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Mira mi niño las estrellas brillan sobre nosotros

Summary:

Un pequeño vistazo a la vida de Juan Qubito: hijo, padre, mejor amigo y esposo; un día cualquiera en la mansión del norte.

Notes:

Hola hola! esta historia esta escrita en un español "neutro", sin modismos por ahora, porque me dio cosita no retratarlo bien :) Aun así, espero que les guste este pequeño relato que llevo días planeando.
Pd: esta historia trata de CUBITOS DE MINECRAFT, NO de PERSONAS REALES y esta hecha de fans para fans.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

"Mira hacia el cielo
Y olvida ese lánguido temor
Que fue permanente emoción"
Mira mi niña, Los Jaibas

Las mañanas de Juan Qubito eran tranquilas, viviendo en la misma rutina reconfortante, día tras día: comenzaba temprano, con la cálida y reconfortante presencia de su esposo a su lado. Se levanta a las siete de la mañana, prepara el desayuno aun en pijama —un café negro para él y un té de hierba para su esposo (algunas veces dos cafés, si la noche fue muy difícil), junto a unos huevos revueltos y unas tostadas—, moviéndose por toda la cocina de la casa, con música suave en el fondo. De vez en cuando, levanta la vista hacia el monitor de bebés apoyado en la mesada, donde la pantalla muestra a su bebé dormido en su cuna, ajeno al mundo que lo rodea; su esposo aparece en algún momento, ya vestido de pies a cabeza, con un aire relajado, besa su cabello castaño a modo de saludo y comienzan a desayunar. Pero cuando su hijo despierta, es cuando realmente comienza el día. Toma al pequeño consigo, ya comido y vestido con ropa cómoda para el día, se despide de su esposo y baja hacia las dependencias principales de la mansión del Norte, donde su trabajo le espera.

Recorre los pasillos de arenisca y madera con confianza con su hijo bien sujeto en sus brazos; conoce cada pasillo, cada puerta y trampilla que lleva a su oficina junto al despacho del rey Vegetta, y antes de siquiera entrar a su lugar, se da cuenta de que este día no será como cualquier otro.

“¿Aldo…?” Mirando la ventana, con las manos entrelazadas en su espalda y con la pose recta de un soldado, se encuentra el general de guerra del Norte. El hombre se gira al escuchar su nombre, y por un momento su expresión seria se quiebra al ver a Killian, esbozando una sonrisa pequeña en dirección al bebé.

“Juan, Killian…”, saluda. Su tono es suave, pero su semblante se mantiene cerrado y directo. “Necesitamos hablar”

“Buenos días para ti también. ¿A qué se debe esta urgencia? Estoy casi seguro de que dejamos la reunión para las 3”, murmura pensativo mientras lleva su mirada al gran calendario en una de las paredes, con los días marcados con palabras, círculos y líneas, buscando corroborar sus propias palabras.

Aldo no responde de inmediato, así que Juan aprovecha el silencio para llevar a Killian a su silla, acomodándolo mientras el pequeño protesta, al ser alejado de los brazos de su padre.

Niño mimoso, susurra burlón mientras se inclina y deja un beso en sus ondas desordenadas.

“Es sobre el Régimen”, dice Aldo finalmente.

Juan se gira rápidamente: “¿Ash...?”

“Ha surgido una nueva alianza entre el Régimen y los Polacos, alianza que no está bajo los acuerdos de los reinos. La federación no está muy feliz”. Hay una pausa, da unos pasos hacia el escritorio, toma uno de los papeles sobre él y se lo extiende a Juan. “Me llegó este comunicado anoche. La cosa no pinta bien, Juan… Nos están pidiendo que tomemos una posición”.

“¿Quieren una guerra?” pregunta en un tono bajo, sus palabras pesan en su boca mientras lee la carta, la letra firme y descuidada.

“No, exactamente. Pero quieren explicaciones”.

“¿Entonces?”

“Si no se maneja bien, puede haber una guerra… sabes bien cómo es la relación entre los del régimen y la federación”. Aldo lleva una de sus manos al escritorio, trazando las líneas en la madera con el ceño fruncido. “Tu esposo va a meterse en graves problemas, Juan. Si lo me dicen es cierto, esta podría ser la excusa perfecta para una guerra”.

“¿Y las otras fracciones?”

“Los franceses están más que felices. Los holandeses están preocupados…” el más alto hace una pausa, observando a Juan con cuidado.

“Mierda” Juan baja la carta, su mano instintivamente va a su cabeza, acariciando con fuerza su frente. Es demasiado temprano para esto…

“Quizás hace dos años habría estado más que feliz con una guerra contra el Régimen. Los dioses me salven de no haberlo deseado tanto… pero ahora”. Ambos hombres llevan su mirada a Killian quien, ajeno al mundo que lo rodea, juega con un sonajero en forma de zanahoria.

“¿Hablaste con Vegetta?” pregunta Qubito.

“Quería hablarlo contigo antes”.

Juan suspira y se deja caer en su silla de cuero.

Juan llama a la puerta del despacho real con los nudillos, uno, dos toques. Killian se ha quedado junto a Tina y la Princesa Molly.

“Adelante, hijo mío”

El rey Vegetta está sentado detrás de su escritorio, con varios documentos desplegados frente a él y una taza de café humeante a un lado. El hombre mayor levanta la vista apenas un segundo al verlo entrar y una sonrisa cálida y breve se posa en sus labios en señal de bienvenida.

“Por tu cara, Aldo ya hablo contigo entonces”, dice recostándose en su silla.

“¿Ya lo sabes?”

“Hace unas noches Ash vino a mi oficina”, Vegetta entrelaza los dedos sobre el escritorio. “Me pidió un consejo, ya sabes, de líder a líder”, el rey lo observa con atención. Se conocen hace mucho tiempo, siempre ha tratado a Juan como uno de sus hijos a pesar de no serlo (aun cuando parte de ellos habían sido adoptados, todos parecían dignos hijos de Vegetta de Luque). “El acuerdo es… estratégico, hay un informante entre sus filas que está dando información a la Federación, y por la carta, parece ser cierto”.

“¿Está en peligro?” pregunta Juan antes de siquiera poder evitarlo.

“Depende de cuánto tarde en encontrar al informante”, responde el rey con cuidado. “Y si el Oso decide actuar antes de que lo haga…”.

“¿Cuánto tiempo tiene?”.

“El suficiente, si todo sale como está planeado”.

Juan asiente despacio, procesando la información: “Aldo no sabe nada de esto, ¿cierto?”

“No”, confirma el rey, “y así debe quedarse por ahora… mientras menos gente lo sepa, es mejor”.

El segundo al mando suspira, dejándose caer sutilmente en la silla cubriendo su rostro con preocupación. Miles de pensamientos pasan por su cabeza, casi puede ver a su esposo en el panteón del régimen, caminando de lado a lado mientras Harper con su estoica presencia recita listas y tacha nombres. Puede ver los ojos violetas de Ash, con el peso de su región en sus hombros, puede ver al Oso con su sonrisa cruel, junto al informante sin rostro y su gente, trazando el plan de guerra.

Ni siquiera se da cuenta cuando el rey se levanta y camina hacia él, su presencia reconfortante se alza ante él, y una mano descansa en su hombro. “Ash es un hombre fuerte e inteligente, Juan. Todo saldrá bien, confía en él”.

“No es en él en quien no confió…”.

El día pasa demasiado rápido y a la vez, lo suficientemente lento para tener espacios para pensar demasiado. Juan se siente cada vez más inquieto mientras pasan las horas, ni siquiera la presencia reconfortante de Foolish (que aparece pasado el almuerzo, luego de una larga mañana bajo el sol del norte, desprende el olor de alguien que ha pasado mucho tiempo con madera, arenisca y piedra) le quita los nervios, aunque no es por falta de intentos.

Foolish se asoma por la puerta con una sonrisa relajada en sus labios: “¡Buenos días, Juan!”, tararea con entusiasmo mientras entra a la oficina. “Necesitamos encargar más madera de roble, ¿aún tienes el contacto de Robleis?”

“¿Mmh que?” Juan alza la mirada y parpadea un par de veces, como si no lo hubiera estado escuchando.

“Madera de Roble, amigo… ¿Estas bien?”

“Sí, sí, lo siento… eh, sí, claro, tengo el contacto… está…” Abre uno de los cajones del escritorio y comienza a buscar la libreta de contactos, para ello saca un montón de papeles y lápices. “¡Aquí esta! ¿Quieres que lo llame ahora?”.

“Nah, pareces bastante ocupado, puedo llamarlo yo, no te preocupes.” Foolish parece querer decir algo más, quizás volver a preguntar si está realmente todo bien.

“¡Fú-fú!” balbucea una voz infantil una y otra vez, pidiendo no ser ignorada. “Fuuu nnngh…”

“Oh, lo siento, Kikiboy”, Tarare el hombre, con ese tono de voz que solo usa con el pequeño. Killian en respuesta levanta ambos brazos y patea con las piernas, haciendo reír a ambos adultos. “¿Puedes perdonarme por ignorarte, amigo?”.

Juan observa desde su escritorio como Foolish toma al pequeño en sus brazos con naturalidad, alzándolo sutilmente mas arriba para sacarle una risa al bebé, borrando la molestia anterior. Lo mantiene frente a su rostro, mirándose a los ojos, mientras Killian responde con un balbuceo largo y muy serio, como si efectivamente tuviera mucho que decir. 

“Aja”, asiente Foolish, en un tono quizás demasiado —fingidamente— serio para estar hablando con un bebé, “Entiendo, entiendo, toda la razón, amigo”.

Juan cubre su boca, intentando ocultar la sonrisa enternecida en sus labios, y niega con la cabeza.

“Así que papá, está de mal humor hoy ¿eh? Te ha estado ignorando y solo está trabajando”, pregunta Foolish al infante quien ríe al ser levantado con brusquedad, pero con cuidado, nuevamente. “Sí, sí”, asiente ante los balbuceos.

“¿Has comido ya?”, continúa Foolish, pasando al bebé a su pecho, donde se acomoda mientras sus manitos se enredan en el cabello largo del adulto que lo tiene en brazos. “Ya veo, ¿y papá? Porque tiene la cara de un hombre que lo último que comió fue el desayuno”.

“He comido”, responde Juan, aunque su amigo parece ignorarlo, mientras mueve en sus brazos al bebé.

“Un café y unas galletas entonces… ¿eso no es comer, no te parece?”

Juan frunce el ceño y suspira sonoramente: “Estoy bien, Fool”

“Mmh” responde, no muy convencido y mira a Killian como si esperara su opinión, aun cuando el pequeño lentamente ha comenzado a cerrar sus ojos. “No tienes que cargar con todo, Juan, mucho menos si con eso te estás descuidando”, dice en un tono serio, tras una pausa significativa, dejando de bromear por un momento. Los ojos verdes como esmeraldas lo observan con atención nuevamente, por lo que Juan mira el suelo apenado. Foolish parece pensar sus próximas palabras por un par de minutos hasta que se decide. “Estoy aquí, ¿okey?, si quieres hablar… no por nada soy tu amigo”.

“Lo sé”, dice Juan finalmente “Gracias Amigo...”, el otro hombre asiente con solemnidad y deja un suave beso en la frente del pequeño en sus brazos que ya se encuentra completamente dormido.

“Bien, me llevaré a Kikiboy a una siesta, mientras tú, Juan Qubito, vas a buscar algo a la cocina; le pedí a Molly que te guardara algo.”

Luego de una pausa para almorzar, Juan vuelve a concentrarse en el trabajo y en cuidar a su hijo. Killian tiene tan solo ocho meses, por tanto, es cada vez más activo y atento a todo mientras más crece. En este momento se encuentra en su silla, con bloques de muchos colores y su osito Teddy en su regazo, siendo los balbuceos de bebé y el sonido plástico de los cubos su más grande compañía en medio del silencio de la oficina.

Al menos es así hasta pasada la tarde, cuando Killian lanza un gorjeo particularmente insistente en dirección de su padre y con la suficiente fuerza de un bebé, toma uno de los bloques y lo empuja, frustrado. Juan levanta la vista del conjunto de documentos y papeles, que lleva media hora mirando sin realmente leerlos. Unos grandes ojos castaños, con pestañas tupidas y lágrimas mal contenidas, lo observan con atención, con el ceño fruncido en un puchero.

“¿Qué?” murmura Juan, como si el bebé, con su vasto vocabulario, pudiera siquiera responderle. Killian vuelve a balbucear, pero esta vez alza sus bracitos hacia arriba, con insistencia. Una risa escapa del mayor, deja el documento a un lado y se acerca al pequeño. “Te has cansado de estar en la silla, ¿eh?”. Lo levanta y lo lleva a su pecho, dejando que su hijo se aferre a su cuello de inmediato, mientras comienza a mecerlo. Juan mira la pared frente a él y sus cejas se juntan con preocupación cuando ve la hora: 18:05.

“Oh mierda, lo siento Kiki, estamos cerca de tu sueño de belleza ¿no, mi amor?” tararea con voz suave, mientras camina hacia la salida. Él bebe responde con un balbuceo, mientras se acomoda en su hombro, con un suspiro satisfecho: “vamos entonces… una ducha y a dormir, ¿qué te parece?”.

Música suave resuena entre las paredes mientras la lámpara con una estrella verde ilumina la penumbra del cuarto matrimonial. Killian duerme en su cuna, bajo el ojo atento de su padre, quien se encuentra mirando la pared frente a él decorada con cuadros familiares, sentado al borde de su cama. El cansancio del día pesa sobre su cuerpo, pero el miedo y la incertidumbre de lo que pasará con la Federación lo mantienen quieto en su sitio.

Las palabras de Vegetta se mantienen como un mantra.

Juan conoce a su esposo, sabe cómo piensa, cómo se mueve y cómo toma decisiones con la frialdad de un líder que fue criado para trabajar bajo presión. Sabe que es un hombre que no actúa bajo sus impulsos, pero también sabe que el Oso Blanco no juega ni jugará nunca limpio, que la Federación lleva años buscando una excusa para sembrar el caos entre los reinos, esta es su excusa y Ash, su Ash, es el medio para ello.

Sus manos no se quedan quietas, se mueven en la tela, siguiendo la forma de las líneas de su pantalon. Suelta un suspiro y mira a su hijo. El pequeño duerme con los brazos abiertos, como una estrellita demasiado pequeña, y con la boca abierta y babeada, la manta cubre solo sus pies —los dioses saben que no puede quedarse tranquilo cuando duerme—.

“¿Qué mundo le estamos preparando, Ash?” murmura a la oscuridad con una sonrisa triste.

“No lo sé… quiero creer que el mejor que podamos”

“¡Ash!” Se levanta instintivamente. Sus ojos castaños se encuentran con los violetas al otro lado de la habitación, y una sonrisa pequeña e idéntica a la de su esposo se alza en sus labios, tímida y sutil.

Ash se ve cansado: el cabello siempre impecable hoy descansa bajo una cola desordenada, el traje sin la chaqueta morada y dorada está arrugado en los bordes y los botones están sueltos, pero son las ojeras que no estaban esta mañana, lo que destroza a Juan. 

El mayor da un par de pasos adelante y abre los brazos sin decir nada más, el más alto cruza la distancia  y finalmente se abrazan. Los brazos de Ash rodean su cuello, los suyos propios van directo a su cintura; su esposo entierra el rostro en su cuello con un suspiro largo y placentero, sin poder contenerse, permitiéndose este pequeño momento de libertad.

“Hola”, dice Ash mientras su nariz acaricia la piel de su cuello, haciendo que Juan se derrita por dentro.

“Hola…” Juan se acomoda, su mejilla contra los rulos suaves: “Así que una guerra ¿eh?”

“No aún… pero sí”

“Mmh…”, permanecen así un momento, sin moverse, solo ellos dos. Ash suspira sonoramente y se aleja de su escondite para mirarse a los ojos.

“¿Sabes ya lo del informante?”

“Vegetta me contó lo suficiente”

“Okey, bien… sí”, asiente rápidamente. Ash levanta su mirada pasando sobre él hasta la cuna a sus espaldas, donde Killian duerme: “Lo voy a encontrar, Juan…”

“Lo sé”

“Y cuando lo haga, yo-…”

Juan se aleja sutilmente y rápidamente mueve sus manos al rostro de su esposo, para llevar su mirada de vuelta a él. “Hey… Lo sé, saldrá bien… confío en ti, Ash”.

“¿Lo haces?” Juan acaricia sus mejillas con los pulgares y le sonríe con una dulzura burlona.

“Ash…” arquea una ceja “¿estás preguntando en serio?”

“Si”

Amigo, me casé contigo...” se burla.

“Eso no responde mi pregunta, amigo”. La última palabra se arrastra en su lengua, sacándole una pequeña risa a su esposo, mientras niega con cariño.

“Okey bien, siempre he confiado en ti, Ash Manuel”, alza ambas cejas antes y se inclina para dejar un beso en la punta de su nariz. “Incluso cuando no me cuentas cosas”.

Juan siente cómo el más joven se paraliza en su lugar ante ello y antes de que siquiera pueda terminar de decir su nombre, le aclara: “No tienes que explicarme nada esta noche… tendremos tiempo”.

“¿Seguro?”

“Claro, nadie va a evitar que no te vaya a regañar por ocultármelo, a mí, tu esposo”, recalca Juan mientras le aprieta las mejillas, haciéndolo formar un puchero pronunciado, pero sin hacerle daño. “Pero por hoy ¿qué te parece una película y a dormir?”.

El chico asiente despacio, con el puchero todavía en sus labios y algo más cálido en sus ojos morados. Juan suelta sus mejillas y se inclina hacia él. El beso es breve y tranquilo, sus labios apenas se rozan antes de separarse. Ash lo sigue un instante con los ojos cerrados y sus manos en su cintura, donde engancha los dedos en la hebilla del pantalón, como si no quisiera que termine, haciendo sonreír a Juan contra sus labios, antes de alejarse del todo.

“Ash…”

“¿Mmh...?”

“¿Película?” Juan lo mira, el más joven aún tiene los ojos cerrados y una expresión de absoluta convicción se forma en su rostro.

“No” dice quejumbroso “Beso”

“Eres completamente insoportable, ¿lo sabías?”

Ash no responde. Simplemente desliza sus brazos alrededor de su cintura con firmeza cuando Juan hace ademán de moverse, apoyando su frente contra su sien con los ojos cerrados. No dice nada, solo se permite este momento de silencio y tranquilidad, antes de lo que sea que pase mañana.

Y mientras la mansión del Norte duerme, ajena a las guerras que aún no han llegado, el cielo despliega su manto oscuro sobre sus tejados de madera. Las estrellas acompañan a la luna en silencio, y entre todas ellas, una brilla verde con más intensidad, la presencia de alguien que cuida desde arriba.

Notes:

Esta historia no esta pensada para algo mas que un One-shot, simplemente porque no sabría explicar un conflicto político, aunque si algo se me ocurre, quizás cambie de idea.
También, es en honor a la muerte - espero que no para siempre- del cubito, porque lo amo mucho y lo extraño, y eso que solo llevamos dos días sin el.
Pd: Gracias a los artistas de las flores moradas que me dieron la idea de un bebe de estos dos, los amo chicos los últimos dias me están rompiendo el corazón pero me dan mas ganas de escribir!!