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𝗲𝗹 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿 𝗱𝗲 𝘂𝗻 𝗮𝗺𝗶𝗴𝗼 𝗰𝗵𝗶𝘀𝗺𝗼𝘀𝗼

Summary:

Antes del partido de los dieciseisavos, Mateo nota que Armando y Brian están algo distanciados, ¿por qué será? Entonces decide intervenir.

 

Continuación de "sin aguantarse las pinches ganas"

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Cuando Mateo se enteró de que su mejor amigo de toda la vida, con quién compartía ahora en la Selección, estaba enculado de su otro amigo y compañero de Chivas (cosa que Armando no iba a admitir tan fácilmente), decidió que tenía que hacer algo, era su obligación intervenir en lo que estaba sintiendo su amigo, tenía que mover y torcer los hilos del destino para que Armando lograra una aproximación que fuera más allá de lo amistoso con Gutiérrez; o al menos, eso era lo que él pensaba de acuerdo a su perspectiva de las cosas. Era misión y trabajo de los mejores amigos meter la mano cuando a su compa le gustaba alguien. No había nadie mejor que él para hacer esa misión. 

 

Sin embargo, no sabía por dónde empezar. No era como que ellos dos no se hablaran y tuviera que servir de puente, no nada de eso. Esos dos estaban muy unidos, desde su tiempo juntos en el Rebaño Sagrado. Pero Mateo, como buen observador que era, sabía que había algo más. Después del partido contra Chequia, México estaba en la fase de dieciseisavos, tenían que darlo todo para romper con la mítica tradición que pesaba sobre el Tri. Fue por ello que fue una sorpresa para él ver que Armando y Brian empezaron a distanciarse en los entrenamientos. 

 

—Oye, Hormi, ¿podemos hablar? —Le dijo, cuando su amigo lo escogió para practicar, ya que usualmente escogía a Brian. 

 

—Claro, bro, ¿qué onda? ¿Qué pasó?

 

—¿Qué te traes con el güero?

 

Esas palabras parecieron desconcertar a Armando, quien se lamió los labios, gesto que él interpretó como que no le iba a decir toda la verdad, y además, desvío la mirada hacia el chico de los ojos claritos, que se encontraba con el defensor del Club América, Israel Reyes. 

 

—No, nada, ¿por? Todo está bien entre Brian y yo. 

 

—¿Seguro?

 

—Sí, wey, no mames. Qué voy a andar teniendo problemas yo con él. 

 

“Claro, y por eso ahora se están evitando como el agua y el aceite”, pensó para sus adentros. 

 

—Ya, we, tranqui. Si solo preguntaba, no te enojes. Mira, mejor hay que ponernos a practicar, ¿si?

 

—A darle. 

 

Más que entrenamiento, fue un buen rato de diversión. Estaban por parejas, jugando a perseguirse y a darse con palos de espuma. Una parte de él se reía porque sabía que eso acabaría en redes sociales como broma de que aquello era el campamento de verano de Morita. De vez en cuando miraba a Armando, quien se encontraba mirando a Brian, que parecía bastante entretenido corriendo con Reyes. 

 

—Corren bien chistoso —le señaló a González, quien se rió bajito. 

 

—No mames, sí es cierto. 

 

Quiso volver a preguntarle si estaba seguro de que todo estaba bien entre Gutiérrez y él, pero sabía que eso no serviría de nada. Con Brian no tenía la confianza suficiente para ir y preguntarle algo tan “personal” como solo podía ser lo que fuera que hubiera distanciado a ese par, porque algo de la cancha no podía ser, ya que ellos dos se complementaban a la perfección y Aguirre no se había atrevido a meter al “Hormigol” al campo de juego. Iba a tener que crear oportunidades. 

 

Por otro lado, sabía que el nerviosismo de Gutiérrez se debía a, entre algunos factores, los malos comentarios que había sobre él en redes sociales. Además, la falta de la “Hormiga” en el campo era muy notoria y la dupla no funcionaba separada, como era de esperarse. 

 

—¿No quieres ir a hacer pareja con Brian? —Le ofreció. 

 

—No, está muy cómodo con Isra —dijo, en un tono cortante cómo pocas veces… ¿Acaso Armando González estaba celoso de la cercanía que estaba habiendo entre Brian e Israel?

 

—Ya ves cómo eres bien pinche celoso —le hizo carrilla. —Al rato le digo a Brian. 

 

—Ni se te ocurra, Mateo —Armando se había puesto rojo. 

 

Así estuvo la dupla durante varios entrenamientos de cara al partido con la selección de Ecuador. ¿Por qué? Mateo no lo sabía y por más que le frustrara no saber la razón, tenía que concentrarse en seguir practicando y entrenando, en lugar de meterse en dónde no lo llamaban. 

 

—No, ya en serio, ¿qué le hiciste, Hormi? Parece que no te quiere ni ver en pintura. 

 

—No, nada… una pendejada —respondió Armando, totalmente evasivo, pero con un tono que indicaba que sí sabía que le había hecho al chico de ojos claros. 

 

Llegó el partido contra aquel equipo sudamericano y los tres estaban en la banca, observando todo. 

 

—No manches, qué fregón es Morita —le señaló a su amigo lo que estaba haciendo el chico, quien era demasiado bueno para su corta edad; Gil ya traía bailando a los jugadores ecuatorianos a pesar de haber iniciado hace poco el partido. 

 

—Ese niño es el futuro de México —bromeó la “Hormiga”, mirando de reojo a Brian, quien se encontraba a la izquierda de Mateo, a quien no se le pasó eso. “Ya estuvo que al final de este partido voy a hacer que los dejen solos, no importa qué”, porque ya se estaba incomodando de que esos dos no se hablaran. ¿Qué había pasado para que estuvieran así?

 

La afición mexicana estalló en aplausos, gritos y cánticos cuando, teniendo poco de haber iniciado el partido, Quiñones anotó el primer gol del Tri. Ellos, naturalmente, también estallaron en festejos hacia su compañero. 

 

—¡Pinche Julián, te amo, wey! —Escucharon que gritó alguien. 

 

El segundo gol llegó pronto también. Aunque lo festejaron con todas las ganas del mundo, también estaban algo alertas y ansiosos, ya que el 2-0 era el resultado más engañoso del fútbol y parecía que los ecuatorianos estaban en las mismas, solo que ellos empezaron a responder con faltas que el pendejo del árbitro no estaban marcando. Llegó el medio tiempo. Los jugadores salieron de la cancha y se reunieron con ellos. 

 

—Lo están haciendo muy bien, muchachos —dijo Aguirre. —Tú, Mora, ten cuidado, hijo. 

 

Los del equipo contrario andaban marcando a Morita a cada rato, y eso podía resultar mal si no se tenía cuidado con eso. Luego el director técnico los volteó a ver a ellos tres. 

 

—Tú, Gutiérrez, necesito que estés listo por si te digo que entres. 

 

—Claro que sí. 

 

Mateo miró de reojo a su mejor amigo. ¿Por qué nunca lo metían a él? Era buenísimo, y si lo metían con Gutiérrez, pues que mejor, ¿no? Pero él no era el DT y no contaba su palabra ahí. En el segundo tiempo, provocando la furia de los aficionados mexicanos, alguien —no recuerda quien— se fue contra Gilberto, lastimando al chico un poco más de lo que ya estaba. Así que se hizo el cambio. Salió Gil y entró Brian, quien sin duda estaba muy nervioso y con ganas de venganza, ya que su primer movimiento al ir tras el esférico, fue tirar a quién lastimó al más joven del Tri. 

 

—Está nervioso —dijo Armando, a su lado, mirando como Brian corría, pero no interceptaba bien el balón. 

 

—¿Por?

 

—No sé. Supongo que la crítica ha hecho lo suyo. En Chivas lo quieren mucho, entonces…

 

—Claro. 

 

El tiempo seguía corriendo y México no lograba anotar más goles, pero Ecuador tampoco lograba meter ninguno. Cada jugada que hacía el equipo visitante, era cortada rápidamente por el equipo tricolor. En un momento bastante tenso, todos pudieron ver cómo Hincapié se acercaba a Santi Giménez y le decía algo, tapándose la boca. Eso le valía una tarjeta roja y que lo sacaran del partido. Finalmente, tras varios minutos llenos de tensión, se escuchó el silbatazo que marcaba el final de los noventa minutos más el tiempo agregado. 

 

¡México había ganado! ¡México había pasado a octavos de final! Se acercaron corriendo a los jugadores que habían estado en la cancha, abrazándose y festejando. Mateo, junto a Armando, se acercó a Brian y le dió un ligero empujón a su amigo, quien tuvo que poner las manos al frente y Gutiérrez lo sostuvo. Ambos se pusieron ligeramente rojos y Mateo no pudo evitar pensar en que esos dos se traían algo más. En cuanto llegaran a los vestidores, lo descubriría. 

 

Pero antes había que festejar un ratito. Cantaron. Bailaron un poco, hasta que por fin entraron a ducharse y cambiarse. Armando y Brian eran de los últimos, así que cuando Mateo salió, les cerró la puerta. 

 

—¿Qué pedo? —Escuchó amortiguada la voz de Gutiérrez ahí adentro. 

 

—Hablen, cabrones, que me ponen incómodo yendo cada quien por su lado —los amenazó. 

 

***

 

Adentro, González se puso rojo cuando Brian se le quedó mirando. 

 

—Lo siento… yo… no le dije que…

 

—¿Por qué estamos enojados? —Preguntó el más alto. 

 

—Ah, pues yo no sé —se puso a la defensiva, cruzándose de brazos. Todavía les faltaba bañarse y ahí estaban, discutiendo como dos adolescentes. —Estábamos bien. 

 

—Hasta dejé de lado mis celos cuando festejaste con Mateo —confesó Brian, poniéndose rojo—. O sea… O sea… —le empezó a temblar la voz y luego bajó el volumen, acercándose a Armando—. El beso… Cuando nos besamos… ¿Recuerdas?

 

¿Cómo no iba a recordarlo? El festejo que más le había gustado después de ganar el partido contra Chequia fue cuando los labios de Brian se fundieron con los suyos en un solo movimiento y un solo latir de corazones. Saber que, antes de eso, se había puesto celoso de Chávez, le daba risa, pero a la vez, le daba ternura y hacía que el recuerdo de sus labios adquiriera otro significado. 

 

—Entonces te pusiste celoso y luego me besaste… ¿y luego volviste a estar celoso?

 

—Sí. 

 

—Pero tú andabas con Reyes bien feliz en el entrenamiento. 

 

—Porque tú escogiste primero a Chávez. 

 

—¿Yo?

 

—Sí. Me miraste —casi le salta el corazón cuando vio que Brian hacía un puchero con cara de derrotado— y yo te miré y después escogiste a Chávez y entonces Israel se me acercó. 

 

Finalmente la “Hormiga” recordó a que día se estaba refiriendo el más alto y tenía razón. 

 

—No lo hice porque el beso no significara nada para mí —murmuró—. Al contrario, fue porque el beso significó para mí más de lo que debería…

 

Con una valentía renovada, Brian se acercó a Armando y le clavó un beso. Pensaba hacerlo suave, que fuera una total tentación para el otro, sin embargo, Armando lo agarró de la nuca, y Brian aprovechó aquel movimiento para profundizar el beso. Sabía que el otro no tenía tanta experiencia besando, pero parecía que sus labios trabajaban bien juntos, que se acoplaban bien. Se separaron cuando el oxígeno se acabó, ambos estaban rojos, pero rojos como las picafresas. Entonces Gutiérrez volvió a empezar un beso, sin importarle que detrás de la puerta hubiera alguien. 

 

—Deberíamos… —respondió Armando entre jadeos— bañarnos…

 

—¿Nos bañamos juntos? —Preguntó con picardía el otro. 

 

—No. Aquí no. 

 

***

 

Mateo se había aburrido a los cinco minutos de esperarlos. Se había ido con los demás y no se acordó de ellos hasta que Quiñones le preguntó que dónde estaban Gutiérrez y Armando. 

 

—Deben de estar en el baño —respondió con simpleza, tratando de que no se le saliera ninguna risa que delatara lo ocurrido entre sus compañeros. 

 

Cuando ambos salieron del baño, estaban rojos y con los labios hinchados, pero con la sonrisa más grande que nunca. Mateo estaba seguro de que no era solo por el triunfo de México. 

 

—¿Y cómo te fue? —Se acercó a Armando, notando su cabello mojado—. Se tardaron un buen ahí adentro. 

 

—No, pues… hablamos ahí unas cositas. 

 

—¿Y ya?

 

—Creo que ya sabes —aquellas palabras le confirmaron que ahí adentro habían hecho mucho más que hablar, pero no quería saber de ello. No quería saber sobre la intimidad y la (nula, hasta el momento) vida sexual de su mejor amigo. 

 

—Al menos resolvieron las cosas, ¿no? Es muy celoso ese Gutiérrez. 

 

—Sí, un poco. 

 

Hablando de Brian, se les acercó mientras terminaba de acomodarse la playera. Le sonrió a Armando y luego a Mateo, pero fue una sonrisa llena de vergüenza. A Mateo le dió risa que el mediocampista estaba totalmente rojo, como si hubiera metido la cara en algo caliente. 

 

—¿Todo bien, Gutiérrez? —Le preguntó cómo si nada fuera de lo común estuviera pasando. 

 

—Eres un metiche, wey —siseó bajito y Mateo se rió. 

 

—Es el deber de un amigo, nada más. No te enojes conmigo, mejor hazlo con Hormi. 

 

—¡No le digas que se enoje conmigo! Acabo de lograr ponerlo feliz. 

 

—Ojalá te dure tenerlo así. 

 

Mateo sentía que su chamba ahí estaba hecha. Ahora solo faltaba seguir dándole duro para el siguiente juego que se venía. 

 

Iban a ganar.

Notes:

no me gusta que critiquen tan feo a brian, o sea, está nerviosito, con él no ❌
btw, espero que les haya gustado esto