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Julián a veces pensaba en las decisiones que había tomado en su vida.
Cada pedacito de lo que lo había llevado hasta donde estaba; todo se había basado en aquellas resoluciones que, en su momento, quizás, no había podido dimensionar muy bien cuánto impacto iban a tener en su futuro.
Cuando se había planteado que quería jugar al fútbol. Cuando se había puesto la camiseta de River por primera vez. Cuando había firmado con el Manchester City. Cuando había comenzado su relación con Emilia. Cuando había decidido irse a Madrid. Cuando había dicho que no a tanto por miedo, por incertidumbre, porque la vida como la conocía pudiera cambiar. A veces, había decisiones que parecían mucho más pesadas que otras, incluso si todas ellas, esos pequeños pasos, a su manera, habían contribuido a cambiar el curso de sus días y lo habían llevado hasta ahí.
Julián sabía que, a veces, la vida tomaba ciertos caminos de forma inevitable. Había decisiones que eran muy difíciles, que implicaban poner en riesgo demasiado, que llevaban con ellas cambios que Julián nunca había estado listo para afrontar. La aceptación también era parte de las elecciones, sabiendo que ciertos deseos nunca podían estar dentro de las opciones posibles. Algunas de esas decisiones siempre habían estado condicionadas por las posibilidades, por lo que podía ser y lo que no. Julián lo había aprendido un poco a la fuerza, siendo perfectamente consciente de que, a veces, lo más fácil era aceptar que algunos sueños no estaban destinados a ser, que ciertos caminos no podían ser recorridos sin destruir todo lo que había construido antes, sin afrontar la posibilidad de perderlo todo.
Muchas de las cosas que había elegido en su vida las había elegido desde la comodidad, desde algo que había sido seguro para él, para la forma en la que había crecido, en la que había vivido desde que era un nene. Sentía que su vida en España, junto a Emilia, junto a esa pequeña familia que estaban formando, había sido el camino más natural, el camino que le iba a traer muchísima felicidad inevitablemente, casi sin esfuerzo. En algunos momentos, pensaba en qué hubiese sido de él si hubiese arriesgado más, si hubiese tomado esa ruta más compleja, más impulsiva, casi intransitable. ¿Hubiese sido tan feliz como lo era en ese momento, ante la perspectiva de tener un hijo, de tener una familia propia, de ver a sus papás convertirse en abuelos, a sus hermanos luciendo orgullosos el título de tíos, a toda la gente que lo quería teniendo a alguien más para malcriar?
Realmente no lo sabía, porque había elegido eso, y eso era lo único que era real en ese momento. A medida que habían pasado los años, que había madurado un poco, Julián había dejado de pasar demasiado tiempo pensando en lo que no podía ser.
El teléfono sonó, sacando al jugador de sus pensamientos. Se tiró el pelo hacia atrás, satisfecho con una ducha fresca que poco iba a servir para mantenerlo aislado del calor ese día. Era demasiado temprano para estar en el campo de juego pero aún así la temperatura ya resultaba abrasante. Julián disfrutaba igualmente ese aire de la mañana, esa tranquilidad de los primeros rayos de sol del verano estadounidense, la quietud de que todavía nadie estuviera ahí.
Saludó a Enzo con una sonrisa, como hacía siempre, riéndose un poco ante la cara de dormido y los pelos hacia arriba como si lo hubiese agarrado un huracán. Claro que Enzo lo iba a llamar después del anuncio forzado. Era la persona que, en los últimos años de su vida, siempre lo llamaba cuando una de esas grandes decisiones, de esos brutales giros en su vida, se hacía público. Sabía lo mucho que Julián odiaba la exposición y la forma en la que se había anunciado su paternidad había sido, probablemente, de la peor forma posible.
—Son unos hijos de puta… —había murmurado el jugador del Chelsea, después de los saludos correspondientes, casi sin darle tiempo a decir nada más.
Julián sonrió de lado, una sonrisa un poco falsa, sabiendo que no era necesario ocultar su molestia con él. No le había caído bien la forma en que se había conocido la noticia, pero no había mucho que hubiese podido hacer en ese momento.
—Ya está, vos sabés que igual lo íbamos a anunciar en estos días…
Julián y Enzo ya lo habían hablado antes. Tantas cosas se habían contado de esa forma, a través de una pantalla, que el castaño había esperado hasta su tiempo juntos en Argentina para comunicarle la noticia. No sabía exactamente por qué —o, quizás, lo sabía mejor que nada— pero había querido estar en el mismo espacio físico que Enzo cuando se lo contara. Había querido verle la cara, cada uno de sus gestos, había querido recibir ese abrazo, había deseado tener la validación directa sobre aquella etapa nueva de su vida, esa que podía cambiar tantas cosas entre los dos.
Había visto la ambigüedad en los ojos de Enzo ante la noticia, esa primera emoción que Julián podía reconocer muy bien, porque la había sentido en su pecho cuando Enzo le había contado sobre la llegada de Benjamín. Luego habían llegado las sonrisas, las felicitaciones, los abrazos, las lágrimas que contenían tantas otras cosas. Julián no podía recriminarle nada porque entendía lo que esos instantes significaban para los dos. Esos pequeños segundos de vacilación, esas breves inseguridades que siempre se habían alimentado de todos esos qué hubiese pasado si que nunca se habían concretado. Esos momentos entre los dos, esos abrazos sin decir nada, esas miradas ocasionales que compartían, Julián las entendía bien. Era algo que iban a cargar siempre, sin importar qué noticia hubiera alrededor de ellas. Siempre iban a estar esos segundos entre los dos donde, en un instante, tenían la capacidad de replantearse toda su vida antes de seguir adelante como si nada. Aunque Julián había decidido vivir sin hacerse problemas por las cosas que no podía cambiar, la promesa de ese día que no iba a llegar nunca estaba siempre entre los dos. En ese calendario roto que ambos compartían, había una fecha marcada con un círculo que no existía pero iba a estar presente hasta el final de los días, una fecha sobre un aniversario que nunca iba a ser. El cordobés era consciente de ello, de esos instantes entre ambos que nunca mencionaban en voz alta pero que iban a doler para siempre.
—Pero igual, era algo que tenían que anunciar ustedes… —insistió Enzo, quizás con demasiadas energías en algo que, igualmente, ya estaba hecho. Julián lo pensaba así. No podía hacerse mala sangre por eso, por algo que ya había pasado, por decisiones que ya habían sido tomadas por alguien más y que no podían volverse atrás—. Vos sos demasiado bueno, yo le bajaba todos los dientes si me preguntaba si era una primicia así, tan tranquilo...
El castaño sonrió, negando con la cabeza. Sabía que Enzo exageraba, que no era tan impulsivo o, por lo menos, había aprendido a no serlo con el paso de los años. Le funcionaba bien, la mayor parte del tiempo, aunque a veces no lo tuviera del todo presente cuando estaba en una cancha.
Los dos compartieron un silencio, Julián todavía caminando alrededor del campo de juego, Enzo desde algún lugar de su habitación con el mate en mano. Era día de partido para el conjunto español, por lo que había cierto nerviosismo en cada uno de los pasos del cordobés. Había una tensión sobre toda la situación que lo había tenido inquieto, que lo había tenido durmiendo poco y mal, más allá de la felicidad desbordante que la noticia le había dado cuando Emilia se lo había anunciado entre llantos y sonrisas.
—¿Qué es esa cara? —le había preguntado Enzo, que seguía pasándose la libre mano por el pelo mientras tomaba mate, haciendo que el desastre que tenía en la cabeza fuera cada vez peor.
Julián no pudo evitar sonreír, incluso a través de todo eso que tenía dentro del pecho, pesado, incómodo, ligeramente axfisiante. Enzo siempre había manejado muy bien ese talento que tenía para hacerlo reír a pesar de todo, en los momentos menos pensados. Enzo, ese que lo conocía lo suficiente para saber que pasaba algo, para conocer su cara incluso detrás de las máscaras, las sonrisas y las emociones que sabían cubrir bien lo que lo inquietaba.
—No sé, a veces me da un miedo… —le dijo, mirando el césped, como si este todas las respuestas que buscaban se encontraran en la inmensidad de aquel verde—. Ya pensaba que un perro era mucha responsabilidad… Un humano, una persona que dependa de mí…
Enzo hizo un ruido con la boca, como desestimando las preocupaciones con esa forma suya de aliviar la tensión. Julián sabía que, a pesar de ello, se tomaba sus palabras y sus miedos muy en serio.
—Yo te vi con los chicos, Juli. Oli te ama, es tan especial cuando estás alrededor de ella… —le dijo, con la misma dulzura en la voz que le había escuchado siempre cuando hablaba con sus hijos—. Vas a ser un papá espectacular —aseguró—. No lo digo solamente yo, lo dice todo el mundo.
El castaño dio algunos pasos más en silencio, sin mirar la pantalla, observando sus pies moverse con lentitud. Pensó en ese momento, en donde iba a estar en seis meses, en dónde iban a estar en un año, en toda la historia que seguía de ahí en más. En cómo la vida, a veces, parecía hecha de pequeños instantes como ese. De decisiones, de miedos, de expectativas, de charlas sobre cosas que no se podían modificar. De cómo el tiempo, sin saberlo, pasaba de forma distinta cuando los días estaban cargados de tantos escenarios posibles, de tantas cosas que no estaban del todo bajo su control.
—¿De verdad pensás eso?
Cuando levantó los ojos, Enzo le estaba dando una media sonrisa y un asentimiento. No quedaban rastros de aquella mirada, de algún tipo de dolor que pudiera haber sentido durante ese primer momento, esa primera impresión cuando habían estado cara a cara. Enzo ya era todo amor, todo apoyo por esa persona que, ambos sabían, los iba a hacer muy felices. Era esa mirada incondicional de siempre, que Julián sabía que no iba a irse a ningún lado, que jamás iba a desaparecer con la necesidad con la que algunas cosas entre ellos tenían que hacerlo.
—Mirá cuando tengamos a una arañita corriendo por acá por todos lados —le dijo, con esa sonrisa que parecía siempre hecha para él, confeccionada a medida para no hacer nada más que hacerlo sentir mejor—. Nos va a volver locos a todos.
Julián se rio entre dientes, con ese peso en el pecho yendo y viniendo como algo incontrolable, algo inevitable. Siempre había sido el peso de crecer, el peso de tomar decisiones, de estar cerca y tan lejos de él.
—Tengo miedo… —le confesó—. No sé cómo hiciste vos…
Enzo se encogió de hombros, con esa sonrisa delincuente que era inalterable al paso de los años.
—A veces las cosas pasan y las aceptás como son —le dijo, con esa simpleza que tenía siempre bajo la manga, esa naturalidad para decir lo que sentía que Julián le había envidiado desde que eran chicos, que quizás contemplaba mucho más que el tema que estaban tratando entonces—. Una vez que estás en el baile, empezás a bailar, no te queda otra, aunque seas de madera —hizo una pausa, con esos ojos que parecían más grandes, más lejos; esa mirada que guardaba tanto significado—. Y de a poco te vas soltando y, cuando te querés dar cuenta, ahí seguís, bailando, y cada vez lo hacés un poco mejor, o por lo menos ya sentís que no estás haciendo un papelón…
Julián sonrió un poco más ante la analogía, porque sabía que la vida de los dos había sido un poco así. Ninguno había sabido muy bien qué hacer, muchas de las decisiones grandes de su vida las habían tomado cuando tanta otra gente recién estaba viendo qué quería hacer con la suya. No había guías ni profesores que enseñaran cómo hacerlo, que te dieran clases sobre cómo transitar la vida cuando pasaba tanto de golpe. Los dos habían tocado un poco de oído, habían intentado ir por el camino que habían pensado que era el mejor. Había habido tropiezos, arrepentimientos, cosas que habían quedado sin decir, deseos que quizás nunca iban a concretarse, pero cada uno había hecho lo que había podido. No había sido un camino fácil, nunca lo era, pero todavía estaban ahí. Como había dicho Enzo, a veces no quedaba otra que seguir bailando, incluso cuando sus parejas de baile fueran otras, cuando la melodía que alguna vez habían compartido ya no fuera la misma para los dos.
—Gracias —le dijo Julián, con una sonrisa chiquita, casi indefensa.
Enzo le devolvió el gesto, haciendo un brindis en el aire con el mate.
—Felicidades, papá —le dijo suavemente, con los ojos un poco entrecerrados por la sonrisa, por la claridad que entraba por la ventana del hotel, por el significado de aquellas palabras—. Vas a ser el mejor de todos, te lo prometo —agregó, casi en un susurro, casi con la voz rota, con un tono que Julián podría haber reconocido en un estadio repleto, en un festejo interminable, en un mundo de gente.
Enzo siempre estaba ahí, a veces en persona, a veces a través de una llamada, un mensaje, un chiste o, simplemente, presente en un recuerdo. Como ver una foto de una hazaña pasada, como escuchar la letra de un tango llena de nostalgia, como el olor del asado del domingo o de las sierras después de una tarde de lluvia, Enzo era siempre ese recuerdo de casa, de las decisiones, de los momentos que habían llevado a Julián hasta donde estaba. Enzo era desde siempre su lugar seguro, ese espacio a donde podía ir cuando no sabía bien hacia dónde caminar o cuando quería volver corriendo para atrás, cuando no estaba seguro si su vida estaba yendo hacia el lado correcto o cuando simplemente necesitaba un tiempo muerto, una pausa. Pero Enzo era también ese recuerdo constante del dolor de crecer, esa nostalgia inevitable de tener que salir del confort, de lo seguro, de lo único que en su vida había sido siempre certero. Enzo era el único espacio que Julián sabía que tenía sin dudarlo, que estaba ahí, que no iba a desaparecer; lo que hacía que la distancia entre los dos siempre fuera dolorosa, pero con el anhelo de alguien que sabe que siempre puede volver. No importaba el camino que Julián tomara, no importaba cuánto arriesgara, Enzo siempre iba a estar ahí. De una forma u otra, de formas que quizás no había imaginado, él siempre estaba.
—Mirá cuando los llevemos a todos a la cancha —dijo Enzo con añoranza, tratando de limpiar los trazos de aquella melancolía que había quedado flotando en el aire.
Julián le sonrió.
—Benja ya pinta para los Borrachos del Tablón, en unos años los tiene cagando a todos —respondió.
Enzo le devolvió una risa honesta, pura, de esas que resonaban en su pecho y el cordobés conservaba siempre cerca del corazón.
Julián pensaba en las decisiones que había tomado en su vida, en la familia que había elegido, en la familia que esperaba tener siempre a su lado. Enzo era eso. Sus hijos, sus padres, él. Julián no sabía muy bien qué elecciones buenas o malas había hecho, hacia dónde lo habían llevado y el impacto que cada uno de esos pequeños o grandes instantes había tenido. Sabía sí que había sido cobarde, que había sido prejuicioso y cauto, pero había sido lo que en su momento había tenido sentido, que había sido el único camino que había encontrado para seguir moviéndose hacia adelante. Y, a medida que había ido avanzando, el sendero elegido había parecido ser el único posible, cada vez más. En ese punto de no retorno, del que hubiese sido muy difícil volver, Julián había aprendido a querer lo que tenía, a apreciar lo que lo rodeaba, a amar la vida que le había tocado. Julián, desde su lugar, muchas veces prefería seguir mirando para adelante. Era lo que había elegido. Era lo que era. No había forma de cambiarlo.
Y, entre todas esas decisiones, pensaba que Enzo todavía estaba ahí con él. Quizás no de la forma que ambos querían, quizás no como hubiese esperado en un mundo ideal, pero seguía ahí, como una de las personas más importantes en su vida. Sus hijos iban a crecer juntos, ellos dos iban a seguir creciendo también lado a lado, como lo habían soñado desde que se habían vuelto mejores amigos, desde que se habían dado cuenta que no concebían la vida el uno sin el otro.
—¿Estás bien? —preguntó Enzo, bajito, cuando Julián volvió a quedarse perdido entre sus pensamientos, ambos sabiendo que ya quedaba poco tiempo para que tuvieran que finalizar la llamada.
—Sí… —respondió Julián, luego de una pausa, con los kilómetros entre los dos tan pesados como siempre y más pesados que nunca, con ese sentimiento agridulce que siempre tenían ese tipo de charlas entre los dos—. Estoy donde tengo que estar —agregó, los dos mirándose a través de la pantalla—. Gracias por estar siempre acá conmigo.
—Siempre —le dijo, con una expresión que Julián conocía, que en otro momento le había roto el corazón pero que, poco a poco, había cobrado otro significado—. Vos sabés que yo los voy a amar siempre.
Quizás lo que Julián inconscientemente esperaba nunca iba a llegar, quizás sus elecciones lo habían llevado por un lugar que no conducía a ese escenario idílico que siempre habían soñado. Había cosas que no podía cambiar, pero él estaba bien con eso porque Enzo seguía ahí.
A pesar de todo, Enzo siempre estaba ahí. Dentro de esas cosas inalterables, que no tenían vuelta atrás, Enzo siempre iba a ser la más segura. A pesar del tiempo, de los años, de las personas y los nuevos títulos que iban apareciendo por el camino, tanto profesionales como personales, ellos dos seguían siendo familia.
Y, en perspectiva, parecía más que suficiente.
