Work Text:
i.
El Sólfar llegó al fiordo al atardecer, y Timm supo que su vida, como la conocía, había terminado.
La que había dejado atrás en el sur, con las runas de su madre aún calientes en la piel y el olor del humo de su aldea. Ahora todo solo habitaría en su memoria.
Recorrió por última vez su barco y saltó al embarcadero. De inmediato sintió el frío calarle hasta los huesos. No era el frío del mar, que lo acompañaba como un viejo confidente. Sino el frío del norte, que no pregunta, que no espera, que no tiene piedad. El frío que congela la sangre antes de que llegue al corazón, volviendo a sus habitantes más duros y crueles.
Timm era delgado, de hombros estrechos y manos delicadas, con dedos largos que habían trazado runas más veces de las que habían empuñado una espada. Su cabello era negro como la noche sin luna, y caía por debajo de sus hombros prolijamente, adornado con cuentas de plata. Sus ojos, de un azul profundo, parecían guardar los secretos de los Dioses. Su rostro era fino, con pómulos marcados y mejillas suaves que no ocultaban su juventud.
Pero lo que la gente notaba primero era su quietud. Timm no se movía sin razón. No hablaba sin pensar. Un hombre que había aprendido a no desperdiciar nada, ni siquiera una respiración.
Y sin embargo, había algo en él que llamaba la atención. Una presencia serena que se hacía notar, como si los Dioses lo hubieran marcado al nacer y esa marca brillara incluso bajo las túnicas más sencillas y oscuras.
En la orilla, la gente del norte lo miraba. Timm sintió que lo examinaban como se hace con un animal antes de comprarlo. Los hombres tenían los brazos tatuados con serpientes y lobos, las mujeres llevaban collares de dientes de oso. Todos olían a humo y a pescado.
A pesar del escrutinio, Timm no bajó la mirada.
Y entonces lo vio.
Ja'son estaba al fondo de la multitud, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra una estaca de madera.
Era alto, más alto que los demás. Sus hombros eran anchos y su torso, incluso bajo su abrigo de piel de lobo, se veía macizo, como si sus músculos estuvieran labrados en piedra. Su cabello era color hierro oxidado, y caía sobre sus hombros en ondas que ninguna trenza lograría domar. Su rostro era anguloso, con una mandíbula cuadrada y una cicatriz que le cruzaba el labio inferior. Sus ojos eran azules, pálidos, fríos y helados.
Timm supo, en el momento en que sus miradas se encontraron, que, para bien o para mal, ese hombre era su destino. De alguna manera, todo pareció encajar. Como si hubieran estado esperando este momento sin saberlo.
—Seiðmaðr —dijo Ja'son. Su voz era áspera, ronca y potente, como si hubiera estado gritando órdenes en una tormenta.
—Úlfhéðnar —respondió Timm. Su voz era suave, casi melodiosa, pero sin ápice un de timidez.
Ja'son lo observó de arriba abajo, evaluándolo. No había deseo ni compasión. Solo un cazador midiendo a su presa.
—Eres más pequeño de lo que esperaba.
—Tú eres más tosco de lo que esperaba.
Un destello de curiosidad y gracia brilló en los ojos de Ja’son.
—Mi padre te espera.
Caminaron juntos hacia el langhus, en completo silencio, a una distancia prudente. Timm sintió el peso de la presencia de Ja'son a su lado en todo momento, con sus pasos y su respiración sincronizándose.
Dentro del langhus, Brucc los esperaba. El Jarl era un hombre de barba gris y ojos oscuros como una tormenta. No se levantó cuando Timm entró, haciendo apenas un ademán para indicarle que se acercara.
—Has llegado, hijo de los Drakke.
—Njörðr ha guiado mi camino, Jarl Brucc —asintió, inclinando ligeramente la cabeza, solo lo suficiente.
—¿Y qué nos traes, hechicero?
—Mi palabra. Mi sangre. Mi linaje.
Brucc pareció meditarlo un momento, hasta que asintió suavemente.
—Suficiente, por ahora. Mañana procederemos con el ritual.
Ja'son no dijo nada. Pero Timm sintió su mirada en la nuca durante toda la conversación.
Esa noche, en la cabaña que le asignaron, Timm no durmió.
Se sentó frente al hogar de piedra y admiró las llamas. Su madre le había enseñado a leer el futuro en el fuego.
"El fuego nunca miente", le decía. "Solo muestra lo que estás preparado para saber, quieras o no".
Esta noche, el fuego solo mostraba a Ja'son.
Su mirada de lobo hambriento de la que no podría escapar jamás.
Fue la primera vez que Timm sintió aquel vacío en el pecho. La ausencia de un eco, de un latido que se sincronizara con el suyo. No entendía qué significaba, pero sí sabía que no era casualidad.
En la oscuridad de la cabaña, con el fuego crepitante dibujando sombras en su rostro, Timm se permitió sentir miedo. No de los hombres del norte ni de la guerra. Ni del hecho de saber que jamás podría volver a sus tierras donde nadie lo esperaba.
Miedo de que su destino fuese querer a un hombre que no podría quererlo de la misma manera.
ii.
El hörgr estaba en lo alto de la colina, rodeado de piedras erguidas imponentemente.
Timm caminó descalzo sobre la escarcha. El frío le quemaba las plantas de los pies, pero no lo sintió. Su madre le había enseñado a separar el cuerpo de las sensaciones. Llevaba una túnica de lino blanco, de escote profundo, sin bordados ni adornos. Su cabello suelto, danzando libre con cada paso.
Ja'son estaba arrodillado frente al altar. Llevaba la misma túnica blanca, y sin la piel de lobo, sus hombros parecían más anchos. Su cabello caía salvajemente sobre su rostro, ocultando sus ojos. Pero Timm sabía que lo miraba.
Helga, la völva, alzó el cuchillo sobre sus cabezas.
—Hijos de la costa y del sur. Su sangre se mezclará. Sus vidas se unirán. ¿Juran compartir su fuerza, su dolor, su muerte?
Timm recordó la última noche con su madre. La había visto arder en la plaza, pequeño e impotente. La había visto sonreír mientras las llamas la consumían.
"El destino no se elige, hijo. Resígnate a vivir, resígnate a morir. Pero acepta lo que eres, Timm."
—Lo juro —dijo Timm.
Ja'son recordó la mañana en que su madre había muerto. La fiebre y el olor a hierbas medicinales. La mano de su padre, apretando la suya.
"No llores, Ja’son. Se como un lobo, hijo, orgulloso y fuerte hasta el final."
—Lo juro —dijo Ja'son.
La cuchilla cortó sus palmas. La sangre brotó caliente, oscura y espesa, y cayó en el cuenco de madera, mezclándose una con la otra.
Helga inclinó el cuenco.
—Bebed.
Timm bebió primero. El sabor era metálico, amargo y ardiente. Podía sentir como le quemaba la garganta, como la magia se formaba.
La cadena que se forjaba, atando sus almas para siempre.
Ja'son bebió después. Cuando bajó el cuenco, sus ojos encontraron los de Timm.
El latido en el pecho de Timm se intensificó, duplicándose. Ya no era un eco. Era real y estaba ahí. El corazón de Ja'son latiendo dentro suyo, junto al suyo.
—Lo sientes —dijo Ja'son.
Su destino entrelazándose inexorablemente.
—Sí. ¿Y tú?
Ja'son no respondió, pero sus dedos, manchados de sangre, rozaron los de Timm y éste sintió algo que no había sentido en años. Algo que lo hizo estremecerse en anticipación.
Esperanza.
Esa noche, en la cabaña de Ja'son, Timm sintió el calor de su cuerpo a través de las pieles que los abrigaban. No se tocaron. No hablaron. Solo compartieron el mismo silencio reconfortante.
Timm se preguntó si, en su situación, el amor sería una consecuencia o una bendición.
iii.
Pasaron tres meses y el invierno se asentó sobre ellos, implacable.
A Timm le gustaba ver a Ja’son, el guerrero, que entrenaba fieramente con sus hombres, protegiendo los límites del territorio; pero también a Ja’son, el hombre, que ayudaba a los ancianos y viudas de su pueblo, cazando, pescando y recolectando madera para todo el que lo necesitara.
Y a Ja’son, por su parte, le gustaba seguir a Timm en su pequeña rutina, mientras aprendía -con mucho esfuerzo- las costumbres y tradiciones de su gente, ayudarlo con sus rituales y ofrendas para los Dioses, y sus estudios de las runas del norte.
Ja'son dormía junto al fuego, con la espada al alcance de la mano. Timm dormía solo en el lecho, sintiendo el latido de Jason en su pecho, tranquilo y constante.
No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, las palabras pesaban con fuerza entre ellos.
Una noche, Ja'son llegó tarde. Timm sintió su latido acelerado antes de verlo entrar.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Mientes —acusó.
Ja'son se sentó en el borde del lecho. La luz del fuego iluminaba la cicatriz en su labio, los surcos en su frente, dándole un aspecto más hosco de lo normal.
—Un hombre de los Járn mató a dos de los nuestros. Lo perseguí.
—¿Lo… mataste?
—No. Lo perdí en el bosque. Estaba distraído… yo…
Timm sintió la tensión en los hombros de Ja'son. Reconocía el miedo oculto tras la rabia.
—¿Qué te sucede? —inquirió Timm, cauteloso.
—He estado pensando.
—¿En qué?
—En ti —susurró, más suave de lo que Timm lo creería capaz.
Timm aguardó en silencio, intentando controlar su respiración.
—No sé cómo hacer esto —admitió Ja'son, esquivando su mirada—. No sé cómo ser un buen compañero. No sé cómo compartir mi vida con alguien.
—No tienes que saberlo.
—¿Cómo no-?
—Porque yo tampoco lo sé —Timm se sentó a su lado—. Pero podemos… intentarlo. Debemos intentarlo.
Ja'son lo observó finalmente.
—¿Y si fallamos?
—No será así. Si Odín nos guía, no fallaremos.
Ja'son tomó su muñeca. Sus dedos, callosos y cálidos, se cerraron alrededor de su piel pálida en una caricia suave pero firme.
—Tres meses —dijo—, tres meses intentando no quererte, hechicero. Y no puedo evitarlo más.
—No tenías que intentarlo. Soy tuyo como tú eres mío.
—Lo sé —Ja'son apoyó la frente en la de Timm—. Pero tenía miedo.
—¿De qué?
—De que… si te quiero, me dejarás o… te perderé.
Timm sintió que algo se rasgaba en su pecho.
—No te voy a dejar.
Y fue verdad. Pasaron tres meses más. Y el cariño entre ellos creció como una raíz en tierra helada, lento y profundo. Imparable.
Ja'son le contó cómo había muerto su madre. Una fiebre, cuando él tenía ocho años. Su padre, sentado junto a ella durante tres días, sin llorar, sin comer ni beber.
"Los guerreros no lloran", le había dicho. Pero Ja'son lloró en silencio, en la oscuridad, cuando nadie lo veía.
Timm le contó cómo había muerto la suya. En la plaza, con las llamas devorándola. Su padre, frío e impasible, observando mientras la quemaban.
"Los Dioses exigen sacrificios", le había dicho. Pero Timm supo que los Dioses no habían exigido nada. Solo los hombres, que, asustados por lo desconocido de la magia, habían decidido que quemar a la "bruja" era lo más seguro para todos.
En sus confesiones, en esas heridas compartidas, el amor se hizo más profundo. Echando raíces que ni el juramento compartido podría igualar.
Una noche, Ja'son se sentó en la entrada de la tienda junto a Timm, observándolo bordar símbolos de protección en un abrigo que usaba para las batallas.
—¿Sabes qué es lo que más me sorprende? —preguntó, ensimismado en el movimiento de sus dedos largos y finos.
—Mmm, no. Dime.
—Que no me arrepiento de nada. Tomaría las mismas decisiones, recibiría las mismas heridas, todo, una y otra vez… si eso me lleva a ti.
Timm sintió el -cada vez más- familiar cosquilleo del amor. Como una chispa extendiéndose hacia todas partes, calentando su cuerpo. El sentimiento desbordante, que lo consumía. No podía hablar, se preguntó si Ja’son lo sentiría a través del vínculo.
Entonces, como respuesta a su pregunta muda, Ja'son lo besó. Lento, explorando y memorizando. Grabando promesas con sus labios, derribando y reconstruyendo todo lo que ambos conocían sobre el amor, entre ello, que podía ser más fuerte que el miedo.
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.
iv.
Helga llegó con el rostro pálido y las manos temblorosas.
—Mis señores, he visto… algo.
Timm dejó la tabla donde tallaba sus runas. Sintió la preocupación aflorar antes de que hablara, pero no era suya, era de Ja'son.
—¿Qué has visto, Helga?
—Sangre sobre la nieve, la escarcha teñida de rojo —Helga pasó la de mirada de uno a otro, casi frenética—. El dolor… Uno de ustedes va… a morir…
Ja'son se mantuvo en silencio, apretando la mandíbula.
—¿Cuándo? —preguntó Timm, con una fuerza que le resultaba desconocida.
—No lo sé, mi señor. Pero va a pasar.
Helga se fue, inclinando la cabeza con pesar.
Ja'son se sentó en el borde del lecho, con la cabeza gacha y las manos temblando.
—¿Sientes miedo? —preguntó Timm, emulando una sonrisa conciliadora.
—No —Ja'son levantó la vista—. Siento rabia. Mucha.
—¿Rabia de qué?
—De que nos quiten esto —Ja'son apretó los puños, con la mirada fija en la suya—. Después de todo lo que hemos pasado. Después de todo lo que hemos construido. Que... nuestro final... Que los Dioses nos abandonen así...
Timm sintió la rabia de Ja'son, latente a través del vínculo. Pero también sintió su miedo y su amor.
—Las Nornas tejen el destino —dijo Timm—, pero no siempre sabemos lo que tejen o por qué lo hacen. No debemos-
—No me importa lo que tejan —gruñó Ja'son—. Me importa lo que tengo. Aquí y ahora.
—¿Y eso es…?
—A ti.
Así, Timm entendió que el amor también podía pesarles como una condena.
—No podemos controlar el destino —dijo, tajante.
—Lo sé.
—Pero podemos controlar lo que hacemos con el tiempo que tenemos.
Ja'son tomó su mano, aferrándose como un náufrago a la orilla.
—¿Y qué quieres hacer?
—Quiero estar contigo —Timm apretó su mano, dibujando círculos, transmitiéndole su calma y su fuerza—. Que Freyja me permita seguirte hasta el final.
—¿Y si el final es pronto?
—Entonces habrá valido la pena.
Ja'son cerró los ojos fuertemente. Timm sintió que su miedo se transformaba en algo más suave y triste.
Aceptación.
—Te amo —dijo Ja'son.
—Lo sé, mi guerrero —Timm sonrió, besándole la punta de la nariz—. Y yo también te amo.
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v.
La batalla llegó al amanecer.
Timm sintió el miedo de Ja’son llegar hasta él antes de oír los cuernos. Un sentimiento oscuro y contenido, que el guerrero jamás dejaría ver en su rostro.
—No deberías estar aquí —gruñó Ja'son, sin mirarlo.
—Estoy donde debo estar.
—Si mueres-
—No voy a morir. Y tú tampoco.
Ja'son lo observró. En sus ojos, Timm vio el amor oculto tras el temor y la rabia.
—No me dejes, Timm —dijo Ja'son.
—No lo haré. Jamás.
Ja'son se giró y cargó contra el enemigo, con una fuerza aguerrida y salvaje que jamás había sido vista en sus tierras. Detrás de él, sus hombres se lanzaron de igual manera, motivados por su líder.
No había tiempo para dudar, para llorar, para temer.
La batalla fue un torbellino de aullidos, violencia y sangre. Los enemigos llegaban y se arremolinaban a su alrededor, separándolos unos de otros. Caían y resistían con ímpetu y valentía.
El combate duró horas, cuando el enemigo comenzó a retroceder.
Timm luchó con su cuchillo, sabiéndose superado por las habilidades enemigas, pero sintiendo el latido de Ja'son en su pecho, acelerado, firme. Le daba fuerzas. No pensó en la magia que los unía. Pensó en Ja'son. Solo en Ja'son.
Y entonces, el latido se detuvo por un segundo.
Timm sintió el tirón en su pecho. El desgarro. La ausencia.
Giró la cabeza.
Ja'son estaba de rodillas en la nieve. Una lanza atravesaba su costado. La sangre brotaba, oscura y espesa, y se fundía con la nieve en un espectáculo aterrador.
—¡No! —gritó Timm.
Corrió hacia él, apartando a los guerreros que se interponían en su camino. Se arrodilló frente a Ja'son.
La lanza seguía en su cuerpo y Timm podía sentirla dentro de su propia carne.
—¡No, no, no...!
—Timm —la voz de Ja'son era débil bajo el azote del viento—. Mírame.
Timm lo hizo. En sus ojos, no había dolor alguno, solo una calidez desbordante. Podía sentirlo llegar a él. El mismo calor que había sentido durante dos años desde aquella visión que selló su final.
—No me arrepiento de nada —dijo Ja'son. Un rastro rojo goteaba de sus labios—. Y tú…
—No-
—Escúchame —Ja'son levantó una mano manchada de sangre y tocó su mejilla—. Todo está bien porque... conocerte fue lo mejor de mi vida.
—No puedes irte. Te lo prohíbo.
—Tengo que hacerlo. Este es… el designio de los Dioses, mi hechicero. Lo sabes… El Valhalla me espera…
Timm sintió el latido de Ja'son en su pecho, el eco, cada vez más débil.
—¡El juramento nos une —comenzó Timm, desesperado—, no puedes irte sin mí!
—Rómpelo.
—¡Nunca!
—Entonces úsalo —Ja'son sonrió, mostrando los dientes—. Úsalo para seguir viviendo.
—No sin ti.
—Sí —Ja'son apretó su mejilla, como hacía cuando Timm lo regañaba por derramar hidromiel sobre sus túnicas descuidadamente—. Sí, puedes. Porque eres fuerte. Eres el hombre más fuerte que conozco.
Timm sintió las lágrimas en sus mejillas. No sabía cuándo había empezado a llorar, tampoco le importaba.
—Te amo —dijo.
—Lo sé —los ojos de Jason destellaron, el azul helado transformándose en un vació profundo—. Ahora… déjame ir…
Ja'son cerró los ojos y dejó de respirar, y su latido, en el pecho de Timm, se detuvo.
Timm lo sostuvo en sus brazos, sobre la nieve ensangrentada y los gritos de la batalla a lo lejos. Sintió el vacío en el corazón, en el lugar que siempre había sido de Ja'son.
No gritó ni lloró desconsolado. Solo lo sostuvo, dejando que sus lágrimas lo bañaran por última vez. Supo entonces que, a pesar del dolor profundo que le desgarraba el alma, el amor no se había ido, y jamás se iría.
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vi.
Pasaron los meses.
Timm construyó una cabaña en la colina del hörgr. No era grande ni lujosa, solo lo suficiente para él. Helga lo visitaba a veces, le trenzaba el cabello y compartían una comida. Brucc, que parecía haber envejecido treinta años de repente, le había pedido que le diera tiempo antes de recibirlo de nuevo ante él.
La gente del pueblo le acercaban carne y pescado, él les ofrecía hierbas medicinales, y escuchaba sus historias y problemas.
Pero al caer el sol, se encontraba de nuevo solo con su alma, pidiéndole al fuego y al viento, a los Dioses y a su madre, que le dieran algo. Una señal, un mensaje, una esperanza.
Así, el lobo apareció una noche. Timm jamás había visto una bestia tan grande y tan hermosa a la vez. Su pelaje brillaba en tonos grises y cobrizos, con los ojos azules, y se sentó frente a él sin rastro de amenaza alguna.
Timm lo observó y lo supo de inmediato.
—Ja'son.
El lobo inclinó la cabeza hacia él, en reconocimiento. Timm extendió la mano. El lobo se acercó y apoyó la cabeza en su regazo.
Timm sintió el calor, el latido. Sintió que la soledad se alejaba de su corazón y su hogar.
—Gracias —susurró.
El lobo cerró los ojos.
Timm pasó los dedos por su pelaje y sintió la promesa del juramento, cumplida de una forma que no había imaginado.
—Los Dioses nos unieron —dijo, mirando al cielo—, y los Dioses no se equivocan.
El lobo levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos destellaron bajo la luz de la luna. Timm sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
El invierno no había terminado. Probablemente jamás terminaría. Pero el frío ya no le era desconocido ni doloroso.
No estaba solo.
Nunca lo estaría.
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