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Hubo pocas veces en su vida en las que Lewis deseó tanto poder manipular un resultado como en este momento.
Cree que puede igualar el deseo que le provocó el infame Gran Premio de Abu Dhabi 2021.
O remontarse al 2016, cuando vio a su primer amor levantar el trofeo de la copa mientras que su relación se fracturaba irremediablemente.
Reafirmó, al ver cómo su vínculo tiraba ante el dolor de su omega, que podría ser incluso peor.
Sintió el estremecimiento del cuerpo que envolvió entre sus brazos, mientras que el sollozo contra su piel quemaba.
Le quemaba.
Qué injusta es la vida. Qué impotencia.
Entiende perfectamente que en el deporte no siempre el corazón gana.
Que hay un montón de factores que pueden condicionar un resultado. Que una cuota de suerte puede inclinar la balanza.
Lo entiende, lo vivió en carne propia.
Sabe que Franco lo sabe.
Sabe que él también lo experimentó.
Pero más que nada, sabe que las emociones no son racionales en este momento.
Aprieta su abrazo, enterrando el rostro lloroso del omega contra su cuello. Contra su glándula.
Notas calmantes de té Earl Grey bombeando despacio.
No quiere abrumar más al pobre chico, que es incapaz de respirar sin que un sollozo quiebre su voz.
Lewis trazó círculos suaves en la espalda espasmódica. Su respiración acompasada, tratando que Franco la imite.
Verán, empecemos por el final.
Argentina perdió.
Argentina, después de una épica remontada partido tras partido, de ganarle a su selección en semifinales con un contundente mensaje político al final del encuentro, cayó estrepitosamente en la final del mundo.
Ya sea por desgaste físico, por desgaste emocional después de vencer a Inglaterra, por superioridad deportiva de España, por el motivo que sea.
Argentina perdió.
Y eso destrozó el corazoncito de su omega.
Franco, los días previos, era la representación visual de un perrito emocionado. Correteaba por las paredes, hablaba por los codos y tenía una sonrisa amplia estampada.
Su emoción se transmitía en el aire, con su aroma naturalmente dulce llenando cada rincón de la casa.
Hasta el Gran Premio de Bélgica pasó a segundo plano. Su mente acelerada solo podía pensar en el partido de la tarde.
Lewis estaba satisfecho.
Su alfa se acicalaba por el trabajo bien hecho. No importaba la decepción de que su equipo perdiera una semifinal; su omega estaba feliz.
Franco trinaba contento, cantando alegre en cada momento que tenía. El brillo de sus ojos rivalizaba con el sol que tanto adora. Su nido desordenado por la emoción, pero más cargado, más mullido.
Más abrazable, más besable y más follable.
Omega feliz, casa feliz.
Incluso ese domingo a la mañana el argentino estaba rebosante. Las entrevistas dejaron entrever la poca importancia que tenía su propia profesión en este instante.
E incluso en ese evidente desinterés hizo una de sus mejores performances en toda su carrera.
En la largada ganó tres lugares, gestionó los neumáticos y se coronó con una maniobra calculada en donde rebasó a dos autos para reclamar el último punto disponible.
Le ganó a Lawson, uno de sus archirrivales, y a Gasly, su propio compañero de equipo; sumamente importante para la renegociación de su contrato.
Una carrera brillante, sin dudas.
Ojalá él pudiera decir lo mismo. Una mala estrategia de Ferrari lo alejó de la posibilidad de podio, rascando un cuarto lugar. Lo importante es que, por inoperancia del motor Mercedes, logró avanzar al segundo lugar en el campeonato de pilotos.
Benditos sean los problemas de fiabilidad del motor Mercedes.
Siempre y cuando no afecten a su pareja.
Aunque, bueno, la última preocupación en Alpine es el motor.
No importa, lo importante es que fue un fin de semana satisfactorio, con una risa chillona arrastrándolo hacia el vuelo privado para llegar cuanto antes a ver el partido.
El color adorable de sus mejillas mientras se aferraba a su brazo, tratando de apurar sus pasos.
La luz que resaltaba las motas verdes de sus ojos rebosantes.
El aroma dulce que llenaba sus pulmones con cada respiración.
Nada de eso sobrevivió a la derrota del domingo.
Franco estaba destrozado.
Apenas sonó el silbato final, el omega se quedó mirando fijamente la pantalla.
Mirando hasta quemarse las pestañas, esperando que mágicamente el resultado cambiara.
Un leve cambio de olor presentándose. Una tenue nota ácida por la decepción.
Lewis le dio espacio. Lo dejó asimilar la derrota.
Lo dejó seguir con su ritual de hablar con su familia. Quizás conversar con su padre y sus amigos era lo mejor.
Un primer consuelo más adecuado que el que él le podría dar.
Si bien entiende la pasión por el fútbol, la realidad es que su equipo perdió y ya la ilusión de la copa había menguado.
Sumado a que… bueno. No es la primera vez que su país queda afuera. Tiene demasiados mundiales, tanto en su carrera como alentando fervientemente, que le fueron arrebatados.
Uno termina por familiarizarse con la sensación.
El alfa decidió ser práctico.
Se encargó de ordenar las sobras de la picada. De limpiar los cuencos utilizados, de fijarse qué podrían cenar esa noche y dejar preparada la rutina para mañana.
Tendrían apenas un día libre antes de enfocarse en el último Gran Premio previo al parón de verano.
¿Cuántas semanas de inactividad tuvieron ya?
No tenía tanto tiempo libre entre carreras desde la pandemia.
Fue una bendición, la verdad.
Ama correr. Su vida se sentiría tan vacía sin ir a 350 km por hora.
Pero no negará que estos momentos de calma doméstica se están asentando en su corazón.
Después de secarse la mano en el repasador albiceleste, aquel que se volvió el favorito de su pareja, volvió a la sala de estar, extrañado por el penetrante aroma intenso que se filtraba hasta la cocina.
Treinta minutos.
Treinta minutos es lo que tardó entre todas las tareas autoasignadas.
Treinta minutos en donde su omega se quedó en la misma posición frente al televisor mientras era atravesado por temblores incontrolables.
Lágrimas calientes rodando por sus mejillas.
Un olor podrido, ácido, reclamando cada espacio de forma avasalladora.
Angustia pura.
Dolor.
Treinta minutos en los cuales su omega sufrió sin contención.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Lewis se acercó rápidamente, colocándose en la línea de visión del argentino, tapando la transmisión que se seguía reproduciendo.
—¿Sunshine? —susurró bajo, con la voz en un suspiro para que no sobresaltara al omega abrumado.
La respuesta fue inmediata.
Sintió el impacto del cuerpo del menor contra el suyo, mientras que los brazos se envolvieron fuertemente contra su espalda, desgarrando la camisa que usaba con desesperación.
Los escalofríos incontrolables atacaban el cuerpo del omega, que se deshacía en notable agonía.
Los quejidos provenientes desde el fondo de su pecho. Un sonido que era tan extraño y ajeno a la floritura de la voz de Franco.
Lewis se tragó la sorpresa. Se tragó cualquier pensamiento crítico que pudiera formular, dejando que su instinto protector actuara.
Un omega drop.
Franco estaba teniendo un omega drop.
Su mente abrumada colapsando en sí misma. Su mente abrumada, suplicando contención.
Y él, un alfa mayor, no se había dado cuenta.
¿Por qué lo dejó solo?
¿Por qué no captó el indicio tan obvio?
El aroma ácido, sofocante y espeso del omega era la señal de alerta para pedir protección. Su instinto buscando el consuelo que su mente racional es incapaz de expresar.
Instinto puro actuando cuando el raciocinio era incapaz de procesar el trauma.
Lewis suprimió su propio reproche; ya tendría tiempo para autocastigarse por ser tan descuidado. Su prioridad era su omega suplicante.
Lo primero, alejarse de la fuente que desencadenó el episodio.
Estar parados al lado de la televisión que seguía relatando la epopeya trunca no serviría para disminuir el estrés.
Con suavidad, intentó retroceder para guiarlos lejos de la sala de estar; pero apenas su cuerpo se alejó un solo centímetro, el omega gritó con absoluta agonía, aferrándose con sus manos de forma dolorosa.
—¡No! ¡N-no!
Probablemente amanecería con moretones de la presión de los dedos.
—Shh, shh, tranquilo, mi sol —Lewis consoló con el acento marcado; aquel del cual Franco se podía burlar, pero que a la vez le confesó que amaba.
—Alfa. —La voz salió rota, apenas en un hilo.
—Alfa está aquí, alfa no se va —le aseguró con suavidad. Sabía que en este momento Franco no procesaría mayor información que esa.
Un quejido ahogado fue toda la respuesta que recibió. Y cuando un espasmo violento recorrió el cuerpo del chico, sabía que tenía que recurrir al plan B.
Lewis agradeció a todos los dioses dedicarse tan minuciosamente a su entrenamiento físico, porque si no fuera por eso, sus 40 años de edad le pasarían factura indudablemente.
Con un movimiento fluido, enganchó su brazo bajo las rodillas de Franco y, haciendo palanca, lo levantó en brazos, equilibrando su peso para que no resbale.
Lo sujetó con firmeza.
Nunca dejaría caer a su omega.
Franco se asustó, chillando aterrado. Su mente de algodón procesó el abrupto movimiento como un ataque.
Pero tan pronto entendió la nueva configuración, se relajó, rodeando el cuello del alfa con sus brazos.
No opuso resistencia.
Su alfa no lo dejaría caer.
Firmemente, como aquel que sabe que lleva una carga invaluable, el británico se dirigió a la habitación. A la comodidad del nido y lejos de los sonidos reverberantes que contaban la historia de la derrota.
Franco enterró su nariz contra la glándula del mayor, arrastrando su nariz sobre la misma, llenando sus pulmones del aroma reconfortante como si fuera oxígeno.
Su oxígeno para subsistir en medio de la crisis.
Con suavidad, maniobró para quedar él contra el respaldo de la cama, con el argentino sentado sobre su regazo, no soltando su agarre en ningún momento.
No va a negar el alivio que sintió su espalda cuando por fin pudo descansar el peso de sus brazos; Franco había adquirido buena masa muscular este último año de entrenamiento.
Y bueno, él ya no era precisamente un jovencito.
No importa, trató de concentrarse en el aquí y en el ahora.
El omega se acurrucó contra su pecho, con lágrimas raudales empapando cualquier pedacito de tela seca que hubiera. Los temblores seguían azotando su cuerpo, pero no con la intensidad de antes. Estaba menguando.
Despacio, de a poco.
Su cerebro omega empezaba a procesar que estaba a salvo.
Que su alfa impediría cualquier cosa que le hiciera daño.
Lewis no midió con exactitud el tiempo que pasaron en esa posición, con sus brazos tatuados envolviendo la figura que se volvía menuda, sus manos trazando patrones invisibles en su espalda dando confort. Su barbilla apoyada entre los rulos indomables, mientras que desde el profundo del pecho un canturreo grave hace reverberar su cuerpo, vibraciones que anclaban al presente.
El aroma siempre calmante, tratando de ganarle la pulseada al aroma ácido. El nido permanente a su alrededor, soporte de una vida construida.
Podían haber sido minutos, horas, días. Una vida entera si hiciera falta.
Un alfa que se precie jamás dejaría a su omega destrozado.
Lewis no dejaría que Franco se hundiera.
No lo hizo antes ni lo hará ahora.
Franco no pronunció una palabra. Diversos sonidos escapan de su garganta, pero ninguna palabra.
No hacía falta.
Las lágrimas se fueron secando, los temblores se fueron aplacando, los sollozos se reemplazaron por un intento de ronroneo endeble.
Una forma de autoconsuelo.
Su aroma ácido, siendo reemplazado levemente con el dulzor característico.
Lentamente, con una paciencia infinita, Franco se fue calmando.
Se dejó envolver en el capullo de cuidado y amor que lo sostenía.
—¿Lew? —Franco habló con la garganta áspera, la palabra apenas susurrada.
El mayor le respondió con una vocalización, muestra de la absoluta atención a sus palabras.
—No… no sé qué me pasó… Perdón…
—No. —Cortó firme, sin permitir que por un solo segundo la mente del omega se culpara de algo. —No te atrevas a disculparte.
—Pero…
—Franco, ya tuvimos esta conversación. No me importa si es por la peor tragedia del mundo o si es para lo que vos considerás una estupidez; importa que tu instinto pedía contención. —Enterró su nariz, olfateando los rulos raudos, moviéndose sutilmente en una caricia tonta—. Y para eso estoy yo.
Con la voz ronca por el llanto, pero más animosa, Franco le respondió: —¿Solo para eso? ¿Más que tu lucha por el campeonato?
—No tires de la cuerda, Sunshine. —No hizo falta que el joven lo viera para sentir la ceja arqueada reprochándolo.
Una suave risita escapó de los labios del omega, relajando la tensión de sus músculos. El suave vaivén en el cual su alfa lo tenía acunado apaciguaba su mente extenuada.
El aroma de su nido, filtrándose en cada respiración, con sus olores favoritos, lo traía a la realidad.
Seguridad, comodidad, entendimiento.
—¿Lew? —Volvió a empezar, después de una larga pausa. La voz más firme.
—Dime, Fran.
—Yo… no sé qué me pasó —y antes de que el mayor pueda replicar, continúo. — Sabía que si perdíamos me iba a afectar, pero no a este punto. Simplemente me bloqueé.
Lewis tarareó afirmativamente mientras su nariz se movía sobre su sien en un acicalamiento efusivo.
Una forma no verbal de agradecimiento. Después de haber pasado por algunos drops de ambas partes, acordaron un plan de ataque para ayudarse.
Contención sin cuestionar las causas
Explicar con sus palabras el motivo del colapso.
Buscar una forma, siempre que se pueda, de evitar el desencadenante.
Era simple, pero sumamente efectivo.
—Sunshine, cariño, era muy plausible que pasara. Vivís el fútbol de forma pasional y era una probabilidad.
—¿Pero caer así por un partido? —cuestionó avergonzado, sintiendo las mejillas enrojecidas; ya no solo por el llanto, sino por la sensación embarazosa que lo recorría.
—No era cualquier partido y lo sabés —le recordó, pero se arrepintió cuando sintió un breve estremecimiento proveniente del omega. Apretó el agarre sobre su cuerpo, evitando que su aroma volviera a tornarse ácido.
—¡Y también sabía que era posible que perdiéramos! ¡No tendría que colapsar mi mente así, Lew! —retrucó indignado, con la sensación de amargor en la boca. La vergüenza y la frustración luchaban por ver quién prevalecía. —¡Es vergonzoso!
—Fran, es un drop, a cualquiera nos puede pasar —canturreó con suavidad, deslizando una de sus manos de la espalda a su nuca; dejó que el pulgar hiciera círculos precisos en la base del cráneo—. Es parte de nuestros géneros secundarios.
—Lo sé, lo sé… —Respondió desinflándose, la lucha abandonando su cuerpo ante la presión reconfortante en su cabeza. —Es que… yo me imaginé que podríamos perder, o sea, era una posibilidad… no que iba a reaccionar así. No sé qué me pasó.
—Una subida y una baja abrupta de cortisol pasó, Fran —aplicó un poco más de presión en su masaje, derritiendo al chico bajo sus manos—. Hoy es un fin de semana de carrera; ya sabes que somos más vulnerables por los cambios bruscos de hormonas. No te culpes. Incluso si hubiera terminado de otra manera, puede ser que cayeras igual.
—Imagínate ganar y tener un colapso, me mato —Franco acotó suavemente, con los ojos cerrados y la mente vacía. Siempre el masaje en su parte posterior lo volvía maleable. Tan receptivo a cualquier cosa que sucediera a su alrededor. —Lew… per…
—No te atrevas a disculparte, porque subo una historia felicitando a España.
—¡No! Eso sí que no —su queja se vio opacada cuando su voz carecía del mordisco necesario.
Lewis sonrió con orgullo al ver el estado de Franco. Vio su respiración normalizada, el sonrojo en su rostro y la expresión de relajación al sentir sus dedos.
Omega contenido, alfa contento.
Se quedaron unos momentos más así, Franco siendo diligentemente trabajado y Lewis concentrado en su tarea. Un trino de placer salió de los labios regordetes, para lentamente despegarse de las manos que lo sujetaban.
El alfa le dio el espacio para maniobrar, esperando paciente que el omega encuentre lo que necesita.
Franco se reacomodó con torpeza, pegando su espalda al pecho amplio, dejándose abrazar con las manos que automáticamente envolvieron su frente. Apoyó su cabeza contra la curvatura del hombro, sintiendo las cosquillas que le provocaba la barba recortada.
Una inhalación, una exhalación.
Una pregunta que picó al fondo de su mente agitada.
—¿Lew? —preguntó con voz bajita, casi un susurro.
El alfa simplemente dejó salir un “mmm” indicando su atención al chico, concentrándose en frotar su barbilla ante el costado, reafirmando su marca aromática que el llanto había lavado.
—El miércoles, en la semifinal, te grité el gol en la cara… ¿También te sentiste así? —ocupó sus manos inquietas en recorrer los tatuajes intrincados en las manos morenas. Esperando que la respuesta no reafirme la idea que injustamente se instaló en su mente.
Lewis, para la mala suerte de Franco, se tomó un momento para pensarlo. Para evocar el sentimiento que tuvo en ese instante, pero sobre todo qué motivo se escondía detrás de la pregunta del omega.
—Sí y no —respondió finalmente, sintiendo cómo el cuerpo entre sus brazos se encogía. Culpa— Quiero decir, no fue amable de tu parte, pero también sé que fue la euforia del momento. Así que está bien.
Un quejido escapó de los labios del menor; no estaba conforme con la respuesta. Giró levemente la cabeza, intentando ver algo del alfa en su espalda.
—¿Pero te lastimé? —preguntó ansioso, los pensamientos maliciosos infectando cada parte de su cerebro posterior cansado.
Su omega interior se culpó por sus falencias.
¿Lastimé a mi alfa?
No fui un buen omega.
No soy un buen omega.
No merezco contención.
Lewis suspiró, acomodando al chico que se me removía inquieto, apoyando la barbilla sobre el hombro.
Una ternura indescriptible lo recorrió. Su omega, su siempre dulce omega que tanto se esforzaba por ser mejor.
—No te voy a decir que fue nada, porque no es justo mentirte así. —Sí me dolió. —Y antes que el chico vuelva a caer en el espiral de angustia, agregó con simpleza. —Pero me dolió más porque mi país jugó a cualquier cosa, así que no me tomé personal tu forma de festejar, cariño. Sé que no lo hiciste para lastimarme.
Volvió a canturrearle suavemente, reverberando su laringe, su aroma perfumando a su omega. Fraco le respondió con un trino descontento, su cerebro incapaz de procesar palabras por el agotamiento emocional.
El británico sonrió.
—Fran, no lo sobrepienses, que te conozco. No sos un mal omega por festejar ni por angustiarte porque tu equipo perdió. Es parte de lo que te hace ser vos —reafirmó con firmeza—. Sé que es mucho ahora, pero intenta quedarte con lo bueno del fin de semana; con el punto que hiciste. En unos días tendrás una nueva revancha para darles una alegría.
El joven cerró los ojos, derretido en los brazos que lo sostenían, dejando que las palabras calaran hondo en su interior. Dejándose envolver en el calor que lo acunaba con la promesa de jamás dejarlo caer.
Con la sensación de no ser un mal omega.
—Gracias —respondió bajo, la única palabra que podía articular su mente de algodón.
Un ronroneo bajo se expandió desde su pecho, el aroma a dulce de leche asentándose nuevamente sin rastros amargos o ácidos.
Aún seguiría triste.
Aún seguiría destrozado por la derrota.
Aún seguirá con la ansiedad de saberse exagerado.
Pero en ese momento, en la calidez de su nido entre los brazos de su alfa, su omega interior se sentía seguro, amado y contenido.
Ya llegará el momento de putear.
Ya llegará el momento de hablar con su familia.
Y seguir alentando desde el corazón a los representantes de su país.
Ahora solo quería dejarse mimar.
