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Summary:

En Miami, antes del partido contra Venezuela, Enzo le pregunta a Julián qué hubiera sido de ellos si no eran jugadores de fútbol.

Notes:

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Work Text:

Julián había abierto la ventana de la habitación, con el aire acondicionado demasiado fuerte incluso para el calor que estaba haciendo en Miami. Era el tipo de calor húmedo, pesado, que anticipa una tormenta. Después el cordobés se había dejado caer en la cama junto a la de Enzo, pasando los canales de la tele aunque sin estar realmente interesado en mirar algo de lo que pasaban. No había mucho que pudieran hacer a esa hora más que estar juntos, y parecía más que suficiente. 

—Eu, Ju.

—¿Qué?

Ante el breve silencio, el castaño, que tenía los ojos fijos en la televisión frente a las dos camas, se giró apenas hacia él.

—¿Pensaste alguna vez qué pasaría si no fuéramos jugadores de fútbol? —preguntó Enzo de la nada, pasándole a Julián un mate, estirando el brazo desde su cama hasta la suya.

—¿Eh? —preguntó, mientras tomaba el recipiente. 

—Tipo, nosotros —especificó Enzo, haciendo un gesto con la mano y con el termo apoyado entre las piernas cruzadas—. ¿Nos conoceríamos y eso?

Julián se quedó mirándolo, con esa tranquilidad con la que lo miraba siempre, que a Enzo a veces lo hacía sentirse como si fuera varios años más chico que su compañero. Lo había mirado así desde que se conocían, porque el cordobés siempre había sido más maduro que él, como si la diferencia de edad entre los dos fuera mucho mayor que ese casi año. Como si Julián entendiera cosas que él no, cosas que algunas veces prefería guardarse para él. 

El castaño tomó el mate en silencio. Estaban descansando en su habitación, de cara al partido amistoso del día siguiente contra Venezuela. Enzo había extrañado compartir un espacio con él, algo tan suyo, casi sagrado. Se había reído cuando Julián había confesado que le había guardado el lugar en el cuarto de los dos para que nadie se lo sacara. Como si hubiese tenido otra opción, como si Enzo fuera a permitir que alguien le robara el lugar que no le correspondía a nadie más que a él. Incluso si implicaba tener que sacar a algún compañero a patadas de esa habitación en esa fecha, esa cama al lado de la de Julián era solamente suya. 

—¿Andas filosófico hoy? —replicó el cordobés después de devolverle el mate—. ¿Estás haciendo un curso nuevo de autoayuda? 

Enzo aprovechó que ya no estaba tomando nada para revolear la almohada de su cama y pegársela en la cara. Julián, ya acostumbrado a esa respuesta, la apartó con una maestría digna del Dibu.  

—Dale, boludo, no me descanses y decime —insistió el menor, con una sonrisa chiquita. 

No sabía por qué había pensado en eso. La idea le había quedado en la cabeza después de una charla que habían tenido con el grupo de la Selección. Enzo naturalmente había tenido que lidiar con las cargadas de sus compañeros después de su sesión de fotos para Equus, con imitaciones incluidas de sus diálogos para la campaña que habían grabado. No lo iban a dejar en paz nunca. Lo había imaginado incluso antes de llegar a la concentración.  

Te tendrías que haber dedicado a esto —le había dicho el Dibu, con las fotos que Valentina había subido en la pantalla de su teléfono, entre comentarios que habían hecho que todos vieran el posteo—.  Mirá esa cara de malo, papito —agregó después, tirándole un beso y un guiño—. Toda, gordo, haceme tuyo. 

Se cagaba de hambre —había sido la réplica del Cuti en algún lugar del gimnasio, haciendo que Julián y Franco, que estaban con él, se rieran sin vergüenza—. Todo lo que habló en el videito ese estuvo callado en el vuelo, un embole viajar con él. Encima unos mates de mierda me cebó. 

Vos porque extrañás a tu marido que te cumple todos los caprichos, gorreado —había contestado Enzo—. Yo yerba con yuyos no tomo ni a palos. 

—La verdad que no sé —dijo Julián finalmente, después de pensarlo un poco—. Si te soy sincero, yo ni sé si hubiese salido de Córdoba si no fuera por el fútbol. Seguiría allá, seguro. 

Enzo lo miró de lado, sin decir nada. Pensó en Julián con su vida en Calchín, con el acento cordobés a flor de piel, con la simpleza de la vida en el pueblo. Se preguntó si Emilia hubiese estado con él igual, siendo los dos del mismo lugar, si hubiesen tenido una vida parecida a la que tenían en ese momento. Una vida quizás más tranquila y humilde, acorde a la realidad de Calchín y a los beneficios que también tenía estar lejos del ojo público. Si estarían con un bebé en camino, listos para ser papás, ansiosos por recibir al primogénito. 

—Supongo que sería profe de educación física en alguna escuela de allá, ni idea —le dijo, con un pequeño encogimiento de hombros—. Nunca lo pensé mucho. 

—Te re veo como profe —confesó Enzo, pasándole otro mate. 

—Bue, me estás boludeando ahora, ¿no?

—¡No! —insistió, con una sonrisa—. Ya te dije, los nenes te adoran a vos. Te aman como jugador, te van a amar como papá, y te amarían como profe también… 

Julián sonrió, esa forma que pasaba de las bromas al cariño con una facilidad que ellos dos solos tenían. Enzo era completamente sincero. Olivia amaba al cordobés, los nenes tenían una debilidad con él y con esa conexión al Hombre Araña a raíz de su festejo. Para los chicos, era como un superhéroe de carne y hueso. Julián tenía un aura especial, eso que lo hacía alguien querible. Era una buena persona, pero del tipo que era tan transparente que resultaba obvio casi a primera vista. No conocía a nadie que no lo quisiera, que no lo respetara, que no deseara ser como él. Era ese tipo de ser humano. Y Enzo siempre iba a estar agradecido de haberse cruzado desde tan chico con alguien así, de poder llamarlo su mejor amigo. 

—¿Y pensás que nos conoceríamos? —preguntó el morocho después, cebándose un mate para él. 

Julián observó el techo y luego lo miró de esa forma que tenía de decirle que estaba siendo un cargoso sin decir nada. A veces no necesitaban ni hablar para entenderse. 

—No sé —comentó el castaño, encogiendo apenas los hombros—. Sería difícil en realidad. Qué sé yo, ¿dónde nos podríamos haber conocido si no era jugando? 

Los dos se quedaron pensando y se sonrieron mutuamente, con complicidad, hasta que el menor dijo lo obvio: 

—¿En la cancha de River? —sugirió Enzo. 

El castaño le sonrió también, de esa forma en que se le iluminaba toda la cara, como cuando estaba por hacer alguna maldad.

—Puede ser —reconoció el mayor—. ¿Vos decís que entre toda esa gente nos íbamos a encontrar? —cuestionó—. Tan lindo no sos culiado, eh. 

—Siempre —dijo el morocho con una sonrisa, que fue pronto correspondida—. Mirá si no me ibas a dar bola vos a mí con esta facha. Si la de River me queda pintada. 

Julián rodó los ojos, aunque seguía sonriendo, mientras Enzo le pasaba otro mate.  

—¿Y vos qué serías si no fueras jugador? —preguntó el cordobés, haciendo una pausa para tomar—. ¿Barrabrava? 

Enzo se rio, con esa liviandad que tenía siempre cuando eran ellos dos, con la facilidad con la que Julián sabía cómo interrumpir un momento nostálgico con alguna broma. Incluso con la tecnología y con la frecuencia con la que hablaban, las charlas no parecían lo mismo que en la privacidad de aquel cuarto compartido. 

—Gallina seguro —respondió—. Lo otro, no sé. 

Enzo era honesto. No tenía ni idea de lo que hubiese sido de su vida si no jugaba al fútbol. No era muy bueno en ninguna otra cosa y no sabía si hubiese tenido las posibilidades que le había dado el ser jugador. Era siempre un agradecido por eso, estaba agradecido a Dios y a su familia por todas las cosas buenas que le habían pasado, incluso si a veces pecaba de avaricioso. A veces, solamente a veces, Enzo se preguntaba por qué no podía tenerlo todo. 

—No sacamos la selfie con el mate todavía —dijo el castaño, sacándolo un poco de aquella cadena de pensamientos. 

Enzo sonrió. 

—Pensé que te habías olvidado. 

—La última vez nos olvidamos y te comiste una fecha afuera —lo molestó, porque ambos tenían aquella pequeña cábala, algo que era de los dos, que habían tomado como un ritual de buena suerte. Después de la última fecha tan desafortunada que habían compartido, Julián no parecía dispuesto a volver a dejarla pasar, incluso si era solamente para tenerla guardada en sus teléfonos. A Enzo lo hacía reír, porque el castaño no era de creer en muchas cosas pero era terriblemente cabulero. 

Cuando llegaba el momento de jugar, Enzo siempre era feliz. Nunca recordaba lo mucho que extrañaba compartir equipo, compartir la cancha con Julián hasta que no volvían a estar juntos ahí. Se entendían. Como nadie. Enzo sabía que nunca iba a encontrar en ningún lado una persona que lo entendiera tanto como él, que parecía que estaba hecha a su medida. Sabía que no se limitaba solamente a la cancha, pero era ahí donde los dos podían ser, donde parecía estar bien que se entendieran tanto, que fueran tan compatibles. 

En ese momento, mientras se pasaban la pelota con una sincronía que otros compañeros solamente podían envidiar, le causaban gracia aquellos pensamientos sobre ellos conociéndose en otra realidad donde no fueran futbolistas. 

Enzo creía que no había manera de que ellos dos no hubiesen estado hechos para cruzarse en el camino del otro. 

El morocho no había dicho nada antes de los partidos, pero sabía que no estaba bien físicamente para jugar. Sabía que Maresca le iba a decir algo, había sabido incluso antes del encuentro que no había manera de que se pudiera quedar a jugar el segundo. Enzo ni siquiera tendría que haber viajado, si era sincero, pero se había guardado aquella información solamente para él. El jugador del Chelsea necesitaba viajar a Estados Unidos. Necesitaba estar ahí, incluso si era solamente para llevarse el abrazo de Julián, algunos momentos con él. Si tenía que volver a la soledad de Londres, al principio de lo que iba a ser un largo otoño que ya se sentía como invierno, por lo menos quería hacerlo con ese recuerdo, con esos días entre los dos que se llevaba siempre. 

—Noviembre está acá nomás —le dijo el castaño dentro del abrazo, cuando Enzo ya estaba listo para abandonar la habitación de los dos, para dejar esa cama vacía que nadie iba a ocupar en su ausencia. 

El morocho asintió con una sonrisa y cerró los ojos, apretándolo un poco más contra su cuerpo, deseando que pudieran quedarse así un par de horas más. Como si no hubiesen compartido abrazos entre sus camas, entre las prácticas o cada vez que Enzo tenía la oportunidad de pasar un brazo por sus hombros. Hundiendo la cabeza en el cuello del mayor, Enzo dejando un beso ahí y suspirando profundamente, como si de aquella forma pudiera guardarse su olor, la sensación de estar entre sus brazos de esos días y el tono de su voz para las semanas que otra vez les tocaba estar separados. 

—Nunca es acá nomás —murmuró bajito el más chico, todavía un poco ofuscado por tener que irse a mitad de la fecha. Lo había sabido desde el principio y, aún así, había esperado que pasara algo que le permitiera quedarse.  

—No queda otra —dijo Julián, un poco en broma, un poco en serio, porque era algo en lo que ambos estaban de acuerdo. No tenían otra opción más que aceptarlo, como había sido siempre—. Nos vemos en unas semanas, pesado, dale.  

Enzo asintió con una sonrisa, porque sabía que era así. Unas semanas, unos meses, no importaba. Porque siempre se iban a volver a ver. Porque sus realidades, incluso si no era como Enzo a veces soñaba, iban a estar conectadas para toda la vida. 

El morocho se separó apenas del mayor para dejar un beso en su frente, mientras Julián dejaba los ojos cerrados, con sus brazos todavía alrededor de su cintura. Enzo besó uno de sus párpados, después el otro. Luego dejó un beso en la nariz, un poco roja después de la ducha. Finalmente apoyó su boca sobre la suya, despacio, sin buscar más que despedirse. Con la desesperación contenida de quien no tiene idea de cuándo o si va a volver a pasar, pero con la certeza de quien sabe que van a estar juntos de alguna forma. 

A veces el chico de San Martín pensaba en los problemas mundanos porque los conocía. No había nacido en cuna de oro y había mucho que tenía para agradecerle a su familia, al fútbol y a las decisiones que lo habían llevado hasta donde estaba. A veces se sentía especial por estar enamorado de alguien que no podía tener, pero estaba convencido de que la vida era un poco así. Había cosas que siempre le iban a faltar. No era especial en eso. Como todo el mundo, siempre había algo que resignar a cambio de un sueño, la vida que siempre había querido no había llegado sin un precio. 

Enzo había entendido a temprana edad lo que significaba eso de que el pasto es siempre más verde del otro lado. Incluso siendo feliz, teniendo todo lo que había deseado cuando era chico, se preguntaba cuáles eran las posibilidades de que él y Julián tuvieran una vida juntos. Si se hubieran conocido en otra línea de tiempo, con otra realidad, con las cosas que tiene el universo de volver a juntar a las personas que están destinadas a encontrarse. Enzo creía en esas cosas, por más que el cordobés a veces lo boludeaba. Creía que él y Julián podrían haber tenido la capacidad de caminar por el lugar que los iba a llevar hasta el otro, sin importar cuál fuera su realidad, aunque sus vidas no hubiesen tenido nada que ver. Incluso si no eran Enzo Fernández y Julián Alvarez, los campeones con River, los campeones de América, los campeones del mundo… el menor sabía que la vida los iba a juntar en cualquier universo posible, de la forma que fuera. 

Enzo, en esos momentos de absurdos filosóficos mientras estaba a cuarenta mil pies del suelo y con horas encerrado en un avión, se preguntaba si en otra realidad también se hubiese enamorado de él. Si Julián hubiese tenido la honestidad de corresponderle, si los prejuicios hubiesen sido mucho menores por el simple hecho de no estar en el ojo de todo el mundo. Si eso que tenían, que era más que una amistad pero menos de lo que los dos deseaban, hubiese podido ser todo lo que se habían prometido cuando creían que el amor era más fuerte que el qué dirán. 

Cuánto hubiese dado en ese momento por saberlo, cuánto hubiese cambiado de su vida como era para descubrirlo. 

Sonrió, pensando que Cristian le había dicho que no había aportado nada en el viaje, porque había estado demasiado pensativo, siempre con la cabeza en Julián cuando estaban por reencontrarse después de tanto tiempo. Era así, algo inevitable. 

Durante esos años, Enzo ya había pasado de la negación a la ira, la negociación y la depresión, hasta la aceptación. Creía que, inevitablemente, en cualquier universo iban a terminar juntos, de la forma que fuera, con el título que fuera, porque confiaba en que ellos dos estaban destinados a buscarse, a encontrarse, a permanecer juntos. 

Cuando Enzo aterrizó en Argentina, de paso para seguir a Londres, revisó su celular. En las notificaciones, vio la historia que había subido Julián, solo, serio. Aunque sonrió, se le encogió un poquito el corazón, porque ahí siempre estaban ellos dos. A Enzo le costaba no verse al lado de él. 

Qué cara de culo, araña, ¿ya me extrañás? 

Cerrá un poco el orto —le respondió Julián algunos minutos más tarde, mientras el chico de San Martín dejaba el aeropuerto—. Cuidate y descansá para volver —agregó después con un corazón blanco. 

Enzo le sonrió al teléfono, una sonrisa que tenía reservada para él, que permanecía ahí incluso a la distancia. 

Miró por la ventana del auto, con el cielo celeste de Buenos Aires tan parecido al de Miami, tan distinto al de Londres. 

Hay cosas que nunca cambian.

Notes:

En la playlist suena Del Verde de Calcutta y todavía con el bajón del sábado ❤️‍🩹 El canon está cada vez más migajero, pero quería darle un cierre un poco menos triste que el anterior si llega a ser el último OS de esta serie.

Si llegaron hasta acá, gracias por leer, ojalá les haya gustado 🫶
MrsVs.

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