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Hades y Qin
Reunirse con los demás dioses siempre implicaba regresar sumamente agotado a la tranquilidad de su reino. Incluso si la paz entre los dioses y el hombre había regresado, no significaba que no tuviesen mucho que hacer, al contrario, ahora con embajadores humanos para hacer todo “más justo”, muchas reglas entre la divinidad y la mortalidad se estaban reescribiendo, y por supuesto, eso implicaba mucho papeleo para él.
Agradecía que los embajadores principales, Adán y Eva, resultaran personas bastante más civilizadas -y que decidieran utilizar ropa para las reuniones-, pero el primer hombre seguía teniendo roces con su hermano Zeus y eso tendía a extender el tiempo de debate por discusiones algo absurdas. Se preguntaba cuántas lunas habrían pasado simplemente discutiendo sobre templos y las creencias actuales de los humanos.
Se acomodó algunos de sus plateados cabellos, dejando salir un enésimo suspiro. Al menos podría llegar a la comodidad de su palacio a relajarse un rato. O bueno, eso quiso creer.
Al entrar solo pudo quedar inmóvil a unos pasos de la entrada, viendo a sus sirvientes moverse de un lado a otro, llevando y acomodando toda clase de objetos. No supo qué pensar al instante, aunque pronto todo tuvo una razón de ser, una de origen chino.
—Bienvenido a casa, mi rey —la voz de Qin resonó con su ánimo habitual, quizás más. No sabría decir si eso le hizo sentir más cansado.
—¿Por qué están moviendo todo? —preguntó, pese a sonar calmado, se llevó los dedos al puente de la nariz para presionarlo un poco.
—Es que tardabas demasiado y me aburrí —expuso con simpleza el antiguo emperador sin borrar la sonrisa de su rostro —. Además, considerando que ahora también es mi hogar, creo que le faltaba un poco del maravilloso toque chino ¿No te parece?
—Si es la decisión que tomaste, no tiene sentido discutirla —respondió. Igual no es como que algo así pudiera hacerle perder el control de sus emociones, difícilmente algo lo hacía.
Qin se acercó y enredó uno de sus brazos con el del dios griego para así ir avanzando por el pasillo juntos, siendo esquivados por los sirvientes.
—Tus hombros están tensos ¿Reunión complicada? —comentó. Pese a tener los ojos vendados, Hades podía intuir que Qin le estaba mirando en espera de una respuesta.
—Sí, Adamas y Zeus tienden a complicar bastante las cosas, innecesariamente —dijo con un tono algo más serio—. Los dioses también sentimos cansancio, aunque no lo parezca.
—¡Ja! Sé muy bien que sí —su sonrisa se amplió y Hades reconoció ese tono coqueto, aunque prefirió desviar la mirada.
Luego de atravesar todo el circo que se daba en su palacio, llegar a la tranquilidad de su habitación pareció un gran logro. Sabía a lo que se atenía al desposar al emperador humano, no se arrepentía en lo absoluto y tampoco veía problema en que acoplara algunas de sus tradiciones, aunque le habría gustado un aviso previo.
Tomó asiento en la cama y no pasó mucho antes de que su compañero le acercara una taza de té caliente. Qin adoraba el té y siempre tenía cómo prepararlo sin necesidad de que sus sirvientes intervinieran. Sostuvo la taza y dio un pequeño sorbo, encontrándolo relajante y delicioso.
—¿Mejor?
—Sí, gracias.
Qin podría parecer vanidoso y extravagante, bueno, lo era, pero también era observador y comprensivo, demasiado empático. Sabía siempre cómo se sentía y cómo apoyarle cada vez que lo necesitaba. El dios griego terminó el té, sintiéndose más tranquilo.
El chino se quedó sentado a su lado, apoyando su cabeza en su hombro. Hades se permitió corresponder el gesto cariñoso, recostando su cabeza en la del otro, buscando tomar su mano para entrelazar sus dedos.
—Gracias por ocuparte de todo mientras no estoy, Qin.
—Siempre es un placer, esposo mío, aunque me alegra mucho tenerte aquí solo para mí.
Hades cerró los ojos con una pequeña sonrisa en sus labios. Volver a casa siempre valía la pena.
…
Beelzebub y Tesla
La mente de un científico brillante difícilmente descansaba. Idea tras idea necesitaba ser planteada, verificada, experimentada. Nikola era como una supernova andante, tratando de hacer mil cosas a la vez. A veces deseaba clonarse a sí mismo para poder hacer muchas cosas al mismo tiempo. Tal vez podría preguntarles a sus amigos expertos en biología si era posible.
Como fuese, hacer tantas cosas solo provocaba que terminara exhausto sobre su mesa de trabajo. Papeles, planos, tableros con fórmulas, lápices y demás pasaban a un plano inexistente cuando el cansancio finalmente se apoderaba de él. No era un robot al fin y al cabo.
Al despertar, probablemente al día o tarde siguiente, Nikola se estiró en su lugar y dio un amplio bostezo. Se frotó un poco los ojos antes de mirar a su alrededor, ya menos adormilado. Notó que estaba bastante más organizado de lo que recordaba antes de quedarse dormido. Además de eso, tenía encima una túnica negra que sabía bien no era suya.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios antes de levantarse para dejar su laboratorio. Primero fue por algo de café para terminar de despejarse y luego pasó a otro de los laboratorios de aquella gran edificación en la cual ahora vivía.
—Guten tag! —saludó con un tono bastante animado al ingresar a aquel laboratorio, mucho más oscuro y lúgubre que el suyo, iluminado por velas en lugar de bombillas—. Sabía que te encontraría aquí, amigo de las moscas.
—Por favor no me digas así.
Beezebub escribía algunas anotaciones tranquilamente en su escritorio. No se molestó en levantar la mirada para ver al inventor croata, pese a sentir la intensidad con la que el otro le veía.
—Vine a devolverte tu túnica —habló nuevamente el humano, dejándola perfectamente doblada sobre un espacio de la mesa—, y agradecerte por ordenar mi laboratorio.
—No tenías que molestarte.
—Tú tampoco tienes que hacerlo —su sonrisa se amplió al notar cómo el dios se encogía un poco.
—Parecías tener frío, aunque no considero que debas seguir durmiéndote sobre la mesa, le hará mal a tu espalda —finalmente se dignó a mirar al otro.
—Eres muy gentil, Beelzebub.
—No digas eso —desvió la mirada, apenas era perceptible, pero estaba abochornado.
Tesla soltó una risa antes de inclinarse a mirar lo que estaba haciendo con interés, aunque más que eso, lo que de verdad llamaba su atención era notar cómo el señor de las moscas usaba una de sus batas blancas de laboratorio, siendo esto lo que le tenía con una imborrable sonrisa.
—Basta.
—No he dicho nada.
—Piensas muy fuerte —Beelzebub sintió su rostro ligeramente caliente. Sí, estaba avergonzado por ser descubierto usando algo del humano, pero no iba a admitirlo en voz alta.
—¿Te parece si vamos por café?
—Bebes demasiado café. Además, estoy algo ocupado.
—No, non, nein —negó como siempre—. Nunca es suficiente café, además, se ve que tú también llevas un buen rato aquí y necesitas despejarte.
—Mira quién lo dice.
Beelzebub miró sus anotaciones y luego al excesivamente animado hombre. Suspiró. Suponía que no le haría mal descansar un rato. Se levantó de su lugar y se quitó la bata blanca para devolverla al humano.
—La próxima vez puedo prestarte uno de mis abrigos —ofreció mientras salían juntos.
—No hace falta, solo tome la bata por impulsividad.
Cualquiera que los viera no tendría ni idea de la relación tan peculiar que tenían esos dos, incluso para sus allegados era difícil de entender. Sin embargo, lo importante era que para los dos funcionaba. Ambos se preocupaban por el bienestar del otro a su manera; se aseguraban de que estuvieran bien, se hacían compañía y comprendían su mutua excentricidad de un modo único.
Aun así, tratar sentimientos era muy complicado para ellos y algo tan simple como compartir prendas de ropa o ir juntos por café, tenía un valor sentimental inmenso del cual preferían no expresar mucho verbalmente.
…
Apolo y Leónidas
Desde que estaban juntos, el dios de cabellera rosa deseaba que todos supieran del amor que se tienen el uno al otro.
Leónidas quiere que se lo trague la tierra cada que están juntos en público.
Sí, había aceptado sus sentimientos reales por el dios griego, suponía que ese estúpido dicho sobre como del odio al amor hay solo un paso era real, pero no por ello quería andar como esas parejas cursis. Así no funcionaba en Esparta y no funcionaba para él. Su orgullo no le permitiría nunca ser tan encimoso como Apolo, no había manera.
Geiravor ya se había burlado bastante de él con ese tema, pero también le alentó a ser honesto con sus sentimientos, porque un hombre de verdad no podía engañarse a sí mismo. Y, considerando eso, fue que decidió acompañar al griego a esos eventos con otros dioses. Eventos que eran demasiado banales y aburridos para su interés por lo que se quedaba apartado fumando un poco mientras Apolo hablaba con sus amigos.
—¿Te aburres, mi rey espartano? —preguntó el dios mientras le acomoda la capa, le pasaba un brazo por los hombros.
—No me digas así.
—Mi hermoso rey espartano.
—Voy a lanzarte por el balcón —protestó abochornado de que medio Valhalla le escuchara, aunque Apolo solo rió divertido.
—Oh no seas tan amargado,
Leónidas seguro que el resto de la velada será insoportable, quiere regresar a casa y tumbarse a leer un rato.
En algún momento, Apolo se fue por su lado a conversar con sus amigos cercanos, al menos está distraído. Claro que al cuadro entra alguien que el espartano no reconoce y que está demasiado cerca del dios del sol.
La forma en que lo mira, en que lo toca, todo su lenguaje corporal apunta a que le está coqueteando y eso a Leónidas lo hace enfurecer aún más. No puede creer semejante descaro.
Con zancadas pesadas, se acerca al dios de cabellos rosas y de un movimiento lo atrae contra su cuerpo, apretándolo de la cintura.
El individuo parece confundido al inicio, pero la expresión del espartano es más que suficiente para ponerle nervioso y forzarle a alejarse. Apolo, por su lado, apenas y puede contener la emoción en su rostro.
—Qué posesivo eres, mi amado rey —logra decir sin ocultar su felicidad.
—Tsk no te creas demasiado.
Apolo mantiene su sonrisa y se permite abrazarse igual al otro, feliz de que fuese el humano quien permitiera su contacto físico en público.
Claro que Leónidas lo quiere, por algo aceptó ser su pareja, pero aun es un proceso complicado y más aun expresarlo en público. De todas formas, no ve tan mal que todos sepan que Apolo ya no está disponible ni nunca lo volverá a estar.
FIN
