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El ascensor privado de The Nort olía siempre a dinero. No a perfume barato ni a ambientador de centro comercial, sino a ese aroma neutro y costoso que solo los hoteles de siete estrellas y el dinero logran comprar. Y lo sabía bastante bien. Había crecido en ese olor.
Eran las siete de la tarde. El piso ejecutivo estaba casi vacío. Los gerentes habían regresado a sus casas cálidas o a los brazos de sus amantes, y los asistentes corrían para terminar los informes del último minuto. A mi me gustaba esa hora. El silencio antes de la tormenta. Oh después. Nunca supe bien cuál era cuál en la ocupada vida de mi padre.
Vegeta lo esperaba. Ah, no. probablemente no. Las citas familiares con el patriarca eran siempre un monólogo donde yo solo asentía, mis hermanos mayores recibían los elogios y los socios su total atención.
—Y yo solo era el tercer hijo. Como si eso fuera un diagnóstico médico. Incurablemente irrelevante.
Atravesé el pasillo de mármol negro. Mis pasos resonaban como un metrónomo lento. Las puertas de la oficina principal estaban entreabiertas. Eso era extraño. Vegetta nunca dejaba nada entreabierto.
Me detuve un segundo antes de entrar. Oi una voz que no reconocía.
—...y le recuerdo, señor Vegetta, que la cena con los inversionistas japoneses es el jueves, no el miércoles. Yo mismo verificaré el menú.
Una voz clara. Profesional. Pero con un dejo suave, casi cálido. No como los empleados de siempre, esos que parecían robots programados para sonreír.
Empuje la puerta.
Y entonces lo vi.
Un hombre joven —tal vez veintiocho, treinta- estaba de espaldas a la entrada, ordenando unos documentos sobre el escritorio de Vegetta. Llevaba un traje azul marino, bien cortado pero no lujoso. El tipo de traje que alguien compra en una tienda decente, no en una de diseñador. Sus hombros estaban ligeramente tensos, como si cargaran algo más que una chaqueta.
—¿En qué puedo ayudar?
El hombre se giró.
Y siento algo extraño. No fue un flechazo. No fue un deseo. Fue peor. Fue como si alguien hubiera pausado el mundo un segundo y luego lo reanudara mal, fuera de ritmo. Los ojos del desconocido eran grandes y oscuros, con esa mezcla de cansancio y dulzura que tienen las personas que cuidan de otros. Sus manos -Aldo miró sus manos- eran limpias, uñas cortas y sin anillo.
—Busco a mi padre —dijo Aldo, y su propia voz le sonó más ronca de lo normal.
—El señor Vegetta salió hace diez minutos —respondió el hombre, con una sonrisa rápida y profesional-. Dijo que si usted venía, esperaría en la sala de juntas. ¿Quieres que te acompañe?
—No.
La respuesta fue demasiado seca. Aldo lo supone por la forma en que el hombre parpadeó, solo un segundo más lento de lo habitual. Lo incomodé. Mierda.
—Perdón -corregí , metiendo las manos en los bolsillos—. Tuve un día largo. ¿Pero usted quién es...?
—Juan —dijo el hombre, extendiendo la mano—. El nuevo secretario personal de su padre. Llevo dos meses en el puesto.
Tomé su mano. La palma era suave, pero los dedos estaban firmes. Una mano que trabajaba, no solo que firmaba cheques.
—Aldo —y por algún motivo que no puedo explicar, añadi— "El hijo olvidado".
Juan me soltó una risa corta. No una risa de compromiso. Una de verdad.
—No parece olvidado. Tiene las llaves del ascensor privado.
—Las llaves no significan nada. Es lo que haces con ellas.
—¿Y qué hace alguien como usted con las suyas?
Lo mire fijamente. Nadie me pregunta eso. Nadie. Todos asumen que soy un inútil con dinero y ya está.
—Por ahora —conteste, sin soltar su mano un segundo de más—, entrar a oficinas vacías y conocer gente nueva.
Juan retiró la mano con naturalidad, sin brusquedad. Volvió a los papeles.
—Pues bienvenido a la oficina vacía. Si quiere esperar a su padre, la sala de juntas tiene café. El de la máquina, eso sí. No creo que sea lo que usted toma, pero a mí me salva la vida.
—¿Usted no toma del bueno?
—Eso es para los dueños. Yo tomo lo que sobra.
Lo dijo sin amargura. Con una aceptación tan tranquila que me dolió en el pecho -Así que eres de esos. Los que se conforman. Los que trabajan el doble y piden la mitad. Los que nadie mira dos veces.
—¿Le molesta? —pregunte, señalando los papeles.
—¿Qué cosa?
—Que la gente entre sin avisar. Mi padre odia las interrupciones.
Juan alzó la vista. Esa sonrisa otra vez. Más pequeña. Más real.
—Su padre no me ha dicho que las odie. Usted sí. Así que supongo que aprendió de él a notar esas cosas.
No supe qué respondedor —Me leíste. En dos minutos. Nadie me lee. Ni mis hermanos. Ni mi propio padre. Y tú, con tu café de máquina y tu traje de empleado común, me acabas de leer como si fuera un titular.
—El café -dijo Aldo, girando hacia la puerta-. ¿Dónde está la máquina?
—Al fondo del pasillo, a la izquierda. Pero no te preocupes, yo...
—No —lo interrumpió Aldo, sin girarse—. Quiero aprender a servirme solo. Algún día tal vez herede esto. Realmente lo dudo. Pero si no sé ni hacer café, no mereceré nada.
Sali antes de que Juan me pudiera responder.
En el pasillo, con la espalda apoyada en la pared de mármol, Aldo cerró los ojos.
Mierda. Mierda. Mierda.
Mi corazón latía como si hubiera corrido todo un maldito maratón.
Se llama Juan. Tiene las manos limpias y la mirada cansada. Sonríe como si no esperara nada de nadie. Y acaba de verme. No "al hijo de Vegeta". A mí. Solo a mí.
Aldo, el que miraba. Aldo, el que no molestaba.
Por primera vez en años, quiero que alguien me mire de vuelta.
Cuando regrese después de perderme por no poner atención por apreciar su belleza llegué con dos tazas de café de máquina -uno negro, uno con leche, porque no sabía cómo lo tomaba Juan- note que la oficina estaba vacía.
Solo un papel en el escritorio. Una nota escrita a mano, con una letra pequeña y ordenada:
"Señor Aldo: Su padre dice que la reunión se cancela. Que vuelva mañana. El café de la izquierda es el que sobraba, por si quiere llevarse uno. Lo siento por el mal rato.
—Juan"
Aldo levantó la taza hacia la izquierda. Aún estaba caliente.
Me dejaste el bueno. Mentiste. Dices que tomas lo que sobraba, pero te tomaste el tiempo y me dejaste el mejor.
La bebi despacio. Era amargo. Pero no tanto. Era el sabor del que ya estaba acostumbrado toda mi vida.
Te voy a conocer, Juan. No sé cómo. No sé cuánto tiempo me tome. Pero voy a saber cada cosa que te hace sonreír, cada cosa que te duele, cada noche que duermes mal.
Y cuando sepa todo... vas a ser solo mío.
Por las buenas. O por las malas sí es necesario.
Apague la luz de la oficina y sali. El ascensor privado volvió a oler a dinero.
Pero ya no lo notaba.
Solo sentí el sabor del café en los labios.
Y un nombre dando vueltas en su cabeza.
Juan.
Juan.
Juan.
"La gente cree que el amor llega como un rayo. No es cierto. El amor llega como una gotera: lento, insistente, filtrándose por las grietas que ni sabías que tenías. Y cuando menos lo esperas, estás ahogado. Pero yo no voy a ahogarme. Yo voy a construir un océano entero para él. Y él no va a tener más remedio que nadar hacia mí."
