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Brian escuchó ese último silbatazo, un sonido agudo y seco que, más que marcar el final del partido, parecía el cierre definitivo de un sueño. La selección mexicana quedaba fuera de la Copa del Mundo, y él, Brian Gutiérrez, se sentía totalmente desconectado de la realidad. A su alrededor, el césped parecía perder el color, volviéndose una superficie gris y ajena.
Sus compañeros dejaron de correr poco a poco, consumidos por el peso de la derrota; él se detuvo también, con las piernas pesadas, sintiéndose como un autómata. Se sentía como un robot, programado únicamente para imitar los movimientos de los demás y así parecer natural, ocultando el vacío absoluto que tenía en el pecho. Lo único que no lograba hacer era llorar. Abrazaba a algunos compañeros por pura inercia, con un gesto mecánico, mientras su mirada se perdía en el suelo, buscando explicaciones en el pasto que no iba a encontrar.
La cara de Brian expresaba un abismo mucho más profundo de lo que cualquier lágrima podría transmitir. En sus facciones se mezclaba una frustración punzante, una molestia amarga y una tristeza que le oprimía la garganta, pero sin dejar brotar una sola gota.
Brian solo quería desaparecer. Se sentía como un niño pequeño en el recreo, humillado tras perder contra los chicos mayores. A pesar de que él mismo se había convencido de que podían vencer a Inglaterra, de que habían trabajado para ello y que el destino parecía estar alineado, al final todo no fueron más que ilusiones.
Entonces, vio a lo lejos a Armando, a su "Hormiga", acercándose. Brian sintió un impulso instintivo de esconderse. Le invadió una vergüenza corrosiva. Ver a Armando, con el rostro desencajado y los ojos inundados por la derrota, le partía el alma. Aquellas lágrimas no eran solo por México; para Brian, significaban que había fallado en su promesa silenciosa de protegerlo.
Recordó entonces los días en Chivas. Allá, en el club, todo era distinto; eran amigos, compañeros de vestuario que compartían bromas y el día a día, pero nada más. Sin embargo, la intensidad de la concentración para el Mundial lo había cambiado todo. Fue en esas noches de alegría y festejo, entre la adrenalina de los triunfos previos y la cercanía constante, donde la barrera de la amistad se rompió. Se habían vuelto el refugio del otro; las risas compartidas cuando las cámaras no los enfocaban y la complicidad en las sombras de los hoteles les habían permitido construir un mundo propio, donde eran mucho más que solo compañeros de equipo.
Brian se torturaba pensando en eso. Él estuvo en la cancha, él tenía el balón, él tuvo en sus pies la posibilidad de cambiar el curso de la historia, y aun así, falló. Cada lágrima que rodaba por las mejillas de Armando le pesaba como toneladas de concreto sobre el lomo. Se sentía indigno de su cariño, convencido de que, al fallar en el campo, también estaba rompiendo ese vínculo tan especial que habían forjado en los últimos meses.
Cuando el 14 se acercó, Brian desvió la mirada con un nudo en la garganta. No podía soportar que Armando lo viera así, con esa cara de derrota absoluta que él mismo había provocado. Se volteó bruscamente y fingió consolar a otro compañero, usando a otros como escudo humano.
Cuando la música de los ingleses comenzó a retumbar en el estadio, Wonderwall la canción de victoria que le sonaba a burla, Brian se dirigió a refugiarse a los vestidores. Se bañó, se vistió con manos temblorosas y salió directo al bus, antes de por fin salir del estadio de escuchaba "There are many things that I would like to said to you, but I don't now how." y esto hacia sentir a Brian aún peor, escuchar como la canción de su derrota, también era una canción con la que se identificaba en este momento lo hacía sentir como mierda, el chico por fin dejó de escuchar la música cuando llegó al bus evitando cualquier contacto visual o cualquier rastro de humanidad.
Llegaron al hotel y, aunque el cansancio físico era atroz, su mente era un hervidero de reproches. Se encerró en la habitación que compartían, tratando de que el espacio no se sintiera tan grande y vacío sin él. Se metió en la cama, cubriéndose hasta la barbilla, esperando que el sueño llegara como una anestesia. Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, su corazón daba un vuelco de ansiedad; quería el consuelo de Armando, quería que él se acercara y le dijera que no pasaba nada, pero sentía que ya no tenía derecho a pedirle nada tras haberle fallado de tal manera.
Se hizo el dormido cuando escuchó la puerta abrirse, cerrando los ojos con fuerza, con la esperanza de que, al despertar, este recuerdo doloroso fuera solo una pesadilla más, y no la realidad que, desde la perspectiva de Armando, seguramente se sentía como una traición al destino que ambos habían construido juntos estas últimas semanas.
