Chapter Text
La Federación la había llamado una tarea sencilla.
No había nada sencillo en ello.
Durante años, el Norte y el Régimen habían permanecido al borde de la guerra, balanceándose constantemente entre una paz frágil y un colapso total. Cada encuentro entre ambos se sentía como una hoja afilada presionada contra la piel: un movimiento equivocado, un malentendido, una sola muerte, y todo terminaría por romperse.
El Norte lo llamaba supervivencia.
El Régimen lo llamaba control.
La Federación lo llamaba oportunidad.
Porque mientras ambas facciones se desgastaban luchando entre sí, ninguna tenía fuerzas suficientes para mirar al verdadero enemigo que se alzaba por encima de todos ellos.
La Federación quería obediencia. Control absoluto. Ninguna resistencia. Ninguna alianza.
Y últimamente, tanto el Norte como el Régimen se habían convertido en problemas peligrosos.
Demasiado independientes.
Demasiado desafiantes.
Demasiado dispuestos a cuestionar las cadenas invisibles que se cerraban cada vez más alrededor de la isla.
Peor aún, habían comenzado a aparecer señales. Al principio pequeñas, casi insignificantes, pero suficientes para preocupar a la Federación.
Indicios de que el Norte y el Régimen podrían dejar de destrozarse mutuamente el tiempo suficiente como para unirse contra ella.
Eso jamás podía ocurrir.
Así que la Federación decidió destruirlos antes de que siquiera tuvieran la oportunidad.
Y sabía exactamente dónde golpear.
La mayor fortaleza del Norte siempre había sido también su mayor debilidad:
Se amaban demasiado.
Eran leales hasta el punto de la autodestrucción. Luchaban unos por otros. Sangraban unos por otros. Morían unos por otros.
“Familia” no era simplemente una palabra dentro del Norte.
Era ley.
La Federación entendía eso.
El amor volvía a las personas predecibles.
El amor las hacía fáciles de manipular.
El amor les daba “Pressure Points”, puntos débiles.
Y el punto más vulnerable de Aldo siempre había sido dolorosamente evidente.
Su hermanita.
La orden que le habían dado era clara:
Eliminar miembros del Régimen.
Escalar las tensiones.
Provocar represalias.
Provocar miedo.
Provocar guerra.
Aldo no lo había hecho.
Quizás no pudo.
Quizás no quiso.
A la Federación no le importaba la razón.
La desobediencia seguía siendo desobediencia.
Así que decidió recordarle lo que les ocurría a quienes se negaban a obedecer.
—
Molly había pasado gran parte del día decorando su habitación.
Era una tontería, sinceramente.
Tal vez incluso una pérdida de tiempo.
Pero después de semanas de caos, paranoia, alarmas constantes y Cucurucho apareciendo en cada esquina como una pesadilla incapaz de morir, había querido algo normal por una vez.
Aunque "normal" solo significara colgar luces torcidas y discutir consigo misma dónde colocar unos marcos de fotos.
Pequeñas luces colgaban de forma desigual del techo.
Un marco vacío adornaba una de las paredes.
Había bloques dispersos, pintura, flores y un caos absoluto por todas partes.
Y aun así, estaba orgullosa de ello.
Por primera vez en semanas, aquella habitación volvía a sentirse suya.
La alarma resonando por toda la mansión estuvo a punto de hacerla gritar.
Otra vez.
—¿En serio? —murmuró entre dientes, sintiendo cómo comenzaba a formársele un dolor de cabeza.
Ni siquiera era la primera emergencia del día.
Horas antes, Alondra había provocado un ataque de pánico colectivo porque alguien había robado otra de aquellas ridículas "ofrendas de paz".
The Kelp of Peace
O tal vez ahora era The Carrot of Peace.
Molly ya ni siquiera lo recordaba.
Los objetos desaparecían todos los días y, cada vez que ocurría, Alondra o Juan reaccionaban como si la civilización estuviera a punto de colapsar.
Probablemente cualquiera fuera del Norte encontraría aquello divertido.
Refunfuñando para sí misma, salió de la habitación y caminó hacia el origen de la alarma.
—¿Alondra? —llamó mientras avanzaba por el pasillo—. ¿Qué pasó ahora?
No hubo respuesta.
Molly frunció el ceño.
La mansión nunca estaba en silencio.
Siempre había alguien hablando.
Discutiendo.
Riendo.
Corriendo de un lado a otro.
Pero ahora...
Nada.
Ni una sola voz.
Ni un solo paso.
—...¿Alondra?
Silencio.
Entonces la escuchó.
Una risa distorsionada.
Metálica.
Su cuerpo entero se tensó al instante.
Lentamente, Molly se giró.
—¿Cucurucho...?
El nombre apenas abandonó sus labios cuando el mundo desapareció.
La mansión se esfumó.
Sin transición.
Sin advertencia.
Parpadeó una vez y la realidad misma fue arrancada de su alrededor.
De repente estaba en una enorme habitación blanca.
Vacía.
Interminable.
Las paredes, el suelo y el techo compartían el mismo tono estéril de blanco, tan deslumbrante que le lastimaba la vista.
El aire olía a algo artificial.
Frío.
Cortante.
Como químicos y metal.
No había ventanas.
No había salida.
No había ningún sonido aparte de la suave distorsión electrónica proveniente de la figura que se encontraba a varios metros de distancia.
Cucurucho permanecía junto a una puerta metálica al otro extremo de la sala.
Completamente inmóvil.
Con la máscara ligeramente inclinada hacia ella.
Observándola.
El corazón de Molly comenzó a golpear con fuerza contra sus costillas.
—¿Cucurucho...? —preguntó con cautela—. ¿Qué es este lugar?
No obtuvo respuesta.
Un nudo se formó en su estómago.
—¿Por qué estoy aquí?
Nada.
El miedo empezó a deslizarse bajo su piel.
Rápido.
Frío.
Porque esta no era la primera vez que Cucurucho los acorralaba.
No era la primera vez que los cazaba.
No era la primera vez que intentaba matarlos.
Por instinto, Molly dio un pequeño paso hacia atrás mientras llevaba una mano por encima del hombro, buscando el familiar mango de su hacha doble.
Nada.
Su respiración se cortó.
La había dejado en su habitación mientras decoraba.
Por primera vez desde que apareció en aquella sala blanca, el auténtico pánico cruzó su rostro.
Su otra mano se movió de inmediato hacia su warp stone.
Si lograba escapar—
Finalmente, Cucurucho habló.
—Disfruta la Isla.
La voz se deformó de manera antinatural, envuelta en estática y una diversión enfermiza.
Molly se quedó inmóvil medio segundo. Confundida.
Entonces el mundo pareció explotar.
Mobs aparecieron de la nada.
Esqueletos. Wither Skeletons. Arañas.
Demasiados.
Las flechas volaron antes siquiera de que pudiera reaccionar.
Una se clavó en su hombro con tanta fuerza que la hizo girar de lado, enviando su warp stone al suelo, deslizándose hasta el extremo opuesto de la habitación.
Otra impactó contra sus costillas.
El dolor estalló dentro de ella con tal violencia que le arrancó el aire de los pulmones.
Molly tropezó hacia atrás, intentando alcanzar al esqueleto más cercano con las manos vacías.
Pero un Wither Skeleton la golpeó primero.
La agonía la atravesó cuando la espada abrió un profundo corte en su costado.
El efecto del Wither se extendió de inmediato bajo su piel como un fuego venenoso, drenando sus fuerzas tan rápido que sus rodillas estuvieron a punto de ceder en ese mismo instante.
La habitación comenzó a desdibujarse.
No tenía armas.
No tenía armadura.
No tenía escapatoria.
Los mobs se cerraban sobre ella.
Y aun así luchó.
No tenía otra opción.
No iba a rendirse en silencio.
Estaba aterrada, herida. Completamente superada en número. Aun así luchó.
Empujó a un esqueleto con suficiente fuerza como para derribarlo.
Arrancó una flecha de otro antes de que una araña la lanzara al suelo.
Pateó a ciegas, jadeando entre espasmos de dolor, arrastrándose desesperadamente hacia su warp stone.
Otra espada golpeó su espalda.
Otra flecha atravesó su pierna.
El efecto del Wither siguió extendiéndose.
Todo comenzó a sentirse distante.
Pesado.
Su cuerpo dejó de responder correctamente.
A través del zumbido en sus oídos volvió a escucharla.
Esa horrible risa mecánica.
Cucurucho no solo estaba observando.
Lo estaba disfrutando.
Se estaba burlando de ella.
Las manos de Molly temblaron violentamente contra las baldosas blancas.
La sangre se extendió bajo sus dedos cuando las últimas fuerzas que le quedaban finalmente la abandonaron.
Sus brazos cedieron.
Sus rodillas cedieron.
Y el resto de su cuerpo cayó junto con ellas.
Poco a poco, el suelo blanco e impecable comenzó a teñirse de rojo.
Su visión parpadeó. Se volvió borrosa. Oscura.
Apenas podía sentir ya los ataques de los mobs.
Todo dolía demasiado como para distinguir un dolor de otro.
Lo último que escuchó antes de que la consciencia la abandonara por completo fue la risa de Cucurucho una vez más.
Fría.
Artificial.
Inhumana.
Y entonces...
Todo se volvió negro.
