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—¿Tenés o no?
Lisandro arqueó una ceja, todavía con cara de sueño aunque ligeramente divertido por la conversación que estaban teniendo en la puerta de su habitación. Enzo, parado ahí y hablando en voz baja, se dio cuenta de que parecía que le estaba pidiendo algo totalmente distinto, con un tono quizás demasiado impaciente para la hora que era. El entrerriano sonrió de costado, dejándolo pasar a la habitación que compartía con Cristian. Aunque ya no debería haberlo sorprendido después de semanas en la concentración, parecía demasiado temprano para encontrarse a Nahuel y Rodrigo ahí también. El primero estaba ya cebando mates como si el termo fuera una parte más de su cuerpo, sentado en un pequeño sillón en la esquina. El oriundo de Sarandí estaba directamente despatarrado en el suelo, ya pidiendo un mate antes de que Nahuel terminara de cebarlo.
—Estás un poquito pasado de mambo vos me parece, ¿no? —comentó Licha, sentándose en su cama ya hecha—. ¿Dormiste algo desde el sábado, manija?
Enzo le hizo un gestito con las cejas con impaciencia, aunque en realidad parecía estar escondiendo una sonrisa. Todos sus compañeros sabían que estaba ilusionado como un nene. Cada una de las personas de ese grupo había notado lo emocionado, lo feliz que estaba Enzo desde que había llegado a Estados Unidos. El jugador del Chelsea a veces no podía creer estar viviendo otra Copa del Mundo. Le costaba creer que estaba jugando otra vez al lado de su ídolo, de ese grupo increíble, volviendo a vestir los colores más lindos del mundo en el evento deportivo más grande del planeta.
Pero, especialmente, no podía creer que otra vez tenía la suerte de compartirlo con una de las personas más importantes de su vida.
—¿En qué anda el Juli? —preguntó Nahuel, pasándole un mate a Rodrigo—. ¿Ya te rajó de la pieza tan temprano?
—Ojo que Juancito anda ahí buitreando, en cuanto se descuida este le ocupa la cama —comentó el jugador del Inter de Miami. Lisandro le decía manija a él pero Rodrigo parecía haberse multiplicado, apareciendo por todos lados y sabiendo todo lo que pasaba en cada una de las habitaciones del predio—. Tiene unas ganas de tirar un colchón ahí en el medio.
—No me rajó de ningún lado —refunfuñó Enzo, mirando a Rodrigo de refilón, aunque con la atención todavía en Lisandro.
Aunque Julián no lo había echado, lo había cagado a pedos por abrir las ventanas a la mañana, apenas habían conseguido levantarse de la cama que habían compartido. Enzo había leído que era bueno para sacar las malas energías del ambiente, aunque el cordobés no parecía estar muy de acuerdo con dejar entrar el aire caliente del exterior en la habitación perfectamente acondicionada. El castaño le había pedido que fuera a ver si llovía mientras preparaba el mate y Enzo simplemente había salido de la habitación para ir a buscar la ayuda de la banda del palo santo.
—Y mi cama no la ocupa nadie —agregó después el chico de San Martín, pensando en Juan con cierto recelo. Le había prometido a su compañero de habitación que iba a aprender a convivir con el arquero y cómo se sentía hacia él, aunque había sido el tipo de promesa que Julián le había sacado en un momento de debilidad, con los ojos cerrados y a punto de dormirse mientras lo abrazaba—. Ni cerca de ocupar mi cama está. Ni cuando yo no estaba porque me habían suspendido —aclaró—. Que se vaya a otro lado.
Rodrigo se rio entre dientes, sabiendo perfectamente que había hecho que Enzo pisara el palito. Licha le sonrió con complicidad, porque era quizás el más observador de todos y por ahí Enzo no estaba cumpliendo muy bien con la tarea de llevarse mejor con el arquero. Cristian, que todavía seguía metido en su cama y tapado hasta la cabeza, gruñó algo en cordobés profundo y después soltó un sonido que no era ni un bufido ni un ronquido. Los ojos de todos fueron un segundo a él, antes de que cada uno volviera a lo suyo. Tenían suficiente sentido de autopreservación como para no molestarlo mucho a esa hora, cuando todavía no había tomado ni un mate.
Lisandro se giró hacia el lado opuesto de sus compañeros y empezó a revolver el contenido del cajón de su mesita de luz. Nahuel le pasó un mate a Enzo, que aceptó y se lo tomó de un saque, demasiado concentrado en lo que había ido a buscar. Quizás Lisandro tenía razón y sí estaba un poquito pasado de revoluciones.
—Tomá —dijo Licha, pasándole un paquetito y un encendedor de chispa enorme—. Después me lo devolvés así como está, eh, o te voy a buscar.
—¿Qué hacés con un magiclick, boludo? —preguntó Nahuel.
—Es del culiado este —le dijo Lisandro, señalando al bulto en la cama que era Cristian—. Le pedí que me compre un encendedor y se me apareció con esto.
Nahuel se rio y Cristian volvió a murmurar algo que nadie entendió, quizás en un intento desganado de defenderse.
—¿Es palo santo eso? —inquirió Rodrigo, en dirección al morocho—. ¿Para qué lo querés?
—Para la mufa —respondieron Lisandro, Nahuel y Enzo al unísono. Incluso al morocho de San Martín le pareció escuchar a Cristian decirlo también, desde su lugar abajo del acolchado.
Rodrigo alzó un poco las cejas ante el evidente ritual de público conocimiento.
—Pasó el brujo de Ghana y dijo que estás un poco cebado, gordo —comentó el jugador del Inter de Miami, aceptando otro mate de Nahuel.
Las sábanas de la cama de Cristian se movieron y el jugador se incorporó como si le hubiesen tirado un balde de agua, sentándose en ella.
—Pará, la concha de tu madre, con eso no se jode —dijo el morocho de Córdoba, con una expresión seria y los ojos apenas abiertos—. Cierren el orto un poco y pásenme un mate.
—Me pueden chupar la pija los fantasmas esos —replicó Rodrigo.
—Dice el que anda de acá para allá con los caramelitos —intervino Nahuel.
El de Sarandí parecía estar por defenderse, pero el cebador lo interrumpió saltándose la ronda y metiéndole el mate de prepo en la mano. Enzo no dijo nada, porque sabía que estaban a un comentario de que la conversación comenzara a irse por las ramas. Volvió a mirar a Licha, que simplemente sonrió, esa sonrisa que siempre daba la sensación de que sabía más cosas que los demás, que estaba un paso adelante. Por ahí no necesitaban preocuparse por el resto de los brujos de los otros equipos haciendo gualichos, porque ellos tenían uno propio escondido en el plantel.
—Bancá.
Lisandro volvió a revisar el cajón y giró de nuevo hacia Enzo, dándole algo con el puño cerrado. El morocho observó su mano, extendiendo los dedos. En su palma había un pequeño rosario de madera, uno que alguna vez Enzo había visto en la muñeca de su compañero. El gualeyo le guiñó un ojo y el chico de San Martín le regaló una sonrisa antes de hacer un gesto con la mano hacia el resto para despedirse.
—Posta, ¿en qué anda este? —escuchó que preguntaba Rodrigo, mientras se tomaba otro mate más.
—A ver si adivinás —dijo Licha mientras el morocho empujaba la puerta para cerrarla. Estaba bastante seguro de que había escuchado el nombre de Julián antes de que sonara el click de la cerradura, aunque quizás había sido su inconsciente.
Enzo volvió a su habitación con la bolsita con el palo santo en una mano y el magiclick y el rosario en la otra. Se cruzó con el Toro, que le dio una sonrisa y un guiño de ojo como si supiera exactamente qué era lo que estaba haciendo, como si fuera lo más normal del mundo cruzarlo con esas cosas tan temprano. Quizás no era el único del plantel que había recurrido a medidas extrafutbolísticas, o tal vez Enzo era demasiado obvio cuando se trataba de su compañero de cuarto.
Cuando el morocho entró a la habitación, Julián estaba todavía con la ropa que usaba siempre para dormir. Se había sentado con las piernas cruzadas sobre la cama de Enzo, que había quedado hecha de la noche anterior. El mate estaba preparado en la mesita de luz, aunque la yerba estaba todavía seca, porque el cordobés siempre estaba esperando a que fuera él quien comenzara a cebarlo. Era otro de los rituales que tenían por la mañana, que ninguno de los dos se animaba a romper.
El cordobés levantó la vista del teléfono, sus ojos viajando pronto a las manos de Enzo. Lo vio frunciendo el ceño por debajo de los rulos que le caían en la frente, mientras el morocho dejaba el palo santo y el encendedor en la mesita, con los ojos del cordobés siguiendo cada uno de sus movimientos. Con cuidado, Enzo se agachó para atar el pequeño rosario en el interior del bolso del castaño, que estaba a medio hacer a los pies de la cama, y luego volvió a agarrar la bolsita que le había dado Licha.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué tenés fuego? —inquirió Julián, la cautela y la diversión mezclándose en su voz—. Mirá que hay pava eléctrica acá, eh. El agua ya está caliente, no hace falta prender nada —lo boludeó, como siempre.
El morocho sonrió un poco sin mirarlo, sacando un pedacito del palo santo y luchando con el magiclick para encenderlo. Cómo había terminado Cristian comprando eso en lugar de un encendedor de bolsillo todavía era un misterio para él. Después de un rato intentando que prendiera, el familiar olor comenzó a llenar la habitación. Enzo se acercó a la ventana para abrirla de nuevo. Esperaba que el detector de humo fuera tolerante con el palo santo, porque sino se iba a meter en un quilombo y todavía era demasiado temprano para eso.
Con la mano izquierda, el menor agarró una de las de Julián para levantarlo de la cama. El castaño lo siguió, todavía confundido mientras Enzo lo acercaba a la ventana. El morocho comenzó a mover el palo santo alrededor de él, como le había explicado Lisandro en una de esas juntadas en su habitación, cuando estaban tratando de que Julián mantuviera el buen humor.
Entre la lesión, su pase en España, la falta de gol y lo que extrañaba a su familia, Enzo sabía que estaba siendo una temporada complicada para el cordobés, incluso con toda la euforia que generaba estar ahí, en esa lista de los afortunados que jugaban ese torneo. Todo el grupo parecía entenderlo. Como había pasado hacía años con Lío, con la mufa que había tenido también el Toro, con las lesiones que no habían dejado a muchos estar al cien por ciento… Cuando uno la estaba pasando mal, estaban todos ahí para hacer el aguante, para seguir tirando para adelante. Siempre era así. Era una de las cosas que Enzo más admiraba de aquel grupo, que había influido sin dudas en todo lo que habían conseguido juntos.
—Pará, culiado —dijo Julián, tosiendo y tapándose la boca y la nariz con una mano, haciendo que Enzo se detuviera un momento de lo que estaba haciendo—. Si seguís con eso no voy a poder jugar pero porque voy a terminar intoxicado o en el hospital del quemado —le dijo, por atrás de los dedos y todavía tosiendo por el humo.
—Exagerado que sos —le dijo Enzo, volviendo a moverse alrededor de él.
Julián le sujetó la muñeca donde tenía el palo santo. Enzo sonrió al ver la pequeña pulserita roja, otra obra suya cuando Julián había tenido una mala racha. El cordobés la llevaba siempre con él desde entonces, en especial cuando necesitaba alejar las malas vibras. Parecía un buen momento para estar usándola.
—¿Vos estás seguro que el exagerado soy yo? —preguntó el cordobés, bajándole la mano con el palo santo con una sonrisa, con las cejas alzadas y un movimiento de cabeza, que hizo que los rulos en la frente se movieran un poco.
Enzo no pudo contener el impulso de apartárselos con la mano libre. Cada vez le costaba más aguantarse las ganas de tocarlo, de tener esos pequeños gestos con él, incluso cuando estaban en público. Sabía que era cada vez más evidente y también que poco estaba haciendo para contenerse.
—Es para que mojes —le dijo el morocho, como si eso justificara todo—. Estás mufado nomás.
El cordobés sonrió y Enzo aprovechó para acercarse un poco más a él. El castaño quedó apoyado al costado de la ventana y el menor presionó su cuerpo contra el suyo. Se aclaró la garganta, porque el palo santo efectivamente era un poco fuerte. No sabía cómo la banda andaba con eso todo el tiempo sin intoxicarse.
—Ya se me va a dar —dijo el castaño, aunque parecía más una forma de convencerse a sí mismo que una certeza.
Enzo se acercó y le dio un beso en la nariz. Julián cerró los ojos, con los labios curvados apenas hacia arriba. El morocho apoyó el palo santo en el alféizar de la ventana, con cuidado para no provocar un incendio. Luego volvió a tomar la mano de Julián, que se había quedado con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra la pared, todavía con su cuerpo presionado bajo el suyo. Parecía siempre cansado, aunque luchaba todo el tiempo para no mostrarse así con los demás.
—Pronto —le aseguró Enzo por enésima vez—. Ya te lo dije.
—¿Por eso estás haciendo todas estas cosas? —preguntó el castaño, como si sólo entonces se diera cuenta. Probablemente se refería al agua bendita que había llevado Enzo a la sala común el día anterior o a cómo había escondido la camiseta con la que Julián había estado entrenando hasta entonces para que se la cambiara por una nueva—. Aflojá, boludo. De verdad te digo.
El morocho rodó los ojos, aunque no estaba para nada ofendido o molesto por el comentario. Apoyó su frente contra la del cordobés. Aunque el chico de Calchín se quejaba, no había rastros de enojo en su voz. Cuando estaban así, Julián parecía extrañamente tranquilo, como si pudiera finalmente relajarse, como si todos los problemas afuera de esa habitación no existieran. Los dos se sentían siempre así. Había pocos lugares donde Enzo pudiera sentir ese tipo de paz, ser tan transparente, en medio de toda la presión y la expectativa de la Copa.
—Pero la pulserita roja la seguís llevando —comentó el bonaerense, acariciándole el dorso de la mano y tocando apenas la tirita roja en el proceso.
—Sí, pero porque esta me la regalaste vos —dijo el cordobés con total naturalidad—. No porque crea en esas cosas.
El morocho sintió un calorcito en el pecho ante la confesión, ante la forma tan despreocupada que Julián tenía de decirle cosas tan importantes.
—Las fanáticas chinas andan tratando de sacarte la mufa, mirá si no voy a probar yo —comentó Enzo, girando apenas el rostro para que su mejilla quedara pegada a la de Julián. Le acarició el otro lado de la cara despacio y el castaño se inclinó contra el toque, buscándolo siempre para estar más cerca—. Si hay cien fanáticos de Julián Alvarez, yo soy uno de esos —le dijo—. Si hay un fanático de Julián Alvarez, soy yo —continuó—. Si no hay fanáticos de Julián Alvarez, es porque me morí.
Sintió cómo la mejilla del cordobés empujaba contra la suya, con el movimiento indiscutible de la risa agitándole apenas el cuerpo. Enzo no pudo evitar girar un poco la cara para dejar un beso en la comisura levantada, que hizo que el castaño solamente sonriera un poco más.
—Tenés que aflojar con Twitter, culiado.
Fue el turno de Enzo de reírse, separándose un poco para poder mirarlo a los ojos. Los párpados del castaño se levantaron para observarlo y ambos compartieron una mirada prolongada. Julián tenía esa forma de observarlo cuando le decía algo lindo que conseguía siempre desarmarlo en un segundo, que le aflojaba cada parte del cuerpo.
—Vos sabés que acá te bancamos todos, ¿no? —insistió Enzo—. Que todos estamos con vos.
—Ya sé.
—Que te vas a recuperar y que vas a estar mejor que nunca.
—Ya sé.
—Y que si te dicen algo o te critican, yo los cago a palos.
—Ya sé, Enzo —repitió Julián, y no había ni un poquito de fastidio en su voz, sino ese agradecimiento avergonzado por estar en boca de todos, esa sonrisa chiquita y tímida porque sus compañeros realmente tuvieran que salir a bancarlo. Sabía también que Enzo no era capaz de pegarle a nadie, pero que iba a saltar siempre cuando se trataba de él—. Ahora dejá de hacerte el malo y vamos a entrenar, dale.
Julián le dio un apretón en la mano antes de soltarlo para caminar hacia su cama, para poder cambiarse rápido antes de salir. Mientras el cordobés se sentaba para ponerse las medias, Enzo se sentó a su lado. Con cuidado, acarició la venda que el castaño tenía en la pierna todavía descubierta, que venía cuidando y ocultando como si no existiera. Enzo lo admiraba, porque sabía todo el esfuerzo que Julián estaba haciendo por estar ahí, por mantenerse positivo. Quizás por eso él estaba tan desesperado por ayudarlo, deseando que cualquier cosa funcionara para hacerlo sentir un poquito mejor.
Una vez cambiado, el castaño se levantó, agarró su teléfono y se dirigió hacia la salida. Enzo lo siguió de cerca y se estiró para abrir la puerta de la habitación. Aprovechando la cercanía, dejó un beso chiquito en la nuca del castaño, antes de abrir para que pudiera pasar. El cordobés lo observó por sobre su hombro con naturalidad, esa mirada de costado a la que Enzo ya estaba tan acostumbrado, y el morocho simplemente le sonrió. Alguna vez se había dado cuenta, mirando fotos, que había un tipo de sonrisa que tenía reservada solamente para Julián. Un código que compartían los dos, que sabía cómo hablar por sí solo cuando estaban rodeados de gente.
Cuando salieron a entrenar aquella mañana, con las cámaras alrededor, Enzo supo que iba a tener algunas fotos de los dos para bajar en su teléfono y sumar a su colección. Sabía que estaba siendo más pesado de lo normal con los posteos, con los comentarios, incluso con los mensajes privados que le mandaba a Julián —boludeces, en su mayoría, al punto en que el cordobés había amenazado varias veces con bloquearlo de todos lados—, pero no podía evitarlo. Sabía que Julián necesitaba el apoyo, ese vínculo incondicional de los dos que había pasado por tantas cosas. Si uno se caía, el otro lo levantaba. Si se caían los dos, siempre se iban a ayudar entre ellos para ponerse de pie. Cuando estaban en lo más alto, no había otra forma de disfrutarlo que juntos. Enzo no conocía otra cosa.
A la mañana siguiente, volvieron a despertarse temprano, con todo listo para entrenar y salir hacia Miami por la tarde. Enzo ya había estado paseando por el predio y sus alrededores antes que nadie, cumpliendo con una lista de tareas que se le habían metido en la cabeza la noche anterior. Tenía suerte que la gente del cuerpo técnico siempre fuera tan buena y paciente con el grupo, porque sabía que en otro lugar lo hubiesen sacado cagando después del primer pedido.
Cuando Enzo volvió a la habitación, puso la pava para preparar esos mates de la mañana. Julián se incorporó en la cama, ahogando un bostezo, con cara de dormido y los rulos desordenados. Aquella era una de las imágenes preferidas de Enzo desde que Julián se había dejado crecer el pelo: cuando recién se levantaba, cuando se encontraba solamente peinado por la almohada y parecía que no sabía ni a dónde estaba.
Enzo se acercó para darle un beso y luego empezó con su ritual para preparar el mate, que siempre se demoraba unos minutos. El castaño se levantó de la cama y se arrastró hasta el baño con pasos lentos. Antes de cerrar la puerta, sin embargo, se asomó por el marco para poder observar a Enzo, que estaba acomodando la bombilla en la yerba con sumo cuidado.
—Enzo.
—¿Mh?
Hubo un pequeño silencio mientras el morocho pasaba el agua al termo.
—¿Por qué hay un balde en el baño?
Enzo levantó la cabeza de lo que estaba haciendo para encontrarse con la ceja alzada en la cara de Julián.
—Es agua con sal gruesa —dijo, como si eso fuera suficiente explicación, mientras volvía a la tarea de cebar el primer mate.
—¿Por qué hay un balde de agua con sal gruesa en el baño?
—Antes de salir de la ducha, te pegás un baldazo con eso —respondió, haciéndose el desentendido y como si fuera lo más normal del mundo, algo que hacían todos los días antes de salir.
Julián frunció el ceño, sus ojos volviéndose dos líneas chiquitas.
—¿Vos me estás jodiendo, no?
Enzo negó, con absoluta seriedad incluso ante la cara de Julián. Alguna de todas las cosas que había buscado tenía que funcionar. Esa había sido idea de su mamá, y el morocho no iba a desperdiciar ninguna oportunidad para buscar que la mufa se fuera.
—Estás loco —murmuró Julián, volviendo a entrar al baño—. Tendría que haber dicho que sí cuando me ofrecieron una habitación solamente para mí —lo escuchó quejarse antes de cerrar la puerta del baño.
Durante el entrenamiento de aquella jornada, el último ahí antes del partido, Enzo no se despegó de Julián. Como el resto del equipo, el cordobés parecía ansioso y entusiasmado por el cambio de sede, donde sabía que los argentinos jugaban siempre de local. Enzo estaba animado por el partido, por lo que se venía, por seguir disfrutando de ese camino increíble una vez más, fuera cual fuera el resultado del día siguiente.
El viaje al aeropuerto se pasó rápido, con esa emoción que había en el grupo desde que habían llegado a Estados Unidos, desde que habían ganado el primer encuentro, esa excitación de saber siempre que estaban un pasito más cerca. Mientras esperaban para pasar por el estricto control antes de subir al avión, Enzo seguía sin moverse de al lado de Julián. No había chequeo de seguridad suficiente que pudiera apartarlo de ahí, tampoco compañeros que quisieran pasarse de vivos.
Los dos hicieron la fila entre el resto del plantel y Enzo metió la mano en el bolsillo de sus pantalones. Con un movimiento sutil entre todo el grupo, el morocho deslizó su mano en el bolsillo de los shorcitos de Julián, shortcitos que ya le había hecho saber varias veces cuánto le gustaban, antes de que terminaran tirados por algún rincón de la habitación que compartían.
Ante el movimiento, el cordobés llevó la mano a su bolsillo también, mientras Enzo sacaba la suya.
—¿Qué es? —inquirió el castaño, con los ojos grandes mirándolo de cerca.
Enzo le sonrió suavemente.
—Un trébol de cuatro hojas —respondió.
El cordobés puso los ojos en blanco, sin sacar la mano del bolsillo y apretando un poco los labios. Aunque se hacía siempre el superado, Enzo ya conocía la forma en que se le aflojaba la mirada, cómo parecía estar siempre al borde de una sonrisa. Julián era siempre reacio a decir cómo se sentía, pero Enzo lo conocía lo suficiente como para saber que era todo para cubrir la vergüenza. En sus ojos había siempre gratitud y cariño, y Enzo podía buscar todas las cábalas y rituales del mundo si eso implicaba hacerlo sentir mejor, que Julián siguiera mirándolo así.
—Gracias.
La banda del palo santo andaba por atrás de ellos, aunque Enzo no estaba del todo seguro si habían escuchado el intercambio entre los dos o no. Enzo y Julián se mantuvieron lado a lado cuando salieron del edificio, bajo el sol abrasante de la tarde de verano en el medio oeste del país. El morocho pasó un brazo por los hombros de su compañero cuando lo vio a Juan dando vueltas alrededor de Julián, adelantándose a las obvias intenciones del arquero.
—Ta intenso el sol de Kansas, eh —dijo el Cuti detrás de ellos, estirando mucho la e de la segunda palabra.
—Y no sabés lo que va a ser Miami —acotó Lisandro lentamente, con una sonrisa—. Denso, denso.
El chico de San Martín escuchó la risa entre dientes de Julián ante las palabras de sus compañeros y no pudo hacer más que sonreír.
Enzo iba a hacer lo que fuera por Julián, en las buenas y en las malas, sin dudarlo. Después de tantos años y de tantas cosas que habían pasado juntos, sabía que ya estaba claro que Enzo siempre iba a estar ahí para él. No le importaban mucho los apodos y las gastadas que se comiera, ni siquiera lo que pudieran captar las cámaras o lo que dijeran los periodistas sobre su relación, siempre y cuando su compañero siguiera sonriendo así.
Las buenas para Julián ya iban a llegar. Y Enzo iba a estar ahí para celebrarlas con él.
