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Cálido y Rojo

Summary:

Para Roberto Alvarado, existen dos tipos de personas: las normales y Brian Gutiérrez.

Porque una cosa es ser atento. Y otra muy distinta es vivir pendiente de Armando como si fuera su trabajo de tiempo completo.

Y ahora el Piojo está decidido a demostrar que nadie puede ser tan mandilón… a menos que esté perdidamente enamorado.

Notes:

Yo solo quería escribir a Brian siendo mandilón ;)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Desde que regresaron de la concentración con la Selección después del Mundial, Roberto Alvarado había empezado a notar un cambio difícil de señalar con precisión.

No era algo lo bastante grande como para comentarlo en voz alta. De hecho, si alguien le hubiera preguntado qué pasaba, probablemente no habría sabido responder. Solo tenía la impresión de que Brian se movía alrededor de Armando con una naturalidad distinta, como si, sin proponérselo, hubiera comenzado a incorporarlo a todas sus pequeñas decisiones del día.

Al principio lo atribuyó a la convivencia.

Era lógico. Habían pasado semanas concentrados, compartiendo entrenamientos, comidas, hoteles, vuelos interminables y esa clase de rutinas que terminaban acercando incluso a quienes apenas cruzaban palabra antes. No era raro que volvieran con amistades nuevas o con una confianza que antes no existía.

Sin embargo, conforme los días pasaban, la explicación dejaba de convencerlo.

No ocurría nada extraordinario. Nadie habría podido señalar un momento específico y decir ahí empezó todo. Eran detalles tan pequeños que, vistos por separado, resultaban insignificantes. Brian esperaba a Armando antes de salir del vestidor sin darse cuenta de que el resto ya iba varios metros adelante. Si durante un entrenamiento repartían petos, terminaban uno junto al otro con una frecuencia sospechosamente alta. En el comedor, sin necesidad de hablarlo, uno ocupaba el asiento libre frente al otro.

Coincidencias, seguramente.

Eso era lo que Roberto se repetía cada vez que el pensamiento amenazaba con ir más lejos.

Además, Brian siempre había sido atento. Reservado, sí, pero atento. Era de esos futbolistas que agradecían al personal del club, recogían un cono si lo veían tirado y ayudaban al utilero sin que nadie tuviera que pedírselo. Quizá simplemente Armando se había vuelto una persona más dentro de esa lista.

Y, aun así…

Había algo.

Algo que todavía no alcanzaba a nombrar.

No era que Brian buscara a Armando de manera evidente. Era peor. Parecía encontrarlo sin necesidad de buscarlo.

Como si, de algún modo, ambos hubieran desarrollado una gravedad propia que terminaba acomodándolos uno cerca del otro una y otra vez.

Roberto empezó a fijarse sin proponérselo.

Más por curiosidad que por otra cosa. Porque cuando uno tenía demasiado tiempo libre entre entrenamiento y entrenamiento, cualquier tontería era suficiente para entretenerse.

Y, si era completamente honesto consigo mismo, aquella empezaba a parecerle una tontería bastante interesante.

•••

Habían terminado de desayunar y el comedor comenzaba a vaciarse. Algunos ya iban de regreso a los vestidores; otros seguían estirando la sobremesa con el café entre las manos y conversaciones que no llevaban a ninguna parte.

Brian permanecía sentado al lado de Armando, terminando lo último de su fruta mientras escuchaba una discusión completamente intrascendente sobre quién había hecho el peor gol en las retas del día anterior.

Roberto apoyó los codos sobre la mesa.

—Oye, Brian.

—¿Mande?

—Tráeme otro café, ¿no?

Brian levantó la vista apenas un segundo.

—Ve tú por él.

La respuesta fue tan automática que ni siquiera sonó descortés. Volvió a bajar la mirada hacia el plato como si la conversación hubiera terminado ahí.

Roberto soltó una risa.

—Qué ogro.

—Traes piernas, ¿no? —contestó Brian.

—Pues sí, pero pensé que andabas muy servicial.

—Con el utilero, no contigo.

Diego resopló por la nariz, conteniendo la risa. 

Roberto negó con la cabeza, fingiendo indignación.

—Qué mala actitud.

El tema murió tan rápido como había empezado.

Cinco minutos después, Armando dejó el tenedor sobre el plato.

—Creo que me voy a servir otro café.

Brian levantó la cabeza.

—¿Quieres?

Armando dudó un instante.

—Sí… si vas.

—Ahorita.

Se puso de pie antes de que Armando alcanzara siquiera a mover la silla.

Roberto siguió la escena con la vista.

Brian regresó poco después con dos tazas humeantes.

Dejó una frente a Armando y volvió a sentarse con la misma naturalidad con la que alguien se acomodaba la gorra.

Nadie comentó nada.

Ni siquiera Roberto.

Había algo raro en todo aquello.

•••

Roberto llegó a la conclusión de que Brian tenía un problema aproximadamente una semana después.

La sospecha siguió alimentándose de escenas tan pequeñas que resultaban imposibles de comentar sin sonar exagerado.

Como aquella mañana en la sala de video.

El cuerpo técnico todavía no llegaba y los jugadores ocupaban los asientos sin ningún orden en particular. Algunos aprovechaban para revisar el celular; otros seguían discutiendo una jugada del entrenamiento anterior.

Brian entró de los últimos.

Roberto lo vio recorrer la sala con la mirada durante apenas un segundo.

No buscaba un asiento, buscaba a alguien.

Armando levantó la mano desde la tercera fila.

—Acá.

Brian sonrió apenas, ese gesto discreto que apenas le movía una comisura de los labios, y caminó directamente hacia él.

Había lugares vacíos por todos lados.

Aun así, terminaron sentados hombro con hombro.

Roberto no le dio importancia.

Hasta que ocurrió exactamente lo mismo al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente también.

Si Armando ya estaba sentado, Brian iba con él.

Si Brian llegaba primero, dejaba libre el asiento de al lado.

Nunca lo llamaba.

Nunca decía siéntate aquí.

Y Armando, como si ambos hubieran firmado un acuerdo silencioso, terminaba ocupándolo.

•••

El siguiente detalle fue todavía más absurdo.

Durante un entrenamiento, Armando dejó la botella junto a una de las porterías antes de empezar un ejercicio.

Cuando terminaron la serie, caminó de regreso para tomar agua.

Brian llegó al mismo tiempo.

Destapó la botella, dio un par de tragos y se la extendió.

—Ten.

Armando la recibió sin siquiera mirarla y siguieron caminando.

Roberto, que observaba la escena desde unos metros atrás, frunció el ceño.

“¿Acaban de compartir botella?” murmuró para sí mismo.

•••

Después apareció la sudadera.

Había empezado a correr aire al terminar la práctica y varios buscaban ponerse algo encima.

Armando cruzó los brazos.

—Ya refrescó.

Brian levantó la vista de inmediato.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Sin decir nada más, se quitó la sudadera y se la puso sobre los hombros.

Armando acomodó las mangas.

—Te la voy q ensuciar.

—Lávala, entonces.

—Payaso.

Brian soltó una risa.

—Sí te queda.

—Cállate.

Roberto observó el intercambio con una ceja levantada.

No le sorprendió que Brian se la hubiera prestado.

Lo extraño era que Armando no hubiera dicho no.

Ni una vez.

Ni el típico no hace falta.

Solo aceptó.

Como si aquella clase de gestos fueran parte de la rutina.

•••

Luego estaban los chistes.

Eso era lo que más desconcertaba a Roberto.

Porque no entendía ninguno.

Una tarde, mientras esperaban que terminara una sesión de fisioterapia, Brian le mostró algo en el celular a Armando.

Bastó una imagen para que los dos empezaran a reírse.

—No inventes.

—Te lo juro.

—Es exactamente igual.

—Te dije.

Armando negó con la cabeza entre risas.

—Qué idiota eres.

—Pero sí se parece.

—Muchísimo.

Roberto estiró el cuello.

—¿Qué están viendo?

Brian giró el teléfono.

Era un meme con un personaje de un anime.

Uno con un peinado imposible y una expresión completamente seria.

Roberto esperó la explicación.

—¿Me explican o qué?

Armando apenas pudo hablar.

—No… no te va a dar risa.

—¿Por?

Brian recuperó el celular.

—Necesitas contexto.

Y volvieron a reírse.

Roberto hizo una mueca.

Detestaba cuando la gente desarrollaba chistes privados.

Era la forma más rápida de darse cuenta de que uno estaba completamente fuera de la conversación.

•••

Pero lo que terminó por convencerlo de que algo extraño estaba ocurriendo fue el contacto físico.

No era exagerado. Era peor, casi automático.

Brian pasaba por detrás de Armando y, sin pensarlo, le acomodaba el cuello de la playera porque se le había doblado.

Le daba un golpecito con el hombro al rebasarlo en el pasillo.

Le despeinaba el fleco solo para molestarlo.

Le daba un toque en la espalda cuando quería llamar su atención, aun cuando bastaba con decir su nombre.

Y Armando… ya ni siquiera reaccionaba.

Seguía haciendo lo que estuviera haciendo, como si el espacio personal entre ellos hubiera dejado de existir desde hacía mucho tiempo.

Fue entonces cuando Roberto dejó de preguntarse por qué Brian hacía tantas cosas por Armando.

La verdadera pregunta era otra.

¿En qué momento Armando había empezado a esperar que Brian las hiciera?

•••

El Piojo tuvo la oportunidad de confrontar a Brian un par de días después.

Esperaban a que comenzara el entrenamiento vespertino. Algunos seguían en el gimnasio; otros mataban el tiempo en las mesas del comedor con una segunda taza de café.

Brian estaba de pie junto a la barra, revolviendo distraídamente un vaso de proteína.

Roberto ocupó el lugar a su lado.

—Oye.

—¿Qué pasó?

Roberto dio un sorbo a su café antes de hablar.

—¿Qué traes con Armando?

Brian levantó la vista.

—¿Cómo?

—Pues eso. —Hizo un gesto vago con la mano. —Traes algo.

Brian frunció ligeramente el ceño.

—¿Algo de qué?

—No sé, sus interacciones…

—¿Qué cosa tienen de raro?

—No, ya en serio. —Lo señaló con el vaso. —¿Te gusta o qué?

La carcajada de Brian fue inmediata.

—¿Armando?

—Sí, Armando.

—No.

La respuesta salió tan rápido que Roberto estuvo a punto de dar el asunto por terminado.

Hasta que Brian añadió:

—Es mi amigo.

—Ajá.

—¿Qué?

—Nada.

Roberto se encogió de hombros.

—Nomás que lo tratas distinto.

Brian volvió a negar con la cabeza.

—No es cierto.

—¿No?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Roberto dejó escapar un resoplido divertido.

—Bueno.

Si él lo decía.

—Entonces dime una cosa.

Brian esperó.

—¿Hace cuánto no te sientas al lado de alguien que no sea Armando en las sesiones de video?

Por primera vez Brian tuvo que pensar la respuesta.

Recordó la sala, los asientos… no encontró a nadie más que a Armando en sus pensamientos.

Roberto arqueó una ceja.

—¿Ves?

Brian se defendió casi por reflejo.

—Pues… siempre hay lugar a su lado.

—Con alguien más también hay lugar.

—Sí, pero…

La frase quedó a medias.

Roberto aprovechó el hueco.

—¿Y por qué siempre acabas con él?

Brian se quedó mirando el vaso entre sus manos.

No lo sabía. Nunca había decidido sentarse con Armando. Simplemente… Lo hacía.

—Coincidencia, supongo —murmuró al final.

Roberto soltó una risa.

—Qué conveniente.

Le dio una palmada en el hombro antes de alejarse.

—Nomás piénsalo, Guti.

Brian lo vio marcharse sin responder.

Volvió a revolver el batido, aunque ya estaba perfectamente mezclado.

¿Siempre se sentaba con Armando?

Porque, si era completamente honesto, ya no podía distinguir en qué momento había dejado de ser una decisión para convertirse en un hábito.

Y esa idea, por alguna razón, le produjo una inquietud. La suficiente para descubrirse, casi una hora después, recorriendo el gimnasio con la mirada.

Buscando a Armando, solo para comprobar si ya había llegado. Fue entonces cuando se detuvo en seco.

“…Ah.”

No era una revelación. Ni mucho menos una confesión. Era apenas una grieta.

•••

La siguiente vez que entraron a la sala de video, Brian ya iba predispuesto.

No porque creyera que Roberto tuviera razón. Al contrario. Cuanto más recordaba aquella conversación, más absurda le parecía. Había terminado riéndose del asunto junto con Armando esa misma tarde, incapaz de imaginar de dónde había sacado el Piojo semejante ocurrencia.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Con la mirada recorriendo la sala antes incluso de cruzar la puerta.

Armando ya estaba sentado.

Levantó apenas la vista del celular cuando lo vio entrar e hizo un gesto discreto hacia el asiento vacío a su lado.

—Acá.

Brian alcanzó a dar un paso en esa dirección antes de detenerse.

Había otros lugares libres. Varios, de hecho.

Nunca se había fijado en eso.

Sintió una incomodidad extraña, completamente nueva, al darse cuenta de que ni siquiera había considerado sentarse en otra parte. Simplemente había empezado a caminar hacia Armando, igual que siempre.

Con una naturalidad que hasta ese momento jamás le había parecido digna de análisis.

Terminó ocupando el asiento de al lado de todos modos.

No porque hubiera tomado una decisión consciente, sino porque, mientras dudaba, Armando ya había corrido un poco su mochila para hacerle espacio y resultaba infinitamente más ridículo quedarse parado que sentarse.

—¿Qué? —preguntó Armando al notar que seguía viéndolo.

Brian negó con la cabeza.

—Nada.

Guardó el celular en el bolsillo justo cuando el Piojo pasó por su fila.

No hizo falta que dijera una palabra.

Bastó con la sonrisa.

Una sonrisa apenas insinuada, de esas que parecían existir únicamente para fastidiar.

Brian rodó los ojos.

Roberto siguió caminando como si no hubiera visto absolutamente nada.

•••

El problema fue que, a partir de ese día, las coincidencias dejaron de sentirse tan… coincidentes.

Brian nunca había pensado demasiado en la cantidad de veces que buscaba a Armando durante el día.

Ahora era incapaz de no notarlo.

Le bastaba perderlo de vista unos minutos para descubrirse recorriendo el campo con la mirada hasta encontrarlo otra vez. No era una búsqueda desesperada ni consciente; era apenas un gesto automático. 

Porque, una vez que Roberto lo había señalado, resultaba imposible fingir que no existía.

La prueba definitiva llegó al terminar un entrenamiento.

Los jugadores se dispersaron por el gimnasio mientras esperaban la siguiente indicación del cuerpo técnico.

Brian estaba llenando su botella de agua cuando escuchó la voz de Armando al otro lado de la sala.

Se volvió por instinto.

Estaba hablando con uno de los fisioterapeutas.

Brian permaneció unos segundos observándolo antes de regresar la atención a la llave del agua.

Cuando levantó la cabeza otra vez, Roberto estaba apoyado contra el marco de la puerta.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Qué?

Roberto señaló con la barbilla hacia el fondo del gimnasio.

—Ya lo encontraste.

Brian frunció el ceño.

—¿A quién?

—A Armando.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

—¿Qué tiene?

—Nada.

Roberto sonrió con una tranquilidad desesperante.

—Nomás te vi buscándolo.

—No lo estaba buscando.

—Ah, bueno.

Se apartó del marco y siguió caminando.

—Entonces qué bueno que apareció solito.

Brian quiso responder.

No pudo.

Porque, por más que repasó los últimos segundos, descubrió que Roberto no había inventado absolutamente nada.

El detalle era tan insignificante que, unos días antes, le habría pasado inadvertido.

Ahora, en cambio, empezaba a formar parte de una lista.

Una lista incómodamente larga.

Y lo peor era que seguía creciendo sin que él hiciera el menor esfuerzo.

Aquella misma tarde, mientras salían rumbo al estacionamiento, Armando se quedó unos pasos atrás contestando un mensaje.

Brian avanzó con el resto del grupo.

Entonces redujo el paso sin darse cuenta.

No se detuvo. Solo caminó más despacio.

Lo suficiente para que, cuando Armando guardó el celular y volvió a levantar la vista, terminara alcanzándolo con facilidad.

—¿Qué pasó? —preguntó Armando.

—Nada.

Siguieron caminando uno junto al otro.

Unos metros más adelante, Roberto los esperaba apoyado sobre una camioneta, cruzado de brazos.

Los vio acercarse y soltó una risa por lo bajo.

Brian ni siquiera preguntó por qué.

Empezaba a sospechar que, si lo hacía, la respuesta iba a ser incómoda.

•••

El trayecto de regreso por carretera transcurría con la calma adormecida que siempre dejaban los viajes en autobús.

Las conversaciones se habían ido apagando una por una hasta convertirse en un murmullo lejano. Algunos dormían con la cabeza recargada en la ventana; otros llevaban los audífonos puestos o mataban el tiempo deslizando el dedo por el celular.

Brian hacía lo imposible por concentrarse en el episodio que Armando había puesto en la tableta.

—Ya te distrajiste otra vez.

La voz de Armando lo sacó de sus pensamientos.

Brian volteó.

—¿Qué?

—Llevan como cinco minutos peleándose.

Retrocedió el video unos segundos.

—Mira.

Brian obedeció. Aguantó exactamente medio minuto antes de volver a quedarse ido.

Armando soltó una risa.

—Estás en otro planeta.

—Perdón.

—¿Todo bien?

Brian asintió demasiado rápido.

—Sí.

Armando entrecerró los ojos.

—No te creo.

Esperó un momento, como si le estuviera dando oportunidad de hablar por su cuenta.

Al ver que no lo hacía, pausó la serie.

—A ver.

Brian suspiró.

Llevaba varios días diciéndose que era una tontería. Que el Piojo solo estaba fastidiándolo porque no tenía nada mejor que hacer. Que, si seguía dándole vueltas al asunto, iba a terminar creyéndose un problema que no existía.

Aun así, la duda seguía ahí.

—¿Te puedo preguntar algo?

—Ajá.

Brian giró la botella entre las manos.

—¿Crees que soy muy… molesto contigo?

Armando parpadeó.

—¿Molesto?

—Sí.

La palabra sonó extraña incluso para él.

—O sea… ¿muy encimoso? ¿Muy… pegajoso?

Armando tardó unos segundos en responder.

Después soltó una risa corta.

—¿De dónde salió eso?

Brian desvió la vista hacia el pasillo.

—Nomás. —Brian terminó encogiéndose de hombros. —Me dio curiosidad.

Armando lo observó un instante más antes de negar con la cabeza.

—No.

—¿No?

—No me molestas.

La respuesta fue tan inmediata que Brian casi no la creyó.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Nunca?

Armando fingió pensarlo.

—Bueno… —Brian sintió un pequeño vuelco en el estómago. —…a veces sí.

Levantó la vista de golpe.

Armando ya estaba sonriendo.

—Cuando me ganas en el FIFA.

Brian soltó el aire entre una risa.

—Qué menso eres.

—Tú preguntaste.

Volvió a acomodarse en el asiento.

—Ya, en serio. No me molestas.

Brian permaneció callado.

Armando terminó por encogerse de hombros.

—La verdad ya me acostumbré.

Lo dijo con tanta naturalidad que parecía no encontrar nada extraño en ello.

—¿A qué?

—A ti. —Sonrió apenas. —A que aparezcas de la nada. A que siempre acabemos sentados juntos. A que me robes papas y luego me compres otras porque, según tú, “las mías sabían más feas”. A todo eso.

Brian abrió la boca, pero no encontró nada que responder.

Armando siguió hablando con la misma tranquilidad.

—Si un día dejaras de hacerlo, probablemente diría: “Qué raro está Brian hoy”.

Brian bajó la mirada hacia la botella. No esperaba esa respuesta. Había imaginado un “no”, quizá un “claro que no”. Algo breve.

No que Armando hablara de todas aquellas pequeñas costumbres como si llevaran existiendo desde siempre.

Armando lo estudió un momento y, de pronto, sonrió con ese gesto medio travieso que aparecía cada vez que encontraba una oportunidad para molestarlo.

—A menos que… —Alargó la pausa lo suficiente para llamar su atención. —…te estés arrepintiendo de ser mi guardaespaldas.

Brian dejó escapar una risa incrédula.

—Ya vas tú también.

—¿Qué? —Se burló.

—No empieces.

—Pues es que sí me cuidas mucho. —Lo dijo con una solemnidad tan exagerada que terminó arruinándola él mismo cuando empezó a reírse.

Brian negó con la cabeza.

—Eres un payaso.

—Pero así me quieres.

—No.

—¿Ves?

Armando volvió a darle play al episodio.

—Entonces ya estamos a mano.

Brian sonrió sin darse cuenta.

La serie continuó frente a ellos mientras el autobús seguía avanzando por la carretera.

Por primera vez en varios días, el ruido que Roberto había dejado instalado en su cabeza pareció apagarse un poco.

No porque hubiera encontrado una respuesta.

Sino porque, al menos, ya sabía que nunca había sido una carga para Armando.

•••

Roberto había encontrado una fuente inagotable de entretenimiento.

Brian no había vuelto a mencionar el tema. Pero ya no hacía falta.

Bastaba observarlo durante cinco minutos para descubrir que, desde aquella conversación, se había vuelto peligrosamente consciente de sí mismo.

Y Roberto, que ya sabía exactamente dónde mirar, encontraba aquello divertidísimo.

—¿Ya llegó tu marido?

Brian levantó la cabeza de inmediato, demasiado rápido para que fuera casual.

—¿Qué?

—Nada. —Roberto alzó las manos con falsa inocencia. —Solo preguntaba.

Brian lo fulminó con la mirada, pero antes de responder, sus ojos ya habían recorrido el espacio, buscándolo.

—Cállate.

Había bastado una sola palabra para que Brian buscara a Armando.

No fallaba.

Nunca.

•••

—¿Dónde anda tu novio?

—No es mi novio.

—Mmm… — Roberto inclinó la cabeza, evaluándolo. —Entonces ya tronaron.

Brian negó con la cabeza mientras se acomodaba las espinilleras, pero sus dedos se detuvieron un segundo más de lo necesario.

—Estás bien pendejo, Piojo.

—Yo nomás soy observador.

Armando apareció justo en ese momento con una bolsa al hombro.

Brian giró la cabeza casi por reflejo, y cuando se dio cuenta, volvió a mirar al frente demasiado rápido.

Roberto sonrió.

—Ni los GPS, cabrón.

 

 

 

Las bromas empezaron a multiplicarse, pero Roberto aprendió rápido a no desperdiciarlas.

—¿Y el anillo, Guti? ¿O todavía no formalizan?

Brian respondió como siempre, con un empujón ligero, aunque evitó sostenerle la mirada.

—Ya cállate.

Nunca le seguía el juego.

Hasta que Armando empezó a hacerlo.

Estaban saliendo del comedor cuando Brian alcanzó a Armando para devolverle una chamarra que había olvidado sobre la silla. Dudó un instante antes de extenderla, como si el gesto fuera más significativo de lo que debería.

—Se te iba a quedar.

—Gracias.

Roberto apareció justo a tiempo.

—Qué atento salió tu marido.

Brian rodó los ojos, pero no se movió de donde estaba.

Armando miró a Brian de reojo, deteniéndose apenas lo suficiente para sostenerle la mirada un segundo más de lo normal.

Después sonrió, con algo deliberado en el gesto.

—Gracias, mi amor.

El silencio fue inmediato.

Brian tardó un segundo entero en reaccionar. Parpadeó, como si necesitara procesarlo, y su mirada se quedó fija en Armando un instante más de lo que debía.

—¿Qué?

—¿Qué?

—¿Por qué dijiste eso?

Armando lo miró con absoluta calma, sin apartar los ojos.

—Te di las gracias… —Hizo una pausa para hacer énfasis en lo que venía. —…mi amor

Brian abrió la boca, pero no encontró respuesta. Tragó saliva, desviando la mirada apenas un segundo antes de volver a él, como si no pudiera evitarlo.

Y entonces se puso rojo. Desde las orejas hasta el cuello.

—No inventes —murmuró Roberto, señalándolo—. Se puso rojo.

—Hace calor —intentó Brian, evitando mirarlos, pasando una mano por la nuca como si eso pudiera disimularlo.

Armando levantó una ceja, sin dejar de observarlo.

—Estamos en el aire acondicionado.

Brian no respondió. Sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la chamarra que aún sostenía.

—¿Te dio calor de repente, amorcito?

Brian cerró los ojos un instante, como si necesitara recomponerse antes de volver a abrirlos.

—No me digas así.

—¿Así cómo?

—Ya sabes.

Armando inclinó la cabeza, fingiendo pensar, pero su mirada seguía fija en él, demasiado consciente.

—¿Mi amor?

Brian se llevó una mano a la cara, cubriéndose parcialmente, como si eso pudiera ocultar el color que seguía subiendo.

—Ya.

—¿Qué? —Armando caminaba a su lado con total tranquilidad, pero redujo ligeramente el paso para mantenerse a su altura—. Pensé que éramos un matrimonio feliz.

Brian dudó antes de responder, como si cada palabra tuviera que atravesar algo más que simple incomodidad.

—No te burles.

—¿Me estoy burlando?

Brian no respondió. Solo lo miró un segundo, demasiado directo, antes de apartar la vista otra vez.

Armando hizo una pausa breve, lo suficiente para que Brian creyera que había terminado.

—Perdón. —Brian soltó el aire, relajando apenas los hombros. —Mi vida.

Brian dejó escapar un sonido entre suspiro y queja, bajando la mirada mientras negaba con la cabeza, incapaz de sostenerle los ojos.

Lo mejor era que Armando parecía haber descubierto un juguete nuevo, y lo usaba con una precisión que ya no parecía casual.

Cada vez que Brian intentaba ignorarlo, encontraba otra forma de llamarlo, siempre en el momento exacto en que sabía que lo iba a descolocar.

Cada palabra conseguía exactamente el mismo resultado.

Brian apretaba los labios, evitaba mirarlo, pero siempre terminaba regresando la mirada por un instante, demasiado breve para sostenerla, demasiado evidente para ocultarla, y el color volvía a subirle a las mejillas con una facilidad desesperante.

Roberto terminó de convencerse ese mismo día.

No sabía qué estaba pasando entre esos dos.

Pero fuera lo que fuera, Brian Gutiérrez era el ser humano más fácil de desconcertar que había conocido en su vida.

•••

Roberto abandonó el chiste con la misma rapidez con la que lo había adoptado.

Tal vez porque ya había exprimido todo lo que podía de él.

Tal vez porque Brian había dejado de darle reacciones tan escandalosas.

O, simplemente, porque había encontrado otra víctima.

Lo cierto era que, de un día para otro, las bromas desaparecieron. Y, con ellas, también Armando dejó de seguirle el juego.

No volvió a llamarlo mi amor.

Ni corazón.

Ni marido, cada vez que Roberto insistía con alguna ocurrencia.

Todo regresó a la normalidad. O, al menos, a la normalidad de antes.

Brian creyó que aquello le daría alivio.

Durante varios días había deseado que el asunto terminara de una vez. Que Roberto se cansara, que Armando dejara de molestarlo y que su cara pudiera dejar de delatarlo cada vez que escuchaba alguno de esos apodos.

Sin embargo, el alivio nunca llegó.

Estaban terminando una sesión de gimnasio cuando Armando se acercó para preguntarle algo.

—Brian…

Él levantó la cabeza de inmediato.

Esperó a escuchar algo más.

Nada.

—¿Me pasas la liga azul?

Brian tardó un instante en reaccionar.

—Ah… sí.

Se la entregó sin decir más.

Armando volvió al ejercicio.

Brian permaneció inmóvil unos segundos, observándolo alejarse, con una incomodidad tan absurda que decidió atribuírsela al cansancio.

No volvió a pensar en ello. Hasta que sucedió otra vez.

“Brian”

“Oye, Brian”

“Wey”

Siempre igual. Siempre su nombre.

No tenía nada de extraño. Era, de hecho, lo más lógico. Entonces, ¿por qué una parte de él seguía esperando otra cosa?

La pregunta empezó a perseguirlo durante los días siguientes.

Brian intentó convencerse de que solo era la costumbre. Después de todo, Armando había pasado una semana entera molestándolo. Era normal que su cabeza siguiera anticipando el siguiente chiste.

Con el tiempo se le iba a pasar.

Una tarde, mientras esperaban que comenzara el entrenamiento, Roberto se dejó caer en la banca junto a Armando.

—¿Qué pasó?

Armando levantó la vista del celular.

—¿Qué pasó de qué?

—Ya no le dices “mi amor”, ¿ya te vas a divorciar?

Armando soltó una risa.

—Ya estuvo, ¿no?

—¿Te aburriste?

—No. —Guardó el celular en el bolsillo. —Pero ya vi que sí se apena.

Roberto volvió la cabeza hacia Brian, que acomodaba unos conos unos metros más allá.

—Pues de eso se trata.

—Pobrecillo.

Armando sonrió apenas.

—Me dio tantita culpa.

La conversación siguió por otro lado.  Brian, en cambio, dejó de escuchar.

No había querido enterarse.

Me dio tantita culpa.

Así que era eso.

Armando había dejado de hacerlo porque pensaba que realmente le molestaba.

Brian bajó la vista hacia el cono que sostenía entre las manos. Le sorprendió descubrir una decepción completamente desproporcionada.

El entrenamiento empezó pocos minutos después. Corrieron, hicieron, espacios reducidos y terminaron con definición.

Brian cumplió cada ejercicio como de costumbre, pero la sensación seguía adherida a algún rincón incómodo de su pecho.

Armando salió primero del vestidor. Brian lo vio cruzar la puerta.

Esperó unos segundos y lo alcanzó en el pasillo.

—Oye.

Armando se volvió.

—¿Qué pasó?

Brian abrió la boca. Había recorrido todo el trayecto pensando en cómo decirlo.

Ahora que lo tenía enfrente, ninguna frase parecía tener sentido.

Se rascó distraídamente la nuca.

—¿Por qué ya no…?

Armando esperó. Brian dejó escapar una risa nerviosa.

—Olvídalo.

—No. —Armando dio un paso hacia él. —¿Qué ibas a decir?

Brian evitó su mirada durante unos segundos.

Cuando por fin volvió a levantarla, habló casi en un murmullo.

—¿Por qué ya no me dices… así?

Armando frunció el ceño.

—¿Así cómo?

Brian sintió calor subirle otra vez por el cuello.

—Pues… —Carraspeó. —Como me decías… de cariño.

La expresión de Armando cambió. Dio paso a una sonrisa pequeña, de esas que aparecían despacio.

—Pensé que te molestaba.

Brian negó con la cabeza antes de pensarlo. El gesto fue tan inmediato que incluso a él lo tomó por sorpresa.

—No.

La palabra quedó suspendida entre los dos.

Brian tragó saliva.

Le costó más trabajo continuar.

—Creo que… —Desvió la vista apenas un instante. —…ya me había acostumbrado.

Brian tragó saliva. Había llegado hasta ahí convencido de que, una vez que empezara a hablar, las palabras iban a acomodarse solas.

Se pasó una mano por la nuca.

—Es que… no era eso.

Armando no lo interrumpió.

Simplemente aguardó.

Brian dejó escapar una risa baja, incómoda.

—Bueno… sí me daba pena.

—Eso sí te lo creo.

Brian sonrió apenas.

—Pero…

Volvió a quedarse sin aire a mitad de la frase.

Le resultaba ridículo explicar algo que ni él entendía del todo.

Durante días había querido que Armando dejara de decirle esas cosas. Había soportado las burlas de Roberto, el calor subiéndosele hasta las orejas cada vez que escuchaba un “mi amor”, el resto del equipo riéndose de verlo completamente descompuesto.

Había deseado que terminara.

Y cuando terminó…

Había empezado a esperarlo.

La contradicción le daba vueltas en la cabeza desde hacía días.

No sabía cómo decirla sin sonar completamente fuera de sí.

—Cuando dejaste de hacerlo… —Hizo una pausa. —…sentí raro.

Armando inclinó apenas la cabeza.

—¿Raro cómo?

Brian soltó el aire lentamente.

—No sé.

La sinceridad le salió antes que cualquier intento de explicarse mejor.

—Nomás… raro.

Armando permaneció en silencio.

Brian agradeció que no tratara de completar la idea por él.

—Es una tontería.

—¿Por?

—Porque… —Se frotó la frente con dos dedos. —Porque primero quería que dejaras de hacerlo y luego… ya no.

La confesión quedó suspendida entre ambos.

Brian evitó levantar la vista.

Le daba la impresión de que, si encontraba a Armando sonriendo, iba a arrepentirse inmediatamente de haber abierto la boca.

En cambio, lo único que escuchó fue una risa muy bajita.

No una carcajada. Ni una burla.

Una risa de esas que aparecen cuando algo enternece más de lo que hace gracia.

—Brian.

Alzó la cabeza despacio. Armando seguía viéndolo con la misma tranquilidad de siempre.

—No tienes que darle tantas vueltas.

Brian frunció ligeramente el ceño.

—¿No?

Armando negó.

—No.

Metió las manos en las bolsas del pants y dio un pequeño paso hacia atrás.

—Si ya te acostumbraste, pues ya.

Lo dijo con la misma sencillez con la que días antes había dicho yo ya me acostumbré a ti.

Brian sintió que algo se acomodaba y se desordenaba al mismo tiempo dentro de él.

Armando ya estaba dispuesto a seguir caminando cuando se volvió otra vez hacia él.

—¿Ya estás mejor?

Brian asintió despacio.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Armando sonrió.

Una sonrisa pequeña, apenas ladeada.

—Bueno.

Esperó a que Brian empezara a caminar a su lado.

Avanzaron unos pasos por el pasillo en silencio.

Brian todavía seguía intentando entender por qué aquella conversación le había dejado el pecho tan ligero. Por qué bastaba con que Armando le dijera que todo estaba bien para que, de pronto, todo pareciera realmente estar bien.

Había algo profundamente desconcertante en eso.

Armando abrió la puerta que daba al estacionamiento y esperó a que Brian saliera primero.

—Después seguimos viendo el anime.

Brian sonrió sin darse cuenta.

—Va.

—Órale.

Armando comenzó a caminar hacia el autobús.

—Apúrate, mi amor.

Lo dijo por encima del hombro.

Con la misma naturalidad con la que habría dicho ándale o muévete.

Ni siquiera volteó a comprobar el efecto que había causado.

Brian se quedó inmóvil una fracción de segundo.

Sintió el calor subirle otra vez por el cuello. La diferencia era que, esta vez, no hubo vergüenza.

Solo una sonrisa imposible de contener.

Negó para sí mismo antes de alcanzarlo.

—Ya voy.

Armando levantó una mano, haciéndole una seña distraída para que se apurara.

—Eso, mi amor.

Y siguió caminando como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.

•••

Armando había cometido el error de acostumbrarse demasiado pronto.

Brian era el nuevo en Chivas. Compartían entrenamientos, coincidían en el comedor, intercambiaban un par de comentarios durante los ejercicios y, de vez en cuando, terminaban sentados cerca por mera casualidad. Nada que llamara la atención.

Luego, después de la concentración con la Selección, empezaron las pequeñas cosas.

Brian aparecía con una botella de agua cuando él olvidaba llenar la suya. Le guardaba un lugar sin decirlo en voz alta, lo esperaba para bajar del autobús, le alcanzaba la chamarra que había dejado olvidada sobre una silla antes incluso de que él recordara que la había dejado ahí.

La primera vez intentó detenerlo.

—No hacía falta.

Brian solo se encogió de hombros.

—Ya estaba aquí.

Había algo profundamente natural en la manera en que Brian hacía esas cosas. Nunca esperaba un agradecimiento especial. Nunca parecía darse cuenta de que estaba teniendo atenciones que difícilmente habría tenido con alguien más.

Simplemente… le nacían.

Armando no era de piedra, claro que las notaba y…le gustaban.

Pero es que, ¿cómo no iban a gustarle?

Había días en los que terminaba sonriendo solo porque Brian, sin preguntar, aparecía con el café exactamente como le gustaba. Otros en los que descubría una tranquilidad absurda al encontrarlo sentado a su lado antes de una sesión de video.

Con el tiempo, aquella presencia constante dejó de sorprenderlo. Empezó a formar parte de la rutina.

Brian estaba y eso bastaba.

Hubiera sido fácil confundir aquella costumbre con otra cosa. Por eso nunca intentó hacerlo.

Se convenció de que Brian era simplemente una persona atenta. Que si él ocupaba ese lugar era porque las circunstancias los habían acercado. Que cualquier otro, con el tiempo suficiente, habría recibido el mismo trato.

Era una explicación cómoda.

Y, sobre todo, segura.

Prefería pensar eso antes que arriesgar una amistad que, sin darse cuenta, había empezado a convertirse en la parte favorita de sus días.

Entonces apareció el Piojo.

Armando todavía recordaba la primera vez que lo llamó guardaespaldas.

Le dio risa.

Después vinieron el marido, el novio, la boda. Cada ocurrencia era más tonta que la anterior. Y él decidió seguirle el juego únicamente porque la reacción de Brian era imposible de ignorar.

Se ponía rojo con una facilidad enternecedora, bajaba la mirada, se rascaba la nuca y protestaba con una convicción que duraba exactamente cinco segundos antes de volver a sonrojarse.

Era demasiado fácil molestarlo. Así que lo hizo.

Porque, durante unos instantes, Brian dejaba de parecer el muchacho sereno que medía cada palabra y se convertía en alguien completamente transparente.

Nunca imaginó que detrás de aquellas mejillas coloradas hubiera algo más.

Hasta el día en que Brian lo alcanzó en el pasillo.

”¿Por qué ya no me dices así?”

La pregunta había seguido dándole vueltas desde entonces. No era una frase que dijera alguien incómodo. Era una frase que decía alguien que echaba algo de menos. Y, cuando Brian terminó confesando, con toda la torpeza del mundo, que ya se había acostumbrado…

Armando entendió.

Brian no estaba huyendo de él. Solo levaba días intentando entender algo que apenas acababa de descubrir.

Y, si era completamente honesto consigo mismo, quizá solo necesitaba que alguien terminara de empujarlo.

Sonrió para sí.

Roberto iba a sentirse insoportablemente orgulloso si alguna vez se enteraba de que sus bromas habían servido para algo.

Por fortuna, jamás pensaba darle ese gusto.

•••

Encontró a Brian al terminar el entrenamiento del día siguiente.

Estaba guardando unos balones junto a la bodega, completamente concentrado en acomodarlos para que no se salieran del costal.

—¿Ya acabaste? —preguntó Armando.

Brian levantó la vista. Sonrió apenas.

—Casi.

Armando esperó a que terminara de cerrar el costal.

—¿Qué pasó?

Armando respiró hondo, no porque estuviera nervioso. Porque quería decirlo bien.

—Quería preguntarte algo.

Brian dejó el costal en el suelo.

—Dime.

Armando sostuvo su mirada.

No había bromas esta vez.

Ni Piojo.

Ni compañeros alrededor.

Solo ellos dos.

—¿Quieres salir conmigo?

Brian permaneció inmóvil.

Parpadeó una vez.

Luego otra.

Como si hubiera escuchado una frase en otro idioma.

—¿Qué?

—Salir conmigo. —Armando sonrió apenas. —A una cita.

El silencio que siguió fue tan largo que Armando alcanzó a preguntarse si había calculado mal.

Hasta que Brian habló.

—¿Una… cita?

—Sí.

—¿Conmigo?

La risa se le escapó antes de poder contenerla.

—No conozco muchos Brianes por aquí.

Brian seguía mirándolo como si el mundo acabara de inclinarse unos grados.

—Pensé… —Se quedó a la mitad.

—¿Qué pensaste?

Brian bajó la vista un instante. Cuando volvió a levantarla, seguía completamente desarmado.

—Pensé que me estabas molestando.

Armando negó despacio.

—Al principio. —Admitirlo le arrancó una sonrisa. —Luego ya no. Solo empecé a esperar que te dieras cuenta.

La sonrisa de Brian apareció despacio. Insegura. Casi incrédula.

—¿Hace cuánto?

Armando fingió pensarlo.

—No sé. —Se encogió de hombros. —Creo que desde antes que tú.

Y, desde que todo aquello había empezado, Brian dejó de buscar una explicación.

Simplemente sonrió.

—…Sí quiero salir contigo

•••

Roberto llevaba casi diez minutos buscando a Brian.

El cuerpo técnico había cambiado la hora de una reunión y, como de costumbre, le había tocado la maravillosa tarea de avisarle a los que ya se habían perdido por Verde Valle.

—Hace rato estaba con la Hormiga —le dijo uno de los utileros.

Roberto asintió distraídamente. Claro, ¿en dónde más iba a estar?

Sonrió para sí mientras caminaba por el pasillo.

Ya ni siquiera le encontraba gracia a ese pensamiento. Con el tiempo se había vuelto una especie de ley no escrita: si alguien buscaba a Brian y no aparecía por ningún lado, bastaba encontrar a Armando.

Empujó la puerta del cuarto de video sin molestarse en tocar.

—Guti, ya…

La frase murió antes de terminar.

Brian estaba sentado sobre una de las mesas, con Armando entre las piernas.

No hacían nada escandaloso. Ni siquiera parecían haberse dado cuenta de que alguien podía entrar.

Brian acariciaba distraídamente la mejilla de Armando con el pulgar mientras lo besaba con una calma que Roberto jamás le había visto para absolutamente nada.

El mundo pareció detenerse un segundo.

Brian abrió los ojos.

La expresión de paz desapareció tan rápido que resultó hasta cómica.

Armando siguió su mirada y vio a Roberto.

—Bueno.

Roberto seguía sujetando la perilla de la puerta.

—No…

Brian bajó de la mesa de un salto.

—Piojo…

—¡NO CHINGUES!

El grito retumbó por todo el pasillo.

Brian ya estaba completamente rojo.

—No grites.

—¡¿CÓMO QUE NO GRITE?! —Se llevó ambas manos a la cabeza. —¡SE ESTABAN BESANDO!

Armando soltó una risa.

—Pues sí.

—¿“PUES SÍ”?

Brian parecía querer evaporarse.

—Respira, wey.

—¡NO PUEDO RESPIRAR! —Roberto los señaló a los dos con absoluta indignación. —¡ME HICIERON CREER QUE ESTABA LOCO!

Brian abrió la boca, pero no había absolutamente nada que pudiera decir.

Armando, en cambio, conservaba esa tranquilidad desesperante.

—Nunca dijimos que estuvieras loco.

Roberto giró hacia él.

—¡TÚ ME SEGUISTE EL JUEGO!

—Sí.

—¡LE DECÍAS “MI AMOR” ENFRENTE DE MÍ!

Armando sonrió.

—Funcionó.

Roberto parpadeó.

—¿Cómo que funcionó?

Brian dejó escapar un suspiro. Sabía exactamente hacia dónde iba esa conversación. Armando miró a Brian apenas un segundo antes de volver con Roberto.

—Yo ya sabía lo que sentía.

Brian levantó la vista. Todavía le sorprendía escucharlo decirlo tan tranquilo.

—Nomás necesitaba que este menso también se diera cuenta.

Roberto pasó varios segundos procesando la información.

Después miró a Brian.

Luego a Armando.

Otra vez a Brian.

Y, de pronto, empezó a reírse.

No una risa escandalosa.

Una de esas que llegan despacio, cuando algo termina de hacer clic.

—No puede ser. —Negó con la cabeza. —¿Entonces…?

Armando terminó la frase por él.

—Tú le sembraste la duda.

Brian soltó una risa avergonzada.

—Bastante.

Roberto se quedó callado. Y, de repente, entendió que ninguno de los dos habría llegado ahí tan rápido si él no hubiera abierto la boca el primer día.

La satisfacción le iluminó la cara.

—O sea… —Los señaló lentamente. —¿Ustedes me deben una?

Brian resopló.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Armando terminó por reírse.

—Un poquito sí.

Roberto dio un aplauso seco.

—¡Eso! —Se llevó una mano al pecho con una solemnidad completamente ridícula. —Quiero que quede registrado que fui el cupido de esta relación.

Brian negó con la cabeza.

—Qué insoportable eres.

—No, no. —Roberto levantó un dedo. —Corrijo. —Se acomodó el pants con toda la dignidad que pudo reunir. —Soy el arquitecto de su relación.

Los dos lo miraron sin entender.

Sonrió de oreja a oreja.

—Cupido dispara flechas. Yo construí esto desde los cimientos.

Armando y Brian soltaron una carcajada.

Roberto los observó un instante más.

Había algo extrañamente satisfactorio en verlos ahí, parados uno frente al otro, después de tantas semanas de hacerse los ciegos.

Como si una historia que llevaba demasiado tiempo estancada por fin hubiera decidido avanzar.

Resopló por la nariz.

—Pues bueno, sigan besándose, tarados. —Miró su reloj. —Les quedan 10 minutos antes de la reunión.

Y salió por la puerta, desapareciendo rápidamente por el pasillo.

El silencio volvió a quedarse con ellos.

Brian seguía mirando hacia donde Roberto acababa de desaparecer. Dejó escapar una risa por la nariz.

—Nos va a fastidiar con esto el resto de nuestras vidas.

—Probablemente.

La respuesta llegó acompañada de una sonrisa tranquila. De esas que Armando solo tenía cuando ya no había nadie más alrededor.

Y fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo cerca que seguían estando.

—Qué oso.

Armando soltó otra.

—Un poquito.

—Mucho.

—Valió la pena.

Brian negó con la cabeza, todavía sonriendo.

Armando levantó una mano despacio.

Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, con una delicadeza que hizo que Brian olvidara por completo la vergüenza de unos segundos antes.

—¿Qué?

Brian sonrió.

—Nada.

La palabra apenas fue un murmullo. Le gustaba que lo mirara así. Le gustaba descubrir que podía quedarse callado y, aun así, sentir que Armando entendía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza.

Apoyó una mano con cuidado sobre su cintura.

Armando bajó la vista un instante hacia su mano. Después volvió a encontrar sus ojos. Y sonrió.

Brian sintió que algo dentro de él terminaba, por fin, de acomodarse.

Fue Armando quien recorrió el último espacio entre los dos.

El beso fue lento y más seguro. Brian sintió la mano de Armando subir hasta perderse entre su cabello mientras él, casi sin darse cuenta, terminaba rodeándole la cintura para acercarlo un poco más.

Después de tantas semanas buscando razones para explicar lo que sentía, descubrió que el silencio entre un beso y otro era mucho más honesto que cualquiera de ellas.

—Creo que el Piojo se ganó el derecho de presumir esto toda la vida. —Brian habló después de que se separaron.

Armando cerró los ojos con resignación.

—No le des ese gusto.

Brian sonrió.

—Ya es demasiado tarde.

Armando volvió a buscar su boca, esta vez apenas con un roce, corto, casi juguetón.

—Entonces deja de pensar en Roberto.

Brian dejó escapar otra risa.

—Estoy intentando.

—¿Y?

Brian lo miró como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.

—Se me hace mucho más fácil ignorar mis pensamientos cuando me besas.

Armando negó con una sonrisa imposible de esconder.

—Qué bueno.

Y volvió a besarlo, despacio, mientras del otro lado de la puerta el resto del mundo seguía avanzando sin ellos, completamente ajeno a que dos idiotas, después de tanto tiempo, por fin habían dejado de complicar lo que siempre había sido tan sencillo como encontrarse el uno al otro.

Notes:

Gracias, mil gracias por leer y comentar. Leo todo lo que me escriben solo soy malísima para responder.
Y mil gracias por recomendarme, lxs tqm💙

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