Chapter Text
1. Maten a FLeur
«Mi Querido Draco:
No sé cómo comenzar esta carta, así que lo haré de la forma más directa posible, ¿ok?
Bueno, te voy a decir que apenas comienzan las vacaciones y ya quiero volver a Hogwarts. Y cuando digo que quiero volver a Hogwarts, en realidad quiero decir que quiero volver a verte todos los días. Sé que suena raro, pero es la verdad. No importa que no hablemos en los pasillos o que tengamos que mantener las distancias para que nadie empiece a hacer preguntas estúpidas; el simple hecho de saber que estás en el mismo castillo, compartiendo el mismo aire (aunque sea el aire frío del sotano), hace que todo este maldito año valga la pena.
Aquí las cosas están siendo tan encantadoras como siempre. Si por "encantadoras" entiendes que mi primo Dudley ha descubierto una nueva forma de molestarme que consiste en pasar por mi habitación haciendo ruidos de avión, y que mi tío Vernon vigila la ventana cada cinco minutos como si Hedwig fuera a lanzar una bomba en su precioso jardín muggle. De verdad, desearía tener tu suerte y estar en una mansión en Francia rodeado de fuentes y pavos reales, en lugar de estar encerrado en Privet Drive contando las manchas del techo.
Te escribo esto a altas horas de la noche, usando la luz de una linterna debajo de las sábanas para que nadie vea que sigo despierto. El verano se me va a hacer eterno, Draco. Además, se me hace prácticamente imposible hacer mis tareas de la escuela con el ruido de la televisión de abajo y, por si fuera poco, Wood ya me mandó un itinerario de entrenamiento para el verano que parece diseñado para matar. Quiere que practique reflejos y resistencia todos los días, así que entre esquivar los gritos de mis tíos, hacer los ensayos de Transformaciones y correr como un loco por el vecindario para no perder la forma para el Quidditch, me va a faltar tiempo. Por eso, te voy a escribir menos de lo que desearía, pero no creas que es porque me he olvidado de ti. Es solo que sobrevivir a los Dursley requiere un esfuerzo de tiempo completo.
En serio, espero que estés bien, Draco. Cuéntame luego cómo es Francia y si tu madre ya te obligó a usar ropa con demasiados encajes franceses.
Con cariño,
Harry»
(***)
A tan solo una hora de París en tren muggle —un medio de transporte que Lucius Malfoy prefería ignorar que existía— se encontraba el idílico pueblo de Giverny. Rodeado de colinas verdes y sumergido en la neblina suave del norte de Francia, este rincón de Normandía albergaba el nuevo y sorprendente refugio de la familia: Le Manoir des Glycines. O, como solía decir Narcissa para aquellos que poseían un francés poco instruido, la Mansión de las Glicinias.
La propiedad era una obra de arte arquitectónica. Construida con una imponente piedra caliza blanca que parecía brillar con luz propia, la mansión se alzaba con techos altos de pizarra en tonalidades azuladas, imitando el cielo normando antes de una tormenta. Sus inmensos ventanales de suelo a techo atrapaban la famosa luz dorada de la región, inundando las estancias con una calidez que la fría Mansión Malfoy de Wiltshire jamás había conocido. En los patios exteriores, el relajante murmullo de las fuentes de mármol tallado a mano musicalizaba el ambiente.
Los icónicos pavos reales albinos de Lucius se paseaban con su habitual orgullo por el jardín delantero, aunque habían tenido que aprender a compartir el territorio con la exótica flora mágica francesa que Narcissa había mandado a plantar. Ahora, las aves esquivaban con cuidado los densos arbustos de rosales cuyas espinas mágicas tintineaban como campanillas al detectar intrusos, y se mantenían a una distancia prudente de los estanques decorativos, donde nadaban los nibble minks domesticados, unas criaturas acuáticas de pelaje sedoso que asomaban la nariz salpicando agua brillante.
Giverny no era un asentamiento puramente mágico; era un pueblo mixto. Para Draco, el mundo muggle ya no era un concepto lejano y prohibido: estaba literalmente al final de las escaleras de piedra caliza que descendían desde la colina de la mansión.
—Es una aberración urbanística —masculló Lucius una tarde, de pie junto al gran ventanal del salón principal, observando el camino de piedra que conectaba su santuario con las calles francesas—. Vivir a tiro de piedra de personas que no saben encender una chimenea sin usar trozos de madera.
Narcissa, que estaba sentada en un diván de terciopelo hojeando una revista de alta costura parisina, ni siquiera levantó la vista.
—Oh, cállate, Lucius. El aire aquí es espléndido para la tez —replicó con suavidad, pasando una página—. Además, los muggles franceses tienen un sentido de la estética que ya quisieran los magos de Gran Bretaña. Mira esto.
Lucius soltó un suspiro resignado, pero no replicó. Convivir en un entorno mixto era un sacrificio inmenso para su orgullo, pero lo hacía por su hijo. Había algo en la libertad y la tranquilidad de este exilio francés que le sentaba bien a Draco, y ver a su heredero relajado era el único argumento capaz de doblegar las arraigadas opiniones de Lucius. Sin embargo, el verdadero torbellino comenzó cuando Narcissa descubrió la moda no mágica de París.
Para Draco, aquellas expediciones a la capital habían sido un respiro. Aunque apenas tenía trece años y arrastraba el cansancio de un año escolar desastroso, ver el entusiasmo de su madre le devolvía un poco de paz. Mientras Narcissa se deleitaba comprando sedas y sombreros, Draco solo podía sonreírle, cómplice, ganándose una mirada severa pero silenciosa de su padre. Lucius no decía nada; simplemente observaba cómo los elfos domésticos se encargaban de transportar los interminables paquetes directamente a las habitaciones de la nueva mansión.
Cuando finalmente regresaron a Giverny y Draco entró en su nuevo dormitorio, se dio cuenta de que aquel espacio reflejaba perfectamente el caos de su vida actual. La habitación era amplia y luminosa, con una vista directa y privilegiada al jardín trasero y a los verdes alrededores del pueblo, pero por dentro estaba desmantelada. Decenas de cajas de madera y baúles mágicos se apilaban en las esquinas; no había tapices familiares, ni escudos de armas, ni rastro de la opulencia verde y plata que solía rodearlo.
Mientras los elfos domésticos se movían de un lado a otro en un silencioso torbellino, desempacando ropas y libros con chasquidos amortiguados, Draco caminó hacia el balcón. Necesitaba aire.
Apoyó las manos en la barandilla de hierro forjado y dejó que el viento de Normandía le despeinara el cabello. Su reflejo en el cristal de la puerta del balcón le devolvió una imagen que todavía le costaba aceptar. Su cabello ya no era el lacio y pulcro corte aristocrático de los Malfoy; ahora caía en rebeldes e indisciplinados rizos platinados. Y justo allí, rompiendo la monotonía albina de su calaña, destacaba un grueso mechón negro como el carbón, que nacía desde su flequillo y descendía en una línea oscura, tiñendo su ceja izquierda y las pestañas de ese mismo ojo. El contraste era impactante, casi agresivo. Un recordatorio físico de que su vida se había descarrilado.
A sus trece años, Draco sentía que no encajaba en ningún lugar. El Sombrero Seleccionador lo había enviado a Hufflepuff tras un atentado contra su propia voluntad, una humillación que se negaba rotundamente a aceptar. Él no era un tejón. No era amable, ni leal, ni un trabajador incansable que se conformaba con las sobras. No entraba en ese ridículo estereotipo de debilidad. Sin embargo, el uniforme amarillo y negro en el fondo de su baúl decía lo contrario.
Aunque, si era completamente sincero consigo mismo mientras observaba el paisaje francés, la idea que el mundo tenía de Hufflepuff estaba bastante distorsionada. En su año y medio en la casa de la tierra, Draco había conocido a suficientes personas como para saber que nadie allí era un santo dócil.
Estaba Zacharias Smith, que directamente no era una buena persona; podía poseer cierta lealtad hacia los suyos, pero la pereza le ganaba a cualquier intento de llamarlo “trabajador”. Su propia prima mayor, Nymphadora Tonks, era buena y leal, sí, pero con una rebeldía tan caótica que le sacaba canas verdes a cualquier profesor. Ernie Macmillan era el extremo de la lealtad, pero una lealtad tan intensa y rígida que, si algo llegaba a perturbar sus ideales, era perfectamente capaz de hacerle la vida imposible a cualquiera. Hannah Abbott trabajaba duro, pero tenía una lengua tan larga y un sarcasmo tan afilado que, si no lograbas entender su humor, te caía patética de inmediato. Susan Bones cargaba con una fachada de niña ingenua, pero Draco ya la había visto usar esa misma capa de inocencia para cometer mil maldades en los pasillos y salir completamente impune. Justin Finch-Fletchley era amable y trabajador, pero su terquedad y una valentía casi imprudente lo llevaban a desafiar la autoridad sin pestañear. Y luego estaba Lily, increíblemente inteligente y leal, pero la mayor chismosa de la sala común; su curiosidad no tenía límites y, al ser la mejor amiga de Zacharias, demostraba que eran dos gotas de la misma botella de veneno.
Y, por supuesto, no podía olvidar a Rolf Scamander.
Rolf era su mejor amigo, su hermano, el primer apoyo real que Draco había tenido en Hogwarts. Era el tipo de persona que, sin importar cuán equivocado estuviera Draco, se pondría en contra del mundo entero para defenderlo. Pero Rolf tampoco era el típico Hufflepuff sumiso: su sarcasmo era legendario y, para colmo de males de Draco, estaba coladito por su hermana.
Bueno, técnicamente no era su hermana. Era Luna Lovegood, su prima lejana, pero el afecto que Draco le tenía la ponía en esa categoría sagrada.
Draco suspiró, apartando la mirada de su propio reflejo en el cristal para enfocarla en el horizonte. Desde la altura del balcón, las casas del pueblo de Giverny parecían juguetes de piedra rodeados de flores. Los muggles caminaban por las calles lejanas, ajenos por completo al drama del joven mago que los observaba desde la colina, con su cabello rizado y aquel mechón oscuro que marcaba su rostro como una cicatriz de guerra.
La mudanza a Francia era permanente, un borrón y cuenta nueva impuesto por las circunstancias. Al mirar la belleza extraña de ese nuevo hogar, Draco apretó los puños sobre la barandilla de hierro forjado. Lejos de Hogwarts, lejos de las miradas de burla de los Slytherin y de las sofocantes expectativas de Wiltshire, tal vez este exilio no fuera solo un castigo. Tal vez, pensó mientras el viento de Normandía movía su flequillo platinado, París y Giverny fuesen el escenario perfecto para reescribir sus propias reglas.
O eso creía él.
Porque la paz en la Mansión de las Glicinias duraba lo que tardaba en aparecer la tormenta. Y la tormenta, esa tarde, tenía nombre de flor y un temperamento insoportable.
—¡Dis-moi que no es verdad, Draco! —una voz melodiosa, pero exasperada y estridente, resonó desde las escaleras del jardín trasero, rompiendo la calma de la tarde—. ¡Dime que no te han exiliado a este campo lleno de vacas y muggles!
Draco cerró los ojos con fuerza y dejó caer la frente contra el metal frío de la barandilla. Su prima mayor había llegado.
Fleur Delacour.
Draco amaba profundamente a su tío Henry, de verdad que sí. Pero lo que jamás lograría entender, ni aunque viviera cien años mágicos, era cómo su tío se había podido casar con su tía Apolline —la hermana mayor de Lucius Malfoy— y, sobre todo, cómo de esa unión había nacido Fleur, la indiscutible, egocéntrica y “loca de perinola” Delacour. Fleur era un torbellino de sangre veela, orgullo francés y críticas destructivas que caminaba como si el suelo no fuera digno de sus tacones.
De la pequeña Gabrielle, Draco no tenía quejas; la niña era un absoluto amor, dulce y risueña. Pero Fleur… Fleur era harina de otro costal.
La puerta de su habitación se abrió de golpe, ignorando cualquier rastro de cortesía o privacidad. Fleur entró como una ráfaga de viento perfumado con jazmín y lavanda, vestida con un conjunto de seda que parecía traído directamente de las pasarelas de París que Narcissa tanto adoraba. Sus ojos azules escanearon las cajas sin abrir con una mueca de horror antes de clavarse en Draco.
—Pero miren qué desastre —dijo Fleur, cruzándose de brazos mientras avanzaba hacia el balcón—. Y tú… ¿qué le pasó a tu cabello, mon petit cousin? Parece que un Kneazle furioso hubiera anidado en tu cabeza. ¿Y ese mechón? Supongo que es la nueva moda de los Hufflepuff, ¿no? Qué espanto.
Draco se dio la vuelta despacio, forzando una sonrisa cargada del mismo veneno que usaba en el Gran Comedor.
—Vete a la mierda, Fleur —soltó Draco de inmediato, sin una pizca de la cortesía que Lucius le había inculcado desde la cuna.
Fleur, lejos de ofenderse, soltó una carcajada cristalina y ensanchó su expresión, mostrando una sonrisa idéntica a la del propio Draco. Era una mueca cargada de una arrogancia afilada y superior; en ese preciso instante, se notaba a leguas que por las venas de ambos corría la misma sangre altiva de los Malfoy.
—Ah, qué adorable. El pequeño tejón muerde —se burló ella, pasando por su lado sin pedir permiso para entrar por completo a la habitación. Se pasó una mano por su perfecto cabello rubio plateado y miró la cama aún sin tender—. Por cierto, me voy a quedar aquí unas semanas. Ya le dije a la tía Narcissa que prepare la habitación de huéspedes que da al este, la luz es mucho mejor para mi rutina de belleza.
Draco rodó los ojos, dándose la vuelta para seguirla con la mirada.
—No lo ponía en duda —respondió con fastidio, cruzándose de brazos—. Eres como una plaga, Fleur. ¿Y el tío Henry? No me digas que lo dejaste amarrado al carruaje.
—Papá está abajo, instalándose con tus padres —dijo ella, restándole importancia con un gesto de la mano mientras se sentaba elegantemente en la única silla que no estaba cubierta de cajas—. Aunque… el ambiente en el salón principal está un poco tenso ahora mismo. Llegó una carta muy singular de Gran Bretaña. Una carta firmada por Albus Dumbledore.
Draco se tensó sutilmente, aunque intentó mantener la fachada de indiferencia.
—¿Una carta? —preguntó, entornando los ojos.
—¿Acaso no lo sabes, primito? —Fleur ladeó la cabeza, y esa sonrisa astuta volvió a dibujarse en sus labios—. Aunque bueno, no te culpes. Ni tu propio padre lo sabe todavía; está abajo intentando descifrar el pergamino sin prenderle fuego con la varita. Dumbledore está pidiendo… no, espera, no está pidiendo. Está exigiendo, asegurando, que el colegio cuidará de ti a partir del próximo trimestre. ¿Cómo es que decía la maldita carta exacta? Ah, sí: “Alumno Residente Tutelado”
A Draco se le secó la boca. Humedeció sus labios con un movimiento rápido, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho.
La tutela.
Lo había olvidado por completo. Entre el caos del atentado, la mudanza forzada a Francia, los gritos de su padre y el torbellino de emociones por haber terminado en otra excursión con los Gryffindor contra su voluntad, Draco había enterrado en el fondo de su mente el desesperado trato que le había propuesto al director antes de que terminara el curso escolar.
—Eso significaría —continuó Fleur, disfrutando del silencio de su primo mientras se examinaba las uñas perfectamente manicuradas— que, durante los meses de curso, Hogwarts asume tu custodia mágica total. Independientemente de la residencia física de tus tutores legales fuera de las fronteras británicas. En resumen: tu padre ya no tiene derecho legal a sacarte del colegio, ni a prohibirte volver, ni a decidir sobre tus trasladores. Estás bajo el ala del viejo.
Draco no se movió. Se quedó rígido en medio de la habitación, con los ojos fijos en un punto cualquiera de la alfombra mientras procesaba el peso de sus propias acciones. Había jugado una carta extremadamente peligrosa para salvar el pellejo, y el juego acababa de empezar en el piso de abajo.
Fleur levantó la vista y, al ver la expresión pálida y desencajada de Draco, su sonrisa se volvió aún más brillante, casi depredadora. Se levantó de la silla con la gracia de una veela y caminó hacia él, dándole un suave golpecito en la mejilla con un dedo.
—Vaya, vaya… por lo visto eso no te lo esperabas, ¿eh? —susurró Fleur, divertida por el absoluto shock de su primo—. Tienes cara de haber visto a un Inferius, Draco. ¿Qué demonios hiciste en Hogwarts para que Dumbledore te ponga una correa de oro antes de que cumplas los catorce?
—Nada —soltó Draco de inmediato, sosteniendo la mirada.
Sus propios ojos grises se volvieron tan fríos y desafiantes como el azul gélido de los de Fleur. En ese momento, eran dos reflejos de la misma obstinación familiar, midiéndose las fuerzas sin que ninguno estuviera dispuesto a dar el brazo a torcer.
Fleur soltó un bufido teatral, cruzándose de brazos mientras caminaba de vuelta hacia el balcón, dejando que la luz dorada de Giverny iluminara su perfecto perfil.
—¿Nada? S’il te plaît, Draco. Nadie mueve el derecho mágico internacional por “nada” —Fleur ladeó la cabeza, adoptando un tono falsamente inocente—. Aunque, ahora que lo pienso, en Beauxbatons nos llegan los chismes de Hogwarts. Escuché por ahí que quedaste como el segundo de tu clase, y por una diferencia ridículamente grande respecto al resto. Me pregunto constantemente quién es más listo que Draco Malfoy. Debe de ser una persona, sin duda, extraordinaria si te dejó en segundo lugar y al pobre de Theo Nott en tercero. Aunque, claro, a Theo nunca le ha interesado competir por esas cosas.
Draco apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración que no tenía nada que ver con Dumbledore. Realmente no odiaba a su prima; en el fondo, la apreciaba y sabía que bajo toda esa capa de arrogancia francesa había alguien que se preocupaba por los suyos. Pero era tan malditamente cotilla, tan afilada y tan parecida a él mismo que a veces simplemente no podía soportarla.
Se mordió el labio inferior, desviando la mirada hacia las cajas de madera.
—No es nadie —masculló entre dientes.
Fleur elevó una ceja perfecta, exagerando su gesto de incredulidad.
—¿Cómo que no es nadie? Draco, tú siempre fuiste el primero en todas tus clases particulares antes de ir al colegio, y…
Se interrumpió a sí misma. Draco levantó la vista justo a tiempo para notar el cambio en la expresión de su prima. Por una milésima de segundo, la máscara de burla y superioridad de Fleur se cayó, dejando al descubierto unos ojos genuinamente preocupados. Estaba buscándole la mirada, analizando su lenguaje corporal, tratando de descifrar si el peso de haber quedado en segundo lugar, sumado al trauma del atentado y el exilio, lo estaba quebrando por dentro.
Al verse descubierta en su momento de debilidad fraternal, Fleur tomó aire profundamente por la nariz y lo soltó en un largo suspiro, relajando los hombros.
—Está bien, no presiono —dijo, suavizando la voz—. Debe de ser por toda la carga de tu labor como Lord Black, ¿verdad? Manejar un título tan pesado a los trece años debe ser un dolor de cabeza. ¿Quieres que te ayude en algo más?
Draco parpadeó, un tanto descolocado por el cambio de ritmo, y la miró con sospecha.
—¿Qué hiciste? —preguntó con cautela.
Fleur sonrió, recuperando su habitual chispa de suficiencia.
—Bueno, ayudé a mi papá a remodelar y asegurar las viviendas que compraron aquí en Francia. Y, ya que estaba en eso, moví un par de hilos para conseguirte algunas citas con los herederos e hijos menores de las familias mágicas más importantes de aquí. Ya sabes, para que empieces a hacer conexiones sociales en tu nuevo hogar.
Draco tomó aire, sintiendo que una alarma se encendía en su cabeza, y miró a Fleur con fijeza.
—Deben ser mujeres, Fleur. Tienen que ser chicas —sentenció, intentando sonar firme y estratégico.
Fleur lo miró extremadamente mal, entornando los ojos con una mezcla de fastidio y absoluta incredulidad. Soltó una risita seca, como si Draco acabara de decir la mayor estupidez del siglo.
—¿Cómo es posible que aún no lo aceptes, primito? —preguntó Fleur, dándole un par de palmaditas burlonas en el hombro—. Por favor, Draco. Desde que eras un bebé en la cuna, toda la familia ha sabido perfectamente que te gustan los niños.
Draco se puso completamente rojo, pero Fleur continuó sin piedad, divirtiéndose con su evidente vergüenza.
—¿Ya te olvidaste de cuando tenías cinco años? Te dejabas poner los vestidos de seda más caros por mí y por la tía Narcissa sin protestar. Es más, caminabas por la Mansión de Wiltshire como si fueras una reina. Y peor aún: dejabas que todos los amiguitos franceses que yo traía a la casa te besaran las mejillas y te dieran dulces… ¡pero si una sola niña intentaba acercarse a ti, la mordías! Literalmente le clavabas los dientes. Así que no me vengas con exigencias de etiqueta ahora, Lord Black. Te busqué chicos interesantes, cultos y, por supuesto, muy guapos. De nada.
—¡Que te mates, Fleur! Por favor, hazle un favor al mundo —le espetó Draco, sintiendo que las orejas le ardían de la pura vergüenza mientras intentaba desesperadamente recuperar su dignidad.
Fleur, lejos de conmoverse, soltó una carcajada limpia y sonora que resonó por todo el balcón. Se tapó la boca con elegancia, pero sus ojos azules brillaban con una malicia puramente divertida.
—Oh, mon dieu, ¿de verdad pretendes borrar el pasado? —se burló, dando un paso hacia él—. ¿O es que también borraste de tu memoria cuando tenías siete u ocho años y andabas de arriba abajo leyendo las historias sobre el famoso Harry Potter? Te la pasabas diciendo que era genial, que te encantaría ser su amigo en cuanto entraras a Hogwarts… ¡Y eso no es lo peor!
Draco abrió los ojos de par en par, sintiendo que el pánico real superaba a la indignación.
—Fleur, cállate… —advirtió en un susurro sibilante.
—… ¡Decías que el chico debía ser guapísimo! —continuó ella, alzando la voz dramáticamente—. Todo porque viste aquella foto mágica en el viejo registro de periódicos de tus padres y andabas diciendo que James Potter, era el hombre más atractivo que habías visto en tu vida. ¡Que el hijo seguro heredaría esos ojos y…!
—¡Que te calles! ¡Es mentira!
Draco la miró con furia contenida y, olvidándose por completo de toda la etiqueta de la sangre limpia, dio un salto hacia adelante y le cubrió la boca con la palma de la mano. Fleur no opuso resistencia; simplemente se quedó quieta, mirándolo por encima de los dedos de su primo con las cejas arqueadas y una expresión de absoluta victoria.
—Eso es mentira —siseó Draco, con el rostro completamente encendido, acercándose a ella para asegurarse de que nadie más en la mansión pudiera escucharlo—. Yo nunca dije eso, nunca leí esas cursilerías y jamás, pero jamás, dije que un Potter fuera guapo. Te lo estás inventando todo para desquiciarme.
Fleur lamió suavemente la palma de la mano de Draco con total descaro, logrando que el chico apartara la mano de golpe con una mueca de asco, limpiándosela en el pantalón.
—Eres un bárbaro, Draco —dijo Fleur, acomodándose el cabello con un gesto digno—. Pero niega todo lo que quieras. La tía Narcissa y yo tenemos excelente memoria. Así que acepta los candidatos que te busqué en París; te aseguro que tienen mucho mejor gusto para vestir que tu trágico héroe de la infancia.
—¿Y qué pasa si me niego? —preguntó Draco, entornando los ojos y cruzándose de brazos, intentando adoptar su postura más imponente de Lord Black, aunque el sonrojo de sus mejillas arruinara un poco el efecto.
Fleur ensanchó su sonrisa, una expresión que prometía absoluto caos, y dio un paso hacia él con total parsimonia.
—Oh, mon petit, si te niegas, entonces tendré que cumplir con mi deber familiar. Primero, haré que tu vida en esta mansión sea completamente insufrible cada día que me quede aquí. Y segundo… bueno, tendré que pedir mi transferencia a Hogwarts el próximo año. Solo para buscar a tu héroe de la infancia en los pasillos y contarle, con lujo de detalles, absolutamente todo lo que sé. Desde los vestidos de seda hasta tus profundas opiniones sobre los genes de su padre.
Draco la miró fijamente, con los ojos grises centelleando en una clara advertencia.
—No te atreverías —siseó, con la mandíbula apretada.
Fleur ladeó la cabeza, divertida, y susurró con desafío:
—Rétame, Draco. Sabes perfectamente que Beauxbatons me aburre y que me encanta el drama.
Draco guardó silencio un par de segundos, midiendo sus opciones y sabiendo perfectamente que su prima era lo suficientemente loca y caprichosa como para cumplir su amenaza solo por diversión. Soltó un bufido de frustración, rindiéndose a regañadientes.
—Bien —cedió Draco, apartando la mirada hacia el jardín—. Pero con mis condiciones: solo iré a una cita por semana. Nada más. Tengo muchas cosas que hacer aquí, responsabilidades reales, y no voy a perder mi tiempo todos los días con tus candidatos franceses.
Fleur sonrió con una inocencia exagerada y casi angelical, juntando las manos.
—¡Magnifique! Sabía que entrarías en razón, primito. Una por semana es un trato aceptable para empezar…
Sin embargo, antes de que Fleur pudiera seguir regocijándose en su victoria, una voz estentórea, helada y cargada de una furia que hacía vibrar las paredes de la mansión resonó desde la planta baja, subiendo por las escaleras hasta el pasillo.
—¡Draco Regulus Malfoy Black, ven en este mismo instante!
El grito de Lucius Malfoy fue tan nítido que Draco sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La carta de Dumbledore sobre la tutela mágica finalmente había sido leída y digerida abajo. El juicio final había comenzado.
Fleur se tapó la boca de inmediato con ambas manos, abriendo de par en par sus ojos azules en un gesto de fingido espanto, aunque sus ojos bailaban de burla.
—Oh, no… parece que el León de Wiltshire finalmente descubrió las malas noticias de tu director —susurró Fleur, retrocediendo hacia la puerta de la habitación con pasos rápidos y silenciosos—. Bonne chance, Draco. Intenta que no te deshereden antes de tu primera cita del sábado.
Antes de que Draco pudiera siquiera lanzarle una maldición no verbal, Fleur se dio la vuelta y salió corriendo por el pasillo, soltando una risotada cristalina que se fue perdiendo escaleras abajo, dejándolo completamente solo frente al inminente peligro de su padre.
Draco se quedó estático en medio de la habitación, con el eco de la risa de Fleur flotando en el aire y el estómago cayéndole en picado hasta los talones.
Draco Regulus Malfoy Black
Cuando sus padres usaban sus dos nombres y sus dos apellidos de esa manera, significaba que la situación no era solo grave; era un cataclismo. Lucius Malfoy rara vez perdía la compostura lo suficiente como para gritar, lo que significaba que la carta de Dumbledore sobre la “Tutela de Alumno Residente” había golpeado el orgullo de su padre exactamente donde más le dolía: en la protección legal y absoluto sobre su hijo.
—Que Salazar me pille confesado —mutó Draco para sí mismo, pasando una mano frustrada por sus rebeldes rizos platinados.
El mechón negro de su flequillo cayó sobre su ojo izquierdo, y por un segundo se sintió ridículamente expuesto. Trató de acomodárselo con un toque de su varita, pero el cabello rizado, indomable tras el atentado, se negó a obedecerle. Con un suspiro resignado, enderezó la postura, arregló el cuello de su túnica ligera de verano y salió de la habitación, caminando a paso lento pero firme por el pasillo de madera pulida de Le Manoir des Glycines.
Cada paso que bajaba por la imponente escalera de caracol de piedra caliza se sentía como una marcha hacia el patíbulo.
Al llegar a la planta baja, el ambiente en el salón principal era tan denso que casi se podía cortar con un encantamiento seccionador. La luz dorada del sol normando entraba por los inmensos ventanales, pero no lograba calentar la frialdad que emanaba de su padre.
Lucius Malfoy estaba de pie junto a la chimenea apagada. Su mano derecha apretaba con tanta fuerza el bastón con cabeza de serpiente que los nudillos le habían quedado completamente blancos. En la otra mano, arrugado y casi hecho un gurruño, sostenía el pergamino oficial de Hogwarts con el sello de cera de Albus Dumbledore roto en pedazos.
A un lado, Narcissa permanecía sentada en el diván de terciopelo. Su revista de alta costura parisina descansaba olvidada sobre sus rodillas. Tenía el rostro pálido y los labios apretados en una fina línea, pero sus ojos azules se clavaron de inmediato en su hijo con una mezcla de profunda preocupación y reproche. En una esquina del salón, el tío Henry observaba la escena en un silencio incómodo, mientras Fleur, que acababa de llegar, se había deslizado discretamente detrás del sofá de su madre, Apolline, disimulando una sonrisa de anticipación.
—¿Me llamabas, padre? —preguntó Draco, forzando a su voz a sonar lo más calmada y madura posible, digna del Lord Black que ahora era, a pesar de sus cortos trece años.
Lucius se giró despacio. Sus ojos fríos fijaron los de su hijo con una intensidad aterradora.
—¿Me puedes explicar —siseó Lucius, con una voz peligrosamente baja, mucho más aterradora que cualquier grito— qué significa esto?
Con un movimiento brusco, Lucius arrojó el pergamino arrugado sobre la mesa de centro de mármol. El papel se desenrolló ligeramente, mostrando la caligrafía inclinada y en tinta verde de Dumbledore.
—Tu director… ese viejo decrépito y entrometido —continuó Lucius, dando un paso hacia Draco, haciendo resonar su bastón contra el suelo—, acaba de notificar al Ministerio de Magia británico, al Ministerio Francés y a esta familia, que has sido clasificado bajo el estatus de Alumno Residente Tutelado. ¡Me han revocado la custodia mágica de mi propio hijo durante el año escolar! ¡A mí! ¡Un Malfoy!
—Lucius, por favor, la presión —intervino Narcissa con un hilo de voz, aunque su mirada seguía fija en Draco, exigiendo una explicación en silencio.
—¡No me pidas calma, Narcissa! —estalló Lucius, perdiendo la fachada por completo—. Esto significa que si decidimos no enviarlo de regreso a Gran Bretaña, el colegio tiene la potestad legal de enviar Aurores a suelo francés para escoltarlo. Significa que no puedo sacarlo del país, ni decidir sobre su educación, ni protegerlo de las influencias de ese maldito colegio. ¡Dumbledore nos ha atado de manos!
Lucius se detuvo a escasos centímetros de Draco. Era mucho más alto que su hijo de trece años, pero Draco, a pesar del pánico que le atenazaba el pecho, no bajó la mirada. El mechón negro de su cabello pareció brillar bajo la luz del salón.
—Y lo peor de todo, Draco… —dijo Lucius, entornando los ojos con una dolorosa comprensión—, es que la carta especifica que este procedimiento se activó a petición formal del estudiante. Tú se lo pediste. Tú fuiste a ver al viejo.
El silencio que siguió fue sepulcral. El tío Henry desvió la mirada, incómodo por el drama familiar, mientras Fleur contenía el aliento, dándose cuenta de que la situación era mucho más compleja de lo que pensaba.
Draco humedeció sus labios secos. El momento de la verdad había llegado. Ya no estaba en la seguridad de su balcón, ni discutiendo niñerías con su prima. Tenía que defender la decisión que le había salvado la vida.
—Sí, padre. Yo se lo pedí —declaró Draco con firmeza, sosteniendo la mirada enfurecida de Lucius.
—¿Tú se lo pediste? —repetió Lucius. La voz de su padre bajó a un susurro sibilante, un tono mucho más peligroso que cualquiera de sus gritos previos. Su rostro, habitualmente pálido, se tornó mortecino—. ¿Tú voluntariamente le entregaste el control de tu vida a Albus Dumbledore? ¿A ese viejo manipulador?
—¡Sí! —exclamó Draco, dando un paso al frente. El peso de sus trece años pareció desaparecer, reemplazado por la desesperada madurez de quien ha visto la muerte de cerca—. Se lo pedí porque el Ministerio Británico está infestado, padre. Se lo pedí porque las protecciones de nuestra familia ya no son suficientes en Gran Bretaña.
Un silencio pesado cayó sobre el salón, La mención implícita de los acontecimientos que los habían forzado a huir a Francia flotó en el aire como un gas venenoso.
Quienes habían puesto en peligro la vida de Draco no habían sido los aurores, ni las criaturas oscuras de los bosques, ni los sangre sucia del colegio. Habían sido los propios mortífagos. Exactamente Walburga Black, en un despliegue de locura y fanatismo purista, casi había matado a Draco en su propio territorio. Para lograr sacar a su heredero con vida de ese infierno y estabilizar su magia —lo que le había dejado el imborrable mechón negro en el rostro—, Lucius Malfoy había tenido que arrastrarse. Había tenido que cobrar, suplicar y gastar demasiados favores políticos y económicos con la facción más oscura de Gran Bretaña. Favores que ahora lo dejaban expuesto y atado de manos. La mudanza permanente a Giverny no había sido un capricho vacacional; había sido una huida desesperada para salvar lo que quedaba de su estirpe.
Lucius cerró los ojos, apretando la mandíbula con tal fuerza que los músculos de su cuello se tensaron. La ira en sus ojos dio paso a algo mucho más doloroso para Draco: una profunda y gélida decepción.
—Hice todo lo posible para mantenerte a salvo, Draco —dijo Lucius, y su voz sonó extrañamente rota, despojada de su habitual arrogancia—. Humillé el apellido Malfoy cobrando deudas que pretendía guardar para el futuro. Rompí lazos, quemé puentes y te traje a Francia para que estuvieras lejos del alcance de los fanáticos. ¿Y cómo me lo pagas? Convirtiéndote en el jodido trofeo de Dumbledore.
—Dumbledore no me tiene simpatía, padre. Nunca la tendrá —dijo Draco, negando con la cabeza mientras las palabras salían de su boca con una honestidad brutal, despojada de cualquier máscara aristocrática—. Pero no quiero estar lejos de mis amigos, ni de la vida que he conocido desde que nací. Lo hice porque sé que, tarde o temprano, ellos encontrarán este lugar. Y tú lo sabes tan bien como yo. Sabes que sin importar a dónde vayamos, a qué rincón del mundo huyamos, ellos irán tras de ti hasta que…
Draco se detuvo en seco. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se saca sangre, conteniendo la última palabra. Hasta que te maten. Miró a su padre a los ojos, dejando que toda la vulnerabilidad y el miedo que había estado reprimiendo salieran a la superficie.
—No lo hice por Dumbledore, papá. Lo hice para que tus sacrificios no fueran en vano. Para que no te mataran a ti intentando defenderme. Sé lo que tuviste que hacer para sacarme de allí, sé cuántos favores cobraste y sé que tal vez… tal vez nunca puedas perdonarme por haber ido a espaldas tuyas. Pero fue mi elección. Y ya soy un adulto.
Lucius guardó silencio un segundo, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el muchacho que tenía enfrente. Luego, negó con la cabeza, con una mezcla de tristeza y frustración.
—Eres solo un niño, Draco —dijo Lucius, y su voz, por primera vez, no sonaba fría, sino rota por el peso de la realidad—. Tienes trece años. Eres un niño.
—¡Dejé de ser un niño cuando Walburga me manipuló y casi me destruye! —estalló Draco, con los ojos empañados en lágrimas que se negaba a dejar caer—. ¡Dejé de ser un niño cuando el sombrero no me envió a Slytherin y tuve que cambiar toda mi vida en un jodido segundo para sobrevivir! Dejé de…
Draco no pudo terminar la frase.
Lucius dio un paso largo hacia adelante, rompiendo toda la distancia y la rígida etiqueta que siempre había gobernado su relación. Antes de que su hijo pudiera dar un solo argumento más, Lucius lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo hacia su pecho en un abrazo apretado, desesperado y protector.
El bastón con cabeza de serpiente cayó al suelo, resonando secamente contra el mármol, pero a Lucius no le importó. El gran e imponente Lucius Malfoy estaba temblando levemente mientras envolvía a su único hijo, escondiendo el rostro entre los rebeldes rizos platinados del chico, justo donde el mechón negro marcaba el inicio de su nueva realidad.
Draco se quedó rígido por una milésima de segundo, completamente descolocado. Su padre jamás lo había abrazado así; las muestras de afecto de Lucius siempre habían sido una mano firme en el hombro, una aprobación silenciosa o un regalo. Pero esto… esto era el abrazo de un padre que había estado a punto de perder a su hijo y que seguía aterrorizado por la idea de que el mundo se lo arrebatara.
Lentamente, el orgullo de Draco se desmoronó. Apoyó la frente contra el hombro de su padre y le devolvió el abrazo con fuerza, aferrándose a su túnica como si todavía fuera ese niño de siete años que leía historias mágicas, buscando el único refugio que, a pesar de todo el caos, seguía sintiéndose como su verdadero hogar.
El silencio en el salón principal de Le Manoir des Glycines se volvió denso, roto únicamente por la respiración acompasada de ambos. Lucius mantenía el agarre firme, como si a través de ese abrazo pudiera transmitirle a Draco toda la protección que las leyes y los muros de piedra caliza no lograban garantizar. Para Draco, el calor del pecho de su padre borró por unos instantes el frío fantasma de Walburga Black.
Después de lo que parecieron minutos eternos, Lucius relajó lentamente los brazos, aunque no se apartó del todo. Colocó sus manos grandes sobre los hombros de Draco y lo obligó a mirarlo fijamente. Sus ojos grises, desprovistos de la habitual altivez que mostraba ante el Ministerio, recorrían el rostro de su hijo, deteniéndose en el rebelde cabello rizado y en la línea oscura que le marcaba la ceja y las pestañas.
—Nunca vuelvas a decir que ya eres un adulto, Draco —dijo Lucius, con una voz baja pero cargada de una severidad puramente paternal—. Mientras yo respire, la carga de proteger esta familia sigue siendo mía. No tuya. No me importa qué título te otorgue la magia, ni qué opine el viejo decrépito de Hogwarts.
Draco tragó saliva, asintiendo lentamente. La humillación de haber buscado a Dumbledore todavía escocía en su orgullo, pero ver la furia de su padre transformada en este crudo instinto de protección le otorgaba una extraña paz.
—Sé que cometiste una imprudencia al acudir a él —continuó Lucius, soltando un suspiro largo y pesado mientras se agachaba para recoger su bastón del suelo de mármol—, pero entiendo tus razones. Tu madre y yo hemos pasado noches en vela sabiendo que las fronteras no detienen a los fanáticos. Si ese maldito estatus de Alumno Residente Tutelado obliga a Dumbledore a usar todo el poder de Hogwarts para mantenerte respirando, entonces… nos tragaremos este sapo. Pero no creas que esto se queda así. Mañana mismo enviaré un documento sellado al Ministerio Francés para asegurar que cualquier movimiento de los Aurores británicos en territorio galo deba ser notificado a mi persona de inmediato. No voy a dejarte ir a ciegas.
Draco sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. No esperaba el perdón de su padre, pero la aceptación de la estrategia era más de lo que había previsto.
—Gracias, padre —susurró Draco, acomodándose de forma inconsciente el flequillo oscuro que le caía sobre el ojo.
Lucius lo observó un segundo más, recuperando poco a poco su postura rígida y su máscara de aristócrata impecable. Enderezó los puños de su túnica y miró hacia el gran ventanal que daba al patio trasero, donde la neblina de Giverny empezaba a teñirse con los tonos rosados del atardecer normando.
—Ve a lavarte la cara y arréglate ese cabello, Draco —ordenó Lucius, aunque el tono ya no tenía el veneno de antes—. Tu tía Apolline y Henry han venido desde París para cenar con nosotros, y no voy a permitir que te vean con el aspecto de haber sobrevivido a un duelo. Además… —Lucius hizo una mueca de sutil disgusto, entornando los ojos hacia la indomable melena platinada de su hijo— además ese cabello está muy largo. ¿Por qué no te lo cortas?
—Mira quién lo dice —masculló Fleur en voz alta, rodando los ojos—. Si él tiene más cabello que yo.
¡Pum!
Fleur no alcanzó a terminar la frase cuando Apolline, con una agilidad sorprendente, le dio un almohadazo bien asentado con uno de los cojines de terciopelo del diván, callándola de inmediato. Fleur se quejó en voz baja, acomodándose el flequillo con indignación, mientras su madre la miraba con una advertencia severa en los ojos para que dejara de provocar a Lucius.
Apolline carraspeó con elegancia, recomponiendo la compostura de la estancia, y miró a Draco con una sonrisa cálida y maternal.
—¿Por qué Draco no baja al pueblo para cortarse el cabello? —sugirió Apolline con dulzura, mirando de reojo a Narcissa y a Lucius—. Sería muy rápido, una pequeña caminata mientras el almuerzo se termina de alistar aquí en la mansión. Además, Fleur y Gabrielle pueden acompañarlo para que no vaya solo.
Gabrielle, que hasta ese preciso momento estaba acurrucada en el regazo de Henry mientras este la mecía suavemente para que se durmiera, levantó la cabeza de golpe. Había estado fingiendo dormir todo el tiempo para enterarse del chisme familiar y, al escuchar la idea de salir, abrió de par en par sus ojitos brillantes.
—¡Siii! —exclamó Gabrielle con entusiasmo, saltando del regazo de su padre antes de que Henry pudiera detenerla—. ¡Yo quiero ir con Draco al pueblo!
Draco miró a la pequeña, luego a Fleur —que ya le estaba dedicando una sonrisa de pura malicia, frotándose las manos mentalmente con la idea de arrastrarlo al mundo muggle— y finalmente a su padre. La idea de ir a un establecimiento muggle a cortarse el cabello no era precisamente lo que un Malfoy tradicional consideraría un plan ideal, pero dadas las circunstancias y la necesidad de airearse tras la intensa discusión, no parecía la peor de las opciones.
(***)
Media hora después, Draco se encontraba bajando las escaleras de piedra caliza de la colina junto a Fleur y la pequeña Gabrielle. El viento fresco de Normandía movía sus indisciplinados rizos platinados, pero a medida que se acercaban al corazón de Giverny, el humor del joven mago cambió por completo. Al cruzar el arco de entrada al pueblo, Draco se detuvo un segundo y no pudo evitar murmurar con genuina fascinación:
—Qué hermoso…
Las calles estaban adoquinadas, rodeadas de casas antiguas de piedra con fachadas cubiertas de enredaderas y flores de colores tan vivos que parecían sacadas de una pintura. El ambiente era vibrante, lleno de vida y con una estética tan cuidada que hacía que el mundo muggle de Gran Bretaña pareciera gris en comparación.
Pero todos sus pensamientos se esfumaron en el segundo en que cruzaron la puerta de la peluquería del pueblo.
Draco se quedó de piedra al observar al chico que los iba a atender.
Era sencillamente espectacular. Tenía una piel canela que contrastaba de maravilla con unos rizos oscuros y rebeldes que le caían despeinados sobre la frente. Cuando los vio entrar, el joven les dedicó una sonrisa amplia, profunda y cálida, revelando unos hoyuelos hermosos en las mejillas que terminaron de desarmar al Malfoy de trece años. Draco se lo quedó mirando fijamente, completamente hipnotizado, intentando adivinar su edad; tal vez tenía diecinueve años, o quizás un poco más, pero la edad era lo de menos. Solo sabía que era el chico más guapo que había visto en su vida.
Fleur, rompiendo el trance de su primo, dio un paso al frente y comenzó a hablar con el peluquero en un francés fluido y sofisticado, explicándole con lujo de detalles exactamente qué tipo de corte necesitaba Draco para domar esa melena rizada. Draco, por su parte, ni siquiera prestaba atención a lo que decía su prima; se limitaba a asentir mecánicamente a todo, con los ojos grises clavados en las facciones del chico.
De toda la explicación técnica de Fleur, Draco solo logró registrar dos palabras:
—Tousled cut —pronunció el chico.
La voz le salió tan grave, profunda y aterciopelada que a Draco se le erizó la piel de los brazos.
—¡Bien! Nosotros te esperamos allí —anunció Gabrielle con entusiasmo, soltándose de Draco para agarrar la mano de Fleur.
La pequeña arrastró a su hermana mayor hacia la zona de sofás de la sala de espera. Fleur, con una sonrisita de suficiencia que demostraba que se había dado cuenta perfectamente de la desconexión mental de su primo, tomó una revista de moda de la mesa y se sentó elegantemente, dejando a Draco a su suerte.
El peluquero se giró hacia Draco, ensanchó un poco más su sonrisa con hoyuelos y le hizo un gesto amable con la mano.
—Sígueme, por favor —le dijo en un tono suave.
El local estaba bastante lleno esa tarde, con el murmullo de las conversaciones de los lugareños y el sonido de las tijeras de fondo. Draco comenzó a caminar detrás de él, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza inusual en el pecho. Desde esa distancia, no podía dejar de observarlo detalladamente. El chico vestía el uniforme del establecimiento: una camisa blanca, simple y pulcra, pero que le quedaba lo suficientemente ajustada como para que, con cada movimiento que hacía al caminar, se le marcara de forma imponente el músculo de los brazos y la espalda. Daba la impresión de que la prenda le quedaba un pelín pequeña, o tal vez simplemente estaba demasiado bien formado.
Draco tragó saliva con dificultad y se humedeció los labios, sintiendo de repente que la temperatura de la peluquería había subido varios grados.
Pero justo en ese instante, mientras sus ojos seguían fijos en la espalda del peluquero, una idea completamente imprevista cruzó su mente como un relámpago, descarrilando por completo sus pensamientos.
¿Cómo se vería Harry con esa ropa?
La duda que Draco arrastraba desde hacía tiempo sobre sus propios gustos pareció responderse sola en un segundo, cobrando una claridad abrumadora. La imagen mental se formó en su cabeza con una nitidez casi dolorosa. Harry… Harry sin duda tendría ese mismo tipo de cabello rizado y despeinado, rebelde ante cualquier peine. Su piel canela brillaría bajo la luz del sol de una forma única, y esos hermosos ojos verdes, tan intensos que a veces daban miedo, lo mirarían fijos con su típica sonrisa, esa que revelaba un tierno hoyuelo y hacía resaltar las pecas de su nariz. A diferencia del peluquero, a Harry esa camisa blanca le quedaría algo grande, holgada sobre sus hombros delgados, pero a Draco no le importaría en absoluto. Llevaría sus lentes redondos un poco torcidos, como siempre, y…
Draco sintió que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho, latiendo con tanta fuerza que temió que se escuchara en todo el local. No era el chico de la camisa ajustada. Era la idea de él. La revelación lo golpeó con el impacto de un encantamiento aturdidor.
—Aquí tienes, por favor, toma asiento —le indicó el peluquero con amabilidad, señalando el sillón de cuero frente al gran espejo.
Con la imagen de Harry grabada a fuego en la retina y las mejillas encendidas, Draco se giró mecánicamente y se sentó, intentando desesperadamente recuperar su compostura. El chico colocó la capa protectora alrededor de su cuello con suavidad y el proceso comenzó.
Draco cerró los ojos un momento, tratando de calmar su respiración, pero fue inútil. Sentir los dedos expertos del peluquero hundiéndose en su cabello húmedo para separar los rizos era una sensación extraña y abrumadora. El joven francés le hablaba de algo con su voz grave —probablemente comentando el clima de Normandía o la textura de su cabello—, pero Draco apenas procesaba las palabras. Estaba demasiado tenso, demasiado consciente de cada roce.
De pronto, mientras el chico ladeaba sutilmente la cabeza de Draco para emparejar la patilla, las yemas de sus dedos rozaron sin querer la punta de su oreja.
Draco soltó un leve jadeo y pegó un respingo imperceptible en el asiento, sintiendo un escalofrío eléctrico que le recorrió toda la columna vertebral. Su cuerpo entero tembló ante el contacto inesperado, y sus ojos grises se abrieron de golpe, encontrándose en el reflejo del espejo con la mirada curiosa y amable del peluquero, que lo observaba con una ceja alzada, ajeno por completo al torbellino de emociones y fantasías que se desataba en la cabeza del joven Hufflepuff de trece años.
Draco le regaló una sonrisa tímida a través del espejo, sintiendo que el calor en sus mejillas se intensificaba, antes de morder su labio inferior y desviar la mirada.
El pánico real se instaló en su pecho. Se hizo la pregunta que había estado eludiendo con todas sus fuerzas, la que le daba más miedo que el propio enfado de su padre: ¿Le gustaba Harry Potter?
—No, no, no —se repitió en un grito mental, desesperado por acallar sus propios pensamientos—. No le podía gustar Potter. Era su amigo y solo eso. Eran amigos.
Apretó los puños debajo de la capa de corte, sintiendo la tela áspera contra sus manos.
“Draco, no puedes pensar de esa forma de tus amigos,” se reprendió a sí mismo, intentando imponer la fría lógica que tanto había practicado. “No puedes pensar eso del Niño que Vivió. No puedes…”
Trató de concentrarse en el presente, en la peluquería, en el olor a champú y en el sonido de las tijeras. Volvió a mirar el gran espejo que tenía enfrente, buscando una distracción, pero el tiro le salió por la culata. El peluquero se inclinó un poco para evaluar la simetría del corte, trabajando con la cabeza sutilmente gacha y dejando que sus rizos oscuros cayeran de forma natural sobre sus propios ojos.
Ese simple gesto fue su ruina.
De inmediato, la mente de Draco viajó a miles de kilómetros de distancia, directo a los pasillos de Hogwarts o a las tardes en el Gran Comedor. Recordó las incontables veces que Harry hacía exactamente lo mismo: cuando se ponía tímido, cuando se reía de algún chiste de los Gryffindor o cuando intentaba ocultar su frustración tras ese desastre de flequillo que nunca se acomodaba. Recordó cómo Harry bajaba la cabeza, dejando que su cabello azabache le cubriera la frente, obligándolo a mirar a Draco a través de las pestañas con esos ojos verdes que le quitaban el aliento.
Draco se golpeó mentalmente, dándose un bofetón invisible para detener la hemorragia de recuerdos.
¡Detente! No puedes pensar eso, Draco. Harry es tu amigo.
—¿Todo bien? ¿Te lastimé? —preguntó el chico en francés, deteniendo las tijeras un segundo al notar la súbita rigidez en los hombros del menor y cómo había apretado la mandíbula.
Draco parpadeó, saliendo del trance a la fuerza. Miró los hoyuelos del peluquero y luego, por el reflejo, vio a Fleur al fondo del local. Su prima lo observaba por encima de su revista con una ceja alzada y una mirada de absoluta sospecha. Ella sabía que algo le pasaba.
—Oui, tout va bien —logró responder Draco con un hilo de voz, forzando una sonrisa cortés—. Solo… pensaba en las clases del próximo año.
El chico asintió con simpatía y continuó con su trabajo, ajeno al hecho de que, en la cabeza de su cliente, se estaba librando una batalla campal entre el deber, la lealtad y unos ojos verdes que se negaban a salir de su cabeza.
Continuara...
