Work Text:
El eco de El Dö contra las paredes de metal del viejo almacén era el único sonido que rompía el silencio de las montañas de esa pequeña ciudad. La pandilla llevaba más de dos horas en su rutinario entrenamiento exhaustivo. El aire fresco de la altitud se colaba por las rendijas del techo, pero dentro, la adrenalina y el cansancio mantenían el ambiente denso, cargado de energía Sen –sin ellos poder verlo– y respiraciones agitadas.
—¡Bien, descansen cinco minutos! —exclamo Zak, dejando caer el balón al suelo mientras se apoyaba las manos en las rodillas y jadeaba, siempre con una sonrisa en su rostro.
Cloe respiró hondo, limpiándose unas gotas de sudor de la frente. Al girarse, vio a Lon un poco apartado, con la mirada fija en el suelo y el pecho subiendo y bajando con pesadez. Vio a los lados para ver a sus otros compañeros, Kiet y Zak comenzando a hablar entre ellos y una Fenzy entusiasta uniéndose a la conversación.
Quiso unirse a su grupo de amigos, pero su empatía le hacía mirar al chico pelinegro que se excluía a si mismo.
Con una determinación pasiva, se acercó a él con pasos ligeros.
—Toma, estás empapado —le dijo sonriendo levemente, tendiéndole un pañuelo de tela celeste que llevaba en el bolsillo.
Lon alzó la vista, un tanto sorprendido por el gesto. Sus ojos se cruzaron con los de ella por un segundo que pareció dilatarse y se suavizaron al notar que así era la chica, siempre había sido así. Tomó el pañuelo, sintiendo el roce de sus dedos.
—Gracias —murmuró con su tono habitual reservado.
Mientras se pasaba la tela por el cuello y la frente, Cloe le dedicó una última mirada cálida antes de darse cuenta de la vuelta para caminar hacia su bolso y tomar algo de agua. Lon se quedó quieto, con el pañuelo entre las manos. Al ver que no regresaría por el; se lo guardó en el bolsillo del pantalón como un tesoro silencioso, reconfortado por el dulce perfume característico de la femenina.
Lirios, lavanda, jazmines, un aroma floral que se había impregnado en su camiseta.
Por su mente paso un destello posesivo, que comenzó a encenderse en su pecho.
Minutos después, aprovechando que el resto del equipo se distraía recuperando el aliento, Cloe sacó un pequeño trozo de papel de su cuaderno. Su corazón latía a un ritmo diferente ahora, no por el ejercicio, sino por la expectativa.
Hace un momento había visto reír a Zak y recordó su conversación con su mamá. Llegó la conclusión de que hoy era el día de confesarse por completo, de dejarle claro a Zak que lo quería, no para besos casuales sino como algo más formal.
Con caligrafía rápida pero cuidada, escribió inocentemente:
"Te espero en el armario del almacén más tarde. Necesitamos hablar a solas" .
Caminó disimuladamente hacia donde colgaban las pertenencias del equipo y deslizó la nota en uno de los bolsillos del bolso de Zak.
La peliazul suspiro, sintiendo un cosquilleo de nervios en el estómago, y regresó con el equipo sin notar que una corriente de viento de la montaña entraba con fuerza por una ventanal roto. El aire agitó el papel, como un juego violento, decidiendo si sería divertido dejar caer la nota... Y lo fue, la nota cayó suavemente justo dentro del casco de Lon, que descansaba en el suelo, exactamente al lado de las cosas de Zak.
El entrenamiento se reanudó con intensidad, pero el cansancio ya cobraba factura. En un pase largo y descontrolado, Kiet pateó el balón con demasiada fuerza. El balón salió volando hacia una esquina del almacén, golpeando de lleno la cerca eléctrica de seguridad que protegía el perímetro interno. El impacto produjo un tremendo chispazo azul, un crujido seco de un árbol cayendo.
—¡Menudo lío! Creo que me pasé de potencia —se rascó la nuca Kiet, apenado.
—Tranquilo, Kiet, nadie salió lastimado —le tranquilizo Zak, viendo que la instalación eléctrica chispeaba de forma inestable decidió que era suficiente por hoy—. Igualmente ya terminamos, deberíamos irnos todos a casa.
Lon, escucho las palabras de Zak a la distancia, sentía el peso del cansancio y estaba distraído por aquel aroma floral que no lo abandonaba, así que tomo una opción lógica y se retiro primero. Caminó hacia sus cosas y, al levantar su casco, el trocito de papel cayó a sus pies.
Recogió el papel, extrañado. Al leer las líneas manuscritas, su corazón dio un vuelco salvaje. Conocía esa letra. Miró de reojo a Cloe, que caminaba hacia la salida. “Te espero… a solas” . Una mezcla de triunfo y una inesperada ternura lo invadió. Guardó la nota junto al pañuelo y en lugar de irse como lo tenía planeado, solo acomodo sus cosas y entro de nuevo al almacén, está vez por la parte trasera.
Mientras tanto, en el centro del almacén, Zak observaba el desorden de conos y porterías portátiles.
—Vayan yéndose ustedes adelante —les dijo a los demás con una sonrisa cansada—. Yo me quedo a organizar esto. Los alcanzo luego, chicos.
Fenzy y Kiet le sonrieron de vuelta y dieron la vuelta para irse, hablando de un nuevo programa, Cloe no se movió, lo miró fijamente, esperando ver en sus ojos alguna chispa de complicidad, alguna señal de que había leído el mensaje. Pero Zak solo le dedicó un saludo amigable con la mano antes de darse la vuelta para recoger los balones. La desilusión le cayó como un balde de agua fría. Él ni siquiera había revisado su bolso. Con el ánimo por el suelo y el pecho empezando a oprimirse, Cloe caminó hacia la salida junto a Fenzy y Kiet, asumiendo que sus planes para confesarse se habían arruinado.
Pasaron unos tortuosos diez minutos. El almacén quedó sumido en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el viento exterior y el crujido del metal enfriándose. Zak terminó de acomodar la última caja que servía como obstáculo y exhaló un largo suspiro, limpiando el sudor de la frente con el dorso de la mano. Ya estaba listo para marcharse.
Tomó su mochila y caminó hacia la salida, pero justo antes de cruzar la puerta principal, un movimiento sutil en la penumbra captó su atención. De reojo, divisó una figura esbelta, una silueta que se escabullía con pasos felinos y silenciosos en dirección al viejo armario de herramientas del fondo.
Zak frunció el ceño, analizando la situación. La forma silenciosa de caminar por alguna razón le recordó a… “¿Cloe?” , pensó, y su corazón dio un brinco involuntario. ¿Por qué regresaría a escondidas? ¿Había olvidado algo? ¿O acaso…? Una chispa de curiosidad y un impulso que no pudo frenar lo hicieron regresar.
Camino hacia el fondo del almacén. La noche de la montaña se había tragado la poca luz natural que quedaba. El interior del lugar era ahora escalofriante, pero la ilusión de que Cloe lo estaba esperando para algo hacia ignorar lo que decía su instinto.
Zak se paró frente a la pesada puerta de metal del armario. Estaba entreabierta, dejando ver solo una negrura absoluta en su interior. Estiró la mano, empujó la puerta con cuidado y dio un paso hacia el interior del angosto espacio.
Y la oscuridad lo recibió
Justo en ese milisegundo, afuera, el poste de luz principal de la montaña que alimentaba al almacén —cuyo cableado interno ya había quedado herido de muerte por el balonazo de Kiet— terminó de colapsar. Hubo un parpadeo violento de energía y toda la guarida quedó a oscuras.
Al mismo tiempo, por el brusco apagón de electricidad, la sensible puerta se cerró con un chasquido metálico y un golpe seco, justo a espaldas de Zak, atrapándolo en un espacio diminuto, asfixiante y completamente a oscuras con la persona que estaba allí dentro.
A mitad de camino por el sendero empinado de la montaña, Cloe se detuvo. Fenzy y Kiet siguieron caminando unos pasos más, sumergidos en sus propias quejas sobre el cansancio del entrenamiento. Cloe miró hacia atrás, en dirección al almacén que parecía la cueva del lobo, únicamente iluminado por la luz de la luna. El pecho le dolió de una forma extraña. No podía irse así, no después de haber reunido el valor para escribir esa nota. Quizás Zak simplemente no la había visto, quizás estaba tan abrumado con los deberes de líder que necesitaba que ella diera el primer paso en persona.
—Oigan, adelántense —les dijo a sus amigos, dándose la vuelta, ellos se detuvieron, observando la sonrisa nerviosa de Cloe—. Olvidé algo importante. Vuelvo enseguida.
Sin esperar respuesta, encendió la linterna de su teléfono y comenzó a desandar el camino a toda prisa, con el corazón latiéndole con fuerza por la determinación de hablar con él de una vez por todas.
Mientras tanto, en el interior del armario, el mundo se había reducido a una negrura absoluta y asfixiante. Zak parpadeó, tratando de acostumbrar sus ojos a la oscuridad total tras el repentino apagón. Sintió la presencia de alguien a escasos centímetros de él.
—¿Clo…? —el nombre de la chica apenas rozó sus labios cuando el aire se le congeló en la garganta.
De la nada, dos brazos fuertes y firmes impactaron contra el metal de la puerta a ambos lados de su cabeza, apresándolo, acorralándolo sin dejarle espacio para reaccionar. Zak se sobresaltó, abriendo los ojos de par en par en medio de la nada.
Intentó exclamar algo, una pregunta, un grito de advertencia, pero cualquier sonido fue devorado al instante. Unos labios se estrellaron contra los suyos con una violencia inesperada.
El beso no fue suave, ni dudoso. Fue un asalto rudo, desesperado e intenso que lo dejó sin aliento. El sonido sordo de los chasquidos húmedos comenzó a resonar con una fuerza casi obscena entre las estrechas paredes del armario. Zak, abrumado por la brusquedad y el choque de la situación, además sin poder ver nada, spoyó las manos en los brazos contrarios e intentó empujar para alejarse, buscando una tregua para entender qué estaba pasando.
Sin embargo, antes de que pudiera tomar distancia, una de las manos que lo mantenían cautivo contra la puerta abandonó la superficie y subió lentamente por su cuello. Los dedos, ásperos pero temblorosos por la emoción, acunaron su mejilla y comenzaron a acariciar suavemente su rostro con una ternura tan profunda que rozaba lo dolorosamente dulce. Fue en ese preciso instante de cercanía extrema cuando el aire se llenó de algo más: el aroma floral, sutil y característico del perfume de Cloe.
El cerebro de Zak, con la falta de oxígeno y la adrenalina, conectó los hilos de inmediato. Era Cloe, es ella, pensó.
Con esa idea en mente, cedió por completo, Zak dejó de oponer resistencia y correspondió el beso. Alzó sus propias manos, buscando el rostro ajeno, delineando las facciones en la oscuridad con una caricia mansa y profunda, una forma silenciosa de decirle te amo a la persona que creía tener enfrente.
Una llama voraz comenzó a encenderse y a calentarse en lo más profundo de su ser. El beso se volvió fogoso, una marea de calor que no se parecía en absoluto a los besos fugaces y tímidos que solían darse a escondidas del equipo. Esto era diferente. Sentía que el ritmo lo estaba consumiendo por completo, desarmando sus defensas, pero no le molestaba en lo absoluto dejarse poseer por esa intensidad, en medio de toda la oscuridad.
Por el otro lado, Lon estaba sumergido en un estado de efusividad absoluta. Sentir que el cuerpo entre sus brazos correspondía sus sentimientos con la misma fuerza salvaje le provocó un vuelco de adrenalina pura. Convencido de que Cloe finalmente lo había elegido a él, deslizó sus manos con urgencia desde el rostro hasta las caderas de Zak, aferrándose a su cintura con un cariño posesivo. Bajo la presión de sus dedos, el cuerpo de Zak se estremeció de pies a cabeza.
Ese estremecimiento, sin embargo, encendió las alarmas en el instinto de Zak.
Al sentir el agarre en sus caderas, una disonancia cognitiva lo golpeó. Ese cuerpo no encajaba con el de Cloe. La anchura de los hombros, la fuerza de los brazos que lo aprisionaban, la estatura... nada de eso era de ella. Una oleada de calor y una peligrosa excitación comenzaron a invadirlo debido a la brusquedad del acto, pero el pánico fue mayor. Zak intentó apartarse de nuevo, con más fuerza esta vez, abriendo la boca para exigir una explicación, pero Lon no lo dejó.
Los besos implacables de Lon continuaron lloviendo sobre él, devorando sus intentos de hablar y dejándolo por completo sin respiración.
En medio de ese forcejeo ciego, los pies de ambos se enredaron con el desorden del suelo del armario. Perdieron el equilibrio y cayeron pesadamente.
Zak aterrizó directamente encima de la entrepierna de Lon, con el impacto resonando en el reducido espacio. Lon, lejos de detenerse y cegado por la pasión del momento, interpretó el movimiento como una entrega total. Envolvió sus brazos alrededor de Zak, continuando el asalto a sus labios y bajando las manos con desespero hasta agarrar con firmeza el trasero de Zak, apretándolo contra sí.
—¡Ah…! —un gemido involuntario y ahogado se le escapó a Zak ante el contacto.
Zak empezaba a resignarse, a caer en esta deliciosa locura y la devoción de los besos que lo estaban devorando.
Lon tomo un pequeño descanso, desvió el beso hacia su mejilla, respirando de forma errática, completamente perdido en el calor del encuentro...
¡CLACK!
El sonido seco del picaporte de metal al girarse cortó el aire como una cuchilla. La pesada puerta del armario se abrió de golpe, y una luz blanca, cegadora y violenta, inundó el espacio.
Cloe estaba de pie en el umbral, sosteniendo la linterna de su teléfono apuntando directamente hacia el interior. Su rostro pasó de la confusión a una expresión de sorpresa en menos de un milisegundo, comprendiendo lo que estaba pasando.
Con la luz iluminando sus caras, Zak y Lon, parpadearon con brusquedad, intentando calmar las respiraciones completamente agitadas, se miraron fijamente a los ojos por primera vez en toda la noche.
Las manos de Lon seguían firmemente apoyadas donde no debían, y el rostro de Zak estaba a milímetros del suyo, con los labios aún encendidos por el roce reciente.
El silencio que cayó sobre el almacén fue sepulcral, aunque no tanto por el latido fuerte de ambos chicos.
Y como cereza del pastel y mecanismo de defensa, Zak quiso aligerar el ambiente.
—Hay que reparar las luces, cualquiera podría confundirse, ¿Cierto? Je...
