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Draco Malfoy y el Legado de Merlín

Summary:

Tras sobrevivir a la maldición de su estirpe y ser relegado a Hufflepuff, Draco Malfoy regresa a Hogwarts decidido a limpiar su nombre. Siendo el nuevo Lord Black, Draco no solo busca la gloria como Cazador en el equipo de Quidditch o el primer puesto de su clase, sino que carga con un secreto: un diario antiguo perteneciente al mismísimo Merlín.

Escrito en mil idiomas y plagado de acertijos mortales, el libro promete respuestas que Draco teme encontrar. Mientras la Cámara de los Secretos se abre y el pánico se desata, Draco deberá descifrar el pasado para sobrevivir al presente, todo mientras intenta ignorar la insistente mirada esmeralda de Harry Potter.

¿Podrá un "traidor de sangre" resolver el enigma más grande de la magia antes de que los monstruos lo alcancen?

Chapter Text

1. Hermanas Black

 

Si alguien le hubiera dicho a Draco Malfoy hace dos años que terminaría luciendo una corbata amarilla y negra, probablemente le habría lanzado un maleficio. Sin embargo, al finalizar su primer año en Hufflepuff, Draco había descubierto que la lealtad y el trabajo duro no eran solo lemas, sino una condena autoimpuesta. 

Sus vacaciones, que deberían haber sido un refugio de paz tras los eventos del año escolar, se habían transformado en una "devastadora y miserable existencia" de oficina. Apenas llevaba un mes en casa y el escritorio de su estudio ya no se veía bajo la montaña de pergaminos. Había contado al menos diez cajas de madera de roble, cada una rebosante de la historia financiera de la Noble y Ancestral Casa Black. 

Como nuevo Lord, el peso del linaje había caído sobre sus hombros con una crueldad burocrática. Había informes de negocios en el Callejón Diagon que no se habían auditado en una década, propiedades en Francia que requerían firmas urgentes y, lo más agotador, una marea de correspondencia internacional. Las cartas llegaban con sellos de lacre que representaban a las familias más influyentes de Europa y los clanes mágicos más poderosos de Asia. Todos querían lo mismo: una audiencia, una declaración de intenciones o simplemente una señal de que el joven tejón sabía cómo manejar el oro que ahora custodiaba. 

—¿Cómo se supone que un estudiante de segundo año entienda los aranceles de importación de seda de dragón en el mercado asiático? —murmuró Draco, enterrando la cara entre sus manos. 

Pero el papeleo, por muy asfixiante que fuera, no era lo que más alteraba su ritmo cardíaco. Lo peor —o quizás, en el fondo, lo mejor— era la interrupción semanal que ya se había vuelto el eje de su rutina. 

La puerta de la oficina se abrió con un clic suave, y Draco se enderezó de inmediato, tratando de ocultar una mancha de tinta en su mejilla. El sanador entró con la confianza de quien conoce cada rincón de la mansión. Era un hombre increíblemente joven, con una presencia que hacía que la oficina se sintiera menos lúgubre. Su cabello oscuro caía en rizos desordenados que enmarcaban un rostro de facciones fuertes, resaltado por una piel bronceada que contrastaba con la palidez de Draco. 

Pero lo que siempre desarmaba a Draco eran sus ojos. Eran hermosos, profundos y cargados de una sabiduría que no encajaba con su apariencia juvenil. 

—Lord Black, parece que las facturas de Gringotts están ganando la batalla hoy —dijo el sanador con una voz aterciopelada, dejando su maletín sobre una pila de cartas provenientes de China. 

Draco intentó mantener su dignidad de Hufflepuff, pero ante la mirada divertida del hombre, solo pudo ofrecer una sonrisa nerviosa y algo torpe. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave. El sanador soltó una risa ligera, un sonido cálido que hizo que Draco olvidara por un segundo los negocios atrasados. 

—No me mire así, Draco. Estoy aquí para asegurarme de que sobreviva a su herencia, no para añadirle más estrés —comentó mientras agitaba su varita en un patrón circular sobre la cabeza de Draco—. Sus niveles de magia y energía se están estabilizando de forma significativa. El núcleo mágico está respondiendo bien al tratamiento; finalmente está dejando de fluctuar. 

El silencio en la oficina se volvió denso, casi palpable, mientras el sanador cerraba la distancia entre ellos. Draco contuvo el aliento, sintiendo que el aire se cargaba de una electricidad que no tenía nada que ver con los hechizos de protección de la casa. El contacto de los dedos del hombre sobre su muñeca, buscando el pulso, fue ligero pero firme; una calidez que quemaba más que cualquier poción fortalecedora. 

—Si sigue así, pronto tendrá energía suficiente para enfrentarse a otras diez cajas —bromeó el sanador, inclinando la cabeza lo justo para que un rizo oscuro rozara casi la frente de Draco. Le guiñó un ojo antes de bajar la mirada hacia su bitácora, donde su pluma comenzó a rasguear el papel con un sonido rítmico. 

Draco no pudo responder. Solo pudo asentir mecánicamente, atrapado en el deseo silencioso de que el diagnóstico se prolongara eternamente. Se preguntaba cómo era posible que alguien desprendiera esa calma tan absoluta, esa mezcla de sabiduría antigua y juventud vibrante, mientras le decía que su magia, por fin, estaba dejando de ser un caos indomable para volver a casa. 

En ese instante de quietud, el pesado portón de roble de la oficina se abrió de par en par. La atmósfera de burbuja se rompió al entrar Narcissa y Lucius Malfoy. Sus pasos elegantes resonaron contra el suelo de piedra, rompiendo el hechizo de intimidad que se había formado. 

—¿Cómo está mi hijo? —la voz de Narcissa era suave pero cargada de una preocupación que siempre intentaba ocultar bajo su fachada de porcelana. 

Draco, sin embargo, no giró la cabeza hacia sus padres de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el perfil del sanador, observando cómo el hombre se ponía de pie con una gracia felina para saludar a los señores de la casa. El sanador comenzó a explicar el progreso del tratamiento, utilizando términos técnicos sobre la resiliencia del núcleo mágico y la absorción de energía ambiental. 

Mientras el hombre hablaba, Draco dejó escapar una sonrisa involuntaria, una expresión de pura admiración que iluminó su rostro de una forma que no encajaba con el protocolo de Lord Black. 

Narcissa, siempre observadora, notó el rastro de esa sonrisa y la forma en que Draco apenas parpadeaba para no perderse ni un movimiento del sanador. Una pequeña risa, casi imperceptible pero cargada de picardía, escapó de sus labios mientras cubría su boca con un abanico. Sabía leer a su hijo mejor que nadie, y lo que veía en ese joven Hufflepuff no era solo alivio médico. 

Por el contrario, Lucius frunció el ceño. Sus ojos grises se entrecerraron mientras pasaba la mirada de la sonrisa boba de su hijo a la espalda del sanador, y luego de vuelta a Draco. No parecía particularmente complacido con la “distracción” que el profesional médico representaba para su hijo. 

—Los niveles de fatiga están bajando —concluyó el sanador, girándose un momento para dedicarle a Draco una última mirada profesional, pero cargada de esa chispa divertida—. Sin embargo, para estar completamente seguros de que el tejido mágico no presente micro-rupturas, mañana vendré a primera hora. Necesito realizar una extracción de sangre para un análisis más profundo en el laboratorio de San Mungo. 

El eco de los pasos de Narcissa y el sanador terminó por desvanecerse en el pasillo, dejando la oficina sumergida en un silencio que, por primera vez en el día, no se sentía opresivo. Draco dejó escapar un suspiro largo, uno que parecía llevarse consigo la última pizca de adrenalina que la visita médica le había provocado. Con manos aún un poco temblorosas, intentó reordenar los pergaminos, pero la presencia de su padre en la habitación era como un ancla que lo mantenía en el presente. 

Lucius no se marchó. En su lugar, caminó con esa elegancia parsimoniosa que lo caracterizaba hacia el sofá de terciopelo verde que descansaba en el rincón más iluminado de la oficina. Se sentó con lentitud, dejando su bastón de cabeza de serpiente apoyado contra la rodilla. Al ver una de las cartas entre la pila, elevó una ceja y extendió la mano, un gesto que pedía permiso más que una orden. 

—¿Por qué mi cuñado siente la necesidad de enviarte correspondencia personal en medio de tu jornada de trabajo? —preguntó Lucius, frunciendo el ceño al reconocer el elegante sello de la familia francesa. 

Draco no se tensó. A pesar de lo que el mundo pensara, la relación con su padre había mutado en algo más sólido desde que el Sombrero Seleccionador gritara “¡Hufflepuff!”. Lejos de la decepción que Draco temió al principio, Lucius había aceptado la casa de su hijo con una resignación protectora; si Draco iba a ser un tejón, sería el tejón más poderoso y bien cuidado de la historia británica. 

—Es del tío Henry —respondió Draco, y su voz recuperó un brillo que el papeleo le había robado—. Escribe para decir que, si necesito ayuda con la transición de los negocios en Francia o con las propiedades de la familia, solo tengo que llamarlo. Dice que espera que no me sobreexija. 

Draco quería profundamente a su tío; era su figura favorita de la rama paterna, el hombre que se había casado con Apolline, la hermana mayor de Lucius. Para Draco, los Delacour representaban una forma de liderazgo que no se basaba en el miedo, sino en la calidez, algo que su naturaleza de Hufflepuff agradecía infinitamente. 

Lucius soltó un bufido que no llegó a ser despectivo, sino más bien cargado de una ironía cansada. 

—Apolline siempre fue la más dramática de los dos —comentó Lucius, aunque sus ojos grises se suavizaron al observar el rostro cansado de su hijo—. Y parece que su esposo ha heredado esa manía de tratar a los demás como si fueran de cristal. 

Lucius se puso de pie y se acercó al escritorio. No se detuvo a revisar los errores en los balances, sino que puso una mano firme sobre el hombro de Draco. Fue un gesto breve, pero cargado de todo lo que Lucius no sabía decir con palabras: estoy orgulloso, estoy aquí, descansa. 

—Aunque mi cuñado sea un sentimental —continuó Lucius en voz baja—, tiene razón en algo. No sirve de nada que el nuevo Lord Black maneje una fortuna si se consume antes de cumplir los quince años. Tu salud es… prioritaria. 

Draco levantó la mirada, sorprendido por la honestidad en el tono de su padre. Lucius no despreciaba su lealtad de Hufflepuff; de hecho, se preocupaba constantemente por cómo esa misma entrega podía agotar a Draco si no ponía límites. 

—Mañana, cuando regrese ese sanador… —Lucius hizo una pausa, su ceño volviéndose a fruncir ligeramente al recordar al joven médico—, asegúrate de que haga su trabajo correctamente. No quiero que nada, ni nadie, interrumpa tu recuperación. Mañana sacará sangre, así que esta noche dormirás sin pociones de sueño. Necesito que tu magia esté pura para el análisis. 

Draco asintió, sintiendo el calor del apoyo de su padre. 

Draco intentó enfocar la vista nuevamente en las cifras del pergamino, pero la mano de Lucius se interpuso con una firmeza que no admitía réplicas. El joven suspiró, dejando que su cabeza cayera hacia atrás por un momento antes de encontrar la mirada de su padre. 

—Hablo en serio, Draco. Ve a descansar —sentenció Lucius. Su tono era gélido, pero sus dedos apretaron el hombro de su hijo con una calidez inusual—. Un Lord que colapsa por fatiga no le sirve de nada a esta familia. 

Draco asintió con desgana, recorriendo con la mirada el caos de su oficina improvisada. El desorden era un reflejo de su mente: una montaña de responsabilidades que no dejaba de crecer. Sin embargo, su verdadera frustración no provenía de los balances de Gringotts, sino de la ausencia de un sobre específico. 

Estaba buscando la carta de Harry Potter. 

Le molestaba el silencio. Le irritaba profundamente que Harry, la misma persona que insistió en que intercambiaran correspondencia durante el verano, ahora no diera señales de vida. Draco arrugó la nariz al recordar las confesiones que Harry le había hecho en un momento de vulnerabilidad: los detalles sobre el trato de sus tíos, la frialdad de esa casa muggle y el sentimiento de aislamiento. 

Como Hufflepuff, Draco no podía simplemente ignorar una promesa, y mucho menos cuando sospechaba que alguien a quien consideraba —muy a su pesar— un amigo, podría estar en problemas. 

“¿Sabrá algo la Comadreja?”, pensó con curiosidad, refiriéndose a Ron Weasley. Le parecía algo tedioso la idea de tener que recurrir a él, pero si Harry seguía sin responder, no tendría otra opción que tragarse su orgullo y preguntar. 

—Está bien, Padre —cedió Draco, poniéndose de pie con las piernas entumecidas—. Tienes razón. 

Draco avanzó por el pasillo con pasos pesados, sintiendo cómo el cansancio se filtraba en sus huesos como si fuera plomo derretido. A sus espaldas, la voz de Lucius resonaba con una parsimonia inusual, enumerando un par de informes menores de los que él mismo se encargaría para aliviar la carga de su hijo. Draco se limitó a asentir, demasiado agotado incluso para agradecer el gesto; en ese momento, el mundo entero —incluyendo los aranceles de seda y el silencio de Potter— podía esperar. 

Al cruzar el umbral de su habitación, el aroma a sándalo y el silencio absoluto lo recibieron como un bálsamo. No se molestó en cambiarse con el protocolo habitual; simplemente se despojó de la túnica, quedando en camisa y pantalones, y se dejó caer sobre la cama con un suspiro que pareció vaciarle el alma. 

Se enrolló entre las sábanas de seda, buscando esa calidez que apaciguara el zumbido eléctrico que aún sentía bajo la piel. Mientras se acomodaba, la imagen del Sanador de ojos profundos y la preocupación por el estado de Harry se mezclaron en su mente, creando un remolino de pensamientos borrosos. 

Mañana…”, se prometió a sí mismo, hundiéndose en la suavidad de la almohada. Mañana dejaría que el Sanador hiciera lo suyo, y luego, aunque tuviera que usar la lechuza más vieja de la mansión para no levantar sospechas, obtendría respuestas de Weasley. 

Un pensamiento fue lo último que flotó en su mente antes de que el cansancio lo arrastrara al vacío: esos ojos verdes, tan brillantes y testarudos, que siempre parecían estar buscando un problema en el cual meterse. Draco se preguntó, con una mezcla de fastidio y una preocupación que ya no podía camuflar, si Potter estaría ahora mismo mirando el techo de su habitación en Surrey, esperando también una señal de vida, o si simplemente se había olvidado de un Draco que contaba los días para recibir una respuesta. 

(***) 

—Déjalo un poco más, Lucius —pidió Narcissa, con una sonrisa dulce mientras observaba la paz en el rostro de su hijo—. Casi nunca descansa así desde que regresó de Hogwarts. 

—El Sanador está por llegar, Cissa. Cuanto antes terminemos con este análisis, antes podrá volver a sus… prioridades —respondió Lucius, aunque su tono carecía de su habitual frialdad. Estaba rígido, con el bastón apretado entre las manos. 

Narcissa soltó una risita suave y se cubrió los labios con elegancia. Sus ojos brillaron con esa chispa de intuición que Lucius siempre había encontrado un poco inquietante. 

—¿Es eso, o es que acaso estás celoso de que nuestro pequeño Draco ya empiece a mirar a los chicos? —lanzó ella con picardía—. Noté cómo lo miraba ayer, Lucius. Y no era una mirada de “Paciente a Sanador”. 

Lucius soltó un suspiro largo, frotándose el puente de la nariz. El hecho de que su hijo fuera un Hufflepuff ya había sido un ajuste, pero ver a Draco embobado con un joven médico de rizos rebeldes era un territorio nuevo y, para él, ligeramente irritante. 

—Siempre supe que Draco sería así —continuó Narcissa, ignorando el gesto de su esposo—. Tiene un corazón que no sabe esconderse, especialmente ahora que no tiene que fingir ser alguien que no es. 

—Solo quiero que esté sano —gruñó Lucius, aunque sus ojos se suavizaron al mirar a su esposa—. Y que no se distraiga con rostros bonitos mientras los archivos de los Black son un desastre. 

En ese momento, el eco de unos pasos seguros y rítmicos anunció la llegada del Sanador. Narcissa se enderezó, recuperando su postura de perfecta anfitriona, mientras que Lucius adoptó una expresión de estoica vigilancia. 

La puerta de la habitación se abrió suavemente tras un toque de varita. El Sanador entró, trayendo consigo esa brisa de frescura y calma que tanto había alterado a Draco el día anterior. Al ver al joven tejón roncando suavemente y enredado en sus sábanas, el Sanador no pudo evitar que una sonrisa genuina —y algo más que profesional— se dibujara en su rostro. 

—Parece que la batalla contra el papeleo fue agotadora —comentó el hombre en voz baja, dejando su maletín sobre la mesilla de noche—. Buenos días, Lady Malfoy, Lord Malfoy. Siento interrumpir este momento, pero la magia de la mañana no espera. 

Narcissa observó con atención cómo el Sanador se acercaba a la cama de Draco y, con una delicadeza sorprendente, ponía una mano sobre el hombro del chico para despertarlo. 

—Draco… —susurró el Sanador—. Es hora. 

Draco soltó un gruñido ininteligible, apretando más la almohada, totalmente ajeno a que sus padres estaban en la puerta y que el objeto de su admiración matutina estaba a escasos centímetros de él. 

Draco murmuró algo ininteligible sobre que lo dejaran dormir en paz y se hundió más en su almohada, pero la presencia a su lado no cedió. Sintió una mano firme y cálida sobre su hombro que comenzó a sacudirlo con suavidad. 

—Vamos, Lord Black, el sol ya ha reclamado la mansión —dijo la voz aterciopelada del Sanador. 

Draco dejó escapar un jadeo de indignación, sintiéndose ultrajado por la interrupción. Con los ojos aún pegajosos por el sueño, los abrió de golpe dispuesto a soltar una reprimenda digna de su apellido. 

—¿Pero qué se cree que…? 

La frase murió en su garganta. En el momento en que sus ojos enfocaron el rostro del Sanador, que estaba inclinado sobre él con una sonrisa divertida y esos ojos profundos cargados de sabiduría, Draco emitió un chillido ahogado que no tuvo nada de señorial. En un segundo, su piel se tiñó de un rojo tan intenso que parecía un tomate a punto de estallar. 

—¡Buenos días, Draco! —saludó el Sanador, cuya cercanía era ahora mismo lo más peligroso para el ritmo cardíaco del chico. 

Draco quería que el colchón se convirtiera en arenas movedizas y lo tragara allí mismo. Se percató de que estaba despeinado, abrazando una almohada como si fuera un niño pequeño y, para colmo, su madre y su padre estaban en el umbral de la puerta presenciando su humillación. 

—¿U-Usted? —logró tartamudear Draco, intentando sentarse y arreglarse el cabello frenéticamente, solo para terminar enredándose más en las sábanas de seda—. ¡Es demasiado temprano! ¡Ni siquiera he tomado mi té! 

—Lamento el asalto matutino —comentó el Sanador, retrocediendo apenas un centímetro para darle espacio, aunque su mirada seguía fija en él con una chispa juguetona—. Pero como acordamos con su madre, la extracción de sangre debe ser pura, justo al despertar. 

Desde la puerta, Narcissa se cubrió la boca con un gesto elegante para ocultar una risita, mientras Lucius permanecía con la espalda recta y una ceja levantada, observando cómo su hijo, el heredero de los Black, perdía toda su compostura ante la simple presencia del sanador. 

Draco abrió la boca para protestar una última vez, pero las palabras se evaporaron en el aire cuando el hombre le regaló una sonrisa cálida, acentuada por un pequeño hoyuelo que apareció en su mejilla. El joven Lord cerró la boca de golpe y asintió mecánicamente, sintiendo que el corazón le daba un vuelco traicionero. 

En ese instante, un pensamiento intrusivo lo golpeó con la fuerza de un Expelliarmus: esa sonrisa se parecía peligrosamente a la de Harry. 

Era un detalle que Draco guardaba en un rincón secreto de su mente, uno que no confesaría ni bajo los efectos del Veritaserum. Harry tenía ese mismo hoyuelo en la mejilla derecha; uno que solo se asomaba cuando el Gryffindor bajaba la guardia y hablaba con verdadera emoción sobre algo, ya fuera el Quidditch o sus planes para reformar el Ministerio. Ver ese gesto ahora, en el rostro de un extraño que lo observaba desde el borde de su cama, lo dejó descolocado. 

—Bien —murmuró el Sanador, notando la repentina quietud de Draco—. Relaje el brazo. Prometo que será rápido. 

Mientras el Sanador preparaba el instrumental, Draco mantuvo la mirada fija en el techo, tratando de convencerse de que su agitación era puramente médica. Pero la comparación seguía ahí, martilleando en su cabeza. ¿Por qué Potter no había escrito? ¿Estaría sonriendo así en algún lugar, o su falta de noticias significaba que ese hoyuelo estaba oculto tras la tristeza que siempre parecía acecharlo en casa de sus tíos? 

—Listo —dijo el Sanador, rompiendo el hilo de sus pensamientos—. Solo un pequeño pinchazo. 

Draco apretó los dientes, no por el dolor de la aguja de plata, sino por la frustrante mezcla de lealtad Hufflepuff y curiosidad Slytherin que lo consumía. Necesitaba respuestas, y la presencia de este hombre, tan similar y a la vez tan distinto al chico que buscaba en sus pergaminos, solo intensificaba su urgencia por escribir esa carta a Weasley. 

Lucius, desde la puerta, entrecerró los ojos al ver la expresión ausente de su hijo. 

—¿Alguna complicación, Sanador? —preguntó Lucius, su voz cortando el silencio como un cuchillo de hielo. 

—Ninguna, Lord Malfoy —respondió el hombre, retirando la muestra con una precisión impecable—. Aunque su hijo parece estar a unos cuantos kilómetros de aquí en este momento. 

Draco se sonrojó de nuevo, consciente de que su distracción era evidente para todos en la habitación. 

El Sanador soltó una risita suave y le entregó un pequeño caramelo envuelto en papel brillante a Draco. El joven Lord lo aceptó de forma mecánica, sujetándolo con fuerza mientras su cerebro aún intentaba procesar la calidez del contacto y ese hoyuelo tan familiar. 

—Enviaré los resultados con mi lechuza esta misma tarde —anunció el Sanador, poniéndose de pie con su maletín ya cerrado. 

Draco, queriendo recuperar algo de su dignidad y demostrar que ya era un Lord capaz de manejar su casa a pesar de tener solo doce años, decidió levantarse de la cama para despedirlo como dictaba el protocolo. Sin embargo, en cuanto las sábanas se deslizaron, el aire fresco de la mañana le recordó un detalle catastrófico. 

Se quedó congelado a mitad de camino. No recordaba haberse puesto ese pijama; seguramente algún elfo doméstico, en su excesivo celo por la comodidad del “Amo Draco”, lo había cambiado mientras él dormía profundamente. Era un conjunto de verano: una camisa ligera y unos shorts que le quedaban algo grandes, resaltando sus piernas delgadas y su contextura todavía infantil. Pero lo verdaderamente humillante no era el corte, sino la inscripción en la parte trasera de la camisa. 

En letras bordadas con un hilo verde chillón, se leía claramente el nombre de «THEODORE 

Draco cerró los ojos con fuerza, deseando que la tierra se lo tragara. Recordaba perfectamente cuando Theodore Nott, con esa sonrisa de suficiencia, le había entregado el paquete en su último cumpleaños. “Para que no olvides quién es tu mejor amigo cuando vayas a dormir, Draco”, le había dicho entre risas. 

—Interesante elección de vestuario, Lord Black —comentó el Sanador, y Draco pudo jurar que el tono de su voz estaba cargado de una diversión casi insoportable—. Parece que tiene amigos muy… posesivos. 

Narcissa soltó una exclamación ahogada, probablemente tratando de no reírse a carcajadas, mientras que Lucius emitió un sonido que parecía un cruce entre un bufido y un lamento por el honor perdido de la Casa Black. Ver a su heredero de doce años con un pijama que gritaba el nombre de otro niño no era precisamente la imagen de poder que tenía en mente. 

—Es… es un error de los elfos —logró decir Draco, sintiendo que el color rojo de sus mejillas ahora se extendía hasta sus orejas—. Theo es un idiota, eso es todo. 

El Sanador le dedicó una última mirada, deteniéndose un segundo más de lo necesario en la figura menuda y avergonzada de Draco, antes de hacer una elegante reverencia hacia los señores de la casa. 

—Nos vemos pronto, Draco. Descanse… y quizás considere esconder ese pijama. 

Con un guiño final, el Sanador salió de la habitación. Draco se dejó caer de espaldas sobre la cama, cubriéndose la cara con las manos. Entre el hoyuelo parecido al de Harry, la extracción de sangre y el pijama de Theo, su mañana estaba siendo un desastre absoluto. 

(***) 

Draco redactó la carta para Ron esa misma mañana, cuidando de que sus palabras no sonaran demasiado desesperadas, aunque su pluma traicionara su urgencia. Lo que no esperaba era que, esa misma tarde, la respuesta del chico ya estuviera golpeando el cristal de su ventana. 

¿Podían considerarse amigos? Draco solía decirse a sí mismo que no, que solo eran dos conocidos que se “soportaban”. Sin embargo, la realidad era que se llevaban sorprendentemente bien. Ambos compartían un sentido del humor ácido y un sarcasmo que los unía más de lo que cualquiera de los dos admitiría en voz alta. 

Cuando la lechuza de los Weasley aterrizó, Draco estaba lidiando con una pesada correspondencia familiar: una carta de una prima lejana que vivía en el extranjero, quien pedía con una cortesía asfixiante ayuda financiera para su dote. Como Lord Black, Draco debía atender esos asuntos, pero en cuanto reconoció la caligrafía desgarbada de Ron, no dudó un segundo en dejar de lado las obligaciones del linaje. 

Draco soltó un bufido que fue mitad indignación y mitad alivio al leer el encabezado. Dejó el pomposo pergamino de su prima sobre la dote matrimonial —que bien podía esperar una década más— y se concentró en la caligrafía de Ron, que parecía haber sido escrita mientras escapaba de un Ghoul. 

 

«Ey, Draco: 

Entiendo que estés perdiendo los papeles por Harry, pero bájate de tu escoba de oro: no eres el único al que ignora. Hermione y yo le hemos enviado tantas cartas que creo que Hedwig va a pedir la jubilación anticipada, y el muy testarudo no responde a nada. Justo te iba a escribir para pedirte que lo intentaras tú con una de tus lechuzas (quizás si el sobre huele a perfume caro se digna a abrirlo), pero ya veo que a ti también te tiene en el limbo. 

Así que, mi querido amigo oxigenado, voy a tener que tomar medidas drásticas y hacerle una visita personal a Harry para ver si sigue vivo o si sus tíos lo han convertido en un perchero. Cuando tenga novedades del ‘Elegido’, te aviso. 

P.D.: Intenta no morir de un ataque de nervios Hufflepuff antes de que te conteste.» 

 

Draco arrugó la nariz al leer lo de “amigo oxigenado”, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, tiró de la comisura de sus labios. La idea de que ni siquiera los “mejores amigos” de Harry tuvieran noticias lo hacía sentir menos desplazado, aunque el nudo de preocupación por el bienestar de Potter en esa casa muggle seguía apretando. 

—“Amigo oxigenado”… —murmuró Draco para sí mismo, dejando la carta sobre su escritorio—. Qué sutil, Weasley. Casi tan sutil como tu manejo de la ortografía. 

Sin embargo, la mención de una “visita” lo dejó inquieto. Si Ron planeaba algo, probablemente sería caótico, ruidoso y muy poco legal. Draco se recostó en su silla, jugueteando con el dulce que el Sanador le había regalado esa mañana. 

Su tío Ted entró con esa sonrisa bonachona que siempre lograba disipar la tensión, seguido de cerca por la persona que Draco consideraba su “hermana mayor” y su prima favorita: Nymphadora Tonks. Ella le dedicó una sonrisa radiante antes de que sus ojos se posaran en el escritorio. 

—¡Por las barbas de Merlín, Draco! ¡Esto es un cementerio de papel! —exclamó Tonks, horrorizada ante las montañas de documentos—. Es terrible. Pareces un duende de Gringotts de ochenta años en el cuerpo de un niño de doce. 

—¡Nymphadora, modales! —la regañó Ted con una falsa severidad, antes de acercarse a su sobrino—. Tu prima no ha dejado de insistir en que tenía que verte hoy mismo. 

Tonks asintió enérgicamente, y su cabello, que hoy lucía un tono rosa neón, cambió a un amarillo brillante en honor a su casa. 

—He venido a cumplir mi promesa, pequeño tejón. —dijo con un brillo de determinación—. Hufflepuff necesita sangre nueva y he venido a convertirte en el mejor Cazador que Hogwarts haya visto. 

La sorpresa de Draco fue total, pero la reacción de su madre fue lo que realmente selló el destino de la tarde. Narcissa, que acababa de entrar tras ellos, dejó escapar un chillido de pura alegría que sorprendió incluso a Lucius, quien observaba desde el umbral con una expresión de resignación. 

—¡Oh, Draco! ¡Sería maravilloso! —exclamó Narcissa, con los ojos brillando de orgullo—. Fui una excelente Cazadora en mi época; de hecho, me reclutaron para un equipo profesional justo al salir de Hogwarts, aunque luego las obligaciones de la familia… bueno, ya sabes. 

Draco miró a su prima, recordó cómo ella lo había protegido de los comentarios pesados de los otros alumnos durante su primer año, y luego miró a su madre emocionada. La idea de volar, de sentir el viento en la cara y dejar de ser “Lord Black” por unas horas era demasiado tentadora. 

—Sí —asintió Draco, con una sonrisa que por fin llegó a sus ojos—. Quiero ser Cazador. 

—¡Ese es mi chico! —rugió Tonks, revolviéndole el cabello—. ¡A los jardines! Nada de firmas; solo tú, una escoba y yo intentando no derribarte. 

Draco apenas tuvo tiempo de ponerse unos pantalones deportivos y una camisa ligera cuando Tonks ya lo estaba arreando hacia los extensos jardines. No hubo una charla técnica sobre tácticas de vuelo ni un momento para admirar su escoba; Nymphadora estaba en modo “entrenadora implacable”. 

—¡Vamos, pequeño tejón! ¡Mueve esas piernas! —gritaba Tonks mientras trotaba a su lado, con su cabello cambiando a un rojo vibrante por el entusiasmo—. ¡Tres vueltas completas al perímetro de la fuente de las náyades y luego hasta los límites del bosque de los pavos reales! 

Draco, que estaba más acostumbrado a caminar con elegancia por los pasillos de la mansión o a estar sentado frente a montañas de pergaminos, sintió que los pulmones le empezaban a arder apenas a la mitad de la primera vuelta. 

—¡Es… demasiado! —logró jadear Draco, con el rostro casi tan rojo como el cabello de su prima—. ¡Soy un Lord, Tonks! ¡No un corredor de maratones! 

—¡Eres un Lord muy flaco, eso es lo que eres! —replicó ella con una carcajada, dándole un empujoncito juguetón que casi lo hace tropezar con sus propios pies—. Si quieres ser Cazador, necesitas resistencia. Una Quaffle pesa más de lo que parece y no quiero que te caigas de la escoba al primer choque contra un Gryffindor o un Slytherin. ¡Necesitas músculo en esas piernas y aire en esos pulmones! 

Desde la terraza, Narcissa observaba la escena con un abanico en la mano, alternando entre una sonrisa de orgullo y una mueca de preocupación cada vez que Draco flaqueaba. Lucius, por su parte, se mantenía en silencio, pero sus ojos grises seguían cada movimiento de su hijo. 

—Tonks tiene razón, Draco —gritó Narcissa desde la distancia—. ¡La agilidad de un Cazador nace en su fuerza física! ¡No te detengas! 

Draco soltó un gruñido ahogado y apretó los dientes. Si Tonks decía que estaba flaco, él le demostraría que podía ser el tejón más resistente de todo Wiltshire. 

Draco se detuvo en seco, apoyando las manos sobre sus rodillas mientras sus pulmones subían y bajaban como fuelles. El sudor le empapaba el flequillo y le resbalaba por la sien, pero su mente seguía en otro lugar. Se imaginaba a Potter, quizá atrapado en su habitación, y una punzada de preocupación le recorrió el pecho: esperaba que, estuviera donde estuviera, aquel chico de ojos verdes estuviera al menos la mitad de bien que él. 

—¡Ni se te ocurra sentarte, Draco! —la voz de Tonks lo sacudió como un latigazo—. ¡Ahora, cincuenta flexiones! Y no me pongas esa cara, que tus brazos parecen ramitas de sauce. 

Draco arrugó la nariz con indignación. Era humillante. A unos metros, bajo la sombra de un elegante toldo, la escena era digna de un cuadro: Lucius, Narcissa y el tío Ted estaban cómodamente sentados, disfrutando de una limonada helada con hielo picado que tintineaba en los vasos de cristal. 

—¿No creen que es… un poco excesivo? —logró jadear Draco, señalando a su prima, quien ahora hacía saltar una Quaffle con la rodilla mientras lo vigilaba. 

—Para nada, querido —respondió Narcissa con una sonrisa radiante desde su silla—. Estás ganando color en las mejillas. Te ves mucho más… vivo. 

Lucius asintió levemente, aunque sus ojos grises analizaban la resistencia de su hijo con una severidad que ocultaba su alivio. 

—Draco —añadió su prima, suavizando un poco el tono—. Tienes que fortalecerte. Pesas menos que cualquier chico de tu edad y estás demasiado flaco en general. Pero oye, mírale el lado bueno: hace unos meses, con solo dar estos pasos, ya estarías agonizando en el suelo pidiendo una poción vigorizante. Estás mucho mejor ahora. 

Draco se dejó caer al césped para empezar las flexiones, sintiendo el aroma de la hierba recién cortada. Tonks tenía razón, aunque le doliera admitirlo. Su núcleo mágico ya no drenaba su energía física como antes; el tratamiento del Sanador estaba obrando milagros. 

—Si sigo así, terminaré con más músculos que Crabbe y Goyle juntos —murmuró Draco entre dientes mientras bajaba el pecho al suelo. 

—¡Esa es la actitud! —rio Tonks—. Si logras terminar esta serie sin desmayarte, te dejaré subir a la escoba y te enseñaré el “Giro de la Avispa”. Es una maniobra de Cazador que dejaría a todo el mundo con la boca abierta. 

Draco pensó ingenuamente que las flexiones serían el final de su tortura, pero Tonks tenía otros planes. Con un movimiento rápido de su varita, hizo que la Quaffle flotara a su alrededor mientras señalaba el suelo con una mirada que no aceptaba réplicas. 

—¡Nada de descansos, Draco! Ahora, cincuenta sentadillas —ordenó Tonks, ignorando el gemido de agonía que escapó de los labios de su primo—. Y ni se te ocurra mirar esa limonada. No beberás ni una gota de agua hasta que terminemos la serie. 

Draco arrugó la nariz, sintiendo que sus muslos empezaban a temblar antes siquiera de empezar. A lo lejos, vio cómo Lucius tomaba un sorbo pausado de su bebida fría, el hielo tintineando con una crueldad que Draco estaba seguro de que era intencionada. 

—¿Sentadillas? ¡Esto es una tortura china! —protestó Draco, bajando el cuerpo con torpeza—. ¿Por qué los de Hufflepuff necesitan tanto… músculo? Se supone que somos la casa de la amabilidad, no de los guardaespaldas de Gringotts. 

Tonks soltó una carcajada ruidosa que hizo que un par de pavos reales blancos de la mansión salieran huyendo hacia los arbustos. 

—Ese es el error de todos, Draco. Creen que porque somos amables somos blandos —dijo ella, poniéndose en posición para demostrarle la técnica perfecta—. Los entrenamientos de Hufflepuff son los más intensos de Hogwarts. Por eso la gran mayoría de nuestros jugadores son puro músculo bajo la túnica. Tenemos que compensar la falta de juego sucio de los Slytherin con una resistencia física brutal. ¿O por qué crees que comemos como agujeros sin fondo en el Gran Comedor y nunca rodamos por las escaleras? ¡Quemamos todo en el campo! 

Draco apretó los dientes y continuó, sintiendo que cada músculo de sus piernas protestaba por el esfuerzo. El sudor ya no solo le empapaba la frente, sino que le humedecía la espalda. Sin embargo, mientras bajaba y subía, la imagen de esos “agujeros sin fondo” le recordó las cenas en Hogwarts, las risas en la mesa amarilla y negra. 

(***) 

Tonks había cumplido su palabra con una intensidad casi aterradora. Durante esas dos semanas, se había presentado puntualmente dos veces por semana para someter a Draco a un régimen que lo dejaba, literalmente, sin aliento. Al día siguiente de cada sesión, Draco apenas podía moverse de su cama; cada músculo de sus piernas y brazos protestaba con un dolor sordo que le recordaba constantemente que ya no era aquel niño frágil que se agotaba con solo subir las escaleras de la mansión. 

Esa tarde en particular, el sol caía con fuerza sobre los jardines. Draco estaba sentado en un banco de piedra, con el rostro rojo como un tomate y el flequillo pegado a la frente por el sudor. Sostenía un vaso de jugo de manzana helado con ambas manos, bebiendo con una desesperación que habría horrorizado a sus tutores de protocolo. 

A su lado, Tonks parecía no haber hecho ningún esfuerzo. Estaba sentada con las piernas cruzadas, devorando una bandeja de galletas de jengibre con el apetito voraz de un Hufflepuff después de un partido. 

—Necesitas más azúcar, Draco —dijo Tonks con la boca medio llena, ofreciéndole una galleta—. Si vas a comer como un pajarito, nunca vas a aguantar un partido contra Ravenclaw. Ellos vuelan rápido, pero nosotros tenemos que ser tan sólidos como una roca. 

Narcissa, que se había acercado con la elegancia de quien flota en lugar de caminar, se sentó frente a ellos. Como lo hacía cada vez que los Tonks los visitaban desde hacía dos semanas, su mirada se suavizó y lanzó la pregunta que siempre flotaba en el aire: 

—¿Y cómo está ella? ¿Cómo está mi hermana? —preguntó Narcissa en voz baja, refiriéndose a Andrómeda. 

El aire en los jardines de la Mansión Malfoy se volvió tan pesado como el plomo en un segundo. Draco, que segundos antes solo luchaba por recuperar el aliento y bajar la temperatura de su rostro rojo como un tomate, se quedó con el vaso de jugo a medio camino de los labios. El crujido de las galletas de Tonks se detuvo en seco. 

Tonks dejó la bandeja a un lado y miró fijamente a Narcissa. Ya no era la prima divertida que bromeaba sobre los músculos; era una mujer joven que conocía el peso de la historia familiar. 

—¿Por qué no hablas con ella directamente, Narcissa? —soltó Tonks, con una honestidad brutal que hizo que su padre se tensara en la silla—. Han pasado años. Ella está ahí, a solo un vuelo de lechuza. 

Narcissa no vaciló. Dejó su abanico sobre la mesa con un golpe seco que sonó como un disparo y miró a su sobrina a los ojos. No había rastro de la elegancia distante de siempre; solo una herida abierta que décadas de orgullo no habían podido cerrar. 

—¿Quieres saber por qué? —respondió Narcissa, hablando sin pelos en la lengua, con una voz que vibraba de dolor contenido—. Porque Andrómeda no solo se fue con Ted. Nos dejó a nosotros. Nos abandonó a Regulus, a Sirius y a mí por tu padre. Se marchó sin dejarnos ni una carta, ni una explicación, ni un “lo siento”. 

Draco sintió un escalofrío.  

—Nosotros éramos su familia —continuó Narcissa, ignorando la mirada incómoda de Lucius a lo lejos—. Ella eligió su felicidad, y no la culpo por amar a tu padre, Tonks. La culpo por el silencio. Nos dejó solos para enfrentar a nuestros padres y al linaje, mientras ella simplemente desaparecía. ¿Cómo se le escribe a alguien que decidió que no valíamos ni el papel de una nota de despedida? 

 El silencio que siguió fue absoluto, denso y cargado de décadas de amargura. Solo el viento, agitando los arbustos de rosas, se atrevía a romper la tensión. Tonks bajó la mirada, procesando por fin la perspectiva de su tía, pero tras unos segundos, levantó la vista con una determinación inquebrantable. 

—Pero es que eso es mentira —soltó Tonks con firmeza. 

Narcissa soltó una risa seca, casi un grito de incredulidad, con los ojos encendidos por la indignación. 

—¿Cómo que mentira? —exclamó Narcissa, perdiendo por completo su máscara de frialdad—. ¡Yo estaba allí, Nymphadora! Yo era apenas una adolescente teniendo que explicarle a dos niños por qué su prima, que era casi su hermana mayor, los había abandonado por un hombre. 

Draco se quedó inmóvil, con el vaso de jugo olvidado en la mano. Nunca había visto a su madre así de vulnerable. 

—Sirius la esperaba cada noche —continuó Narcissa, y su voz se quebró un poco—. Se sentaba junto a la ventana esperando que ella volviera para contarles una historia. Y lo último que me dijo Regulus antes de desaparecer… —hizo una pausa, tragando saliva con dificultad— fue que todo sería diferente si Andrómeda estuviera aquí. 

En un gesto de pura derrota, Narcissa hizo un puchero idéntico al que Draco solía poner cuando el mundo le resultaba injusto, y bajó la cabeza. 

—Yo también quería a mi hermana mayor de vuelta —susurró, confesando por fin el vacío que había marcado su vida. 

Pero Tonks no retrocedió. Su cabello pasó de rosa a un rojo intenso, reflejando su seriedad. 

—Pero es que es la verdad, tía Cissa. Mi madre siempre me dijo que les escribió. Me juró que los buscó, que les envió cartas y que incluso les dejó una nota con su dirección exacta para que pudieran irse con ella si las cosas se ponían feas en esa casa. Pasó años esperando que alguno de los tres apareciera en su puerta. 

El jardín se sumió en una atmósfera asfixiante. Narcissa negó con la cabeza frenéticamente, con los ojos nublados por una mezcla de rabia y negación. 

—Eso es imposible —sentenció Narcissa con voz temblorosa—. Yo misma esperaba cada entrega del correo. Incluso le pedía a Bellatrix que las recogiera por mí cuando yo estaba ocupada cuidando de esos dos demonios de mis primos… 

Se detuvo en seco, como si el nombre de Bellatrix hubiera dejado un sabor amargo en su boca. Tonks, viendo la grieta en la armadura de su tía, dio un paso adelante. 

—Podemos traerla, tía Cissa. Deja que mi madre venga una tarde. Solo para que hablen —propuso Tonks con suavidad. 

Narcissa se levantó de golpe, su silla arrastrándose ruidosamente contra el suelo de piedra. 

—¡No! —gritó, recuperando una frialdad defensiva—. No quiero verla. Yo sé perfectamente lo que pasó y lo que no pasó.  

Sin mirar atrás, Narcissa se dio la vuelta y prácticamente corrió hacia la mansión, con la túnica ondeando tras ella. Lucius, que había estado observando todo con una preocupación creciente, se levantó de inmediato y salió tras ella, llamándola por su nombre con una urgencia que rara vez mostraba en público. 

Draco se quedó allí, sentado en el banco, con el jugo ya tibio en las manos. La escena había sido un desastre absoluto. Miró a su tío Ted, quien miraba a Tonks con una expresión de clara desaprobación por haber presionado tanto, y luego miró a su prima, que simplemente se encogió de hombros con frustración. 

El silencio era tan incómodo que Draco sintió que debía decir algo, lo que fuera, para romper la tensión, aunque terminó siendo algo bastante tonto: 

—Bueno… supongo que ya no vamos a practicar el “Giro de la Avispa” hoy, ¿verdad? 

Tonks soltó un suspiro largo y se despeinó el cabello, que ahora era de un color azul apagado. 

—No, pequeño tejón. Creo que por hoy ya hemos tenido suficientes caídas —respondió ella con tristeza—. Siento haber causado este lío, Draco. Pero alguien tenía que decirle que las cosas no siempre son como nos las contaron en esa casa de locos. 

Draco asintió lentamente. Como Lord Black, sabía que la lealtad era la base de todo, y descubrir que su familia se había roto por mentiras y cartas interceptadas le dolía más que las agujetas en sus piernas. Si Bellatrix era quien “ayudaba” a recoger el correo, Draco tenía una sospecha muy clara de quién había hecho desaparecer aquellas notas. 

 

Continuara...