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guess we got burned

Summary:

Fingir un noviazgo fue fácil.

Dejar de fingir resultó bastante más complicado.

Segunda parte de “ don’t you wanna play with fire”

Notes:

No tenia planes sobre una segunda parte hasta que lei un comentario y no pude dejar pensar en las posibilidades… así que aquí está una secuela de dos idiotas enamorandose :)

Work Text:

El lunes llegó con una normalidad que Brian encontró casi ofensiva.

Después de todo lo que había pasado el viernes, esperaba despertar sintiendo que algo en el mundo había cambiado. No sabía exactamente qué: una incomodidad permanente, un mensaje de Armando esperándolo en el celular, la certeza de que el entrenamiento sería un desastre porque ninguno de los dos sabría cómo mirarse a la cara. Cualquier cosa habría sido suficiente para confirmar que aquellos dos besos existían también fuera de su cabeza.

No ocurrió.

La alarma sonó a la misma hora de siempre. Se levantó con la misma pereza de siempre, desayunó cualquier cosa mientras revisaba distraídamente las noticias deportivas y manejó hasta Verde Valle por el mismo camino de todos los días. 

Durante el trayecto intentó convencerse, una vez más, de que estaba exagerando. Habían sido dos besos. Dos decisiones impulsivas tomadas en menos de una hora. 

La primera tenía una explicación bastante ridícula, pero explicación al fin y al cabo: la mentira, Daniela, el juego absurdo en el que habían convertido aquel favor. La segunda… bueno, la segunda seguía escapándosele de las manos. Cada vez que intentaba acomodarla dentro de la misma lógica, terminaba encontrándose con el mismo vacío. No había nadie mirando desde la ventana de la camioneta. No había un personaje que interpretar. Solo estaban Armando y él, demasiado cerca el uno del otro y demasiado conscientes para seguir escondiéndose detrás de una actuación.

Lo verdaderamente inquietante era descubrir que no estaba arrepentido.

Había pasado buena parte del fin de semana esperando que apareciera esa sensación. Que, en algún momento entre el sábado por la tarde y el domingo por la noche, pudiera decirse a sí mismo la cagué. Habría sido mucho más sencillo. El arrepentimiento siempre ofrecía un camino claro: pedir disculpas, prometer que no volvería a pasar y seguir adelante.

Pero no podía mentirse de esa forma.

No deseaba borrar el beso. Lo que deseaba era entender por qué había querido repetirlo.

La rutina, pensó mientras estacionaba la camioneta, probablemente terminaría acomodando las cosas en su lugar. El fútbol tenía esa extraña capacidad de volver pequeños los problemas que parecían enormes apenas unas horas antes. Bastaba con entrar al vestidor, escuchar las bromas de siempre y concentrarse en el entrenamiento para recordar que la vida seguía moviéndose con independencia de los dramas personales.

Durante unos minutos, incluso creyó que tenía razón, hasta que levantó la vista y encontró a Armando entrando por la puerta. No ocurrió absolutamente nada.

No hubo silencios incómodos ni miradas demasiado largas. Armando dejó la mochila junto a su casillero, levantó apenas la barbilla en un saludo que Brian habría podido reconocer entre mil personas y dijo el mismo “¿qué pedo?” despreocupado de cualquier otro lunes.

Brian respondió exactamente igual.

Y eso fue todo.

El entrenamiento empezó unos minutos después.

Ninguno mencionó la fiesta, ni hablaron de lo que pasó en la camioneta, y tampoco quisieron reconocer que el viernes había dejado una conversación pendiente.

Brian descubrió, con una mezcla extraña de alivio y decepción, que los dos estaban haciendo exactamente lo mismo: fingir que nada había cambiado.

***

El entrenamiento terminó con la misma mezcla de agotamiento y bromas de todos los lunes.

En cuanto el cuerpo técnico dio por terminada la sesión, el campo comenzó a vaciarse poco a poco. Algunos jugadores se quedaron unos minutos más practicando tiros; otros caminaron directo al vestidor mientras discutían una jugada o se reclamaban alguna entrada fuerte durante la práctica. Todo seguía el orden habitual, ese que llevaba años repitiéndose casi sin variaciones y que, por alguna razón, resultaba extrañamente reconfortante.

Brian agradeció esa normalidad más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Tal vez eso era exactamente lo que necesitaban.

El vestidor ya estaba medio lleno cuando Brian terminó de ducharse. El vapor todavía empañaba algunos espejos y el ruido era el de cualquier otro día: casilleros abriéndose y cerrándose, secadoras de cabello funcionando al mismo tiempo, conversaciones que se cruzaban unas con otras hasta formar un murmullo imposible de seguir. 

Brian terminó de guardar sus cosas en la mochila y cerró el casillero de un golpe seco.

—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó una voz a su lado. Le tomó apenas un segundo reconocerla.

Armando seguía sentado en la banca, todavía acomodándose las agujetas de los tenis, como si la pregunta hubiera sido producto del aburrimiento y no tuviera ninguna intención especial detrás.

Brian apoyó un hombro contra el casillero.

—Nada, creo.

—¿Nada?

—Nada importante. ¿Tú?

Armando terminó de hacer el nudo y levantó apenas la vista.

—Tengo que regresar al depa.

—¿Y luego?

—Pues… existir, supongo.

Brian soltó una risa.

—Planazo.

—¿A poco el tuyo está mejor?

—No realmente.—Mostró una sonrisa irónica. —¿Cómo te vas?

Armando se encogió ligeramente de hombros.

—En Uber.

Brian frunció el ceño casi por reflejo.

—¿Otra vez?

—Pues sí. Dejé el carro en el taller y todavía no me lo entregan.

Hubo una pausa.

—Te llevo.

Armando levantó la vista.

—No hace falta.

—De todas formas voy para ese rumbo.

Era mentira.

Su departamento quedaba al otro lado de la ciudad.

—No te queda de paso.

Brian hizo un gesto despreocupado con la mano.

—¿Y?

Al final, Armando terminó por asentir.

—Bueno.

Brian sonrió apenas.

—Bueno.

Ninguno dijo nada más.

Salieron del vestidor uno al lado del otro, hablando de cualquier cosa. La conversación era tan ligera que, por un momento, Brian consiguió olvidar por qué había insistido tanto en llevarlo.

Hasta que, unos minutos después, desbloqueó la camioneta con el control y escuchó el sonido de los seguros abriéndose.

El mismo sonido que había escuchado tres días antes.

Y, sin querer, los dos recordaron exactamente el mismo momento.

Brian giró la llave y el motor terminó de romper el silencio.

—¿Y para cuándo te entregan tu coche?

Armando negó con la cabeza.

—Según hoy me marcaban.

—¿Y sí te urge?

—Pues… más o menos. Ya me cansé de pagar Uber todos los días.

Brian soltó una risa.

—Te sale más caro que la renta.

—No me recuerdes.

Y así, casi sin darse cuenta, la conversación volvió a encontrar su ritmo. Era tan fácil hablar con él que Brian terminó preguntándose, no por primera vez, cuándo había ocurrido. En qué momento Armando había dejado de ser simplemente un compañero de equipo para convertirse en esa persona con la que podía pasar una hora atrapado en el tráfico sin sentir la necesidad de sacar el celular para llenar los silencios.

Cuando la camioneta se detuvo frente al edificio de Armando, ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por moverse.

—Gracias por el ride —dijo Armando mientras desabrochaba el cinturón.

—De nada.

Abrió la puerta.

La volvió a cerrar.

Brian lo miró de reojo.

—¿Qué?

Armando se encogió apenas de hombros.

—Nada… solo iba a pedir de comer.

Brian levantó una ceja.

—Ajá.

—Y pues… si no tienes nada que hacer…

La frase quedó suspendida unos segundos entre los dos.

Armando carraspeó.

—Puedes subir.

Brian tardó un instante en responder.

No porque estuviera dudando.

Sino porque aquella invitación era tan cotidiana que le sorprendía haberle encontrado un significado distinto. Armando lo había invitado decenas de veces a su departamento. Habían pedido pizza, hamburguesas, tacos, habían visto partidos, películas malas y maratones enteros de anime mientras discutían por cuál personaje era más insoportable.

No había absolutamente nada nuevo en eso.

Y, sin embargo, desde el viernes todo parecía cargado de una intención que probablemente ni siquiera existía.

—Va.

Subieron juntos por las escaleras. Armando abrió la puerta del departamento con la familiaridad de quien ya conocía exactamente cuánto había que empujar para que el marco dejara de atorarse, aventó las llaves sobre la barra de la cocina y dejó la mochila en el primer sillón que encontró.

—Siéntate donde quieras.

Brian soltó una risa.

—Como si no supiera dónde.

—Bueno, sí.

Mientras Armando desaparecía un momento en la cocina para sacar un par de refrescos del refrigerador, Brian se dejó caer en el extremo izquierdo del sofá, el mismo lugar donde terminaba sentado prácticamente cada vez que iba. 

El departamento seguía siendo un reflejo bastante fiel de Armando: ordenado sin llegar a ser obsesivo, con un balón olvidado junto al mueble de la televisión, una sudadera colgada sobre el respaldo de una silla y dos controles de consola descansando sobre la mesa de centro.

Armando regresó y se sentó a su lado.

—¿Qué quieres pedir?

Brian la atrapó en el aire.

—¿Qué se te antoja?

—Lo que sea menos sushi.

—¿Otra vez tu trauma con el sushi?

—No voy a discutir eso contigo.

Brian ya estaba desbloqueando el celular.

—¿Tacos?

—Puede ser.

—¿Alitas?

—Mañana entrenamos.

—Cierto.

—Hamburguesas.

Brian negó con la cabeza.

—Siempre quieres hamburguesas.

—Porque siempre funcionan.

—Argumento sólido.

Armando sonrió de lado.

—Gracias.

Brian abrió la aplicación de comida y comenzó a recorrer los restaurantes cercanos mientras Armando se asomaba por encima de su hombro para opinar absolutamente de todas las opciones.

—Bueno. Hamburguesas.

—Va.

—Sin cebolla.

—No seas ridículo.

—La cebolla arruina todo.

—Tienes veinticuatro años.

—¿Y?

—Compórtate.

Brian negó con la cabeza mientras terminaba el pedido.

—No sé por qué sigo preguntándote.

—Porque al final siempre pides lo que quieres.

—También es cierto.

Brian terminó de confirmar el pedido y dejó el celular sobre la mesa de centro.

—Listo.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y cinco minutos.

Armando hizo una mueca.

—Te dije.

—Pues échale la culpa a tu restaurante favorito.

—Tú lo escogiste.

—Porque rechazaste todo lo demás.

Armando soltó una risa.

—Siempre tienes una excusa.

Brian tomó el control remoto.

—Mientras llega, pon algo.

—¿Un anime?

—¿Qué más?

Armando buscó el primer episodio mientras Brian se acomodaba mejor en el sofá. Los primeros minutos transcurrieron entre comentarios sobre la trama, discusiones completamente innecesarias acerca de un personaje secundario y las pausas constantes para adivinar qué iba a pasar después.

Cuando el siguiente episodio estaba por comenzar, el timbre del departamento sonó.

Brian ni siquiera levantó la vista de la televisión.

—Ya llegó.

—Qué bueno, porque ya tengo un chingo de hambre.

Armando se levantó del sofá con una sonrisa resignada y fue hasta la puerta mientras Brian pausaba la serie.

 

Poco a poco las hamburguesas desaparecieron, las cajas vacías fueron haciéndose a un lado y el sofá terminó absorbiéndolos en esa posición cómoda que solo aparecía cuando llevaban suficiente tiempo sin moverse.

Brian estiró un brazo sobre el respaldo.

Armando apoyó una pierna debajo de él para acomodarse mejor.

La distancia entre ambos terminó reduciéndose sin que ninguno pareciera notarlo.

En algún momento, Brian alargó la mano hacia la mesa sin apartar la vista de la televisión.

—Pásame mi refresco.

Armando tomó una lata y se la entregó.

Brian dio un trago largo.

Después volvió a mirar la pantalla.

Armando frunció ligeramente el ceño.

—Ese era el mío.

Brian bajó la vista hacia la lata.

Luego hacia la otra, todavía cerrada.

—Ah.

Hubo apenas un segundo de silencio.

—¿Te da asco?

Brian sonrió.

—¿A ti?

Armando sostuvo la mirada un instante.

Después negó con la cabeza.

—No.

Brian le devolvió la lata.

—Entonces ya es tu problema.

Armando la tomó sin decir nada.

—Por cierto.

Armando levantó apenas la vista.

—¿Qué?

—Ya no me escribió.

Armando tardó un segundo en entender de quién hablaba.

—¿Daniela?

Brian asintió mientras seguía peleándose con una papa que se había caído de la caja.

—Ni un mensaje.

—Pues qué bueno.

—Sí.

Hubo un silencio breve.

Brian tomó un trago de refresco antes de continuar.

—Alexa sí me mandó mensaje.

—¿Ah, sí?

—Nomás para decir que le cayó muy bien mi… novio.

La última palabra salió acompañada de una sonrisa incómoda.

Armando soltó una risa por la nariz.

—¿Tu novio?

—Pues eso dijo.

—¿Y qué contestaste?

Brian se encogió de hombros.

—Que gracias.

—Qué bárbaro.

—¿Qué querías que le dijera?

—No sé...

—¿“Oye, siempre no, resulta que era un experimento social”?

Armando dejó escapar una carcajada.

—La neta estaría buenísimo.

Brian negó con la cabeza.

—No vuelvo a pedirte favores.

—Mentiroso.

—Sí lo haré.

—Lo sé.

Los dos sonrieron.

Brian tomó otra papa.

—Eso sí…

Armando levantó la vista.

—¿Qué?

—Creo que ya puedo dar por cerrado el tema.

—¿Con Daniela?

—Ajá.

Armando asintió despacio.

—Pues salió mejor de lo esperado.

Brian hizo una mueca.

—Depende de cómo lo quieras ver.

—¿Por?

Brian bajó la vista hacia la hamburguesa que tenía entre las manos.

Le dio otra mordida antes de responder.

—Porque la mentira funcionó.

Hizo una pausa.

—Nomás… tuvo efectos secundarios medio raros.

Armando soltó una risa corta.

—¿Medio?

Brian levantó la vista.

Por un instante los dos sostuvieron la mirada.

No fue largo.

Ni particularmente intenso.

Solo el tiempo suficiente para que ambos entendieran perfectamente a qué “efectos secundarios” se refería.

Fue Armando quien desvió la vista primero.

Tomó otra papa con absoluta calma.

—Pues sí.

Brian esperó.

Armando siguió comiendo.

Como si la conversación hubiera terminado ahí.

***

El capítulo terminó y, por primera vez en toda la noche, ninguno de los dos hizo el intento de poner el siguiente.

La pantalla quedó inmóvil sobre los créditos finales mientras en el departamento volvía a instalarse ese silencio cómodo que solo aparecía cuando ya no era necesario llenar cada espacio con conversación.

Brian estiró los brazos por encima de la cabeza y dejó escapar un bostezo.

—Bueno…

Armando apagó la televisión.

—¿Ya te vas?

—Sí. Si no, mañana voy a llegar muerto al entrenamiento.

—Está bien.

Brian se incorporó del sofá con cierta pereza. Recogió la lata vacía que había dejado sobre la mesa de centro y la llevó hasta la cocina antes de regresar por su mochila.

Todo ocurrió con la naturalidad de siempre.

Como si hubiera hecho exactamente esa misma rutina decenas de veces.

Solo que aquella noche había una diferencia tan pequeña que casi resultaba imperceptible: ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por despedirse.

Armando lo acompañó hasta la puerta más por costumbre que por educación. Lo hacía prácticamente cada vez que Brian iba al departamento. Esperaba a que saliera, intercambiaban un último comentario cualquiera y después cerraba.

Brian ya tenía una mano sobre la chapa cuando se quedó quieto.

No abrió.

Permaneció unos segundos mirando la puerta, como si hubiera recordado algo importante justo antes de irse.

—¿Qué?

Brian dejó escapar una risa breve, más nerviosa que divertida.

Negó con la cabeza.

—Nada.

Hizo el intento de abrir, pero volvió a girarse hacia él.

—Bueno… sí.

Armando levantó apenas una ceja.

Brian respiró hondo.

—Nomás quería decir una cosa.

—Dila.

Hubo una pausa. Solo para que Brian ordenara una idea que llevaba tres días apareciendo y desapareciendo de su cabeza.

—No me arrepiento.

Armando no respondió enseguida.

Simplemente lo miró.

Brian continuó antes de que el silencio lo hiciera echarse para atrás.

—De… ya sabes. —Brian se pasó una mano por la nuca y sonrió con cierta incomodidad. —Eso…

El silencio volvió a instalarse entre los dos.

Era un silencio lleno de posibilidades, como esos segundos antes de que ruede el balón al inicio de un partido.

Armando bajó la vista apenas un instante. Después volvió a encontrar los ojos de Brian.

—Yo tampoco.

La respuesta fue tan sencilla que casi pareció insuficiente. Pero Brian sintió cómo algo que llevaba apretándole el pecho desde el viernes terminaba, por fin, de aflojarse.

Sonrió.

—Qué bueno.

Armando también sonrió.

—Sí.

Ninguno dijo nada después.

Simplemente permanecieron ahí, uno frente al otro, compartiendo una tranquilidad nueva que ninguno sabía muy bien de dónde había salido.

Brian fue quien dio el primer paso.

Acortó la distancia despacio, lo suficiente para que Armando pudiera retroceder si quería, pero no lo hizo.

Cuando quedaron frente a frente, Brian dudó apenas un segundo.

—¿Puedo?

Armando no respondió con palabras.

Solo asintió una vez.

Brian levantó la mano con cuidado y la apoyó sobre su mejilla. Sintió la tibieza de su piel bajo la yema de los dedos, el ligero roce de la barba que empezaba a asomarse después del entrenamiento y la respiración de Armando hacerse apenas más lenta cuando la distancia entre los dos terminó por desaparecer.

El beso fue suave.

Tan breve al principio que pareció una pregunta.

Sus labios apenas se encontraron durante un segundo antes de separarse unos centímetros, como si los dos estuvieran comprobando que aquello seguía siendo una posibilidad real y no un impulso aislado del viernes. Brian alcanzó a ver la mirada de Armando antes de volver a acercarse, y fue precisamente esa ausencia de incertidumbre la que terminó de borrar cualquier resto de culpa que hubiera podido quedar.

La segunda vez ya no hubo vacilación. El beso duró un poco más, sin apresurarse, sin buscar demostrar nada. Ninguno intentó profundizarlo; simplemente permanecieron ahí, compartiendo una cercanía que hasta hacía unos días habría parecido impensable y que, sin embargo, empezaba a sentirse extrañamente natural.

Cuando finalmente se separaron, ninguno dio un paso hacia atrás de inmediato.

Siguieron uno frente al otro, lo suficientemente cerca como para escuchar la respiración del otro en el silencio del departamento.

Brian sonrió primero.

No era la sonrisa burlona con la que solía salir de las situaciones incómodas ni la satisfacción de quien acababa de ganar una competencia absurda. Era una sonrisa pequeña, casi incrédula, la de alguien que acababa de descubrir que una idea que llevaba días dándole vueltas en la cabeza era mucho menos aterradora de lo que imaginaba.

—Bueno… —murmuró.

Armando dejó escapar una risa baja, negando apenas con la cabeza.

—Ahora sí ya te puedes ir.

Brian soltó una carcajada.

—Qué considerado.

El ambiente volvió a aflojarse al instante, como si esa ligereza hubiera sido precisamente la razón por la que todo aquello había resultado tan sencillo entre ellos desde el principio.

***

Ninguno de los dos volvió a mencionar aquella conversación.

Ni el beso.

Simplemente ocurrió otra vez.

El martes, después del entrenamiento, Brian volvió a ofrecerse a llevar a Armando a su departamento. Esta vez el trayecto estuvo lleno de discusiones sobre una jugada que el entrenador había corregido hasta el cansancio y de una teoría ridícula de Brian sobre por qué Piojo sobreviviría perfectamente a un apocalipsis zombie. Al llegar, subieron porque todavía quedaba comida del día anterior y porque ninguno tenía mejores planes. Vieron otro capítulo de la serie, discutieron por culpa de un personaje insoportable y, cuando Brian se levantó para irse, el silencio volvió a encontrarlos frente a la puerta.

No preguntó si podía.

Armando tampoco esperó a que lo hiciera.

El beso llegó con la misma naturalidad con la que uno estrecha una mano al despedirse.

Después Brian sonrió, dijo “nos vemos mañana” y bajó las escaleras como si acabara de terminar cualquier otra visita.

El miércoles ocurrió exactamente lo mismo.

Y el jueves.

Al cabo de una semana, la rutina ya estaba tan instalada que ninguno parecía consciente de cuándo había empezado.

Brian llegaba a Verde Valle, entrenaban, se burlaban el uno del otro durante toda la práctica y, al terminar, alguno preguntaba con absoluta normalidad:

—¿Qué vas a hacer?

La respuesta casi nunca cambiaba.

—Nada.

—¿Caigo?

—Va.

Y eso bastaba.

***

Una vez intentaron cocinar porque Brian juraba que preparar pasta era “imposible de echar a perder”. Armando todavía sostenía que aquella había sido la peor cena de su vida y Brian insistía en que el verdadero problema había sido que él no sabía apreciar la alta cocina.

Veían animes, películas, partidos viejos.

A veces ni siquiera prendían la televisión. Bastaba con sentarse en el sofá y dejar que las conversaciones fueran saltando de un tema a otro con esa facilidad que solo tienen los amigos que llevan demasiado tiempo conociéndose.

Cuando Brian finalmente se iba, el beso ya no necesitaba explicaciones.

Era parte de la despedida. Tan automática que, si alguna vez alguno de los dos hubiera olvidado hacerlo, probablemente habría sentido que faltaba algo.

Lo curioso era que todo lo demás permanecía exactamente igual.

Seguían insultándose durante los entrenamientos, seguían peleándose por las papas, Brian continuaba robándole refresco a Armando con la misma desvergüenza de siempre y Armando seguía quejándose únicamente por deporte, porque al final siempre terminaba compartiéndolo todo con él.

Nada había cambiado, y al mismo tiempo, todo era distinto.

Brian dejó un cargador en el departamento una noche y nunca volvió a llevárselo.

Una sudadera terminó olvidada sobre el respaldo del sofá después de un entrenamiento bajo la lluvia.

Armando empezó a comprar Coca-Cola sin azúcar “porque de todos modos siempre vienes y luego te andas quejando de que no tengo.”

Brian ya ni preguntaba qué iban a cenar.

Llegaba con una bolsa de supermercado y decía:

—Compré la despensa.

Como si aquello explicara cualquier cosa.

Al poco tiempo descubrieron que cocinar juntos era infinitamente más entretenido que pedir comida, aunque el resultado casi nunca justificara el esfuerzo.

Brian picaba verduras con una lentitud desesperante.

Armando terminaba arrebatándole el cuchillo.

—Hazte.

—Lo estaba haciendo bien.

—Llevas diez minutos con media cebolla.

—La precisión toma tiempo.

—No estamos construyendo un reloj suizo.

Brian se reía.

Entonces se apoyaba sobre la barra de la cocina, cruzado de brazos, únicamente para estorbar.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Eres bien mandón.

—Y tú bien inútil.

—Pero aquí sigues invitándome.

Armando levantaba apenas la vista mientras seguía cocinando.

—Ya es costumbre.

Brian sonreía.

—Sí.

Porque ninguno recordaba exactamente cuándo había dejado de visitar el departamento de Armando por decisión propia. Como si siempre hubiera pertenecido un poquito ahí.

***

El capítulo terminó y el siguiente comenzó sin que ninguno de los dos tocara el control remoto.

Brian estaba recargado en el extremo del sofá, con un brazo extendido sobre el respaldo. Armando se había acomodado varias veces durante el episodio, buscando una posición que le dejara descansar la espalda sin demasiado éxito. Al final terminó dejándose caer apenas hacia un lado, lo suficiente para que uno de sus hombros encontrara apoyo bajo el brazo de Brian.

Sentía el peso ligero del cuerpo de Armando apoyado contra el suyo, el calor que atravesaba la tela de la sudadera y el movimiento apenas perceptible de su respiración cada vez que soltaba el aire por la nariz para reírse de algún comentario absurdo de un personaje.

—¿Qué? —preguntó Brian, sin despegar la vista de la televisión.

—Nada.

—Te reíste.

—De la serie.

—Mentira.

Armando levantó apenas la cabeza para verlo.

—¿Por qué habría de reírme de ti?

Brian hizo una mueca.

—Porque siempre te ríes de mí.

—Porque siempre haces algo para que me ría.

Armando negó con una sonrisa pequeña y volvió a acomodarse exactamente donde estaba.

Brian tampoco se movió. El brazo seguía descansando sobre el respaldo del sofá, pero ya no recordaba si lo había puesto ahí antes o después de que Armando se recargara contra él. Pensó en retirarlo un momento. Le pareció una idea ridícula. Moverse ahora llamaría mucho más la atención que quedarse quieto.

Así que no hizo nada.

En algún momento, Armando estiró una mano hacia la mesa de centro buscando el vaso de refresco. No alcanzó. Brian lo tomó por él y se lo pasó sin decir una palabra.

—Gracias.

—Ajá.

Bebió un trago y volvió a dejarlo en el mismo sitio.

Después, casi sin darse cuenta, apoyó otra vez el hombro contra el costado de Brian.

—Llevamos como tres capítulos diciendo que este ya era el último.

—Sí.

—Ya me debería ir.

—Ajá.

Ninguno hizo el menor intento por levantarse.

Armando seguía mirando la televisión, aunque era evidente que tampoco estaba prestando atención.

—Oye.

—¿Qué?

—Voltea.

Armando frunció ligeramente el ceño.

—¿Para qué?

—Nomás.

Lo hizo.

Sus miradas se encontraron con una naturalidad desconcertante, como si llevaran varios minutos buscándose sin haberlo notado.

Ninguno sonrió primero.

Ninguno habló.

Brian fue acercándose despacio, sin dejar de observar la expresión de Armando, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse si quería.

No lo hizo.

Cuando sus labios se encontraron, el beso fue tan tranquilo que pareció continuar exactamente donde había terminado el de la noche anterior. No hubo sorpresa. Tampoco prisa. Era un gesto conocido, repetido tantas veces durante las últimas semanas que el cuerpo parecía recordarlo antes que la cabeza.

Brian apoyó una mano sobre el brazo de Armando casi por instinto.

Sintió cómo él respondía acercándose apenas un poco más.

El beso se prolongó unos segundos más de lo habitual.

No porque alguno buscara hacerlo durar.

Simplemente ninguno encontraba una razón para terminarlo.

Cuando finalmente se separaron, permanecieron muy cerca, respirando el mismo aire.

Armando dejó escapar una risa apenas audible.

—Ya ni esperaste a irte.

Brian bajó la mirada un instante antes de volver a encontrar la suya.

—Creo que me dio flojera levantarme.

Más tarde, cuando Brian ya se disponía a irse, la voz de Armando lo obligó a detenerse.

—Espera.

No hubo urgencia en el tono. Fue apenas una palabra dicha con cuidado, como si todavía existiera la posibilidad de dejarla morir antes de que llegara hasta él.

Brian volvió sobre sus pasos. 

Armando seguía sentado en el sofá. Bajó la vista hacia sus propias manos.

Sonrió apenas, con esa incomodidad que aparece cuando uno ya decidió decir algo y, aun así, sigue buscando una manera menos torpe de hacerlo.

—¿Tú entiendes qué estamos haciendo?

Brian tardó un momento en responder. Porque era exactamente lo mismo que llevaba semanas evitando preguntarse.

—No.

La sinceridad de la respuesta pareció aliviar algo en Armando.

Asintió despacio.

—Yo tampoco. —Armando respiró hondo. —Al principio sí entendía.

Brian levantó apenas la vista.

—Era por Daniela.

—Sí.

Sonrió con cansancio.

—Luego era porque… no sé. Ya había pasado una vez y supongo que era más fácil seguir haciéndolo que pensar demasiado. —La frase siguiente pareció costarle mucho más. —Pero ya no.

Brian no dijo nada.

Armando apoyó los codos sobre las rodillas y dejó escapar una risa breve, incrédula, dirigida más hacia sí mismo que hacia Brian.

—Hace rato me di cuenta de que ya ni siquiera espero a que te vayas para besarte. —La confesión quedó suspendida en el aire. —Y eso me hizo pensar que… no sé cuándo dejó de ser una despedida.

Brian sintió que algo se acomodaba dentro de él.

No porque tuviera una respuesta.

Porque, por primera vez desde aquella fiesta, alguien estaba describiendo exactamente lo que él también había sentido sin encontrar las palabras.

Armando volvió a levantar la cabeza. Había una honestidad extraña en sus ojos. La de quien ya cruzó el punto donde mentirse deja de servir.

—Yo toda mi vida pensé que era heterosexual. Ni siquiera lo había cuestionado. —La frase quedó incompleta unos segundos. —Y luego apareciste tú haciendo tus pendejadas.

Brian sonrió por inercia.

Armando no.

—Pensé que lo de los besos iba a quedarse ahí. Que un día simplemente íbamos a dejar de hacerlo y todo volvería a ser como antes. —Negó despacio. —Pero no volvió.

Miró alrededor del departamento, como si estuviera viendo su propia rutina desde afuera.

—Ahora espero que vengas, compro comida pensando en tus gustos, si paso por una tienda y veo algo que sé que te gusta, lo meto al carrito sin pensarlo 

Sonrió apenas. 

—Y cuando dijiste que el jueves no podías venir… —Hizo una pausa. —…me enojé.

Brian frunció ligeramente el ceño.

—¿Te enojaste?

—Sí.

Negó con la cabeza, frustrado consigo mismo.

—Y luego me pregunté con qué derecho podía enojarme. Porque no eres mi novio. No eres… Nada.

El departamento quedó completamente en silencio.

Armando tragó saliva.

—Llevo semanas intentando convencerme de que esto no significa nada, que solo somos dos amigos haciendo algo raro, que eventualmente se nos va a pasar. —Sonrió sin humor. —Pero creo que ya no me alcanza esa mentira.

Brian permanecía inmóvil.

No había apartado la vista de él ni una sola vez.

—Porque… —Armando respiró hondo. —…si mañana me dijeras que ya no vas a volver a venir, creo que me dolería mucho más de lo que debería.

Las palabras salieron despacio.

—Y no sé qué dice eso de mí. Lo único que sí sé… —Se detuvo apenas un instante. —…es que me gustaría que siguieras estando aquí. No solo hoy. No solo porque nos besamos.

Me gustaría seguir cenando contigo, seguir peleando por las papas, seguir viendo series que ninguno pela y seguir esperando que llegues después del entrenamiento.

La voz se le quebró apenas al final.

—Creo que… —Sonrió con timidez. —Creo que me gustas, Brian.

No fue una declaración grandiosa.

Solo una verdad sencilla, dicha casi con la misma naturalidad con la que durante semanas le había preguntado qué quería cenar.

Brian permaneció en silencio un largo rato. Resultaba casi ridículo descubrir que habían recorrido el mismo camino sin darse cuenta: los dos habían intentado convencerse de que aquello era un accidente prolongado, una costumbre adquirida por insistencia, un juego que se había negado a terminar cuando ya no quedaban espectadores. Ninguno había conseguido creerlo del todo.

Sonrió apenas, con una mezcla de alivio y vergüenza.

—Yo también pensé toda mi vida que era heterosexual.

Nunca se lo había cuestionado. Nunca había tenido razones para hacerlo. Había salido con mujeres, le habían gustado mujeres, imaginaba su vida junto a una mujer porque esa había sido siempre la única posibilidad que se había permitido considerar. Si alguien le hubiera preguntado un año antes, habría respondido con la misma seguridad con la que respondía su nombre o su fecha de nacimiento.

Hasta que apareció Armando.

No el Armando de los besos.

El de todos los días.

El que se burlaba de cómo cortaba el jitomate, el que siempre encontraba una excusa para robarle las papas del plato, el que le mandaba un mensaje cuando salía tarde de una entrevista para preguntarle si todavía iba a caer al departamento. El mismo que había empezado siendo un compañero de equipo y que, sin que Brian recordara exactamente cuándo, terminó convirtiéndose en la persona alrededor de la cual empezó a organizar sus días.

—Lo de besarte fue lo que me hizo dudar de mi orientación —admitió después de un momento—. Pero no fue lo que me hizo enamorarme de ti.

La diferencia era pequeña, aunque para él lo cambiaba todo.

Había intentado convencerse de que el problema eran los besos porque eso parecía tener solución. Bastaba con dejar de hacerlo y todo regresaría a su lugar. Lo descubrió un día en que Armando fue a cenar con sus papás. Llegó a su departamento, pidió comida por inercia y puso la serie que llevaban semanas viendo juntos. No alcanzó a terminar el capítulo. Entonces entendió que lo que echaba de menos no era el beso de la despedida. Era discutir durante veinte minutos qué iban a pedir de cenar, escuchar a Armando quejarse porque volvía a ponerle demasiada salsa a los tacos o verlo caminar descalzo por el departamento mientras buscaba el cargador que Brian olvidaba prácticamente una vez por semana.

Aquella ausencia tenía muy poco que ver con un beso.

Tenía que ver con él.

—Después empecé a notar cosas bien pendejas —continuó, dejando escapar una risa baja que no alcanzó a ocultar la incomodidad que le producía reconocerse en voz alta—. Si terminaba el entrenamiento y no te encontraba luego luego, te buscaba. Si estabas platicando con alguien, quería saber quién era. Me caían mal personas que ni conocía nomás porque estaban ocupando tu tiempo. Un día hasta me enojé porque Piojo te convenció de irse por unas alitas y eso significaba que ya no ibas a estar conmigo esa tarde. Me pasé todo el camino a mi casa pensando que era un imbécil por sentir celos de algo a lo que, en teoría, no tenía ningún derecho.

Negó despacio.

—Y ahí fue cuando entendí que ya no tenía sentido seguir llamándole amistad.

Le gustaba Armando.

Le gustaba esperarlo al terminar los entrenamientos. Le gustaba llegar a un departamento en el que ya sabía dónde estaban los vasos, cuál de las sartenes se pegaba menos y qué serie iban a seguir sin prestar demasiada atención. Le gustaba descubrir que, sin haberlo hablado nunca, los dos habían empezado a reservar un espacio para el otro en medio de una profesión que les exigía vivir con la maleta siempre lista.

Suspiró antes de continuar.

—También he pensado en todo lo que saldría mal.

Aquella parte sí la conocía de memoria.

Jugaban en el mismo equipo. Vivían expuestos. Había cámaras en los entrenamientos, periodistas esperando cualquier historia nueva y un ambiente que no siempre era amable con aquello que se salía de la norma. Era imposible fingir que nada de eso existía. Quizá alguno terminaría jugando en otra ciudad al año siguiente. Quizá uno de los dos tendría que irse del país. Quizá habría días en que mantener una relación parecería mucho más complicado que renunciar a ella.

—Y aun así…

La frase quedó suspendida apenas un instante.

—Si me preguntas qué quiero hacer con todo esto, la verdad es que sí quiero hacer algo.

Le sostuvo la mirada sin vacilar.

—Porque ya estamos viviendo como si fuéramos algo. La única diferencia es que todavía no nos atrevemos a decirlo.

Sonrió.

Esta vez la sonrisa no tenía nervios ni ironía.

Solo una calma inesperada.

—Y yo sí quiero decirlo.

Hizo una pausa breve.

—Porque me gustas, Armando. No como me gustó besar a alguien una vez. No como un experimento. Me gustas tú.

Y si todo lo que viene después resulta ser un desastre… la verdad es que prefiero averiguarlo contigo que pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si ese día, en lugar de inventarme un novio, simplemente hubiera tenido el valor de enamorarme de ti.

Le tomó una mano entre las suyas con una naturalidad que ya no parecía nueva.

—…es que, si todo esto va a ser complicado, preferiría complicarme contigo.

Y creo…

Soltó una risa suave.

—Creo que esa es la forma más rara en la que le he pedido a alguien que sea mi novio.

Armando bajó la vista hacia las manos que Brian seguía sosteniendo entre las suyas. Las observó un instante, como si necesitara confirmar que todo aquello estaba ocurriendo de verdad. Después dejó escapar una risa breve, incrédula.

—Sí que encontraste la forma más rara de conseguir novio.

Brian sonrió.

—¿Eso fue un sí?

Armando volvió a mirarlo.

—¿Tú qué crees?

La sonrisa de Brian terminó por desarmarlo.

Negó con la cabeza.

—Necesito que seas un poquito más específico.

—¿Desde cuándo necesitas especificaciones?

—Desde que estoy jugando mi futuro sentimental.

Aquello le arrancó una carcajada.

La tensión desapareció con la misma facilidad con la que había llegado.

Armando dio un paso al frente hasta quedar a una distancia ridículamente pequeña de Brian.

—Sí.

No hizo falta decir nada más.

Aun así, decidió hacerlo.

—Sí quiero ser tu novio.

Brian cerró los ojos un instante.

No por dramatismo.

Solo porque sintió que algo dentro de él, algo que llevaba semanas apretado sin que él mismo se hubiera dado cuenta, terminaba por relajarse.

Cuando volvió a abrirlos, seguía encontrando la misma expresión tranquila en el rostro de Armando.

—Qué bueno.

Armando arqueó una ceja.

—¿Eso es todo?

Brian soltó una risa.

—No.

Negó despacio.

—Es que todavía me cuesta trabajo creer que acabamos de llegar hasta aquí por culpa de Daniela.

Los dos guardaron silencio un momento.

Después Armando sonrió.

—Le debemos un regalo de bodas.

Brian se echó a reír.

—No te emociones, apenas llevamos treinta segundos de novios.

—Bueno…

Se inclinó apenas hacia él.

—Habrá que estrenarlo.

Brian no respondió con palabras.

Acortó la distancia entre los dos y volvió a besarlo, despacio, sin la urgencia de las primeras veces y sin el miedo de las siguientes. Era un beso distinto a todos los anteriores porque, por primera vez, ya no sostenía una mentira, ni una duda, ni una pregunta. No intentaba convencer a nadie de nada.

Solo celebraba una respuesta que los dos llevaban semanas construyendo sin darse cuenta.

Cuando se separaron, Armando apoyó la frente contra la suya y sonrió.

—Oye.

—¿Qué?

—Ahora sí ya puedes dejar de decir que eres mi novio falso.

Brian dejó escapar una risa.

—Qué alivio.

—Porque la verdad…

Armando negó con la cabeza, divertido.

—Se te daba bastante mal eso de fingir.

Brian sonrió.

—Menos mal.

—¿Por?

—Porque resulta que nunca estuve fingiendo.

 

 

 

 

 

 

 

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