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Luego de haber sido liberado de prisión, no le gustaba salir de casa. Cuando Dojima le decía que estaba prácticamente rehabilitado y que podía permitirse disfrutar de pequeños placeres, él lo negaba. Era considerado un monstruo por todos, como lo demostraban las miradas de reojo que recibía por la calle.
Sin embargo, aquel día su pareja estaba tan emocionada por compartir un momento especial con él fuera de casa, que finalmente accedió.
Se había salvado de la pena de muerte y de la condena perpetua, pero no del arresto domiciliario. El límite era Okina, así que tuvieron que conformarse con un restaurante barato de la zona. Para animar a Adachi, Dojima puso en la radio una canción pegadiza que sabía que le gustaría, sin cuestionarse lo mala que era. Tarareó un poco mientras miraba por la ventana, y pudo apreciar que era un domingo agradable con un sol brillante.
“Ryo.” Sonrió antes de decir la frase por completo. “No puedo creer que te hayas puesto traje para esto…”
“Es un día especial. Como una cita.”
“Sólo espero no arruinarlo.”
Hubo un silencio antes de que Dojima le acariciara bruscamente la cabeza, para tranquilizarlo como un gato. Un rubor vergonzoso le encendió las mejillas. “Tan negativo, Tohru.”
En otros tiempos, esa respuesta le habría ameritado un golpe, pero sabía que el corazón de su pareja se había ablandado con los años. Al igual que el suyo propio, que aunque a veces disfrutaba de ser molesto, había perdido la energía que antes tenía. Sobre todo por la cárcel: cuántas palizas había recibido por ser altanero. Con el tiempo descubrió que no valía la pena y que solo iba a prolongar la condena que debía cumplir. Prometió seguir las reglas de este mundo.
“Concéntrate en manejar.”
Vio el reflejo de Dojima en la ventana, y, como siempre, se le veía guapo. Los rayos de sol naranjas complementaban su rostro, haciéndolo parecer más bronceado. Luego miró su reflejo, pálido, con ojeras y un mal corte de cabello. Creía que su cara estaba deformada por lo torcida que se le veía al sonreír.
Su mano quedó congelada a medio camino de la puerta del auto. Los dedos le temblaban; estaba sudando, y respiraba tan rápido que se sentía ahogado, los pulmones no alcanzaban a llenarse.
“Oye, Tohru.”
Cerró los ojos. Inhaló, exhaló y contó hasta tres, un hábito que había adquirido con el tiempo. “Ya voy, ya voy”. El nerviosismo era notable en su voz; lo anterior no había funcionado.
Agarró la pequeña manija, pero antes de girarla, una mano más grande cubrió la suya y lo hizo detenerse. “No es necesario que hagas esto si no quieres, ¿lo sabes, verdad?”
El contacto fue reconfortante, tan reconfortante que casi de inmediato cada músculo de su cuerpo dejó de estar tenso. Asintió con la cabeza lentamente, comprendiendo, y susurró: “Quiero hacerlo”.
“Bien.”
Salieron juntos del auto y caminaron directamente hacia el restaurante, desconociendo qué tipo de comida se servía allí. Él nunca había visto ese local antes; en realidad, no había visto la mayoría de las cosas que ahora había en Okina. El mundo que conocía había cambiado y seguido su curso, y se veía forzado a lidiar con ello. Dojima eligió la mesa más escondida, cerca de una esquina, que tenía unas pequeñas velas. Reconocía el esfuerzo del local que a pesar de no tener clase, quería aparentar tenerla viéndose lo más agradable posible a la vista.
Quien ordenó la comida fue su novio, así que los platos serían una sorpresa. Distintos temas de conversación se le cruzaron por la mente, pero terminó quedándose callado; resultaba un poco raro. Seguro se notaba.
“Te ves bien hoy.”
El cumplido fue inesperado. “¿Tú crees?” Desvió la mirada jugando con la pequeña servilleta en la mesa. “No sé.”
“Anímate”, Dojima le observó, apoyando la mejilla sobre sus nudillos, tratando de hacer traslucir lo que sentía como si sus sentimientos tuvieran algún tipo de valor. Él se obligó a sonreír para calmar esa preocupación.
“También te ves bien.”
Quedaron en un silencio más tranquilo que el de antes, esperando, hasta que por detrás se escucharon unos pasos. Él encogió los hombros por instinto, escondiendo su rostro de la mesera, rogando que no se le reconociera, y por suerte los platos se sirvieron sin mayor problema. Llegó a considerar estar siendo paranoico, otra vez arruinando las cosas por su cuenta. “Gracias”, bruscamente enroscó entre sus dedos la servilleta con la que jugaba.
“Disfruten.”
Tragó saliva, soltando la ya arrugada servilleta y agarrando los cubiertos con un insistente temblor. Dojima ya comía delante de él, normalmente, pretendiendo no percibir sus nervios.
“Está delicioso”, dijo visiblemente alegre. “Prueba un poco”.
Adachi bajó la mirada hacia el plato. El vapor tibio le golpeó el rostro, y por un segundo, creyó ser capaz de ser normal. Cortó un trozo pequeño y se lo llevó a la boca, masticando el jugoso trozo. Esperaban su veredicto con una paciencia que no se merecía.
“¿Qué te parece?” Asintió.
“Está… bien.”
Pero su mano no dejaba de temblar. El cubierto chocó contra el plato con un sonido agudo que provocó un estremecimiento aún mayor en su cuerpo. Le ardía la garganta, se le cerraba.
“Lo siento”. Ver al hombre frente a él fruncir el ceño, confundido, hizo que la vergüenza floreciera en la piel de sus mejillas.
“¿Por qué?”
Acercó la mano a sus ojos, escondiendo sus párpados y la humedad que poco a poco brotaba de ellos. “Estoy arruinando esto. Lo estoy arruinando otra vez”.
“Tohru…”
“¡T-Te dije que esto iba a pasar!”. En el mantel se acumulaban las manchas. “No debería estar aquí, comiendo contigo, como si nada hubiera pasado”.
Cerró los ojos con fuerza al escuchar el arrastrar de la silla, esperando un regaño, o peor, que Dojima se levantara para sacarlo de allí por lástima. Hasta que una mano cálida rodeó su muñeca, obligándolo a bajar la mano que cubría su rostro. “Mírame, Tohru”, dijo con ese extraño tono entre lo firme y lo suave, el que usaba al hablar con testigos en sus días de servicio.
Forcejeó débilmente de lado a lado, por más que su corazón saltara de emoción ante el contacto. “Soy una persona horrible”, bajó la voz hasta convertirla en una fina vibración en el aire. “Me da asco cuando la gente me mira. Especialmente cuando tú lo haces”.
“Yo sé que has cambiado”.
“Mientes”, ignoró la mano que fue de sus muñecas a limpiar el trazo salado en sus mejillas. “Solo lo dices porque… eres demasiado bueno”.
La mandíbula de Dojima se apretó en una punzada de dolor. “¿Demasiado bueno?”
“Ojalá hubiera sido bueno”, los dedos siguieron sujetando los contornos de su rostro, tratando de disimular el temblor tan similar al suyo. “A veces pienso que si tan solo te hubiera invitado a cenar a casa una noche más. Si te hubiera preguntado cómo estás, de verdad... tal vez nada de esto habría pasado”.
De pronto, se vio a sí mismo años atrás en Inaba, con el traje mal puesto y la sonrisa cínica pegada a la cara como una máscara de plástico. Recordó las noches en las que lo invitaban a cenar lo que hubiera en el refrigerador mientras Nanako reía en un rincón. Recordó la calidez de esa sala de estar y el sonido del televisor encendido con la canción pegadiza de comerciales de fondo. En aquel entonces, cada gesto de amabilidad de Dojima le resultaba un insulto, una debilidad que despreciaba porque él no poseía la capacidad de sentirla.
“No fue tu culpa”, balbuceó; el nudo en su garganta se desató en sollozos. “¿Ves que eres demasiado bueno?”
Tales gestos de amabilidad todavía le revolvían el estómago en náuseas. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Dojima, buscando esa chispa de ira o decepción que confirmara su propia visión de sí mismo. “¿Recuerdas a Mayumi Yamano? ¿A Saki Konishi?”. Las mencionó a propósito, conociendo el peso de los nombres. “A veces, cuando cierro los ojos, aún puedo sentir la adrenalina”.
Eso tenía que ser suficiente para hacer ver al gran monstruo, para que Dojima se levantara de su silla, lo abandonara. Pero sorprendentemente no fue así. Había cerrado los ojos con fuerza, temiendo su respuesta, y en medio de la oscuridad, unos labios se acercaron a los suyos.
“Cállate ya”. Al levantar los párpados para mirarlo recibió suaves palmadas en la mejilla, soltando los últimos sollozos de su boca. “Sé lo que hiciste, investigué el caso por casi un año ¿lo olvidas?”.
“Y lo dejaste cuando descubriste que yo era el culpable”.
El comentario quedó flotando en el aire del restaurante, hasta que fue interrumpido por su propia risa amarga.
“Mírate”, insistió, señalando vagamente su reflejo difuso en el cristal del vaso. “Mírame a mí. Mírate a ti, un hombre respetable y mira el desastre que tienes al lado. Estoy pálido, tengo un mal corte de cabello, las ojeras me llegan a la mandíbula y... soy una mala persona, Ryotaro. Soy feo. ¡Soy un monstruo!”.
Dojima no se apartó, ni retiró la mano de su rostro; contrario a lo que esperaba, sus dedos pulgares acariciaron con suavidad por encima de las ojeras que tanto le acomplejaban. La calidez le transmitía una sensación de veracidad mejor que cualquier palabra. “¿Un monstruo? No, eres un idiota”, fue visto desde arriba igual que a un niño al que regañan, sin ser realmente severo. “Soy policía, he visto monstruos feos de verdad. Tú te estás recuperando”.
“No me estoy recuperando, lo volvería a hacer”.
“Sientes culpa”, el aire involuntariamente salió de su boca en un suspiro, retirando las manos para finalmente volver a agarrar los palillos. “No lo volverías a hacer”, decía de a poco con la boca llena.
Adachi abrió la boca con los dientes apretados y cientos de palabras amontonándosele en la punta de la lengua, desesperado por escupir otra provocación que mostrara al verdadero yo que creía seguir teniendo dentro. Sin embargo apenas pudo expresar un gemido quejumbroso, la voz se le atascó justo al fondo de la garganta reseca. Frustrado por su propia debilidad, desvió el rostro bruscamente hacia la pared, llevándose los dedos a los rastros de lágrimas que quedaban. Respirando profundamente, obligando a sus pulmones a estabilizarse con el infalible método.
Los palillos se acomodaron perfectamente en su mano y pronto volvió a comer junto a su pareja, incluso si se escuchaban unos cuantos murmullos atrás suyo. Devoró el platillo de forma mecánica, impulsado por la necesidad imperiosa de mantenerse ocupado y mantener la mente vacía, hasta que unos ojos le empezaron a quemar la piel. “¿Sabes, Adachi? Me pareces atractivo”.
Esa pequeña sonrisa en su cara al terminar de hablar le fue contagiosa. Con los labios cayendo más para la derecha que la izquierda y las mejillas teñidas en rojo, sonrió de igual forma. “I-Idiota…”
Por debajo de la mesa las piernas de él rozaron la tela de las de Dojima, que estaba ahí. Sabía quién era, la sombra de lo que había sido iba a acechar el resto de su vida, y objetivamente, ni la comida caliente, ni el traje limpio, ni el amor incondicional eran merecidos. No merecía ser feliz.
Entonces podía elegir la honestidad de su propia miseria, podía levantarse, confesar de nuevo sus crímenes a gritos, recordar las noches de niebla en Inaba y obligar a Dojima a ver la realidad.
O podía ser un egoísta.
Por una vez en su vida, decidió que ser el villano significaba precisamente eso: tomar lo que no le correspondía. Si el mundo ya lo consideraba una escoria, ¿qué importaba añadir un pecado más a la lista? El pecado de permitirse ser amado.
