Chapter Text
El sol de marzo, que en las vísperas del otoño cuyano suele abrasar las tierras de Mendoza con una sequedad dorada, reverberaba aquella mañana sobre el cuartel, hiriendo los ojos de Lucía. Los toques de corneta chilenos acababan de trizar el aire de la frontera. Y con un ademán que pretendía desapego, la muchacha sacudió el polvo de su casaca militar; la prenda, holgada en sus hombros, denunciaba la nimiedad de sus trece años semejantes y la presteza de un cuerpo que apenas habitaba los primeros rigores de una joven nación. Una timidez provinciana se le anudaba en la garganta; mas una chispa de audacia y capricho —herencia, sin duda, de las peores mañas de Juan Ignacio— la había impelido a vaciar la casona de Montserrat antes de que apuntara el alba hace aproximadaménte unos 14 o 20 días atrás. Haber desobedecido la orden directa del pelinegro, quien le había mandado con severidad permanecer en Buenos Ayres, le causaba un persistente hormigueo en el estómago. Sabía bien que, en la capital del Plata, Nacho medía el piso de sus habitaciones con pasos elegantes y coléricos, descorchando acaso algún costoso vino de Europa para templar el agravio hecho a su vanidad, mientras dictaba a su amanuense una lista de reprimendas. Lucía era, después de todo, la perla mimada de un virreinato abandonado por España; bien habituada a los encajes coloniales que ahora mudaba por la pólvora, mas poseedora de una altanería que afloraba sin licencia a la menor señal de temor.
Y el temor, ante la inmensidad de los Andes, se presentaba como una sombra cierta. Las noticias que bajaban del Norte eran del todo infaustas: el General Manuel Belgrano venía replegándose desde el Paraguay con el ánimo deshecho, y el Alto Perú crujía bajo las botas godas tras el descalabro de Huaqui. Montevideo, al otro lado del río, persistía como un nido de cuervos realistas celosos por embestir la capital. En aquel tablero de cenizas, la promesa de auxilio que Don Juan Martínez de Rozas había suscrito en Santiago antojábase más una fábula de arrieros que una realidad de la táctica militar.
Hasta que la tierra vibró.
No era la algarada bulliciosa y musical de los batallones porteños, dados a marchar entre canciones y ruidos de espuelas. Lo que descendía por el camino de Santa Rosa de Los Andes era un pulso metódico, un compás seco y uniforme de botas que batían el suelo como si pretendiesen sosegar el temblor de la tierra. Lucía, sentada sobre un barril de adobe a la escasa sombra del muro, se enderezó de pronto. El viento del poniente transportaba el olor a sudor de mula, a cuero rancio y al gélido hálito de las altas cumbres. A la vanguardia de la columna, gobernando las riendas con una fijeza que parecía congelada por los hielos de Uspallata, marchaba Kallfü. Para el mundo hispano, el Teniente Don Javier Quilodrán. A los ojos de Lucía, el santiaguino componíase de líneas rectas y severas. Carecía de la gracia bohemia de su Nacho y de la soltura rioplatense. Su semblante, curtido por el sol implacable de la frontera, guardaba la rigidez de una esfinge: la de quien ha aprendido a contar cada grano de trigo de sus haciendas para guardarlo de las garras del fisco de Lima. Advertíase a la legua que aquel jovencito de trece años gobernaba un caos ensordecedor en su entendimiento; un sobrepensamiento constante que le obligaba a sostener los hombros rígidos, como si la menor flexión de su postura fuese a desmoronar el Reino de Chile entero. Su uniforme azul dragón hallábase cubierto por una fina capa de escarcha y polvo andino; no obstante, los botones de la casaca brillaban limpios, alineados con devoción.
El Teniente desmontó en un momento. Sus botas hirieron el suelo de Mendoza con la fijeza de un hito fronterizo. Al levantar la vista y tropezar con la muchacha, el pulso se le aceleró de un modo que juzgó al punto impertinente: una flaqueza que el estricto manual de ordenanza no contemplaba en caso alguno. Para Javier, la perspectiva del encuentro era de igual complejidad. Había mediado las últimas jornadas cruzando despeñaderos que habrían hecho vacilar al más pintado, cargando con la responsabilidad de quinientas vidas y la certeza de que el destino de la Capitanía General se libraba en la salud de aquella muchacha del Atlántico. Al verla allí, recostada contra el adobe con una mezcla de descuido aristocrático y timidez, Felipe sintió el peso de su propia historia: la antigua culpa de los promaucaes en Peteroa y la necesidad obsesiva de manifestar al Plata que Chile no era un mendigo, sino un vecino hecho de acero. Se cuadró, cortando el aire con un saludo militar tan perfecto que pareció una estocada de espada.
—Teniente Javier Quilodrán, comisionado por orden de la Excelentísima Junta Gubernativa del Reino de Chile. Venimos a ofrecer el auxilio de nuestras armas a las Provincias Unidas, según lo pactado para el bien de la América del Sur.
Lucía lo contempló desde su posición, conteniendo a duras penas un silbido de asombro. La formalidad del muchacho resultaba casi insolente para la llaneza de una mañana de campaña; mas, detrás de aquella máscara de piedra, la tucumana advirtió el sutil temblor que el cansancio extremo causaba en sus manos. Tragó saliva, deponiendo por un instante la postura soberbia que solía imitar de la gente de Buenos Ayres. Había una dignidad tan compacta en su vecino que, de súbito, sus propias travesuras le parecieron niñerías.
—Lucía Muñoz—respondió, extendiendo la mano con un ademán que pretendía emular el decoro de las familias principales, a pesar del barro de la revolución—. Bienvenidos sean a estas provincias, hermanos nuestros. Cruzar la cordillera bajo tan riguroso temperamento...os aseguro que más de un ánimo habría vacilado antes de aventurar la vida por el socorro de un vecino.
El contacto de los dedos fue breve, apenas una cotidianidad de la época; sin embargo, el calor del desierto pareció reconcentrarse en aquel punto. Felipe retiró la mano con una rapidez que delató sus nervios, fijando sus ojos grises en los cerros lejanos para evitar la mirada incisiva de su vecina. Sentía que las orejas le ardían bajo el sombrero, bochorno que intentó sofocar recurriendo al único refugio que conocía: el deber.
—Ésta es tan sólo la vanguardia—declaró con voz monótona, carraspeando ligeramente—. Trescientos hombres de tropa veterana continúan la marcha por el desfiladero. No ha escatimado esta Intendencia recurso alguno para el sostén de la empresa.
Lucía arqueó una ceja, mientras una sonrisa de medio lado, pícara y un tanto mimada, le iluminaba el rostro. La timidez de su interior cedió por un segundo ante el gusto por la provocación.
—¿Trescientos más? ¡Sopla...! ¿Conque has traído todo ese ejército solo para mí, chileno?
Javier parpadeó, perdiendo el aplomo por completo. La severidad de su cabeza se volvió un torbellino. ¿Cómo podía aquella niña hablar de la causa continental con semejante ligereza rioplatense? En Santiago, las mujeres hablaban con un recato conventual ante los hombres; más esta muchacha parecía llevar la inmensidad de las pampas en la audacia de sus ojos.
—Para... para la causa de la libertad, Doña Lucía —corrigió él, mudando la voz a un tono más agudo, el gesto tenso mientras acomodaba el puño de su casaca—. La Junta de Santiago bien entiende que la ruina de Buenos Ayres arrastraría la nuestra propia. No es lícito hacer menos por la salud de los pueblos hermanos.
—La causa, os digo...—replicó ella, acortando la distancia con aquel atrevimiento natural que la distinguía—. Pues de excesiva bondad es vuestro viaje. No todos los vecinos se toman el trabajo de hollar montañas sagradas por indios por alguien a quien apenas conocen por correspondencia.
Javier no medió palabra. Se limitó a asentir con una gravedad portaliana, volviendo la mirada hacia las filas de sus soldados que empezaban a armar el vivac en la aduana de Mendoza. Lucía permaneció a su lado, imitando su silencio, contemplando el perfil rígido del santiaguino. Ninguno de los dos, atrapados en la formalidad ceremoniosa de 1811, podía adivinar el giro que la tierra daría apenas tres años más tarde. No sabían que esas mismas calles de Mendoza se convertirían en el refugio de las lágrimas de Javier tras el desastre de Rancagua; que compartirían el charqui y el mate amargo en las noches heladas de El Plumerillo, ni que Lucía se calzaría las botas de los Granaderos para cruzar esos mismos cerros de vuelta, buscando la reconversión de Santiago en Chacabuco.
Por ahora, bajo el sol de marzo, solo eran parte de un imperio que se rompía.
