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Desde que Brian descubrió su segundo género, le dijeron que un día sería cortejado por un alfa (ya fuera hombre o mujer) y algo que de adolescente lo ilusionaba, ahora de mayor lo ponía nervioso. Porque apenas puso su pie en el plantel del Club Deportivo de las Chivas de Guadalajara, en Verde Valle, el olor a menta y chocolate —cómo no— inundó sus fosas nasales y le dió de lleno, haciéndolo dar un paso hacia atrás. ¿No se suponía que al practicar un deporte profesional, era norma oficial que alfas y omegas tenían que usar supresores? ¿De quién eran aquellas feromonas? ¿Quién era el bastardo que no estaba usando sus supresores?
—¿Estás bien, Brian? —Le preguntó su acompañante.
—Sí…
Se preguntó quién sería el dueño de aquel aroma. Estaba delicioso, como únicamente podía ser de un alfa. Sus compañeros de equipo lo recibieron con entusiasmo, y él saludó a todos con cordialidad. De forma disimulada empezó a buscar al dueño del aroma.
—Muchachos, este es Brian —fue presentado. Sonrió de forma nerviosa, menos segura que cuando puso un pie en el aeropuerto. Pero bueno, ya estaba ahí. No había vuelta atrás.
—…Y ahorita nuestro compa, Hormiga, tuvo que irse porque tuvo una emergencia —explicó uno de ellos y Brian asintió. —Pero cuando lo conozcas verás que es a toda madre.
¿Hormiga? ¿Qué clase de apodo era ese? ¿Sería el dueño del aroma?
Él mismo había salida de la revisión médica, en dónde, tras revisar también su desempeño como omega, le habían dado más supresores anticonceptivos —a pesar de que ya tenía— y parches para evitar que sus feromonas inundaran el lugar. Brian no sabía cuántos omegas más había como él, pero sabía que podía perjudicar al desempeño del equipo el hecho de que un omega entrara en celo ahí mismo. Sus segundos géneros, o castas, no eran algo que sus compañeros le iban a revelar de buenas a primeras, pero estaba bien, él tampoco tenían que salir a darles explicaciones acerca de que era un omega.
Sin embargo, lo que le ponía ansioso era conocer al dueño de tales feromonas. Suponía que era aquel misterioso chico al que llamaban “Hormiga” porque el hecho de que pudiera percibir sus feromonas así, tan de pronto, tan de la nada, tal vez quería decir que aquel alfa era su destinado. A pesar de que quería dejar esos pensamientos y distracciones de lado, su lado omega no quería dejar de hacerlo, preguntándose cómo sería aquel misterioso chico. Sabía un poco de él, pero no era lo mismo conocerlo a través de lo que decían los medios periodísticos y las redes sociales a conocerlo en persona, ¿verdad?
Es bien sabido que durante siglos se los consideró a los omegas lo más bajo de la cadena de mando. Que los omegas varones eran vistos como aberraciones, porque “¿Cómo ibas a ser hombre pero también tener un útero funcional?”, no, señor, aquello era una barbaridad. Los tiempos habían cambiado, aunque no del todo. Omegas —mujeres y varones—, junto con las beta mujeres, otra vez eran puestos abajo, aunque con supuestas más oportunidades. Gutiérrez no iba a dejar que eso le cerrara las puertas de la carrera futbolística que estaba persiguiendo.
Al día siguiente, llegó temprano a la cancha, pensando que no habría nadie por la hora. Sin embargo, se sorprendió al ver a un joven practicando tiros. Se acercó con cautela, sin reconocerlo. No fue hasta que el otro chico sintió su presencia y se volteó. De inmediato, una sonrisa amistosa apareció en los labios del otro, quien se acercó hacia él, trotando un poco.
—Hola, tú debes ser Brian —le extendió la mano y tanta amabilidad y energía, casi recién levantado, lo aturdió un poco, lo que lo hizo tardar en reaccionar.
—Ahm, sí, hola —extendió la mano y se la estrechó, algo incómodo. Sin embargo, en cuanto tocó la mano del más bajo (de acuerdo, tampoco era tan bajo en comparación con él), sintió una pequeña descarga eléctrica recorrerle la parte baja de la columna. Aquello le hizo soltar la mano del chico y dar un paso hacia atrás.
—Yo soy Armando, Armando González. Me dicen “Hormiga” —entonces todo encajó y forzó una sonrisa. —Es un gusto tenerte en el equipo, Brian, tienes un gran talento para el fútbol.
—Gracias. Es un honor para mí jugar aquí —casi repitió todo lo que había dicho frente a la prensa y frente a sus demás compañeros el día anterior.
—¿Vienes a entrenar? ¿Quieres que lo hagamos juntos?
De repente, como algunas veces le sucedía, se sintió tímido. Claro, era la primera vez que le hablaba y no le estaba hablando en grupo como la vez pasada, donde estuvieron todos los del equipo. Al ver su cálida sonrisa —porque no había otra forma de describir la sonrisa que traía Armando en los labios—, se puso aún más nervioso y sintió la necesidad de cerrarse para sí mismo.
—Puedo hacerlo solo.
La confusión fue visible en el rostro del más bajo, quien frunció el ceño.
—Está bien.
Comenzó a practicar en el mismo lugar que el otro, pero a solas, en silencio. Lo único que podía escucharse eran las respiraciones de ambos jugadores. De vez en cuando, Brian sentía las miradas de González sobre él, y eso lo empezaba a poner nervioso, incluso cuando ya estaba acostumbrado desde joven a jugar bajo las miradas críticas y analíticas de la afición. ¿Por qué ahora se sentía bastante diferente? ¿Por qué Armando lo estaba haciendo sentir así?
Para su tranquilidad y buena suerte, después de unos pocos minutos más, el otro se fue, tal vez a ducharse o a desayunar. La verdad no tenía idea. Pero él continuó. Quería estar listo para cuándo lo pusieran a practicar en equipo, porque a pesar de todo lo anterior, todavía tenía que acostumbrarse a ese nuevo equipo; no era para nada comparable a cómo se sentía en Chicago.
Pero lo más importante era que… Ahí estaba su alfa. Su alfa destinado, aquel de quién le habían advertido cuando se presentó como omega.
Entonces se preguntó si ese alfa lo sabría.
