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Paralaje

Summary:

Tras la boda de Chrome y Ruri, Senku comienza a reconstruir una conversación que creyó haber entendido. Lo que encuentra al final no es una respuesta nueva, sino una perspectiva distinta sobre alguien que nunca dejó de ser la misma.

Chapter 1

Notes:

Yo: "Voy a escribir un smut porque ¡vivan las cochinadas! (y porque siempre viene bien agregar un fic más a la serie de Fricción Molecular)"
También yo, cinco minutos después: "Bueno, pero primero necesito darle un poco de contexto para que no sea sexo por el sexo mismo..."
También yo, tres horas después: "¿Qué implicancias filosóficas tiene que Senku haya respondido la pregunta equivocada durante toda una noche?"

Resultado: cero cochinadas, dos capítulos de introspección, un beso que me dio demasiada ternura como para arruinarlo y un título basado en un concepto de astronomía.

Supongo que el smut se convirtió en daño colateral de desarrollar demasiado bien los sentimientos.

Chapter Text

La aldea llevaba varias horas sumida en el silencio cuando Senku comprendió que dormir sería una causa perdida. Permanecía acostado sobre el futón, con un brazo bajo la cabeza y la vista fija en las gruesas vigas que atravesaban el techo de la habitación. Hacía tiempo que aquellas construcciones habían dejado de depender únicamente de la madera y el bambú que las habían visto nacer. Bajo la apariencia sencilla de las antiguas cabañas se ocultaban uniones metálicas, tratamientos impermeabilizantes y refuerzos capaces de resistir temporales que años atrás las habrían reducido a escombros. La ciencia les había permitido levantar edificios completamente distintos si ese hubiera sido el objetivo. Hormigón, acero, vidrio... ninguno representaba ya un desafío técnico. Sin embargo, cuando llegó el momento de reconstruir la aldea, la decisión había sido otra.

Nadie quiso reemplazarla.

Prefirieron fortalecerla.

Mantener la esencia de la aldea Ishigami mientras la dotaban de los avances necesarios para enfrentar un mundo completamente diferente. A simple vista seguía siendo la misma aldea que lo había recibido tras despertar a Chrome y Kohaku siglos atrás; solo hacía falta observar con atención para descubrir que, bajo aquella apariencia familiar, todo era más sólido, más resistente y más preparado para el futuro.

Senku dejó escapar el aire lentamente.

Resultaba curioso.

La ciencia siempre había consistido en avanzar, pero eso nunca había significado desechar todo lo anterior. Algunas veces el verdadero progreso no consistía en sustituir, sino en comprender qué valía la pena conservar antes de seguir construyendo.

Tal vez por eso le estaba resultando tan difícil dejar atrás los acontecimientos de aquella tarde.

Una corriente de aire se deslizó por la ventana abierta, llevando consigo el aroma húmedo de la tierra mezclado con el humo tenue de las fogatas que todavía agonizaban en el centro de la aldea. El viento hizo crujir levemente las paredes mientras el canto ininterrumpido de los insectos terminaba de envolver la noche con una monotonía que normalmente le resultaba reconfortante. En cualquier otra circunstancia habría aprovechado aquel silencio para ordenar ideas, revisar mentalmente el siguiente experimento o resolver algún problema pendiente antes incluso de levantarse al amanecer. Sin embargo, cada vez que intentaba conducir sus pensamientos hacia el laboratorio, estos terminaban regresando, una y otra vez, al mismo lugar.

La imagen de Chrome de pie frente a Ruri apareció con absoluta claridad.

Le costaba recordar la última vez que lo había visto tan nervioso. Había intentado mantener la compostura durante toda la ceremonia, aunque cualquiera que lo conociera lo suficiente habría sido capaz de notar el ligero temblor en sus manos o la forma en que buscaba a Ruri con la mirada cada pocos segundos, como si necesitara comprobar que todo aquello estaba ocurriendo de verdad. Ella, en cambio, había permanecido serena desde el principio hasta el final, respondiendo a cada palabra con una tranquilidad que solo parecía reforzar el entusiasmo casi torpe de Chrome.

Resultaba difícil imaginar a uno sin el otro.

No porque fueran iguales.

Precisamente porque no lo eran.

Chrome seguía siendo el mismo muchacho impulsivo que había conocido años atrás, incapaz de ocultar la emoción cuando un experimento funcionaba o de contener la curiosidad frente a cualquier fenómeno que no comprendiera. Casarse no había alterado nada de eso. Del mismo modo, Ruri seguía siendo la mujer paciente y observadora que siempre había sido. Ninguno había renunciado a su identidad para construir una vida junto al otro.

Simplemente habían decidido avanzar... juntos.

Quizá por eso la conversación que tuvo lugar inmediatamente después seguía resistiéndose a desaparecer de su memoria.

Chelsea había sido la primera en romper el silencio, observándolo con esa curiosidad descarada que nunca hacía el menor esfuerzo por disimular.

- Ahora que Chrome ya se casó... ¿tú tienes algún interés amoroso?

La pregunta, como era de esperar, no tardó en convertirse en otra mucho más absurda. Si llegaba el momento... ¿Entre Luna y Kohaku cuál escogería?

Recordarlo todavía le provocaba el mismo fastidio. La sola formulación del problema le parecía equivocada. Como si las personas pudieran alinearse sobre una mesa y bastara con comparar fortalezas, debilidades o probabilidades de éxito hasta decidir cuál convenía más. Había respondido casi por reflejo que no iba a escoger a una mujer como si fuera un objeto. Ni entonces ni ahora encontraba motivo alguno para cambiar de opinión.

Las personas siempre habían sido el componente más importante del Reino de la Ciencia. Cada una ocupaba un lugar porque poseía conocimientos, capacidades o formas de pensar que nadie más podía aportar. Él mismo llevaba años organizando equipos de esa manera, distribuyendo responsabilidades según las fortalezas de cada uno: Kaseki construía porque nadie igualaba su habilidad como artesano, Chrome investigaba porque su intuición científica era extraordinaria, Ukyo escuchaba donde otros pasaban por alto los detalles, Kohaku protegía porque muy pocos podían compararse con ella en combate. Aquel criterio era indispensable para reconstruir una civilización. Pero una relación pertenecía a un terreno completamente distinto… pretender resolver ambas cosas mediante la misma lógica le parecía un error de principio.

Y, sin embargo, cuanto más reconstruía la conversación de aquella tarde, más evidente se volvía que Kohaku había comprendido su respuesta mejor que nadie.

Él había dicho que no iba a escoger. Así que ella eliminó por completo esa necesidad: "Si yo te eligiera... entonces podríamos comprometernos, si tú lo deseas."

Senku volvió a escuchar aquellas palabras con una claridad incómoda.

Durante la celebración creyó haber entendido perfectamente lo que Kohaku quería decir. Pensó que simplemente le estaba preguntando si deseaba comprometerse con ella y respondió de la única manera que consideró honesta: no tenía tiempo para una relación. La conversación continuó, la boda siguió su curso y él dio el asunto por concluido.

Ahora ya no estaba tan seguro.

Permaneció varios minutos reconstruyendo aquella conversación casi palabra por palabra, como si revisara un experimento cuyos resultados no coincidían con la hipótesis inicial. Cuanto más analizaba cada frase, más evidente se volvía que había interpretado las palabras de Kohaku como una continuación de la pregunta de Chelsea, cuando en realidad ambas pertenecían a conversaciones completamente distintas.

Chelsea seguía hablando de escoger, Kohaku ya no.

Ella no intentó convencerlo de que era una mejor opción que Luna, no buscó transformar la comparación en una competencia ni esperó que reconsiderara su respuesta. Simplemente aceptó la única afirmación que él había hecho, que no pensaba elegir a una mujer como si fuera un objeto, y formuló una pregunta que nacía directamente de esa respuesta.

"Si yo te eligiera..."

Vista desde esa perspectiva, la frase adquiría un significado completamente distinto.

Kohaku ya había tomado una decisión. No esperaba que él la escogiera por encima de nadie porque esa comparación había dejado de existir en el mismo instante en que él la rechazó. Lo único que hacía era comunicarle la elección que ella misma había realizado y preguntarle, con la misma franqueza con la que enfrentaba cualquier otra situación de su vida, si él sería capaz de responder a esa decisión con una propia.

"…entonces podríamos comprometernos, si tú lo deseas."

Aquellas últimas palabras fueron las que terminaron por descolocarlo: "Si tú lo deseas."

No había exigencia en ellas, tampoco urgencia, ni la expectativa silenciosa de obtener una respuesta inmediata.

Kohaku no estaba intentando conducirlo hacia una conclusión determinada. Había expuesto una posibilidad y la había dejado suspendida entre ambos con absoluta libertad, casi como si colocara una hipótesis sobre una mesa para que él decidiera, cuando estuviera preparado, si quería comprobarla o descartarla.

Fue entonces cuando comprendió dónde había estado el verdadero error: durante toda la conversación creyó que estaba respondiendo a Kohaku, pero no era cierto, había respondido al momento que estaban viviendo, al laboratorio, a las expediciones, a la reconstrucción del Reino de la Ciencia, a la interminable lista de objetivos que todavía quedaban por alcanzar.

Había respondido a la falta de tiempo, a las responsabilidades y a las circunstancias que gobernaban su vida desde el día en que despertó de la petrificación, pero no respondió a la mujer que tenía delante porque Kohaku nunca le preguntó si aquel era el momento adecuado, le preguntó si, cuando él estuviera preparado, sería capaz de imaginar ese futuro con ella.

Y esa pregunta... Esa nunca llegó a contestarla.

El silencio volvió a adueñarse de la habitación. Senku permaneció inmóvil, sin apartar la vista de las vigas que cruzaban el techo, como si esperara que el tiempo bastara para desarmar la conclusión a la que acababa de llegar. No ocurrió. Al contrario. Cuanto más intentaba desplazar la conversación hacia algún rincón menos accesible de su memoria, con más claridad regresaban las palabras de Kohaku, el tono tranquilo con que las había pronunciado y la absoluta naturalidad con que había continuado participando de la celebración después de recibir una respuesta que, vista con la perspectiva de unas pocas horas, resultaba dolorosamente incompleta. No había insistido, no había intentado obtener una explicación distinta ni había vuelto a mencionar el tema. Sencillamente había aceptado que, una vez formulada la pregunta, la siguiente decisión ya no le correspondía a ella.

Era una actitud completamente coherente con la mujer que conocía desde hacía años. Kohaku nunca había intentado imponer su voluntad a los demás. Cuando estaba convencida de algo, actuaba en consecuencia y permitía que el resto hiciera exactamente lo mismo. Lo había demostrado incontables veces, ya fuera lanzándose al combate para proteger a alguien, enfrentando peligros que otros habrían evitado o aceptando con sorprendente rapidez decisiones que no compartía siempre que entendiera las razones detrás de ellas. Aquella conversación no había sido diferente. Ella tomó una decisión, se la comunicó con la misma honestidad con la que comunicaba cualquier otra cosa y, desde ese instante, dejó de intervenir. No porque hubiera perdido el interés, sino porque entendía que la respuesta solo podía nacer de él.

Quizá por eso el siguiente recuerdo apareció con tanta facilidad.

La conversación con Taiju y Yuzuriha había tenido lugar apenas unos minutos después, todavía en medio del bullicio de la celebración. Incluso ahora le costaba recordar cómo Taiju había conseguido apartarlo del resto sin llamar demasiado la atención, algo especialmente improbable tratándose de alguien cuya voz parecía incapaz de descender por debajo de un grito entusiasta. Sin embargo, de alguna manera lo había logrado. Yuzuriha caminaba junto a él con las manos entrelazadas frente al cuerpo y una sonrisa serena que, observada en retrospectiva, delataba mucho más de lo que ella probablemente imaginaba.

- Todavía no se lo hemos dicho a nadie.

Aquellas habían sido las primeras palabras de Taiju. Pronunciadas en un tono que, para cualquier otra persona, habría seguido siendo excesivamente alto, pero que en él representaba un esfuerzo casi heroico por guardar un secreto.

No necesitó más.

Bastó una mirada hacia Yuzuriha para comprender lo que intentaban decirle. El gesto casi inconsciente con el que llevó una mano hasta el vientre, la emoción imposible de ocultar en el rostro de Taiju y la manera en que ambos parecían contener la respiración mientras esperaban su reacción terminaron por completar una conclusión que no requería ninguna explicación adicional.

Un hijo.

En aquel momento la noticia no lo sorprendió demasiado. Desde un punto de vista estrictamente biológico era una consecuencia perfectamente lógica. Taiju y Yuzuriha llevaban años construyendo una vida juntos; tarde o temprano aquello ocurriría. Los felicitó con naturalidad y, durante unos segundos, se limitó a observar la expresión de ambos. No recordaba haber visto nunca a Taiju sonreír de una forma distinta a aquella, ni a Yuzuriha sostenerle la mirada con una tranquilidad tan luminosa. Después la celebración siguió su curso y él volvió a perderse entre las conversaciones de la aldea, convencido de que aquel momento no necesitaba mayor análisis.

La conversación terminó ahí, la celebración continuó y él no volvió a pensar en ello… hasta ahora.

Acostado en la oscuridad de su habitación, comprendió que la noticia había adquirido un significado completamente distinto una vez que el entusiasmo de la fiesta quedó atrás. Durante años había asociado la reconstrucción de la civilización con laboratorios, motores, medicamentos, sistemas de comunicación y todo aquello que permitiera devolverle al mundo el conocimiento perdido tras la petrificación. Su objetivo siempre había sido garantizar que la humanidad recuperara las herramientas necesarias para volver a levantarse. Sin embargo, mientras repasaba la expresión de Taiju y Yuzuriha, descubrió que hacía tiempo la reconstrucción había dejado de medirse únicamente en avances científicos.

La verdadera prueba de que el Reino de la Ciencia había cumplido su propósito no era un nuevo invento.

Era que la gente comenzara a imaginar el futuro sin miedo.

Chrome y Ruri acababan de iniciar una vida juntos. Taiju y Yuzuriha estaban esperando un hijo. La aldea seguía creciendo sin perder aquello que la había convertido en un hogar, exactamente igual que aquellas antiguas construcciones que habían conservado su aspecto mientras se fortalecían por dentro. Nadie parecía haber tenido que renunciar a quien era para seguir avanzando. Simplemente encontraban una manera de integrar ese nuevo futuro a las vidas que ya habían construido.

Senku cerró los ojos por un instante.

Resultaba extraño.

Toda la tarde había estado rodeado de personas que parecían comprender aquella idea con una naturalidad absoluta y, sin embargo, él solo comenzaba a verla cuando la aldea dormía y el silencio le permitía ordenar los acontecimientos uno detrás del otro. Quizá la ciencia siempre había consistido precisamente en eso: observar un mismo fenómeno tantas veces como fuera necesario hasta descubrir un patrón que había permanecido frente a los ojos desde el principio.


La actividad en la aldea había comenzado mucho antes de que el sol terminara de elevarse sobre la línea de los árboles. La celebración por la boda de Chrome y Ruri se había prolongado hasta bien entrada la noche, pero nadie parecía dispuesto a utilizarla como excusa para alterar la rutina. Desde el laboratorio llegaba el sonido metálico de Kaseki golpeando alguna pieza, cerca del río, varias personas ya lavaban ropa mientras intercambiaban conversaciones despreocupadas, los niños corrían entre las viviendas ajenos al cansancio de los adultos. La vida seguía avanzando con la misma naturalidad con que lo había hecho el día anterior. Para la aldea, una boda no marcaba una pausa en el camino. Era, sencillamente, otra forma de seguir construyendo el futuro.

Senku avanzaba por el sendero principal con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, todavía demasiado inmerso en los pensamientos de la noche anterior como para prestar verdadera atención al movimiento que lo rodeaba. Dormir apenas unas horas no era algo inusual para él, lo extraño era despertarse con la sensación de que una idea seguía esperando una conclusión que todavía no conseguía encontrar.

Había llegado a aceptar que respondió a la pregunta equivocada, sin embargo, aquello no resolvía el problema sino que sólo cambiaba su formulación.

Apenas levantó la vista cuando una carcajada infantil rompió el murmullo constante de la aldea. Fue un sonido breve, limpio, lo suficiente para obligarlo a buscar su origen casi por reflejo.

El sonido provenía de un pequeño grupo de mujeres reunidas junto al pozo. Varias lavaban ropa mientras otras aprovechaban la mañana para intercambiar alimentos y organizar las tareas del día. Kohaku acababa de dejar un par de sacos de cereal junto a una de las viviendas cuando una joven madre, visiblemente ocupada intentando recoger unas mantas que el viento amenazaba con arrastrar, le pidió ayuda por un momento.

Kohaku recibió al pequeño con absoluta naturalidad, como si aquella ayuda no mereciera siquiera pensarse dos veces. Tomó al bebé con la misma naturalidad con la que habría cargado cualquier otra cosa que necesitara trasladar, aunque el contraste resultaba inevitablemente llamativo. El niño, que hasta hacía unos segundos protestaba con evidente descontento, dejó escapar un balbuceo curioso apenas quedó acomodado entre sus brazos. Kohaku respondió dedicándole una sonrisa distraída mientras seguía conversando con las otras mujeres, completamente ajena al efecto que aquella imagen producía desde la distancia. No intentaba apartarlo, ni corregirlo, simplemente inclinaba un poco la cabeza cada vez que el niño conseguía aferrar otro mechón entre sus manos.

La escena resultaba... extraña. No porque desentonara con la imagen que tenía de ella, precisamente porque encajaba demasiado bien.

Durante años había visto a Kohaku cargar sacos de grano que otros apenas conseguían mover, atravesar bosques enteros con una facilidad insultante, enfrentarse a enemigos físicamente superiores sin vacilar un solo instante y lanzarse al peligro con la misma naturalidad con que otros salían a caminar. Aquella era la imagen que primero acudía a su mente cuando pensaba en ella.

Sin embargo, nunca había reparado en otra constante: Suika, Ruri, los niños de la aldea. Kohaku siempre encontraba tiempo para ellos, siempre disminuía el paso cuando alguno intentaba seguirla, siempre se agachaba para escucharlos, siempre parecía saber exactamente cuánta fuerza utilizar al levantar a un niño o al sostener la mano de alguien demasiado pequeño para seguir el ritmo de los adultos.

No era algo excepcional. Era un comportamiento que se repetía con una consistencia casi absoluta.

Era tan natural que jamás se había detenido a analizarlo. Simplemente... era Kohaku.

El bebé soltó una risa aguda cuando ella hizo una mueca exagerada después de que le tirara del cabello con más fuerza de la esperable. Kohaku respondió con otra sonrisa y acomodó al pequeño contra su pecho con una facilidad que delataba una práctica adquirida a lo largo de los años, no de los últimos minutos.

Senku continuó observándola unos segundos más.

“Cualquier niño estaría seguro con ella”.

La conclusión apareció con la misma naturalidad con la que aparecían todas las conclusiones evidentes, con la misma objetividad con la que habría concluido que un puente estaba bien construido o que una fórmula era correcta. No encerraba ningún juicio sentimental. Era, sencillamente, una constatación basada en todo lo que había visto desde que la conocía.

Un segundo pensamiento apareció inmediatamente después.

“Nuestros hijos estarían seguros con ella”.

El pensamiento atravesó su mente con una naturalidad tan absoluta que tardó varios segundos en comprender lo que acababa de hacer.

Se detuvo en mitad del sendero.

El murmullo de la aldea continuó exactamente igual a su alrededor. Nadie pareció notar que acababa de quedarse inmóvil. Un grupo de niños pasó corriendo frente a él levantando una pequeña nube de polvo y desapareció calle abajo sin prestarle atención.

Senku ni siquiera los vio, seguía mirando a Kohaku.

No… seguía escuchando la frase que acababa de formular: nuestros. No había pensado sus hijos, ni un hijo, ni siquiera los hijos de Kohaku. Había pensado... nuestros.

Frunció apenas el ceño, no recordaba haber tomado esa decisión. Ni siquiera recordaba haber considerado esa posibilidad de forma consciente.

Su mente simplemente había completado la idea antes de que él alcanzara a intervenir. Permaneció inmóvil, no porque la conclusión fuera especialmente compleja sino porque no conseguía encontrar el punto exacto en que su razonamiento había cambiado: en algún momento, sin que él mismo lo advirtiera, su mente había dejado de imaginar el futuro de Kohaku, había empezado a imaginar uno en el que él también estaba.

El pequeño soltó una carcajada cuando Kohaku lo levantó apenas unos centímetros en el aire antes de volver a acomodarlo entre sus brazos. Ella respondió con otra sonrisa, completamente ajena a la tormenta silenciosa que acababa de desencadenar a varios metros de distancia, mientras la madre del niño terminaba de recoger las últimas cosas y se acercaba para recibirlo nuevamente. Kohaku se lo entregó con el mismo gesto tranquilo con el que habría devuelto cualquier herramienta prestada, intercambió un par de palabras más y, sin detenerse demasiado, reanudó el camino hacia el almacén cargando un saco de cereal sobre el hombro como si los últimos minutos nunca hubieran ocurrido.

Senku la siguió con la mirada hasta verla desaparecer entre las viviendas.

Solo entonces reanudó la marcha.

El laboratorio seguía esperándolo exactamente donde lo había dejado. Los experimentos, las mediciones y los planos continuarían allí dentro de unos minutos, igual que el día anterior y que el siguiente.

Caminó en esa dirección, sin embargo, descubrió que no toda su atención avanzaba con él. Una parte seguía detenida junto al pozo, intentando averiguar en qué momento una conclusión tan absurda había empezado a parecerle completamente lógica.


El laboratorio lo recibió con el mismo desorden meticulosamente organizado de siempre. Sobre la mesa principal descansaban varios planos sujetos con pequeñas piezas metálicas para impedir que el viento los desplazara cada vez que alguien abría la puerta. Los matraces limpios seguían alineados sobre la repisa y las herramientas permanecían exactamente donde las había dejado antes de que la boda de Chrome y Ruri interrumpiera, por un día, el ritmo habitual del laboratorio. Nada parecía haber cambiado.

Y, sin embargo, algo no terminaba de encajar.

Senku abrió la libreta por la última página de trabajo registrada. Las anotaciones terminaban abruptamente dos días atrás, justo antes de que los preparativos de la ceremonia desplazaran cualquier otra prioridad. Había un par de cálculos que quería verificar antes de continuar con el siguiente prototipo y, en circunstancias normales, le habría bastado una rápida revisión para retomar el trabajo exactamente donde lo había dejado.

No ocurrió. Leyó la misma línea dos veces, después una tercera. Cuando levantó el lápiz para corregir un valor, descubrió que estaba modificando una cifra que ya era correcta. Frunció el ceño, volvió al principio, repitió el procedimiento completo.

El resultado seguía siendo exactamente el mismo, la equivocación no estaba en los cálculos. Estaba en él.

Apoyó el lápiz sobre la mesa y dejó escapar el aire lentamente.

Resultaba ridículo.

Había sido capaz de reconstruir motores de combustión interna con recursos prácticamente inexistentes, desarrollar medicamentos en plena Edad de Piedra y fabricar dispositivos cuya complejidad habría parecido imposible unos pocos años atrás. Sin embargo, aquella mañana necesitaba tres intentos para revisar una operación aritmética que normalmente habría resuelto de memoria.

La puerta del laboratorio se abrió con un golpe seco antes de que pudiera volver sobre el cálculo.

- Pensé que hoy ibas a tomarte el día libre.

Senku levantó apenas la vista.

Chrome acababa de entrar con una caja de madera apoyada contra la cadera y esa expresión de satisfacción permanente que parecía haberse instalado en su rostro desde la ceremonia del día anterior.

- Pensé lo mismo de ti.

Chrome dejó escapar una risa mientras apoyaba la caja sobre el banco de trabajo-. Yo también. -Comenzó a abrir la tapa sin perder la sonrisa-. Pero Ruri prácticamente me echó de la casa.

Senku arqueó apenas una ceja-. ¿El primer día de casado?

- Dijo que si no venía a ayudarte ibas a terminar metido aquí desde el amanecer sin acordarte de comer. -Hubo un breve silencio.

Chrome terminó de acomodar varias piezas metálicas sobre la mesa mientras seguía hablando con absoluta naturalidad-. Y... probablemente tenga razón.

La comisura de los labios de Senku se elevó apenas un milímetro-. Tiene un diez mil millones por ciento de razón.

Chrome soltó una carcajada-. Sabía que ibas a decir eso.

Abrió la caja por completo y comenzó a sacar una a una las piezas que Kaseki había terminado la tarde anterior, alineándolas cuidadosamente sobre la mesa. Senku tomó una de ellas entre los dedos, la giró unos segundos para examinar el acabado y asintió casi imperceptiblemente.

- Como siempre, el viejo hizo un trabajo perfecto.

- Te escucha decir eso y no vuelve a cobrarte por el resto del año.

- Qué conveniente.

Chrome volvió a reír.

Durante unos instantes ninguno de los dos habló. No hacía falta. Llevaban demasiados años trabajando juntos para llenar cada silencio con palabras. Bastaba una mirada para saber qué pieza revisar primero, cuál medir o qué plano consultar antes de continuar el montaje.

Fue Chrome quien terminó rompiendo otra vez el silencio-. Todavía se siente raro.

Senku no levantó la vista de la pieza metálica que sostenía entre los dedos-. ¿Qué cosa?

Chrome hizo girar distraídamente una pequeña rueda dentada entre los dedos antes de responder-. Estar casado. -Esperó un instante, como si buscara las palabras adecuadas-. Pensé que todo iba a cambiar de un día para otro.

Senku arqueó apenas una ceja-. ¿Y cambió?

Chrome permaneció en silencio unos segundos antes de negar con la cabeza-. No como imaginaba.

Dejó la pieza sobre la mesa y sonrió para sí mismo-. Esta mañana me desperté y Ruri seguía siendo exactamente la misma. Yo también. Desayunamos, vine para acá y ahora estamos hablando de engranajes como cualquier otro día.

Se encogió ligeramente de hombros-. Supongo que eso era lo que quería decir… no cambió quiénes somos… sólo... -Se interrumpió un instante, buscando la expresión correcta-. ...ahora seguimos construyendo las mismas cosas, pero juntos.

El laboratorio quedó en silencio.

Chrome parecía completamente satisfecho con aquella explicación. Ni siquiera reparó en el efecto que sus palabras produjeron al otro lado de la mesa. Se limitó a tomar otra pieza, comentar un pequeño defecto en el acabado y continuar hablando del siguiente experimento como si nada hubiera ocurrido.

Senku respondió de manera casi automática: corrigió una medida, propuso cambiar el ángulo de una unión, discutió durante varios minutos sobre la resistencia del nuevo material. La conversación continuó exactamente igual que siempre.

Sólo que, mientras Chrome hablaba, otra frase insistía en abrirse paso una y otra vez entre sus pensamientos.

"No cambió quiénes somos."

Chrome seguía siendo el mismo curioso incapaz de contener el entusiasmo frente a cualquier descubrimiento, Ruri seguía siendo la mujer serena que equilibraba cada uno de sus impulsos. Casarse no había transformado a ninguno de los dos, simplemente habían decidido caminar en la misma dirección.

Sin darse cuenta, Senku volvió a pensar en las viviendas de la aldea: nadie las había reemplazado, las habían fortalecido. Chrome tampoco había dejado de ser Chrome, sólo había encontrado a alguien con quien seguir avanzando.

Una imagen apareció en su mente con una claridad desconcertante.

Kohaku caminando a su lado durante una expedición, discutiendo la mejor ruta para atravesar un bosque, protegiéndolo mientras él ajustaba un instrumento, riendo con esa satisfacción casi infantil cada vez que un experimento funcionaba contra todo pronóstico. La visión desapareció tan rápido como había llegado.

Senku parpadeó.

- ¿Senku? -La voz de Chrome lo devolvió al laboratorio-. ¿Escuchaste algo de lo que dije?

Él tomó una de las piezas metálicas y la giró entre los dedos antes de responder con absoluta tranquilidad-. Aproximadamente un diez por ciento.

Chrome soltó una carcajada-. Sabía que estabas en otro planeta.

- No exageres.

- ¿Ah, no?

Senku dejó la pieza sobre la mesa.

- Como mucho... en la Luna.

Chrome volvió a reír con ganas, completamente convencido de que se trataba de una de las respuestas habituales de su amigo-. Conociéndote, no me sorprendería en lo más mínimo.

Sacudió la cabeza mientras volvía a guardar algunas herramientas dentro de la caja que había llevado desde el taller de Kaseki. Permaneció unos segundos en silencio, concentrado en ordenar las piezas por tamaño, hasta que pareció recordar algo que le hizo sonreír otra vez.

- Aunque ahora que lo pienso... últimamente se habla bastante de Luna por aquí.

Senku levantó apenas la vista de los planos-. ¿Mmh?

- Bueno... ya sabes cómo es la aldea. -Chrome hizo un gesto despreocupado con la mano, como si la respuesta fuera evidente-. Después de la boda más de alguno empezó a comentar que, capaz, terminaban pasando cosas entre ustedes dos. Supongo que la gente se queda sin temas de conversación cuando ya no hay preparativos que organizar.

Senku resopló apenas, una reacción tan discreta que apenas alcanzó a mover una comisura de los labios-. Tienen demasiado tiempo libre.

- Puede ser. -Chrome se encogió de hombros con una sonrisa divertida-. Pero igual me dio curiosidad. Como nunca dices nada de esas cosas... -Se interrumpió un instante antes de formular la pregunta con la misma naturalidad con la que habría preguntado por el siguiente experimento-. Entonces... ¿de verdad nunca pasó nada?

El laboratorio quedó en silencio unos segundos. Senku sostuvo una de las piezas metálicas entre los dedos, girándola lentamente mientras revisaba el acabado casi por costumbre. Solo cuando terminó de examinarla volvió a dejarla sobre la mesa.

- No había nada que pasar.

Chrome frunció ligeramente el ceño-. ¿Así de simple?

- Sí.

La respuesta fue inmediata, pero no cortó la conversación. Chrome permaneció observándolo unos instantes más, como si intentara decidir si insistir o dejar el tema ahí.

Terminó optando por lo primero-. ¿Por qué no te gusta?

Senku no respondió enseguida. Bajó la vista hacia los planos extendidos sobre la mesa y recorrió con el dedo una línea que ni siquiera estaba leyendo. La pregunta era sencilla, pero cuanto más la pensaba, más evidente resultaba que seguía arrastrando el mismo error que lo había mantenido despierto buena parte de la noche.

Senku guardó silencio unos segundos antes de responder-. Porque nunca pensé en ella de esa manera.

Chrome asintió despacio-. Tiene sentido. -Se quedó unos instantes mirando una de las piezas metálicas antes de volver a hablar-. Aunque me sorprende.

- ¿Qué cosa?

- No sé... pensé que, tarde o temprano, ibas a terminar con alguien.

Senku dejó escapar una risa breve, casi imperceptible-. Eso suena peligrosamente parecido a una predicción estadística.

- Bueno... lo es. -Chrome sonrió-. Todos terminamos haciéndolo. -Chrome sonrió mientras hacía girar distraídamente una de las piezas entre los dedos-. Míranos. Taiju y Yuzuriha, Ruri y yo... Supongo que, tarde o temprano, todos terminamos eligiendo a alguien.

Senku permaneció unos segundos en silencio antes de negar suavemente con la cabeza.

- No creo que funcione así.

Chrome levantó la vista con curiosidad-. ¿No?

- No de la forma en que lo estás diciendo.

Tomó el calibre que descansaba sobre la mesa y comenzó a girarlo entre los dedos, más por necesidad de mantener las manos ocupadas que porque realmente estuviera pensando en el instrumento.

- Elegir implica que todas las opciones están frente a ti y que basta con compararlas para decidir cuál prefieres. Esa lógica puede servir para escoger un material o diseñar un experimento, pero las personas no funcionan así.

Chrome frunció ligeramente el ceño.

- Entonces... ¿uno no elige?

La pregunta quedó suspendida unos segundos en el laboratorio. Senku abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron de inmediato.

Hasta el día anterior habría contestado sin dudar. Habría dicho que no tenía tiempo para ese tipo de cosas y habría dado la conversación por terminada. Sin embargo, la imagen de Kohaku sosteniendo al pequeño aquella mañana volvió a cruzar por su memoria, seguida casi de inmediato por aquella frase involuntaria que todavía no conseguía explicarse.

"Nuestros hijos estarían seguros con ella."

Había pensado eso, no había decidido pensarlo… simplemente ocurrió.

- Creo que... -comenzó despacio, eligiendo cada palabra con un cuidado poco habitual en él-... uno no decide que algo empiece. -Chrome siguió escuchándolo en silencio-. Lo único que se puede decidir es qué hacer cuando se da cuenta de que ya empezó.

El laboratorio volvió a quedar en calma. Chrome permaneció inmóvil unos instantes, como si intentara acomodar aquella idea dentro de algo que le resultara familiar.

- Eso sonó mucho más complicado de lo que esperaba.

Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de Senku-. Porque todavía estoy intentando entenderlo.

Chrome soltó una risa-. ¿Y de dónde salió toda esa filosofía de repente?

Senku bajó la vista hacia el plano extendido sobre la mesa-. De darme cuenta de que ayer entendí mal una conversación.

Chrome permaneció unos segundos en silencio, todavía apoyado sobre la mesa. Giraba distraídamente una pequeña pieza metálica entre los dedos mientras intentaba acomodar todo lo que acababa de escuchar. Conocía a Senku desde hacía varios años y sabía reconocer cuándo una respuesta había sido cuidadosamente construida y cuándo, por el contrario, las palabras parecían salir antes de que él mismo terminara de ordenarlas. Aquella mañana ocurría claramente lo segundo.

- ¿Qué quieres decir con que ayer entendiste mal una conversación?

Senku permaneció unos segundos observando los planos extendidos sobre la mesa. Explicar experimentos siempre le había resultado sencillo. Bastaba con exponer los datos en el orden correcto y las conclusiones aparecían por sí solas. Sin embargo, aquello era distinto. Había dedicado buena parte de la noche a reconstruir aquella conversación una y otra vez y, aun así, seguía teniendo la sensación de que las palabras nunca alcanzaban a representar exactamente lo que había descubierto.

- Después de la ceremonia -dijo al cabo de unos segundos-, Chelsea preguntó si tenía algún interés amoroso. No era una pregunta especialmente complicada. El problema vino después, cuando decidió reducir todo a una elección entre Luna y Kohaku.

Chrome asintió despacio-. Suena bastante propio de Chelsea.

- Supongo. -Senku dejó el calibre sobre la mesa y entrelazó los brazos-. Respondí que no iba a escoger entre ellas como si fueran un objeto. Me pareció una forma absurda de plantear la situación y di el tema por terminado. -Se detuvo un instante-. Pero no terminó ahí... Kohaku habló después. -La sola mención de su nombre bastó para que Senku hiciera una breve pausa, como si todavía necesitara revisar mentalmente las palabras antes de pronunciarlas en voz alta-. Dijo que, si ella me elegía... entonces podríamos comprometernos, si yo también lo quería.

El laboratorio volvió a quedar en silencio.

Chrome apoyó lentamente la pieza que tenía entre las manos y permaneció pensativo varios segundos antes de responder.

- Entiendo por qué dices que era otra conversación.

Senku levantó apenas la vista-. ¿Sí?

- Claro. -Chrome buscó las palabras con una lentitud poco habitual en él-. Chelsea te estaba preguntando a quién ibas a escoger. Pero... por lo que me acabas de contar, Kohaku no estaba esperando que la escogieras a ella por encima de nadie. En realidad, ya había tomado su propia decisión.

Senku asintió muy despacio-. Eso fue exactamente lo que entendí anoche.

Una sonrisa pequeña apareció en el rostro de Chrome, más reflexiva que divertida-. Creo que yo tampoco me habría dado cuenta en ese momento.

La confesión provocó que Senku soltara una breve exhalación por la nariz, algo muy parecido a una risa.

- Ese fue el problema. Durante toda la conversación seguí respondiendo a Chelsea. Creí que Kohaku estaba haciéndome la misma pregunta cuando, en realidad, estaba hablando de algo completamente distinto.

Chrome volvió a guardar silencio. Miró un momento los planos, luego las piezas que Kaseki había fabricado y finalmente a Senku.

- Entonces... espera… ¿qué era lo que realmente te estaba preguntando?

Senku tardó varios segundos en responder-. No quería saber si la elegiría por encima de otra persona. -La frase salió con absoluta seguridad. Lo siguiente, en cambio, le costó mucho más-. Kohaku ya tenía clara su propia respuesta. Lo único que dejaba abierto era qué haría yo con la mía... cuando estuviera preparado para responderla. -Se interrumpió un instante y negó apenas con la cabeza-. Y yo ni siquiera entendí que esa era la pregunta.

El silencio que siguió ya no resultó incómodo. Chrome permaneció pensativo unos segundos, como si terminara de ordenar todas las piezas de aquella explicación. Finalmente dejó escapar un largo "ah..." y una sonrisa tranquila apareció en su rostro.

- Ahora sí suena a Kohaku.

Senku levantó apenas una ceja-. ¿Por qué?

Chrome se encogió ligeramente de hombros-. Porque siempre ha sido igual. Si encontraba una ruta nueva, era la primera en recorrerla. Si había que subir una montaña, ya estaba arriba cuando los demás seguíamos discutiendo cuál era el mejor camino. Nunca fue de quedarse esperando a que alguien decidiera por ella.

Las palabras quedaron suspendidas en el laboratorio.

Senku no respondió de inmediato, no porque Chrome acabara de revelarle algo que desconociera. Había presenciado escenas como aquellas durante años. Las había visto tantas veces que terminaron por parecerle parte natural del carácter de Kohaku, un rasgo más entre tantos otros.

Lo que nunca se había detenido a considerar era que aquella misma determinación no desaparecía cuando dejaba atrás una expedición o un entrenamiento. También estaba presente en la forma en que enfrentaba aquello que sentía.

De pronto, la conversación de la boda dejó de parecerle un momento excepcional. No había nacido de un impulso ni de la emoción del momento. Había sido, sencillamente, Kohaku.

La imagen de aquella mañana volvió a cruzar por su memoria: Kohaku sosteniendo al pequeño mientras la madre terminaba su trabajo, completamente ajena a cualquier reconocimiento, ayudando porque era lo más natural para ella.

Era la misma mujer.

La única diferencia era que él, por fin, empezaba a verla completa.


Cuando Chrome abandonó el laboratorio, el silencio regresó con la misma naturalidad con la que se disipaba cada conversación entre ambos.

Senku permaneció unos segundos inmóvil frente al banco de trabajo. Los planos seguían abiertos sobre la mesa, el calibre descansaba exactamente donde lo había dejado y las piezas que Kaseki había terminado esa mañana esperaban ser incorporadas al siguiente prototipo. Bastaría con volver a concentrarse para retomar el trabajo.

No ocurrió.

Después de varios segundos terminó cerrando la libreta con un movimiento seco.

Había una inspección pendiente en el sector norte del bosque. Durante las semanas anteriores habían comenzado a levantar las bases de una nueva estructura hidráulica y todavía era necesario revisar la estabilidad del terreno antes de continuar con la siguiente etapa. Mientras Senku verificaba los cálculos y las condiciones necesarias para la construcción, Kohaku evaluaba el entorno con la precisión que solo alguien que había crecido recorriendo aquellos bosques podía aportar. La combinación de ambos llevaba años evitando errores que cualquiera de los dos, por separado, habría pasado por alto. No había motivo para cambiarlo ahora.

Salió del laboratorio mientras el movimiento habitual de la aldea continuaba desarrollándose a su alrededor. Varias personas reparaban herramientas cerca del taller de Kaseki, un grupo de niños corría entre las viviendas persiguiéndose unos a otros y, desde la cocina comunitaria, comenzaba a extenderse el aroma del almuerzo. Todo seguía exactamente igual que cualquier otro día.

La encontró donde esperaba encontrarla.

Kohaku permanecía junto al almacén revisando el contenido de varias mochilas de expedición. Había extendido sobre el suelo cuerdas, cantimploras y algunas herramientas que iba separando con la eficiencia de quien había repetido aquella rutina decenas de veces. Apenas advirtió su presencia levantó la cabeza y sonrió con absoluta naturalidad.

- Justo a tiempo. Ya estaba terminando.

Senku dirigió una rápida mirada al equipo-. ¿Llevas dos cuerdas?

- Tres. -Respondió como si la corrección fuera evidente-. La última lluvia dejó inestable una parte del sendero. Prefiero que sobren antes que tener que volver a buscarlas.

- Mmh.

Era una decisión perfectamente lógica.

Kohaku terminó de ajustar una de las correas, se incorporó de un solo impulso y se colgó la mochila sobre un hombro.

- ¿Nos vamos?

Senku asintió.

Comenzaron a caminar por el sendero que abandonaba la aldea en dirección al bosque. Durante los primeros minutos apenas hablaron. No era un silencio incómodo, simplemente ninguno de los dos tenía necesidad de llenarlo. Habían recorrido juntos tantos caminos durante los últimos años que aquella tranquilidad resultaba tan familiar como cualquiera de sus conversaciones.

Kohaku caminaba unos pasos por delante, lo hacía siempre.

De vez en cuando apartaba una rama del camino antes de que él llegara hasta ella o se detenía apenas un instante para comprobar que el terreno siguiera siendo seguro antes de continuar avanzando. No había nada extraordinario en sus movimientos. Eran los mismos gestos de siempre, repetidos con una naturalidad casi automática después de años de expediciones compartidas.

Sin embargo, esa tarde le resultó imposible observarlos con la misma indiferencia de otras veces.

No era Kohaku quien había cambiado, era él. La vio volver la cabeza apenas lo suficiente para comprobar que seguía caminando detrás de ella. No dijo nada, tampoco que hiciera falta, un instante después continuó avanzando exactamente al mismo ritmo de siempre.

Senku la siguió en silencio.

Mientras observaba aquella espalda alejarse unos pocos metros por delante, una idea terminó de acomodarse entre todas las demás con una sencillez casi insultante: durante todo ese tiempo había intentado descubrir en qué momento Kohaku había cambiado, pero la respuesta era ridículamente simple.

Nunca lo hizo.

Había seguido siendo exactamente la misma. La diferencia era que, por fin entre ellos... él había formulado la pregunta correcta.