Work Text:
Cuidar a Nanako era una tarea bastante divertida, por más compleja que pareciera. A principios de año él nunca lo hubiera considerado como una prioridad en su lista de tareas, pero luego de que su jefe le insistiera, se había vuelto parte de la rutina. En vez de volver a su vacío apartamento luego de la jornada laboral, podía ir a casa de los Dojima a colorear con distintivos crayones.
“¡Adachi-san está acaparando el verde, papá!” exclamó Nanako cuando escuchó la puerta abrirse, anunciando que efectivamente, su padre había llegado.
“¡N-No, no! Ya te lo paso, perdona.”
Él odiaba cuando los niños gritaban, o eran insoportables en general, pero se lo podía perdonar a ella. Temía eso sí que gracias a esta pequeña bromita le fueran a dar una paliza; casi era capaz de sentir el golpe en la nuca.
“¿Ah, sí?” Dojima se aflojó la corbata “Voy a pensar en un castigo para él, luego.”
Un peso extra se unió al sofá atrás de donde trabajaban con un crujido en los resortes viejos. Eran observados sin real interés.
Adachi sonrió ampliamente por haberse librado; su jefe parecía demasiado agotado como para regañarlo en serio. Nanako, olvidando la pequeña discusión, volvió a dibujar con ayuda del crayón verde. Todo estuvo bien, asumiendo que ese "luego" nunca llegaría.
El tiempo pasó entre bostezos y el sonido de las hojas al pasar. Sin darse cuenta, Adachi se quedó absorto en los detalles del dibujo, moviendo el crayón mecánicamente sobre el papel.
“Adachi.”
La voz repentina lo hizo sobresaltarse. Al voltear la cabeza, vio a Dojima sentado en el sofá bebiendo de una lata. No sabía en qué momento se había movido hacia la nevera, pero allí estaba, con una cerveza en la mano.
“Deja de colorear con…” un hipo interrumpió la frase “...con crayones.”
Adachi analizó detenidamente su cara y notó que tenía las mejillas rojas. Sabía que era de los que se emborrachaban rápido, pero no esperaba que fuera tanto, cosas de alcohólicos. A su alrededor el silencio reinaba en la estancia.
“¿Dónde está Nanako-chan?”
“En su cuarto, durmiendo.”
Sobre la mesa estaba el dibujo terminado. Los trazos verdes eran erráticos en algunas partes, y Adachi se dio cuenta de que por puro agotamiento se había quedado repasando el mismo sitio sin ser consciente de ello. Sacudió la cabeza, tratando de despejarse.
“Creo que será mejor que me vaya, señor.”
Cuando intentó levantarse, unos brazos rodearon su cintura. Desde atrás recibió un tirón tan fuerte que perdió el equilibrio y terminó sentado, no en el suelo, sino sobre las piernas de Dojima. El mayor se aferraba a él y apoyaba torpemente la cabeza sobre su hombro, cerrando los ojos.
“Castigo”, balbuceó.
“¿Qué?”
“Te quedas conmigo de castigo.”
Apretujó sus cuerpos y las mejillas de Adachi se encendieron, como si hubiera sido él quien había tomado el alcohol.
“¡Noo! ¡No tengo tiempo para esto!” Trató de liberarse agitando piernas y brazos, pero el agarre del detective era firme.
“Chisato…” susurró Dojima. Adachi deseó que la tierra lo tragara. “Te pareces.”
“¿¡A-A ella!?”
No fue capaz de encontrar ninguna similitud física… Supuso que se refería a su presencia constante en la casa o a la forma en que cuidaba de las tareas domésticas, lo cual le horrorizó.
“Odio estar solo” Sintió una suave brisa cargada de alcohol chocar contra su cuello, el agarre cedió apenas un poco.
“Tiene a su hija”
“No es lo mismo.”
“Y está borracho” añadió en voz baja “Mañana no va a recordar nada.”
“Eso espero”
Resignado, dejó que el calor atrás suyo envolviera su cuerpo a la expectativa de lo peor, las manos en su cintura haciendo fuerza cada cierto tiempo. Viendo más que los trazos del dibujo sobre la mesa, Nanako había tratado de retratar a toda la familia con crayones incluido él, que estaba muy distraído dibujando repollos como para fijarse en la parte de ella. Le quedó bien. También estaba ahí Chisato y sólo ver una imitación causaba náuseas, le asqueaba la devoción ciega a un fantasma y aún más que Dojima en su estado de ebriedad quisiera proyectar su imagen en él.
Con la punta de los dedos, deslizó la hoja hasta que quedó oculta bajo una pila de otros papeles, tapando por completo la figura de Chisato y su propio lugar en la familia. Ojos que no ven, corazón que no siente. Ahora en el dibujo saludaban únicamente Nanako y Dojima al mundo con una gran sonrisa, como creía que se lo merecían.
Unas manos despejadas ya del sueño se deslizaron desde su cintura hasta por debajo de la camisa en búsqueda de calor. “¿Por qué te mueves tanto, Adachi?” La voz ronca, arrastrada por el alcohol, pero con una firmeza que no tenía antes. “Te dije que es un castigo.”
“Señor, ya guarde los crayones.” Dijo mientras la respiración se le estaba acortando. “El castigo ya no tiene sentido… Además me está aplastando.”
“Tiene sentido si yo lo digo.”
Hubo un tirón brusco, le dio media vuelta a su cuerpo y forzosamente Dojima lo obligó a mirarlo a la cara. Bajo el efecto de la bebida lucía desarmado, sus ojos entornados fijos en los labios de Adachi.
“Eres un pésimo subordinado.” Murmuró. “Siempre te quejas…”
“Si soy tan malo debería dejarme ir a casa.” El corazón le latía con fuerza contra las costillas, bajó igualmente la mirada a los labios del mayor con una fascinación que se negaba a admitir.
“No quiero.”
Luego de la cruda confesión estrelló sus labios en un beso, siendo más un choque de dientes por su torpeza inherente de borracho. Olía a tabaco rancio, cerveza y a depresión.
No lo estaba besando a él, no realmente, pero de todas formas con docilidad casi patética entreabrió los labios permitiendo que su jefe le invadiera la boca. Dedos gruesos se enredaron en su cabello, tirando bruscamente hacia adelante con tal de reducir el espacio y profundizar el contacto de ambas lenguas. Chisato debió disfrutar mucho estando en vida junto a un esposo así; la idea le causó cosquillas en las manos, y para aplacar la sensación, se aferró a la camisa gris.
Tras minutos de un beso donde los gemidos quedaban ahogados en la boca del otro, el contacto poco a poco se volvió un roce húmedo de labios. Cuando finalmente se apartaron, lo hicieron a medias, dejando un hilo de saliva estirarse entre los dos.
“Bueno…” Sonrió mientras el aliento caliente le empañaba la piel. “Fue divertido, pero ya tengo sueño.”
En un breve silencio, el detective procesó la información de la mejor manera que lo haría un borracho.
“Está bien”, balbuceó, y el agarre que había en su cuerpo aflojó; no para dejarlo ir, sino para cambiar de posición. El detective se dejó caer hacia un lado en el sofá arrastrando a Adachi consigo.
”¡O-Oiga!”
“Quédate conmigo, por favor. Es el castigo.”
Fue una súplica ridícula viniendo del hombre que era Ryotaro Dojima, tanto que una punzada de superioridad le recorrió a lo largo de la espalda. Tenía que aceptar después de que le pidieran quedarse de esa forma. “Como quiera...”
Para acomodarse mejor dentro del espacio tuvieron que apretujarse, estirar las piernas hasta entrelazarlas.
Antes de cerrar los ojos, vio que una de las manos que lo abrazaba colaba los dedos entre los suyos. “¿Busca ser tierno?” Nadie escuchó su comentario despectivo, el pecho atrás suyo respiraba lentamente en señal de que ya estaba durmiendo.
Hubiera preferido que lo echaran a la calle con una patada; si era honesto, estando así de cerca de otro hombre no se podía evitar sentir como una mujer, una mujer igual a la del dibujo, igual que Chisato. Peor castigo que la cercanía.
Y aun así mañana como cada tarde, encontraría una excusa para volver a la maldita casa. Tenía que ir para cuidar a Nanako, ¿verdad? Eso era lo que se decía a sí mismo.
