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Cuidar a un ex demonio sediento de caos y destrucción comenzó como una tarea difícil. Ayudarlo a adaptarse a la vida como un simple mortal, como un humano, o bolsa de carne como les llamaba, era complicado, pero fue la misión que aquel ser cósmico con forma de ajolote le había asignado y la aceptó porque se creía lo suficientemente capaz ahora que era un joven adulto.
Sí, Bill quizás atormentó demasiado a su familia y lo odió mucho tiempo por eso, pero saber de su pasado y verlo como un ser verdaderamente frágil y vulnerable contribuyó a que quisiera ayudar. Todos merecían una segunda oportunidad, o eso dijo Mabel -luego de darle un puñetazo a Cipher por supuesto-.
Como fuese, de algún modo eso estaba funcionando. Fue más difícil al inicio porque Bill no entendía mucho del comportamiento humano. Era como cuidar un perro recatado de la calle que no sabía portarse bien y debía entrenar poco a poco. Una analogía chistosa.
Y, bueno, se había comportado relativamente bien últimamente. Ya comía con decencia, usaba ropa y sus conversaciones eran menos mórbidas, incluso ahora tenía trabajo como ayudante en la cabaña del misterio, así que decidió llevarle a un lugar que seguro le gustaría como compensación: el circo.
Bill parecía simplemente maravillado, tanto como lo podría estar un niño pequeño. Era curioso mirarlo, ahora siendo un chico de cabellera rubia con raíces negras, baja estatura y unos ojos que de vez en cuando parecían desprender un brillo dorado. Peculiar para quienes no sabían quién o cómo había sido anteriormente.
Dipper, por su parte, se había graduado antes de la universidad. Su pasión por el misterio y las criaturas increíbles le llevaron a dedicarse al camino de las letras, por lo que ahora escribía un libro sobre las aventuras de dos hermanos en un pueblo lleno de cosas fantásticas. Nadie necesitaba saber que eran sus experiencias de la infancia ¿Cierto? Igual no que alguien lo creería fuera de aquel pueblo en Oregón.
Claro que escribir su libro mientras trabajaba como editor de un periódico online para ganar dinero y a su vez cuidar de Bill era agotador; no tenía mucho tiempo para descansar. Así que esa visita al circo también era un modo de relajarse él mismo, era divertido y le recordaba a su infancia cuando iba a las ferias con Mabel.
—Oye Pino ¿Qué pasaría si empujo al sujeto que anda tragando espadas? —preguntó de forma jocosa al ver el espectáculo de aquel hombre que tenía tensa a la gente a su alrededor.
—Por favor no lo hagas —Dipper resopló —¿Qué tal si vamos por algodón de azúcar?
—¡Sí! Me encanta la sensación que me deja en la boca cuando se deshace.
Pines suspiró, aunque sonrió ligeramente en lo que iban a aquel puesto y compraba dos. Al menos parecía sencillo controlar a Bill con comida, especialmente con cosas dulces y nachos. Bill tomó el algodón de azúcar con un entusiasmo casi infantil, arrancando un pedazo enorme y metiéndoselo a la boca como si fuera un depredador hambriento.
—Mmm… —murmuró con los ojos entrecerrados—. Esta cosa es una metáfora perfecta de la existencia humana: dulce, frágil y completamente inútil.
—Es solo azúcar —replicó Dipper, rodando los ojos mientras comía su porción—. No empieces con tus discursos extraños aquí.
—No son extraños, solo eres muy aburrido y cerrado para entenderlo —protestó de manera infantil.
Dipper se quedó en silencio, observando cómo los reflejos de las luces de neón se dibujaban en el rostro de Bill, resaltando sus ojos con un brillo inquietante. Era extraño: por momentos seguía viéndolo como el demonio que casi destruye su mundo, y al segundo siguiente lo veía humano, solo un mortal, alguien imperfecto.
—Solo no hagas nada raro ¿sí? —terminó por decir, tratando de relajarse de nuevo.
—¿Raro? —Bill se llevó otro bocado de algodón a la boca, riendo con los dientes teñidos de rosa—. Para mí existir ya es raro, debí morir en la mente de tu tío hace años.
Antes de que Pines pudiera responder, un chillido de emoción los interrumpió. Un grupo de acróbatas empezó a girar en lo alto, sostenidos apenas por un hilo de cuerda. El público cercano aplaudió, pero Bill inclinó la cabeza, fascinado.
—¿Sabes cuántas probabilidades hay de que uno de ellos caiga? —susurró, casi para sí, con una mezcla de cálculo y deleite.
—Bill…
—Ya, ya, te tomas todo muy en serio.
El blondo se terminó de comer su algodón y seguidamente le tomó del brazo para tirar de él y hacerle caminar, insistiendo en querer ver más de aquel lugar. De esa manera terminaron en la casa de los espejos. Al castaño no le encantaba ver su reflejo tantas veces, aunque al menos Bill parecía entretenido, eso hasta llegar a un espejo en especial.
Era diferente a los demás, transmitía un aura peculiar. Frunció un poco su ceño antes de acercar su mano. Hacía tiempo que ya no investigaba cosas paranormales, al menos no las buscaba en sí, solo dejaba que llegaran a él. Acercó sus dedos a este cuando algo en su reflejo le perturbó al punto de helarle sangre por un instante.
Sus propios ojos brillaban en un escalofriante tono amarillo. Aquel horrible recuerdo de haber sido poseído por el demonio llegó a su mente y le revolvió el estómago. Cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos para confirmar que estaba todo bien, normal, como si aquello fuese solo una ilusión.
—Ese espejo te muestra un miedo profundo de tu corazón —esta vez la voz de Bill le sobresaltó un poco. Dipper miró el reflejo de Cipher y no notó nada extraño, bueno, solo la tristeza en su mirada.
—¿Cómo lo sabes?
—Reconozco bien ese tipo de cristal, me sorprende que los humanos lo encontraran —entre cerró un poco sus párpados.
—¿Y qué es lo que ves tú?
Hubo un breve silencio en el que no hubo respuesta. Bill siguió mirando el reflejo con una tristeza profunda, una que Dipper jamás creyó ver en él.
—Soledad.
…
Tras salir de la casa de los espejos, el ambiente simplemente había caído al suelo como una pesada roca. Pines no se atrevió a decir nada, solo caminaba metido en sus propios pensamientos hasta que sintió como Bill se sujetaba de la manga de su chamarra, lo que hizo detener su paso.
—¿Estás bien? ¿Quieres que volvamos a casa?
—Aun no confías en mí ¿cierto? Aun ves lo que solía ser…
El castaño apretó sus labios, mirándolo unos instantes antes de tomar su mano para que siguieran caminando.
—Si te preocupa lo que vi, creo que solo fue más un mal recuerdo que un miedo actual, tal vez el espejo solo te muestra algo que en algún momento te causó daño —comentaba a medida que iban avanzando por el lugar, ignorando a la gente a su alrededor, los puestos de comida o los espectáculos circenses.
—¿Cómo estás seguro que es algo del pasado nada más?
—Porque tú ya no estás solo.
Bill levantó la mirada, sorprendido de sus palabras. Ese órgano en su caja toráxica que bombeaba sangre se sintió extraño ¿Qué significaba eso? No sabía que su corazón podía hacer eso, de comprimirse de un modo tan curioso, como si doliese, pero a la vez no era algo que lastimara.
—¿No lo estoy? Digo, estar rodeado de humanos no evita que pueda sentirme así.
—Estoy contigo ¿No? —le interrumpió—. Se lo prometí al ajolote cósmico, aunque también he aprendido a entenderte ahora, ayuda mucho que ya no seas un peligro para todos.
Tras el intento de broma sonrió ligeramente, aunque Cipher seguía mirándole con una mezcla de confusión y perplejidad.
—Si un ser todopoderoso te dio una oportunidad es porque había una buena razón —hizo una ligera mueca, aunque no soltó su mano tampoco—. Como sea, lo estás haciendo bien, no te preocupes, no te abandonaré, no te dejaré solo en esto.
La sonrisa que le dio Dipper nuevamente le provocó un vuelvo en el corazón. Se sentía tan raro, su cuerpo reaccionaba de un modo tan extraño, no lo entendía y le asustaba ¿Por qué los cuerpos humanos eran tan complicados? No sabía que responder, no sabía que hacer más allá de asentir un poco.
—Entonces ¿Volvemos a casa?
—¿Podemos comer helado y ver a la mujer barbuda primero?
—Seguro, aunque no vi ninguna mujer barbuda en el panfleto.
—¿Y esa de ahí?
Dipper miró hacia donde señalaba antes de solo arrastrarlo en dirección contraria. Mejor evitaría el regaño y el mal momento a Linda Susan por ser confundida de esa manera tan grosera.
Por su lado, Bill le siguió sin rechistar. Y no estaba seguro de porqué, pero se dejó llevar por el sentir de su cuerpo humano, aferrándose a la mano del muchacho en el proceso, sintiendo que no quería soltarlo y no deseaba que le soltara, incluso si no comprendía que podía significar eso.
FIN
