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La fuerte lluvía que pasó la noche anterior había dejado esparcidas gotas de rocío por el vidrio de las enormes ventanas, que tenía esa oficina. Su atención quedó fijada en ellas, y sin pensarlo dos veces empezó a contarlas con la mirada; viéndolas deslizarse una por una, mientras admiraba todo el rastro húmedo que dejaban a sus paso.
Las voces de ambos progenitores mezclándose cuando hablaban al mismo tiempo, lo aturdían. Es por ello que prefirió ignorarlos y dejar su atención en el rocío de la lluvia, que en la conversación. Pronto las voces se volvieron simple eco en su subconsciente; yá más relajado recargó la espalda en el respaldo de la silla dándose equilibrio con las piernas. No le importó estar frente al escritorio de su padre.
— ¡Reo! —la voz de su madre lo desconcentró. Quitó la mirada de la ventana y al enfocarla en sus progenitores, ambos lo miraban molestos—. ¿Estás escuchando lo qué estamos diciéndote?
— Sí —contestó rápidamente aún sabiendo que ya se habían dado cuenta de su intención de querer irse de esa molesta oficina.
— Repite lo que dijimos —ordenó su padre confrontando a Reo, que quiso hacerse chiquito en la silla.
Se cruzó de brazos con molestía y bufó. No se había concentrado en la conversación que sus padres supuestamente tenían con él. Y no le quedó de otra que ceder ante la intensa mirada molesta que ambos le dirigían fijamente.
— Bien. Ustedes ganan. Denme el mismo sermón y está vez pondré atención —cruzó su pierna por encima de la otra, el codo en el escritorio y su mano sosteniendo su mejilla—. Adelante yo escucho.
El Mikage mayor se quitó los lentes que usaba para leer, y los dejó a un lado. Se masajeó la cien esperando que el enojo que su único hijo le ocasionaba se bajará.
— No es un sermón hijo, es una realidad que te niegas a aceptar.
El tono forzadamente calmado en el que intentaba hablar su madre, lo alertó, intuyendo de inmediato que algo no andaba muy bien.
— ¿A qué te refieres, mamá? —cuestionó aún sin lograr entender lo que su progenitora decía.
— Sabes perfecto de lo que hablo Reo, no te hagas el desentendido ahora. Eres hijo único por lo tanto el sucesor de todas las empresas. Apesar de estar consciente de tu posición, te niegas a seguir con el linaje tradicional de la familia.
— ¿Linaje tradicional? ¿De eso estaban hablando? —soltó una risita al atar cabos en su cabeza—. De nuevo están necios con la idea de casarme tan pronto.
— De todas formas es algo qué tarde o temprano va a pasar Reo.
— Lo están pensando demasiado temprano, ¿Tan siquiera se han preguntado si quiero casarme?
— No hay nada que preguntarte, somos tus padres y sabemos que es lo mejor para ti —remarcó su padre—. Además vas a terminar casándote en algún punto de tu vida ¿No es así? No hay diferencia en pensarlo ahora o después.
Se cruzó de brazos indignado con las palabras de su padre. Aunque siempre siguió las reglas y aceptó cada decisión qué ellos tomaban sin dudarlo; está vez estaba harto de hacerlo. Llegó a su límite.
Formar una familia no estaba en sus planes al menos no aún. Tenía muchas cosas por hacer antes del matrimonio; seguir con su sueño de volverse el mejor futbolista de Japón, tal vez darle algún lugar en su agenda a su pasión por el arte, viajar a donde aún no había ido. Y quizá, solo cuando haya cumplido sus sueños y esté satisfecho con el resultado... Conseguir pareja. Pero, eso lo veía aún muy alejado de sus estándares de vida futura.
— Nosotros conocimos algunas posibles candidatas que pueden ser tu esposa —nuevamente su madre lo sacó de su ensoñación—. Chicas que vienen de familias millonarias como la nuestra, con las que nos codeamos muy bien; así que pensamos que lo mejor es que tú las conozcas cuánto antes.
— ¡¿Qué?! —se levantó de golpe haciendo que la silla cayera detrás suyo al empujarla con su cadera. Colocó sus manos en la madera del escritorio, con la mirada seria—. Díganme que es una broma...
— Son varias chicas interesadas en comprometerse contigo, hijo —siguió su progenitor dándole a entender que no era broma lo que decían—. Vas a tener que desposar a una en su momento.
— ¡Aún tengo diecisiete!
— ¿Y qué? En unos cuantos meses cumplirás dieciocho —afirmó el mayor—. Es una edad adecuada para comprometerte de una vez.
— No voy a tener nada de tiempo para conocerla —se defendió—, es muy pronto para que…
— ¡Deja de poner excusas! —de igual manera su padre se levantó de su asiento y encaró a su único hijo—. Vas a comprometerte a los dieciocho como lo hemos echo en generaciones y te casarás cuando termines tus estudios.
— Hay que comprometerte para asegurar la herencia de la familia. —La mano de la fémina intentó tomar la suya, y él la apartó antes de que siquiera hicieran contacto.
— ¡Ambos están dementes!
Se alejó bruscamente y apesar de escuchar los reclamos de ambos para que se quedara no se detuvo ni a verlos. No quería quedarse ahí escuchando la misma maldita conversación dos veces en el día.
Tomó la perilla de la puerta en su mano y antes de poder girarla el llamado de su padre lo detuvo.
— ¡Detente ahí, Reo! —gritó el hombre—. Si no sigues nuestras tradiciones vas a terminar siendo la decepción de la familia Mikage.
Sin soltar la perilla giró su rostro para atrás mirando directamente al mayor, quién lo miraba molesto y desafiante. Su madre al lado del mayor con angustia en su rostro.
— ¿Te parezco una decepción? ¿Lo seré por no ser como tú, padre?
— Ya empezaste fallando con el capricho de querer jugar fútbol, y ahora nos sales con ésto —Reo rodó los ojos fastidiado por los reclamos—. Siempre nos hemos caracterizado por ser una familia perfecta, poderosa e impecable. Pero, tus absurdas decisiones están manchando esa imagen.
Soltó la perilla y apartándose de la puerta volvió sobre su pasos. Sin miedo, ni titubeos, encaró la imponente figura de su padre.
— Lamento haber manchado la estúpida imagen de nuestra hipócrita familia perfecta, papá.
La mirada de ambos era filosa. No decían nada, pero el ambiente era asfixiante e incómodo sintiéndose hasta a las afueras de los pasillos.
— Está conversación no nos está llevando a nada, será mejor que nos calmemos y...
— ¡Espera mamá!, Aún tengo una noticia más para darles —apretó la barbilla para luego sonreír de manera retadora—. ¡Yo soy gay!
Soltó sin ninguna pizca de pena, mientras la confusión adornaba el rostro de ambos adultos, que no podían creer lo que había dicho. Al verlos de esa manera volvió a hablar sin pensarlo bien antes de hacerlo, la ira controlando su ser.
— Además ya tengo novio.
— ¿Qué acabas de decir?. —Preguntó su padre.
— ¡Qué tengo novio!, Por lo tanto no me casaré con una chica de esas familias que tanto quieren, no le voy a ser infiel a mi chico. —Dijo lo último fingiendo amor por un supuesto novio que no existía.
— Lo dices para molestarnos y no comprometerte con una chica de las familias que escogimos ¿No es así, Reo? ¡¡Dí la maldita verdad!!
— No papá. No estoy bromeando con esto y mucho menos lo hago por molestarlos —alzó las manos en zona de paz—. Es la verdad, tengo novio y lo amo muchísimo.
Sus progenitores permanecieron en total silencio después de oírlo. Y al cabo de unos cortos minutos, el Mikage mayor decidió tomar la palabra, para romper ese silencio.
— ¿Cómo se llama?. —Preguntó.
— ¿Ah?
— ¿Cómo se llama tu novio?
En ese instante Reo sintió como el aire se escapaba de sus pulmones dejándolo incapaz de respirar con claridad, los nervios empezaron a hacerse notar, pequeñas gotas de sudor aparecieron en su frente. Tosió un par de veces aclarándose la garganta y así poder pensar en una idea de cómo librarse del lío en el que se metió por no pensar con claridad antes de hablar.
Tonta boca y su manía de hablar con la ira dirigiéndola al 100%.
Cavó su propia tumba cuando se le ocurrió inventarse un novio con la esperanza de que sus padres lo dejarán de molestar con la idea de comprometerlo con una chica de esas que solo les interesaban sus uñas y los vestidos, antes que otra cosa. Lo peor de todo es que en lo único que no mintió fue en confesar que era gay.
— Sabía que estabas mintiendo hijo. No hay forma de que...
— Nagi... Mi novio se llama, Nagi Seishiro —interrumpió a su padre diciendo el primer nombre que sé le vino a la mente. Vaya que eso le funcionó para dejarlos callados.
Nuevamente un silencio gobernó las cuatro paredes, su madre se había sorprendido al escucharlo y su padre enfocó la mirada en su escritorio procesando lo que Reo confesó. Era la primera vez que el Mikage menor objetaba sobre sus planes; estaban acostumbrados a que Reo hiciera lo que le dijeran.
La negación nunca fue opción.
Reo volvió a encaminarse hacía la puerta, está vez girando la perilla con rapidez. Por un momento sé quedó quieto, solo observando el pasillo con detenimiento. Dió un paso para adelante, pero antes de cruzar la puerta, la gruesa voz de su padre nuevamente lo impidió.
— Tráelo. —Fue una mínima frase pero lo suficiente para dejar a Reo tieso en el umbral de la puerta.
— ¿Qué? —Soltó el pelimorado sin saber que decir con exactitud.
— Tráelo a casa, quiero conocer al susodicho por el que no quieres casarte con una chica —espetó el Mikage mayor con firmeza—. Ahí me daré cuenta si es verdad lo que nos has dicho hasta ahora.
Reo no volteó a verlo. Solo tenso todo su cuerpo escuchado la voz de su padre a sus espaldas.
— ¿Qué ganas con conocerlo?
— Yo no ganaré nada. Pero, tú si puedes salir ganando —aclaró el mayor intensificando curiosidad dentro del menor—. Si resulta ser verdad lo que has dicho y qué ese Nagi verdaderamente es tu novio y lo amas... Automáticamente yo anularé el compromiso. Nosotros los Mikage no somos infieles, Reo.
No habría matrimonio. Tendría el libre albedrío de casarse con otra persona. Sus padres dejarían de molestarlo con esa absurda idea de una boda por la herencia. Todo eso, si traía a su amigo a su casa y confirmaba delante de sus padres el noviazgo qué había entre ellos.
Obviamente, tal noviazgo entre él y su mejor amigo, Nagi, no existía. Detalles que después arreglaría.
— Entonces, dime la fecha y hora, y te aseguro que mi novio vendrá.
Maldita boca. ¿Por qué decía lo que sé le apetecía justo ahora?
— Bien —afirmó su padre—. Pero sí descubro que mentiste. Harás todo lo qué yo te diga ¿Está claro?
El menor de los Mikage asintió.
No hubo más diálogo. No había vuelta atrás. Finalmente Reo salió de aquella fría oficina, cerrando la puerta con fuerza, dejando el eco resonando en las cuatro paredes del lugar. Sus padres procesaron lo ocurrido en silencio, aún había dudas de que aquella inesperada confesión que sus único heredero soltó... Fuera del todo cierta.
Con lo qué no contaba Reo; era qué su progenitor aún guardaba un peligroso as bajo la manga.
