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Dulce sabor a cigarro

Summary:

Los descansos entre trabajo eran algo rutinario, nada especial que destacar, hablar con alguien por primera vez es algo difícil en cambio, no siempre una persona capta tu atención y mucho menos con una sola mirada.

Aldo y Roier no lo saben pero su rutina esta a punto de cambiar y un cigarro será el inicio de todo.

Notes:

Hallo hallooooo, volví mucho más rápido de lo que pensé ajsjajsjs pero es que este os ya lo tenía debiendo desde cuando, no voy a mentir y ya quería hacerlo desde cuando pq mi corazón ante todo, es demasiado soft para este mundo de streamers que les gusta hacer rol triste a cada oportunidad. Y ahora si me rife haciéndolo más larguito para compensar que el anterior fue muy corto jsjjsjs.

Este os va dedicado al discord de la Cueva Aldoier y en especial a Bloom, ella fue la que dio la idea original y yo nomás la agarré pq me gustó mucho jsjsjsj gracias Bloom por tanto tqm <3

Ahora si, enjoy! :D

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Independizarse no era algo fácil, mucho menos a la edad de 18 años y siendo un híbrido de 3 animales a la vez en aquel mundo tan cerrado. Los primeros años siempre eran los más difíciles, le habían dicho, pero no se imaginó a qué nivel.

Días en los que sólo comía una vez, noches de desvelo por cumplir los deberes y sus horarios explotadores de trabajo, la incertidumbre de si podrá o no pagar la inflada renta al mes siguiente eran el pan de cada día, pero de alguna forma logró salir adelante, vamos, era Aldo el nahual, él podía con todo.

Y sí que pudo, aun con todos los prejuicios a su raza alejibre y al juzgamiento por su poca experiencia laboral, su vida ahora era más estable y podía darse el lujo de tener ese trabajo en el arcade con una buena paga, horario razonable, descansos de 40 minutos y en un lugar que le recordaba lo que logró mantenerlo en los momentos más difíciles; los videojuegos.

Pero había algo más, algo que aún no terminaba de encajar del todo en su vida, una sensación extraña de que algo faltaba.

Y fue entonces que lo vio, un día como cualquier otro al sacar la basura durante uno de sus descansos, un muchacho, más alto y a la vez más joven que él, de piel clara y bronceada, cabello castaño corto sostenido por una bandana azul, atlético bajo su uniforme y de atrapantes ojos café adornados con abundantes pestañas y dos marcas rojizas debajo de los mismos, recargado en una de las paredes del Oxxo donde trabajaba, viendo su celular de forma distraída.

Aldo sabía desde hace varios años que era gay pero ese día al ver a ese chico por primera vez fue como si la vida disipara cualquier duda que pudiera quedar. Le parecía MUY guapo y esa sola hizo que sus mejillas se sintieran calientes y la vergüenza de sus propios pensamientos lo hicieron darse la vuelta rápidamente para entrar al arcade nuevamente de manera algo torpe, chocando con el contenedor de la basura y atrapando sin querer su cola de mono con la puerta de emergencia

— Ay pendejo. — Se quejó bajo cuando con esa misma torpeza chocó contra un estante del almacén por ir distraído.

— ¿Y ahora a ti qué te pasa? — Su compañero, un joven humano llamado Juan, lo volteó a ver con una ceja arqueada con extrañeza al darse cuenta del barullo que estaba causando.

— Nada, nada. — Contestó algo distraído al volver a tomar su puesto en la zona de premios alusivos a los videojuegos retro del arcade.

Juan simplemente rodó sus ojos y negó, decidiendo ignorar el como las alas de cuervo de Aldo revoloteaban de forma discreta y su cola algo magullada por la puerta se movía de un lado a otro, no podía discutir tanto de todas maneras ya que sus descansos habían terminado y debían de volver a trabajar.

Pero la mente de Aldo rondó todo el día con la visión de aquel muchacho, en la forma en que se veía tan atractivo que el sólo recordar su silueta recargada en la sucia pared gris del Oxxo hacía su corazón acelerarse como loco.

Y claro que esa no fue la primera vez que lo vio, de hecho, desde ese día, cada vez que salía a tirar la basura como le correspondía en sus descansos, él estaba ahí, recargado en la pared con algo en sus labios que nunca alcanzaba a divisar del todo por la vergüenza de ser descubierto viendo demasiados segundos para admirar sus facciones y que terminó suponiendo, era un cigarro (años después sabría que en realidad sólo era el palito de una paleta).

Pero un día iba a terminar siendo descubierto y ese día llegó cuando finalmente levantó su mirada desde su celular directamente a él.

Aldo se congeló, ambos lo hicieron, era la primera vez que se miraban de forma directa y finalmente pudo observar con más detenimiento la forma triangular de su rostro, las abundantes cejas sobre sus ojos profundos y de abundantes pestañas, sus labios caídos, su nariz recta y esas marcas rojizas que no eran otra cosa que otros dos pares de ojos extra que los híbridos de araña tenían. Ninguno dijo nada por varios segundos que se sintieron eternos hasta que está vez, fue el chico el primero en irse por la puerta de emergencia del Oxxo.

Pero a Aldo eso no le importó, finalmente había visto su nombre en la placa de su camisa roja: Roier, un nombre inusual pero que lo hizo sentir aún más curiosidad.

Roier, contrario a Aldo, era alguien que empezaba su vida laboral, ese trabajo explotador era el primero de su vida después de vivir entre los lujos que sólo unos padres empresarios podrían darle, pero se había hartado de esa vida, a sus propias palabras, quería obtener sus propios logros por su propia cuenta y ese era el primer paso.

Aunque a veces se arrepentía de sus propias palabras y se aburría mucho de estar solamente ahí sentado cobrando a la gente, lo único interesante en sus primeros meses ahí, había sido pelear con ese híbrido de panda rojo que trabajaba en el Zabka de enfrente porque era la competencia, pero a veces ni siquiera estaba y en su lugar estaban otros 3 trabajadores que si bien eran mucho más tolerables que ese tal Ewron, no era lo mismo sin algo de la emoción que era tirarse mierda con alguien igual a él.

O al menos así fue hasta que lo vio en uno de sus descansos cuando decidió salir a la parte trasera del Oxxo en lugar de quedarse sentado como pato en su puesto o en la sala de empleados junto a su compañero de trabajo y mejor amigo.

Al inicio, no le había prestado atención al oír la puerta de emergencia del arcade abrirse, no era de fijarse mucho en la gente a su alrededor, pero cuando un golpe metálico al contenedor de basura llamó su atención lo notó, lo más sorprendente que podría haber visto alguna vez; un híbrido de raza alebrije, algo sumamente inusual. Lamentablemente no se había fijado del todo porque el chico se fue muy rápido pero estaba seguro de que sus ojos extra de araña vieron unos cuernos entre azulados y verdosos a los lados de un gorro rojo, unas alas negras y una cola de mono que se atrapó en la puerta de emergencia por un instante.

La intriga le llegó al instante, tenía que verlo de nuevo, necesitaba verlo otra vez, la borrosa visión de su aspecto rondó su mente todo el día como una película en constante repetición y desde entonces, en cada descanso, salía a la parte trasera del Oxxo esperando verlo salir a tirar la basura. Y entre esos vistazos fugaces para no llamar tanto su atención o asustarlo fue que notó sus características; era más bajo pero se notaba más maduro que él, de cabello castaño oscuro cubierto por una gorra roja similar a la de Mario, de piel morena, ojos café resaltados por un par de lentes de armazón negro y en efecto, un alebrije de dragón, cuervo y mono, su aguda vista arácnida no se había equivocado, pero algo que si que no había captado del todo en su primer accidentado encuentro fue lo atractivo que era.

Para Roier nunca fue un secreto su gusto por los hombres, desde niño recordaba sentirse atraído por algunos de sus amigos y nunca prestar atención a sus compañeras más allá de una simple amistad y para sus padres nunca fue un problema y ni siquiera un secreto tampoco porque nunca ocultó esa parte de sí mismo, ese fue uno de sus mayores privilegios en su crianza, aunque habría sido raro no tener ese apoyo de sus padres, es decir, ellos eran dos hombres.

Suponía que lo había heredado.

Y ese momento lo agradeció ya que vio su oportunidad, hacía años que nadie le atraía de esa forma y menos con un par de vistazos como ese misterioso muchacho del arcade. Tal vez estaba influyendo su fascinación por su raza, podría ser, pero no era ignorante al hecho de que tenía facciones bastante atrayentes para él como la forma en diamante de su mandíbula, su complexión robusta y musculosa que lo hacía ver grande e imponente, la forma caída de sus ojos, su nariz bulbosa, sus cejas en ángulo pronunciado, su labio inferior más grueso que el superior… si, era demasiado guapo para alguien tan observador como él.

— Deberías hablarle si tanto te llama la atención. — Le comentó su compañero de trabajo Quackity sin despegar su vista de la revista que tenía en sus manos sentado en la mesa de la sala de trabajadores.

— No es tan fácil. — Contestó él agarrando su bolsa de comida de su locker.

— Claro que es fácil, sólo lo ves y le dices “hola, mucho gusto, soy Roier ¿y tú?” — El aviano de alas amarillentas pasó la página de su revista.

— Si es así de fácil, ¿por qué no vas con el tal John Multas y le dices lo mismo? — Roier arqueó una ceja y Quackity soltó una risita.

— Te llevo bastante ventaja. — Quackity desbloqueó rápidamente su celular para mostrarle con sumo orgullo una conversación de whatsapp sobre una cita para ese mismo viernes con alguien al qué el aviano había nombrado “Multi 💚”.

— Ja, ¿con qué ya volviste a las andadas? — Roier se mofó y Quackity sólo sonrió.

— No puedo quedarme en el pasado cuando se me presentan oportunidades así. — Quackity se echó para atrás en su silla y llevó sus manos detrás de su cabeza. — Y tú tampoco deberías de hacerlo.

Roier rodó sus ojos y salió de la sala directo a la sala de emergencia. Si no estaba mal, en unos 5 o 10 minutos saldría por la puerta como todos los días para tirar la basura.

Pero mientras miraba su celular de forma distraída, su mente comenzó a repetir las palabras del aviano en bucle.

“No puedo quedarme en el pasado… y tú tampoco deberías hacerlo”.

La puerta se abrió, era él, lo sabía por la forma en que caminaba, algo tensa pero ligera a la vez, como si no quisiera ser notado pero consciente de que ya había sido inevitablemente escuchado.

“Deberías hablarle si tanto te llama la atención”.

Su corazón se aceleró y apretó su celular en su mano, sintió perfectamente como la adrenalina calentaba su cuerpo y lo hizo levantar la vista sin pensar.

Y él lo vio, es decir, ya lo estaba viendo, sabía que siempre lo veía pero ahora lo había atrapado infraganti y eso lo había sorprendido, lo notó en su micro expresión de pánico.

Era la primera vez que se veían de frente, el mundo pareció detenerse y las palabras se le atoraron en la garganta, de repente ese arranque de adrenalina se drenó de golpe cuando sus ojos se encontraron con los contrarios en una primera impresión de vergüenza que rápidamente se convirtió en curiosidad.

Y otra vez actuó sin pensar, sus pies se movieron solos al adentrarse nuevamente en el Oxxo con pasos pesados y al instante en que recargó su espalda en la puerta, golpeó su frente, no le había dicho nada, ni siquiera un mísero “hola”.

— Soy un idiota. — Gruñó y cubrió su rostro con sus manos aguantandose las ganas de gritar y mejor desquitando esa frustración que le arrancaba siseos y quejidos bajos dándose golpecitos en la cabeza.

¿Por qué no había dicho nada?, eso ni siquiera él lo sabía, pero había algo que sí y es que por fin pudo ver su nombre en la placa de su uniforme: Aldo, algo común pero no por eso menos especial.

— Me vio. — Dijo Aldo aún sorprendido a un desprevenido Juan.

— ¿Cómo qué te vio?, ¿te dijo algo? — Juan se inclinó con expectación sobre la mesa de la sala de trabajadores con su sándwich en sus manos.

— ¡¿Cómo qué nada?! — Exclamó Quackity incrédulo y furioso a un derrotado Roier.

— No pude decir nada, literalmente mi voz se atoró en mi garganta. — Explicó con frustración y derrota.

— Tal vez le ganaron los nervios. — Aldo barajó la idea y Juan llevó sus dedos a su mandíbula, pensativo.

— Podría ser, porque él fue quien te vio, ¿no es verdad? — Preguntó y Aldo asintió. — Hmmm pero que no dijera nada es extraño…

— ¡Pues no sé por qué justo en ese momento mi estúpida garganta decidió cerrarse! — Gritó Roier desesperado.

— Okey, okey, no es necesario que grites. — Quackity levantó sus manos y resopló. — No es el fin del mundo sólo por eso.

— Es decir, es un gran primer paso que al menos se vieran. — Dijo Juan y Aldo pareció calmarse de sus propios nervios.

— Supongo que si, no creí qué me vería nunca en primer lugar. — Admitió Aldo con algo de pena.

— Y es por eso qué ahora debes de tomar esa oportunidad la próxima vez y ahora si decirle algo. — Quackity golpeó suavemente uno de los brazos de Roier.

— Pero, ¿qué podría decirle?, o sea si, le digo “hola, soy Roier”, ¿y luego qué? — Roier volteó a verlo expectante.

— Tal vez… ¿preguntar qué le interesa?, es decir, tal vez le gusten los videojuegos como a ti y ese sería un gran punto de inicio para comenzar a platicar más, ¿no? — Sugirió Juan.

— Pero, ¿y si no le gustan? — Aldo torció su gesto no muy convencido.

— Pues entonces de lo que sea que te diga haz conversación, dioses, no es tan difícil. — Quackity bufó y negó claramente cansado de oír siempre a Roier hablar del misterioso chico del arcade al que no tenía valor ni siquiera de ver desde hacía un mes y medio o algo así.

— Es que no quiero parecer un tonto frente a él. — Roier suspiró y apoyó su rostro en su mano.

— No lo harás, créeme, eres la persona más cool que conozco y estoy seguro de que él lo notará. — Juan palmeó él hombro de Aldo y le sonrió para darle ánimo.

— Y si no nota lo increíble que eres, bueno, ya habrá alguien que si. — Quackity volvió a echarse en su silla al llevar sus manos detrás de su cabeza.

— ¿En serio lo crees? — Aldo y Roier vieron a sus amigos con esperanza.

— Estoy más que seguro. — Contestaron Quackity y Juan con una sonrisa confiada que hizo a ambos sentirse más seguros de que la próxima vez le hablarían al otro.

Pero Aldo y Roier eran más parecidos de lo que creían y la vergüenza les ganó al menos unas cuatro veces más.

Sólo se veían pero ni una palabra salía de sus bocas.

— Soy un desastre en esto. — Se lamentó Aldo con la frente apoyada en el mostrador de premios y Juan suspiró negando.

— Ahora si que no puedo negarte eso. — Juan agarró una cajetilla de cigarros de su bolsillo y sacó uno para ponerlo en sus labios.

— No puedes fumar aquí adentro Juan, el jefe se va a dar cuenta y otra vez nos va a regañar. — Dijo Aldo de forma amortiguada.

— Ya lo sé, ahorita me salgo. — Dijo Juan con un bufido mientras buscaba su encendedor.

Aldo giró su rostro para dejar su mejilla apoyada en el mostrador y sus ojos pasaron de su amigo revisando cada bolsillo de su ropa cada vez más irritado a la cajetilla abierta.

Y de pronto, la visión de que Roier siempre traía lo que parecía un cigarro en sus labios le hizo tener una idea.

Tal vez… si había una forma de llamar la atención del arácnido sin tener que arriesgarse tan directamente.

Su mano dudó, su corazón se aceleró ya que no quería que Juan lo viera para evitar el interrogatorio y en un arranque de adrenalina, su cola de mono tiró algo de los estantes detrás de Juan captando su atención justo para deslizar su mano rápidamente a la cajetilla y agarrar un cigarro que escondió en su puño al cerrarlo.

— Ush, de nuevo Ash no acomodó bien las cosas. — Se quejó Juan entre murmullos al levantar unas cajas.

— ¿Ashwaganda?, ¿el wey de la mañana que me cantó el tiro y que nunca veo desde entonces? — Aldo arqueó una ceja divertido y Juan rodó sus ojos.

— Dijimos que no volveríamos a hablar de ese asunto. — Dijo Juan frunciendo el ceño.

— Yo sólo digo los hechos. — Aldo se impulsó con sus manos y le dio la espalda a Juan. — Voy a tirar la basura.

— Está bien. — Contestó Juan agarrando su cajetilla para salir también al frente del local en forma de barril.

Aldo se metió al almacén para ir por la bolsa que ya lo esperaba cerca de la salida de emergencia y vio el cigarro en su mano al volver a abrir su puño.

Él no fumaba, no era fan de eso porque sabía y olía horrible pero era verdad que a mucha gente eso le parecía interesante y si Roier ya de por sí fumaba, tal vez eso podría funcionar.

“Sólo una vez no hace daño, ¿no?”, pensó agarrando un encendedor que él llevaba a todos lados justamente por Juan o sólo porque sí y agarró la bolsa para salir empujando la puerta.

Y justo como pensaba, ahí estaba como siempre Roier que levantó su vista al escucharlo.

Aldo respiró hondo y tiró la bolsa en el contenedor.

Era ahora o nunca.

Sacó el cigarro de su manga y para sorpresa de Roier, lo llevó a su boca y lo encendió, le dio una calada y sopló el humo.

— ¿Fumas? — Y ahí estaba, justo lo que esperaba, la primera palabra, su voz ligeramente aguda pero sin perder sus matices masculinos le resultó muy linda en realidad pero no quería concentrarse en eso en ese momento o se distraeria demasiado y ya no podría formular palabra alguna.

— De vez en cuando, ¿y tú? — Contestó volteando a verlo. Roier sintió que su corazón se aceleraba cuando su voz algo ronca y grave pero cantarina por fin cruzó por sus oídos.

No iba a mentir en que se le hizo diez veces más atractivo sólo por esas palabras.

— Umm, sí, también de vez en cuando. — Roier aclaró su garganta y pasó su mano por su cabello.

— No estaría mal que nos juntemos a fumar entonces, ¿no lo crees? — Propuso Aldo volviendo a calar su cigarrillo.

— Sí, no estaría nada mal. — Roier se encogió de hombros, ninguno apartó la mirada, acción que los hizo sonreír.

— Me llamo Aldo, por cierto. — Le ofreció su mano libre.

— Soy Roier. — No dudó en aceptar el apretón, una descarga recorrió sus columnas al momento en que sus palmas se juntaron y permanecieron un segundo más de lo debido de esa forma.

— Bien, nos vemos pronto. — Dijo Aldo una vez se soltaron y le dio la espalda para volver al local, dejando caer el cigarro para pisarlo y apagarlo.

— Nos vemos. — Dijo Roier de vuelta y lo vio asentarse en el arcade.

“DIOS AL FIN”, pensó dando saltos de emoción una vez que la puerta se cerró detrás de Aldo y aguantó gritar ahí mismo sólo soltando chillidos amortiguados, yendo casi corriendo de vuelta al Oxxo a contarle a Quackity lo sucedido.

“FUNCIONÓ”, pensó por su parte Aldo igual de emocionado apoyado en la puerta de salida conteniendo sus propios gritos al apretar sus manos en su cara y sentir sus alas revolotear con alegría.

Lo habían logrado y ahora no iban a dejar pasar por nada del mundo aquella oportunidad, incluso si para eso debían de hacer algo que no les gustara y así fue.

Aldo empezó a robarle cigarros a Juan, uno por día y luego dos para ofrecerle a Roier, pero Juan comenzaba a sospechar y Roier no quería que Aldo lo viera como un confianzudo de más por siempre llevar otro para él, así que un buen día, agarró una cajetilla del Oxxo (que pagó, claramente) y salió por la puerta de emergencia con decisión.

— ¡Sabía que eras tú! — En cambio, Juan justo exclamó al agarrar a Aldo con las manos en la masa.

— Es por una buena causa, entiende. — Dijo Aldo con las manos alzadas.

— ¿En serio estás fingiendo sólo para hablarle?, ¡a ti ni siquiera te gusta como huele el cigarro! — Volvió a exclamar Juan.

— Y está funcionando, ya me habló de su vida más a fondo y yo a él de la mía. — Se defendió Aldo y Juan suspiró.

— Aldo, será mejor que acabes con esto de una buena vez antes de que se ponga peor y ya no puedas dejarlo.

— ¡No puedo!, Roier y yo finalmente empezamos a conectar por esto, ¿y quieres que me eche para atrás?, ni loco.

— ¡Pero ni siquiera te gusta! — Repitió Juan con incredulidad.

— ¡No importa si así puedo seguir hablando con él! — Exclamó de vuelta.

— Ay no puede ser. — Juan apretó el puente de su nariz. — No puedes cambiar sólo para agradarle, eso no es lo correcto.

— No estoy cambiando, sólo me adapto a la situación. — Juan suspiró ante su “corrección” y negó.

— Okey, si, está bien, ¿sabes qué?, lenda igual, sigue con esto pero de mí ya no obtienes nada. — Juan agarró la cajetilla y la cerró para guardarla.

— ¿Qué?, Juan por favor-

— ¡Ya dije! — Exclamó y se fue sin dejar a Aldo decir otra palabra, sólo bufando de exasperación.

— Tch. — Chasqueó la lengua y salió por la puerta de emergencia donde Roier ya lo esperaba.

— Hola. — Le sonrió de esa forma dulce y especial tan característica que tenía y que siempre le aceleraba el pulso.

— Hey. — Sonrió de vuelta al relajarse y se acercó al más alto.

— ¿Qué tal ha ido tu día? — Roier lo vio tirar la bolsa de basura como siempre, sus manos estaban dentro de los bolsillos de su pantalón.

— Pues no ha habido algo muy interesante a decir verdad, sólo qué un niño le vomitó el zapato a mi compañero. — Comentó riendo.

— Vaya suerte. — Roier rio de vuelta. — ¿Ahora no fumaras? — Preguntó curioso ya que siempre salía con un cigarro en su boca.

Aldo se tensó, tenía esperanza de que no lo notara pero vamos, era inevitable no comentar algo tan obvio.

— Bueno… es que… — Los nervios comenzaron a subir por su garganta, ¿y ahora qué?, ¿dejaría de hablarle sólo por eso?, no quería pensar en la posibilidad de que realmente sólo le hiciera caso por un detalle así.

— Tranquilo, si no tienes, no hay problema aunque bueno… te puedo cubrir con eso. — Pero para su sorpresa, Roier sacó una cajetilla de su pantalón. — Tú siempre eres el que me ofrece y bueno… quise retribuir de alguna forma, ¿sabes? … Es mejor así, ¿no? — Le dijo algo nervioso cuando el contrario levantó su vista.

— Si, supongo que sí. — Aldo terminó por sonreír de nuevo y agarró un cigarro de la cajetilla.

Desde entonces, Roier fue quien incentivó esa práctica, por alguna razón, ambos pensaban que si dejaban de hacerlo, el otro dejaría de hacer caso, pero no podrían estar más equivocados.

Ambos eran observadores y a la vez lo suficientemente distraídos como para no notar que poco a poco terminaron sólo por fumar un cigarro al inicio de su conversación, el mismo que se daban al verse y que al acabarlo, ya no era necesario agarrar otro para seguir su conversación.

Porque para Roier nunca se trató de eso, se trató de conocerlo, de saber sus razones para trabajar en un arcade y no en otro lugar, de saber que vivía solo desde los 18 años porque sus padres fallecieron pero que se sentía bien con su vida actualmente aunque parecía que algo le faltaba, que amaba los videojuegos, la matcha y hacer chistes al nivel de su padre Vegetta y que aún así le parecieran graciosos.

Y para Aldo se trató de sorprenderse de saber que trabajaba en un Oxxo a pesar de vivir con una familia muy bien acomodada porque quería una carrera en la que su padre no estaba de acuerdo y él debía financiarla por su cuenta porque lo vio como un reto, de saber que apreciaba tanto su libertad como él lo hacía al punto de deslindarse de todos sus lujos sólo por cumplir sus sueños, que también amaba los videojuegos, las cosas saladas y competir en ver quién hacía el peor chiste de papá y reírse de cualquier tontería que se les ocurriera.

Siempre se trató de ellos pero aún no eran capaces de verlo, al menos no hasta ese día.

— Entonces eres un alebrije de tres animales. — Comentó Roier luego de estar en silencio un par de minutos sentados contra la pared roja e incompleta a propósito del arcade al imitar los andamios de Donkey Kong, viendo el cielo casi atardeciendo.

— Si, mis papás no saben exactamente de dónde salió pero siempre me han dicho que no me avergüence de lo que soy. — Aldo acarició una de sus alas al cerrarla contra sí mismo, sus plumas negras intensas como la obsidiana relucieron contra el sol en un tono azulado que recordaba al fuego reaccionando con sales de cobre, un detalle que se le hizo sumamente hermoso a Roier.

— No tendrías por qué, me parece que es algo muy lindo. — No pudo evitar decir rozando con uno de sus dedos las plumas de su otra ala.

Aldo sintió que su cara se enrojeció al instante, soltando una risa ligera cuando Roier rio al notarlo.

— Oye, no puedes decir algo así de la nada y no esperar que me avergüence. — Dijo con un tono de falsa molestia y una sonrisa de agradecimiento en sus labios.

— Sólo estoy siendo sincero. — Roier paseó sus dedos entre sus plumas de forma superficial, sin atreverse del todo a tocarlas.

— … ¿quieres tocarlas? — Dijo Aldo luego de otro pequeño silencio en el que vio lo que hacía.

— ¿Eh? — Roier se sorprendió.

— Anda, hazlo, te da curiosidad, ¿no? — Aldo desplegó su ala frente a él. Roier al inicio no supo qué hacer, no esperaba que le dijera eso y más sabiendo que para los avianos, sus alas eran algo sumamente importante y de lo que más cuidaban.

“Es nuestro mayor símbolo de libertad después de todo”, recordó que alguna vez Quackity le dijo mientras lo ayudaba a curar sus alas luego de una de sus relaciones más abusivas.

— ¿Estás seguro? — Preguntó al alebrije que se veía completamente calmado.

— ¿Por qué no habría de estarlo? — Volvió a contestar con tranquilidad y Roier no supo qué decir contra eso.

Agarró su ala con delicadeza entre sus dos manos, sus dedos se hundieron entre las plumas casi desapareciendo de la vista, se sentía increíblemente suave y a la vez sus barbas picaban ligeramente pero no lastimando, más bien daban cosquillas, era como sostener una acogedora y a la vez ligera manta.

— Wow. — No pudo evitar decir y escuchó a Aldo soltar una risita.

— ¿Es la primera vez que tocas unas alas?

— No, de hecho mi mejor amigo es un aviano de pato, pero… sus alas son diferentes a las tuyas. — Roier hundió más sus manos hasta tocar la piel debajo de las plumas de forma gentil y curiosa, haciendo a Aldo moverse ligeramente al sentir una descarga recorrer desde donde los dedos de Roier tocaban hasta su espalda.

— ¿Ah sí? — Cerró sus ojos para evitar soltar algún sonido de la satisfacción que sintió cuando Roier comenzó a juguetear con sus plumas, y aún así el arácnido notó con ternura que sus alas daban ligeros saltos.

— Me gustan mucho tus alas. — Admitió dejando que Aldo acomodara su plumaje en su regazo, técnicamente cubriéndolo como una cobija calientita, siguiendo con sus caricias suaves.

— Creo que eres de las pocas personas que me ha dicho eso fuera de mi familia. — Murmuró Aldo.

— La gente es muy prejuiciosa. — Respondió Roier quitando una pequeña basura que se había atorado en su ala, supuso que de atender en el arcade. — Creen que los cuervos les darán mala suerte pero a mi se me hace una tontería.

— ¿Ah sí?

— Los cuervos son aves muy inteligentes, muy astutas, sí eres bueno con ellos, lo recordarán para toda la vida así como si eres malo con ellos, son sumamente leales… diría que incluso son aves muy simpáticas y cariñosas si lo desean. — Roier volteó a verlo, sus ojos conectaron y esta vez ninguno desvió la mirada.

— … eres muy bueno conmigo. — Se le escapó a Aldo y su cola ahora fue la que rozó tímidamente con el costado de Roier.

— No veo por qué no debería de serlo. — Sonrió bajando su brazo, dejando qué la cola de mono de Aldo se enredara en su antebrazo al darle una pequeña caricia.

Aldo sentía que su corazón estaba completamente acelerado y su cara casi tan caliente como un horno, pero no le importó en ese momento de suma comodidad, uno que nunca había sentido con nadie en realidad, donde podía ser él mismo…

— Yo creo que las arañas no son tan aterradoras como todos creen. — Volvió a hablar luego de estar en silencio, sorprendiendo a Roier.

— ¿Cómo dices?

— Mucha gente cree que las arañas son espantosas pero no creo que sea del todo así, es decir, si las retas te harán daño, eso está más que claro, pero si te detienes a apreciarlas de verdad, te das cuenta de lo hermosas que pueden llegar a ser. — Aldo jugó con una piedrita con su índice, haciéndola girar en el piso, sin ver que Roier se había puesto tan rojo cómo él en ese momento.

— ¿Hermosas en qué sentido? — Preguntó Roier con un ligero gallo de nerviosismo en su voz qué trató de disimular.

— Son muy ágiles para hacer sus telarañas, altamente creativas, muy calculadoras y pacientes para cazar, muchas son solitarias pero creo que cuando encuentran algo que les importa, pueden ser las mayores guerreras para proteger eso que les interesa y no soltarlo jamás. — Aldo volvió a conectar su mirada con la de Roier, ahora fue él quien lo dejó sin palabras, su corazón se aceleró tanto como si fuera un caballo corriendo desbocado.

Nadie nunca había dicho algo tan hermoso hacía su hibridez, una que era muy difícil de asimilar para muchas personas sin tener miedo o prejuicios. Es decir, si que le habían dado halagos por su apariencia y forma de ser pero esa parte de sí mismo casi siempre era ignorada la mayoría de las veces y ahora ahí estaba, junto a alguien que comprendía mejor que nadie lo que era el ser juzgado por algo que era inherente a su persona, algo que no había elegido, que muchos querrían que odiara por no ser lo que se espera socialmente de él.

— … creo… creo que encontré ese algo que me interesa más que nada. — Admitió y ambos se sonrojaron.

— ¿Ah sí? — Aldo sonrió ligeramente y Roier sintió que era el momento.

— ¿Quieres dejar de pretender que nos gusta fumar y salir conmigo el viernes? — Aldo volvió a reír, ya no tenía sentido que ninguno fingiera más aquella farsa.

— Me encantaría. — Aceptó con una gran sonrisa que se le contagió a Roier.

Aldo bajó su mano junto a la de Roier, la misma en la que su cola había permanecido enredada todo ese tiempo y entrelazaron sus meñiques, aún algo tímidos pero más seguros de lo que realmente querían ahora.

Y cuando se fueron de vuelta a sus trabajos, sólo dejaron atrás la cajetilla cerrada en el bote de basura.

Notes:

Gracias por leer hasta aquí! Espero que les haya gustado pq la neta, a mi me gustó un buen escribirlo jsjsjsjs

Una vez más, muchas gracias a Bloom por la idea y a la Cueva Aldoier por recibirme tan cálidamente, nunca había interactuado tanto como en ese discord y me siento muy feliz de haber conocido a tanta gente bonita :3 se les tqm

Nos vemos pronto con otro fanfic, tal vez uno más angst pq si me encanta el soft, pero la vida es más interesante con drama muajaja

Chao chao!