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Este, sin lugar a dudas, entraría en el Top 10 de Peores Patrullaje de la Vida de Tim Drake.
Y no era por el objetivo -un contrabandista de poca monta con delirios de grandeza-, ese no era el problema. Tampoco por la ubicación -un almacén en ruinas en el peor lado de Bowery-, no. El problema era el clima, la compañía y el fallo catastrófico e inesperado de una tubería de desagüe justo encima de su cabeza.
—Glughhh —articuló Tim con elocuencia, mientras una cascada de agua helada con olor a óxido decidía usar su cabeza como tobogán.
Estaba empapado en un instante. Su kevlar, su traje interior, sus zapatos... todo completamente impregnado. Como un pato mojado, muy irritado, disfrazado de Robin.
Desde su posición en una viga de acero al otro lado del almacén, Red Hood, su socio actual en esta alianza renuente y la pesadilla de su existencia, ni siquiera se inmutó. Simplemente soltó una risa grave y retumbante.
—¿Te diviertes, Little Red? —la voz de Jason, filtrada a través de su casco, era un ronroneo de pura y absoluta condescendencia—. Parece que encontraste la ducha del edificio.
Tim gruñía internamente. Sus dientes comenzaban a castañetear. Su cabello, que esa mañana había peinado con gel hasta lograr algo decente, ahora se le pegaba a la frente en tristes hebras oscuras.
—Cállate —siseó, y se sacudió como un perro, salpicando agua a su alrededor.
Jason se rió de nuevo, pero esta vez la risa fue un poco más baja, un poco menos burlona. Tim no podía verlo a través del casco, pero sintió la mirada. El peso de esa mirada, enfocada como láser en la forma en que su uniforme se adhería a él como una segunda piel, mucho más reveladora. El kevlar, que normalmente era tan rígido y estructurado, ahora era una masa pesada y empapada que se hundía y moldeaba a los contornos de su pecho, de sus hombros, de la curva de su cintura, del arco de su espalda baja.
Tim sintió un cosquilleo en la nuca por la forma en que Jason no apartaba la mirada. Como si estuviera memorizando cada pliegue de la tela mojada, cada sombra que el agua creaba sobre la curva de sus músculos.
—Deja de mirarme así —dijo Tim, y su voz sonó más aguda de lo que quería.
—¿Así cómo? —preguntó Jason, y su tono era inocente pero sus ojos -si Tim pudiera verlos- seguramente estaban oscuros, intensos.
—Como si fuera un pedazo de carne.
Jason se inclinó hacia adelante en su viga, sus piernas colgando, su peso desplazado con una elegancia depredadora.
—Ah, sí. Tal vez lo estoy haciendo.
La sangre de Tim se calentó, y no fue por la adrenalina, esa la conocía bien. Fue por el tono de Jason, por la forma en que pronunció esas palabras como si estuviera saboreando un secreto.
—Céntrate en la misión —gruñó, y se giró para observar el muelle este a través de los prismáticos. Pero sus dedos temblaban ligeramente sobre el lente—. El paquete se traslada en cinco minutos.
—Cinco minutos —repitió Jason, y su voz tenía un dejo extraño, casi pensativo—. Suficiente tiempo.
Tim decidió ignorarlo.
Pero no pudo ignorar la forma en que sintió los ojos de Jason sobre él durante el resto de la espera. No pudo ignorar el cosquilleo en su piel mojada, el modo en que cada gota de agua que resbalaba por su cuello le recordaba que estaba siendo observado. No pudo ignorar el hecho de que, cuando finalmente se movieron para interceptar el cargamento, Jason se aseguró de pasar muy cerca de él.
Rozó su hombro mojado con el suyo, seco, y el contraste de temperaturas, el frío del agua, el calor del cuerpo de Jason, hizo que Tim contuviera la respiración.
—Estás goteando —murmuró Jason, y su voz era un susurro apenas audible.
—Ya lo sé —respondió Tim, y su propia voz sonó extrañamente ronca.
—Pero no hueles mal —dijo Jason, y Tim sintió su aliento caliente contra su oreja, a través del casco—. Por el contrario, hueles a...
Tim no se atrevió a preguntar qué.
La misión fue un éxito parcial. El cargamento estaba donde dijeron que estaría. Pero Tim no pudo quitarse de encima la sensación de que Jason lo había estado mirando durante todo el trayecto. No con desprecio ni con burla.
Con hambre, la misma que un depredador siente cuando ha visto a su presa, pero aún no ha decidido cuándo atacar.
Y Tim, para su propia sorpresa, descubrió que no le importaba ser la presa.
.
.
Dos noches después, estaban de nuevo en patrullaje conjunto. Esta vez, el objetivo era un almacén diferente, en un muelle diferente, con un contrabandista diferente. Pero el clima era el mismo: lluvia torrencial, viento cortante y una humedad que se filtraba hasta los huesos.
Tim había aprendido su lección.
Llevaba un impermeable ligero sobre el uniforme, y se había asegurado de que todas las costuras estuvieran selladas. Estaba preparado.
La lluvia no le importaba.
«Quédate en el tejado», le había ordenado Jason por el comunicador, «yo entro por la planta baja.»
—¿Eso es un plan o un capricho?
«Es mi plan. Y funcionará.»
Tim había rodado los ojos, pero había obedecido. Se había colocado en el borde del tejado, con los prismáticos en mano, observando la entrada trasera del almacén mientras la lluvia golpeaba su impermeable.
Y entonces, el viento cambió.
Una ráfaga repentina y violenta se arremolinó alrededor del edificio, y levantó el borde del impermeable de Tim como si fuera una falda. El agua de lluvia, que hasta entonces había sido solo una molestia, se coló por todos los huecos. Por el cuello, por los puños, por la abertura de la cremallera que no había cerrado del todo. El agua se deslizó por su columna vertebral como dedos fríos, recorrió sus costillas, se acumuló en la curva de su espalda baja.
En tres segundos, estaba empapado de nuevo.
—Maldita sea —maldijo, y se puso de pie para reajustarse el impermeable. Pero era inútil. El daño ya estaba hecho.
Podía sentir el agua resbalando por su pecho, por su abdomen, filtrándose bajo las mallas y pegándose a su piel como una segunda piel fría y húmeda.
«¿Tienes problemas, Red?», la voz de Jason en su oído era casi un ronroneo.
—Cállate.
«Oye, solo pregunto. Te oigo chapotear.»
Tim se quedó quieto. ¿Chapotear? No estaba chapoteando. Estaba...
Miró hacia abajo. El tejado tenía un pequeño charco de agua estancada. Y él estaba justo en medio, pataleando como un niño pequeño.
—No es gracioso —dijo, pero su voz sonó más aguda de lo que quería.
«No me estoy riendo», dijo Jason, y Tim supo que estaba mintiendo.
—Sí, te estás riendo.
«Bueno, pero me estoy riendo por dentro. Agradece mi cortesía.»
Tim soltó un gruñido y se alejó del charco, pero ya era demasiado tarde. Estaba empapado hasta los huesos. El impermeable era inútil. Su cabello, que había logrado mantener más o menos seco, ahora era una masa chorreante pegadas a su frente y sus mejillas. El agua resbalaba por su cuello, se deslizaba entre sus omóplatos, goteaba de sus dedos.
Se quitó el impermeable con un gesto brusco y lo arrojó al suelo. No servía de nada.
Y entonces, Jason salió del almacén. Por la puerta lateral, caminando. Como si hubiera estado esperando el momento exacto para aparecer y ver a Tim de pie, empapado, con el uniforme pegado a su cuerpo.
Jason se detuvo en seco.
Tim vio cómo su cabeza se inclinaba lentamente, cómo sus hombros se tensaban. No podía ver su cara a través del casco, pero -otra vez- podía sentir la mirada. Era más intensa que noches antes. Más pesada, más... hambrienta. Era como si Jason estuviera devorando cada centímetro de su cuerpo mojado con los ojos, memorizando la forma en que la tela se adhería a sus pectorales, al arco de sus caderas. Se apresuró a llegar a su lado, manteniéndose erguido y casi amenazante.
—Tim —dijo Jason, y su voz era un susurro grave que vibraba en el aire húmedo.
—¿Qué?
—Te has vuelto a mojar.
Tim quiso soltar un comentario de lo más sarcástico y mordaz, pero solo tragó saliva y sintió cómo la manzana de Adán se movía en su garganta, y supo que Jason había visto el movimiento con especial atención.
Jason dio un paso hacia él. Luego otro. La lluvia caía entre ellos, pero Jason parecía inmune. No se movía rápido ni con urgencia. Se movía con la lentitud, saboreando el momento, como si estuviera alargando el placer de la anticipación.
Tim podía olerlo ahora, incluso a través de la lluvia. Algo cálido y masculino que hacía que su estómago se contrajera.
—¿Sabes? —dijo Jason, y su voz era apenas audible por encima de la lluvia—. Empiezo a pensar que lo haces a propósito.
Tim abrió la boca para protestar, pero Jason levantó una mano enguantada y rozó su mejilla. La lluvia resbalaba por el guante, y Tim sintió el frío del cuero contra su piel caliente.
El contraste era electrizante.
—No... —comenzó Tim, pero la palabra se atascó en su garganta.
—No, ¿qué? —preguntó Jason, y su pulgar trazó la línea de la mandíbula de Tim, siguiendo el agua que resbalaba por su barbilla—. ¿No lo haces a propósito? ¿O no quieres que pare?
Tim no respondió. No podía. Todo su cerebro se había desconectado y solo quedaba la sensación de los dedos de Jason en su rostro, la cercanía de su cuerpo, el calor que emanaba de él a pesar de la lluvia.
Jason deslizó su mano hacia la nuca de Tim, y sus dedos se enredaron en el cabello mojado. Tiró suavemente, inclinando la cabeza de Tim hacia atrás. El agua de lluvia resbaló por su garganta, por su clavícula, desapareció bajo el borde de su uniforme.
—Sigues temblando —dijo Jason, y su voz era un ronroneo bajo—. ¿Es por el frío... o por mí?
Tim sintió que se ruborizaba. No podía ocultarlo. Su piel, pálida y mojada, delataba cada cambio de temperatura, cada escalofrío.
—Jason... —susurró.
—¿Sí, Timbit?
—¿Qué estás haciendo?
Jason soltó una risa baja, grave, que vibraba en el pecho de Tim.
—Evaluando el producto más codiciado del escaparate —dijo, y su pulgar trazó la curva de la oreja de Tim—. Y me gusta lo que veo.
Y entonces, se apartó.
—Vámonos —dijo, su voz de nuevo neutral—. El trabajo está terminado.
Tim asintió, sin palabras. Pero mientras seguía a Jason hasta la salida, no pudo evitar notar que el otro hombre caminaba un poco más cerca de él de lo que era necesario. Y que, de vez en cuando, su mano rozaba la suya. Y que cada roce, cada contacto fugaz, enviaba una onda de calor a través de su cuerpo mojado.
La tensión entre ellos era tan densa que Tim casi podía saborearla en el aire húmedo.
Se dirigieron a sus motos, y al pasar junto a él, Jason susurró contra su oído:
—La próxima vez, Timbit, no sé si seré capaz de apartarme.
El agua goteaba de la barbilla de Tim, y él no pudo evitar preguntarse si la próxima vez llegaría pronto.
.
.
Tres días después, Tim estaba de muy buen humor, en la azotea de un edificio en el distrito financiero, haciendo reconocimiento para una misión de infiltración. No había lluvia ni tuberías rotas.
No había nada que pudiera mojarlo.
O eso creía.
—El objetivo está en el piso quince —dijo Jason por el comunicador—. Tienes que bajar por el conducto de ventilación. ¿Puedes hacerlo, Red?
—Claro que puedo hacerlo —respondió Tim—. He hecho esto cientos de veces.
—¿Con esa ropa?
Tim miró su uniforme. Era el mismo de siempre. Kevlar, mallas, botas. Nada inusual.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada —dijo Jason, y su voz era un ronroneo bajo—. Solo digo que... si te mojas, no voy a tener otra opción.
—¿Otra opción para qué?
No hubo respuesta.
Tim rodó los ojos y se metió en el conducto de ventilación. Era estrecho, oscuro y polvoriento. Se arrastró durante varios metros hasta llegar a una rejilla que daba al interior del piso quince. El objetivo estaba allí, hablando por teléfono, completamente ajeno a su presencia.
Tim se preparó para salir.
Y entonces, el conducto tembló.
—¿Qué demonios...? —murmuró.
—Hay una fuga de agua en el piso de arriba —dijo Jason, su voz calmada—. Acabo de verla. Va a bajar por el conducto.
—¡¿Qué?!
Tim no tuvo tiempo de reaccionar.
Una avalancha de agua fría y sucia bajó por el conducto como un río desbordado y lo golpeó con fuerza. Jadeó, tragó agua, tosió, se golpeó la cabeza contra el metal, y salió disparado por la rejilla como un corcho de una botella de champán.
Aterrizó en el suelo del piso quince, empapado, tosiendo y maldiciendo a viva voz.
El objetivo, sorprendido, se giró para mirarlo.
—¿Qué...?
—Lo siento —dijo Tim, y se levantó tambaleándose—. Esto no es lo que parece.
El objetivo sacó una pistola.
Y entonces, Jason entró por la ventana, rompiendo el cristal en una explosión. Aterrizó entre Tim y el objetivo, y en menos de tres segundos, el contrabandista estaba inconsciente en el suelo.
Jason se giró hacia Tim.
Tim estaba de pie, jadeando, con el uniforme pegado a su piel. Su camisa de compresión -transparente- mostraba cada línea de su torso, cada músculo, cada curva. Sus mallas, empapadas, se adherían a sus piernas como si fueran pintura, delineando la forma de sus muslos, la curva de sus caderas, la línea de su entrepierna. Su cabello era un desastre oscuro y chorreante, y el agua resbalaba por su rostro, por su cuello, por su pecho, y desaparecía bajo el borde de su uniforme.
Jason se quedó mirándolo en silencio.
El agua goteaba de la nariz de Tim, de su barbilla, de sus dedos. Goteaba y se acumulaba en el suelo a sus pies, formando un pequeño charco.
—No digas nada —jadeó Tim—. No digas nada. Por favor.
Jason no dijo nada. Pero dio un paso hacia él.
Luego otro.
Luego, sin previo aviso, levantó una mano y la apoyó en el pecho de Tim. Su guante, seco y áspero, presionó contra el kevlar mojado, y Tim sintió el calor de su palma a través de la tela. El agua empapó el guante, y Jason apretó ligeramente, como si estuviera midiendo la forma de su pectoral bajo la tela mojada.
—Estás temblando —dijo Jason, y su voz era un susurro grave, ronco.
—Estoy... mojado —respondió Tim, y su propia voz sonó extraña, como si no la reconociera.
—Mojado y temblando.
—Es lo mismo.
—No, no lo es.
Jason dio otro paso. Estaban tan cerca que Tim podía oler el cuero de su chaqueta, el aceite de sus armas, el calor de su piel. Podía sentir el aliento de Jason a través del casco, caliente y regular.
—Déjame ayudarte —dijo Jason.
Tim levantó la mirada hacia él. A través de las lentes del casco, no podía ver sus ojos, pero sentía su mirada. Era intensa, profunda, como un pozo sin fondo.
—¿Ayudarme con qué? —preguntó Tim, su voz apenas un susurro.
—Con esto.
Y Jason deslizó su mano desde el pecho de Tim hacia su hombro, luego hacia su cuello, y finalmente hacia su nuca. Sus dedos se enredaron en el cabello mojado de Tim y tiraron suavemente, inclinando su cabeza hacia atrás.
El agua resbaló por la garganta de Tim, brillando bajo la tenue luz. Jason siguió el recorrido de esa gota con la mirada, y Tim sintió que se derretía bajo ese escrutinio.
No hubo más palabras. Jason inclinó la cabeza y presionó su casco contra la frente de Tim. Un gesto tan íntimo y extraño que Tim sintió que el corazón se le salía del pecho. El metal frío contra su piel caliente era un contraste eléctrico.
Jason soltó una risa baja y grave, y Tim sintió la vibración en su propio pecho.
Tim parpadeó.
—¿Jason-?
—Ya van tres veces que he contenido las ganas de devorarte —dijo Jason, y su voz era un susurro peligroso, una promesa—. La cuarta vez, Tim, no voy a contenerme. Te voy a desnudar. Te voy a tocar. Te voy a besar hasta que olvides tu propio nombre. Y lo voy a hacer mientras estás empapado, goteando, brillando como un maldito sueño húmedo.
Tim sintió que las rodillas se le doblaban.
—Jason...
—Como un sueño húmedo, Babybird —repitió Jason, y su pulgar trazó la línea de la mandíbula de Tim, siguiendo el agua que resbalaba—. Va a ser la última vez que te mojas sin que yo te seque con mi propia lengua.
Y con eso, se apartó.
Tim se quedó allí, de pie, empapado, temblando, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía oírlo en sus oídos. El agua seguía goteando de su cabello, de sus dedos, de la curva de su barbilla.
Jason ya se había ido.
Pero sus palabras resonaron en su cabeza como una promesa grabada a fuego.
.
.
Tres noches después, Tim no fue a su apartamento luego de la patrulla.
Fue al piso seguro de Jason.
No sabía por qué.
Bueno, sí sabía por qué.
Sabía perfectamente por qué. Llevaba tres días sintiendo los ojos de Jason sobre él, sintiendo el calor fantasma de su mano en su piel mojada, tres días escuchando su voz grave prometiéndole que la cuarta vez sería diferente.
Y porque estaba harto de esperar. Harto de la tensión que ardía en su pecho. Harto de los sueños húmedos y febriles que le robaban el sueño. Harto de despertarse con el nombre de Jason en los labios.
Llamó a la puerta. Jason abrió casi de inmediato, como si lo hubiera estado esperando. Llevaba pantalones de chándal grises y una camiseta negra que se ajustaba a su torso. Su cabello estaba despeinado, y sus ojos -esos ojos tormentosos que Tim había visto fijamente muy pocas veces- lo recorrieron de arriba abajo.
—Tim —dijo, y su voz era un susurro.
—Hola.
—Estás… seco.
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó Jason, y había una nota de decepción en su voz. Casi como si esperara que Tim llegara empapado, como si la anticipación de verlo mojado se hubiera convertido en parte de su ritual.
Tim sonrió. Una sonrisa lenta, que hizo que los ojos de Jason se oscurecieran.
—Porque esta vez, voy a mojarme a propósito.
Y entonces, Tim Drake, el chico que siempre tenía un plan, el estratega, el cerebro detrás de media docena de operaciones exitosas, hizo algo que nunca había hecho antes.
Se giró, caminó hacia el baño, se metió en la ducha y abrió la llave.
El agua cayó con un estrépito, caliente y vaporosa. Tim se metió bajo el chorro y se dejó empapar. El agua resbaló por su cabello, por su rostro, por su cuello. Se deslizó por su traje, empapó su camiseta, se filtró bajo su cinturón. El kevlar se volvió pesado, oscuro, adhiriéndose a su cuerpo.
Sintió los ojos de Jason en la entrada del baño. No se giró. Dejó que Jason lo mirara, que viera cómo el agua moldeaba el uniforme a sus músculos, cómo las gotas brillaban en su piel, cómo su cabello oscuro se pegaba a su frente y sus mejillas.
Luego, cerró el grifo.
Salió de la ducha, empapado, goteando, y caminó hacia Jason. Dejó un rastro de agua a su paso. Cuando estuvo frente a él, a centímetros de distancia, alzó la mirada y la sostuvo allí.
—Esto… ¿esto es lo que esperabas? —preguntó Tim, y su voz era un susurro ronco.
—Mejor aún. Es justo lo que quería —asintió Jason, y sus ojos ardían.
Tim sonrió, una sonrisa torcida y audaz, y comenzó a deslizar sus dedos por el borde de su chaqueta mojada.
—Disfrútalo, Jay —dijo, y su voz era una provocación, un desafío—. Es solo para ti.
—Eres un peligro —dijo Jason, su voz ronca y grave.
—Lo sé.
Tim se quitó la parte superior con movimientos lentos. La tela mojada se despegó de con un sonido húmedo, y el agua goteó de ella mientras caía al suelo. Su camisa de compresión mostraba cada línea de su torso. El agua resbalaba por sus pectorales, por su abdomen, por la curva de sus costillas. Las gotas brillaban bajo la luz, siguiendo el contorno de sus músculos.
Jason dio un paso adelante, pero Tim levantó una mano.
—No —dijo, y su voz era un susurro—. Deja que termine.
Se quitó la camisa de compresión. La tela se despegó, y quedó desnudo de cintura para arriba. El agua resbalaba por su piel, formando pequeños ríos que desaparecían bajo el borde de sus mallas. Su piel era pálida, casi luminosa, y el agua la hacía brillar como si estuviera cubierta de una capa de cristal.
Jason jadeó. Tim lo oyó, y el sonido lo llenó de un poder que nunca había sentido antes.
—Tim... —dijo Jason, y su voz era casi un ruego.
—Aún no he terminado —dijo Tim.
Y deslizó sus dedos por el borde de sus mallas. Las empujó lentamente, muy lentamente, bajándolas por sus caderas junto con su ropa interior. El agua resbalaba por sus muslos, por la curva de sus rodillas, por la línea de sus pantorrillas. Las mallas cayeron al suelo con un golpe húmedo, y Tim quedó completamente desnudo frente a Jason.
De pie. Empapado. Brillando. Goteando.
—Ahora —dijo Tim, y su voz era un susurro lleno de deseo—. Ahora puedes tocarme, como prometiste.
Jason se movió. Fue un solo paso, pero fue el paso más rápido que Tim había visto dar a nadie. Lo agarró por la nuca, lo atrajo contra su pecho, y lo besó.
No fue un beso suave ni tierno. Fue un beso hambriento, desesperado, de días de tensión acumulada y años de deseo no expresado. Jason lo besó como si fuera a desaparecer, como si fuera la última vez, como si el mundo entero se estuviera acabando y solo importara el sabor de sus labios.
El agua de Tim empapó la camiseta de Jason, y Tim sintió la tela húmeda contra su pecho desnudo. El contraste entre su piel fría y el calor del cuerpo de Jason era embriagador.
Jason no necesitó más invitación. Sus manos recorrieron el cuerpo de Tim -sus hombros, su pecho, su espalda- con una urgencia que bordeaba la violencia. Sus dedos siguieron los ríos de agua que resbalaban por la piel de Tim, trazando cada curva, cada músculo. Tim jadeó cuando Jason lo levantó, cuando sus piernas se enredaron alrededor de la cintura de Jason, cuando su espalda chocó contra la pared.
El agua de su cuerpo empapó a Jason por completo, y Tim sintió cómo la camiseta de Jason se pegaba a su pecho, cómo el calor de su piel se filtraba a través de la tela mojada.
—Te he deseado —dijo Jason contra su cuello, y su voz era un susurro ronco—. Durante tanto tiempo.
—Yo también —respondió Tim, y su voz era un jadeo—. Yo también, Jay.
—Verte… verte así... —Jason mordió suavemente su clavícula, y el agua que resbalaba por ella se mezcló con el calor de su boca—. Era como un sueño. Un sueño húmedo y tortuoso.
—Y ahora... —dijo Tim, y su voz era un gemido.
—Y ahora es real.
Jason lo llevó a la cama. Lo dejó caer sobre los cobertores, y Tim sintió cómo el agua de su cuerpo empapaba las sábanas, cómo el frío de su piel contrastaba con el calor del colchón bajo él. Jason se arrodilló sobre él, sus ojos recorrieron su cuerpo desnudo y mojado.
—Eres hermoso —susurró—. Eres tan malditamente hermoso que podría devorarte.
Tim sonrió, una sonrisa llena de deseo.
—Demuéstramelo.
Y Jason se quitó la ropa. La camiseta, los pantalones, todo. Quedó desnudo sobre él, su cuerpo esculpido y caliente, y Tim sintió el peso de su piel contra la suya. El agua sobre Tim mojó a Jason, y ahora ambos estaban empapados, brillando bajo la luz, sus cuerpos resbalando el uno contra el otro.
—Siempre has sido mío —dijo Jason contra su piel, y sus labios siguieron el rastro de una gota que resbalaba por el cuello de Tim—. Desde el primer momento en que te vi, supe que eras mío.
—Entonces, ¿por qué esperaste? —preguntó Tim, su voz un jadeo.
—Porque quería que fuera perfecto —dijo Jason, y sus manos se deslizaron por el cuerpo mojado de Tim—. Quería que fueras tú quien decidiera si acercase o no.
—Y he decidido —dijo Tim, y sus dedos se enredaron en el cabello de Jason—. Te quiero. Te he querido siempre.
Jason lo besó de nuevo, y Tim se perdió en él. En su sabor, en su calor, en el peso de su cuerpo sobre el suyo. En la forma en que Jason lo tocaba como si fuera algo precioso y frágil, y al mismo tiempo como si fuera un arma peligrosa.
El agua resbalaba entre sus cuerpos, y cada gota era un recordatorio de la tensión que los había llevado hasta allí.
—Tanto tiempo imaginando esto.
—¿Y qué imaginabas? —preguntó Tim, su voz un jadeo.
—Esto —dijo Jason, y sus manos se deslizaron por el cuerpo de Tim—. Y más.
—¿Más?
—Mucho más.
Y Jason le mostró exactamente lo que había imaginado.
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