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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-07-08
Updated:
2026-07-08
Words:
3,617
Chapters:
2/3
Kudos:
21
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2
Hits:
187

Nos conocimos en la playa

Summary:

Enzo viaja a la playa para despejarse un poco y conoce al guardavidas de turno Julian. Esa noche miran el partido de Argentina y es la excusa perfecta para conocerse mejor.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Enzo había llegado a la costa española apenas dos días antes y todavía sentía que estaba viviendo una vida prestada. Había alquilado un pequeño departamento cerca del mar con la vaga excusa de tomarse un mes para pensar.

Había ahorrado y pedido vacaciones en su trabajo como asistente de banco. Necesitaba saber si realmente estaba donde quería estar o lo mejor era volverse para Argentina con su rutina gris y aburrida.  

En fin, aquella mañana decidió caminar hasta la playa por primera vez.

Era un día espectacular para ir al mar, de esos en los que el cielo parecía demasiado azul para ser real y el sol era capaz de fritar huevos si los partias sobre el cemento de la calle.

Había mucha gente, familias enteras instaladas bajo sombrillas de miles de colores, chicos corriendo por la arena como si no tostara pies desnudos y turistas aprovechando cada rincón que se abría para clavar la reposera en algún lugar vacío. Enzo encontró su propio lugar a varios metros del agua y se sentó simplemente a observar un rato el panorama y al rato se hecho a tomar un poco de sol después de una especie de tarta de jamón y queso que se había clavado.

Desde donde estaba, con los ojos cerrados, podía escuchar el sonido constante del mar sin quedar atrapado entre las familias más ruidosas. 

Así pasó buena parte de la tarde, acostado sobre una toalla oscura, dejando que el sol calentara su piel después de meses de rutina y preocupaciones. Llevaba únicamente un short de baño negro y, desde cierta distancia, parecía completamente relajado: una pierna apenas flexionada, un brazo doblado detrás de la cabeza y el otro descansando a lo largo del cuerpo sobre la arena. A su lado había muy pocas cosas, apenas su mate con el termo, una botella de agua, protector solar y una mochila pequeña. Sin remera, sus múltiples tatuajes quedaban completamente expuestos; algunos recorrían sus brazos, otros asomaban sobre el pecho y los hombros, otros se deslizaban por su cintura y dibujaban líneas oscuras que se escondían hacía sus shorts. Años de tinta sobre piel bronceada.

A simple vista parecía alguien que estaba disfrutando de una tarde común de verano, pero detrás de sus gafas de sol y de su aparente tranquilidad había una mente incapaz de quedarse quieta demasiado tiempo. Por eso terminaba observando el mar, la gente y, cada vez con más frecuencia de la que estaba dispuesto a admitir, la torre de vigilancia donde trabajaban los guardavidas.

Fue así como lo empezó a notar... No fue algo inmediato ni espectacular. Primero lo distinguió porque era imposible no hacerlo. El uniforme, unos shorts rojo vibrante, lentes oscuros y silbato colgado del cuello, destacaban entre la multitud, y su puesto elevado le permitía dominar toda la playa con una tranquilidad que transmitía confianza.

Y entonces empezó a notarlo cada vez más... La manera en que hablaba con las personas que se acercaban a hacer consultas, la paciencia con la que respondía preguntas repetidas, la sonrisa fácil que parecía aparecer constantemente en su rostro.

Había algo particularmente amable en él, el chico con rulitos. Y, por algún motivo, Enzo se descubrió observándolo más de una vez a lo largo de la tarde. No porque fuera el hombre más atractivo que hubiera visto en su vida. Aunque, siendo honestos, era difícil ignorar lo bien que le quedaba el uniforme. ¿Cómo era tan pálido si trabajaba bajo el mismo sol que lo estaba carbonizando a él ahora mismo?

Le gustaba verlo sonreír. Ese pensamiento lo tomó tan desprevenido que terminó riéndose para si mismo, jamás le había pasado eso con un chico en su vida. Quizás estaba pasando demasiado tiempo sin compañía. Intento dejarlo de lado por un buen rato, si lo descubrian iba a parecer un re stalker.

Asi la tarde avanzó tranquila hasta que un grito llamó la atención de toda la playa.

Durante unos segundos nadie entendió qué estaba pasando. Varias personas se levantaron de golpe. Una mujer comenzó a señalar desesperadamente hacia el agua. Entonces Enzo vio movimiento cerca de la torre de vigilancia.

Los guardavidas reaccionaron al instante. Entre ellos estaba el muchacho que había estado observando. Lo vio bajar prácticamente de un salto y correr hacia el mar junto a otros compañeros. La tensión se extendió rápidamente entre quienes estaban cerca. Algunos comenzaron a acercarse a la orilla intentando entender la situación.

Por suerte, era solo un niño que se había alejado más de la cuenta y se había asustado al no poder volver con su familia. Los guardavidas llegaron enseguida y lo sacaron del agua entre lágrimas y abrazos de sus padres. Los aplausos aparecieron casi de inmediato cuando quedó claro que estaba perfectamente bien. Enzo se sumo al vitoreo.

Fue justamente en medio de ese regreso a la normalidad cuando ocurrió. Estaba caminando distraído por la arena cuando alguien lo chocó levemente en el hombro.

—Uy, perdón.

La voz llegó antes que el rostro.

Enzo giró la cabeza.

Era el guardavidas.

Venía todavía agitado por la carrera, con el cabello húmedo y algunas gotas de agua deslizándose por su cuello. Se veía cansado, pero aun así estaba sonriendo. Y, mierda que se veía fachero. Enzo sintió un poco de envidia.

—No, no pasa nada —respondió enseguida sonriendole.

El otro asintió, replicó el gesto y siguió caminando.

Nada más.

Pero por alguna razón Enzo se quedó observándolo alejarse unos segundos más de lo necesario, como ya era costumbre. 

 

───

 

Cuando el sol empezó a bajar, la playa comenzó a vaciarse lentamente. El calor intenso dejó lugar a una brisa agradable que obligaba a ponerse una camperita encima del traje de baño. El mar seguía tranquilo y el cielo se teñía de tonos anaranjados y rosados que parecían pintados a mano.

Enzo había llevado una pelota. Era una costumbre, donde viajaba él viajaba la pelota. Cuando necesitaba despejar la cabeza, jugaba al fútbol. No importaba si estaba solo. Le alcanzaban una pelota y un poco de espacio.

Así que empezó a hacer algunos jueguitos cerca de la orilla, y metio algunos pases contra la arena húmeda.

Hasta que un mal movimiento hizo que la pelota escapara y rodara varios metros directamente hacia la torre de vigilancia.

—Bueno, genial —murmuró.

Empezó a correr tras ella, pero la pelota nunca llegó demasiado lejos.

Un pie la detuvo con naturalidad.

Cuando levantó la vista ya sabía quién era.

El guardavidas la había frenado sin siquiera mirar. Tenía una mochila colgada de un hombro y sostenía parte de su equipo de trabajo en una mano.

—Creo que esto es tuyo —dijo a unos metros. 

Enzo llegó hasta él trotando con una sonrisa.

—Gracias. Mi carrera profesional acaba de terminar por culpa de ese pase.

El otro soltó una risa.

Y esa vez, de cerca, Enzo entendió por qué le había resultado tan fácil quedarse observándolo durante horas.

Tenía una sonrisa genuina. De esas que parecían imposibles de fingir.

—Bueno, todavía estás a tiempo de recuperarte.

—¿Vos decís?

—Yo tengo fe.

Ambos se rieron y Enzo miró un poco la arena por debajo de sus pies descalzos. 

—Soy Enzo, por cierto —dijo volviendo a tomar confianza.

—Julián.

Y entonces ocurrió algo que hizo sonreír a ambos inmediatamente.

El acento.

Los dos lo reconocieron al instante.

—No puede ser. Para. ¿Sos argentino? —lo señalo.

—¿Vos también?

—Sí.

—Qué locura —Julián negó con la cabeza mientras le devolvía la pelota— Te juro que en todo el verano encontré poquísimos argentinos por acá. Ya estaba empezando a extrañar escuchar hablar normal.

Enzo soltó una carcajada.

—¿Tan grave es?

—No sabés cuánto. A veces desearía ponerles subtitulos en la vida real. —el comentario hizo reir a Enzo. Luego se creo un momento de silencio cómodo entre los dos.

El viento agitó sus camperas.

Detrás de ellos el mar reflejaba los últimos colores del atardecer.

—¿Estabas jugando solo? —preguntó Julián derepente.

—Sí.

—Qué tristeza.

—Gracias por la sinceridad.

—Para eso estamos.

—¿Y vos jugás?

—Obvio.

—Entonces vení.

Julián miró las cosas que todavía llevaba encima.

—Dame cinco minutos para dejar todo esto y vuelvo.

—Perfecto —sonrió Enzo— Además, encontrar un argentino para jugar al fútbol en plena época mundialista es prácticamente un regalo del cielo.

Julian desapareció por un momento y volvió en menos de diez minutos después.

Terminaron jugando hasta que la luz empezó a desaparecer. Entre pases, bromas y comentarios sobre fútbol, la conversación fue creciendo sola. Descubrieron que ambos seguían el Mundial con una obsesión poco saludable, que ninguno podía mirar un partido importante sentado y que los dos pensaban que aquella noche Argentina tenía muchas posibilidades de ganar en octavos.

Luego de un buen rato, el jueguito terminó convirtiéndose en una competencia improvisada. Cada control era un desafío, cada amague una provocación.

Enzo logró escaparse con la pelota después de una gambeta particularmente afortunada y salió corriendo por la arena entre risas, escuchando a Julián protestar detrás de él.

El guardavidas lo persiguió inmediatamente, acortando la distancia con pasos rápidos mientras ambos intentaban mantener el equilibrio sobre la superficie irregular. La pelota rebotaba delante de Enzo, cada vez más difícil de controlar, hasta que sintió a Julián alcanzarlo.

Hubo un último intento de protegerla con el cuerpo, una carcajada compartida y, finalmente, un choque torpe que terminó con los dos perdiendo pie al mismo tiempo.

Cayeron sobre la arena enredados entre piernas, brazos y una nube de polvo dorado. Julián aterrizó primero sobre él antes de apartarse enseguida entre disculpas y risas.

Un instante después ambos estaban acostados boca arriba, uno al lado del otro, mirando el cielo que comenzaba a anochecer, demasiado cansados para levantarse de inmediato. Durante unos segundos sólo se escucharon sus respiraciones agitadas y el rumor lejano de las olas.

—Tengo que admitir algo —dijo Enzo finalmente, todavía intentando recuperar el aire.

—¿Qué cosa?

—Que me estoy divirtiendo muchísimo más de lo que esperaba hoy.

Julián soltó una risa suave, igual de agotado.

—Yo también.

Y por alguna razón, acostado allí sobre la arena todavía tibia del día, Enzo sintió que aquella respuesta le gustaba más de lo que debería.

Fue Enzo quien mencionó que probablemente terminaría viendo el partido solo en su departamento.

Y fue entonces cuando Juli tomó una decisión impulsiva.

—Che.

—¿Sí?

—Voy a verlo en un bar que encontré cerca del puerto.

—Ajá.

—Podrías venir.

Enzo levantó las cejas mientras giraba la cabeza sobre la arena.

—¿Me estás invitando?

—Capaz sí.

Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Enzo y comenzo a pararse para darle la mano a su compañero y ayudarlo a hacer lo mismo.

—La verdad... —Se acomodó la pelota bajo el brazo— Creo que sería bastante mejor que verlo solo. 

Por primera vez desde que había llegado a España, sintió que aquel viaje empezaba a tener sentido.Y no porque hubiera encontrado respuestas. Sino porque acababa de conocer a alguien con quien quería seguir hablando.

—Genial —dijo Juli sonriendo tímido, como si hubiera estado esperando otra respuesta— Toma mi número.