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Variables no controladas

Summary:

Tiempo despuesde la ruptura, Dirk y Jake se ven forzados a compartir especio de nuevo, y descubren que la distancia nunca resolvio nada de lo que dejaron como concluso.

Chapter 1: Prologo

Chapter Text

 

Dirk Strider jamás creyó en el destino, ni en las señales, ni en ninguna de esas nociones blandas que la gente usaba para justificar decisiones que en realidad tomaba por aburrimiento o soledad. Así que cuando, tres años atrás, entro a un foro dedicado al mantenimiento y restauración de armas de fuego antiguas (un nicho idiotamente especifico incluso para los estándares de internet) y encontró a un usuario llamado GunsAdveturer99 discutiendo con un entusiasmo que rayaba en lo ridículo, las ventajas tácticas de un rifle que llevaba cuarenta años descontinuado, no pensó que fuera el inicio de nada. Es más, pensó, con la ironía que le aplicaba a casi todo en su vida, que había encontrado a la persona más ingenuamente encantadora que había visto interactuar en un foro de internet en años.

Jake English no tenía ni idea de lo que era la ironía distante. Respondía a los mensajes de Dirk con signos de exclamación, entusiasmo y una honestidad tan directa que Dirk tardó semanas en aceptar que no era un personaje que el tipo estuviera interpretando. Jake de verdad hablaba así. De verdad se emocionaba, de verdad creía, con una fe casi conmovedora, que el mundo estaba lleno de aventuras esperando a ser vividas, tesoros por ser encontrados, historias esperando ser contadas, todo con la textura de las películas de matiné baratas que al parecer coleccionaba obsesivamente y de las que hablaba con igual fervor con que otros hablaban de escrituras sagradas.

Se hicieron amigos. Dirk enviaba diagramas técnicos y comentarios secos; Jake respondía con historias larguísimas sobre expediciones que sonaban a una invención delirante, pero que insistía, cada vez, que eran completamente reales. Hablaban todos los días. Después, todas las noches. Dirk comenzó a notar que revisaba su teléfono con una frecuencia que no tenía relación con nada practico. Se dijo a si mismo que era simple curiosidad intelectual. Que Jake era un espécimen fascinante de ingenuidad no ficticia, digno de estudio. Se mintió así durante un tiempo.

Cuando finalmente se conocieron en persona. Un vuelo, una excusa poco conveniente sobre una convención a la que ninguno de las dos tenía particular interés en ir. Dirk llegó preparado para que la realidad decepcionara a la versión que se había construido en la cabeza. No fue así. Jake era exactamente igual de intenso, de torpe, de genuino en persona que a través de la pantalla y tenía, además, una risa que hacía que a Dirk se le apretase algo en el pecho cada vez que llegaba a sus oídos.

Comenzar a salir fue algo casi anticlimático, en el sentido de que ninguno de los dos lo decidió formalmente. Simplemente, en algún punto de todo el enredo, dejaron de fingir que lo que había entre ellos era otra cosa. Dirk se mudó al año siguiente, a una ciudad que no era la suya, con razones que enmarcó frente a todos, incluyéndose a él mismo, como puramente logísticas.

Los primeros meses fueron, según cualquier métrica razonable, buenos. Jake cocinaba mal, pero con entusiasmo, quemaba cosas que definitivamente eran imposibles de quemar y se reía de si mismo antes de que Dirk alcanzara siquiera a hacer el chiste. Dirk arreglaba cosas que no estaban rotas solo para tener una excusa para estar cerca mientras Jake hacia cualquier otra cosa. Veían películas terribles, las favoritas de Jake y Dirk desarrollaba comentarios cada vez más elaborados y sarcásticos sobre la dirección de fotografía mientras Jake se reía tan fuerte que terminaba llorando, golpeando el sofá con la palma abierta. Había una facilidad ahí, al principio, que a Dirk aun le costaba poner en palabras sin que se le cerrase la garganta.

Hubo una noche, meses después de la mudanza, en que Jake insistió en llevarlo a un cerro cercano a las tres de la mañana porque, según él, había leído que esa noche habría una lluvia de meteoritos. No la hubo, o sí, pero las nubes se encargaron de que no se viera nada, aunque se quedaron ahí de todos modos, tirados sobre una manta delgada para el frio que hacia y Jake habló durante una hora sobre una expedición imaginaria a algún templo perdido, gesticulando con las manos como si estuviera haciendo un mapa en el aire. Dirk no dijo casi nada, realmente solo lo escuchó y después de un rato, se dio cuenta de que estaba sonriendo de un modo que no controlaba, lo cual era, para él, una anomalía.

Pero Dirk Strider no sabia estar cerca de alguien sin controlar la distancia exacta a la que estaba. Era una cuestión de seguridad, se autoconvencía. Si el manejaba las variables, nada iba a poder agarrarlo por sorpresa, nada iba a lastimarlo de una forma en la que no lo hubiese anticipado ya, cien veces antes de que ocurriera. Así que comenzó, casi sin notarlo el mismo, a hacer preguntas de más cuando Jake salía con amigos que Dirk no conocía. A comentar, con un filo disfrazado de broma, cuando Jake hablaba con demasiada calidez de alguien más.

Hubo una noche en particular, la cual recordaría después con una claridad desagradable, en que Jake volvió tarde de encontrarse con un compañero de trabajo, un tipo llamado Arthur del que hablaba con un entusiasmo que a Dirk le pareció, en el momento, insoportablemente excesivo. Jake entro contando una anécdota casual sobre la noche, aun con adrenalina en la voz y Dirk, sin siquiera levantar la vista de la pantalla en la que fingía estar trabajando, pregunto con un tono calibrado para sonar casual.

—¿Y volviste a hablar con Arthur, entonces? Que frecuente se está volviendo eso.

No fue una pregunta. Y para alguien como Jake que rara vez captaba los subtextos a menos que se lo deletreara, en esta ocasión lo tuvo claro, porque era algo que ya se había repetido lo suficiente. Se quedó parado en el umbral de la puerta con la mochila aun sobre el hombro.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada. Una observación. Sales con él más que conmigo últimamente, es todo.

—Dirk, es mi amigo, no es—

—No dije que fuera otra cosa—cortó Dirk, la calma con la que hablaba se volvía más peligrosa que cualquier arma—. Solo dije que es frecuente.

Jake se quedó ahí un momento más, con la mandíbula apretada y después, en lugar de insistir o decir algo más, simplemente dejó la mochila en el suelo y dijo que estaba cansado, que se iba a dormir. No fue un portazo el que dio luego, solo una retirada calmada, la clase de final de charla que no resolvía nada, porque nunca llegó a ser eso en realidad.

Nunca le puso el nombre como lo que era, “celos”. Lo llamaba “atención en los detalles”. Jake, que evitaba el conflicto con la misma naturalidad con la que respiraba, no confrontaba nunca del todo. Sonreía o dejaba de sonreír y cambiaba de tema, decía que todo estaba “perfecto” y seguía adelante como si fuera suficiente para hacer que el problema dejase de existir por arte de magia.

Y ahí estaba el otro lado: Jake English no sabía entablar una charla incomoda el tiempo suficiente como para resolver nada. Hubo una tarde, particularmente mala, en que Dirk intentó, a su manera torpe y muy directa, decir que necesitaba algo, que le dolía, que tenia miedo de que Jake ya no lo estuviera mirando a él, sino a un punto indefinido detrás de su hombro, con esa expresión que se leía como la crónica de una fuga anunciada.

—Oye, ¿tienes hambre? Podría hacer algo rápido, la verdad es que muero de hambre—dijo Jake, ya de pie, moviéndose hacia la cocina antes de que Dirk pudiese decir una palabra.

Dirk, por su parte, se quedó sentado, a la mitad de la frase que ya no iba dirigida a nadie. No era la primera vez. Decía un chiste. Siempre había una excusa para salir de la habitación. Una desaparición de horas que después explicaba con vaguedad sobre haber “perdido la noción del tiempo”. No era que Jake fuera cruel, Dirk estaba seguro de ello. Era simplemente que no entendía que quedarse era, de hecho, la mejor opción, que las cosas incomodas no desaparecen si uno las ignora, que a veces amar a alguien significaba sentarse en la incomodidad en lugar de huir de ella.

Entonces, empezaron a chocar cada vez con más frecuencia, sin que ninguno de los dos supiera exactamente que hacer para evitarlo, por qué Dirk se cerraba más cuando Jake se alejaba, lo cual hacia que Jake se alejara más, a su vez esto hacia que Dirk se encerrara más. Era un patrón circular, perfectamente predecible y ninguno de los dos parecía capaz de romperlo. Las conversaciones importantes se volvían cada vez más raras y más cortas. Dirk se acostumbró a leer los silencios de Jake como evasión. Jake aprendió a temer a cierto tono de la voz de Dirk.

Hubo, por supuesto, buenos momentos incluso hacia el final. Una tarde de domingo en que ninguno de los dos tenía nada urgente que hacer, se quedaron horas armando un modelo a escala de un biplano que Jake había comprado en una tienda de segunda mano, Dirk hizo todo el trabajo de precisión con paciencia, Jake narraba en voz alta una historia completamente ficticia sobre el piloto que supuestamente lo había volado. Eso era quizás lo más complejo de todo, que ninguno de los dos era malo o cruel, no había una traición identificable, ni tampoco un momento único al que pudiesen señalar y decir que ahí fue donde todo se arruinó. Había, en cambio, un desgaste lento de miedo que nadie sabia articular sin que sonase acusatorio.

La ultima noche que durmieron en la misma cama, ninguno de los dos supo que seria la última. No se gritaron, ni nada similar. En cambio, en la casa existían murallas de aquel silencio que se implanta cuando dos personas están cada una por su lado, cansadas de intentar algo que ninguno sabe como sostener sin que se rompa. Dirk se quedó mirando el techo mucho después de que la respiración de Jake se volviera profunda y regular, pensando, con la analítica que aplicaba a su propio dolor, que probablemente esto era lo que sentía cuando algo terminaba antes de que realmente terminara.

La conversación real, la que puso fin a todo de forma oficial, fue una semana después, en la cocina, con las luces cálidas, demasiado cálidas para lo que decían. Fue algo breve, educado, casi insultantemente educado, ambos trataron de ofrecerle salidas fáciles al otro.

—No es que no te quiera—dijo uno—. Es que no sé... no sé como dejar de sentir que debo saber controlarlo todo solo para que esto no siga cayéndose a pedazos.

—Lo sé—dijo el otro—. Lo sé, está bien, de verdad está bien.

Los dos mentían, cada uno a su particular forma. Jake fue esa misma noche a casa de una amiga, con una mochila armada a medias y demasiada prisa por salir corriendo de aquel lugar. Dirk se quedó solo en aquel departamento que de pronto se sentía espacio vacío, mirando el modelo del biplano aun sobre la mesa, sin terminar.