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Verdad o reto

Summary:

Martín y Sebastián juegan verdad o reto. Martín elige reto.

— Confiesate a tu crush, pero onda con una carta, como en un anime.

Martín deja la carta en la mesa equivocada.

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Argchi

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Martín tenía la carta en las manos.

Se mordió el labio mientras sentía la vergüenza apretar su estómago. Esto no era su estilo, a él le gustaba ser directo, poder ver la expresión de la otra persona en vivo, detestaba el sentimiento de incertidumbre entre esperar y recibir respuesta.

La carta tampoco era tan larga, ni mucho menos era un vistazo a su alma desnuda ni nada parecido, nada que lo dejara demasiado vulnerable. De hecho, era bastante concisa. Si hubiera dependido de él, habría sido un "Me gustas -Martín", corto, concreto, pero gracias a la activa y entrometida intervención de su primo alcanzó una suerte de longitud y los estándares del espectáculo shojo que Sebastián quería conseguir de este reto.

Porque esto era un reto.

Todo comenzó la noche anterior, estaban jugando verdad o reto y el argentino eligió reto. Obviamente.

— Te reto a confesarte a tu crush.

— Pfff, facilísimo.

— No, pero no así como quieras. Tiene que ser una carta, como en los animes.

El rubio más alto soltó un resoplido.

— Bueno… ya, escribo “me gustás” y mañana se la doy.

Se acercó al cuaderno que había dejado fuera de su mochila para arrancar una hoja descuidadamente.

— Noooo, ¡así no!

Martín sentía su paciencia estrecharse.

— ¿Cómo entonces?

— Una carta de verdad, bien hecha, no a medias.

— Qué pesado Sebas…

— Y no podés solo dársela. Tenés que dejársela, no sé, en su escritorio.

Martín dejó caer la cabeza hacia atrás exhasperado.

— Es un reto.

— Entonces elijo verdad.

Sebastián se le quedó viendo amurrado por unos segundos, hasta que una sonrisa que puso nervioso a Martín se esbozo en sus labios.

— Bueno. Dame el celular entonces.

Martín frunció el ceño mientras su mano se dirigía al bolsillo donde estaba su teléfono protectivamente.

— ¿¿Para qué o qué??

— Para revisar tu galería.

Martín se quedó inmóvil.

Eso no podía pasar.

Sebastián no sabía, de eso estaba seguro. No podía saber del álbum con fotos de Luciano, su crush.

No era algo que hacía de acosador, o eso se decía a sí mismo cada vez que redundaba demasiado el asunto en su cabeza.

Además, casi todas las fotos eran consentidas o sacadas de su Instagram: selfies que Luciano había subido a Instagram, fotografías grupales donde aparecía sonriendo —especialmente bonito— y las fotos que él mismo había sacado cuando salía con él, obtenidas obviamente con su permiso. Así que no estaba haciendo nada raro, era algo completamente inocente que empezó sin querer.

Fue en una salida con el equipo de fútbol, Luciano se le había acercado de sorpresa, había posando su brazo sobre sus hombros y sacó una selfie.

Era un gesto sin mayor relevancia pero más tarde, ya en casa y acostado, Martín estaba observando la foto, había algo que le gustaba especialmente de la foto, y aunque llevaba mirándola ya unos preocupantes quince minutos no podía descifrar qué. Se veía bien en la foto, quizás debería colocarla de foto de perfil.

Se quedó mirándola.

Quince minutos se convirtieron en treinta, treinta en cuarenta y casi una hora entera después, entre estar recortándola, colocándole filtros, observando los detalles, finalmente entendió qué era lo que realmente no le dejaba cerrar la galería.

No era su increíble habilidad fotogénica, aunque de todos modos era una respuesta razonable, sí se veía bien en la foto. Era Luciano, eso era lo que le gustaba de la foto.

No pensó mucho al respecto, y se colocó la foto de perfil despreocupado, después de todo si le gustaba mucho la foto, independiente qué haya sido por el otro personaje en ella.

Ni había pasado media hora cuando Luciano le escribió, había notado el cambio, halagos que se le resbalaban al moreno tan fácil como respirar y sin embargo, de su parte, siempre se sentían honestos, y el sutil orgullo de que alguien tan "quisquilloso" como Martín, hubiera elegido su foto, todo eso le parecía al rubio extrañamente adorable.

Pero solo fue cuando, en un gesto espontáneo —como solo Luciano sabe ser—, se puso la otra mitad de la imagen como su propia foto de perfil. 

Era un match. 

Cuando la sonrisa estúpida no se borró de su cara por la siguiente hora, cayó en cuenta de la verdad, le gustaba Luciano. 

Desde entonces el álbum no había dejado de crecer. En este momento eran ochenta fotos.

No ayudaba que el brasileño siempre aceptara sacarse fotos con cualquiera con una facilidad preocupante, o que fuera tan activo en redes sociales, el contenido era ilimitado. Martín se imponía sus propios reglas, solo guardaba las que realmente le gustaban. No iba a estar coleccionando cualquier imagen donde apareciera un píxel de Luciano, no, eso sí le habría parecido cruzar la línea a lo obsesivo… Aunque, siendo honesto, tener un álbum personalizado con ochenta y tantas fotos tampoco era exactamente normal.

Y esa era, precisamente, la clase de información que Sebastián jamás debería obtener. No. Ni muerto. No sabía exactamente que es lo que sospechaba el uruguayo pero no lo iba dejar confirmar nada. 

— …Voy a escribir la carta.

Sebastián arqueó la ceja divertido.

— Aunque admito que me da curiosidad que estas ocultando, lo dejaré pasar esta vez.

Se acercó a Martín para observar de cerca como este tomaba una hoja y comenzaba a escribir.

”Me gustas. Querés ser mi novio?”

El disgusto del rubio claro no demoró en llegar.

— Menos emoción no podías ponerle.

— ¿Qué querés, que le escriba un soneto? Dice lo importante.

— No, pero ponele más ganas. No sé, poné por qué te gusta, algún halago… Oh, y decile que lo vas a a estar esperando después de clases, en el árbol grande detrás de la cancha, eso es lo más importante. 

Ahora era el turno de Martín de levantar la ceja.

— ¿Y eso?

— Dicen que las parejas que se confiesan ahí duran para siempre.

Martín soltó una carcajada ruidosa.

— Que cursi, boludo. No te conocía esa.

— ¡No yo, tarado! A él le gustan esas cosas. Te estoy ayudando, haceme caso.

Martín lo consideró un segundo pero finalmente detuvo su lápiz en seco cuando estaba a punto de rayar la nueva hoja para la carta.

Un momento.

— Para… ¿Cómo sabes vos? Nunca te he dicho quién es mi crush.

Sebastián lo miró con esa cara de condescendencia que siempre ponía cuando, según él, Martín preguntaba estupideces.

— Tincho… Es obvio.

El silencio se apoderó del cuarto un largo segundo. 

Mierda. Quizá Sebastián ya sabía y estaba haciendo esto por nada. 

Se obligó a salir del recuerdo, apretó la carta en sus manos, podía sentir sus mejillas acalorarse. 

"Hola,
Sé que esto parece re extraño y nada yo, es la primera vez que escribo una carta pero me dijeron que te gustan estas cosas (sos una caja de sorpresas)

Me gustas desde hace tiempo, quizás más, pero desde que me di cuenta estar contigo es lo mejor del día, me encuentro constantemente buscando excusas para hablarte, me dijeron que soy obvio así que quizás ya lo sabes jajaja

Quiero estar contigo, si sentís lo mismo ven al árbol detrás del gimnasio

Te estaré esperando
-Martín "

Volvió a re leer la carta por ya doceava vez y la volvió a doblar luchando contra las ganas de hacerla bola y guardarla en su bolsillo.

Estaba frente al escritorio de Luciano, lo único que tenia que hacer era colocar la carta en la rejilla debajo y estaría listo. Era receso y todos estaban en la cancha así que no había testigos. 

Era el crimen perfecto, y sin embargo seguía aquí, paralizado frente al pupitre en el que vió a Luciano —junto a un tal Pedro— conversando cuando le fue a pedir prestado su libro de inglés hace dos semanas. 

Se sentía demasiado... intenso. O sea, si le gustaba Luciano, pero casi todo lo de la carta fue amplificado por Sebastián. El chabon era simpático, risueño, bueno para el fútbol y guapo, el paquete completo, pero él lo estaba haciendo sentir como si estuviera perdidamente enamorado y que el brasileño era el amor de su vida.

Bueno, igual dicen que hay cosas que tu no notas pero los demás si. Si el crush era tan obvio algo de verdad tendrá.

Respiró profundo, ya, iba a dejar la carta y se iba a jugar fútbol antes de que termine el receso, lo peor que puede pasar es que no correspondiese, Luciano no era de ninguna manera cruel, entonces su carta no aparecería misteriosamente en el tablón de avisos ni nada parecido, lo rechazaría y eso sería el fin, el uruguayo se sentiría re mal y sería su recadero por lo que le durará la culpa y en el mejor escenario se conseguía un novio. Es Martín, estadística y científicamente es mas probable lo segundo... Tal vez. 

Empujó la carta en la reja debajo de la mesa antes de que su cabeza volviera a darle más vueltas al asunto, a penas había soltado el papel cuando se abrió la puerta del salón repentinamente. 

— Qué estái haciendo. 

Martín casi pudo sentir que se le escapaba el corazón por la boca del susto, como si eso no fuera suficiente, para su mala suerte el que abrió la puerta no era otro que Manuel.

Literalmente la peor persona que lo pudo haber visto justo ahora, pudo sentir como sus mejillas se calentaban con el solo hecho de pensar que él leyera la carta. 

Martín se llevaba bien con prácticamente toda la escuela, pero Manuel era un caso especial. En el primer día de clases —hace 3 años—, le pegó un pelotazo por accidente, cuando Martín se acercaba a disculparse el flaco colocó el balón en su pie y pateó directamente a su cara. 

Desde entonces han sido como agua y aceite, simplemente no pueden congeniar, si están mucho tiempo en una sola habitación iban a terminar peleando. Esa era una verdad que toda la escuela sabía y que se había mantenido hasta ahora. 

Era una fortuna que no estuvieran en el mismo curso, pero por algún motivo no podían dejar de toparse pese a ello, pelear con Manuel era prácticamente su rutina y el show favorito de los chismosos. 

Manuel lo odiaba, eso era definitivo. Si es que él veía la carta... Sintió una punzada de miedo a lo que su cabeza comenzaba a reproducir el peor escenario posible. 

Imaginó a Manuel leyendo la carta en voz alta, en tono sarcástico, como siempre hace cuando repite lo que Martín dice, para burlarse. De repente lo que parecía vergonzoso, pero soportable, empezó a sonar extremadamente íntimo en los labios del castaño. 

Podía imaginar como la voz de Manuel, fuerte y clara, irritantemente sin titubeo alguno, atreria público indeseado, donde todos serían testigos de los sentimientos de Martín, vulnerable y pequeño ante los ojos de Manuel. 

NO, eso no podía pasar. Ni muerto. Su corazón no podría, moriría de la humillación, maldita sea, solo debió dejar que Sebastián descubriera las fotos, cualquier cosa era menos humillante que Manuel viendo esa carta. 

— Qué te importa. 

Su boca habló más rápido que su mente. 

— ¿Perdón? ¿Está es mi sala? ¡Es mi-! 

Martín lo interrumpió. Manuel tenía un punto —por primera vez, siempre que peleaban (qué no era poco), Martín siempre estaba seguro de tener la razón—, pero esta vez era su dignidad lo qure estaba en juego, necesitaba distraer al castaño y discutir con él era la especialidad del rubio. 

— Ay, no sabía que el salón decía propiedad de Manuel.