuego de dragón, miel y acero templado.

— Siempre tan cortante. ¿Todos los norteños sois así de… fríos? —preguntó, mirándote de reojo.

— Y los Targaryen siempre tan arrogantes. Creéis que el mundo os pertenece solo porque montasteis dragones hace siglos.

El silencio que siguió fue denso. Esperabas que se enfadara, que respondiera con alguna pulla afilada. En cambio, Maekar te miró directamente, sin la máscara habitual.

— Tal vez tengas razón —murmuró—. Pero incluso los dragones sienten frío a veces.

No supiste qué responder. Esa noche os separasteis sin más palabras, pero algo había cambiado en el aire entre vosotros.

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Los días siguientes fueron extraños.

Seguíais discutiendo en las reuniones del consejo menor, cuando él cuestionaba tus propuestas sobre el Norte y tú le reprochabas la ligereza sureña. Sin embargo, ahora las discusiones terminaban con miradas más largas de lo necesario. Una noche, después de una fuerte disputa en la sala de mapas, lo encontraste esperándote en el corredor.

— Eres insufrible —dijiste, pasando a su lado.

Maekar te sujetó del brazo, deteniéndote. Su agarre era firme, pero no agresivo.

— Y tú eres el único en esta maldita corte que no me miente a la cara —respondió, la voz más baja—. Eso me enfurece… y me intriga.

Sentiste el calor subir por tu cuello. Te soltaste y seguiste caminando, pero tu corazón latía más fuerte que después de cualquier batalla.

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Una semana después, la tensión estalló.

Era tarde. Habías bebido más de lo habitual tras una jornada agotadora de negociaciones. Al volver a tus aposentos asignados en la Torre de la Espada Blanca, lo encontraste allí, apoyado contra la puerta como si te estuviera esperando.

— ¿Qué haces aquí, Targaryen? —gruñiste, abriendo la puerta y entrando. Él te siguió sin pedir permiso.

— No lo sé —admitió, cerrando tras de sí—. Llevo días pensando en ti. En cómo me miras. En cómo me desafías.

Te giraste hacia él, la frustración y algo más oscuro hirviendo en tu pecho.

— ¿Y qué? ¿Quieres que te odie más? ¿O buscas otra cosa?

Maekar dio dos pasos y te acorraló contra la mesa de roble. Sus ojos lilas ardían.

— Quiero que dejes de fingir que no sientes lo mismo —susurró—. Quiero que admitas que cada vez que discutimos, en realidad quieres hacer otra cosa.

El beso fue brusco, casi violento. Tus manos se cerraron en su túnica, tirando de él, mientras sus dedos se hundían en tu cabello oscuro. Todo el odio acumulado se transformó en hambre pura. Lo empujaste contra la pared, él respondió girándoos, inmovilizándote con su cuerpo.

— Maldito seas —gruñiste contra su boca.

— Maldito seas tú —respondió él, mordiendo tu labio inferior.

La ropa cayó al suelo entre tirones y respiraciones entrecortadas. Maekar era fuego: intenso, exigente, apasionado. Tú eras hielo norteño, pero ese hielo se derretía bajo sus manos. Lo tomaste con fuerza, con rabia y con un deseo que llevabais semanas negando. Sus gemidos bajos contra tu cuello, tus manos marcando su piel pálida… todo se sentía inevitable.

Después, cuando yacíais enredados en las sábanas revueltas de tu cama, Maekar trazaba líneas perezosas sobre tu pecho con los dedos.

— Esto no puede ser público —murmuró, casi con tristeza.

— Lo sé —respondiste, mirando el techo—. Soy el heredero de Winterfell. Tú eres un príncipe dragón.

Él levantó la cabeza y te miró con una sonrisa pequeña, casi vulnerable.

— Entonces seremos enemigos delante de todos… y algo más cuando nadie mire.

Te giraste hacia él y, por primera vez, fuiste tú quien lo besó con suavidad. Un beso lento, exploratorio, que sellaba un pacto silencioso.

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Desde esa noche, la dinámica cambió.

En las cortes y banquetes seguíais lanzándoos pullas afiladas. Nadie sospechaba que, al caer la noche, Maekar se colaba en tus aposentos o tú encontrabas la forma de llegar hasta los suyos. Discutíais sobre el Norte y Dorne, sobre dragones y lobos, y terminabais enredados, sudados y riendo en voz baja cuando uno de los dos hacía un comentario sarcástico incluso en medio del placer.

Una madrugada, mientras el amanecer teñía de rosa las piedras rojas de la fortaleza, Maekar apoyó su frente contra la tuya.

— Nunca pensé que un lobo pudiera calentarme tanto —susurró.

Tú pasaste los dedos por su cabello blanco, sonriendo apenas.

— Y yo nunca pensé que un dragón pudiera ser tan… soportable.

Él soltó una risa suave y te besó una vez más.

En la Fortaleza Roja, entre intrigas y miradas ajenas, el heredero de Winterfell y el príncipe Targaryen habían encontrado algo peligroso y real: un amor que nacía del odio, forjado en fuego y hielo, y que ambos estaban dispuestos a proteger en secreto.

Por ahora, eso era suficiente.