Chapter Text
Franco Colapinto tenía un problema.
Un problema que lo angustiaba a niveles inimaginables.
El olor a dulce de leche quemado inundaba toda la habitación, retroalimentando su propia ansiedad.
Nunca tendría que haberlo construido… pero a la vez era lo más esperable ¿no?
¿Fue todo esto un error?
Verán, pongámonos en contexto.
Un saber colectivamente universal es que los omegas anidan.
Es intrínseco el impulso biológico de salvaguardar y acaparar todos los materiales necesarios para la construcción de un lecho cómodo, suave y reconfortante.
Es parte de su esencia.
El nido es más que sólo biología; es una construcción social radicada en la naturaleza.
Una evolución de la misma.
Se pasó de vegetación y pieles a todo un sistema capitalizado de insumos para los nidos.
Se creó toda una industria textil con investigaciones para la confección de mejores materiales.
Cursos dictados por “gurúes” para explicar la correcta construcción “según los ancestros”.
Hasta creadores de contenido que banalizan la práctica y sus significados:
“Le pido a 100 personas de la calle una prenda para hacer mi nido y pasa esto”.
Muchas cosas cambiaron en los últimos años pero lo importante es que los omegas anidan. En mayor o menor medida y cada uno con sus preferencias personales.
Existen tantos nidos como omegas en el mundo.
Y, para hacer el tema aún más enrevesado, no solo cada omega confecciona el suyo en base a su gusto; sino que hay distintos tipos de nidos.
Cada uno con una utilidad, características y significado diferentes. Saberes aprehendido desde cachorros generación tras generación.
A saber:
Los temporales, de fácil armado y los más sencillos. Para dar confort al omega en un lugar puntual.
Los sociales, en donde varias personas de la manada pueden entrar sin que sea una ofensa. Se destacan por ser neutros en colores y texturas.
Los de cría, en donde los cachorros pasan sus primeros años de vida. La suavidad es la característica más importante.
Los de celos, generalmente temporales, dependen del estado de ánimo. Caracterizados por la capacidad de absorción.
Y, por último, el más importante de todos los nidos.
Los permanentes.
Los nidos permanentes son aquellos construidos por los omegas con la intención, como bien indica el nombre, de ser permanentes.
No casuales como los creados para el calor, o impersonales como los sociales, o destinados a otras personas como los de cría.
El nido permanente es la muestra máxima de confianza y estabilidad de un omega. Son emocionales, simbólicos y personales.
Son el refugio dentro del refugio.
El lugar seguro dentro de un caos.
Que un omega decida hacer su nido permanente en tu espacio es una muestra de confianza y vínculo, quizás, más profundo que una marca.
Así de importante es.
Y Franco como buen omega que se aprecia, estaba bien versado en la cuestión, acostumbrado a hacer sus propios nidos.
Le gustaban.
En su caso, estaba habituado a los transitorios. Recorrer el mundo en un monoplaza genera en uno la habilidad de armarlos y desarmarlos rápidamente.
La rutina era ya memoria muscular: Construía rápidamente cuando llegaba al circuito para empacarlo al finalizar la carrera. Simple, sencillo. No era pretencioso.
En las diferentes viviendas a lo largo de los años fue igual. Siempre un nido práctico, pequeño y oculto de miradas indiscretas.
Otra característica era el hecho de que solo su aroma propio sea el que lo envuelva.
La distancia con su familia de origen hacía que fuera inviable agregar prendas con sus esencias. Lo aprendió a la fuerza en sus primeras experiencias.
La resignación y el posterior acostumbramiento a solo sentir su olor en cada momento lo hizo explorar otras alternativas de confort.
Priorizó las texturas. Se perfeccionó en ello.
¿Qué material se sentía adecuado contra su piel cansada?
¿Qué sensación le gustaba para su mejilla en contraste con la de espalda?
¿Qué le gusta sentir cuando se acurruca y mueve las plantas de los pies percibiendo las telas?
Si una mezcla de aromas reconfortantes no podía ser, buscaría que la sensación al tacto sea lo que lo ancle.
En fin, Franco Colapinto era un experto en nidos temporales.
Los nidos permanentes, en cambio…
Fue un tema sensible.
Habiéndose desarraigado de su familia núcleo antes de su presentación y viviendo en lugares prestados, no tenía un espacio que sintiera merecedor de un nido permanente.
Se sentían incorrectos. Lugares efímeros que no puede reclamar para sí mismo. Una fábrica en Italia, una habitación en Madrid, un departamento prestado en Mónaco.
Espacios donde un nido permanente era inimaginable. Fue un gran trauma en el que se detuvo muchas veces en su terapia.
“Tranquilo, hijo mío, es normal que no quieras anidar permanentemente. Cuando llegue el momento lo vas a sentir en tu alma misma”.
Y su madre sí que no mentía.
Porque cuando, meses después de mudarse con Lewis, el impulso lo golpeó como un auto a 300 km por hora.
Ese día se levantó con la firme convicción de que algo estaba absolutamente mal.
Algo faltaba.
No solo su alfa, ausente desde el día anterior por sus compromisos en Maranello.
Sino a algo más intrínseco. Visceral.
Recorrió toda la vivienda, hallándose en ella en cada rincón.
Recuerdos, costumbres y su propia presencia hacían que no se sintiera como un omega invitado a un espacio desconocido.
El nuevo departamento en Mónaco se volvió suyo de una forma tan inherente que nunca sospecharías que estuvo habitado por una sola persona por años.
Se detuvo en la puerta de la habitación de invitados, viendo desde el marco su nido. Era uno temporal, construido apenas se mudó. Resguardado en una habitación alejada, aislado de movimientos y aromas.
Era una forma de preservarse. De autorregularse en soledad cuando la ansiedad aumentaba. Cuando sentía que caminaba entre cáscaras de huevo, adaptándose a su nueva realidad.
Ya habían pasado meses desde entonces.
Y en ese momento su realización lo golpeó.
El nido temporal se volvió vacío.
Insuficiente.
Las paredes de la pequeña habitación eran asfixiantes. No quería la soledad que le brindaban. Algo oculto de su pareja y de su entorno.
No quería algo pasajero.
Ya no.
Quería… Necesitaba algo… permanente.
Un nido permanente
La sensación de inquietud, la necesidad de creación que picaba las puntas de sus dedos, fue una avalancha incontrolable.
Él puede lidiar con su segundo género. Aprendió a domesticarlo. No sucumbía simplemente a sus instintos.
Fue una batalla perdida
La urgencia lo dominó por completo.
Deshizo el antiguo nido, reuniendo todos los materiales de construcción que encontró por la casa.
El almohadón con el que se sentaba a ver las repeticiones de las carreras, la bata (seca) que usaba después de una larga ducha, la manta con la que se acurrucaba en las noches de cine. Los peluches que le regalaron y que decoraban el espacio.
Incluso ese tonto repasador con ballenas y pingüinos que decía “desde el fin del mundo”. Regalo de su alfa, después de verlo en el escaparate de una tienda.
La construcción fue metódica. Casi quirúrgica. Con la precisión digna de un circuito callejero como Bakú.
Capa tras capa de entretejido, de acomodar, desarmar y volver a la base.
Lo emplazó en el lugar que más adoraba, la enorme cama king size del dormitorio principal. La firmeza del colchón fue la superficie ideal. Las paredes de la habitación no se cernían sobre él.
¿Le importaba dónde dormiría Lewis si un día decidía que no quería compartir su nido? No, sería preocupación para otra ocasión.
Después de lo que parecieron horas, Franco se detuvo a ver su trabajo.
Su nido permanente.
Su obra de arte.
Su omega se acicalaba orgulloso.
El nido estaba emplazado con todo lo que le complacía y formaba parte de su historia (si, incluyó alguna cinta de alguna medalla que ganó).
Los colores que le gustaban, los aromas que le gustaban y las telas que le gustaban.
Un espacio autodiseñado para su comodidad.
Con cuidado entró en él.
La primera sensación fue indescriptible.
Paz, se sentía en paz.
Todas las texturas que conocía, en todos los lugares correctos. La funda más suave contra su mejilla, mientras que las asperezas de la tela de la toalla rozaban sus pies.
Vibraba de confort.
Hasta que medio segundo después algo más tiró de su cerebro.
Falta.
Faltaban cosas.
El nido se sentía inacabado.
Tenía el volumen que le gustaba, el tamaño que le gustaba y las texturas que le gustaban.
Su propio aroma en cada parte de él.
¿Qué podía faltar?
Eso. Aroma.
Aunque amaba su olor, el dulce de leche siempre lo cobijaba como su tierra natal; se sentía… Incompleto.
Insuficiente.
Se dio cuenta, con asombro, de la falta que le hacía el té Earl Grey. Las notas de bergamota: lo cítrico y fresco que lo suelen envolver.
El aroma del alfa se había inmiscuido en su memoria olfativa, volviéndose parte de su realidad.
Parte del aire que respira.
Aprendió a asociar ese aroma a entendimiento, a un hombro donde llorar cuando la frustración le gana; a la seguridad de una persona que no lo oculta en las sombras y a sentirse apreciado a niveles que nunca se imaginó.
Tan tan amado.
Y con ese pensamiento quiso, por primera vez en años, que un aroma ajeno al suyo esté en su nido.
Lo necesitaba. Algo que perfumara y que de cuenta de la presencia de su pareja a lado suyo.
Fue ahí, en ese instante, en donde inició su problema.
La crisis que lo atraviesa actualmente y que lo tiene en un estado de ansiedad peor que cuando se enfrenta a Briatore por una equivocación.
Porque resulta que Lewis Hamilton no tiene ropa que pueda robar para su nido.
O sea… Sí, tiene ropa.
Sería un mentiroso si lo negara.
Pero no tiene la ropa que él necesita para anidar.
Sus armarios están llenos de conjuntos de lujo. Marcas que no puede ni pronunciar. Camisas, playeras, pantalones anchos que gritaban calidad.
Prendas que no quiere ni imaginar el costo o las horas de trabajo porque siente que muere un poco. Hasta la ropa deportiva y buzos eran más costosos que el alquiler promedio en Argentina.
El tema es que toda esa ropa no le sirve para el nido. Para su nido.
Porque resulta que vivir con lo justo en medio de otro continente genera un acostumbramiento a telas más mundanas.
Prefiere el algodón común de una remera, las asperezas de una microfibra de una toalla, hasta, como remembranza de su infancia, la textura dura del cuero.
Todo ello antes que la seda egipcia.
Intentó incluir algunas remeras y camisas, pero no funcionaron. Los hoodies lo incomodaron a un nivel extremo. No se atrevió a tocar las camperas y sacos; de solo pensar el valor, lo hacía retorcerse.
Acomodó y desacomodó su nido mil veces. Ninguna configuración lo terminaba de convencer. Nada se sentía correcto.
Y con cada nuevo intento la ansiedad aumentaba. Los pensamientos intrusivos lo carcomían mientras que su omega interior gritaba de angustia.
Se siente impotente.
Su nido, su primer nido permanente, fue un fracaso.
Incompleto y sin arreglo posible.
Nada estaba bien. Nada era adecuado.
Tampoco podía volver al nido temporal que tenía.
Sería como un retroceso, cuando su instinto le dictaba que construyera algo firme y duradero, en sintonía con su propia relación.
Cada vez más afianzada y profunda.
¿Por qué su nido no lo podía reflejar?
¿Por qué no podía su piel aceptar otras telas?
¿Fue todo un error?
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Cuando Lewis llegó a su hogar al anochecer después de dos largos días en la fábrica, esperaba encontrarse con el siguiente panorama:
Se imaginaba ver a su omega radiante, con mil palabras por decir en una verborragia que encontraba encantadora. Que el menor le cuente chisme nuevo sobre la farándula argentina aunque no entendiera ni la mitad de los personajes involucrados.
Quizás podrían ver una película más tarde. Algo relajado mientras esperaban los días para volver a correr.
No esperaba encontrar la casa como un campo minado.
Zonas asaltadas en donde evidentemente faltaban objetos. Almohadones, repasadores, mantas y demás víctimas de un huracán.
Siguiendo la estela de destrucción y el aroma a dulce de leche quemado, se adentro en la habitación principal.
Si la casa era una zona de guerra, no había palabra exacta para describir el estado del dormitorio.
Su vestidor está abierto de par en par con decenas de prendas desperdigadas por el suelo, algunas, incluso, colgadas de las luces del techo.
¿Cómo llegó eso allí?
Y en medio del caos, Franco encogido sobre sí mismo en una evidente crisis emocional.
¿Qué?
Sus instintos entraron en acción. Con pasos apresurados llegó hasta el omega, acunando con delicadeza su rostro para examinar si había algún malestar físico además del emocional.
Respiró tranquilo al ver que la tormenta pareciera ser solo algo interno.
Bien, podía descartar una urgencia médica.
—Hey, sunshine, ¿qué pasó? —le habló con tono suave, no queriendo molestar más al omega de lo que estaba.
Pero Franco se negaba a mirarlo; su mirada con lágrimas pegadas buscaban cualquier rincón de la habitación menos los ojos marrones que brillaban con preocupación.
—No sirve… —el argentino habló tan, tan suave, que si no fuera porque le estaba dedicando cada esfuerzo de concentración, Lewis se lo hubiera perdido.
Con los pulgares masajeando suavemente las mejillas, lo arrulló para que continúe.
—¿Qué no sirve Sunshine? Seguro lo podemos arreglar…
—¿Sos idiota o te hacés? ¡No se puede arreglar! —El mordisco en la voz era evidente; Lewis reprimió el impulso de contestar.
Franco tenía la horrible costumbre de despotricar cuando sus emociones lo superaban. Resabio de tener que defenderse solo ante todo y todos.
Pero, Dios, sí no era exasperante en estos momentos.
—¡No sirvo para esto!
—¿Para qué cosa, Fran? —repitió con paciencia, queriendo saber el meollo del asunto.
—¡Para hacer un estúpido nido!
Eso hizo parpadear al mayor.
Hasta lo que él sabía, el menor tenía un nido funcional escondido en la habitación de invitados. Desvinculado del resto de la casa. Era sencillo y austero, pero completamente auténtico.
—¿Nido? —preguntó descolocado.
—¡Si! ¡¿No lo ves?! — Franco le respondió enfadado.
Dándole una segunda mirada a la habitación, Lewis conectó los puntos.
La desaparición de objetos en la casa, la ropa tirada por todos lados, la obscena presencia del aroma de dulce de leche.
Y allí, en medio de su cama, una montaña de cosas.
Almohadones, peluches, remeras, frazadas, toallas, cintas y cuanta cosa textil pudiera existir.
Materiales de construcción.
Materiales que Franco usó para construir un nido.
Más grande, más importante.
Más… permanente.
La realización lo golpeó como un choque contra el muro de campeones.
Franco había construido un nido permanente.
Y lo hizo en la casa que se volvió de ambos.
Una inmensa ola de afecto inundó su ser.
Y, Dios, su alfa interno no solo aulló de orgullo. Correteaba vertiginoso y efusivo.
Que un omega se sintiera lo suficientemente cómodo, seguro y amado como para anidar a largo plazo era un hito enorme en una relación.
Era permanencia, era que el instinto le dijera: “Acá es, acá es donde somos felices”.
Acá es donde queremos estar.
Lewis nunca esperó llegar a este punto. Sus anteriores relaciones se rompían antes de siquiera mudarse juntas; tan atravesadas por los desaciertos que solo pensar en un nido era ridículo.
Él realmente se esforzaba con Franco.
El omega se merecería el mundo. Y él estaba dispuesto a dárselo, aunque no lo aceptara.
Su sola sonrisa rivalizaba con el sol que tanto adoraba.
Y ahora, ¡su omega había anidado! ¡Permanentemente!
Dios, sentía que podía llorar en este momento.
Intentó reprimir la sonrisa que amenazaba su rostro; Franco seguía profundamente molesto, exudando ráfagas de aroma a dulce de leche podrido.
A enfocarse. Con la misma determinación con que encaró cada campeonato.
Ya habría tiempo para celebrar.
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—¡Oh, sunshine! ¿Mudaste tu nido?
—¿Ehh? —La suavidad de la pregunta lo descolocó.
Y con ello llegó otra realización a Franco. Ya había perdido la cuenta de cuantas experimentó en el día.
Él había anidado permanentemente. En la casa. En la cama.
Sin decirle nada a su alfa.
Cuando se vio dominado por los instintos más primarios, no se detuvo a pensar profundamente en las implicaciones para su relación que podría traer.
Oh, por Dios, ¿y si eso le molesta?
Sabía que iban a largo plazo; era obvio cuando aceptó mudarse juntos. Pero esto… era un nuevo nivel.
Quizás a Lewis le parecía una idiotez.
Quizás le parecía demasiado rápido.
Quizás no quería que fuera en la propiedad.
En el fondo de su mente, sabía con certeza, que ninguno de estos pensamientos correspondía a la realidad, pero su mente ansiosa, angustiada, solo lo retroalimentó más.
—No, no lo mudé. O sea, desarme el anterior… —Luchó para encontrar su voz, sintiendo el suave masaje de los pulgares sobre sus mejillas. Dios se sentía tan patético — Construí este más… duradero.
Y con eso recibió la mayor de las sonrisas de parte de su alfa, aquella que tira de sus gestos, arrugando las comisuras de sus ojos y la que revela el hueco adorable entre sus dientes frontales.
Aquella en donde sus ojos se iluminan.
Aquella que sabe que solo está reservada para él.
—¿Es tu nido permanente, Sunshine? —La emoción de la mirada se trasladó a sus palabras.
Su aroma a cítricos y florales del té lo envolvieron como una manta.
Calmó parte de sus nervios ansiosos.
Alfa está aquí, alfa me cuida.
—Creo... Creo que sí –Franco respondió con una voz más firme, formando una leve sonrisa.
—¡Eso es maravilloso, Fran! —acercó su frente chocando con la suya, marcando suavemente al omega, una suave vibración entre ambos.
—¿No te enoja?
—¿Por qué me enojaría? Fran, me hace muy feliz que te sientas seguro como para anidar a largo plazo. ¡Estoy conteniendo las lágrimas! —Lo remató con un gesto exagerado de absorción de mocos.
—¡Exagerado! ¡Y después decís que yo soy el dramático! —Una risa brotó del argentino, riendo ante lo apasionado del alfa.
Era ridículo.
Tan tan ridículo.
No lo cambiaría por nada.
Franco se movió con suavidad, buscando el consuelo que su mente agotada reclamaba. Un par de brazos lo recibieron, abrazándolo con devoción.
—Sos dramático, Sunshine, pero te amo igual —Lewis canturreó, con la vibración pasando por sus cuerdas vocales. La sensación hizo reír al omega que se ocultaba en su cuello. —Ahora, ¿Por qué decías que no servías para hacer el nido?
Franco respiró profundo, colmando sus pulmones sedientos del aroma calmante. Lo consiguió.
—Es que no está terminado… no quiero que lo veas. —Habló suave, con el sonido amortiguado por la posición— Quería algo con tu olor, pero odio toda la ropa que tenés aquí; no es que sea fea, pero no sé, no me gusta. Me molestan al tacto.
Sintió su propia voz quebrarse, con la angustia reflotando a la superficie.
—Nada se siente correcto…
El mayor lo abrazó más fuerte, acomodando mejor la cabeza del omega sobre su hombro, mientras lo balanceaba al son de su vocalización.
—Okey, okey, tranquilo. Seguro encontraremos algo que se sienta correcto, ¿sí? —Franco asintió quedamente— Aunque tenga que asaltar todas las tiendas de Argentina que te gustan… como ese “once” del cual hablás.
—No seas ridículo Lew —se encontró riendo suavemente— Aunque comprando todo Once te sobraría plata —contestó.
—Oh, no me tientes, que compraré todos los ‘once’ que haga falta si eso hace feliz a mi omega —aseguró con voz jocosa.
Franco se rió fuertemente ante lo absurdo de la imagen. Se imaginó la ridiculez y no pudo evitar que una sensación de afecto brotara.
Las notas podridas del dulce retrocedieron, reemplazadas por aquellas más frescas y animadas.
Empezó a ronronear, atrapado todavía en ese abrazo del cual no deseaba un final.
Su omega interno se replegó, serenándose.
Su alfa lo estaba cuidando. Estaría bien, todo estaría bien.
Frotó su mejilla en el hombro buscando marcar al mayor, cuando lo sintió.
La tela contra su cachete.
Se sintió bien.
Más que bien.
El algodón peinado era lo suficientemente rígido para que tenga esa sensación tersa de raspado, pero también suavidad para evitar rozaduras. El aroma fuerte a té emanaba como un faro de él, testigo de una jornada extensa en Maranello.
Se separó bruscamente, agarrando a su pareja por los hombros para ver cuál era la prenda que se sentía bien.
La relojeada que le pegó fue sin disimulo.
Y allí, Lewis Hamilton estaba usando la remera del merch oficial de Ferrari.
El rojo no lo perturbaba. La textura de la tela era la ideal. Sus pensamientos con respecto al precio eran razonables y el aroma era exquisito.
Era perfecto.
—¡Eso es! Lew, quítate la remera. ¡Ahora! –la urgencia en su voz no daba lugar a réplica. La mirada soñadora de recién fue reemplazada por una maniaca.
Lewis parpadeó. No se imaginaba ese giro de los acontecimientos.
¿Quizás también estaba por entrar en celo?
Explicaría la montaña rusa de emociones que atravesó el omega, pero era improbable.
Sus celos y rutinas sucedieron hace relativamente poco, además de que, según el calendario de medicamentos de la FIA, no volverían a tenerlos hasta dentro de 2 meses.
—¡Lew! ¡Remera ahora! —la urgencia en su voz aumentaba junto al aroma ansioso.
Okey, no se iba a quejar.
En un acto muy poco erótico, Lewis se desprendió de la parte superior de su ropa. Intentó parecer confiado, exhibiendo los músculos cincelados y sus tatuajes que sabía que el omega adoraba sentir.
Le sonrió con descaro para ser completamente ninguneado; porque apenas tuvo la camiseta en las manos, el omega se lo arrebató en el acto.
Con premura, Franco la llevó a su rostro, inhalando profundamente a la par que restregaba su mejilla. Un gorjeo de felicidad brotó de su garganta, mientras rebotaba levemente en el lugar.
El alfa solo podía observar pasmado.
–Eh, Franco…
—¡Sí! ¡Esto es!
Ignorando olímpicamente al mayor, Franco fue hasta su nido. Lo observó con atención, tratando de definir dónde encajaría su nueva pieza.
Armó y desarmó varias opciones, con las cejas fruncidas de concentración. El silencio de la habitación solo roto por su respiración profunda y el movimiento frenético de telas entretejidas.
Hasta que finalmente retrocedió un paso, admirando su obra. La remera roja resaltaba evidente en la cabecera, en contraste con los demás almohadones.
Trinó ansioso, buscando con la mirada al británico. Lo llamó con una vocalización; su cerebro omega era demasiado dominante para permitirle formular palabras.
Lewis había retrocedido, dejándole espacio para trabajar mientras se colocaba una sudadera que estaba tirada en el piso.
—¿Mmm? —le respondió arqueando la ceja ante su llamado.
Franco no respondió, señalando con la cabeza. El quejido mudo más fuerte.
—¿Quieres que vea tu nido, sunshine?
El omega solo pudo asentir ansioso, con la energía queriendo escapar de las costuras.
El alfa se acercó con cuidado. Los omegas podrían ser muy volátiles con sus nidos, y más teniendo en cuenta el episodio emocional de recién.
Más cuando era la primera vez que le permitía ver el nido permanente de “forma oficial”.
La fortaleza de telas era amplia y ridículamente detallada con los textiles entretejidos. Una base estándar volteada que contenía las paredes. Ingenioso.
Lindo.
Le parecía un nido lindo y cuidado.
La remera de Ferrari era obvia en la zona de la cabeza. Resaltaba sin esfuerzo en la marea de prendas.
El trino proveniente del argentino se escuchó más fuerte. Más insistente. Sus ojos grandes verdes lo observaban atento a cada reacción que tuviera.
Franco le estaba presentando su nido y, Dios, sí eso no tocaba una fibra sensible en su interior.
—Es hermoso Fran, es un nido muy lindo. Gracias por dejármelo ver —le sonrió con dulzura.
Un gorjeo de felicidad fue toda la recompensa que necesitaba.
Con las palabras de aliento, Franco volvió a entrar a su obra de arte.
Se acomodó, acurrucado entre las mantas.
Y de vuelta, esa sensación.
Paz, se sentía en paz.
Esperó.
Treinta segundos, un minuto.
Nada.
No sintió el amargo sentimiento de incompleto.
Todo se sentía correcto.
Su omega vibraba de felicidad.
Su rostro se refregaba contra la remera roja. Su textura era ideal, su aroma era ideal.
La suavidad en las áreas que querría y las asperezas. Su mente se aquietó, dejándose llevar por las endorfinas que lo recorrían.
Era un omega que había anidado permanentemente, con un nido que tenía todo lo que quería. ¡Que a su alfa le había gustado!
Alfa
Quiere a su alfa.
Abre los ojos, buscándolo. Sonríe al verlo apoyarse a un costado del nido. Sin entrar ni desacomodar sus paredes. A una breve distancia, pero cerca a la vez, lo suficiente como para alcanzarlo fácilmente.
Estiró su mano, buscando contacto.
Lewis le acarició con dulzura. No quería perturbarlo. Sabía que este era un momento especial para él.
—¿El nido está completo, Sunshine?
El gorjeo afirmativo lo hizo sonreír más. Su mente dominada por el cerebro omega era adorable.
Apoyó su mano sobre la mejilla que no estaba enterrada en la ropa, mientras que con su pulgar masajeaba la glándula odorífera.
El ronroneo de Franco aumentó mientras trinaba de felicidad.
Su omega estaba feliz. Completamente feliz y contenido.
El alfa se hinchó de orgullo, de amor y agradeció poder vivirlo.
Se quedaron así un rato; ya habría tiempo para acomodar la ropa.
Todo estaba correcto.
Era permanente.
Era su hogar.
