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Sanji era conocido como un romántico empedernido y un amante de las mujeres. Todos lo sabían bien, por eso fue tan extraño cuando un hombre le confesó tener sentimientos románticos por él, y no cualquier hombre, tenía que ser justo ese cabeza de musgo. Sintió que su mundo se ponía de cabeza ¿Cómo se atrevía a decirle algo así? ¿A él? ¡Estaba loco! ¡Era un mal chiste! Un cruel y desagradable chiste.
—¡Deja de burlarte de mí, condenado cabeza de musgo! —exclamó con hastío y vergüenza.
—¡Estoy hablando en serio! —protestó Zoro con frustración y el rostro enrojecido—Yo tampoco lo entiendo, estaba seguro de que te despreciaba, pero después de hablar con Nami…
—¡No culpes a mi preciosa Nami de tus arrebatos! —dijo esta vez con furia.
—¡Esto no es fácil de aceptar para mí! —protestó con sus mejillas rojas en una mezcla de vergüenza y rabia—¡Pensé que al menos si te decía, entonces dejaría de…!
—¡Basta! No quiero oír ni una palabra más de ti.
¿Cómo se atrevía a culpar a su bellísima Nami por sus desvaríos? No podía ser más patético. Se levantó de su lugar, no sin antes terminar la taza de café que había ordenado porque no iba a desperdiciar comida jamás, y tras dedicarle una mirada de desprecio total al otro, se marchó sin más.
¿Zoro? ¿Enamorado de él? Vaya tontería más absurda. Como si él pudiese poner sus ojos en alguien como Roronoa. No. Él era un amante de las mujeres, de las damas hermosas y delicadas, no de idiotas obsesionados con el gimnasio y con poco interés en su higiene personal.
Él tenía muy buenos gustos como para tener que someterse a esa clase de situaciones. Aunque quizás había sido algo duro al rechazar los sentimientos de Roronoa…
No. Había hecho lo correcto. Debía dejar en claro todo desde ahora, porque su amor solo podía ser para una mujer y nada más. O bueno, quizás varias, pero ese no era el caso.
Aunque en realidad no es que tuviese demasiada suerte tampoco. Como cuando conoció a Robin que, sí era algunos años mayor, ¡pero qué mujer! Hermosa, radiante, inteligente, escultural. Le había fascinado desde que se conocieron, casi le besaba los pies a Luffy por permitir que una mujer así entrara a su vida.
Estaba dispuesto a conquistarla como fuese posible, pero entonces, en una reunión de amigos, Robin apareció con un hombre que presentó como Franky: su prometido.
Franky se llevó bien con todos rápidamente. Luffy, Usopp y Chopper lo admiraban intensamente por sus habilidades en robótica y carpintería. No los culpaba, el sujeto era carismático y hacía cualquier clase de robot funcional con basura que ellos le daban. Eso sí, no era precisamente un caballero y parecía tener una aversión a los pantalones largos.
Como fuese, ese hombre conquistó a la bella Robin y debía aceptar cuando una dama decidía a quién pertenecía su corazón. Claro, internamente pensaba que él podría ser una mejor opción, darle lo mejor que ella pudiera merecer. No que hiciera menos a Franky, simplemente eran pensamientos intrusivos.
Y antes de Robin, estuvo su adorada Nami. La conocía desde hacía años, ya era amiga de Luffy cuando lo conoció. Por supuesto que también le cautivó al instante y su personalidad le maravillaba: ruda, directa y algo codiciosa, pero también dulce y gentil con quien lo necesitara. La mujer perfecta.
Básicamente era un esclavo a sus pies y habría hecho lo que sea por conquistarla, pero de nuevo había una situación: A Nami no le atraían los hombres. Y respetaba eso profundamente, dolía sí, mucho, pero era un caballero y comprendía muy bien cómo funcionaba la sexualidad de la gente. Ella se hizo novia de Vivi Nefertari, una amiga de todos hicieron en común y, oh, que suerte la de ellas por encontrar el amor. Dos ángeles que merecían estar juntos, verdaderamente.
Deseaba algo así, que una mujer hermosa llegara a su vida y saber que estarían destinados a estar juntos. Sin embargo, lo hacía un ebrio apestoso al cual solo toleraba porque era parte del mismo círculo social ¿Cómo se atrevía ese imbécil?
No le importaba la orientación de Zoro en lo más mínimo, si era gay era su problema, pero de todas las personas en el mundo ¿Por qué tenía que ser justo él?
…
Reunirse con sus amigos los viernes en el restaurante de su padre era una tradición, aunque no tendría que sentirse tan incómodo. Permanecía junto a Usopp, escuchando sus historias mientras bebía algo, pero no podía evitar mirar de reojo hacia donde estaba Roronoa hablando con su querida Nami. Por supuesto que debía estarle contando sobre su rechazo, al menos era lo que sus expresiones le daban a entender.
Frunció el ceño y se terminó su bebida preparada prácticamente de un trago. No quería pensar más en eso, no quería darle más vueltas.
—No es común verte tan serio —escuchó la dulce voz de Robin, la cual tomó asiento junto a él. Ella le sonreía de forma encantadora. Dios, que afortunado era Franky.
—Ha sido una semana complicada —se excusó, sonriendo ampliamente a la mujer—, pero nunca podría estar serio cerca de ti.
Ella dejó salir una risita, mirando hacia su amigo moreno, quien seguía contando de forma exagerada su última experiencia en la universidad a un muy emocionado Chopper. Le resultaba dulce la ingenuidad del más joven del grupo, quizás despertaba su lado materno de alguna manera. Y, bueno, ella también disfrutaba las historias de Usopp.
—¿Estás así por Zoro? —cuestionó ella de forma bastante directa, cosa que casi le hizo atragantarse con su saliva. Robin volvió a reírse suavemente—. Asumo que no salió como Nami y yo pensamos…
—¿Cómo? ¿Y exactamente qué pensaron que pasarían? —se esforzó en tratar de sonreír, aunque seguro su expresión fue más una mueca incómoda—A mí no me gustan los hombres, Robin.
—Pues como ustedes siempre andan discutiendo y a la vez son muy unidos, creímos que quizás solo necesitaban un empujón para entender sus sentimientos —aclaró la mujer antes de llevarse su vaso con vodka a los labios—. Sin embargo, tal vez sacamos algunos hechos de contexto.
—¿Unidos? ¿El cabeza de musgo y yo? Lo siento, preciosa, pero ese idiota y yo solo nos tratamos porque casualmente tenemos los mismos amigos —rodó sus ojos, frunciendo sus cejas.
—Oh, lo lamento, no fue mi intención que esto se tornara incómodo.
—No es tu culpa, ni tuya ni de Nami, es de ese idiota.
—¿Te disgusta que Zoro sea homosexual?
—Me disgusta que, de todas las personas en el mundo, tenga que fastidiarme a mí.
Robin lo observó en silencio durante unos segundos. No con juicio, sino con esa mirada suya que parecía abrir cajones que uno ni siquiera sabía que tenía.
—Entiendo —dijo al final, con suavidad—. A veces no es la persona sino lo que despierta.
Sanji soltó una risa seca.
—Créeme, lo único que despierta en mí es dolor de cabeza.
Robin no respondió, solo le dio un pequeño sorbo a su bebida y desvió la mirada hacia el resto del grupo, como si ya hubiera dicho todo lo necesario. Y eso, por alguna razón, le incomodó más.
…
Los días siguientes fueron raros. Sanji intentó convencerse de que todo seguía igual: cocinaba, coqueteaba, sonreía. Las mujeres seguían siendo hermosas, el mundo seguía girando, y Zoro, bueno, Zoro seguía siendo un idiota.
No obstante, algo había cambiado. Roronoa ahora estaba algo más distante. Ya no discutían, ya no permanecían cerca el uno del otro, incluso a veces el de cabellos verdes se ausentaba de sus reuniones en el Baratie o no le dirigía la palabra cuando estaba.
Al principio eso le causó alivio, pensaba que estaba bien, que no quería al pesado amante del licor cerca suyo, pero esos detalles de repente comenzaron a producirle una extraña sensación de molestia y luego de vacío. Era demasiado habitual que discutieran por cualquier cosa y ahora que no sucedía se sentía extraño.
Una noche, tras cerrar el Baratie, se había quedado con Zeff limpiando y organizando como siempre, aunque su mente estaba bastante más apartada de lo que sea que su padre pudiera estarle diciendo.
—¿Piensas limpiar el mismo lado del mesón toda la noche o qué? —le cuestionó el chef en un tono de voz más alto para que se dignara a prestarle atención. Sanji solo chasqueó la lengua.
—Concéntrate en terminar el inventario de esta noche —respondió a modo de queja. Zeff soltó una risa áspera.
—Te declararon algo y huiste ¿no?
Sanji dejó de tallar con el trapo por un segundo, aunque no respondió de inmediato. Mantuvo el silencio algunos segundos más antes de continuar con su tarea. Odiaba que ese viejo fuese tan intuitivo, aunque por algo era su padre.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí —respondió Zeff, apoyándose en el mesón—. Esa cara la he visto antes, es la cara de alguien que no quiere mirar lo que tiene adelante. Además, no soy idiota, me he dado cuenta de lo que sucede con el hijo de Dracule.
Sanji frunció el ceño.
—A mí me gustan las mujeres.
—Eso no está en discusión, idiota —replicó—. La pregunta es ¿eso es todo?
El rubio más joven mantuvo la mirada clavada en el mesón, sin atreverse a ver a su padre. De repente ya no estaba seguro de su respuesta. Maldito Zeff, siempre sabía cuáles eran sus puntos bajos.
…
Esa noche no durmió bien. Los recuerdos eran traicioneros, arremolinándose en su cabeza de un modo inquietante: Zoro entrenando, con su sudor corriendo por su cuello. Zoro riéndose con Luffy, despreocupado. Zoro mirándolo de modos que no eran desafiantes ni toscos. Y luego la confesión el día en el café.
Ahora recordaba con detalle su expresión entre enojada y abochornada, sus mejillas y orejas notoriamente rojas. Como pese a su tono algo histérico habitual, había tratado de ser más suave al expresarle sus sentimientos y luego esa decepción tras su rudo rechazo.
—Qué estupidez… —murmuró, cubriéndose el rostro con el brazo, pero ya no sonaba convencido.
Ahora Zoro no salía de su cabeza y la culpa se arremolinaba en su pecho de un modo incómodo. Dios, era insoportable ¿Qué debía hacer entonces? No es como que hubiese vuelta atrás y tampoco es que quisiera demostrar que se había arrepentido de cómo manejó la situación.
…
Transcurrieron algunas semanas y, como si el universo tuviese un sentido del humor macabro, volvió a verle en el Baratie. Se había estado quemando la cabeza pensando en cómo hablarle de nuevo, en al menos ofrecerle una disculpa por ser tan despectivo en un inicio, quizás como una manera de empezar. Sin embargo, cualquier posibilidad de acercarse se vio interrumpida por otro suceso.
Roronoa estaba acompañado. Un hombre alto, de cabello oscuro y tatuajes en los brazos. Hablaban con facilidad mientras bebían juntos e incluso llegaban a sonreír con cierta complicidad. Había una cercanía cómoda, sin tensión. Sanji procesó la información rápidamente en su cerebro, tratando de identificar quién era aquel sujeto de rostro ojeroso y orejas perforadas.
Claro, era uno de los hijos de la familia Donquixote. Ellos eran cercanos a los Dracule, al menos eso cerraba una de sus conjeturas y, bueno, es que Zoro no era precisamente bueno socializando, probablemente a causa de su autismo. Normalmente era arrastrado a las amistades de Luffy más que hacerlas él mismo. Su única amiga propia era Kuina y, bueno, eran primos con la misma fijación tonta por el kendo y las espadas.
Le sorprendía darse cuenta de que sí prestaba atención a Roronoa, más de lo que le gustaría ahora. Se quedó inmóvil en su lugar y cerró sus ojos un momento. Eso era ridículo. Él estaba siendo ridículo.
Volvió a abrir los ojos y sintió algo frío en el pecho y una punzada en el estómago. El otro hombre se había inclinado hacia Zoro y este no hizo nada por apartarse tampoco. Se mordió un poco el labio. Qué rápido le había superado entonces.
No. Habían pasado casi tres meses desde su confesión y el rechazo. El tiempo simplemente pasaba demasiado rápido entre sus estudios, el trabajo en el restaurante y todas las situaciones de su vida en general. No podía pedirle a Roronoa que lo esperara para siempre ¿Y esperarlo para qué?
Ahora todo lo que podía hacer era mantener su distancia.
…
—Oye, cocinero —la voz del especialista en kendo lo sacó de su trance. Le sorprendió tenerlo enfrente.
Había salido un rato a fumar. Zeff odiaba que lo hiciera adentro del restaurante, decía que debía respetar el ambiente de los comensales y estaba de acuerdo con ello. No estaba seguro de cuánto llevaba afuera fumando, pero las múltiples colillas en el suelo aseguraban que ya era un buen rato.
—¿Qué necesitas, cabeza de epazote? —Trató de responder como siempre, aunque no pudo sonar tan despectivo como antes, ya no.
Hubo un silencio algo incómodo en el que Roronoa pareció pensarlo un momento o como si quisiera llenarse de valor para hablar. Aquello era complicado, no era precisamente un hombre dado a expresar sus emociones, pero, así como esa vez, tenía que intentar sacar algo más todavía.
—En realidad quería decir que lo sien-…
—Felicidades —Sanji le interrumpió. Zoro le miró perplejo un segundo—. Pudiste encontrar a alguien ¿No? Felicidades por eso.
Estúpido Zoro ¿De verdad planeaba disculparse? ¿Por sentir algo? Qué idiota. No tendría que hacerlo, por otro lado, él sí que le debía una disculpa por su forma de reaccionar.
—Law y yo no… bueno, creo que estamos intentando algo —era raro verlo tan dubitativo, incluso pudo notar que sus mejillas se tornaban rojizas, igual que esa vez en el café—. En fin, ya no tienes que preocuparte por lo que dije esa vez.
—No lo haré, aunque me sorprende que fueses capaz de llamar la atención de alguien —añadió con una pequeña sonrisa burlona. Exhaló algo de humo—¿Está bien que lo dejes solo por hablar conmigo?
—Luffy y Chopper lo mantienen ocupado con muchas preguntas —se encogió de hombros—¿Te vas a quedar aquí afuera?
—Quería fumar un poco, entraré en un rato.
—Bien.
No hubo más palabras, Zoro simplemente volvió adentro y Sanji trató de que la nicotina siguiera suprimiendo esa sensación incómoda en el pecho, no era dolor en sí, más bien como un recordatorio de que ya era tarde.
…
El restaurante estaba en silencio. No era un silencio incómodo, sino ese que queda después de que todo ha terminado: platos lavados, sillas acomodadas, luces bajas. Sanji se apoyó en la barra con un cigarro entre los dedos, observando cómo la brasa consumía lentamente el papel. Zeff no podía regañarle si no había nadie más que él ahí presente.
Había pasado un tiempo. No demasiado, pero lo suficiente. Zoro seguía con Law y parecía que su relación evolucionaba. A veces lo veía con el grupo, a veces no. Ya no dolía como antes o al menos no de la misma forma. Era más bien como una cicatriz reciente: sensible si la tocabas, pero ya no abierta.
Exhaló humo con calma.
—¿Qué te he dicho de fumar aquí? —el tono huraño de Zeff le sacó de su ensimismamiento.
—No pasa nada si está cerrado —se limitó a decir sin mirarle.
—¿Ya dejaste de hacer drama interno o todavía estás en eso?
El hombre con pierna protésica avanzó hasta donde estaba él y tomó asiento a su lado. El blondo soltó una risita, no es como que pudiera ocultarle nada a su padre.
—Yo no hago drama.
—Claro, solo te quedas mirando el vacío como protagonista de telenovela barata. La vida sigue, hijo.
—Lo sé, solo estaba pensando —dudó un poco antes de seguir hablando—Oye, viejo… ¿Alguna vez te pasó?
—¿El qué? —Zeff alzó una ceja.
—Pensar que sabías perfectamente quién eras y luego darte cuenta de que no era tan simple.
—Sí —dijo tranquilamente—. Y si no te pasa, es porque no estás pensando lo suficiente.
Sanji bajó la mirada, observando el cigarro consumirse entre sus dedos.
—Siempre me gustaron las mujeres —murmuró—. Eso nunca fue mentira.
—Nadie dijo que lo fuera.
—Pero tampoco era toda la verdad.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto, más ligero, más cálido, como si algo finalmente hubiera encontrado su lugar. Sanji dejó el cigarro en el cenicero y lo apagó con cuidado.
—Supongo que también me gustaba ese idiota.
—Vaya descubrimiento —Zeff soltó una pequeña risa nasal.
—Cállate —bufó, aunque sin enojo real en su voz, solo una especie de cansancio tranquilo—No voy a hacer nada al respecto —añadió después de un momento—. Él ya está bien y creo que yo también puedo estarlo.
—Así es como funciona.
Sanji se estiró un poco, sintiendo el peso en el pecho más liviano. No desapareció totalmente, pero ya no era aplastante.
—No cambia lo que soy —dijo, más para sí mismo que para Zeff—, lo hace más complejo, aunque no pienso ocultarlo tampoco, solo quiero terminar de procesarlo.
—Más te vale. Yo no crié un cobarde; tu madre y yo te amamos tal y como eres. Me decepcionaría que no lo hicieras tú mismo.
El muchacho soltó una risita, una sincera; hablar con su padre siempre le hacía sentir mejor, aunque no quisiera admitirlo.
…
En otra de sus reuniones en el Baratie, sus ojos pasaron por la mesa, por cada uno de sus amigos. También por Zoro, pero no se detuvieron, no esta vez. Porque ya no había nada que perseguir ahí, ni nada que negar. Se levantó de su lugar para ir a buscar algunas bebidas para todos.
—Disculpa ¿Tendrás un encendedor? —un hombre junto a la barra le interrumpió cuando estaba acomodando las bebidas en una bandeja. Tenía el cabello rubio oscuro algo largo, lo suficiente como para cubrir uno de sus ojos.
—Sí, pero no puedes fumar aquí adentro —respondió con calma. Miró al hombre ante él y, como solía hacer con las mujeres, por primera vez se permitió apreciarlo físicamente, aunque no por mucho, aún no estaba acostumbrado.
—Entiendo, saldré entonces.
—Iré por él tras entregar esto.
Le dejó su bonito encendedor decorado, regalo de su hermana en su último cumpleaños, y se fue a llevar las bebidas a sus amigos. Hecho eso salió, rogando no haber sido tan tonto como para dejarse robar su encendedor favorito.
Por suerte no fue así, el hombre rubio le esperaba afuera, fumando tranquilamente mientras veía unos pocos autos pasar. No parecía que el frío nocturno le afectara mucho.
—Gracias, aquí tienes…
—Sanji —recibió el encendedor, aunque en lugar de guardarlo, decidió encender un cigarrillo también.
—Pedro.
—No te había visto antes en el Baratie.
—Llegué hace poco a la ciudad.
Conversar un rato con aquel sujeto mientras fumaban juntos se sintió agradable. Si no fuera un experto en ello, no habría notado que el otro le coqueteaba un poco mientras charlaban. Lejos de sentirse ofendido, llegó a considerarlo una especie de halago y, bueno, ¿Por qué no darle una oportunidad a la situación?
La vida era muy curiosa y siempre podía aprender nuevas cosas de sí mismo. Tal vez podría agradecerle a Zoro por eso.
FIN
