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Fandom:
Relationships:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-06-14
Completed:
2026-06-21
Words:
22,516
Chapters:
2/2
Comments:
17
Kudos:
166
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8
Hits:
1,315

La Mariposa en el Frasco

Summary:

Un pequeño secreto que piensa proteger y atesorar

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

La sensación de vértigo era algo habitual. Hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a ella y, aun así, seguía teniendo la costumbre de cerrar los ojos cada vez que ocurría, más como una forma de prepararse mentalmente que por verdadera necesidad. Cuando sintió el aire tibio golpeándole el rostro y el aroma a lavanda colándose por sus fosas nasales, soltó un suspiro cansado que pareció llevarse consigo parte del peso acumulado en sus hombros.

A lo lejos, al final de un camino de tierra apenas trazado, llegó hasta él el sonido de una canción. Todavía le costaba reconocer muchas palabras; seguía aprendiendo español y había conversaciones enteras que apenas lograba seguir. Sin embargo, si prestaba suficiente atención, podía comprender la idea general de algunas letras. Esta vez, la cantante hablaba de un gato y de la lluvia. 

Habían pasado veinte días y los recuerdos seguían tan claros como si hubieran ocurrido apenas unas horas atrás. Ash todavía podía verse arrastrándose bajo hasta el búnker con el cuerpo herido, el color verde del ambiente, el olor agresivo de los químicos impregnando el aire y las voces mezclándose pero que no le interesaba entender. Recordaba los gritos, las risas desquiciadas, el sonido metálico de una palanca descendiendo y, después, el humo verde envolviendo toda la cápsula hasta que el aire desapareció de sus pulmones, hasta que dejó de respirar, hasta que dejó de existir.

Si cerraba los ojos, aún podía escuchar aquel último aliento resonando en algún rincón de su memoria. Era un recuerdo que le apretaba la garganta con fuerza, obligándolo a revivir algo que prefería dejar atrás. En esos momentos, cuando el dolor se volvía más difícil de ignorar, sentía que las palabras se acumulaban en su interior, como si una parte de él quisiera susurrar un adiós que nunca estuvo preparado para pronunciar.

La voz de alguien que acompañaba a la cantante durante el coro lo devolvió al presente antes de que pudiera hundirse demasiado en aquellos pensamientos. Ash parpadeó varias veces y aceleró el paso. No tardó en llegar hasta la pequeña casa al final del camino. Tocó la puerta un par de veces, más por educación que porque esperara una respuesta. Sabía que podía entrar.

El olor a comida recién preparada lo recibió de inmediato, despertando un hambre que había ignorado durante gran parte del día. Aun así, la dejó para después y avanzó directamente por el pasillo, guiándose por la música que sonaba cada vez más fuerte. Cuando llegó a la habitación, encontró la puerta abierta, como siempre.

Ash se detuvo apenas un instante en el umbral. El interior estaba inundado de color. Había lienzos apoyados contra las paredes, cuadros terminados y otros a medio hacer, paisajes que parecían capturar lugares lejanos, retratos de habitantes de la isla y bocetos abandonados. Cada rincón estaba ocupado por pinceles, frascos de pintura y manchas de colores que parecían haberse vuelto parte de la esencia de la habitación. Era un espacio desordenado para cualquiera que lo viera por primera vez, pero para Ash resultaba extrañamente reconfortante.

Y, por encima de todo aquello, estaba él.

Juan estaba sentado frente a su caballete. El pincel se movía con seguridad entre sus dedos mientras añadía nuevas pinceladas a un cielo de azul brillante. Al mismo tiempo, su voz acompañaba las canciones que sonaban una tras otra desde algún rincón de la habitación. Cantaba sin preocuparse demasiado por afinar, más concentrado en la pintura que tenía delante que en cualquier otra cosa.

Ash se quedó observándolo desde la puerta durante unos segundos. Había momentos en los que todavía le costaba creer que siguiera allí, que continuara sonriendo de aquella manera despreocupada, que siguiera siendo simplemente ese chico tranquilo cuya mayor preocupación era terminar una pintura o decidir qué canción escuchar después. No podía evitar pensar que así era como Juan debía pasar sus días.

Así siempre debió ser.

Aquella sensación de rabia regresaba de vez en cuando, más fuerte algunos días que otros. Hoy era uno de esos días.

Por eso ni siquiera se molestó en anunciar su llegada. Cruzó la distancia que los separaba y, sin importarle demasiado el sobresalto que pudiera provocarle, rodeó la cintura de Juan con ambos brazos y apoyó el rostro entre sus rizos oscuros. El efecto fue inmediato. Juan soltó un insulto al aire mientras daba un pequeño salto sobre el asiento antes de girar apenas la cabeza para reprenderlo por aparecer de la nada. Sin embargo, el rubor que comenzó a colorear sus mejillas lo contradijo por completo.

Aún no terminaba de acostumbrarse a esa versión de Ash.

Durante mucho tiempo, el cariño entre ellos había sido diferente. Ash siempre había encontrado formas de demostrar lo que sentía, ya fuera con palabras o con pequeños gestos, pero el contacto físico rara vez formaba parte de ello. Era reservado, incluso cuando estaba feliz. Sin embargo, después de la gran tragedia, algo había cambiado. Ahora buscaba su mano cuando caminaban juntos, lo abrazaba sin motivo aparente y encontraba cualquier excusa para permanecer cerca. Eran detalles sencillos, pero que conseguían que el corazón de Juan siguiera acelerándose cada vez que ocurrían.

Juan detiene la música para que puedan hablar más cómodamente

—Me gusta tu nueva obra —susurró Ash sin apartarse.

Su pulgar comenzó a trazar círculos distraídos sobre la tela de la camiseta de Juan. El contacto era ligero, apenas perceptible, pero aun así logró arrancarle un pequeño estremecimiento a más bajo.

Juan sonrió para sí mismo mientras observaba el paisaje que estaba pintando.

—Extraño el Norte.

Ash se tensó al instante y, aprovechando que Juan no podía verlo desde su posición, frunció el ceño.

No podía culparlo. Juan apenas recordaba lo que había sucedido. Para él, su vida había cambiado de un momento a otro: pasó de vivir en una enorme mansión en lo alto de una montaña, rodeado de personas que consideraba su familia, a despertar en una cabaña aislada, lejos de la isla y lejos de todo lo que había conocido. Era natural que extrañara aquel lugar.

Ash había sido quien llenó los vacíos que quedaron en su memoria. Después de todo, los recuerdos de Juan se detenían en aquella noche alrededor de una fogata, cuando él les había pedido a Foolish, Tina y a él mismo que prometieran mantenerse a salvo y salir con vida del laboratorio. Después de eso, solo quedaban fragmentos confusos: la silueta del Falco apareciendo en la distancia, las primeras TNT cayendo sobre la zona y, luego, nada. 

Juan había intentado recuperar esos recuerdos más de una vez. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos y trataba de forzar a su mente a recordar, el resultado era siempre el mismo. Un dolor insoportable le atravesaba la cabeza y una sensación angustiante se apoderaba de su pecho, como si el aire dejara de llegar a sus pulmones.

Por eso nunca cuestionaba la historia que Ash le había contado.

Según esa versión, la misión había sido un éxito, aunque ninguno de ellos imaginó el precio que tendrían que pagar. Multi había previsto su propia derrota desde el principio y, antes de morir a manos de Ash, confesó que si él caía, todo lo demás caería con él. Poco después, los reactores iniciaron una cuenta regresiva que anunciaba una explosión inminente. Ash había querido regresar por Foolish y Tina, había querido salvarlos a todos, pero apenas tuvo tiempo para sacar a Juan de allí y llevarlo al lugar más lejano y seguro que conocía antes de que el desastre lo consumiera todo.

Después vino el verdadero problema. Según la explicación de Ash, la explosión había vuelto inhabitable todo el territorio. La radiación se extendió sin control, consumiendo lentamente la vida y transformando el lugar en una zona imposible de recuperar. Juan todavía recordaba la expresión de Ash cuando le relató aquella parte. Tenía la voz quebrada y sostenía su mano con tanta fuerza que casi parecía temer que desapareciera. Fue entonces cuando le confesó que la noche eterna había caído sobre la isla para siempre.

Juan había insistido varias veces en verlo con sus propios ojos. No porque dudara de Ash, sino porque sentía que observar el desastre le ayudaría a comprenderlo, a hacerlo real dentro de su cabeza. Sin embargo, cada intento terminaba de la misma manera. Ash se negaba rotundamente. Le explicaba que acercarse era demasiado peligroso, que la radiación podía matarlo en cuestión de segundos y que esta vez no existiría ninguna regadera de esterilización capaz de evitar el daño. Ni siquiera una observación desde la distancia era posible, porque, según él, la contaminación se había extendido demasiado.

Con el tiempo, Ash incluso delimitó un perímetro alrededor de la cabaña. Al principio Juan lo tomó como una medida exagerada, hasta el día en que decidió averiguar por sí mismo qué había más allá de aquellos límites. Apenas cruzó la zona que Ash le había señalado y todo ocurrió demasiado rápido. Recordaba haber sentido el impacto de la espada, el dolor lacerante en su espalda y, después, despertar nuevamente en la cabaña con una herida ya vendada.

Aquel fue uno de los pocos momentos en los que sintió verdadero miedo de Ash.

Él permaneció en silencio mientras terminaba de curarlo. La tensión llenó la habitación durante largos minutos, pesada e incómoda, hasta que finalmente habló.

—No puedes ir más allá de donde te indiqué.

Juan nunca había escuchado ese tono en su voz, ni siquiera cuando lo conoció y aún eran enemigos. No había preocupación ni amabilidad. Solo una advertencia firme que sonó mucho más amenazante de lo que estaba acostumbrado a escuchar. Por primera vez, decidió no discutir.

Desde entonces no volvió a intentarlo. Tampoco quería que la distancia entre ambos siguiera creciendo, así que cuando encontró el valor suficiente, simplemente rodeó a Ash con los brazos y le aseguró que obedecería sus advertencias. Durante un instante temió que lo apartara o que siguiera enfadado, pero nada de eso ocurrió. Ash lo abrazó de inmediato y lo sostuvo contra su pecho durante demasiado tiempo, como si necesitara comprobar que seguía allí, como si soltarlo fuera mucho más difícil de lo que debería haber sido.

Ash no quería pensar en aquel incidente. Sabía que su sobreprotección había llegado demasiado lejos y que la reacción que tuvo aquel día no había sido normal, pero cada vez que intentaba cuestionarse terminaba llegando a la misma conclusión. No podía permitir que Juan sufriera daño. No podía arriesgarse a perderlo otra vez.

—¿Tienes hambre? —preguntó Juan, rompiendo finalmente el silencio en el que Ash se había refugiado.

El líder asintió. Tardó unos segundos más de lo necesario en soltar la cintura de Juan, como si le costara desprenderse de aquella cercanía, pero finalmente lo hizo. Aun así, le ofreció la mano de inmediato y esperó hasta que Juan la tomó para comenzar a caminar hacia la cocina.

Mientras avanzaban por la pequeña cabaña, Ash volvió a observar todo lo que los rodeaba. Todavía le sorprendía la rapidez con la que Juan había transformado aquel lugar. Lo que en un principio había sido una construcción sencilla y funcional ahora se sentía cálido, lleno de pequeños detalles que lo convertían en un hogar. 

Durante mucho tiempo se había preguntado cómo el Norte había logrado mantenerse en pie pese a todo. Ahora creía conocer la respuesta. Nunca habían sido sus habitantes, sus recursos ni sus ideales. Había sido Juan, capaz de construir algo bueno incluso cuando todo a su alrededor parecía derrumbarse.

Y aún así, si el Norte desaparecía mañana, Ash no sentiría pena. Después de todo, aquella gente le había arrebatado demasiado y nunca había considerado ese lugar como un hogar. Lo único que lamentaba era que Juan hubiera tenido que cargar con el peso de sostener algo que jamás mereció descansar sobre sus hombros.

Pero ahora, tal parecía que día tras día, más se desmoronaban.

Ash no pudo evitar la sonrisa que apareció en su rostro. Era una sonrisa pequeña, cargada de una satisfacción que despertó la curiosidad de Juan, aunque este no hizo preguntas. Con el paso de los días había aprendido que Ash rara vez explicaba lo que pensaba si no quería hacerlo, y presionarlo solo conseguía que se encerrara más en sí mismo. Además, ya no sentía la necesidad de cuestionarlo todo. Después de todo, ahora solo se tenían el uno al otro.

La cena transcurrió con tranquilidad. Ash seguía pensando que la comida de Juan podía mejorar bastante, pero jamás hacía comentarios al respecto. Sabía cuánto se esforzaba para convertir aquella cabaña en un lugar cómodo para ambos y, por esa razón, siempre procuraba terminar todo lo que le servía.

Cuando terminaron de comer y dejaron la cocina limpia, se acomodaron frente al televisor para ver alguna película. Era una rutina sencilla, pero ambos parecían haberse acostumbrado a ella. Juan fue el primero en rendirse al cansancio. Poco a poco sus párpados comenzaron a cerrarse hasta que terminó dormitando sobre el sofá. Como siempre, Ash lo tomó en brazos y lo llevó hasta la habitación.

Lo acostó con cuidado sobre la cama antes de acomodarse a su lado. Después lo atrajo hacia su pecho y rodeó su cuerpo con ambos brazos, manteniéndolo cerca. Al principio Juan se había escandalizado con aquella clase de gestos. Cada abrazo o cada intento de Ash por mantenerlo cerca provocaban protestas torpes y un sonrojo imposible de ocultar. Sin embargo, el tiempo había suavizado aquella resistencia. Todavía se ruborizaba, pero ya no se apartaba.

Y Ash agradecía profundamente ese cambio.

Porque solo tenerlo cerca le aseguraba que Juan estaba a salvo.

Dormía tranquilo sin preocuparse por ataques inesperados, sin temer que algún psicópata decidiera bombardear su hogar o amenazara con cubrir toda una isla de radiación. Por primera vez en mucho tiempo podía cerrar los ojos sin esperar una tragedia al despertar.

Era durante noches como aquella, cuando la luz de la luna se filtraba por la ventana y la brisa nocturna apenas movía las cortinas, que Ash se permitía quedarse en silencio y pensar. Era una forma de recordarse a sí mismo por qué había tomado ciertas decisiones. Una manera de convencerse, una vez más, de que estaba haciendo lo correcto.

Cuando Juan murió, una parte de él creyó que sería capaz de soportarlo.

No sería fácil. Nunca pensó que lo fuera. Después de todo, los acontecimientos de aquellos días habían sido demasiado brutales para cualquiera. Sin embargo, creyó que encontraría alguna forma de seguir adelante.

Los primeros días apenas habló. Pasaba horas observando una y otra vez el video que Juan había dejado para ellos en caso de que todo terminara de la peor manera posible. Escuchaba aquellas palabras como si hacerlo pudiera cambiar el desenlace, como si en alguna repetición encontrara algo que hubiera pasado por alto. También había cumplido la última petición implícita en aquel mensaje, asegurándoles a Tina y a Foolish que, si alguna vez necesitaban ayuda, podían contar con él.

Y aun así nada de eso alivió el vacío.

Recordaba haber llegado al Régimen bajo una lluvia persistente que empapaba su ropa y volvía pesado cada paso. Había caminado sin pensar demasiado en el destino, guiado únicamente por la necesidad de no estar solo. Lo que más le sorprendía al recordarlo era que, en medio de todo aquel dolor, hubiera llamado a las únicas dos personas que consideraba capaces de entenderlo.

Katie y Don.

Todavía podía recordar la sensación de vergüenza cuando las lágrimas finalmente rompieron la barrera que había intentando mantener. Durante años había aprendido a soportar el dolor en silencio, sin embargo, aquella noche no pudo hacerlo. Frente a ellos simplemente se derrumbó y aceptó el abrazo que le ofrecieron, incapaz de seguir fingiendo que estaba bien.

Sin embargo, al día siguiente no fue más soportable. Cada vez que escuchaba una notificación, no podía evitar la absurda idea de que fuers un mensaje de Juan pidiéndole reunirse, como si todo hubiera sido un error y él apareciera en el Regimen con la misma actitud alegre de siempre. Era un pensamiento irracional y lo sabía, pero una parte de él seguía aferrándose a la posibilidad de un milagro. Quizá por eso el dolor resultaba tan insoportable. No solo estaba lidiando con la pérdida, sino también con la incapacidad de abandonar la esperanza.

Aun así, se obligó a continuar. Se obligó a actuar con normalidad, a mostrarse más fuerte de lo que realmente era y a fingir que, aunque lo extrañaba, todavía podía seguir adelante. Durante casi una semana mantuvo aquella máscara sin permitir que nadie viera las grietas. Cumplió con sus responsabilidades, respondió cuando era necesario y evitó cualquier conversación que pudiera llevarlo a pensar demasiado en Juan. Sin embargo, ninguna persona puede sostener una mentira para siempre.

Fue Ewroon quien terminó notándolo.

Quizá porque lo conocía demasiado bien. Quizá porque la noticia relacionada con su hija había removido heridas emocionales reciente y pasadas. Ash no estaba seguro. Lo único que sabía era que, por alguna razón, hablar sobre el ritual que revivió a su hija había hecho que la ausencia de Juan se sintiera todavía más injusta.

Porque si algunas personas podían regresar, ¿por qué otras no?

Ewroon insistía en que existían cosas irreversibles. Decía que algunas pérdidas simplemente debían aceptarse, por cruel que resultara hacerlo. Ash intentó creerle. De verdad lo intentó. Sin embargo, cada palabra chocaba contra una pregunta que no dejaba de repetirse en su mente.

¿Y si estaba equivocado?

Tal vez fue por eso que Ewroon, al ver el estado en el que se encontraba su amigo, terminó haciendo una promesa que probablemente nunca debió pronunciar. Sin detenerse a pensar si era posible o siquiera razonable, le aseguró que investigaría cualquier alternativa que existiera para traer a Juan de vuelta.

Para cualquier otra persona aquellas palabras habrían sido un simple gesto de consuelo.

Para Ash se convirtieron en una obsesión.

Dos días fueron suficientes para comprender que no podía seguir esperando respuestas. La incertidumbre lo estaba consumiendo poco a poco y cada hora que pasaba se volvía más difícil permanecer inmóvil. Así que una noche tomó una decisión de la que jamás se arrepentiría. Sin avisar a nadie, robó toda la información que Ewroon había logrado reunir durante sus investigaciones y pasó horas revisando documentos, anotaciones y registros.

Fue entonces cuando encontró las primeras referencias a una magia antigua, una clase de magia arcana que parecía desafiar los límites establecidos y que, según todos los registros, exigía siempre un precio a cambio.

Un sacrificio.

Y por primera vez desde la muerte de Juan, Ash sintió que estaba mirando en la dirección correcta.

Ash ni siquiera lo pensó demasiado. Después de revisar toda la información que Ewroon había conseguido reunir, hizo una copia de los documentos y devolvió los originales antes de que pudiera notar el robo. No quería tener a Ewroon cerca repitiendo advertencias ni insistiendo en que abandonara una idea que, para ese momento, ya se había convertido en una necesidad. Durante los días siguientes reunió en secreto cada uno de los materiales necesarios para el ritual, evitando llamar la atención. Sabía perfectamente lo que los demás pensarían si descubrían sus intenciones. Le dirían que era peligroso, que era imposible o que estaba actuando impulsado por el dolor. Tal vez tendrían razón, pero ya no le importaba. Si existía una mínima posibilidad de recuperar a Juan, estaba dispuesto a tomarla sin importar las consecuencias.

Por eso, cuando llegó el momento de realizar el ritual, entregó la mitad de su vida sin vacilar. Para cualquiera aquello habría sido un precio excesivo, pero para Ash resultaba sorprendentemente sencillo de aceptar. No le parecía un sacrificio si a cambio podía recuperar a la única persona cuya ausencia había conseguido vaciar por completo su mundo. Sin embargo, cuando todo terminó y el silencio continuó llenando la habitación, la desesperación comenzó a abrirse paso en su interior. Nada parecía haber ocurrido. No hubo señales ni fenómenos extraños como los que Ewroon había descrito que habían sucedido cunado revivió a Ghosty. No ninguna prueba de que aquella magia hubiera funcionado. 

La frustración comenzó a transformarse lentamente en rabia. Había sacrificado años de su vida y aun así parecía que no había obtenido nada a cambio. Estaba a punto de maldecir aquel ritual, la magia arcana y a sí mismo por haber creído en algo tan absurdo, cuando un destello repentino iluminó la habitación con tanta intensidad que se vio obligado a retroceder y cubrirse los ojos. El fenómeno duró apenas unos segundos, pero cuando la luz desapareció y volvió a mirar hacia el centro del ritual, sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Allí estaba Juan.

Su cuerpo descansaba inmóvil sobre la mesa ritual y durante varios segundos Ash fue incapaz de reaccionar. El miedo apareció antes que la alegría. Miedo a que fuera una ilusión creada por su propia desesperación, miedo a que desapareciera si se acercaba demasiado, miedo a descubrir que todo seguía siendo una mentira cruel. Se obligó a avanzar despacio, observando cada detalle como si intentara convencerse de que aquello era real. Cuando finalmente apoyó una mano sobre la mejilla de Juan y sintió el calor natural de su piel, toda duda desapareció. Juan estaba allí. 

La emoción fue tan intensa que sus piernas dejaron de sostenerlo. Cayó de rodillas junto a la mesa mientras las lágrimas amenazaban con romper una barrera que llevaba demasiado tiempo intentando mantener intacta. Durante días había intentado convencerse de que podía soportar la pérdida, que podría continuar avanzando incluso sin él, pero en ese momento comprendió que nunca había aceptado realmente su muerte. Lo único que había hecho era esperar. Esperar una solución, una oportunidad o un milagro. Y ahora que Juan volvía a estar frente a él, no podía hacer otra cosa que repetir una y otra vez que lo había conseguido, que había funcionado y que, contra toda lógica, Juan estaba de vuelta.

Sin embargo, conforme la emoción inicial comenzó a asentarse, otro pensamiento empezó a abrirse paso en su mente. Era un pensamiento oscuro, desagradable y profundamente egoísta, pero también imposible de ignorar. Juan había regresado, sí, pero el mundo que lo había llevado a la muerte seguía existiendo. Aldo continuaba libre. Multi continuaba siendo una amenaza. La Federación seguía allí. Nada de aquello había desaparecido. Había recuperado a Juan, pero también había recuperado el miedo constante a perderlo otra vez. Y después de todo lo que había sacrificado para traerlo de vuelta, la simple posibilidad de revivir aquel dolor resultaba insoportable.

Fue entonces cuando comenzó la mentira. No nació como un plan elaborado, sino como una solución desesperada que parecía razonable en ese momento. Si Juan olvidaba ciertas cosas, estaría a salvo. Si permanecía lejos de quienes podían arrastrarlo nuevamente a ese conflicto, seguiría vivo. Si lograba mantenerlo apartado de cualquier amenaza, entonces nada volvería a ocurrirle. Poco a poco aquellos pensamientos fueron transformándose en acciones, y las acciones terminaron construyendo una realidad completamente nueva alrededor de él. Ash sabía que muchos considerarían aquello una manipulación imperdonable si alguna vez descubrían la verdad, pero para él la situación era mucho más sencilla. Juan estaba vivo. Podía sonreír, dormir tranquilo y despertar cada mañana sin peligro inmediato. Mientras eso siguiera siendo cierto, cualquier mentira y manipulación le parecía justificable.

Porque era mejor así. Porque Juan no volvería a morir. Porque Juan seguiría vivo, feliz y protegido. Y porque, después de todo lo ocurrido, Ash estaba convencido de que solo él podía garantizar que las cosas permanecieran de esa manera.

 


 

Habían pasado veinte días y Ewroon no podía dejar de sospechar. No le gustaba presumir de conocer mejor que nadie a las personas, pero podía admitir que era de los pocos capaces de ver la verdadera cara de Ash. No la del líder frío, arrogante y despiadado que mostraba al resto del mundo, sino la de aquel chico que, detrás de toda esa fachada, conservaba comportamientos infantiles y una capacidad casi absurda para preocuparse sinceramente por las personas que llegaban a importarle.

Precisamente por eso había notado con rapidez el estado en el que se encontraba tras la muerte de Juan. Durante los primeros días apenas tuvo que observarlo para darse cuenta de que estaba sosteniéndose por pura fuerza de voluntad. Ash intentaba comportarse con normalidad, cumplir con sus responsabilidades y fingir que seguía avanzando, pero la tristeza era demasiado evidente para alguien que lo conocía tan bien. Fue esa misma razón la que llevó a Ewroon a compadecerse de él y a buscar respuestas donde probablemente no existían. Pasó horas revisando información, estudiando registros antiguos y consultando todo lo relacionado con la magia arcana, pero mientras más investigaba, más convencido estaba de que aquello era imposible.

La situación de la hija espectral de Ash había sido completamente distinta. Aquella pequeña criatura ya poseía una naturaleza anormal desde el principio y las circunstancias que rodeaban su existencia escapaban a muchas de las reglas que regían la vida humana. Traer de vuelta a una persona era otra historia. Ningún texto serio afirmaba que algo así pudiera lograrse y, aunque algunos documentos hablaban de rituales capaces de desafiar a la muerte, todos terminaban contradiciéndose. Para Ewroon la conclusión era evidente: no existía sacrificio capaz de alterar la naturaleza hasta ese extremo.

Por desgracia, nunca llegó a decirle todo aquello a Ash. Los documentos que había estado recopilando no eran más que teorías, hipótesis y fantasías arcanas que probablemente jamás funcionarían. Sin embargo, conforme los días fueron pasando, algo comenzó a inquietarlo. La tristeza devastadora que había visto en Ash parecía haber desaparecido. Cualquier otra persona habría considerado aquello una señal positiva, pero Ewroon no lograba sentirse tranquilo. 

Había regresado aquella máscara que tanto conocía.

Ash volvió a mostrarse serio y completamente enfocado en eliminar cualquier amenaza que aún representara un peligro para el Régimen. Como si hubiera recuperado el control de su vida de la noche a la mañana. Sin embargo, había ciertos detalles que eran demasiado extraños. Algunas miradas distraídas, ciertas sonrisas fugaces que desaparecían demasiado rápido y, sobre todo, aquella extraña costumbre que había desarrollado recientemente.

Todas las tardes, a la misma hora y sin excepción, anunciaba que se retiraba para descansar.

Al principio Ewroon no le prestó demasiada atención, pero la rutina comenzó a repetirse con tanta frecuencia que terminó despertando su curiosidad. Finalmente decidió seguirlo. Utilizó una poción de invisibilidad y observó cómo Ash tomaba su warpstone antes de desaparecer hacia una ubicación desconocida. A partir de entonces comenzó a vigilarlo con frecuencia, esperando pacientemente su regreso.

Y cuanto más observaba, menos entendía.

Ash siempre volvía por la mañana. Con una expresión relajada que Ewroon no le había visto desde antes de la muerte de Juan. A veces incluso llevaba una sonrisa torpe y genuina, una sonrisa que parecía completamente fuera de lugar considerando todo lo ocurrido. Sin embargo, bastaba cruzar las puertas del Régimen para que aquella expresión desapareciera y actuaba como si nada hubiera sucedido.

Ewroon intentó encontrar una explicación razonable, pero ninguna terminaba de convencerlo. Por eso, incapaz de soportar más la incertidumbre, decidió sacar nuevamente el tema de sus investigaciones. Mintió descaradamente y le aseguró a Ash que sus avances eran cada vez más prometedores, que había encontrado información importante y que tal vez estaba cerca de descubrir una forma de traer a Juan de vuelta.

La reacción que recibió no fue la que esperaba.

Durante semanas había imaginado que Ash se aferraría a cualquier posibilidad, por absurda que fuera. Sin embargo, el líder apenas pareció interesado. Con una tranquilidad le pidió que dejara de preocuparse por aquello y se concentrara en sí mismo, en recuperarse de los efectos de la radiación y en atender sus propios asuntos. Le aseguró que estaba mejor, que ya no era necesario seguir investigando y que perseguir aquella clase de rituales solo terminaría distrayéndolos de los problemas que realmente importaban.

Fue una respuesta perfectamente razonable.

Y precisamente por eso hizo que Ewroon sospechara todavía más.

Por eso no se sintió culpable al preparar una pequeña emboscada para Ash. Durante varios días lo observó con atención, estudiando sus movimientos y asegurándose de no cometer ningún error. Cuanto más lo vigilaba, más convencido estaba de que algo extraño ocurría. Fuera lo que fuera aquello que ocupaba el tiempo de Ash, conseguía distraerlo lo suficiente como para que fuera descuidado. Resultaba especialmente inquietante porque Ash siempre había sido una persona extremadamente paranoica, alguien capaz de notar la más mínima anomalía a su alrededor. Sin embargo, últimamente parecía caminar con la mente puesta en otro lugar.

Aquella tarde decidió actuar.

Cuando Ash anunció que se retiraría a descansar, Ewroon fingió no darle importancia. Se despidió como siempre y esperó el momento adecuado para moverse. Evitó cualquier conversación que pudiera retrasarlo y, tan pronto como tuvo la oportunidad, bebió una poción de invisibilidad antes de apresurarse tras él. La tarea parecía sencilla en teoría, pero en realidad dependía por completo de su velocidad, su precisión y una buena dosis de suerte. Sabía que si cometía un solo error arruinaría cualquier posibilidad de descubrir la verdad. Peor aún, pondría a Ash en alerta y probablemente perdería la única oportunidad que tendría para seguirlo.

Se mantuvo cerca durante todo el recorrido, procurando que sus pasos fueran lo más silenciosos posible. Incluso llegó a contener la respiración en varios momentos mientras ascendían hasta la habitación del líder. Desde su posición observó cómo Ash entraba con total tranquilidad y comenzaba a reunir algunas pertenencias. Guardó ciertos objetos, revisó otros y realizó una serie de acciones tan cotidianas. Sin embargo, no bajó la guardia.

Continuó observando en silencio hasta que finalmente vio la warpstone entre las manos de Ash.

Supo que había llegado el momento.

No podía actuar demasiado pronto o Ash cancelaría el viaje. Tampoco podía esperar demasiado porque corría el riesgo de quedarse atrás. Todo dependía de un único instante.

Ewroon aguardó hasta que la activación estuvo lo suficientemente avanzada para volverse irreversible y, reuniendo toda la agilidad que pudo, dio un paso al frente y apoyó una mano sobre el hombro de Ash.

La reacción fue inmediata.

Ash sintió el contacto en el mismo instante en que el teletransporte se activó.

Pero ya era demasiado tarde.

El mundo desapareció a su alrededor y, un segundo después, ambos fueron transportados lejos del Régimen.

Cuando la sensación de desplazamiento terminó, Ewroon apenas tuvo tiempo de comprender dónde estaban. Un extenso campo de flores de lavanda se extendía ante ellos, cubriendo el paisaje hasta donde alcanzaba la vista. El aire era más cálido que en el Régimen y una suave brisa recorría el lugar.

Sin embargo, Ewroon apenas pudo apreciar el paisaje. Su cuerpo reaccionó por puro instinto cuando percibió el movimiento de Ash.

Retrocedió de inmediato y apenas logró apartarse a tiempo cuando el filo de una espada atravesó el espacio que había ocupado un instante antes. El ataque había sido rápido y preciso. Durante una fracción de segundo comprendió que, si hubiera reaccionado un poco más tarde, probablemente habría terminado atravesado por aquella hoja.

—¡Maldita sea, soy yo! —exclamó, antes de que Ash decidiera lanzar un segundo ataque.

Su voz resonó en medio del campo mientras levantaba ambas manos en señal de rendición. Lo último que deseaba era morir allí y verse obligado a regresar a su último punto de reinicio solo porque su curiosidad había sido más fuerte que su sentido común.

Por fortuna, el efecto de la invisibilidad terminó antes de que la situación pudiera empeorar. Ewroon pudo ver con claridad el rostro de Ash y aquello solo consiguió aumentar su inquietud. La furia seguía presente, reflejada en la tensión de sus hombros y en la firmeza con la que sujetaba la espada, pero había algo más que llamaba su atención. Sus ojos no permanecían fijos en él. Una y otra vez se desviaban hacia algún punto a su espalda. Siguiendo aquella mirada, Ewroon descubrió una pequeña cabaña al final de un camino de tierra apenas visible entre los campos de lavanda. No parecía especialmente diferente a cualquier otra construcción aislada, pero la reacción de Ash era quizá lo más extraño. Era pánico, no por sentirse amenazado, sino por sentirse descubierto, como si su mayor secreto hubiera salido a la luz.

—¿Está todo bien? —preguntó Ewroon con cautela.

La pregunta pareció devolver a Ash a la realidad. Sin apartar del todo la atención de la cabaña, acercó nuevamente el filo de la espada hacia su cuello y habló con una seriedad que hizo que Ewroon entendiera al instante que no estaba bromeando.

—Tienes que prometerme que mantendrás esto en secreto.

Por primera vez desde que había decidido seguirlo, Ewroon sintió que estaba entrando en un terreno mucho más delicado de lo que había imaginado. Ash estaba demasiado alterado y discutir con él solo conseguiría empeorar las cosas. Si quería respuestas, lo mejor era seguirle la corriente.

—Te lo juro con mi vida.

La respuesta no pareció tranquilizarlo por completo. Durante unos segundos, Ash permaneció inmóvil, observándolo como si intentara decidir si podía confiar en él. Finalmente bajó el arma y comenzó a caminar hacia la cabaña, aunque la tensión no abandonó su cuerpo. Ewroon se apresuró a seguirlo y pronto notó que sus sospechas no habían sido exageradas. Ash murmuraba cosas para sí mismo, apenas susurros imposibles de distinguir, y sus manos temblaban ligeramente. Era una reacción que ya había visto antes. Aparecía cuando las circunstancias escapaban de su control. Sin embargo, aquella vez parecía diferente. Había nerviosismo, sí, pero también una especie de ansiedad difícil de explicar.

Todo cambió cuando llegaron a la puerta.

Su cambio de actitud fue tan repentina que resultó inquietante. Ash respiró profundamente, enderezó la espalda y una sonrisa apareció en su rostro. Era una expresión demasiado fuera de lugar.

—Juan debe estar terminando una pintura. Sígueme la corriente.

La advertencia fue pronunciada en voz baja, pero Ewroon apenas le prestó atención. Su mente había quedado atrapada en un único detalle.

Juan.

Aquel nombre hizo que una sensación incómoda se instalara en su pecho. No entendía cómo era posible escucharlo en ese lugar. No entendía por qué Ash hablaba sobre alguien cuya muerte ambos conocían demasiado bien. Durante unos segundos pensó en preguntar, exigir explicaciones o incluso marcharse, pero la curiosidad terminó ganando. Continuó avanzando detrás de él mientras intentaba encontrar alguna explicación lógica para todo aquello.

El interior de la cabaña tampoco ayudó a despejar sus dudas. A simple vista parecía un hogar habitado. Había muebles acomodados con cuidado, objetos personales repartidos por distintas superficies y suficientes detalles para indicar que alguien pasaba allí gran parte de su tiempo. Sin embargo, también existían señales evidentes de abandono. Algunas zonas acumulaban polvo, varias tablas necesitaban reparación y ciertas partes de la estructura mostraban el desgaste propio de un lugar que llevaba demasiado tiempo sin recibir mantenimiento. 

Ash fue el primero en entrar a una habitación al final del padillo y, en cuanto dirigió la vista hacia una de las ventanas, algo en su expresión cambió. La sonrisa que apareció entonces no se parecía a la que había mostrado unos segundos antes. No era falsa ni forzada. Era una sonrisa sincera, cargada de una felicidad tan evidente que hizo que Ewroon se sintiera todavía más confundido.

Su atención siguió la dirección de aquella mirada.

Junto a la ventana había un caballete con una pintura a medio terminar. Los pinceles descansaban sobre una pequeña mesa cercana y frente al lienzo se encontraba un banco de madera.

Vacío.

Ewroon frunció el ceño sin comprender nada. Antes de que pudiera formular una sola pregunta, el líder avanzó un paso hacia el caballete y habló con cierto nerviosismo.

—Juan, sé que tienes preguntas, pero traigo buenas noticias.

Ewroon tragó saliva. La sensación de inquietud que lo había acompañado desde que llegó a la cabaña se volvió mucho más difícil de ignorar cuando comprendió que Ash estaba hablando con alguien que él no podía ver. O peor aún, con alguien que no estaba allí.

—Ash...

—Sé que estás sorprendido. Yo también lo estoy.

La respuesta llegó de inmediato, pero no parecía dirigida a él. Ash mantenía la vista fija frente al caballete con una atención absoluta, como si realmente estuviera observando a otra persona. Había nerviosismo en su voz y una tensión extraña en sus movimientos. Fuera lo que fuera lo que creía estar viendo, aquello parecía alterarlo más de lo que quería admitir.

Intentando encontrar algo que le diera sentido a la situación, Ewroon desvió la mirada hacia el resto de la habitación. Fue entonces cuando comenzó a notar detalles que antes habían pasado desapercibidos. En una esquina había varios pinceles descansando dentro de un recipiente de vidrio cuyo agua se había evaporado hacía tiempo, dejando marcas secas en las paredes internas. Sobre una mesa cercana descansaban tubos de pintura abiertos casi secos, algunos cuadernos y pequeños objetos dispersos sin demasiado orden. A simple vista podían parecer pertenencias comunes, pero Ewroon los reconoció de inmediato.

Aquellos objetos habían pertenecido a Juan.

El descubrimiento provocó una sensación desagradable en su estómago.

—¿Por qué está todo esto aquí? —preguntó con cautela, intentando comprender por qué objetos que deberían encontrarse en Miarte habían terminado en una cabaña perdida en medio de la nada.

Ash no respondió.

Ni siquiera pareció escucharlo.

Toda su atención permanecía concentrada en aquel punto vacío junto al caballete. Desde la perspectiva de Ewroon no había absolutamente nada allí, pero la intensidad con la que Ash observaba ese espacio hacía difícil creer que estuviera fingiendo. Era como si realmente estuviera viendo a Juan.

Y tal vez eso era precisamente lo que más miedo daba.

Ash quería convencerse de que el silencio de Juan era a causa del shock de ver a Ewroon en la cabaña. Quería creer que Juan simplemente estaba procesando la presencia de un conocido, que la aparición de otro habitante de la isla lo había tomado por sorpresa o que necesitaba tiempo para ordenar sus pensamientos. Sin embargo, los segundos continuaban avanzando y nada cambiaba.

No había movimiento.

No había palabras.

No había reacción alguna.

Solo existía aquella figura que parecía sostener la mirada de Ash.

—Juan, di algo —murmuró mientras avanzaba un paso.

La respuesta nunca llegó.

El silencio comenzó a sentirse extraño, demasiado pesado para una casa que hasta hacía unos instantes parecía tan viva en los recuerdos de Ash. Incluso la habitación daba la impresión de haber cambiado. Ewroon no estaba seguro de si era una simple sugestión, pero la cabaña parecía más oscura, más descuidada y más vacía de lo que le había parecido al entrar.

—Juan...

Ash volvió a pronunciar el nombre con una voz más baja.

Nada.

La desesperación apareció poco a poco en la expresión de Ash mientras continuaba observando el mismo lugar, esperando una respuesta que nunca llegaba.

—Juan.

El nudo en su estómago se hizo más fuerte.

Aquello no era normal.

No importaba qué explicación intentara encontrarle, nada de lo que estaba viendo era normal.

Finalmente, Ewroon decidió intervenir. Se acercó despacio y apoyó una mano sobre el hombro de Ash, intentando obligarlo a regresar a la realidad. Los pasos de Ash se detuvieron de inmediato, pero no giró la cabeza. Ni siquiera pareció registrar el contacto. Toda su atención continuaba fija en el caballete, en aquel espacio vacío donde insistía en ver a alguien más.

Ewroon sintió una punzada de preocupación.

—Ash... aquí no hay nadie.

La respuesta fue inmediata.

—No.

La negación salió con tanta firmeza que por un instante pareció la de un niño aferrándose a algo que se negaba a perder.

Ewroon apretó ligeramente su hombro.

—Mírame.

—No.

La voz de Ash sonó más débil esta vez, pero no apartó la vista del frente.

El corazón de Ewroon se hundió un poco más.

—Ash...

Finalmente, Ash apartó la vista del espacio vacío frente al caballete y miró a Ewroon. Había un pánico genuino en sus ojos, uno tan evidente que por un instante resultó imposible relacionarlo con el hombre que todos conocían. No parecía el líder del Régimen ni la persona que acostumbraba afrontar cualquier problema con arrogancia. Solo parecía alguien desesperado por escuchar que todo estaba bien, que Juan seguía allí, que podía verlo y que todo aquello no era más que un enorme malentendido. La intensidad de aquella mirada hizo que Ewroon sintiera un peso incómodo en el pecho, porque comenzaba a comprender que aquello iba mucho más allá del duelo que había imaginado.

—Ash... ¿cuánto tiempo has estado así?

La pregunta provocó una reacción inmediata. Ash retrocedió un paso y apartó de un manotazo la mano que descansaba sobre su hombro. Negó una vez y luego otra, con una insistencia cada vez más desesperada, mientras sus ojos regresaban al banco junto al caballete como si esperara que Juan apareciera en cualquier momento para desmentir todo aquello. Necesitaba que hablara. Necesitaba que dijera algo. Necesitaba que Ewroon escuchara su voz y comprendiera que estaba equivocado. Sin embargo, el banco permanecía vacío y el silencio continuaba extendiéndose por la habitación.

—No.

La respuesta apenas fue audible.

—Robaste sus cosas.

—No.

—Has estado viviendo aquí solo.

—Cállate.

La palabra salió cargada de fragilidad que hizo que Ewroon dudara por un instante. Aun así, ya había llegado demasiado lejos para detenerse.

—Ash...

—¡CÁLLATE!

El grito resonó entre las paredes de la cabaña y, por un momento, ninguno de los dos volvió a hablar. La respiración de Ash se volvió irregular mientras recorría la habitación con la mirada. Parecía buscar algo de manera frenética. Sus ojos se dirigieron hacia la puerta, después hacia una de las ventanas y luego hacia distintos rincones de la casa, como si esperara encontrar a Juan escondido en cualquier parte. Había una urgencia desesperada en cada uno de sus movimientos, porque una parte de él seguía negándose a aceptar lo que estaba ocurriendo.

Juan debía seguir allí.

Tenía que seguir allí.

Porque si no estaba allí, entonces demasiadas cosas dejaban de tener sentido.

Mientras intentaba encontrarlo, los recuerdos comenzaron a acumularse en su mente. Recordó las conversaciones junto a la mesa, las comidas compartidas, las noches en las que se había quedado dormido escuchando su voz y las mañanas en las que despertaba convencido de que no estaba solo. Recordó las pinturas junto a la ventana, las canciones que llenaban la casa y aquella sensación constante de tranquilidad que había experimentado durante las últimas semanas. Sin embargo, cuanto más intentaba aferrarse a esos recuerdos, más inconsistencias encontraba en ellos. Había detalles que nunca había cuestionado porque no había querido hacerlo. Detalles pequeños que ahora regresaban con una claridad insoportable.

Las canciones siempre eran las mismas, y en el mismo orden.

La comida no parecía preparada, porque la cocina está impecable.

La cama solo estaba desecha de un lado.

Y la casa nunca había cambiado realmente.

La sensación de vértigo apareció de forma repentina. Era como si dos versiones distintas de la realidad estuvieran chocando dentro de su cabeza y ninguna estuviera dispuesta a desaparecer. El estómago se le revolvió y tuvo que apoyarse en lo primero que encontró para no perder el equilibrio. Su mano golpeó accidentalmente el caballete y la estructura cayó al suelo con un ruido seco que rompió el silencio de la habitación.

El lienzo se deslizó por el suelo hasta quedar frente a él.

Ash bajó la vista y se quedó inmóvil.

Era el mismo cuadro de siempre. El mismo cielo azul que Juan había estado pintando durante días. El mismo paisaje que observaba cada tarde convencido de que avanzaba poco a poco. Sin embargo, ahora que lo tenía delante, ya no podía seguir ignorando lo evidente. No había una sola pincelada nueva. Ningún color había cambiado de lugar. Ningún detalle había sido añadido. El cuadro seguía exactamente igual que la primera vez que lo había visto.

Y entonces comprendió.

No de golpe ni de forma absoluta, sino como una verdad que comenzaba a abrirse paso lentamente entre todas las mentiras que había construido para protegerse.

Sintió que algo se rompía dentro de él mientras observaba aquel cielo incompleto. Las conversaciones, las risas, las pinturas, las comidas y cada uno de los momentos que había compartido con Juan durante aquellas semanas comenzaron a mezclarse en su memoria hasta volverse imposibles de distinguir de la realidad. Quiso aferrarse a ellos. Quiso encontrar una explicación que demostrara que seguían siendo reales. Quiso volver a escuchar su voz una vez más. 

La habitación comenzó a girar lentamente a su alrededor. Escuchó a Ewroon acercarse y creyó oírlo pronunciar su nombre, aunque la voz parecía llegar desde muy lejos. Intentó mantenerse en pie, intentó aferrarse a cualquier cosa que evitara que todo se derrumbara, pero el peso de aquella verdad resultó demasiado grande.

Lo último que vio antes de que la oscuridad lo envolviera fue aquel cielo azul a medio terminar que jamás había cambiado, esperando en silencio junto a una ventana donde nunca había habido nadie.