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—Se aproximan por el Sur, señor.
Scaramouche se cruzó de brazos, caminando despacio de un lado a otro del gran salón. Hacía días que habían recibido la alerta sobre la presencia de los Fatui en el desierto, pero lo que en su momento fue un simple aviso sobre la presencia de uno o dos soldados ahora se había convertido en grupos enteros.
Sabía que la Matra de Sumeru estaría también al tanto. No había querido involucrarse demasiado justamente por ello, pero la urgencia creció cuando dichos grupos de Fatui empezaron a asentarse a pocos kilómetros del Templo del Silencio, una ubicación un tanto sospechosa si tenías en cuenta la gran extensión de desierto existente.
—¿Cuántos son? —preguntó tras detenerse para ver al emisor.
—No hemos podido contarlos exactamente, pero alrededor de unos treinta. Están divididos en tres grupos de diez. El primero que llegó al noreste, el otro al suroeste, y este nuevo.
Chasqueó la lengua y caminó hasta el pizarrón que había aun lado de la sala, con un gran mapa de la ubicación del Templo y los alrededores. Unas grandes equis rojas marcaban la ubicación de los dos previos asentamientos. Treinta parecían no ser muchos, pero si tenía en cuenta algo más…
— Están triangulando el Templo —masculló por lo bajo. La ubicación del Templo era información que se consideraba secreta. Era imposible de ubicar a no ser que te encontraras, literalmente, en la puerta. Los Fatui debían de saberlo, y por ello estaban intentando dar con la ubicación exacta. No sabía qué tipo de tecnologías tendrían a su alcance, pero no sería complicado que dieran con la ubicación si detectaban ciertas anomalías.
Eran el objetivo de ese grupo de Fatui, y no era de extrañar: el Templo del Silencio poseía todo tipo de sabiduría e información conocida y desconocida que podría llegar a ser peligrosa para el pueblo. Y buscaban algo.
—Organicen un grupo de no más de tres eremitas o llamaremos demasiado la atención. Nos acercaremos a ver qué traman.
Sethos caminó despacio por el asentamiento, acompañado de dos Fatui de menor rango que le hacían la vez de escoltas.
Estaban terminando de montar las últimas tiendas, mientras otro pequeño grupo de cuatro preparaban un artilugio justo en el medio, resguardado por el resto de Fatuis. Ya casi tenían la ubicación de aquel lugar. Si miraba al noroeste, el supuesto Templo debía ubicarse entre dos y hasta diez kilómetros de distancia. Era demasiado como para peinarlo caminando, y la entrada podría estar en cualquier lugar.
El artilugio en cuestión se trataba de un tipo de geolocalizador. Enviaba ondas y ultrasonidos en una dirección y los aparatos de los demás asentamientos las captaban. si había alguna interferencia o lectura que no coincidiese con el terreno, significaba que algo extraño había allí, algo oculto a la vista.
Una vez hubieran podido acotar más la ubicación que buscaban, entonces sí recorrerían la zona en busca de una entrada.
—Señor, quizá debería recogerse en una de las tiendas. Estar tan expuesto en el desierto puede ser pelig-
—Silencio. —le interrumpió Sethos lanzándole una mirada furtiva.— ¿Acaso te he pedido opinión? Estaré supervisando el montaje.
El soldado asintió con una leve reverencia, suspirando aliviado cuando el Sexto de los Once desvió la atención de él hacia el geolocalizador.
Ya estaba casi preparado. Aunque era eficaz, era desesperantemente lento. Aun era cuestión de un par de horas poder ponerlo en funcionamiento, y tardarían unas horas más en recibir la información en los demás artilugios de los asentamientos.
Miró a su alrededor. Habían buscado un punto estratégico a un par de niveles de altitud. No era facil verlos desde el camino que pasaba por abajo, y arriba apenas había terreno desde donde los pudieran emboscar. Había una leve colina, con unos matorrales y una zona bastante verde a unos cien o doscientos metros aproximadamente. Sería imposible que alguien se les acercase en aquella ubicación, tendrían que estar muy locos para-
Un segundo.
Sethos frunció el ceño, algo había precido moverse desde uno de esos arbustos. No estaba seguro de si sería solo un animalillo, pero iba a ser mejor confirmarlo.
—Vigilen por los alrededores y cubranme la espalda, hay algo que quiero comprobar.
El mismo soldado de antes volvió a estrar en estado de alerta.
—¿Usted solo, señor? Podría ser una trampa.
— Iré solo, he dicho. Solo vigilen a mi alrededor.
Scaramouche se encontraba agazapado antre algunos de aquellos matorrales cuando se dio cuenta de que había alertado al mismísimo pez gordo. Tenía que pensar rápido si no quería perder la ventaja de estar oculto. Los demás eremitas que iban con él estaban repartidos por los alrededores, cada uno separado, lo cual podía darles una ventaja si eran atrapados individualmente en vez de pillarlos a todos en conjunto. También llamarían menos la atención.
Se quedó muy quieto mientras el lider de los Fatui tomaba su arco y caminaba despacio hacia los arbustos. Contuvo la respiración. ¿Era posible que realmente hubiese llamado su atención? Cualquier movimiento en falso lo alertaría inmediatamente, más ahora que sus atentos ojos verdes estaban clavados en la hojarasca.
Conforme se acercaba pudo verlo mejor. ¿Realmente era uno de los altos? Era un muchacho joven, no especialmente mayor, al menos no lo mayor que esperarías cuando te hablan de los Once de los Fatui. Su piel morena destacaba de la del resto de soldados que se encontraban en el asentamiento, fácilmente podría hacerse pasar como habitante del desierto si así hubiera querido. Sus ojos verdes y afilados no se apartaban ni un segundo de donde había detectado el movimiento. Era curioso, pues era un verde con un tono muy cálido, pero mirarle le provocó una ola de frío en su cuerpo.
No pudo observar mucho más, puesto que el Fatui se detuvo y alzó el arco, apuntando directamente hacia allí. Iba a disparar, y tenía que tener mucha suerte si quería esquivar la flecha. Él también iba armado, obviamente, pero no tenía ningún arma a distancia, y salir ahora mismo del arbusto para abalanzarse en un ataque cuerpo a cuerpo era llamar al suicidio.
Quizá si esquivaba en el momento justo podría pasar desapercibido y lanzarse hacia él.
Se preparó para ello mientras le veía tensar la cuerda. Parecía realmente entrenado con el arco. Pero en apenas un segundo todo pareció cambiar de rumbo.
Un matojo rodante apareció de la nada desde detrás de Scaramouche, apenas a un par de metros a su lado, y chocó contra el arbusto. Esto provocó una agitación en las hojas que llamaron la repentina atención del castaño y, tomando aquello como una confirmación de que había alguien detrás , disparó sin vacilar.
Scaramouche se quedó sin aliento por unos segundos, viendo cómo la flecha se abría paso, veloz y mortal, a apenas un metro a su izquierda. Contuvo la respiración, aquella podía ser su oportunidad si jugaba bien sus cartas.
Confundido, el ojiverde de cabello rizado se acercó un par de pasos más. Habría jurado que desde lejos había visto una figura humana tras aquellos matorrales, y también acababan de moverse. ¿Cómo era posible que…?
Bajó la guardia apenas un milisegundo, suficiente para que Scaramouche agarrara con fuerza su cuchillo y se abalanzara hacia él.
No pretendía que el Fatui alertara al resto de sus guardias, por lo que fue directo a silenciarlo con una tela cubriendo su boca, acto seguido tiró de él hacia abajo para ocultarlo tras el arbusto con él, en su otra mano el cuchillo presionaba firmemente el bronceado cuello del contrario. El arco quedó tirado unos metros más lejos.
—Una sola palabra más alta de lo necesario y te abro la garganta. —Gruñó Scaramouche, quien sostenía con fuerza al contrario.
Era algo más musculoso que él y se resistía con bastante fuerza. Era consciente de que su ventaja la tenía por el afilado cuchillo que le amenazaba.
—Quién eres y por qué estás aquí. —comenzó preguntando.
El moreno rodó los ojos y dejó de revolverse por un momento. Scaramouche se quedó en silencio. Claro, si no le quitaba la tela de la boca no iba a poder hablar. La apartó ligeramente.
—Contesta. Una sola llamada de atención a tus soldados y estás muerto.
—Pfft. No estaba yo solo, mis soldados ya estaban vigilandome, te habrán visto, y en apenas dos segundos serás un pinchito en el desierto.
Dijo eso, pero no pasó nada. Scaramouche esbozó una sonrisa torcida.
—Yo tampoco iba solo, ¿sabes? es posible que los pinchitos ya sean tus soldados. —Agarró con más fuerza al contrario y le retorció un brazo tras la espalda. Un paso en falso y era brazo roto.— Responde, ¿quién eres y qué buscas?
— Soy Sethos, sexto de los Once, y yo que tú me vigilaría las espaldas como me pase algo. —Sethos ladeó ligeramente el rostro para poder observar a su atacante. Si quedaba en libertad quería ser capaz de acordarse bien de su cara.
Y bueno, no iba a ser dificil de olvidar. Era bastante llamativo para ser alguien que supuestamente habitaba en el desierto. Con la piel pálida y visiblemente suave era dificil pensar que se trataba de un eremita, casi podría hacerse pasar más por un erudito de la ciudad.
— ¿Desde cuando hay muñequitas de porcelana en el desierto de Sumeru? Esto es nuevo.
Scaramouche frunció el ceño y retorció más el brazo ajeno en su espalda, provocándole un ahogado quejido. ¿Todos los Fatui se creían tan intocables como para fanfarronear así a pesar de tener un brazo medio roto y un cuchillo en su cuello?
— ¿Qué buscas en el Templo del Silencio?
— Respuestas.
— ¿Respuestas a qué?
— Quiero saber qué pasó con los fragmentos del Ba.
Scaramouche se quedó congelado. Para nada era la respuesta que había esperado ni pensaba que el castaño respondiera tan facilmente. ¿Podía creerle? El Templo del Silencio estaba directamente relacionado con los fragmentos del Ba. Uno sabía dónde se encontraba, pero el paradero del segundo siempre fue un misterio incluso para los miembros del Templo. Siempre se había dado como desaparecido. ¿Podría ser que aquel…?
Aquel momento de titubeo fue suficiente como para que el llamado Sethos se zafase del agarre y pudiese liberar su brazo. Pensó que huiría, pero al contrario, pareció querer vengarse de él. Se volteó de pronto y empujó al pelinegro contra el suelo, sus manos sujetas sobre su cabeza, y le había arrancado el cuchillo de la mano para ahora ser él quien lo presionaba contra la blanca piel.
—Ya no somos tan valientes, ¿eh, muñequita? Supongo que eres alguien del Templo del Silencio. ¿El lider, quizá? Tienes un aura diferente a esos tontos eremitas que nos llevan espiando todos estos días.
Desde arriba pudo verlo mejor. Ya no solo era que no pareciese para nada del desierto, es que ni siquiera parecía para nada de Sumeru. Sus ojos rasgados y su piel blanquecina destacarían incluso entre la gente más blanca de la ciudad, acentuado por su cabello oscuro y lacio. Tenía los rasgos finos, casi afeminados, pero la furia en sus ojos contrastaba con todo aquello, dándole un aspecto mordaz.
—Soy Scaramouche, no muñequita.
— Como sea, Scaramouche. Quiero respuestas.
— No las tendrás. —jadeó. El peso del cuerpo ajeno sobre el propio le dificultaba la respiración.
—¿No? Volaré todo tu querido templo para encontrarlas, entonces. —Dijo, y apretó tanto el agarre en las muñecas ajenas como la presión del cuchillo en su cuello. Le ardía. El contrario se había inclinado hacia su rostro, como si el hecho de tenerle más cerca le fuese a intimidar más.
—Espera. No.
— ¿No?
—Cuando digo que no las tendrás es porque —le ardieron las muñecas y dejó escapar un quejido. Sethos quería que siguiera hablando, así que aflojó muy levemente.— n-no las tenemos. —mintió. Claro que sabía dónde estaba el fragmento que el Fatui buscaba.
—Qué inútiles. —masculló el moreno, apartando el cuchillo de su cuello.
Scaramouche se había mostrado dócil por un momento, sabía que no tenía ninguna ventaja desarmado y con las manos inmovilizadas, pero ahora fue él quien tomó la oportunidad. No tenía las manos libres, pero al menos ahora no tenía un cuchillo en su cuello. Cogió impulso y pateó al contrario en la espalda, haciendo que le soltara de golpe. Lanzó un puño ahora libre hacia el mentón ajeno. El impacto casi crujió. El Fatui se desequilibró y Scarmouche aprovechó para ser él quien le inmovilizara de nuevo, subiendose a horcajadas en su abdomen.
Parecía que estuvieran jugando a un tira y afloja nivel gana o muere. Sethos tenía ventaja físicamente, pero Scaramouche era capaz de encontrar sus debilidades y aprovecharlas.
—Quién eres. —preguntó.
—¿Otra vez? Soy Sethos. Sexto de los Fa-
—Eso ya lo sé, idiota. Pregunto que quién eres y si tienes alguna relación con los fragmentos.
Sus ojos estaban clavados en el ojiverde, quien le miraba con un deje de diversión en el gesto. No parecía verse amenazado, de hecho parecía estar pasándoselo bien. Un hilillo de sangre escurría de la comisura de sus labios, parecía que el impacto sí habia sido fuerte.
Su rostro emanaba una calidez que contrastaba con el resto de su actitud. ¿Cómo era posible?
El castaño no respondió. No tenía siquiera las manos sujetas, solo el cuerpo del lider del Templo aprisionándole contra el suelo. Podía apartarlo de un solo empujón, por supuesto, ya no había armas de por medio, el cuchillo había ido a parar bastante cerca de donde estaba también su arco.
Iba a obviar su pregunta, ¿verdad?
Llevaban con la vista clavada el uno en el otro aproximadamente unos largos segundos, casi un minuto. Ninguno dijo nada, ninguno volvió a atacar.
— Podemos hablar. —Scaramouche rompió el silencio.— Creo que tienes información.
—Para ser lider del Templo del Silencio parece que hablas mucho. —Scaramouche apretó los labios.
¿Y si lo noqueaba y ya? Solo le hacía falta agarrar una piedra y-
Una sensación cálida en su mejilla cortó aquel pensamiento de golpe. Le miró, le observaba como absorto, de pronto era como si hubiera perdido toda la maldad en su rostro. ¿De verdad era uno de los Fatui?
—Tu piel es tan suave como lo parece. —le oyó murmurar. ¿Era estúpido?
No dudó en alzar la mano para abofetearle en la otra mejilla, la que no sangraba (para hacerle sangrar también), pero el contrario fue más rápido y le sujetó la muñeca en el aire.
Un segundo después sintió también calor en sus labios. Sethos le estaba besando.
El calor se acumuló de golpe en sus mejillas. ¿Hacía unos minutos estaba intentando acuchillar a ese hombre y ahora le estaba besando? Surrealista.
Surrealista, pero su cuerpo se estremeció al contacto. Sus labios eran cálidos y más suaves de lo que había esperado de una boca tan mordaz. Olía a una mezcla de aire del desierto, carbón y aceite, posiblemente de toda la maquinaria que transportaban el resto de los Fatui. Su cuerpo se tensó, pero despacio cedió al beso.
Se separaron poco después. En el gesto ajeno se veía cierta satisfacción, aunque tenía el rostro tan agitado como él.
—Se supone que tú y yo teníamos que pelearnos hasta que solo sobreviviera uno. —Masculló Scaramouche, limpiandose los labios con el dorso de la mano.
Sethos solo se encogió de hombros.
— Bueno, respecto a lo de los fragmentos…
— Tengo la información que buscas. —confesó Scaramouche.— Toca el Templo del Silencio y no te la diré nunca. Mátame y la perderás.
— ¿Cual es tu propuesta entonces? Te escucho.
— Saca todas tus tropas de aquí, apaga esos cacharros que tienes de geolocalización. Luego vuelve. Solo.
Sethos se quedó en silencio, sopesando.
— Algo me dice que esto no es de interés para los Fatui si no algo personal. Ven en nombre de Sethos y no en nombre del Sexto de los Fatui, y podremos hablar.
Sethos se incorporó un poco, haciendo que Scaramouche se diera cuenta de que seguía a horcajadas del cuerpo ajeno. Se bajó rápidamente, pero cauteloso por si el Fatui volvía a atacar.
—Diré que me peleé con unos Hilichurl o algo —comentó.— No sé hasta qué punto será creíble que un Hilichurl me haya pegado un puñetazo.
Scaramouche exhaló aliviado. Vio por fin algo de luz al final de toda la situación con el Templo del Silencio y su ubicación seguiría oculta por el momento. Había conseguido hacer cambiar de opinión el Fatui y ganar algo de tiempo. Quizá sí que resultaba ser más cálido de lo que aparentaba ser.
Sin decir nada más Sethos se levantó, tomó su arco y se lo colocó a la espalda.
—Dos semanas.
—Dos semanas. —asintió Scaramouche.
El Fatui comenzó a alejarse caminando de allí, adecentándose un poco la ropa para que no pareciera que se había enzarzado en semejante rifirrafe. Cuando estuvo de vuelta al asentamiento, le oyó hablar a lo lejos, dejando a todos sus soldados confundidos.
—¡Cambio de planes! Apaguen ese trasto y avisen al resto de despliegues que volvemos. Tenemos cosas mejores que hacer que perder el tiempo aquí.
