Chapter Text
La primera vez que Lena Knox entró a Rocque Records llevaba una guitarra colgada del hombro, un café entre las manos y una expresión tranquila que ocultaba los nervios bastante peor de lo que ella imaginaba.
El edificio era incluso más grande de lo que parecía en las fotografías. Los pasillos estaban cubiertos de discos enmarcados, carteles de conciertos y pantallas que reproducían videoclips sin sonido. Personas con carpetas, audífonos y vasos de café caminaban de un lado a otro como si cada una supiera exactamente adónde debía ir.
Lena, en cambio, llevaba varios minutos intentando no mirar demasiado hacia todas partes.
Kelly caminaba delante de ella mientras explicaba algo sobre horarios, estudios de grabación y reuniones con el equipo creativo. Hablaba con la seguridad de quien había repetido aquella información cientos de veces, señalando puertas y corredores que Lena probablemente no sería capaz de reconocer después.
—El estudio principal está en el segundo piso, pero Gustavo suele cambiar las sesiones según lo que necesite. Si alguien te dice que una reunión es a las diez, procura estar aquí a las nueve cincuenta. Si Gustavo dice que es a las diez, llega a las nueve y media.
Lena apartó la vista de una fotografía enorme de un concierto.
—¿Siempre llega temprano?
Kelly soltó una risa breve.
—No. Pero le gusta que los demás lo hagan.
Eso consiguió que Lena sonriera, aunque el gesto desapareció cuando tuvo que cambiar el café de mano para acomodar la correa de la guitarra. Sentía los dedos ligeramente fríos alrededor del vaso y los hombros demasiado rígidos bajo la chaqueta.
Kelly dobló por otro pasillo sin dejar de hablar.
—Hoy solo conocerás al equipo y revisarás algunas cuestiones del contrato. No tienes que cantar ni tocar nada, a menos que Gustavo cambie de opinión en los próximos cinco minutos.
—¿Suele hacerlo?
—Constantemente.
Lena soltó aire por la nariz y tomó un pequeño trago de café, más para ocupar las manos que porque realmente lo necesitara.
Kelly se detuvo finalmente frente a una puerta de cristal. Del otro lado se distinguían varios amplificadores, micrófonos y un sofá demasiado grande para una sala de ensayo.
—Aquí es.
El estómago de Lena se contrajo.
Acomodó una vez más la guitarra sobre su hombro, aunque la correa ya estaba perfectamente colocada, y siguió a Kelly al interior.
La conversación que llenaba la sala se detuvo en cuanto apareció.
Cuatro pares de ojos se dirigieron hacia ella.
Lena sostuvo el vaso un poco más fuerte.
—¡La chica nueva! —exclamó uno de ellos.
Carlos fue el primero en levantarse del sofá. Cruzó la habitación con una sonrisa tan abierta que la tensión en los hombros de Lena disminuyó antes de que pudiera evitarlo.
—Carlos García —se presentó, extendiéndole una mano—. Bienvenida al lugar donde Gustavo destruye sueños y luego cobra por reconstruirlos.
Kelly negó con la cabeza, acostumbrada, mientras Lena estrechaba la mano que le ofrecía.
—Lena.
—Sí, esa parte ya la sabíamos.
Detrás de Carlos apareció James, acomodándose el cabello antes de acercarse. Su sonrisa parecía ensayada, aunque no por eso resultaba menos amable.
—Soy James.
—Logan —añadió el chico que permanecía junto al sofá, levantando una mano a modo de saludo.
Carlos se señaló el pecho.
—Claramente, soy el favorito del grupo.
—Nadie ha dicho eso jamás —respondió Logan.
—No necesitan decirlo. Se nota.
La seguridad con la que lo aseguró consiguió arrancarle a Lena una risa pequeña.
El sonido la sorprendió incluso a ella.
Todo empezaba a sentirse más sencillo de lo que había imaginado. Carlos hablaba como si la conociera desde antes de que cruzara la puerta, James ya le preguntaba por la guitarra que llevaba y Logan apartaba algunas cosas del sofá para hacerle espacio.
Podía manejar aquello.
Entonces una voz llegó desde el fondo de la sala.
—Así que tú eres Lena Knox.
Ella giró la cabeza.
Kendall Knight estaba apoyado contra uno de los amplificadores, con los brazos cruzados y una expresión relajada. No se había acercado con los demás. Permanecía observándola desde su lugar, con aquella clase de sonrisa fácil que solo llevaba alguien demasiado consciente de que la mayoría de las personas lo encontraba encantador.
Lena lo reconoció de inmediato.
Era difícil no hacerlo.
Había visto su rostro en carteles, videos musicales y entrevistas suficientes para saber que aquella sonrisa aparecía casi siempre justo antes de que dijera algo que esperaba que todos encontraran gracioso.
Kendall se separó del amplificador y caminó hacia ella sin ninguna prisa.
—He escuchado algunas de tus demos —comentó—. Mucha guitarra, mucho dramatismo... Gustavo lleva días hablando de ti como si fueras a revolucionar Rocque Records.
Probablemente intentaba ser amable.
Tal vez incluso aquello era un cumplido.
Pero el tono despreocupado, la sonrisa inclinada y la facilidad con la que había resumido su música en dos palabras despertaron algo demasiado conocido en Lena.
Había escuchado comentarios parecidos antes.
Personas que llamaban dramática a cualquier canción escrita por una chica. Productores que aseguraban apreciar su estilo mientras sugerían convertir cada guitarra en algo más suave, más alegre o más fácil de vender. Gente que sonreía al hablar con ella como si ya supiera lo que era capaz de hacer antes de escucharla de verdad.
Kendall apenas había terminado la frase cuando Lena cruzó los brazos.
—Qué alivio —respondió—. Me preocupaba muchísimo la opinión del chico que canta canciones para supermercados.
Durante un segundo, la sala quedó en completo silencio.
Carlos se cubrió la boca, aunque la carcajada ahogada que escapó entre sus dedos arruinó el intento de disimularla. James giró el rostro hacia otro lado con demasiada rapidez y Logan observó a Lena y Kendall como si acabara de ver una chispa caer sobre gasolina.
Kelly cerró los ojos brevemente.
—Ya empezamos —murmuró.
Kendall parpadeó.
La sorpresa solo duró un instante.
Después, en lugar de molestarse, su sonrisa se hizo un poco más amplia.
Aquello irritó a Lena todavía más.
—Bueno... —Kendall cruzó los brazos, imitando su postura—. Esto acaba de ponerse interesante.
—Para ti, quizá.
—Definitivamente para mí.
Lena sostuvo su mirada. Esperaba que apartara los ojos, que retrocediera o que al menos intentara explicar que no había querido ofenderla.
Kendall no hizo ninguna de las tres cosas.
Parecía divertido.
Como si ella acabara de aceptar participar en algún juego cuyas reglas solo él conocía.
—Kendall —advirtió Kelly.
—¿Qué? Solo le estaba dando la bienvenida.
Lena levantó una ceja.
—¿Así recibes a todo el mundo?
—Solo a quienes llegan insultando mi música durante los primeros cinco minutos.
—Tú empezaste.
—Te hice un cumplido.
—Necesitas practicar.
Carlos soltó otra carcajada, esta vez sin molestarse en esconderla.
—Me cae bien.
Kendall lo señaló sin dejar de mirar a Lena.
—No la alientes.
—No parece necesitar ayuda.
La puerta volvió a abrirse antes de que la conversación pudiera continuar. Gustavo apareció con varias hojas en una mano y una expresión impaciente que hizo que todos se enderezaran por reflejo.
—¿Por qué están perdiendo el tiempo? —preguntó, recorriendo la sala con la mirada—. Lena, llegaste. Bien. Kendall, deja de molestar a mi nueva artista.
—Ella me insultó primero.
—No me interesa quién empezó. Me interesa quién va a detenerse.
Ninguno respondió.
Gustavo los observó durante un par de segundos y señaló a Kelly.
—Recuérdame no ponerlos juntos en un estudio.
Kelly miró a ambos.
—Ya lo estaba considerando.
Aquella debió ser una advertencia.
En cambio, terminó pareciéndose más a una predicción.
Así comenzó todo.
Con un comentario que Kendall consideraba inofensivo, una respuesta que Lena no pensó antes de pronunciar y dos personas demasiado orgullosas para admitir que quizá habían interpretado mal al otro.
Después de aquella mañana, las cosas no mejoraron.
Al menos no entre ellos.
Cada encuentro parecía ofrecer una nueva razón para discutir. Si coincidían en una entrevista, Kendall encontraba alguna forma de interrumpirla y Lena respondía antes de que él terminara de sonreír. Si compartían un estudio, podían pasar veinte minutos debatiendo sobre un acorde que ninguno estaba dispuesto a cambiar. Cuando Gustavo intentaba obligarlos a colaborar, alguien terminaba abandonando la habitación antes de que acabara el día.
A veces eran comentarios pequeños, lanzados al pasar por un corredor.
—Bonita chaqueta. ¿Asaltaste a una banda de rock de los ochenta?
—Bonito peinado. ¿Te lo eligió una encuesta para adolescentes?
Otras veces las discusiones se extendían durante tanto tiempo que el resto dejaba de intentar seguirlas.
Kendall insistía en que Lena convertía cualquier emoción en una tragedia de cinco minutos con solo de guitarra incluido. Ella aseguraba que él estaba atrapado en canciones pop tan felices que probablemente brillaban en la oscuridad.
Discutían sobre letras, presentaciones, películas, comida y artistas que ninguno de los dos escuchaba realmente, pero que defendían solo porque el otro los había criticado primero.
Lo peor era que ninguno parecía capaz de ignorar al otro.
Kendall podía estar conversando con alguien al otro extremo del estudio y aun así escuchar el momento exacto en que Lena decía algo con lo que no estaba de acuerdo. Ella podía pasar una hora concentrada en una canción, pero bastaba una risa suya desde el pasillo para que levantara la vista con el ceño fruncido.
Siempre había un comentario más.
Otra provocación.
Una última palabra que ninguno estaba dispuesto a conceder.
Con el tiempo, el resto de Rocque Records dejó de intentar detenerlos.
Carlos se divertía demasiado. James fingía no escuchar hasta que la discusión se volvía interesante. Logan intentó mediar durante las primeras semanas, pero terminó comprendiendo que cada explicación racional solo les ofrecía más material para seguir peleando.
Kelly fue quien estableció la única medida verdaderamente útil.
Nunca dejar solos a Kendall Knight y Lena Knox durante demasiado tiempo.
No porque fueran capaces de destruir el estudio.
Aunque Gustavo aseguraba que tampoco descartaba esa posibilidad.
Sino porque cualquier silencio entre ellos parecía una cuenta regresiva. Tarde o temprano, alguno encontraba algo que decir y el otro se negaba a dejarlo pasar.
Desde afuera, resultaba sencillo entender su relación.
Se detestaban.
Ellos mismos lo habrían confirmado sin dudarlo.
Y durante mucho tiempo, nadie tuvo motivos para pensar lo contrario.
Mientras tanto, todo lo demás sí cambió.
La carrera de Lena creció mucho más rápido de lo que había imaginado.
En menos de un año dejó de ser la chica nueva de Gustavo para convertirse en una de las artistas más importantes de Rocque Records. Sus canciones comenzaron a sonar en estaciones de radio, tiendas, internet y lugares en los que todavía le resultaba extraño escuchar su propia voz. Aparecieron entrevistas, sesiones de fotografías y presentaciones que se acumulaban en su agenda antes de que tuviera tiempo de asimilar la anterior.
Junto con el éxito de Big Time Rush, aquello terminó de consolidar a Gustavo Rocque como uno de los productores más poderosos de la industria.
Él se encargaba de recordárselo a todos cada vez que tenía oportunidad.
En medio del caos, Lena terminó acercándose al resto del grupo con una facilidad que no esperaba.
James tenía una forma extraña de hacerla sentir cómoda incluso en los días en que ella prefería no hablar con nadie. Podía pasar media hora discutiendo sobre su propia ropa y, de algún modo, conseguir que Lena terminara riéndose aunque hubiera entrado al estudio de pésimo humor.
Carlos parecía capaz de hacerse amigo de cualquier persona que respirara. Nunca le importaba si ella estaba demasiado cansada, enojada o concentrada en otra cosa; aparecía a su lado con alguna historia absurda hasta que terminaba involucrándola.
Logan, en cambio, no necesitaba llenar todos los silencios. Sabía escuchar sin convertir cada conversación en un interrogatorio y, cuando ofrecía un consejo, casi siempre parecía haber pensado en él mucho antes de decirlo.
Con Kendall, nada resultó tan sencillo.
Era irritante.
Una de las discusiones más absurdas comenzó durante un descanso entre ensayos y entrevistas.
Logan había cometido el error de invitarla a quedarse con ellos mientras decidían qué pedir de comer. Lena llevaba toda la mañana moviéndose entre estudios y agradeció la posibilidad de sentarse unos minutos sin que alguien intentara retocarle el maquillaje o hacerle otra pregunta sobre su próximo sencillo.
James estaba recostado en uno de los sillones, revisando el celular con las piernas apoyadas sobre un brazo del mueble. Carlos permanecía inclinado sobre la mesa, intentando convencer a todos de pedir suficiente comida para alimentar a un equipo completo de producción.
—No sabemos cuánto vamos a comer —argumentó.
—Sabemos exactamente cuánto vamos a comer —respondió Logan, recorriendo un menú desde su teléfono—. Tú eres el único que pide como si esperara una emergencia.
—Las emergencias no avisan.
Lena estaba sentada junto a Logan cuando la puerta se abrió y Kendall apareció en la sala.
Llevaba el cabello todavía húmedo por el ensayo y una toalla pequeña colgada alrededor del cuello. Apenas entró, recorrió la habitación con la mirada antes de dejarse caer en el sofá frente a ellos.
Sus ojos se detuvieron un instante sobre Lena.
Ella fingió no notarlo.
—¿Qué pidieron? —preguntó Kendall.
—Nada todavía —respondió Logan—. Seguimos decidiendo.
Kendall apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Pizza.
—No quiero pizza —dijo Lena al mismo tiempo.
Él volvió la vista hacia ella con una lentitud que ya parecía una provocación.
—Claro que no quieres pizza.
Lena cruzó una pierna sobre la otra.
—Comimos pizza ayer.
—Y fue una gran experiencia.
—Tu definición de gran experiencia me preocupa muchísimo.
Carlos soltó una carcajada desde el otro lado de la sala, aunque Logan todavía parecía creer que podía salvar la situación.
—También hay hamburguesas —propuso.
—Perfecto —respondió Kendall.
—No quiero hamburguesas.
Esta vez él se incorporó un poco.
—¿Existe algún alimento que sí disfrutes o sobrevives únicamente de arruinar momentos felices?
Lena ladeó la cabeza.
—¿Y tú comes algo que no tenga queso derretido y doce kilos de grasa?
—Eso se llama tener buen gusto.
—Eso se llama riesgo cardiovascular.
James dejó de mirar el celular. La sonrisa que apareció en su rostro dejó claro que ya no tenía intención de fingir que no estaba escuchando.
Kendall se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las piernas.
—No entiendo por qué te invitan a comer con nosotros si vas a criticar todo.
—Probablemente porque les agrado.
—Eso parece poco probable.
—Y aun así estoy aquí.
Lena sostuvo su mirada.
Kendall sonrió.
No era una sonrisa amable. Tampoco exactamente burlona. Era aquella expresión irritantemente satisfecha que aparecía cada vez que ella aceptaba continuar la discusión.
Carlos los observó durante unos segundos antes de negar con la cabeza.
—¿Por qué discutir sobre comida los hace sonar como una pareja casada de cuarenta años?
—Porque Kendall tiene la madurez emocional de un señor divorciado —respondió Lena sin apartar la vista de él.
James soltó una carcajada.
Kendall se llevó una mano al pecho.
—Eso fue muy específico.
—Pareces alguien que discutiría por quién se queda con la cafetera.
—Yo compré la cafetera.
—Exactamente.
Carlos se rio con más fuerza.
—No, espera. Tiene sentido.
—No la alientes —dijo Kendall.
—No necesito que me alienten.
—Eso también es parte del problema.
Logan dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
—Voy a pedir tacos.
—Perfecto —respondieron Kendall y Lena al mismo tiempo.
El silencio duró un segundo.
Lena se dio cuenta antes que nadie y frunció el ceño, como si coincidir con él resultara más molesto que toda la discusión anterior.
Kendall también pareció notarlo.
Se miraron.
—No significa que tengas buen gusto —aclaró ella.
—Tú acabas de aceptar mi elección.
—Logan eligió los tacos.
—Después de que yo descartara tus malas opciones.
—Tú propusiste pizza y hamburguesas.
—Opciones excelentes.
Carlos terminó doblándose sobre el sofá de tanto reír, mientras Logan retomaba el teléfono y comenzaba a hacer el pedido sin volver a consultarles nada.
La discusión continuó incluso después de que llegó la comida.
Kendall criticó la salsa que Lena había elegido. Ella le quitó una de las servilletas solo porque él acababa de estirar la mano para tomarla. En algún momento, James intentó preguntar de qué estaban hablando y ninguno de los dos supo responderle con claridad.
Probablemente ya no importaba.
Lena había olvidado hacía rato qué comentario había iniciado todo. Solo sabía que Kendall seguía sentado frente a ella con aquella sonrisa desafiante y que cada vez que parecía haberse quedado sin argumentos encontraba uno nuevo para evitar que la conversación terminara.
Ella hacía exactamente lo mismo.
Desde afuera, debía parecer que se desesperaban mutuamente.
En parte era cierto.
Kendall tenía una habilidad especial para encontrar el comentario exacto que podía irritarla. Sabía cuándo insistir, qué palabras repetir y qué tono utilizar para hacerla levantar la mirada incluso si ella había decidido ignorarlo.
Lo extraño era que también sabía cuándo detenerse.
Nunca lo hacía antes de conseguir una reacción, pero tampoco cruzaba del todo esa línea invisible que convertía una provocación en algo realmente cruel.
Lena no se permitía analizar demasiado aquella diferencia.
Era más sencillo afirmar que no lo soportaba.
Kendall decía lo mismo de ella.
Y, sin embargo, siempre terminaban otra vez en el mismo lugar: sentados demasiado cerca, discutiendo por algo insignificante mientras el resto de la habitación se cansaba mucho antes que ellos.
Pelear se había convertido en una especie de idioma privado.
Uno que ninguno admitiría disfrutar.
Todo habría continuado exactamente igual de no ser por una alfombra roja, demasiadas cámaras y un fotógrafo que capturó el momento equivocado.
La noche de las premiaciones comenzó mal incluso antes de que Kendall y Lena se encontraran.
El tráfico alrededor del evento había convertido las calles en una fila interminable de vehículos negros. Detrás de las vallas metálicas, los fotógrafos gritaban nombres unos encima de otros mientras los reflectores iluminaban la entrada con un resplandor tan intenso que el aire parecía más caliente de lo normal.
Lena observó todo desde el interior del automóvil y apretó los dedos alrededor del pequeño bolso que sostenía sobre las piernas.
Todavía no había bajado.
Y ya quería que la noche terminara.
Kendall ya se encontraba junto al resto de Big Time Rush cuando el celular de Logan comenzó a sonar.
Los cuatro llevaban varios minutos posando frente a las cámaras, respondiendo preguntas rápidas y sonriendo bajo una línea de reflectores que convertía la entrada del recinto en algo mucho más caluroso de lo que debería haber sido. Kendall había dejado de distinguir las voces individuales entre los fotógrafos; todos parecían gritar nombres y direcciones al mismo tiempo.
Logan se apartó un poco para contestar. Escuchó durante unos segundos antes de cubrir el micrófono con una mano.
—Es Kelly. Lena acaba de llegar.
Carlos observó la entrada con una sonrisa inmediata.
—Perfecto. Cinco dólares a que pelean antes de entrar.
—Dos minutos como máximo —añadió James, acomodándose la manga del traje.
Logan terminó la llamada y guardó el teléfono con un suspiro.
—Ustedes tienen problemas.
—No, ellos tienen problemas —lo corrigió Carlos, señalando discretamente hacia la calle.
Una camioneta negra de Rocque Records acababa de detenerse frente al inicio de la alfombra.
La puerta se abrió y Lena bajó con una mano sobre la correa de su bolso, acomodándose la chaqueta de cuero que llevaba encima de un vestido oscuro, corto y ajustado. Las medias negras y las botas altas terminaban de darle un aspecto que parecía demasiado suyo para haber sido elegido por un equipo de estilistas. Incluso el delineado marcado alrededor de sus ojos se sentía menos como una decisión de maquillaje y más como una advertencia.
Muy Lena Knox.
Kendall se descubrió mirándola durante un segundo más de lo necesario.
Quizá porque Lena siempre parecía ligeramente fuera de lugar en eventos como aquel. No porque no encajara, sino porque daba la impresión de que podía quitarse los tacones, abandonar la alfombra y marcharse con la misma facilidad con la que había llegado.
Las cámaras reaccionaron de inmediato.
—¡Lena!
—¡Por aquí!
—¡Una foto de frente!
—¡Lena, voltea!
Ella sonrió mientras avanzaba, deteniéndose donde los fotógrafos se lo pedían y girando el cuerpo con la precisión suficiente para que pareciera natural. Kendall la había visto en demasiados eventos como para no reconocer la pequeña rigidez de sus hombros.
Lena no estaba cómoda.
Solo se había vuelto muy buena fingiendo que sí.
Entonces levantó la mirada y lo encontró observándola.
Kendall sonrió.
La reacción de Lena fue casi imperceptible: una leve contracción alrededor de los ojos, seguida de la expresión resignada de quien ya sabía que algo desagradable estaba por ocurrir.
Aquello hizo que su sonrisa se ensanchara.
Cuando Lena llegó junto al grupo, saludó primero a Logan, James y Carlos. Kendall esperó hasta que estuvo lo bastante cerca para escucharle sin levantar demasiado la voz.
—Vaya —comentó, recorriendo su atuendo con la mirada—. Pensé que hoy intentarías no asustar a los fotógrafos con tu complejo de estrella de rock rebelde, pero veo que la chaqueta sobrevivió otra vez.
Lena giró hacia él con lentitud.
—Y yo pensé que intentarías verte diferente de cualquier cantante pop genérico esta noche, pero supongo que ambos terminamos decepcionados.
Carlos cerró los ojos y negó despacio.
—Ya empezaron...
James apartó el rostro para esconder la risa, mientras Logan miraba hacia la entrada como si considerara seriamente abandonarlos allí.
Kendall soltó una risa nasal.
—¿Qué tienes contra mi traje?
Lena lo observó de arriba abajo con una atención exageradamente crítica.
—Nada. Estoy segura de que otros quince hombres llevan exactamente el mismo esta noche.
—Eso se llama elegancia.
—Eso se llama comprar en la misma sección.
—Y tú sigues intentando convencer a todos de que podrías romper una guitarra en cualquier momento.
Lena inclinó ligeramente la cabeza.
—Tal vez lo haga en la tuya si sigues hablando.
Kendall sonrió.
—¿Ves? Complejo de estrella de rock.
Los fotógrafos comenzaron a acercarse hacia ellos.
Kendall apenas lo notó al principio. Estaba demasiado pendiente de la forma en que Lena entrecerraba los ojos, buscando alguna respuesta lo bastante molesta como para devolverle el comentario.
Aquello ocurría siempre.
El resto de la sala, el estudio o el pasillo dejaba de importar en cuanto comenzaban. Lena sostenía su mirada como si apartarla significara admitir una derrota, y Kendall nunca había tenido intención de concederle una victoria tan sencilla.
Desde el otro lado de las vallas, sin embargo, la escena parecía distinta.
Las sonrisas entre provocación y provocación.
La facilidad con la que reducían la distancia al hablar.
La forma en que ninguno prestaba atención a las personas que los rodeaban.
Las cámaras comenzaron a disparar con más rapidez.
—¡Kendall, acá!
—¡Lena, miren al frente!
—¡Una juntos!
—¡Más cerca!
Lena seguía sonriendo hacia los fotógrafos cuando murmuró entre dientes:
—Ni se te ocurra acercarte más.
Kendall mantuvo la vista hacia las cámaras.
—Créeme, princesa, la idea tampoco me emociona.
—Entonces muévete.
—Tú llegaste después.
—Y tú ocupas demasiado espacio.
—Eso suena como un problema tuyo.
Ninguno se apartó.
Tal vez porque hacerlo habría parecido una rendición. Tal vez porque las indicaciones de los fotógrafos se mezclaban con el resto del ruido y ninguno quería ser el primero en reaccionar.
Kendall terminó inclinándose hacia ella para responder algo que Lena no alcanzó a escuchar.
—¿Qué? —preguntó, acercándose también por reflejo.
—Dije que—
Una nueva explosión de flashes iluminó sus rostros.
Lena arrugó la nariz y cerró los ojos durante un instante, vencida por la intensidad de la luz.
Kendall soltó una risa al verla.
No una de aquellas risas burlonas que utilizaba para provocarla. Fue una reacción breve y desprevenida, nacida antes de que pudiera pensar en contenerla.
Lena volvió a abrir los ojos y lo miró, todavía molesta por los flashes.
La cámara de uno de los fotógrafos capturó exactamente ese instante.
Kendall inclinado hacia ella, sonriendo.
Lena con el rostro vuelto en su dirección.
La distancia mínima entre ambos.
Y una expresión que, aislada del resto de la conversación, podía significar casi cualquier cosa.
El obturador volvió a sonar.
Una vez.
Después otra.
Para cuando entraron al recinto, internet ya había comenzado a decidir qué historia quería contar con aquellas imágenes.
Las primeras fotografías aparecieron en cuentas pequeñas de entretenimiento incluso antes de que terminara la premiación.
Al principio eran capturas borrosas tomadas desde detrás de las vallas, acompañadas de comentarios sobre la llegada de los artistas. Después aparecieron las imágenes profesionales y los videos grabados desde distintos ángulos.
En uno de ellos, Kendall se inclinaba hacia Lena mientras ella intentaba escuchar lo que decía.
En otro, Lena sonreía después de responderle algo que el micrófono de la cámara no alcanzaba a registrar.
Sin sonido, las provocaciones parecían confidencias.
Las discusiones, coqueteo.
Y las miradas desafiantes se convertían con demasiada facilidad en algo mucho más íntimo.
Internet hizo el resto.
"No me importa lo que digan, ESA tensión no es normal"
"¿Vieron cómo Kendall la miró?"
"Lena y Kendall tienen más química que muchas parejas"
"Llevan meses coqueteando y son los únicos que no se han dado cuenta"
"Necesito una canción de ellos AHORA"
"Él literalmente sonríe diferente cuando habla con ella"
"O se odian muchísimo o están enamorados. No existe punto medio"
Los primeros hashtags aparecieron antes de medianoche.
#KendallAndLena
#KnightKnox
#Kena
El último provocó una discusión independiente sobre cuál era el nombre correcto para la supuesta pareja. Aquello solo consiguió generar todavía más publicaciones.
Las cuentas de admiradores comenzaron a recuperar videos antiguos: discusiones durante entrevistas, fragmentos de premiaciones y momentos en los que alguno aparecía al fondo de una grabación mirando al otro. Cada gesto era ralentizado, recortado y acompañado por canciones románticas.
Las sonrisas burlonas dejaron de ser burlonas.
Los empujones pasaron a ser contacto físico innecesario.
Las interrupciones eran una prueba evidente de que siempre buscaban llamar la atención del otro.
Incluso algunas revistas digitales publicaron artículos preguntándose si Rocque Records llevaba meses ocultando una relación entre dos de sus artistas más importantes.
Por supuesto, no toda la atención fue positiva.
"Kendall jamás saldría con alguien como ella"
"Lena Knox solo quiere atención"
"Qué fastidio romantizar a dos personas que claramente se caen mal"
"Big Time Rush no necesita escándalos falsos"
"Seguro es marketing"
Cada comentario provocaba una respuesta. Cada respuesta, una nueva discusión. Mientras más intentaban decidir si Kendall y Lena se amaban, se odiaban o estaban fingiendo ambas cosas, más crecían los números.
Para la mañana siguiente, la situación ya se había escapado por completo de cualquier control.
Lena descubrió que era tendencia mundial antes de levantarse de la cama.
El celular había comenzado a vibrar sobre el buró varios minutos antes de que reuniera la energía suficiente para estirar un brazo y tomarlo. La pantalla estaba llena de notificaciones, llamadas perdidas y mensajes de personas con las que no hablaba desde hacía meses.
Abrió una de las aplicaciones todavía medio dormida.
La primera publicación que apareció fue una fotografía de la alfombra roja.
Kendall estaba inclinado hacia ella con una sonrisa que, fuera de contexto, se veía mucho más suave de lo que Lena recordaba. Ella lo miraba directamente, con los labios apenas curvados.
El texto sobre la imagen decía:
"No puedes convencerme de que estos dos se odian"
Lena cerró los ojos.
—No...
Siguió bajando.
Fue peor.
Había videos con canciones románticas, análisis de lenguaje corporal y capturas ampliadas de momentos que ella ni siquiera recordaba. Alguien había hecho una recopilación de todas las veces que Kendall la había interrumpido durante una entrevista y la había titulado: Kendall buscando cualquier excusa para hablar con Lena durante ocho minutos.
Otro video mostraba sus discusiones bajo el texto: Su lenguaje del amor son los insultos.
Lena dejó caer el teléfono sobre el colchón y enterró el rostro en la almohada.
Definitivamente odiaba internet.
El celular volvió a vibrar.
Un mensaje de Nora.
Antes de que te enojes, debo admitir que los edits están bastante bien hechos.
Lena respondió sin levantar la cabeza.
Te odio.
La contestación llegó de inmediato.
Yo también te quiero.
Lena soltó un gruñido contra la almohada.
Tardó más de lo normal en arreglarse aquella mañana. No porque le importara especialmente cómo se veía, sino porque seguía cometiendo el error de revisar las redes cada cinco minutos.
Siempre encontraba algo peor.
Una publicación aseguraba que la forma en que Kendall se había inclinado hacia ella demostraba confianza e intimidad.
Otra persona había analizado la distancia entre sus pies.
Alguien incluso había recopilado una lista de canciones de ambos que supuestamente contenían mensajes secretos.
Cuando finalmente salió de Palm Woods rumbo a Rocque Records, el aire fresco de la mañana no consiguió despejarle el fastidio.
Apenas cruzó la entrada, dos chicas que estaban cerca de la recepción la reconocieron y comenzaron a murmurar. Una de ellas miró el celular y después volvió a mirarla.
Lena apretó la correa del bolso sobre su hombro y siguió caminando.
Genial.
Justo lo que necesitaba.
Unos pisos más arriba, Kendall estaba viviendo una versión distinta del mismo infierno.
—"Él literalmente sonríe como un hombre enamorado" —leyó James desde el sofá, alargando cada palabra con demasiado entusiasmo—. Vaya. La gente está analizando tus expresiones faciales.
Kendall permanecía de pie en la cocina con una taza de café entre las manos. Había cometido el error de salir de su habitación y los otros tres parecían decididos a castigarlo por ello.
—Hay uno con música de piano —añadió Carlos, desplazándose por el teléfono entre carcajadas—. Espera, este tiene una transición entre una pelea de hace seis meses y la foto de anoche.
—No quiero verlo.
—Está muy bien editado.
—Carlos.
—La canción le da mucha emoción.
Kendall bebió un poco de café y los miró por encima del borde de la taza.
—Los odio muchísimo.
—Eso es exactamente lo que Lena diría —señaló James.
Carlos levantó la cabeza de golpe.
—Es verdad.
—No empiecen.
Logan permanecía frente a la laptop, revisando las publicaciones con una concentración mucho menos divertida que la de los otros dos. Llevaba varios minutos extrañamente callado.
Kendall terminó mirándolo.
—¿Qué?
Logan dudó.
—Nada.
—Esa cara nunca significa nada.
James y Carlos guardaron silencio, interesados de inmediato.
Logan cerró parcialmente la laptop.
—Solo iba a decir que... desde afuera sí parecía que estaban coqueteando un poco.
Kendall casi se atragantó con el café.
—¿Perdón?
Carlos lanzó un grito triunfal.
—¡Sabía que Logan también lo veía!
—No dije que estuvieran coqueteando —se defendió Logan—. Dije que podía parecerlo.
—Acabas de usar la palabra "coqueteando".
—En un contexto hipotético.
Kendall dejó la taza sobre la barra con más fuerza de la necesaria.
—Estábamos discutiendo.
—Ese es el problema —respondió James—. Ustedes discuten con demasiada intensidad.
—¿Cómo se discute con una intensidad normal?
James hizo un gesto impreciso con una mano.
—Sin acercarse tanto.
—Había demasiado ruido.
—Y sin sonreírse.
—Me estaba burlando de ella.
Carlos mostró el teléfono.
—La gente cree que esa es tu sonrisa de enamorado.
Kendall lo miró fijamente.
—Voy a tirar ese celular por la ventana.
—Violencia. Otra señal de que oculta sentimientos.
—Claro —murmuró Kendall—. Porque discutir ahora significa enamorarse.
James se encogió de hombros.
—Con ustedes dos, enamorarse o asesinato. No parece existir un punto medio.
El teléfono de Kendall vibró sobre la barra antes de que pudiera responder.
La pantalla mostró un mensaje de Kelly.
"Gustavo quiere verte en Rocque Records. Ahora"
Kendall lo leyó una vez.
Después otra.
Cerró los ojos lentamente.
—Oh, no.
—¿Qué pasó? —preguntó Carlos, todavía sonriendo.
Kendall levantó el teléfono para mostrarles la pantalla.
James dejó escapar un "uh" prolongado, mientras la diversión desaparecía un poco del rostro de Logan.
—Eso no suena bien —admitió.
—Nada relacionado con Gustavo suena bien —murmuró Kendall.
Tomó la taza y terminó el café de un solo trago. Estaba ya cerca de la puerta cuando Carlos volvió a hablar.
—Oye, por lo menos ahora sabes cuál es tu sonrisa de enamorado.
Kendall se detuvo sin darse la vuelta.
—Carlos.
—¿Sí?
—Cierra con seguro cuando me vaya.
—¿Por qué?
Kendall giró apenas la cabeza.
—Para que tengas tiempo de esconderte cuando regrese.
La carcajada de Carlos lo acompañó hasta el pasillo.
Cuando Lena llegó a Rocque Records, Kelly ya la estaba esperando cerca de la entrada principal.
Eso nunca era buena señal.
Normalmente, Kelly se movía por el edificio con una carpeta bajo el brazo, atendiendo llamadas y resolviendo problemas antes de que el resto supiera siquiera que existían. Verla inmóvil junto a la recepción, pendiente de la puerta como si hubiera estado calculando exactamente cuánto tardaría Lena en aparecer, hizo que el nudo en su estómago se apretara un poco más.
—Por favor, dime que Gustavo no vio internet —pidió en cuanto estuvo lo bastante cerca.
Kelly hizo una mueca.
No necesitó responder.
Lena cerró los ojos durante un instante.
—Claro que lo vio.
—Quiere verte en su oficina.
—¿Está enojado?
Kelly inclinó la cabeza, considerando la pregunta.
—Está emocionado.
Eso era peor.
Mucho peor.
Lena soltó un suspiro y ajustó la correa del bolso sobre su hombro antes de seguirla por el edificio.
Los pasillos de Rocque Records parecían más concurridos que de costumbre. O quizá era solo la sensación de que demasiadas personas levantaban la vista cuando ella pasaba. Algunos saludaban con normalidad; otros miraban rápidamente sus teléfonos, como si necesitaran confirmar que era la misma chica de las fotografías que llevaban toda la mañana circulando, como si no la hubieran visto antes por Rocque Records.
Lena mantuvo la vista al frente.
No había hecho nada.
Había asistido a una premiación, discutido con Kendall como lo hacía cualquier otro día y entrado al recinto. Nada de aquello debería haber sido suficiente para provocar cientos de artículos, videos y teorías sobre una relación inexistente.
Pero internet nunca había necesitado demasiado para inventarse una historia.
Ya podía imaginar a Gustavo caminando de un lado a otro, tratando el desastre como si fuera el fin del mundo.
O peor.
Como una oportunidad.
Kelly redujo el paso al acercarse a la oficina principal. Lena apenas estaba preparando mentalmente alguna explicación cuando escuchó pasos detrás de ellas.
—Déjame adivinar —dijo una voz conocida—. ¿También vienes a tu ejecución pública?
Lena se volvió.
Kendall avanzaba por el pasillo con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y el cabello ligeramente desordenado. Parecía cansado, aunque no de una forma normal. Era la clase de agotamiento que dejaba pasar toda una mañana discutiendo con personas que disfrutaban demasiado de su desgracia.
Lena sospechó que Carlos y James habían contribuido bastante.
—Ni siquiera en mis peores días quiero tener algo en común contigo —respondió automáticamente.
Kendall dejó escapar una risa nasal.
—Un poco tarde para eso.
Ella puso los ojos en blanco.
—No confundas una tendencia absurda con tener algo en común.
—Tenemos el mismo problema.
—Tú eres el problema.
—Y ahí está la Lena Knox que todos conocemos.
Lena estaba a punto de responder cuando Kelly se colocó frente a la puerta y los miró a ambos con una advertencia silenciosa.
—Entren antes de que Gustavo explote.
—¿Metafóricamente? —preguntó Kendall.
Desde el interior de la oficina se escuchó algo caer, seguido por la voz de Gustavo gritando una orden que ninguno alcanzó a comprender.
Kelly abrió la puerta.
—No estoy segura.
La oficina parecía haber sido atravesada por una pequeña tormenta.
Había papeles esparcidos sobre el escritorio y el suelo, vasos de café vacíos junto a carpetas abiertas y varias pantallas encendidas al mismo tiempo. Una mostraba la fotografía de la alfombra roja en la que Kendall aparecía inclinado hacia Lena. Otra reproducía un video sin sonido donde ambos discutían mientras los fotógrafos gritaban a su alrededor.
En las demás había gráficas, cifras y listas de tendencias que continuaban actualizándose ante sus ojos.
Las líneas subían.
Los números aumentaban.
Y los nombres de ambos aparecían por todas partes.
En medio del caos, Gustavo Rocque caminaba de un lado a otro con una tableta entre las manos y una sonrisa que a Lena no le inspiró ninguna confianza.
—¡AHÍ ESTÁN! —gritó apenas los vio cruzar la puerta—. ¡MIS PEQUEÑAS SUPERESTRELLAS VIRALES!
Lena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Había escuchado a Gustavo llamarla muchas cosas durante el último año. Dramática. Terca. Desesperante. Incluso genio, en aquellos momentos extraños en los que algo salía exactamente como él quería.
"Superestrella viral" era, con diferencia, una de las más preocupantes.
—Antes de que digas lo que sea que estás pensando —comenzó Lena, señalando a Kendall sin mirarlo—, quiero dejar claro que no pienso volver a acercarme a él en una alfombra roja.
—Créeme, el sentimiento es mutuo —respondió Kendall enseguida.
Lena giró hacia él.
—Tú fuiste quien se acercó.
—Porque no escuchabas.
—Podías haber hablado más fuerte.
—Había cien personas gritando.
—Eso no te impidió hablar durante toda la noche.
—¡NO IMPORTA! —interrumpió Gustavo.
Apareció frente a ambos con una rapidez sorprendente y levantó la tableta casi hasta sus rostros.
—¿¡ESTÁN VIENDO ESTO!?
Lena retrocedió para enfocar la pantalla.
Millones de reproducciones.
Cientos de miles de publicaciones.
Fotografías, videos, recopilaciones y análisis que seguían multiplicándose por minuto.
El hashtag #KendallAndLena permanecía entre las primeras tendencias mundiales. Debajo aparecían otros nombres que Lena prefería fingir que nunca había visto.
#KnightKnox.
#Kena.
Un video donde ella amenazaba con romperle una guitarra en la cabeza a Kendall tenía más reproducciones que algunas de sus entrevistas oficiales.
—La gente está enferma —murmuró.
—La gente está obsesionada —la corrigió Gustavo, con un entusiasmo casi ofensivo—. ¡Y la obsesión genera interacción! ¡La interacción genera publicidad! ¡Y la publicidad genera dinero!
Lena miró a Kelly.
Ella permanecía cerca de la puerta con los labios apretados, como si llevara varios minutos intentando convencer a Gustavo de algo sin ningún resultado.
Eso tampoco era una buena señal.
Kendall se pasó una mano por el cabello y observó las pantallas con el ceño fruncido.
—No entiendo cuál es el problema. Esto se arregla fácil.
Gustavo bajó lentamente la tableta.
—¿Fácil?
—Sí. —Kendall hizo un gesto hacia una de las fotografías—. Publicamos algo aclarando que no estamos juntos, dejamos de hablar del tema y en unos días internet encontrará otra cosa con la que obsesionarse.
Lena asintió.
—Por una vez, estoy de acuerdo con él.
Kendall la miró de reojo.
—No tienes que sonar tan decepcionada.
—No te emociones. Probablemente no vuelva a pasar.
—¡NO! —gritó Gustavo.
Ambos se volvieron hacia él.
La sonrisa había desaparecido de su rostro durante un segundo. Después regresó, más amplia y preocupante que antes.
—No van a negar nada.
Lena entrecerró los ojos.
—¿Por qué?
Gustavo dejó la tableta sobre el escritorio y comenzó a caminar frente a ellos.
—Porque anoche las reproducciones de tus canciones aumentaron un treinta y ocho por ciento —dijo, apuntando hacia Lena—. Las búsquedas de Big Time Rush subieron un veintisiete —continuó, señalando a Kendall—. Las cuentas oficiales de Rocque Records ganaron cientos de miles de seguidores y hay productores, programas y marcas llamando desde las seis de la mañana.
Kendall cruzó los brazos.
—Eso no significa que tengamos que alimentar el rumor.
—¡Exactamente eso significa!
—Gustavo —intervino Kelly con cautela—, ya hablamos de que una reacción demasiado exagerada podría—
—¡No es exagerada si funciona!
Lena observó cómo Gustavo se dirigía hacia otra pantalla y abría una gráfica llena de líneas que no significaban nada para ella.
—Las personas quieren verlos juntos —continuó—. Quieren entrevistas, fotografías, canciones, apariciones. Quieren tensión, romance y drama.
—Ya tienen drama —murmuró Lena.
—¡Y ahora van a tener romance!
El silencio cayó sobre la oficina.
Lena miró a Kendall.
Él ya la estaba mirando a ella.
Por primera vez desde que se habían encontrado en el pasillo, ninguno tuvo una respuesta preparada.
Lena volvió la atención hacia Gustavo.
—No.
La palabra salió sencilla y firme.
Gustavo pareció no escucharla.
Tomó nuevamente la tableta y comenzó a desplazarse por una lista.
—Kelly ya está revisando posibles entrevistas. Podemos empezar con algunas apariciones discretas, fotografías casuales, quizá una cena—
—Dije que no.
Esta vez Gustavo levantó la mirada.
—No puedes obligarnos a salir juntos —añadió Lena.
—No voy a obligarlos a salir juntos.
Kendall dejó escapar el aire, aliviado demasiado pronto.
—Perfecto. Entonces—
Gustavo levantó un dedo.
—Voy a obligarlos a fingir que salen juntos.
Nadie dijo nada.
Lena permaneció inmóvil, esperando que Gustavo sonriera o gritara que era una broma.
No ocurrió.
Kelly apartó la mirada hacia el suelo.
Aquello fue suficiente para confirmar que hablaba completamente en serio.
Kendall parpadeó varias veces.
—¿Qué acabas de decir?
Gustavo levantó la tableta como si estuviera a punto de presentar la idea más brillante en la historia de la industria musical.
—Ustedes dos van a fingir una relación.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Lena sintió que el estómago se le hundía.
A su lado, Kendall soltó una risa breve, completamente desprovista de humor.
—No.
—Ni loca —añadió Lena.
Gustavo sonrió.
Y fue entonces cuando ambos entendieron que aquella conversación apenas estaba comenzando.
