Work Text:
En los meses posteriores del fallecimiento de su esposo, Kei no sabe qué hacer. Apenas ha logrado que su hija se duerma, luego de que se despertara a mitad de la noche sollozando, pidiendo los brazos de su padre Omega, que apenas la sostuvo unos instantes después de que naciera.
Por lo que, cuando Kei la mece en sus brazos, no puede otorgarle el consuelo ni la calidez que necesita. Ni siquiera sabe cómo cuidarla, aunque lo intenta.
Hitoka es una bebé de primavera, tan pequeña que Kei no supo cómo cargarla cuando nació. Es una copia exacta de él, desde su cabello hasta sus ojos miel. Pero, a veces, cree avistar un reflejo de su esposo en su hija. A veces, se va a dormir con la pesadez en el pecho de que Hitoka jamás lo conocerá, con una angustia que no se ha permitido sentir. La pérdida de su otra mitad.
Su madre es de gran ayuda. Cuida de Hitoka con la expertiz de una madre que ha criado a dos hijos, aunque tampoco logra evitar que su hija solloce y se despierte en las noches, inquieta, a veces negándose a tomar la leche tibia de su biberón. Pronto, nota el cansancio en el rostro de su madre, que ya es demasiado vieja como para criar otro bebé.
Kei, entonces, se encuentra dividido entre sus deberes como protector de la manada y sus deberes como padre. No ha cumplido los primeros desde que falleció su esposo, y, aunque comprenden su duelo, pronto se hará invierno, y con el invierno hay hambre.
Tarde o temprano, aparecerán intrusos que intentarán robarse sus reservas de trigo y conservas de vegetales y fruta, sus ovejas y gallinas que dan sustento a todas las familias de la comunidad. Tarde o temprano, tendrá que desposar a algún omega de la manada con el cual repartirse los deberes que él carga. Para que cuide de Hitoka muchísimo mejor de lo que un Alfa como Kei podría. Eso es lo que le dice su madre, un día.
—Por enésima vez, madre, puedo encargarme perfectamente de mi hija. Además, han pasado solo unos meses desde que… —Kei se da cuenta de que no puede nombrarlo, hay un dolor en su garganta que se lo impide. Si no respira profundamente, sabe que se derrumbará. Y no puede dejar que su madre vea su dolor, pues solo le dará otro motivo por el que debe conseguir otro omega.
—El duelo te acompañará durante mucho tiempo, eso lo sé. Pero no te estoy diciendo que reemplaces lo que él fue para ti, nadie podrá hacerlo. Aún así, Kei, hijo, debes pensar en Hitoka. Tu hija necesita cuidados que tú no puedes darle, necesita el vínculo con el que solo se puede formar con la calidez de un omega y tú… tú también necesitas a alguien con quien puedas compartir toda la angustia que llevas aquí
Su madre apuntó hacia su pecho, hacia su corazón, que desde hace unos meses solo se ha vuelto pesado y doloroso dentro de su esternón.
—No necesitas buscar a uno ahora mismo, pero al menos piénsalo, ¿sí?
Kei se marcha con su hija, sin mirar el rostro de su madre. No puede soportar la mirada de compasión que hay en sus ojos. Y, nuevamente, se traga la angustia que se asienta en su pecho. Se ha convertido en una maraña de un montón de sentimientos que
Kei no puede nombrar, pero que tampoco se permitirá sentir. Ni llanto, ni lágrimas. Tampoco la dulzura de un amor que sintió una vez, y que ahora yace enterrado frío en la tierra.
El invierno llega, azotando las puertas de las cabañas con un viento impetuoso. Afuera, la luna está llena, acompañada de miles de estrellas. Hitoka no ha podido dormirse, por más que Kei la arrulle y tararee nanas que aprendió de cuando era un niño. La ha arropado con varias mantas, para que no pase frío, incluso si las brasas en el hogar irradian un calor que provoca que las mejillas se le pongan coloradas.
La bebé se queja en su cunita, y Kei no sabe qué hacer. Hitoka se ha puesto de un color pálido, pero su pelito está apelmazado por el sudor en sus sienes. Se da cuenta de que necesita ayuda urgentemente, de la sanadora del pueblo que vive no muy lejos de la cabaña de Kei.
Sujetando a Hitoka contra su pecho, protegiéndola del frío y el viento, Kei se encamina hacia la cabaña de la sanadora. Desesperado, aporrea la puerta, esperando que lo escuchen por si está dormida. Son altas horas de la noche, y, en invierno, toda la manada se resguarda temprano.
Pasan unos segundos antes de que la puerta se abra, pero el rostro que se asoma no es el de la sanadora. Alumbrado por la tenue luz de una vela, el joven enfrente de él lo mira con alerta. Luego se percata de la bebé que Kei sostiene entre sus brazos. Con los labios entumecidos, Kei le dice que es su hija, y que necesita ayuda de la sanadora. Entonces, el joven le deja entrar, haciéndose a un lado. Le responde que su abuela está durmiendo, pero que por mientras él puede ayudarlo.
Rápidamente, enciende una lámpara de aceite que ilumina toda la estancia. También aviva el fuego poniendo otro leño. Mientras tanto, le indicó a Kei que se sentase cerca, para que entibiase su cuerpo, entumecido en las extremidades por el frío invernal. Ni siquiera se había puesto encima un abrigo para salir. No había notado lo helado que estaba hasta que el joven se le acercó para ponerle una mano en la frente, para comprobar si es que él también estaba enfermo.
Era extraño sentir el tacto de alguien sobre su piel. Como un cachorro, inevitablemente, Kei se inclinó hacia él. Hitoka se removió inquieta en sus brazos. El joven hizo lo mismo con ella, y Kei notó que lo mismo sucedía con su hija. Se inclinaba a su tacto.
—Está demasiado arropada, pero no es fiebre lo que ella tiene, si es que te preocupa —dice al fin. Kei soltó un suspiro de alivio, y lo observa mientras saca una tetera del gancho de encima del fuego, para preparar té.
—¿Sabes lo que tiene, entonces? —pregunta rápidamente.
—No con exactitud. Pero puedo hacer una suposición.
—Dímela —dice, su tono es demandante, y Kei nota que el joven se crispa, como un gato asustado—. Por favor, sólo quiero saber qué es lo que le ocurre. Lleva meses intranquila, se despierta en las noches y llora, y por más que lo intento, no puedo hacerla dormir…
—¿Quién ha llamado a la puerta a esta hora, Tadashi? —pregunta una voz desde una de las habitaciones, antes de salir hacia la estancia. Es Kyo, la sanadora del pueblo. Tiene el cabello plateado y unos ojos astutos como un halcón.
—No lo conozco —dice el joven. Ahora Kei sabe su nombre, pero él tampoco nunca lo había visto—. Pero ha venido con su hija y…
—Tsukishima Kei, vaya. Hola, querido. Te ves realmente mal, ¿has pasado demasiado tiempo afuera? ¿Qué le pasa a Hitoka?
Por alguna razón, Kei esperó que Tadashi respondiera por él. Porque no sabía qué le pasaba a su hija. Le respondió que hasta el momento se encontraba bien, que el calor del fuego poco a poco le disipaba el frío de los huesos.
—Aún así, te ves bastante pálido. Tadashi, échale un ojo y ve si es que no ha pescado un resfriado.
—Ya lo he hecho. Aparte de la palidez, creo que se ve bien.
—Bueno, pues parece que puedes encargarte tú solo.
Nuevamente, se quedaron solos. Junto a Hitoka, que ahora dormitaba, tranquila. Tadashi le indicó que pusiera su cabecita sobre la curvatura de su cuello. Sin preguntar por qué, Kei obedeció.
—Dijiste que tenías una suposición.
Tadashi asintió. Habló luego de dar un sorbo a su té.
—Sí, más o menos. Creo que lo que sucede tiene que ver más contigo que con tu hija.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando nacen, los cachorros necesitan el contacto de su madre… así comienzan a familiarizarse con sus feromonas, y tú, aunque creo que eres un Alfa, las has reprimido.
—Pero no fue mi intención hacerlo.
—A veces, cuando el cuerpo ha pasado por demasiado, decide reprimir algunas cosas, con el único propósito de mantenerse protegido o alerta.
Kei, en ese momento, pensó en cuánto se había reprimido desde el nacimiento de su hija. Su dolor, sus lágrimas. Todo para verse lo suficientemente fuerte como para criar a Hitoka.
Ahora que los vientos se han calmado, Kei decide que es momento de regresar. Le agradece a Tadashi por su ayuda. Él le pide que intente bajar las barreras con su hija, que permita que su instinto forme un vínculo, incluso si eso significa que sentirá debilidad.
Kei asiente en silencio. Antes de que se marchen, Tadashi le pide que espere un momento y va hacia su habitación. Regresa con una manta tejida, lo suficientemente grande como para cubrir los hombros de Kei.
—La próxima vez, asegúrate de abrigarte. No querrás enfermarte y tener que volver aquí —dice Tadashi con un gesto divertido.
—Si es que así puedo volver a verte y pagarte por tu ayuda… —dice Kei.
Con una sonrisa, Tadashi negó. Kei notó que tenía una peca cerca de su labio inferior.
—No me debes nada. Solo procura que te cuidarás tú también, ¿sí?
Cuando Kei vuelve a su hogar, lo primero que hace es alimentar al fuego. Para calentar la leche y darle su biberón a Hitoka, que ya se queja por el hambre.
Mientras su hija toma la leche, con los ojitos cerrados, Kei intenta volver a sentir como lo había hecho antes. Le cuesta, pero en ese instante siente amor por su hija, tristeza por lo que perdió, y esperanza por lo que puede volver a tener. Deja que unas pocas lágrimas rueden por sus mejillas, deja que la esperanza le empape el alma.
Entonces, Kei siente el aroma lechoso proveniente de su bebé. También siente el suyo, que hace mucho que no notaba. Deja que sus feromonas hablen por él, e intenta transmitir todos los sentimientos que lo desbordan.
También siente otro aroma. Uno que es dulce y ligero, como el de las bayas del bosque. Se da cuenta de que proviene de la manta de lana que Tadashi puso sobre sus hombros.
Decide que, por más que una parte de él quiera quedársela, debe devolverla a su dueño. Así pues, tiene una excusa para volver a verlo.
