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Y dale alegria, alegria a mi corazón

Summary:

Para Oscar Paitri la vida le dió una segunda oportunidad después del fiasco del campeonato del año pasado en la forma del Omega más perfecto que jamás imaginó.

¿El problema?

Lo único que sabe de Franco Colapinto es su enorme fanatismo por el fútbol y su selección nacional.

 

Tocará ponerse a estudiar si desea conquistarlo.
Lo que hace uno por amor.

Notes:

A fines narrativos Franco debuta este año (2026) como rookie en vez de 2024, su edad se mantiene en 23 años.
Sin beta read me disculpo por errores que pueden aparecer.
Siento que voy a seguir editandolo en el transcurso del día, pero me prometí subirlo antes del partido de Argentina, que es hoy.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Oscar Piastri ama estudiar. 

 

Era un hecho transversalmente en su persona.



No le molestaba diseccionar cada dato de telemetría, cada cambió en los componentes o probar nuevas estrategias. 

Podía estar horas frente a la pantalla viendo los números bailar.  

 

Él sabe que en esas décimas se escondía el secreto de una pole position o la condena de terminar último.



Por otro lado… Su familia lo obligó a tener buenas notas. 

Era la única condición que tenía que cumplir si quería seguir con su carrera automovilística. 

 

Todo para que pudiera defenderse en la vida con un colchón de estudios académicos; por si las posibilidades de ascenso en las categorías se cerraban ante él sin ni siquiera probarlas. 

 

Al menos era lo que su mamá intentó. 



Por suerte, tanto para él como para sus padres, la vida le sonrió en ambos aspectos: 

 

Consiguió las mejores calificaciones posibles, a la vez que pudo pelear un campeonato en su tercer año en la categoría.

 

En fin, Oscar amaba estudiar. 

 

Aunque en ese momento, frente a su netbook parpadeante, se estaba replanteando cada vez que tuvo ese pensamiento.


Si tanto le gustaba…¿De qué se estaba quejando?



Oscar odiaba dedicar su tiempo a estudiar temas que le aburren. 

 

¿Autos? Puede y ha estado días enteros leyendo sin cansarse. Sin parpadear.

 

¿Un tema que no le generaba ninguna pasión?  Resultado: que estuvieras horas intentando que las palabras danzantes tengan un sentido en su mente.



Quebrando el cuello, bostezó mientras abrió la siguiente pestaña en el foro de mala muerte que encontró. 

 

“¿Cuántos leones tiene tatuados Lautaro Martínez?”

"¿Cuál es la marca de hamburguesas que promociona el Dibu Martínez?”

"¿Cuál es el origen del apodo de Lisandro Martínez?”



¿Porque hay tres tipos con el mismo apellido jugando en el mismo equipo? 

¿Cómo es que no los confunden?



Sintió que perdió un año de vida ante cada nuevo clic, sus ojos resecos pidiendo un descanso que su terquedad se negaba a ceder.



“¿El Cutison es real? Todas las pruebas aquí”

¿Para qué carajo le interesaba saber eso? 



Con un gemido de frustración hundió su cabeza en la pantalla de la laptop que le envió McLaren. Realmente tendría que ocupar su escaso tiempo libre en algo más productivo, más trascendental. 



Definitivamente, el fútbol y la selección argentina no entraban en esa categoría para él. 



Obviamente disfrutaba de un buen partido, y siempre en el mundial deseaba que su país pudiera hacer una buena actuación sin ser la favorita de nadie. 

 

Pero su amor hacia el deporte moría allí. 

 

Su corazón latía por el deporte motor. 



…Y el criquet. 

 

¿Qué? Era australiano al final del día. 



Entonces, ¿para qué se sometía voluntariamente a semejante tortura? 

 

Recordando ese brillo en los ojos verdes y esa risa risueña en un idioma que no podía entender, suspiró una última vez enderezándose. Crujiendo su cuello, llevó sus manos entrelazadas al techo, estirando la espalda de su postura de caracol que optó en la última hora. 



La información no entraría en su cerebro solo quejándose. 



Todo lo que hacía para tener una mínima chance de impresionar al nuevo omega de la grilla.



El nuevo omega que era un fanático absoluto del fútbol. 

Y sobre todo de la selección de su país.  



 

El joven alfa no pudo evitar deslumbrarse por él. Caer rendido a sus pies.  

 

¿Quién no lo haría al verlo? 




 



 

Volvamos al inicio, a aquella zona cero donde se originó todo esto. 



La foto grupal de la alineación 2026. 



Oscar tuvo un nuevo año, como mínimo … difícil.



Lidiar con la frustración de perder un campeonato después de estar tantas semanas liderándolo es un golpe para cualquiera. 

 

Realmente agradece a su familia, a sus hermanas y a su mejor amiga que lo acompañaron incondicionalmente.  Fueron largas semanas de terapia, liberar tensiones y volver a reconectarse consigo mismo. 

 

Volvió a la pretemporada con otro enfoque. 

 

Él seguiría allí, intentando su sueño. Sabe que si una vez lo pudo casi cumplir, lo podría hacer de nuevo. 



No se rendiría, aunque sienta todo perdido. 

No se rindió, aunque tenga que ganar a su compañero de equipo.

No se rindió, aunque su escudería lo boicoteara. 



El lucharía por ese sueño. Por ese niño que a los 3 años jugaba a ser un auto de carreras. 

 

Evitó las redes, evito a los periodistas. Evito cualquier cosa que atente contra su sanación.

Solo se enfocó en su nuevo auto, en aprender el nuevo reglamento y en McLaren.

¿Un poco obtuso? Absolutamente.

Pero se es lo que se es. 

 

Pero justamente fue ese trabajo interno, esa reconstrucción de su persona, lo que le jugó, esta vez, una mala pasada. 



Porque Oscar Piastri no tenía ni idea de cómo serían los equipos este año. 

Y ahora se sentia un idiota al enterarse de las nuevas incorporaciones. 

 



—¿En serio? No sabía nada de que subieran dos rookies. —Oscar preguntó con los ojos abiertos, incrédulo. Pensó que, después de los cinco debutantes de la temporada pasada, el recambio generacional frenaría un poco. 



Llegaron temprano al lugar de la foto grupal, cada año más lúgubre y deprimente. Mataron el tiempo con su compañero poniéndose al día de los chismes que circulaban. 

 

O mejor dicho Lando Norris le contaba cuanto chisme supiera y Oscar solo le respondía sorprendiendose. 



—¿Cómo que no Osc? ¿En qué burbuja te metiste? —Lando se reía de su despiste.

 

—Bueno, estuve ocupado —se defendió el alfa cruzándose de brazos—. ¿A quiénes bajaron?

 

—Yuki y Doohan. 

 

—Pobre Jack, no se merecería eso…

 

—Osco, rompió 10 veces el auto. Es un milagro que no lo echaran a mitad de temporada— señaló el omega como si fuera la obviedad más obvia del mundo. 

 

—Bueno, tenés un punto… ¿Sabés cómo se llaman? —preguntó tímidamente. No quería tener que saludar a los recién llegados y no tener ni la más mínima información sobre ellos. 

 

—¡Dios Oscar! No es sano estar tan aislado — Lando le recriminó riendose. Sabía lo obtuso que podía ser su compañero de equipo— El de Racing bull es Arvid Lindbland y el de Alpine se llama Fran…



Justo en ese momento las puertas se abrieron. Entre todo ese tumulto de gente conocida, allí en el medio, un rostro de un omega que nunca antes tuvo el privilegio de conocer. 

 

Destino. Sólo podía explicarse como un acto del destino.

 

Como si un ser superior estuviera coreografiando el encuentro inevitable entre dos seres destinados a recorrer el cosmos juntos. Siendo ríos de vida encontrándose en la bifurcación para unirse en un caudal raudo e imparable.



Podía pensar en la gracia divina.

 

O en que  las películas que sus hermanas lo obligaban a ver de niño realmente le estaban afectando. 

 

Crecer con 3 hermanas podía tener sus consecuencias que recién ahora este notando.



El nuevo omega llenó la sala con solo con su presencia.

 

Sus rulos se balanceaban a cada paso, mientras que su caderas lo seguían al compás. 

 

Oscar captó en un breve instante de claridad, el brillo verde que danzaba en esos ojos. Se dio cuenta, con absoluto deleite, de que el chico era unos deliciosos centímetros más bajo que él. 

 

Más menudo.

 

Escuchó embelesado la risa chillona que escapó de esos labios regordetes ante algo que le era ajeno. 



Oh, qué hermosa risa. 

Qué hermosa forma de entrecerrar los ojos al sonreír. 



Oscar Piastri quedó hechizado.  

 

Completamente estúpido ante el nuevo omega.

Volvió a la realidad al sentir un fuerte codazo contra su costado. Lando lo miraba divertido, con la malicia escrita en su rostro. 

 

—Wow, el kiwicito se nos enamoró. —Lando apenas contuvo la risa al ver cómo las mejillas del alfa se tornaban rojas. 






Franco Colapinto era perfecto para Oscar.

 

Como, injustamente perfecto. 



Era justo el tipo de omega sacado de los cuentos de hadas con los que creció. 

 

Era carismático, siempre con una respuesta rápida y afilada en la punta de la lengua. 

Era auténtico, diciendo o actuando lo que sentía, sin pensar en lo que dirían. 

Era dulce, saludando a cada fanático con la emoción palpable en sus orbes verdes.   



Tan precioso que, a los ojos de Oscar, era el omega más omega que jamás conoció. 

 

¡Y eso que su compañero de equipo era Lando Norris! Que exudaba omeguidad con solo respirar.



Franco era tan hermoso como él solo podía ser. 



Oh, cómo deseaba agarrar esa cinturita y clavarle toda su… ejem. 



Sigamos. 





Oscar, ni lento ni perezoso, aprendió inmediatamente tres cosas sobre él. 

 

Uno: Después de luchar contra los prejuicios, cumplió su sueño de llegar a la Fórmula 1, debutando este año con BWT Alpine (¿justo en esa escudería de mierda?).

Dos: Tenía 23 años.

 

Tres: Era un fanático enfermo de su equipo de fútbol y de la selección de su país. 



¿Cómo sabía esto último? 

 

Porque el omega era en todo lo que podía pensar desde que lo conoció por primera vez en ese triste intento de set.

 

…Y puede ser que se haya visto un par de reels provenientes de Alpine. El chico siempre cantaba la misma canción de cancha o usaba la misma camiseta de futbol en cada uno de esos videos. 

 

Con ese orgullo, con esa alegría que se transmite en cada gesto y expresión.

 

De alguien que realmente ama a las personas que, según él, “dejan todo por la camiseta”.

 

Y Oscar era tan débil ante esa alegría contagiosa. 



Quería más. 

Mucho más.



Quería ahogarse en ese aroma dulce y empalagoso que lo envolvía cuando interactuaban brevemente en los desfiles de pilotos.

Quería ser el alfa que le contó un chiste tonto, únicamente para ver cómo su rostro se arrugaba ante la carcajada. 

Quería aprender su idioma, para entender su particular humor que hizo reír a toda persona que tiene el privilegio de conocerlo. 

 

Oscar quería tantas cosas. 



Pero había un ligero, pequeño problema. 

 

Era pésimo cortejando. 

 

Como… catastróficamente malo.

 

En lo único que resultó su intento de cortejar a Lily, fue en que ella se volviera su mejor amiga. La dulce chica nunca notó ningún intento de cortejo de su parte. 

 

Y eso que él sintió que lo dio todo. 

 

Incluso, en su despiste, no percibió las evidentes ganas que le tenía su compañero de equipo. Hasta que esté, harto, lo mandó a freír churros por despistado. 

.

Así de malo es. 

 

Pero bueno, pasado pisado. Era momento de dar el batacazo. 



Porque sentía que lloraría sin parar si no lograba mínimamente acercarse al omega de ojos bonitos y pestañas tupidas. 



Su plan de acción era simple. Conversar. 

 

Iba a ganarse al omega de sus sueños a base de puras charlas.

 

¿Por qué? 

Porque, según lo que lo conocía, Fran hablaba. 

 

Y hablaba mucho. Como …todo el tiempo. En cada foto, en cada video, el omega siempre estaba hablando. 

 

Una pequeña radio con patitas. 



¿Un plan fácil? 

 

Bueno, hay un pequeño detalle. 

Oscar no sabe de qué hablarle. 

 

Sentía que hablarle sobre autos y los mil detalles que él conocía, se parecería más a una reunión de negocios que a un verdadero cortejo. 

 

No funcionaria. 

 

Oscar quería que fuera algo significativo. 

Que el omega notara que estaba pensando en él, sin ser excesivamente invasivo. 

 

Así que se aferró al conocimiento más básico que tenía sobre el argentino: su amor por el fútbol. 

Aprendió detalles, partidos y todo lo que pudiera para impresionarlo. 

 

Informarse sobre el mundial fue la única forma que encontró para poder entablar una conversación por más de 5 minutos con él sin que sea un completo desastre. Sin que la conversación se cortase ante su tartamudeo evidente y el silencio incómodo que solo Oscar podía generar. 



No, señor. Cortejaria bien, más que bien. 

 

No pudo conquistar el campeonato el año pasado.

La vida le estaba dando la revancha de su vida con este sublime omega. 

 

Y esta vez, no lo dejaría escapar. 







Empezó sutil. 

 

Con un comentario ligero cuando lo encontró por los pasillos del paddock al inicio del fin de semana. 

 

—¿Sabías que Argentina va a jugar contra Mauritania estos días? —Oscar trató de sonar despreocupado, aunque su corazón galopaba como un jinete sin dueño. 

 

—Eh, hola también. —Franco se volteó a verlo, sorprendido de las palabras. El alfa se reprendió al darse cuenta de que no lo saludó. Qué buen inicio, eh. —Emm… sí sabía del amistoso. 

 

—¿Sabías también que es la primera vez que se enfrentan esas dos selecciones? —Oscar sintió las palmas de sus manos frías, reprimiendo el impulso de cerrarlas o agitarlas para sacarle las gotas acumuladas. 



El omega parpadeó ante su pregunta, pero terminó arqueando una ceja con simpatía. 

 

《Oh, su rostro es tan expresivo》, pensó Oscar con anhelo. 

 

—Si lo sabía, no puedo esperar al partido y ver cómo resultará. —Escuchó a lo lejos a alguien de su equipo llamándolo. —Perdón, pero me tengo que ir, nos vemos luego, ¿sí?



Y antes de terminar de voltearse e irse, Franco le sonrió con la mayor sonrisa jamás vista.

 Aquella que ilumina sus ojos, mientras tiraba de sus facciones. 

Una sonrisa genuina, real. No de esas falsas que tan entrenados estaban a dar. 



El alfa se quedó plantado en el lugar varios minutos después de la partida del omega, su corazón desbocado y un sonrojo tatuado en sus mejillas. 

La alegria que le generó lo acompañó durante todo el día, sin importarle lo que su jefe le diga, su ingeniero le diga y hasta lo que su propio auto le diga (que tiene una mierda de motor que se apaga solo). 





Siguió así. 

Un dato a la vez.

Un comentario a la vez. 



¿Sabías que hay tres jugadores que se apellidan igual?

 

¿Sabías que Messi puede convertirse en el máximo goleador en este mundial?

 

¿Sabías que Julián Álvarez tiene tatuada una araña en la baja espalda?

 

¿Sabías que Lionel Scaloni conoció a Pablo Aymar en la cancha de futbol club 5 a la que iban de niños?



En los pasillos, en la espera de las salas de prensa. En los drives parades. 

En cada oportunidad que tenía. 



Era una especie de ritual. 

 

Oscar se acercaba, lo saludaba (siempre, pero siempre se aseguraba de saludarlo primero) y le decía con una sonrisa incómoda un dato random futbolístico del momento. 

Franco escuchaba, quedándose un minuto en silencio para reírse levemente, respondiéndole. A veces sus respuestas eran más escuetas o simples pero jamás hirientes o rechazantes. 

"Sí, lo sabía. Martínez es un apellido común en mi país".

“Messi va a ser el máximo goleador de los mundiales, desde ya te lo firmo”.

"¿Un tatuaje? ¿Vo decis? Yo creo que no tiene’

"¿No, en serio? Ni me lo hubiera imaginado que se conocieron así".


Y el momento más especial. 

Terminaban cada interacción con el omega sonriéndole al despedirse, con una mirada divertida en sus ojos y el aroma dulce tras de sí. 



Oscar quería replicar para siempre esa sonrisa en el rostro del argentino. 




 

El primer gran hito sucedió en Miami. 

 

Oh, bendito Gran Premio de Miami. 

El mundo lo odia, pero él lo defenderá a muerte. 

 

Para empezar porque hizo un podio, el segundo del año, después de un arranque bastante olvidable. Fue lindo volver de vuelta a la grandeza, recibir el trofeo, rociar champagne y sentir la algarabía a su alrededor. 

Todo eso pasó a segundo plano. 

 

Porque lo realmente importante, lo trascendental, empezó a suceder el jueves del media day, en la pantalla de su celular.

Oscar estaba en un rincón de su hospitality, esperando la siguiente indicación de su equipo para una actividad, una entrevista o que las cámaras Netflix lo grabasen como siempre.  

 

¿Su privacidad? Bien, gracias. 

El peaje de cumplir su sueño de pilotar. 

 

En esa breve pausa, exploró las redes sociales. Tenía la costumbre de ver de forma superficial los posteos de Instagram, daba like, sacaba una captura de pantalla si el meme era gracioso y seguía de largo. 

 

Su incesante scrolleo terminó cuando las fotos recientes de Alpine ocuparon todo su celular. 

Dos fotos de Franco Colapinto disfrutando el sol de Miami. 

El mono abierto hasta la mitad reveló la ajustada camiseta ignífuga que usaba por debajo, que le quedaba cual segunda piel. La espalda recta, destacó su pecho y la sutil curvatura de su columna. 

Su cabeza estaba echada hacia atrás, permitiendo que los rayos del sol bañen sus pómulos y resalten los colores de su cabello indómito.

 

Los ojos cerrados en una expresión soñadora. El cuello estirado, revelando la evidente falta de mordida. 

 

Oscar sentía que la sangre abandonaba sus mejillas para correr a otra parte de su cuerpo que decidió unirse a la fiesta. 

 

La segunda foto no fue la mejor. 

Tenía el mismo fondo pero el ángulo ligeramente diferente, más de costado. 

Franco miró esta vez a la cámara, su cabeza no exponía su cuello. El sol delimitaba de forma perfecta la mitad de su rostro, iluminándolo. Una expresión, entre pícara y graciosa, resaltaba su espontaneidad. 

 

¿El mayor cambio? 



Sus piernas estaban elevadas en un ángulo de 90 grados, con los tobillos cruzados. 

Exponiendo todo su culo, con la conveniente costura encajada en el valle de los glúteos. 



Una provocación. 

Una enorme provocación. 

 

El omega estaba pavoneándose. 

Oscar sacudió su cabeza, tratando de borrar las imágenes imaginarias que su mente generó con ese cuello impoluto. Imágenes en donde sus dientes dejaban marcas que un cuello alto no podría disimular. 

Imágenes en donde el omega posteaba esas fotos solo para él. 



Pero no. 



Las fotos no significaban nada. Franco solo estaba tomando el sol, disfrutando el día antes de la locura de las prácticas libres y las carreras.

 

No eran una señal. No eran nada de eso. 



Porque la expectativa de que el omega se sacara y publicará esas fotografías exponiendo su cuello vacío, con la intención de llamar la atención de un alfa, era una realidad que lo destrozaba.

 

No. 

 

Eran solo dos fotos. 

Dos fotos inocentes. 



Pero que Oscar deseaba con todas sus fuerzas que no lo fuera. 

Que tuvieran su nombre detrás de la intención. 



Cuando el alfa lo volvió a cruzar en el paddock, Franco se veía exactamente igual que antes.

 

Nada que indicara un cambio, ningún nerviosismo de su parte. Era la confirmación que necesitaba para convencerse de que no había ningún motivo oculto.  

 

Las fotos no significaban nada. 

 

En cambio, fue él el que tartamudeó cuando iba a dar su dato innecesario del momento, humillándose brevemente. 

 

Huyó, ese día huyó como un insecto. 

 

Volvería a intentarlo al día siguiente.  




Los días siguientes del fin de semana no fueron los mejores. 

El alfa, cada vez que se cruzaba con el omega, recordaba a la perfección la curvatura de los muslos y la forma en que sus tobillos se trababan, como si estuviera sujetando algo. 

Recordaba cómo el sol lo iluminaba, entendiendo por fin por qué en las redes lo llamaban el ‘sol de mayo'.

Nunca un apodo le pareció tan adecuado. 

 

Si antes Oscar era torpe, esos días desbloqueó un nuevo nivel de torpeza.  Fue el piso más bajo que alguna vez llegó. Se enredaba con su propia lengua, los datos inútiles de la selección argentina se le mezclaban y terminaba siempre con un sonrojo en sus mejillas. 

 

Lily le dijo que estaba tocando fondo en su idiotez. 

Lando se cagó de risa cuando presenció uno de sus tartamudeos.

Franco solo se seguía riendo con suavidad, con los ojos divertidos y sin un gramo de burla.

 

Todo siguió el mismo ritmo embarazoso hasta el domingo. 



Porque el domingo, Oscar Piastri se enteró de lo poco relevante que podía ser para el Omega.

 

Lo reemplazable que podía ser.

Bueno, quizás estaba exagerando.  

¡Pero ey! ¿Se sentía así? ¿Ok?



Porque el domingo, ante todo pronóstico, llegó a ver el Gran Premio el gran Lionel Messi.

El omega argentino, máximo ídolo de su selección y del fútbol mundial. 

 

En unos cinco minutos, el paddock se revolucionó por completo. 

 

Los periodistas actuaban como un enjambre de avispas, zumbando molestos en todas direcciones. Los equipos de comunicaciones publicaron cuánta foto contuviera una piel del futbolista.  Los jefes de equipo intentaban acordar un encuentro entre el astro y sus pilotos. 

 

Pero los ganadores eran indiscutibles. Mercedes con el patrocinio de Adidas y Alpine con la nacionalidad de uno de sus pilotos. 



McLaren no pudo hacer nada, Zac Brown echó espuma de la rabia de perder nuevamente ante Toto Wolff.  

 

Lando Norris estaba indignado. Él era el actual campeón y nadie lo tomaba en consideración. Aunque bueno… Quizás sus declaraciones diciendo que admiraba a Cristiano Ronaldo no ayudaban a su caso.

 

Oscar Piastri por su parte estaba… Desconcertado. 

Y un poco desolado. 

 

Porque Franco apenas le prestó atención cuando se encontraron en los pasillos. El omega estaba más pendiente de los movimientos del omega mayor recién llegado que de escucharlo. 

No hubo la sonrisa sincera que iluminaba sus días, sino que el gesto que le dedicó era de incomodidad. Una mueca que denotaba urgencia por terminar la interacción. 

 

Más extraño aún cuando, a lo lejos, visualizaron la caravana que acompañaba al futbolista. Y Franco, por primera vez desde que lo conoció, cambió su aroma. 

Se tornó ácido. La dulzura empalagosa reemplazada por las notas de ansiedad. 

—Pero la puta madre. 

Oscar lo escuchó mascullar en su idioma natal que obviamente no entiende en lo más mínimo, pero que, por su lenguaje corporal, no indicaba nada bueno. 

—Perdón, Óscar, me tengo que ir, nos vemos —y así, como quien no puede aguantar un segundo más en el lugar, el omega se volteó, alejándose a paso rápido. Sin darle oportunidad al alfa de despedirse. 

 

Oscar notó, desconcertado, cómo el argentino interceptó a su compatriota antes que llegara a donde él seguía parado, desviándolo la ruta de su camino. 

El corazón se le oprimió, pero trató de autorregularse. Seguramente, como el fanático que era, el omega deseaba poder compartir más con Messi que con él.

Intentó grabarlo en la mente, tenía que correr una carrera al final de cuentas y no tenía su sonrisa de la suerte para acompañarlo. 







Y finalmente, el suceso que coronó definitivamente al Gran Premio de Miami como el más grande hito, sucedió después de la carrera. 



Oscar ganó el 3er puesto. Un lindo podio para sumar a su palmarés y, por lo que había averiguado, el Omega también terminó en una buena posición.  

 

¡Quizás ahora estaría de mejor humor!

 

El alfa quería saludarlo antes de irse, la próxima carrera era en tres semanas y quería finalizar bien las cosas con Franco. No soportaría vivir con la espinita de abandonó que sintió. 

 

Pero mientras caminaba concentrado, lo sorprendió un olor ligeramente conocido. 

Dulce de leche… ¿Con algo más?

 

Un omega argentino sin duda. Pero no era él que Oscar anhelaba.

 

Lionel Messi. 

 

Frente a él, de golpe, apareció el astro del fútbol. Este, con toda la sencillez de no saber su magnitud, le sonrió y lo saludó como lo más normal del mundo. 

 

Oscar le respondió de la misma forma. 

 

Sin nerviosismo, sin otra intención más que ser educado y generar una buena impresión, como a todas las personas que tiene que conocer. Años de media training desembocando en este momento.

 

En un segundo, el enjambre de fotógrafos los envolvió, atacando con mil flashes a centímetros de sus caras. 

 

Todo bien con las fotos, pero, ¿hacía falta los flashazos que le quemaban la retícula del ojo?

Dios, qué incivilizados. 

 

Cuestión: En un parpadeó estaba saludando a Messi, al siguiente se estaba sacando una foto con él (para absoluto placer de su jefe) y en el otro el aroma que tanto le gustaba acaparó todo el espacio.

 

Franco Colapinto apareció con la sonrisa más tensa que alguna vez le vio. Los nervios eran evidentes en la mirada inquisidora que le clavó. Mirada que Oscar no terminó de entender.

 

《¿Qué le pasó?》

 

¡Oh, Franquito! Ven, sácate una foto con nosotros. —El omega mayor jaló al omega a su costado, mientras que este le masculló algo inentendible.

 

Un flash de su equipo captó el momento. Una foto con Franco. Y Messi. 

 

Pero lo más importante era una foto con Franco que no era estrictamente corporativa. 

Más … ¿cómo decirlo? ¿Doméstica? 

 

Oscar solo podía quedarse con ese pensamiento. 

¿Era la mejor? Seguramente no. 

 

Pero no importaba, ¡era una foto con el omega de sus sueños!



La interacción no duró mucho más que eso. Un último apretón de mano con Messi demorándose un segundo más de lo necesario mientras le clavaba la mirada y finalmente se alejó. 

 

 Franco lo siguió inmediatamente, despidiéndose suavemente de él. Le dedicó una sonrisa amable, menos tensa que la de la mañana. Su aroma volviendo a ser dulce, dejando atrás las notas ácidas. 

 

Eso fue suficiente. 



Y la última gran emoción llegó cuando, después de analizarlo clínicamente por un largo rato, Oscar posteó la foto con ambos argentinos en su feed. Parte de su carrusel para IG, eligiendola como la primera imagen del mismo. 

 

‘Un increíble fin de semana bajo el sol de Miami’.



Y 15 minutos después, la notificación que lo hizo ahogar un grito de emoción.



A @francolapinto le gustó tu publicación.

@francocolpainto comentó tu publicación. 



Allí, por primera vez, un like del omega argentino.  En una foto suya. 

No solo eso. Un comentario. Para él. 



‘VAMOOOS 🙌🙌🙌🙌’



El alfa miró soñadora su celular hasta que se le quemaron los ojos de la resequedad. Hasta que se apagó la pantalla. Sintió el calor en sus mejillas y el corazón le latió a más caballos de fuerza que los motores licuadoras que usaban. 




Oscar sin duda defendería a muerte el Gran Premio de Miami.






Montreal, Canadá. 



Oscar se preparó, usando las 3 semanas enteras para informarse a fondo. Repasando cada detalle que le diría a Franco. 

 

El mundial se acercaba, así que la importancia de este suceso en la vida del omega claramente aumentaría. 

 

Y allí estaría él, para conversar sobre el tema. 

Todo perfectamente planeado. 



Sentía que estaba avanzando. El primer like destrabó una barrera que no sabía que existía. 

 

Se encontró likeando cada posteo que subía el argentino. Intentando que no fuera inmediatamente después de que el omega lo subiera. 

 

No quería quedar como un angurriento de atención. 

 

Pero se encargaba de dejarle un correspondiente like o reacción en las historias sin falta.



Franco también lo hacía; a veces le comentaba con emojis, aplausos o manitas arriba.

 

Él no se atrevió a comentarle. Cada vez que lo intentaba, sus manos sudaban y sentía que su ansiedad crecía hasta que su aroma picado abrumaba el espacio donde se encontraba. 

 

Así que se limitó a likes. 

 

Por ahora. 



Esperaba. 



Esperaba que este fin de semana pudiera avanzar un pasito más con Franco. 

Porqué mensajes entre la semana no se animaba a escribirle, con su mente pensando cada posible respuesta o reacción del omega. 

 

Pero… Pero quizás en persona si se animaría. 

 

O al menos preguntarle algo más… personal. 

 

Porque, en esas tres semanas rondando su Instagram, cayó en cuenta de que no conocía mucho de la vida personal del omega.

 

Conocía lo básico por entrevistas y algún comentario al pasar.

Pero en realidad el omega era bastante hermético, a pesar de su carisma y desfachatez habitual. 

 

Al punto de que Oscar no vió ninguna foto o publicación con su familia. O al menos, no terminaba de darse cuenta de quiénes serían. En su feed se veían muchas fotos suyas con distintos deportistas en distintas situaciones. Jugando al Paddle, en medio de futbolistas en la cancha y ¿un estudio musical?

 

Raro.

 

Pero nada que grite “acá mis padres”. Aunque, nobleza obliga, sus posteos estaban en español y muchas veces el traductor de Instagram no es el mejor. 

 

Rememorando, tampoco recuerda si alguna vez los haya visto en el paddock. 

Eso sí es extraño, generalmente las familias no se perdían los primeros grandes premios de los rookies. 



No importa. 

 

Lo importante es que hoy, por primera vez, además del dato random del día, trataría de hablar de algo más con él. Como quienes son sus padres. 

 

No es un tema difícil, ¿no?




 

A veces, llegaba a la conclusión de que su fascinación con los autos y su amor a las carreras de los monoplazas provenía de su nulo instinto de autopreservación. 

¿Por qué no pudo prever que hablar sobre la familia del omega era una pésima idea?



—Dentro de poco es Mónaco —Oscar se aventuró, después de decirle un dato sobre Leandro Paredes (un futbolista que jamás escuchó en su vida pero que jugaba en ¿Boca? Ni idea).— ¿Tu familia va a venir? Creo que nunca los vi.

—Wow, directo al hueso —retrucó el argentino con una ceja arqueada. Oscar se pateó mentalemnte por no ser un poco más sutil. —No vinieron a ningún gp, están ocupados. Y en Mónaco tampoco vendrán, pero seguro viene mi mejor amigo, es productor musical. 

El alfa se sorprendió ante la franqueza y cómo el chico minimizó la evidente falta de contención familiar. 

¿Qué familia se perdía Mónaco? 

¡Es uno de los circuitos más importantes del calendario! Es historia pura del deporte. 

 

Y también… eso explica las fotos en el estudio de musica. 

—Pero es tu primera vez corriendo en Mónaco —respondió el australiano—. ¿Qué es tan importante como para que se lo pierdan?

—Bueno, no pueden porque están ocupados con sus trabajos, ¿qué querés que haga? —el omega reaccionó a la defensiva, las notas agrias colándose en su aroma dulce. 

 

Y allí Oscar tendría que haber sabido cuándo callarse. 

Pero nunca aprendió.

 

—¿Pero a ningún Gran Premio pueden venir? ¿Qué clase de familia son?

Y antes de que pueda Oscar cerrar la boca, una pared de aroma amargo lo golpeó. 



El omega estaba molesto.

 

Extremadamente molesto si el ceño fruncido y el gruñido agresivo no eran suficientes señales. 

 

—¿Qué te importa si vienen o no? Métete en tus asuntos —Franco le contestó cortante y sin esperar a que el alfa pudiera contestarle, el omega se alejó a paso firme. 

Su aroma dando una clara señal tras de si: No me sigas. 

 


Oscar se sentía un completo idiota por presionarlo.

¿Como fue una buena idea cuestionar su dinámica familiar sin tener idea de ellos? 

Durante todo el fin de semana, Franco continuó esquivando sus intentos de acercarse. Sin datos, sin conversaciones y, lo más importante, sin sonrisas. 

 

Ya visualizaba el discurso de su mejor amiga llamándolo idiota. 



Canadá fue un gran desastre en su conjunto. Mala posición, mala carrera, mal todo. 

 

El alfa simplemente deseaba olvidarse de ese gran premio.  



Sigamos.

 

 


 

Monaco.

 

Oh, gran y vistoso Mónaco. 

La cream de la cream.

La carrera que todo piloto desea correr y ganar. 

El lujo y la vulgaridad.  

Las curvas imposibles, las calles estrechas y la ostentación. 

 

Todo el mundo venía a Mónaco. 

Incluso a los que no les interesaban en lo más mínimo las carreras. 

Mónaco es Mónaco. 

 

Todo el mundo estaria presente… menos la familia de Franco. 

 

El omega ya se lo había dejado en claro. 

Y Oscar se sentía culpable, más al ver que, efectivamente, era la única familia que no tenía un solo miembro presente. 

Ningún padre, madre o hermano. 

 

Nadie. 

 

Solo sus managers y su mejor amigo alentando al argentino. 

 

¿Cómo lo sabía Oscar? 

Bueno… lo observó. 

Lo observó durante los días de prácticas libres. 

¿Un poco creepy? Puede ser. 

 

¡Pero hey! Tenía un motivo. 

 

No sabía cómo acercarse. 

No sabía cómo disculparse por ser tan obtuso e insensible. 

 

Entonces se limitó a verlo de lejos. 

Esperando. Esperando el momento ideal. 

 

Evitó apretar sus manos sudorosas y arruinar lo que con tanto trabajo encontró.  Porque porfavor lo ridículamente difícil que fue encontrar su regalo de disculpas para el omega. Recorrió cada maldito local en Mónaco y cada maldito local a kilometros a la redonda.

 

Hasta que lo encontró en un parador olvidado por dios. 

 

Su regalo ideal. 

 

Una pequeña y estúpida muestra de buena voluntad, que en ese momento, mientras lo pagaba, le parecía increíble. 

 

Algo que sin duda Franco apreciaría.

 

¿El problema? Ahora, sin la adrenalina de la búsqueda del tesoro por toda la micronación… le parece tonto. 

 

Insignificante.

 

¿Franco entendería lo arrepentido que estaba de borrarle la sonrisa?

¿Franco apreciaria su regalo y el esfuerzo que tuvo detras?

 

O solo se le cagaría de risa en la cara, señalando la poca cosa que era. 



Despejó la cabeza rápidamente de las ideas fatalistas que lo hacían retroceder. No podía caer en espiral. 

De vuelta.  

 

No podía echarse atrás.

 

Lily tenía razón en su discurso cuando le contó la discusión: No iban a avanzar si no él daba el primer paso para disculparse como un buen alfa tiene que hacer. 



Asique Oscar esperó. 

Esperó el momento ideal

 

Lo encontró. 

 

Franco apoyado contra una pared del hospitality, sin gente rodeándolo, antes de la clasificación. 

 

El argentino al verlo no lo recibió con la gracia habitual, su comportamiento más reservado. Mirándolo con las cejas fruncidas, los brazos entrecruzados y la espalda recta en señal de alerta. 



Oscar volvió a gritar internamente por haber sido el causante de dicho cambio. 

 

—Hoy no estoy de humor Piastri, ¿qué querés? —El tono cortante cerraba  con moño el paquete de ‘la cagaste’ que el chico transmitía. 

 

Oscar respiró profundamente, rezando en no perturbar más al omega que parecía listo para atacarlo.

 

—Colapinto, yo… me quería disculpar. Fui insensible —empezó suave, sin detenerse, queriendo sacarlo todo de su sistema antes que la timidez vuelva a dominarlo—. Tenías razón, no es asunto mío y no tendría que haberte presionado. 

Y antes de que el omega pueda replicar, extendió su mano, revelando el contenido que guardó con tanto recelo. 

—Te traje algo, para que… tu sabes, te sientas más en casa.

 

Un alfajor. 

Un alfajor argentino. 



Desconocía la marca, pero se aseguró de que sea legítimo con el sello de ‘industria argentina’. 

 

Franco abrió los ojos sorprendido, elevando sus cejas por encima de la línea de cabello. 

Sus ojos pasaban de su rostro al pequeño paquete en su mano temblorosa y viceversa.  



Un segundo de espera.

Un segundo de silencio. 

 

Y la dulce risa del omega rompió la tensión que los había rodeado. Extendió la mano, arrebatándole el dulce mientras lo miraba con nostalgia. 

—Para la próxima, mis favoritos son los de chocolate con dulce de leche —dijo Franco mientras sus ojos verdes conectaron con los suyos— pero estos de choco blanco son un buen inicio. Gracias Osc, de verdad.

 

Y ahí. 

 

En ese agradecimiento, la sonrisa. 

La sonrisa del omega que tanta falta le hizo estas semanas. 

 

Con ese brillo especial en los ojos que los volvía más verdes. 

Oscar le correspondió de la misma forma, con el corazón latiendo contento. 



La carrera de Monaco fue mejor que la de Canadá. 

Una quinta posición después de una lluvia de amonestaciones y un circuito en donde no podían hacer mucho. 

Oscar no se podía quejar.

 

A Franco, lastimosamente no le fue bien. Cayó en las posiciones y no pudo hacer más para acomodarse. 

 

Pero al momento de despedirse, el omega se rió cuando, además del dato futbolístico, el alfa le deslizó otro alfajor en la mano.

 

Oscar se quedaría con eso. 






Oscar no puede quedarse solo con eso.

No quiere volver a la rutina habitual. Hablarle, compartirle un dato inútil y no mucho más. 

Tampoco puede llenarlo de alfajores, ellos siguen una dieta estricta y las calorías vacías de los dulces no eran los mejores aliados.  Una o dos veces Franco le aceptaría sus regalos, pero después tendría que rechazarlos. 

Y jura que se moriría de dolor si el omega tiene que devolverle algo que pensó para él. 

 

Por otra parte, el mundial estaba a la vuelta de la esquina .

Y existe una diferencia muy grande entre hablar de la selección argentina cuando no jugaban a que se esten disputando los partidos. 

Si Argentina no destacaba o quedaba eliminada… Franco no tendría el más mínimo de paciencia para escucharlo. 

 

Y Oscar se negaba a perder esa risa en su vida, pasó 2 semanas sin ella y fue la mayor tortura posible. 

¡Más que Alpine incluso!

 

También… hay otro tema. 

Algo que enciende todas sus alarmas. 

Cierto alfa italiano empezaba a mostrar su jugada, arrimándose demasiado al omega.

 

Kimi Antonelli no era nada sutil. 

Primero con una charla amena en un idioma que no maneja (porque a Oscar puede gustarle estudiar, pero los idiomas siempre fueron su talón de Aquiles); después apareciendo con la casaca de Messi en el paddock. 

Hacía movimientos agresivos. Tenía la impunidad del fin de la adolescencia, el carisma y la extroversión para eso. 

 

Oscar no. 

Era más rígido, más torpe, más prudente. 

Más parecido a un koala que le gustaba quedarse aferrado a la estabilidad del árbol.



Pero no podía serlo más.

Porque si llegaba a perder su oportunidad con Franco, sin siquiera poder expresarle sus sentimientos apropiadamente, abandonaba la categoría. 

Así de dramático como suena. 

 

Tenía que tirar toda la carne al asador. 

Era ahora o nunca. 

 


 

Barcelona. Hermosa Barcelona. 

Al ver la cantidad de aficionados pintando de albiceleste las gradas, el alfa se preguntaba si no era la home race del omega.

¿Y si lo dejaba para otro momento? 

No quería arruinarle lo más cercano a una carrera de casa que tenía el argentino. No se perdonaría si él le borraba la sonrisa a Franco este fin de semana. 

Más sabiendo lo mucho que el chico necesitaba la contención de su gente. 



Quizás… quizás podría ser en el siguiente gran premio. No hacer su gran jugada hoy.



En ese preciso momento, a lo lejos, vio cómo Antonelli rodeó al omega con su brazo mientras le decía algo señalando la camiseta que llevaba. 

Franco le contestó negando con un puchero en sus labios.  

 

Un puchero. 

 

Franco jamás le dedicó un puchero. 


Oscar quedó prendado en la forma de que el labio inferior regordete de omega se volvía más jugoso. 

Más besable. 

 

Y también vio en primer plano cómo Kimi también llegó a su misma conclusión. 

A juzgar con el relojeo sin disimuló que le pegó.



Suficiente.

 

Eso le dio el último empujón que necesitaba.

El año pasado perdió el campeonato. 

Este año no iba a perder al omega de sus sueños ante un pendejo que festeja los podios con ananá fizz.








—Oscar, ¿te puedo hacer una pregunta? 

La voz del omega lo sacó de su trance. Franco lo miraba tras sus pestañas, con la mejilla descansando sobre su mano, el codo apoyado sobre la mesa. Mientras que con la otra sujetaba el tenedor que pinchaba la ensalada que almorzaban. 

 

Una expresión confiada adornaba su rostro. 

Una expresión de alguien que sabe mucho más de lo que demuestra.

—Ehh, sí… si— Oscar se sorprendió al verse interrumpido.

No porque Franco no pueda hablar, sino, porque desde que se sentaron el omega no había dicho palabra. Dejando que él ocupe el silencio con todo el torrente de información inútil que tenía sobre la selección. 

El omega solo se había limitado a sonreírle. 

Recomponiéndose con un carraspeo, Oscar le contestó: —Sí, ¿dime?

 

Franco balanceó un pedazo de lechuga que tenía enganchado en su tenedor. Antes de llevárselo a la boca, lo miró a los ojos para preguntarle: —¿Por qué sabes de repente tanto de mi selección?

Eso lo agarró desprevenido. No se esperaba esa pregunta.

—Emm... Eh… porque me ¿interesa? —contestó con voz insegura. 

—¿Desde cuándo? —presionó el omega. 

—¿A qué viene la pregunta? —Oscar se defendió. No podía decirle simplemente «Me interesa desde que fue la primera cosa que supe que te gustaba» .  

No. Antes muerto que revelar su pateticidad.

—No es por nada, es solo curiosidad —Franco masticó con suavidad un tomatito cherry, moviendo la nuez de Adán al tragar—. Es solo que… Es raro, ¿sabes? 

—¿Raro? ¿Por qué sería raro? —Oscar preguntó ansioso. 

 

¿Y si todo este tiempo no fue más que un bicho raro para el omega? 

¿Que lo escuchaba por lástima?

 

No sabía qué perspectiva era peor. 

Sí, su pateticidad o la lástima que podría tenerle.

—Porque es un poco raro que sepas tanto de una selección de otro país, cuando en una entrevista del año pasado dijiste que nunca te interesó el fútbol— puntualizó con una sonrisa ladina, señalándole con el tenedor. 

 

Palideció.

 

El alfa sintió en tiempo real cómo la sangre abandonaba su cuerpo. 

Sintió como su mente zumbaba tratando de pensar alguna excusa.



No existía. 



—¡Ah! E-eso, jejeje… —Oscar movió los ojos a todas direcciones, evitando las orbes verdes penetrantes que estaban fijos en él. —A-antes no me interesaba… pero ahora sí… Y-y sabés que es una de las mejores selecciones y bue-bueno, me gusta investigar para saberlo to-todo…

—Bueno, la investigación podría ser un poco mejor, ¿no? —Franco dejó de lado el almuerzo para apoyar su mentón sobre sus manos entrelazadas, mientras una sonrisa presumida adornaba toda su cara. 

 

Eso molestó al alfa. 

 

Él… él había hecho un esfuerzo real.

Un esfuerzo honesto. 

 

¡Leyó! ¡Mucho!

 

En foros de dudosa procedencia y en hilos de Twitter. 

 

Pero no importa, él realmente se esforzó mucho para aprender decenas de datos, noticias y curiosidades para impresionarlo.

 

Solo para que le diga eso. 

 

Le golpeó el ego, el ego que todo nerd tiene...


—¿¡Qué!? ¡No! —Oscar se sonrojó, ahora de furia— Mi investigación es honesta y verdadera.

—Puede ser honesta, pero no es verdadera, hay muchas cosas que están mal.

—¿Tan nene Scaloneta vas a ser? —intentó atacar usando el “insulto” que descubrió en redes. Su orgullo viéndose rebajado ante cada cosa que decía el omega. 

—¡Y a mucha honra! —Franco se rió, guiñandole el ojo. 

El alfa parpadeó perdido, no esperaba esa reacción del menor. Un ligero rojo apareció en sus mejillas. 

—Entonces ya que sos tan experto, ¿qué es mentira de todo lo que dije? — Oscar trataba de salvaguardar algo de su dignidad. 

 

—Oooh, muchas cosas. Por ejemplo, lo de Messi. No fue convocado así en la era Scaloni. — La sonrisa del omega solo se ensanchó. El brillo malicioso dominó toda su mirada. 

 

—¿Cómo que no? —empezó nuevamente,  tratando de recordar lo que había dicho sobre su contratación. —Es lo que dijieron todos: que Scaloni tuvo que aparecer en el equipo de Messi con una pancarta para rogarle que vuelva a la selección. Si no fuera porque se arrastró, no volvía. 

La carcajada desencajada del omega llamó la atención de varios comensales a su alrededor. La zona neutra del hospitality se volteó a verlos. 

 

Oscar se sentía morir. 

Oh, Dios, que alguien venga y lo asesine. 

 

Ante la mirada apenada del alfa, Franco se recompuso, tratando de callar las risas suaves que se le escapaban. 

El alfa, aún en medio de su incomodidad, no podía dejar de pensar en lo injustamente lindo que se veía el omega riendo. 

 

Cállate, mente de enamorado

 

—¡Perdón! No me estoy riendo de vos, te juro que no —respiró hondo, tratando de serenarse—. Pero posta que nada de eso pasó. No hubo ninguna “pancarta” sino que Scaloni lo llamó para contarle los planes que tenía. Y después de una larga cena familiar Messi aceptó volver. 

 

El nivel de confianza, la sencillez con que la relataba la anécdota, intrigó al alfa más que el rechazo de la veracidad de su historia. 

—¿Y cómo sabés eso? —preguntó con una ceja arqueada—¿Que fuiste una mosca que estuviste ahí?


—No fui una mosca, pero sí estuve ahí. —Franco le sonrió con conocimiento, desparramándose sobre su silla, sabiéndose ganador de algo. —Hubo asado y helado de dulce de leche granizado de postre; eso no lo vas a poder sacarlo de un foro de mala muerte. 

—¿Eh? —Eso lo desconcertó. Era algo muy específico— Pero si acabas de decirme que fue una cena familiar…



–Ajá.

Oscar quedó en blanco. 

No entendía. 

No entendía nada de lo que estaba pasando. 

 

En un momento le estaba pidiendo almorzar juntos antes que el italiano pudiera poner sus patitas sobre Franco, para ahora ser retrucado con un detalle de una cena que se le escapaba. 

 

¿Su oportunidad con el omega estaba arruinada?

¿Esta era una prueba o algo por el estilo?

¿Una broma sádica orquestada como venganza por la afronta familiar?

—No entiendo, Franco. De verdad —el alfa se rindió bajando la cabeza y ocultando sus ojos brillosos bajo la visera de la gorra que llevaba. 

 

Quería que esto terminara para poder llorar en la comodidad de su driver room.

Maldecir a la vida por darle la mejor revancha que pudiera desear y arrebatándoselo en el mismo momento. 

 

Escuchó cómo el chico se volvía a reír, no tan histéricamente, sino que, por el contrario, con un tinte cariñoso. 

Un aroma dulce y reconfortante lo envolvió, obligándolo a levantar la vista. 

El omega lo miraba con absoluta ternura. 

 

Una ternura que no entendía. 

 

—¿Sabes? Me dijeron que eras un poco lento, pero no me imaginaba que tanto —y antes que el alfa pudiera ofenderse, Franco agregó— ¿Cuál es mi nombre? 

—Franco Colapinto — Oscar contestó por inercia, sin entender a que quería llegar. 

—Esa es la versión corta para la FIA. —El omega tomó un trago de agua antes de continuar— Mi nombre real es Franco Scaloni. 

 

Un parpadeo. 

 

Un aleteo de una mariposa al pasar. 

 

El sonido de alguien quejándose de fondo. 



Y entonces. 



La realización.

Los puntos en común. 

 

—¡¿QUÉ?! ¿¡SOS SU HIJO!?

—¡Shhh, baja la voz! —Franco ahogó sus risas suaves al ver la mandíbula desencajada en el alfa. Oscar cerró la boca abierta al ver la atención sobre él, sonrojándose. 

—Pe-pero ¿cómo?

—Bueno, cuando un omega y un alfa se quieren mucho, mucho…

—¡No me refiero a eso! —Más que piloto de McLaren, parecía de Ferrari con sus mejillas igualando el color de la escudería.  —¿Cómo podés ser su hijo? ¡Tu apellido es distinto!

—Sep, pero no es mi apellido de nacimiento — encogió los hombres, como si no estuviera explotando una bomba en la mente del alfa —En realidad, mi nombre completo es Franco Alejandro Scaloni Aimar; el apellido Colapinto lo agregué después.

Oscar sentía la lengua trabada.

 

 Su mente acelerada trató de procesar toda la información.

Algo de esa lucha interna se debió mostrar en su rostro, porque el omega exhaló, dejando ir la postura confiada que había adoptado. 

Sus hombros cayeron, su rodilla rebotando nerviosamente, mientras que un ligero aroma a ansiedad brotaba de él. 

 

Vulnerabilidad. 

 

—Después de todos estos meses dándome información, es justo que te dé algo, ¿no? —Franco empezó, con voz baja, inseguro— Bueno acá va un breve repaso de mi vida. 

Soy el hijo menor de Lionel Scaloni y Pablo Aimar; ex-jugadores de fútbol y actuales técnicos de la selección argentina. Como te darás cuenta toda mi familia se dedicó al fútbol. En cambio, yo seguí los fierros por mi abuela. Una vez que me subí a un karting, jamás me pudieron bajar. 

 

Oscar sonrió, entendía ese sentimiento. 

Su madre siempre decía que de cachorro él se creía un poco auto y que despegarlo del asiento cuando terminaba su turno al volante era un suplicio. 

 

—Sí lo entiendo —asintió viendo cómo Franco relajaba levemente la postura. Oscar, al notar ese cambio, se animó a preguntar, rezando no volver a meter la pata: —Entonces… ¿No usas sus apellidos porque no te apoyaron o…?

—¡Oh, no no! ¡Nada que ver! —El omega se apresuró a refutar con pánico en sus ojos, mientras que sus manos negaban vehemente— Por Dios, no. Toda mi familia me apoya muchísimo. Realmente, realmente me bancan un montón. Si vieras cómo papá llora cada vez que me ve correr y mi mimma se le caga de risa. Te juro que no va por ese lado.

El alfa arqueó una ceja, invitando a que el omega continuara, el cual suspiro exasperado antes de seguir.  

—El tema es que cuando empecé mi carrera deportiva, decidí usar el apellido de mi abuela materna, Colapinto, que fue la que me presentó el mundo de los autos. Quería escalar en las categorías por mis propios méritos, no por puro nepotismo. —Franco lo miró, esperando que el alfa comprendiera ese sentimiento— Es un orgullo ser un Scaloni-Aimar, pero no quería ser sólo “el hijo de”. ¿Entendés? 

 

Oscar se enterneció. 

Franco era muy valiente. 

Valiente, decidido y arriesgado.

Una nueva dimensión de cariño surgió de él, al descubrir esta nueva faceta en el omega, sonriéndole con profunda empatía. 

 

—Entiendo, me imagino lo agotador que debe ser tener que rendir cuentas solo por el apellido.

—¡Exacto! —Franco le sonrió, con su aroma ansioso replegándose. Sus nervios de revelarse a alguien y esperar un rechazo fueron apaciguados ante la mirada que le dedicaba el alfa. —No rechazo de dónde vengo, pero tampoco hablo de ellos todo el tiempo. Quiero que me vean a mí, mis propios logros, no por lo que hace o deja de hacer mi familia. 

—Y peor ahora con el mundial ¿no?

—¡Uff! Ni te imaginas. Por contrato tuve que especificar que solo responderé sobre fútbol a Juan Fossaroli, que me alentó siempre. Porque si no, solo me preguntan sobre los cambios, convocados o formaciones y ¡Dios, estoy harto! —Franco despotricó, libre de no sentirse juzgado. Oscar solo lo dejó hablar con una sonrisa, dejándose envolver en el aroma dulce que se hacía presente. —Si no me atosigan con el pase de mi hermano, ¿qué sé yo qué mierda va a hacer? ¡No se decide más ese pibe! 

—¿Tu hermano? 

—Ah, sí. Tengo un hermano mayor que también es futbolista. Juega ahora este mundial para Argentina junto a mi cuñado. —Rodó los ojos, con un gesto de cariño exasperado— Te dije, la oveja negra que no patea la pelotita. 

—Emm, ¿quién sería? Porque no recuerdo a ningún jugador Colapinto… —El alfa preguntó genuinamente. Oscar se pavoneaba de tener siempre una excelente memoria (no con los idiomas, es un caso perdido), pero no recordaba a nadie con ese apellido.

—Si tanto estudiaste lo tenés que conocer. —Ante la mirada incierta del alfa, Franco empezó a reírse entre dientes. —A él le pasó lo mismo de no querer ser un nepobaby, así que decidió usar el apellido de mi abuela paterna, Álvarez.

—¡Ah! Como Julián Álvarez… —Oscar se calló cuando vio el gesto de obviedad en el omega —¡¿Tu hermano es Julián Álvarez?!

—Y mi cuñado es Enzo Fernández, antes que preguntes —se rió con los ojos cómicamente abiertos del alfa.

 

El almuerzo estaba finalizando. Lo notaba en las personas que dejaban sus bandejas vacías. 

Oscar sabía que estaba viviendo minutos robados, pero ninguno parecía tener la intención de levantarse. 

Estaban cómodos en su pequeña burbuja.

 

—Mónaco fue por los amistosos ¿no? —indagó, esperando no perturbar el ambiente cálido que crearon. 

El omega exhaló con pesar, la nostalgia apoderándose levemente de su mirada. 

— Seh, es por eso. Si bien compartimos tiempo en mis semanas de descanso, la realidad es que los findes son los días en que se juegan los partidos. Julián con su club y ellos tienen que hacer el seguimiento técnico-táctico para ver el rendimiento, y así saber a quienes convocan —Suspiró mientras que sus ojos se perdieron en un recuerdo lejano. Oscar reprimió el impulso de agarrar la mano que se cerraba sobre la mesa. —A ellos les duele mucho no poder acompañarme, pero justo mi año de debut coincide con el mundial y, bueno... No hay mucho que podamos hacer al respecto. 

—Y vos tampoco podés ir allá…

—Y no. Es lo mismo para ambas partes. —Con una última bocanada de aire, Franco dejó ir el sentimiento, permitiendo que una sonrisa más suave apareciera. —Ya habrá tiempo para que me atosiguen. 

 

Oscar nunca había vivido una montaña rusa de emociones en solo una conversación.

Debajo de la calidez… Se siente un idiota, un completo idiota. 

 

¿Estuvo haciendo el ridículo durante meses, contándole cosas que él claramente ya sabía? ¿Que claramente sabía más que cualquiera porque es testigo directo?

 

Pero a la vez, reafirma sus sentimientos hacia el argentino.

 

No existe, ni existirá, un mejor omega para su corazón. 

 

Es carismático, divertido, tierno y valiente. Muy valiente. 

Luchando por lo suyo, sin importar la adversidad. 



Y oh, cómo deseaba poder acompañarlo en ese camino sinuoso. 



El alfa vio de soslayo cómo el personal de McLaren lo buscaba. 

Final del break. 

Oscar no podía irse sin tener una última respuesta. 



—¿Franco? ¿Te puedo preguntar una última cosa?

—Ehh, sí, dime —se sorprendió ante la seriedad en la voz del alfa.

—Si vos ya sabías que lo que te decía eran idioteces sin sentido… —Tragó hondo, intentando que la vergüenza no lo dominara. —¿Por qué dejabas que te los dijera igual?

—Ehh... jeje… por nada, ehh… sí. —La pregunta agarró al omega con la guardia baja, balbuceando sin parar. 

—Por favor. ¿Por qué? —La vulnerabilidad tiñó sus palabras.

Quería una respuesta para continuar con su vida. 

Llorar y hacer un duelo. 



Lo que sucedió a continuación, Oscar nunca lo hubiera soñado. 

Ni en sus más locos sueños. 



Franco se sonrojó. Un perfecto tono carmesí dominó sus mejillas y sus ojos evitaron el contacto. 

Un puchero (¡Un puchero!) apareció en su boca regordeta. 

Toda su postura se contrajo, denotando la vergüenza que lo recorría.

—Yo… —El omega miró hacia todos lados, buscando una escapatoria; hasta que en una fracción de segundo, sus ojos se detuvieron en los marrones, desarmándolo por completo. —¡Es que me parecias adorable!



¿Eh?

¿Él? ¿Adorable?

¿Qué simulación era esta?


—¿Eh?

 

El argentino se recompuso ante la cara de incierto del alfa. El calor aún presente en sus mejillas, pero su energía vergonzosa desplazándose a una exasperación cariñosa.

—Al principio pensé que era algo para romper el hielo pero después me parecía adorable las boludeces que me decías intentando llamar mi atención. —Con una voz baja, tímida, agregó —Me gustó mucho tu atención.

 

Y ahora es el turno de Oscar de imitar a un tomatito. 

Oh, atrapado. Estaba tan atrapado.

Pero la ausencia de asco y rechazo en el rostro del omega lo infló de valentía. Una esperanza empezó a aletear a su pecho. 

 

Era ahora o nunca. 

Su vuelta rápida para lograr la pole position

 

Muy cringe de su parte el pensamiento, ¿no? Ojalá Franco no piense eso.

 

—Sí —contestó bajito, las palabras atorándose en su boca—. Yo… no sabía cómo acercarme a hablar, verás… que no soy muy bueno con las palabras…

—Me di cuenta—Una suave risa, sin malicia, lo hizo sonreír.

—Entonces escuché que te gustaba el fútbol de tu país, y me agarré de eso… yo… 

 

Alguien gritó el nombre del omega rompiendo el momento. 

Tiempo fuera. 


—¡Ya voy! —contestó Franco mientras se paraba, siendo imitado por el alfa que lo miraba más cabizbajo, sin poder terminar de decir lo que habitaba en su interior— ¿Sabés? Si tanto querés aprender sobre la selección argentina, juegan en unos días; quizás te sirva verlo con alguien que conozca del tema…

 

Dejó el comentario en el aire mientras recogía sus cosas. 

Y por una vez, Oscar pudo entender a qué se refería el menor. 

 

—¿Querés ver el partido conmigo? —preguntó esperanzado. 

—Hasta que te diste cuenta, Alfa —se rió, con esa sonrisa que alegra sus días—. Me encantaría.





Quizá Barcelona no fue la mejor carrera. 

Pero sin duda fue la más importante de su año, porque en vez de un podio, Oscar se llevó la promesa de un nuevo inicio con un mensaje de texto en su celular. 



Oscar siempre agradecerá que ame tanto estudiar.