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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-06-27
Completed:
2026-08-23
Words:
3,620
Chapters:
2/2
Kudos:
4
Hits:
97

Soledad. OC x Jujutsu Kaisen.

Chapter Text

La mañana del domingo transcurrió sin perturbación ajena alguna. El inicio del verano ya estaba cercano y gracias a esto el sol pegaba con un poco más de fuerza, sintiéndose en la piel como una leve caricia. Por la hora que era, las aves cantaban y sus crías piaban por alimento, y la fresca brisa de la madrugada aún estaba pegada en las hojas y en los pétalos de distintas plantas.
Dos chicas caminaban a la par, dirigiéndose al claro del bosque; una era una jovencita de cabello azul lacio que cargaba con un cesto de mimbre entre sus manos, del cual se escapaba el aroma de la comida que llevaban adentro y de la bebida que se venía chorreando, sin que ellas se dieran cuenta aún.
Y la segunda adolescente, que vestia una falda que le llegaba debajo de la rodilla, cargaba con un bolso de yute que contenía dos vasos, cuatro platos, cubiertos y un mantel blanco. Parloteaban a gusto entre ellas. La primera, de una actitud tímida y excesivamente positiva, era quien guiaba la conversación, mientras que la segunda -igual de tímida que la primera- seguía la conversación como podía, a veces sin comprender completamente lo que decía su compañera; procesaba cada oración como una isla de ideas en lugar de un flujo continuo de comunicación. Sin embargo, en el rostro pacífico de Erika se podía notar que disfrutaba de la compañía de Miwa.

—Que bueno que el profesor Takeshi decidió no darnos clase. —Dijo miwa, bajando su mirada al cesto que sujetaba firmemente entre sus manos, disfrutando de la mezcla de aromas dulces y salados que se escapaban de la tapa semi abierta del cesto.—
Siguieron avanzado con paso pausado y perezoso hacia el claro. Ya casi llegaban, pues desde su posición podían apreciar perfectamente el círculo de pasto perfectamente iluminado que se formaba por la posición de los árboles y de sus copas.
—¿Si? Que bueno. A mí sí me dará la clase de hoy—Erika lamentó. Guió su mirada al cesto, frunciendo el ceño al observar que pequeñas gotas de un líquido amarillo pálido se filtraban por las hebras gruesas y desgastadas de la canasta. Detuvo su andar inmediatamente, e impulsada por la curiosidad y creciente sospecha, tocó la zona manchada. Miwa también dejó de caminar, confundida, emitiendo apenas un "¿Eh?" lleno de confusión. La joven de falda larga olió sus dedos mojados para confirmar que, el líquido que se estaba derramando era el jugo de manzana que tanto se habían esmerado en encargarle a mechamaru.

– ¿Que pasó?–Preguntó miwa con temor compartido, dándose cuenta del líquido que goteaba de su canasta e inmediatamente la bajó; abrió ambas tapas de ésta y quitó con desespero los tuppers de plástico que resguardaban los tentempiés que planeaban devorar. La bebida se había derramado.

–¡Mierda....! –masculló en español la hechicera extranjera con frustración. Había cerrado mal la botella, era su culpa. Pero no lo admitiría.

Miwa se sobresaltó al escuchar a Erika hablar en su lengua natal y la miró de reojo. No entendió ni una sola palabra de lo que dijo, pero por el tono en su voz podía intuir que ella había insultado–esperando que no a ella- y regresó su mirada a la botella.

—Ow... ¿Crees que deberíamos ir a robar leche del refrigerador de la cafetería? –Sugirió miwa sin intenciones de reclamar, pues no recordaba si había sido culpa de ella realmente, mientras sacaba la botella de vidrio completamente vacía del cesto, dejándola en el pasto.

Erika se quedó pensando un momento
—¿Y si vamos al río? Está más cerca que la academia. –Sugirió Erika, nublada por la efervescente culpa, que dolía aún más porque Miwa no estaba echándose o echándole la culpa.– El agua es cristalina. Yo iré. –Se apuró a decir antes de que miwa terminase de procesar, pues ya conocía lo servicial que era ésta.–

—¿Estás segura? –Preguntó Miwa. Ya había recordado que la culpable era su amiga, sin embargo, no le agradaba la idea de reclamarle, pues quería pensar que había sido un accidente y no una acción premeditada.–

–Si. Iré a... –Hizo un gesto torpe con el envase de vidrio, alzandolo en frente de ella y ondeandolo en una "u" acostada. Se quedó callada un par de segundos mientras buscaba en su precario vocabulario japonés las palabras correctas. Miwa la observó con los ojos bien abiertos, siguiendo pacientemente la mímica que estaba haciendo, poniendo su mejor esfuerzo por adivinar qué estaba tratando de decir su amiga–¿Cómo se dice?
—¿Llenar la botella con agua...? –Erika asintió repetidamente, sonriente.– ¡Ah! Entonces ve. ¡Y trata de que no pescar ningún pez! –Bromeó usando ese humor tan blanco propio de ella. Luego se inclinó hacia la canasta y comenzó a guardar los tuppers para llevar todo al claro.

Erika caminó apurada hacia el río, que en realidad era un arroyo. Estaba a unos 50 metros del claro. El agua era extrañamente cristalina y dulce. Apenas llegó al arroyo lo primero que hizo fue enjuagar la botella por dentro y por fuera. Sus movimientos eran toscos y ansiosos; de vez en cuando se escuchaba cómo el vidrio tintineaba cuando chocaba contra las lisas piedras del fondo del arroyo. Hundió horizontalmente la botella con la boca de ésta en contra de la dirección del agua que fluía suavemente de manera ininterrumpida. Mientras la botella se llenaba, la joven Iori observó su propio reflejo distorsionado en el agua y su mente no tardó en perderse en la absoluta nada por unos cuantos segundos. La botella se llenó en cuestión de segundos y su cabeza permaneció apagada por un fragmento de tiempo más, hasta que se dió cuenta de que se había disociado. Quitó la mirada de su reflejo, tan sólo para fijarla de inmediato en otra; puntiaguda y distorsionada en el agua Extrañada alzó su mirada, topandose de frente a una criatura que parecía todo y nada; Era del tamaño de un perro de raza mediana, de ojos saltones y redondos. Tenía 2 pares de orejas similares a los de un conejo, y un cuerpo excesivamente regordete, cubierto de pelo moteado en negro y gris cenizo de textura pajosa. se apoyaba en cuatro patas ovinas y una cola peluda y larga que se retorcía como la de un simio, aferrandose a una de sus patas. El corazón de la hechicera se paralizó del susto y por 5 segundos se le olvidó que era una hechicera. Gritó asustada y saltó hacia atrás, tirándole el agua encima a la maldición como si eso fuese efectivo. La criatura se quedó completamente estática, con la misma mirada perdida que hace un minuto tenía Erika, fija en el agua —en su propio reflejo— La joven de trenzas se agarró el pecho con fuerza, sintiendo como su pulso latiendo a golpes bruscos y acelerados. Se tomó la poca agua que había quedado en la botella, y al ver que la criatura no hacía nada se echó a reír como loca.

—¡Maldito susto! Casi me muero...

Erika se acercó con precaución nuevamente al arroyo para llenar la botella con agua. La maldición se quedó quieta; no gruñía, no atacaba, ni chillaba, simplemente alzó su mirada hacia la humana tan rara que tenía en frente. Ladeó su cabecita. Le generaba curiosidad ver cómo llenaba ese envase semi transparente de agua. Y le generaba aún más curiosidad ver que la hechicera frente a él no intentaba asesinarlo.

Al terminar de llenar la botella, Erika extendió la mano hacia la criatura con cautela, pero la criatura ni siquiera se tensó, mantenía esa postura torpe y regordeta, apoyada sobre sus cuatro patas de cabra mientras su cola larga se desenrollaba de una de sus extremidades para quedar flotando floja sobre la tierra húmeda.
Ladeó la cabeza hacia el otro lado, siguiendo el movimiento de los dedos de la chica con esos ojos saltones y amarillentos que no parpadeaban. Dejó escapar un sonido grave; una mezcla entre el rumiar de una oveja y el chasquido seco de una rama al quebrarse, pero sin rastro de agresividad.

En lugar de saltar o soltar una mordida, la criatura avanzó medio paso, hundiendo una de sus pezuñas en el fango a la orilla del agua. Estiró el hocico plano hacia los dedos de Erika, olfateando el aire con dos espiraciones cortas que hicieron vibrar sus orejas de conejo. Olía a moho, a corteza podrida y al leve rastro del jugo de manzana concentrado que aún impregnaba las manos de la hechicera.
A unos veinte metros de allí, la voz de Miwa resonó entre los troncos de los árboles, cortando el silencio del bosque.
—¡Erika! ¿Todo bien por allá? —gritó la chica de cabello azul desde el claro, aunque el sonido de sus pasos delataba que no se había movido del sitio donde estaba guardando las cosas—. ¡Ya terminé de poner el picnic!
La criatura alzó de golpe los dos pares de orejas al escuchar el grito lejano, pero sus ojos continuaron fijos en Erika y en la mano que permanecía extendida en el aire.
¡Ya voy! —Gritó Erika con urgencia mientras apartaba de golpe la mano de la criatura. Se le quedó observando al espíritu maldito. No lo iba a matar, había decidido no hacerlo. ¿Y por qué? Porque no la había atacado, así de sencillo.
—Vete, o te van a matar. –le indicó en un murmuro lo suficientemente alto para que la maldición la "escuchara" -si es que podía entenderle- y le hiciese caso.–