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A Armando nunca se le había dado bien el aprender inglés. Era mejor en materias como matemáticas o física, así como era el mejor goleador del equipo escolar, pero el inglés era su peor enemigo en la boleta de calificaciones, la cual tenía suerte de que no llegara a manos de sus papás hasta el inicio de un nuevo curso. Al menos el semestre pasado había logrado pasar con un ocho (la calificación mínima para exentar el examen final) y su madre no se había enojado con él por eso, pero sí le había dicho que quería que le echara ganas al inglés y él no quería decepcionarla.
Ese semestre había llegado nuevo un alumno venido de los United, pero que tenía papás mexicanos. A Armando le caía más o menos bien. Él no le hablaba, pero sus amigos sí que le hablaban y siempre escuchaba que respondía de forma amable aunque corta. Tal vez no tenía confianza al ser el alumnos nuevo, pensaba él.
Un día, la maestra de inglés los llamó al final de su clase. Un escalofrío recorrió su columna y tragó saliva. ¿Lo iban a reprobar?
—Armando, sé que no te va muy bien con el inglés y la verdad es que sí tienes potencial para ello —empezó la maestra, cruzada de manos sobre el escritorio. —Aquí Brian es bueno con el inglés, pero tiene problemas con el español.
—Sí sé hablar español —habló, pero con un fuerte acento estadounidense que hizo a Armando soltar una sonrisa. Tenía linda voz.
—Como sea, Brian, no discutiré eso ahora. Se van a ayudar mutuamente, ¿de acuerdo?
—Sí —dijeron al mismo tiempo, ambos pensando “pues ya qué”.
Al día siguiente, se sentaron juntos en la clase de inglés. Habían llegado al acuerdo tácito de fingir que se estaban ayudando porque, por alguna razón, no se querían hablar. O bueno, más bien era Brian quien no le quería hablar, Armando solo se sentía un poco tímido frente a él. ¿Y cómo no? Era considerado el niño más guapo del salón, y no era que él estuviera feo, sino que tanta belleza lo abrumaba. No se había sentido así desde la última chica que le gustó.
Sin embargo, al sentir la mirada de la miss sobre ellos, Brian se volteó hacia él, como si Armando fuera el chico más interesante del mundo.
—Oye, ¿le estás entendiendo a los phrasal verbs? —Negó con la cabeza ante la pregunta de su compañero, preguntándose si era normal disfrutar tanto de cómo sonaba de bien el acento extranjero en los labios de Brian.
—La neta no.
—Tranquilo, yo te explico.
Esa clase le explicó de verdad, en voces bajas que no interrumpían a los demás y Armando pensó que ellos dos podían ser buenos amigos. No se equivocó. Al día siguiente, Brian lo buscó, estando él con sus demás amigos, y esta vez —¡Por fin!— se dignó a hablarle más allá de una tonta clase de inglés. Tenían algunas cosas en común, como su gusto por el fútbol, solo que Brian jugaba de mediocampista, a diferencia de él, que era delantero.
—¿A qué equipo le ibas allá en Estados Unidos? —Preguntó con interés, él no sabía tanto de los equipos de allá, así que aprender de primera mano, de Brian, no estaba mal.
—Al Chicago Fire, es que yo nací allá.
—Pero tus papás son de acá.
—Sí.
—Oye, ¿y no te confundes al cambiar de idioma? —Preguntó Obed, un chico de otro salón, con el que se llevaban bien, que estaba en la misma situación de Brian.
—Pues… un poco —admitió con vergüenza. —¿A ti te pasa?
—Sí —confesó Obed, haciendo que todos rieran.
Cuando Armando se volteó a ver a Obed, no se dió cuenta de que Brian se molestó por esto. No era su culpa, él nunca se fijaba en esas cosas. Además, apenas recién estaba empezando a hablar con Brian, no había un gran vínculo que los uniera. Por su parte, Brian no sabía porqué le molestaba que la atención de Armando no estuviera puesta en él. Se sintió como un imbécil, porque eso era. ¿Qué clase de chico se enojaba solo porque su compañero le prestaba atención a otro? Solo un pendejo.
Los días siguieron pasando. Brian le hablaba más que nunca a González, mientras que también lo ayudaba a progresar en inglés. Incluso presentaron juntos una exposición en pareja, que trató sobre su equipo favorito de fútbol —ambos eran rojiblancos de corazón—, solo que en inglés. Tanto a la maestra, cómo a Brian, les causó bastante satisfacción que Armando había mejorado mucho y que ya no se ponía nervioso al exponer.
—¡Lo hicimos! —Exclamó el mayor cuando la maestra dijo que habían sacado diez, abrazando a Brian, quien se puso rojo.
—Sí, bueno, ya suéltame.
La carita que puso Armando cuando Brian le dijo eso, hizo que le doliera el pecho.
—Lo siento, yo…
—No, tranqui. Está bien.
Brian se sintió un total idiota desde ese momento. Trató de arreglar su error, porque cuando estaban juntos, Armando se volvía cerrado con él y se limitaba a hacerle caso cuando le enseñaba inglés. En cambio, vio que se acercaba a Mateo, quien dedujo que era su mejor amigo de recordar interacciones pasadas. Mateo siempre estaba con Obed, notando que se daban la mano cuando creían que nadie los veía.
—¿Cómo vas con el futuro? —Le preguntó Brian a Armando, sentándose a su lado en la biblioteca. Armando lo recibió con una mirada bastante seria.
—¿Tú qué crees, wey?
—¿Mal?
—Ajá.
—¿Te explico?
—Pues ya qué.
Aquella respuesta no lo hizo ponerse nada contento. Él esperaba que a Armando ya se le hubiera pasado el enojo, pero al parecer no.
—¿Estás enojado conmigo?
—No.
—Pues eso parece.
—Piensa lo que quieras, Gutiérrez.
Brian no sabía cómo disculparse porque él no sabía qué carajos había hecho mal. Armando le seguía hablando, claro que sí, pero lo hacía de la forma más seca y cortante posible. Aquello se sentía como apretujar su corazón y le dolía a Brian. ¿Por qué? ¿Cómo era posible que el hecho de que su amigo le dejara de hablar le causaba semejante dolor?
El viernes se encontraba en el baño, lavándose la cara porque se había estado quedando dormido en la clase de historia. En ese momento, alguien entró al baño y para su alivio, era Obed.
—¿Qué haces aquí, Brian? —Preguntó este, dándole una sonrisa.
—Me estaba quedando dormido en clase. Oye, lo tuyo con Mateo te lo tenías bien guardado, eh —sonrió, antes de sacudirse las manos y darle un ligero empujón en el hombro, viendo que su amigo se ponía rojo.
—Ay, ¿cómo lo sabes? —De repente, el rostro de Obed palideció un poco y la sonrisa de Brian desapareció.
—Los he visto dándose la mano. Pero… no le he dicho a nadie. No creo que nadie más… ¿Armando lo sabe?
—Pues… sí, Mateo le contó. Dijo que son mejores amigos y no se ocultan nada.
Eso le dió una brillante idea al de ojos azules.
—Oye, Obed, ¿podrías preguntarle a Mateo por qué Armando está enojado conmigo? Él debería de saber.
—Espera, ¿Armando está enojado contigo? Creí que ustedes dos se gustaban y estaban enamorados —el chico frunció el ceño, claramente confundido.
—¿Qué? —Brian dió un paso hacia atrás. —Yo no estoy enamorado de Armando.
—Ah. Qué raro. Podía jurar que sí… bueno, yo le pregunto a Mateo sí él sabe algo…
—Va, gracias.
Pero las palabras de Obed se quedaron en su cabeza como un eco que no podía olvidar. ¿Vargas creía que él estaba enamorado de Armando? No, había usado un plural, indicando que también creía que Armando podía estar enamorado de él. Aquel pensamiento fue emocionante de una forma extraña, aunque luego se detuvo en seco. ¿Armando gustaba de él? ¿A él le gustaba Armando?
—Okay, si lo pienso… tal vez parece que me gusta… lo ayudo con su tarea de inglés… ¡Pero eso es porque me lo pidió la profe!
—¿Quién te gusta?
Se encontró frente a frente con Roberto Alvarado, su vecino, quien iba en la universidad, pero habían sido amigos durante un tiempo.
—¡Nadie! —No se había dado cuenta de que había estado hablando solo en voz alta mientras regresaba a su casa. —¡No seas metiche, Piojo!
—¡Oye, tú eres el que viene hablando en voz alta! —Se defendió, alzando los brazos en señal de rendición. —Ya, pero en serio, ¿quién te gusta?
Mirando a los lados, para ver si no venía nadie, por fin se atrevió a vaciar su corazón y pensamientos ante su amigo, quien le escuchó de forma atenta.
—Al chile yo creo que ese Obed tiene razón —sentenció el mayor. —Los dos se gustan y están bien imbéciles. Si no le gustaras a ese wey, ¿por qué se enojó después de que no lo quisiste abrazar?
Brian se quedó pensando y contra todo pronóstico, se dió cuenta de que Roberto tenía toda la razón del mundo.
—¿Entonces le gusto?
—Y a ti te gusta él.
—Pero yo no soy gay.
—Eso es lo que tú crees. Pero el punto es que te gusta González.
Las palabras del Piojo se quedaron guardadas en su mente y aunque luchó contra la idea de ser gay, al final del día, decidió que haría cualquier cosa por el perdón de Armando. Empezó con cosas simples. Una paleta y una nota (sin firma). Luego más dulces. Luego más notas. Armando se preguntó quién chingados era quién le dejaba esas notas, hasta que llegó temprano y cachó a Brian dejando ese papelito color verde claro.
—¿Brian? ¿Tú eres quién me ha estado dejando las notas?
Brian saltó del susto, sacándole una risa a su… ¿amigo?
—Eh… sí… yo… Era para pedirte perdón —dijo en un susurro. —Yo… no debí haber rechazado tu abrazo aquella vez. Es solo que…
—Está bien —Armando se pasó un brazo por la nuca, como en aquellas caricaturas japonesas que veía. —Tampoco yo pensé en que eso te podría incomodar.
Se quedaron en silencio unos segundos.
—¿Estamos bien? —Preguntó Brian.
—Sí.
Volvieron a su dinámica. Pero ahora Brian no dudaba en ser cariñoso con Armando, ahora sabiendo que a su amigo le gustaba ese tipo de gestos. Y seguía mintiéndose a sí mismo con eso de “amigo”. Tal vez Obed y el Piojo tenían razón y tal vez sí le gustaba Armando. Últimamente le había agarrado gusto a ser cariñoso con él.
Los días siguieron pasando mientras Brian intentaba decidir si le gustaba o no su amigo, mientras Mateo y Obed ya casi no ocultaban lo suyo. Se los podía ver tomados de la mano cuando estaban sentados afuera o a veces darse besitos. En una de esas, en las que había reta, él había ido, obviamente siguiendo a Armando. Era la forma de entrenar de muchos, pero que servía para que otros chicos que no estaban en el equipo de la escuela también participaran. Brian estaba en la banca, lo habían sacado porque, bueno, hizo lo que toda persona cuerda haría cuando empujan a ese amigo con el que se está en negación; empujó al wey del equipo contrario que tiró a Armando y se ganó que lo sacaran. Así que, mientras veía a Armando, sacó su celular y uso el siempre confiable Google, buscando “cómo darse cuenta de que te gusta tu mejor amigo”.
La respuesta de Google parecía una lista de cosas para rellenar cuando se completaran.
“Contacto físico y miradas: Inconscientemente buscas estar más cerca de él, lo abrazas más seguido o sientes nervios cuando sus cuerpos se rozan.”
Bien, sí lo pensaba, no era de forma inconsciente. Él, desde aquel ligero altercado con Armando, buscaba el contacto físico y claro que le gustaba. ¿A quién no le gustaba recibir un abrazo, un roce o un choque de manos de “La Hormiga” González?
“Celos o incomodidad: Si te cuenta que está saliendo con alguien más o le gusta otra persona, sientes una punzada extraña, molestia o celos.”
¿A Brian le molestaba que Armando pasara más tiempo con otras personas? Sí, definitivamente. Se había dado cuenta de eso desde que empezó a hablar con él más allá de cualquier asunto académico. Él era mucho mejor que los demás, ¿para qué Armando tenía la necesidad de estarle hablando a la gente? Apartó ese pensamiento irracional, pensando que Armando también tenía el derecho a tener más amigos… al menos Mateo ya tenía a Obed, ya sabía que Mateo no podía estar interesado en González.
—¿En qué mierda pienso? —Se regañó en un susurro, levantando la cabeza, para ver cómo, en la cancha, Obed empezaba a devolver los insultos al miembro del equipo contrario que llevaba chingándolo desde hace rato. Volvió su vista hacia su celular.
“Prioridad constante: Es la primera persona a la que quieres contarle tus buenas (y malas) noticias y prefieres pasar tiempo a solas con él que con el resto de tus amigos.”
Si lo pensaba cuidadosamente… sí. A pesar de que, fuera de la escuela, casi no salían, siempre que le pasaba algo, pasaba por su mente la idea de contarle a Armando al día siguiente. Así que suponía que ese punto tenía razón.
“Cambio en la percepción: De pronto notas detalles físicos que antes ignorabas, te arreglas más cuando sabes que lo vas a ver, o fantaseas con cómo sería tener una relación amorosa con él.”
Se puso rojo al pensar en eso. Armando siempre había sido guapo. Desde que lo vio al llegar y que los profes le pidieron presentarse, estaban esos enormes y preciosos ojos castaños; eran unos ojos en los que simplemente podía hundirse, ahogarse y morir. Tenía… algo único. Es cómo esa canción de Taylor Swift, pensó. Él no era muy fan de la rubia, pero no podía negar que había escuchado algunas canciones suyas y vaya que esa encajaba perfectamente en ese momento.
“Bromas del entorno: Tus amigos en común o su familia han empezado a notar la química entre ustedes y hacen comentarios o bromas al respecto.”
—Oh, no…
¡Gooool!
Levantó la mirada rápidamente, diciendo una grosefoa por lo bajo. Armando acababa de anotar un gol y, mirándolo fijamente desde la cancha, hizo un movimiento raro con las manos; definitivamente era su festejo… ¡y se lo estaba dedicando a él! Brian pudo sentir cómo se le ponía la cara de color jitomate. El partido había terminado, así que corrió a la cancha a abrazar a su mejor amigo…
El chico que le gustaba. Le gustaba Armando.
—¡¿Viste ese golazo?! —Exclamó un eufórico Armando.
—¡Sí! —Mintió a medias. Sintió las manos de Armando apoyarse en su cintura y sintió que se derretía entre sus brazos.
—¿Por qué estás rojo? —Escuchó la confusión en la voz de su amigo.
—Pues hace calor, wey —mintió. Entonces Armando enterró su cabeza en su cuello y se le salió un suspiró a Brian. He’s so lovey dovey, so cute… I want to stay in his arms…
Tragó saliva al escuchar sus propios pensamientos y se separó con suavidad para no poner triste a Armando, ahora que sabía que ese chico amaba el contacto físico.
—¿Quieres ir a comer a algún lado para festejar tu gol? —Preguntó, con las manos completamente sudadas, nervioso.
—¿Me estás invitando a una cita, Brian Gutiérrez? —Preguntó Armando, mirándolo con una sonrisa burlona. Brian empezó a sentir que lo recorría un sudor frío.
—¿Qué? Para nada es eso… ¿De qué carajo…?
—¡Es broma! Sí, vamos.
Brian soltó el aire que no sabía que estaba aguantando y se fueron de ahí. Antes de irse, vio que Obed se estaba agarrando a golpes con alguien de ahí y que su novio, Mateo, estaba tratando de separarlo. Le dió risa mientras se iba. Al ver la mano suelta de González, tuvo el deseo de tomar su mano. Se mordió la lengua, ¿qué pasaría si, en ese momento, tomara la mano del chico? ¿La soltaría? ¿Le diría alguna cosa fea? ¿Y si se estaba imaginando que él también le gustaba a Armando?
—¿Qué me ves, wey? —Preguntó este, con algo de nervios en su voz.
—Nada.
Siguieron caminando, pero de repente, sintió la cálida mano del chico en la suya y sintió que podía derretirse ahí mismo. O tal vez eran las ganas que le habían dado de orinar porque no había hecho antes.
—Oye… ¿podemos encontrar un baño? Me estoy meando…
—Chingada madre, Brian, ¿por qué no hiciste cuando salimos de la prepa?
—¿Qué? —Miró hacia atrás y ya no estaban en la prepa. Había estado tan absorto mirando y pensando en Armando, que no se había dado cuenta de que ya se habían ido de ahí. —Bueno, no importa, hay que encontrar un baño.
—Pues bueno, ya qué.
Se fueron a comer juntos y ahí había baño. Brian fue y aun después de orinar, se quedó un rato ahí, mirándose al espejo. ¿Estaba imaginando las cosas? Dios, estaba tan, pero tan nervioso, que sentía que podía vomitar ahí mismo. Incluso si era correspondido, ¿cómo lo iba a saber? Armando actuaba con él como siempre lo hacía. No había nada diferente en su trato hacia él. Se mojó la cara con agua, intentando apartar esos pensamientos y salió del baño.
—¿Qué traes, wey? Andas bien rarote hoy —Armando lo miró, con las cejas fruncidas. Esas cejas pobladas tan lindas que tenía y que por ningún concepto quería que se las cambiara.
—Es que… es que… Nada, estoy nervioso porque me fui a final de inglés —mintió. Mentiroso, se dijo a sí mismo, sí había sacado 9 y todavía les faltaba el último parcial.
—No mames, tú qué, wey. El que seguro está en final soy yo.
—¿Tú? Pero si tú has mejorado un chingo, Hormi.
—Sí, gracias a ti. —Se puso rojo cuando Armando apartó la mirada y se quedó en silencio. Un silencio que, a pesar de todo, no era incómodo. —¿Sabes? Me alegro mucho de haberte conocido, Brian.
—Oh… Sí, yo también estoy feliz de haberte conocido, Hormiga. Soy… muy afortunado de tenerte en mi vida.
—Y yo más… —Armando se quedó en silencio y se mordió ligeramente el labio inferior. —Oye, Brian, perdón por lo que te voy a decir, pero… realmente… I really like you… a lot.
Brian se puso rojo. Armando se le había confesado y con una perfecta pronunciación en inglés y un gran manejo de la gramática, algo que no sucedía al principio del curso, cuando empezaron a hablar a la fuerza.
—I really like you too, I love you. I love you —repitió, acercándose más.
Acercó sus labios y le dió un suave beso a Armando, quien le devolvió el beso con timidez, totalmente inexperto, cómo podía esperarse de alguien que se la pasaba la mayor parte de su tiempo mirando animes y leyendo manga.
—¿Quieres ser mi novio, Brian?
—No tienes ni qué preguntar… Obvio que quiero.
El corazón de Brian estaba a punto de explotar. Se hizo una nota mental de darle las gracias a la maestra de inglés. Ella realmente había logrado eso. La voz de Armando lo sacó de sus pensamientos.
—Oye, amor, ¿y cómo se hicieron novios Mateo y Obed?
—¿Qué? Creí que tú lo sabías, como eres el mejor amigo de Mateo y la madre…
—¡No! O sea, sí es mi mejor amigo —se corrigió—, pero un día lo encontré besándose con Obed en los baños y solo me dijo “somos novios” y ya.
—No mames, Armando. —Puso los ojos en blanco, sin poder evitar soltar la sonrisa de idiota que le salía siempre que hablaba con él. —Mejor concéntrate en averiguar mejor el chisme la próxima vez.
