Chapter Text
Dunk Natachai Boonprasert no sabía cómo había terminado ahí.
Estaba afuera de los edificios de la facultad, esperando su turno para el registro de datos. Normalmente él no se encargaba de ese tipo de trámites, pero había decidido empezar a ser independiente. Porque si quería estudiar Comunicación, tendría que pagarlo con su propio dinero.
Eso fue lo que sus padres le dijeron antes de retirarle el apoyo económico, con la excusa de que ya tenía edad suficiente para valerse por sí mismo. En realidad, era solo una forma de presionarlo para que se quedara en Informática y, eventualmente, se integrara a la empresa familiar algo que él no quería.
Al principio, ellos habían aceptado que estudiara Comunicación… pero con la idea de que “ya cambiaría de opinión”. Durante dos años insistieron en que todavía estaba a tiempo de cambiarse de carrera o de reconsiderar su futuro en la empresa.
Dunk se negó una y otra vez.
Hasta que un día sus padres le dieron un ultimátum. —Si vas a seguir desperdiciando tu vida en esa carrera, deja de hacerlo con nuestro dinero.
Así que se armó de valor y dijo que no necesitaba su dinero que no trabajaría en algo que no amaba.
Esa misma noche fue a casa de su amigo Boom, donde el ingenioso prodigio—y futuro contador—le ayudó a idear un plan de administración. El resultado fue una gran venta de pertenencias de Dunk para reunir dinero rápidamente y poder asegurar un lugar en los dormitorios cerca de la facultad antes de que se agotaran los espacios claro, sería una habitación compartida pero era mejor que dormir en la calle aunque, irónicamente… ahora eso le parecía una opción bastante atractiva.
La señorita le entregó la carta de asignación de dormitorio con el número 205. Dunk la tomó con una mezcla de cansancio y expectación que no terminaba de entender.
Cuando llegó, notó que una de las habitaciones ya había sido ocupada. Sin embargo, el dueño no estaba en el departamento. Sin demasiada curiosidad, Dunk decidió ir a buscar su propia recámara.
Era pequeña en comparación con su cuarto en la casa de sus padres, pero le resultó… cómoda. En realidad, todo el departamento tenía un ambiente mucho más agradable que su propia casa, suspiró, dejando la maleta sobre la cama, y comenzó a desempacar su ropa y artículos personales. Le mandó un mensaje a Boom avisando que ya estaba instalado en su nuevo dormitorio luego dejó el celular cargando y entró a darse una ducha, por lo menos había dos baños, ambos con regadera. Uno estaba afuera de su cuarto, justo frente a su habitación, en el pasillo que llevaba a la pequeña sala y al comedor. Frente a ese mismo pasillo había otra habitación, y al fondo estaba el segundo baño ese lado, definitivamente, era el de su compañero.
Dunk no le dio demasiadas vueltas el agua caliente lo relajó más de lo esperado sintió que su mente dejaba de correr en círculos y se apoyó contra la pared de la ducha unos segundos, dejando que el sonido del agua llenara el silencio sus músculos se relajaron primero, luego su respiración, y después sus pensamientos empezaron a volverse cada vez más lentos, como si alguien hubiera bajado el volumen de su mente sin avisarle.
“Solo cinco minutos más…” Dunk apoyó la cabeza contra el borde de la bañera, sintiendo el calor envolverlo de forma pesada, casi cómoda, entonces pasaron horas...
El techo del baño estaba borroso por el vapor le tomó unos segundos recordar dónde estaba, qué estaba haciendo, y peor aún… cuánto tiempo había pasado.
Se incorporó de golpe.
—¿Ah…?
El agua ya estaba tibia, casi fría.
—No… no puede ser…
Se levantó de la bañera con torpeza, agarrándose del borde para no resbalar. El cansancio lo golpeó de inmediato, como si su cuerpo le estuviera reclamando la estupidez de haberse dormido ahí.
Se envolvió rápido en una toalla, aún medio aturdido, y abrió la puerta del baño el aire del departamento lo recibió distinto y el olor también, la cocina alguien estaba cocinando Dunk se quedó quieto en el pasillo, escuchó el sonido leve de algo en la estufa, el choque suave de un utensilio contra una sartén. Había luz en la cocina. Una luz cálida que no había estado encendida antes, tragó saliva.
“Ah… claro.” su compañero de piso todavía no lo había visto caminó despacio, casi sin hacer ruido, siguiendo el aroma el estómago le respondió antes que su mente, con un leve sonido de protesta que lo hizo fruncir el ceño.
—Genial… —murmuró para sí mismo—. Morí en la bañera y ahora tengo hambre.
Dobló la esquina del pasillo y se detuvo.
La cocina estaba ocupada una silueta de espaldas se movía con calma entre la estufa y la encimera. Vestía ropa sencilla y su postura era relajada, como si aquel lugar ya le perteneciera. Dunk no podía verle el rostro. Solo observaba cómo apagaba el fuego y servía la comida en un plato con una seguridad que no parecía la de alguien que acababa de mudarse a un departamento compartido. El aroma era más intenso ahora comida casera de verdad nada de fideos instantáneos ni comida rápida. Dunk parpadeó despacio. «Bueno… esto es nuevo». Se apoyó con cuidado en el marco de la pared, sin terminar de entrar a la cocina. El desconocido dejó el plato sobre la mesa y, como si hubiera sentido que lo observaban, giró apenas la cabeza. Dunk no se movió todavía no solo lo miró porque, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, el ambiente de aquel departamento acababa de cambiar otra vez.
Era Joong...su Joong.
No...Ya no.
Era su exmejor amigo.
Dunk sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones de golpe. Los recuerdos llegaron sin pedir permiso, golpeándolo con una fuerza que creyó haber dejado atrás años atrás.
Joong Archen había sido su mejor amigo durante diez años. Desde primer grado. Desde que ambos tenían cinco años y compartían el recreo porque ninguno sabía con quién jugar. Crecieron juntos, aprendieron a andar en bicicleta, hicieron tareas interminables, celebraron cumpleaños y pasaron más tiempo en casa del otro que en la suya. Durante mucho tiempo, Dunk creyó que aquello duraría para siempre hasta que dejó de hacerlo.
Porque se enamoró de él y eso nunca fue el verdadero problema.
Nunca odió la idea de amar a Joong lo que realmente odiaba era la posibilidad de que Joong jamás pudiera sentir lo mismo.
Joong siempre había sido el tipo de persona que sonreía incluso cuando las cosas iban mal. Era amable, empático y tenía la extraña capacidad de encontrar algo bueno en cualquiera. Precisamente por eso, también era alguien que se hería con facilidad bastaba un comentario hacia él o hacia su familia para que toda esa paciencia desapareciera cuando eso ocurría, actuaba antes de pensar, cegado por la rabia y el dolor y Dunk siempre estaba ahí era él quien lograba calmarlo. Quien le recordaba que esas personas no valían la pena. Quien conseguía hacerlo sonreír otra vez.
Hasta que fue él quien terminó haciéndole más daño que cualquiera de ellas.
Todo comenzó cuando Joong empezó a tener más amigos, más invitaciones para salir y más personas interesadas en él. Dunk sintió miedo. No porque creyera que dejarían de ser amigos de un día para otro, sino porque, por primera vez, entendió que podía perder el lugar que ocupaba en la vida de Joong, nunca reunió el valor suficiente para confesarle lo que sentía y tampoco habría soportado verlo enamorarse de alguien más, solo imaginar a Joong hablando de otra persona con esa sonrisa bastaba para sentir que algo dentro de su pecho se quebraba lentamente así que hizo lo único que creyó que podía protegerlo.
Se alejó.
Al principio fueron pequeños cambios los nuevos horarios, los distintos clubes, Joong eligió baloncesto y fotografía; Dunk se unió al equipo de fútbol y al club de periodismo, después llegaron los nuevos amigos, las conversaciones cada vez más breves y los pasillos recorridos por separado, se convenció de que era normal, que así ocurría cuando uno entraba a la preparatoria, pero ambos sabían que aquello no era cierto.
Joong lo buscó durante meses, le escribía mensajes, lo esperaba al terminar las clases y le preguntaba una y otra vez si había hecho algo mal Dunk nunca respondió con la verdad simplemente siguió alejándose hasta que un día Joong dejó de buscarlo, desde entonces solo se cruzaban por casualidad entre los pasillos de la escuela dos desconocidos que alguna vez habían sido inseparables.
Lo peor fue descubrir que la distancia no hacía desaparecer los sentimientos el dolor seguía ahí silencioso y constante como una aguja clavada en el corazón y había sido él quien la había enterrado con el tiempo llegó a convencerse de que algún día dejaría de doler. Que terminaría olvidándolo y que nunca volvería a sentir aquella presión en el pecho pero estaba equivocado.
Porque ahora, después de tantos años Joong estaba otra vez frente a él.
—Hola.
La voz de Joong lo arrancó de sus pensamientos.
Dunk levantó la vista.
Joong lo observaba con una expresión que ya no sabía interpretar.
Había cambiado era más alto de lo que recordaba, sus hombros se habían ensanchado y llevaba el cabello un poco más largo, lo suficiente para enmarcar su rostro y hacer que sus ojos resaltaran todavía más, era ridículo, cinco años sin hablarle, cinco años intentando convencer a su corazón de que ya lo había superado y bastó con volver a verlo para comprender que no había avanzado absolutamente nada.
Seguía enamorado de Joong Archen.
—¿Estás bien? —preguntó otra vez al notar que Dunk seguía sin responder.
Dunk parpadeó varias veces antes de volver a la realidad. —Sí... lo siento. Creo que sigo un poco mareado. Me quedé dormido en la bañera.
El silencio apenas duró un segundo.
Su estómago rugió con tanta fuerza que incluso él se sorprendió, quiso desaparecer después de cinco años sin hablar, esa era su primera conversación y estaba haciendo el ridículo.
Joong soltó una risa baja no era una burla cruel era esa risa suave que Dunk conocía demasiado bien.
—Ven —dijo mientras señalaba la mesa—. Preparé demasiada comida pensaba compartirla con mi nuevo compañero de todas formas.
Dunk dudó un instante.—Gracias...—Se acercó despacio y tomó asiento frente a él—Por cierto... me llamo Dunk.
Joong levantó la vista de su plato entonces sonrió una sonrisa pequeña, casi nostálgica.—Lo sé.
Dunk sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Antes solía conocerte bastante bien.
El silencio que siguió fue mucho más pesado que cualquiera de los cinco años que habían pasado separados.
Porque los dos sabían que aquella frase significaba mucho más de lo que Joong había dicho en voz alta.
—Sabe muy bien. —Gracias. Otra vez silencio. Dunk removió el arroz con el tenedor antes de hablar de nuevo. —No sabía que cocinaras.
—Aprendí cuando me mudé.
—Ah... Asintió despacio.
Claro cinco años eran suficientes para que una persona aprendiera a cocinar, cinco años eran suficientes para que cambiara por completo.
—¿Desde cuándo vives aquí? —preguntó Dunk. —Desde el semestre pasado.
—Entonces... ¿ya conoces bien la universidad?
—Más o menos.
La conversación volvía a morir cada pocos segundos antes no era así con Joong podía hablar durante horas sin pensar qué decir después ahora cada pregunta parecía una entrevista.
Dunk soltó una risa nerviosa. —Sigues hablando igual de poquito.
Joong levantó la vista del plato. —Tú sigues hablando demasiado.
Por un segundo ambos sonrieron fue algo pequeño instintivo como si durante un instante hubieran vuelto a tener quince años, pero desapareció tan rápido como apareció.
Dunk jugueteó con el vaso de agua. —Me alegra que estés bien.
Joong tardó unos segundos en responder. —¿Sí?
La pregunta tomó a Dunk por sorpresa. —Claro.
Joong dejó los cubiertos sobre la mesa. —Es curioso la última vez que hablamos desapareciste sin decirme una sola palabra.
El aire del departamento pareció quedarse inmóvil. Dunk sintió un nudo formarse en la garganta. Había imaginado muchas veces volver a encontrarse con Joong pero nunca había pensado qué respondería cuando llegara esa pregunta.
El silencio que siguió fue diferente más honesto o más peligroso porque ahora no era solo el pasado entre ellos era algo que ninguno de los dos había querido mirar de frente hasta ahora.
Dunk sintió cómo el aire del departamento se volvía más pesado. Tenía la sensación de que cualquier palabra que dijera a continuación podía romper algo que no sabría cómo volver a armar y como siempre, hizo lo único que sabía hacer cuando las cosas se volvían demasiado reales.
Evitarlo.
Se aclaró la garganta, apartando la mirada. —¿Tú… tomaste clases de cocina o algo asi? —preguntó de repente, demasiado rápido, demasiado forzado.
Joong lo observó en silencio no respondió de inmediato.
Dunk sintió el error en el aire antes de que llegara la respuesta.
—¿Estás cambiando de tema? —preguntó Joong al fin, su voz no era alta pero era firme.
Dunk parpadeó.—No, yo solo….—se detuvo porque mentirle a Joong nunca había funcionado ni antes ni ahora.
Joong dejó los cubiertos sobre el plato con calma, como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de evasiones. —Está bien —dijo finalmente demasiado tranquilo.
Eso hizo que a Dunk le doliera más.
—Podemos hablar de otra cosa —añadió Joong, sin apartar la mirada.
Dunk soltó una pequeña risa incómoda, bajando la vista. —Sí… mejor.
El silencio volvió, pero ahora era distinto menos pesado pero no más fácil.
Joong volvió a su comida, aunque ya no parecía tan concentrado como antes. Dunk, en cambio, se obligó a comer un poco, aunque no sintiera realmente el sabor de nada después de unos segundos, Joong habló otra vez. —El dormitorio tiene reglas.
Dunk levantó la vista.—¿Reglas?
—Nada de ruido después de medianoche… y nada de dejar platos sucios en el fregadero.
Dunk asintió.—Suena razonable.
—Lo es.
Una pausa breve Joong añadió, sin levantar mucho la voz:—Y nada de invitados pasando la noche.
Dunk parpadeó.—¿Eso también es una regla?
—Sí.
La respuesta fue simple directa demasiado firme para algo que supuestamente era obvio.
Dunk lo miró un segundo más de lo necesario. —¿Tienes problemas con gente que traiga visitas?
Joong no apartó la mirada.—Tengo problemas con el ruido, el desorden… y la gente que no sabe respetar el espacio que no es suyo.
El aire se tensó apenas.
Dunk soltó una risa leve, intentando quitarle peso.—Entendido, capitán del orden.
Joong lo observó unos segundos luego volvió a su plato. —No es broma.
Dunk bajó la mirada, pero la sonrisa se le quedó un poco más tiempo del que esperaba.
Había algo en esa seriedad algo demasiado familiar y, aun así, completamente distinto a lo que recordaba el silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era incómodo solo… nuevo como si estuvieran aprendiendo otra vez a existir en el mismo espacio.
La cena terminó sin que ninguno de los dos supiera exactamente en qué momento. No hubo un cierre claro, ni una despedida formal. Solo el sonido suave de los platos siendo recogidos y ese silencio que, poco a poco, dejó de ser incómodo Dunk fue el primero en levantarse.
—Creo que… voy a dormir —dijo, rascándose la nuca, como si de pronto no supiera qué hacer con sus manos.
Joong asintió sin apartar del todo la atención de la cocina.—Mhm.
Dunk dudó un segundo antes de girarse hacia el pasillo, pero no se movió de inmediato se quedó ahí, como si esperara algo, como si buscara una forma de decir algo más sin saber qué al final solo soltó una risa pequeña, algo torpe.—Buenas noches.
Joong lo miró apenas un segundo.—Buenas noches.— eso fue todo.
Dunk caminó hacia el pasillo, sus pasos más lentos de lo necesario, como si su cuerpo no estuviera del todo convencido de irse. La puerta de la habitación se cerró con suavidad el silencio dentro era distinto al del resto del departamento, más cerrado, más pesado Dunk se quedó de pie unos segundos antes de dejarse caer en la cama sin molestarse en encender la luz el techo blanco apenas se distinguía en la penumbra respiró hondo el día entero le cayó encima de golpe el reencuentro, la comida, la voz de Joong, su mirada, cinco años comprimidos en una sola mesa cerró los ojos
.
—Qué desastre… —murmuró para sí mismo, sin saber si lo decía con frustración o alivio.
En la cocina, Joong terminó de acomodar lo último sin prisa el agua corría de fondo, constante sus movimientos eran precisos, automáticos, pero su atención ya no estaba realmente en los platos. Se quedó quieto un momento, con las manos apoyadas en el fregadero el departamento estaba en silencio otra vez.
Joong exhaló suave por la nariz y continuó lavando, como si no hubiera nada más que hacer como si nada acabara de sentir un tornado en sus emociones.
