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El despertar en la Fortaleza Qlipoth solía ser un recordatorio implacable del eterno invierno. La pálida luz del amanecer, filtrándose perezosa a través de los altos ventanales de cristal esmerilado, dibujaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra gris. Sin embargo, esta mañana, el gélido ambiente de Belobog parecía haberse batido en retirada ante una calidez mucho más íntima.
Bronya abrió los ojos lentamente, sintiendo el roce sedoso de las sábanas contra su piel. Antes de que el peso de sus responsabilidades habituales pudiera invadir su mente, un suspiro de absoluta felicidad escapó de sus labios. Llevó los dedos de su mano diestra hacia su boca, delineando la curva de sus propios labios. Aún podía sentir en ellos el hormigueo eléctrico y dulce de aquella noche; el beso que había sellado su amor bajo la mirada silenciosa de las estrellas de Jarilo-VI. Un pacto que, lejos de ser un contrato corporativo o un decreto oficial, se sentía como el único escape de su vida.
Sin embargo, al apartar los dedos de sus labios, la mirada de Bronya se desvió inevitablemente hacia el techo de piedra de la Fortaleza. Allí, las grietas del yeso antiguo parecían dibujar el mapa de una fortaleza que aún se sostenía sobre una mentira piadosa: la farsa de la muerte heroica de Cocolia. Un repentino escalofrío, ajeno al calor de las mantas, le recorrió la espalda. ¿Cuánto de lo que construía estaba destinado a sostenerse sobre la fragilidad de sus decisiones? Se preguntó si el amor que ahora florecía en esa cama no era también un santuario prestado, un secreto que el gélido viento de la realidad podría congelar si ella daba un solo paso en falso.
Sacudió la cabeza con suavidad, intentando ahuyentar el fantasma de su propio juicio, justo cuando sintió un sutil y familiar peso sobre su pecho.
Allí, perfectamente acurrucado y exhalando suaves soplidos de satisfacción, dormía Conti. El pequeño chanchito dimensional se mecía al son de la respiración de Bronya, ajeno por completo a las tensiones geopolíticas que solían rodear a su dueña adoptiva. Era un pequeño motor de calor en medio de la fría habitación.
Bronya se incorporó con parsimonia, cuidando de no alterar el plácido sueño de la criatura. Sin embargo, en cuanto sus pies descalzos tocaron el suelo de madera pulida, Conti sacudió sus grandes orejas purpúreas, destellando con ese tintineo estelar que lo caracterizaba. Con un leve quejido saltó de la cama y comenzó a seguirla, el rítmico e inaudible andar de sus pequeñas patas traseras marcando el compás detrás de ella.
Un aroma sumamente dulce y atrayente guio sus pasos fuera de la recámara. Olores a vainilla, mantequilla dorada y masa cocinándose flotaban en el aire del pasillo, guiándola hacia la cocina.
Allí estaba ella.
Jelena vestía una prenda holgada, desprovista de la rigidez y las pretensiones de su uniforme corporativo. Su cabello albugíneo con ese encendido mechón carmesí brillaba bajo los tenues rayos matutinos. Manejaba una espátula con la misma destreza con la que empuñaba su arma, tarareando una melodía indescifrable mientras vigilaba la cocción de unos hotcakes.
Bronya se acercó a paso paulatino, conteniendo el aliento para no romper el encanto de la escena. Con suavidad, deslizó sus brazos alrededor de la cintura de Jelena, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a caramelo y a la sutil fragancia floral que siempre la acompañaba.
Jelena de un pequeño respingo, pero de inmediato su cuerpo se relajó, amoldándose con perfecta familiaridad al abrazo de la gobernante. Una risita desilusionada, aunque cargada de ternura, escapó de sus labios.
—Tramposa... —murmuró Jelena, girando ligeramente la cabeza para depositar un tierno beso en la mejilla de Bronya—. Quería llevártelo a la cama antes de que despertaras. Mi plan de consentir a la cansada Guardiana Suprema ha sido saboteado por su falta de sueño.
Bronya sonrió contra su hombro, estrechándola un poco más.
—El aroma era demasiado tentador para ignorarlo. Aunque sospecho que no fui la única que saboteó tu plan.
Apenas pronunció aquellas palabras, Conti asomó la cabeza entre las piernas de ambas, frotando su hocico contra los tobillos de Jelena. Esta última miró hacia abajo, fingiendo un leve ceño fruncido mientras señalaba al chanchito dimensional con la espátula.
—Conti, te di una sola tarea esta mañana: mantenerla abrigada y dormida en la cama —lo regañó con suavidad, aunque el tono delataba su afecto—. Eres un pésimo cómplice. No habrá gemas extra para ti hoy.
La criatura emitió un silbido agudo y triste, escondiéndose detrás de la pantorrilla de Bronya, lo que arrancó una risa sincera de la peligris.
—No lo culpes, Jelena. Es tan débil ante la perspectiva de un buen desayuno como cualquiera de nosotras.
—Supongo que tienes razón —admitió Jelena con una sonrisa de complicidad. Luego, apagó el fuego de la estufa y buscó su dispositivo móvil sobre la encimera—. Aunque... al menos logré capturar esto antes de que nuestro pequeño guardaespaldas te despertara.
Con un gesto rápido de sus dedos, Jelena giró la pantalla hacia Bronya. En la imagen se apreciaba a la Guardiana Suprema sumida en un sueño profundo, con el cabello hecho un desastre de tirabuzones sobre la almohada y Conti abrazado fuertemente a su pecho, pareciendo un tierno peluche viviente. La pálida luz del sol invernal le confería a la escena una atmósfera casi sagrada, suspendida en el tiempo.
Las mejillas de Bronya se tiñeron de un sutil carmín, rompiendo la palidez de su rostro.
—Jelena... bórrala, por favor —pidió Bronya, intentando inútilmente arrebatarle el dispositivo, aunque su voz carecía de la autoridad que usaba en el Fuerte—. Si alguien llega a ver eso...
—Nunca lo verán, es de uso exclusivo para esta servidora —respondió Jelena, esquivando el agarre de su amada con una agilidad juguetona, guardando el aparato en su bolsillo—. Necesito conservar este recuerdo para cuando deba partir de Belobog. Así, cuando esté atrapada en alguna tediosa reunión del departamento o lidiando con los delirios de Aventurine, podré mirar esta foto. Será mi recordatorio para inventar una nueva excusa corporativa, y escapar un par de días de regreso a Jarilo-VI.
Bronya la miró fijamente. Aunque la respuesta de Jelena había sido ligera, casi juguetona, un sutil destello de realidad se coló entre las palabras. La "excusa" de la que hablaba Jelena no era un juego. Una sola palabra errónea en un informe oficial de la ejecutiva, un solo arrebato desinceridad desmedida frente a sus superiores, y el puente entre sus mundos se dinamitaría para siempre.
La sonrisa de Bronya flaqueó por una fracción de segundo, sus dedos apretando inconscientemente el borde de la encimera antes de recuperar su compostura.
—En ese caso... te sugiero que le pongas arándanos a los hotcakes si deseas que el recuerdo sea aún más dulce.
—Tus deseos son órdenes, mi señora —bromeó Jelena, guiñándole un ojo antes de espolvorear los frutos azules sobre el plato humeante.
Poco después, se trasladaron a la pequeña mesa de madera cercana a la ventana. El desayuno transcurrió con una lentitud que desafiaba la prisa habitual del mundo exterior. Ninguna de las dos parecía dispuesta a romper el contacto físico; sus rodillas se rozaban bajo la mesa, y de vez en cuando, sus manos se entrelazaban sobre el mantel, los dedos de Jelena acariciando con suavidad la palma de Bronya, disipando la tensión acumulada por los días de papeleo.
Conti, ansioso por participar en el idilio, apoyó sus patas delanteras sobre el borde de la mesa, mirando con fijeza el plato de arándanos frescos que descansaba en el centro.
—Parece que tenemos a un invitado exigente —comentó Bronya, imitando la suave sonrisa de Jelena.
—No podemos dejar que el intermediario se quede sin su comisión —coincidió la peliblanca con un tono divertido.
Al mismo tiempo, como si estuvieran coordinadas por un hilo invisible, Bronya y Jelena tomaron un arándano cada una. Con movimientos pausados y delicados, extendieron sus manos hacia el pequeño chanchito dimensional. Conti, deleitado por la doble ofrenda, recibió ambos frutos con un par de rápidos mordiscos, agitando sus orejas con tal entusiasmo que pequeños destellos de luz cayeron sobre la madera.
La risa de Jelena se mezcló con el sonido del viento helado que golpeaba los vidrios exteriores. Y para Bronya, contemplando el rostro iluminado de su amada y la paz que inundaba la estancia, el eterno invierno de Belobog por leves instantes se dejaba de impregnar en lo más profundo de sus huesos.
Una vez que Conti devoró el último arándano con un chasquido satisfecho, un silencio pacífico volvió a asentarse en la estancia. Jelena, sin embargo, no apartó la vista. Apoyando la barbilla sobre la palma de su mano, dejó que sus ojos púrpuras se demoraran en cada trazo de la fisonomía de Bronya, absorbiendo los detalles con una parsimonia casi devota.
La contempló en un silencio sagrado. No era solo la belleza estatuaria de la gobernante lo que retenía su aliento, sino la verdad de su presencia desarmada, despojada de las frías capas de la armadura y el protocolo. Había una pureza en la caída de sus hombros, en el contorno delicado de su cuello expuesto al aire matutino y en el aura mística de suavidad que emanaba de ella; una fuerza que no necesitaba anunciarse para imperar. Al mirarla, Jelena sintió una marea cálida que fluía bajo su piel, como si en la quietud de esa cocina las barreras de sus mundos se diluyeran por completo, invitándolas a fundirse en un solo cuerpo cobijado por el mismo latido.
Bronya, sintiendo la intensidad de aquella mirada que parecía leer los secretos más guardados de su alma, entornó sus ojos grises con una mezcla de timidez y curiosidad.
—¿Pasa algo, Jelena? —preguntó con voz suave, rompiendo el hechizo.
Jelena parpadeó, regresando abruptamente de su trance con una sonrisa perezosa.
—Nada... —respondió en un susurro.
Intentando recuperar su habitual soltura, Jelena se impulsó para levantarse. Sin embargo, el letargo del sueño aún pesaba en sus músculos, y su movimiento careció de la precisión acostumbrada. Las patas traseras de la madera protestaron con un leve relincho contra el suelo, rompiendo la solemnidad del momento. Jelena soltó una risita tímida, encogiéndose de hinojos ante su propia torpeza mientras acomodaba la silla.
Sin dar espacio a la duda, extendió su mano diestra hacia la soberana de Belobog, emulando aquel gesto noble que tantas veces usaba en los salones de alta sociedad, pero esta vez desprovisto de cualquier formalismo.
—¿Bailas conmigo?
Bronya la miró con una ceja ligeramente arqueada, pero la ternura en sus facciones delató su complacencia.
—¿Aquí? ¿Sin música? —preguntó, aunque ya estaba deslizando su mano sobre la de Jelena. El contacto hizo que aquel hormigueo familiar recorriera su piel.
—La mejor música es la que inventamos —replicó Jelena, tirando de ella con suavidad.
No obstante, la teoría del baile resultó ser mucho más idílica que la práctica. El cansancio de haber despertado hacía apenas unos minutos entorpecía sus movimientos. Al dar el primer paso, los pies descalzos de Bronya casi pisaron los de Jelena; en el siguiente giro, el peso del letargo hizo que Bronya se inclinara de más sobre el pecho de la peliblanca, buscando un apoyo que casi las hace perder el equilibrio a ambas.
En ese instante de inestabilidad física, algo más que el cansancio se manifestó en el aire. Por una milésima de segundo, los reflejos condicionados de sus respectivas vidas se activaron de forma inconsciente. La espalda de Bronya se tensó con la rigidez defensiva de un soldado que anticipa una caída; sus manos, que debían descansar suaves sobre los hombros de Jelena, se aferraron con una fuerza innecesaria, casi protectora, pero también distante. Jelena, por su parte, endureció la mirada de inmediato, una máscara de cálculo profesional cruzando fugazmente sus facciones, el mismo rostro imperturbable que usaba cuando una mesa de negociaciones se tornaba hostil.
Fue solo un suspiro, una sombra de sus "yo" públicos que se proyectó sobre el salón antes de que ambas reconocieran la naturaleza del tropiezo. La tensión se disolvió tan rápido como había aparecido, reemplazada por una risa ahogada de Jelena contra el hombro de Bronya, mientras esta última apoyaba la frente en su cuello, contagiada por la misma risa silenciosa. Sus cuerpos, torpes pero perfectamente acoplados, se mecían en un vals desordenado, guiados únicamente por el vaivén de sus respiraciones.
A sus pies, Conti comenzó a caminar en círculos alrededor de ellas. El chanchito dimensional movía la cabeza y trotaba de un lado a otro, imitando el ritmo vacilante de sus dueñas como si él también quisiera unirse a la de ellos. Sin embargo, mantenía una distancia prudencial, sabiendo perfectamente que en cualquier momento alguna de sus torpes y enamoradas dueñas podría llegar a pisarlo.
La cabeza de Bronya seguía apoyada en el hombro de Jelena, sintiendo cómo el calor de la otra mujer la anclaba al presente, apartando la constante bruma de sus deberes. Sin embargo, el esfuerzo de mantener el equilibrio sobre sus cansados pies descalzos comenzó a pasar factura.
Bronya exhaló un suspiro tibio que hizo cosquillas en la clavícula de Jelena, antes de levantar el rostro con una expresión de rendición absoluta. Sus ojos grises, usualmente afilados por la disciplina militar, estaban entornados, velados por una neblina de dulce cansancio.
—Pongamos música de una vez... —murmuró Bronya, con una voz que arrastraba las palabras con una pereza encantadora—. Pero sin bailes. Mi mente quiere estar despierta, pero mi cuerpo parece haber decretado una tregua innegociable.
Jelena sonrió, una curva suave y comprensiva que iluminó sus facciones.
—Me parece un trato más que aceptable, mi rigurosa gobernante —respondió con un tono arrullador.
Tomándola de la mano, la guio con parquedad hacia el sofá de felpa oscura que descansaba junto a la gran chimenea apagada del salón. Bronya se dejó llevar, flotando en ese limbo brumoso, esa duermevela donde la mente procesa la realidad con una lentitud de ensueño, pero los sentidos permanecen despiertos a la menor caricia. Era un estado de suspensión perfecta, donde el frío exterior de Belobog no podía alcanzarlas.
Al llegar al mueble, Jelena extrajo de su bolsillo un pequeño dispositivo cilíndrico. Al colocarlo sobre la mesa ratona de madera, el aparato cobró vida de inmediato. Una pantalla holográfica de un azul etéreo y destellos ambarinos se proyectó en el aire, bañando las vigas del techo y las alfombras con una luz tenue y reconfortante. Con unos rápidos toques de sus ágiles dedos, Jelena seleccionó una frecuencia de radio interestelar que transmitía un jazz suave, de tempos lentos y notas profundas.
El lamento amortiguado de un saxofón comenzó a llenar la habitación, acompañado por el rasgueo constante de un contrabajo que imitaba los latidos de un corazón tranquilo. Era una melodía melancólica pero reconfortante, que evocaba noches lluviosas en metrópolis distantes; una atmósfera densa que parecía ralentizar el tiempo dentro de la Fortaleza Qlipoth.
Bronya se recostó de lado sobre el sofá, apoyando su cabeza en uno de los almohadones de terciopelo. Jelena no tardó en imitarla, acomodándose frente a ella.
Al quedar frente a frente, se hizo evidente una simetría perfecta y natural en sus figuras. No había necesidad de forzar posturas ni de inclinar el cuello para buscarse; sus hombros se alineaban a la misma altura en el espacio del sofá, sus rodillas dobladas se encontraban a la misma distancia y sus miradas, una gris como la escarcha la otra púrpura como el crepúsculo, se hallaban en una línea perfectamente horizontal. Eran como el reflejo de la otra, un equilibrio físico que facilitaba un entendimiento silencioso y directo.
Sin embargo, la perfecta burbuja de intimidad se vio interrumpida por un movimiento repentino a los pies del sofá. Conti, que las había seguido con la mirada atenta de sus invisibles ojos, decidió que la distancia prudencial ya no era de su agrado. Con un salto enérgico pero carente de toda gracia, el pequeño chanchito dimensional se impulsó y aterrizó pesadamente sobre el abdomen y las costillas de Jelena.
—¡Auch! —soltó Jelena de inmediato, soltando una bocanada de aire por el impacto sorpresa. Sus manos fueron directo a los costados de Conti, quien emitió un silbido alegre y comenzó a acomodarse sobre ella como si fuera el nido más cómodo del universo—. De verdad... a veces olvido que este pequeño pesa el doble de lo que aparenta. Creo que sus cálculos de densidad ósea están bastante alterados por todas las monedas que devora.
Bronya no pudo contenerse. Una risa cantarinesca, clara y melódica como el tintineo de carámbanos de hielo chocando entre sí, escapó de su garganta. Era un sonido raro de escuchar en la rigurosa gobernante, uno que Jelena atesoraba más que cualquier comisión de la IPC.
—Es un chanchito de campo, Jelena. No puedes exigirle la ligereza de una pluma
—bromeó Bronya, estirando una mano para acariciar la frente texturizada de
Conti.
—Sí, pero podría tener un poco más de consideración con mi diafragma —replicó la peliblanca, aunque ya estaba sonriendo y acariciando las orejas de su mascota.
Para remediar la falta de espacio y evitar que Conti terminara aplastando a alguna, Bronya buscó con su mano el mecanismo lateral del mueble. Con un suave clic, el sofá-cama se reclinó por completo, ensanchando la superficie de descanso. Jelena se deslizó un poco hacia atrás, permitiendo que Conti se mudara de su estómago al espacio mullido que ahora quedaba libre entre ambas. El chanchito dimensional de un par de vueltas sobre sí mismo, soltó un ronquido de satisfacción y se echó, sirviendo como una suave y tibia barrera entre las dos mujeres.
Con el espacio reorganizado, el silencio volvió a ser cubierto únicamente por el jazz susurrante del holograma. Las sombras de la habitación bailaban al ritmo de las notas del saxofón, y la atmósfera se volvió propicia para los pensamientos que se guardaban en el fondo del pecho.
Bronya extendió su brazo por encima de Conti, dejando que la yema de sus dedos rozara la muñeca de Jelena. Sus ojos grises se fijaron en la pantalla
holográfica antes de regresar a los de su compañera.
—A veces... —comenzó Bronya, su voz perdiendo parte de su firmeza habitual, adquiriendo un matiz vulnerable que solo Jelena conocía—, cuando la música es así de lenta y la ciudad parece finalmente en paz, me invade un temor muy específico.
Jelena volteó su mano para entrelazar sus dedos con los de ella, respondiendo con una suave presión.
—¿Qué clase de temor, mi querida Bronya?
—El temor de arruinarlo —confesó la soberana, desviando por un segundo la mirada hacia el pelaje oscuro de Conti—. Toda mi vida he sido entrenada para prever catástrofes, y con mi cargo actual sé que varias personas esperan el menor desliz de mi lengua para usarlo en mi contra. Pero contigo... contigo no hay ni un atisbo de esa parafernalia. A veces siento que soy tan inexperta en esto que, en cualquier momento, podría decir o hacer una idiotez tan grande que rompa este idilio.
Jelena la escuchó con una seriedad inusual, la melancolía del jazz reflejándose en el brillo de sus pupilas diamantinas.
—Es curioso que lo digas —respondió Jelena, su tono tiñéndose de una suave ironía—. Porque yo siento exactamente lo mismo. En la Corporación, mi trabajo consiste en controlar todas las variables. Sé cómo manipular una negociación, sé qué omitir para que un contrato sea firmado y sé cómo proyectar confianza. Pero cuando estoy frente a ti, todas esas estrategias me parecen ridículas. Tengo miedo de hablar de más, de usar el tono equivocado o de cometer una torpeza insípida que te haga recordar que, al final del día, pertenezco a la misma corporación que casi confisca tu hogar.
Bronya volvió a mirarla, conmovida por la honestidad de Jelena. Al verla allí, a su misma altura, desarmada y compartiendo el mismo pánico sutil a la pérdida, se dio cuenta que tal vez no estaban solas en la misma prisión.
—Supongo que ambas somos expertas en estrategia, pero absolutas principiantes en esto —murmuró Bronya, con una pequeña sonrisa nostálgica que buscaba disipar la gravedad del ambiente.
—La peor clase de principiantes —coincidió Jelena, acercando su rostro un poco más hacia el espacio de Conti, buscando la cercanía de la otra mujer—. Aquellas que tienen demasiado que perder.
El roce constante de sus dedos bajo la penumbra azulada del holograma era el único anclaje real en medio de aquella marea de incertidumbres. El contrabajo seguía marcando un compás cansino, como si la música compartiera el mismo peso físico de sus dudas. Bronya entrelazó sus dedos con más firmeza, sintiendo el contraste entre la suavidad de la piel de Jelena y la rigidez de sus propias palmas, marcadas por el frío acero de las armas y los años de entrenamiento militar.
—Es de verdad aterrador —admitió Bronya en un susurro apenas audible, como si temiera que el eco de sus palabras pudiera resquebrajar las paredes del fuerte—. Pasar de liderar una reconstrucción planetaria a no tener la menor idea de cómo dar el siguiente paso contigo. No hay manuales escritos por los Arquitectos para esto, Jelena. No sé cómo avanzar sin la constante sospecha de que puedo estar exigiendo demasiado de ti, o de que mis silencios puedan parecerte distantes.
Jelena suspiró, un deceso trémulo de aire que se perdió en la melodía del saxofón. Con su mano libre, se estiró con lentitud por encima de Conti para delinear con la yema de sus dedos el pómulo de Bronya, apartando con extrema delicadeza un mechón de su cabello gris que se había desprendido de sus bucles. El tacto de Jelena era cálido, casi curativo, borrando de inmediato la tensión que la soberana acumulaba en la mandíbula.
—Ninguna de las dos sabe cómo hacerlo, mi querida Bronya —respondió Jelena, mirándola con esos ojos de pupilas diamantinas que reflejaban una vulnerabilidad absoluta—. Para mí, avanzar siempre significaba firmar el siguiente acuerdo. Pero contigo... no quiero que esto sea un acuerdo. Si nos equivocamos, si tropezamos en este baile, quiero que sea porque somos humanas, no porque fallamos en una estrategia. No tienes que ser perfecta aquí. No tienes que ser la Guardiana Suprema para mí.
Las palabras de Jelena cayeron sobre el pecho de Bronya con un peso reconfortante, aliviando la perpetua opresión de su responsabilidad. Sentirse comprendida de esa manera, sin juicios ni expectativas corporativas, era un regalo que Belobog jamás podría ofrecerle.
Conti, que parecía poseer una sensibilidad excepcional para percibir la marea emocional de sus dueñas, se desperezó con un quejido suave y agudo. El chanchito dimensional se deslizó unos centímetros más arriba, acomodando su cuerpo tibio de manera que su hocico quedara directamente apoyado sobre las manos entrelazadas de ambas mujeres. Emitió un leve zumbido estelar, frotándose contra sus palmas como si quisiera infundirles su propio y sencillo consuelo, una muda promesa de que en su pequeño mundo no existían los errores, solo la calidez de estar juntos.
Jelena sonrió, sus ojos humedeciéndose levemente ante la ternura del momento. Miró de nuevo a Bronya, encontrando en la mirada gris de la gobernante una determinación que ya no pertenecía a la guerra, sino a la entrega absoluta.
—¿Lo ves? —susurró Jelena, acariciando el lomo de Conti con el pulgar—. Hasta él sabe que estamos sobrepensando las cosas. Tal vez el secreto de todo esto no sea evitar las idioteces... sino aceptar que vamos a cometerlas de todos modos.
Bronya soltó una pequeña risa, una melodía suave que se entrelazó con las notas finales del jazz holográfico. Se acercó un poco más, reduciendo la distancia entre sus rostros hasta que sus respiraciones se mezclaron en el aire templado de la sala. Al compartir la misma estatura, sus labios quedaron a la distancia exacta de un suspiro, alineados con una simetría perfecta y natural que eliminaba cualquier rastro de duda.
—Si decir o hacer una idiotez es el precio ineludible por mantener esta calidez... —comenzó Bronya, su voz tiñéndose de un misticismo dulce e íntimo, mientras acariciaba suavemente la mejilla de Jelena.
—Entonces... —completó Jelena con una sonrisa de absoluta entrega, cerrando los ojos para dejarse llevar por el tacto de la otra—, podemos comprometernos a ser estúpidas juntas.
La promesa, sellada sin contratos ni firmas, quedó suspendida en el aire justo antes de que sus labios se encontraran.
Fue un beso lento, desprovisto de prisas, cargado de la dulce melancolía que el jazz seguía derramando sobre ellas. No había en él la urgencia de la pasión desatada, sino la profunda necesidad de consuelo y pertenencia mutua. Los labios de Jelena se amoldaron a los de Bronya con una suavidad que parecía disolver todos sus miedos, un hormigueo eléctrico y tibio que recorrió sus espinas dorsales y las hizo temblar. Se sintieron, por primera vez en sus vidas, completamente a salvo de la inmensidad del cosmos.
El jazz las arropó como una manta invisible mientras el beso se prolongaba, transformándose en caricias mudas y respiraciones compartidas contra la piel de la otra. Conti permaneció allí, acurrucado y tibio entre ambas, completando la escena de un idilio que, aunque frágil ante los ojos del universo, era inquebrantable en la penumbra de aquel rincón de Jarilo-VI.
